"El triunfo final en el campeonato es un nuevo amanecer donde las palabras enamoran a la pelota"

lunes, 16 de junio de 2008

El nacimiento de O Rei

Hace 50 años y un día, un jugador de apenas 17 años debutó en la fase final de la Copa del Mundo. Fue el 15 de junio de 1958 en Gotemburgo (Suecia).

Allí cerraban el grupo tercero de la primera fase del Mundial '58 brasileños y rusos. Los canarinhos habían ganado con claridad a Austria (3 a 0), pero habían empatado sin goles ante Inglaterra, por lo que se jugaban su clasificación para los cuartos de final contra los rusos.


El seleccionador canarinho era Feola, un tipo curtido en mil batallas que había confiado la suerte de su selección a los veteranos Vavá, Didí o Nilton Santos, pero precisamente éstos fueron los que más insistentemente demandaron la presencia en el once de dos jugadores jovencísimos que despuntaban casi por encima de ellos. A uno le llamaban Garrincha y al otro, al de los 17 años, Pelé. Ambos debutaron en aquel choque. Y de ambos decía el psicólogo de la selección que no estaban preparados para soportar la presión. De haber sido por semejante personaje nunca hubiéramos asistido a las proezas de estos dos mitos… Este señor consiguió el título en una timba y no quería arriesgar su puesto en la selección...

Sea como fuere, Suecia ’58 fue el nacimiento mediático de Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, más tarde O Rei.


En ese encuentro final de la primera fase Pelé no anotó ningún gol (de hecho marró unas cuantas ocasiones), pero Vavá anotó los dos goles que noquearon a los rusos y Brasil se metió en cuartos. A partir de ese instante, ni Pelé ni Garrincha volvieron a salir del once en lo que quedaba de competición. Ninguno de los dos chavales desaprovechó su oportunidad, pero Pelé estuvo simplemente soberbio.
El siguiente partido, el 19 de junio en cuartos de final, Edson Arantes Do Nascimiento desatascó un choque muy trabado ante Gales e hizo su primer tanto en un mundial para meter a la canarinha en semifinales. ¡Casi nada! Y con Vavá en el banquillo reservándose para las semifinales y aplaudiendo a la nueva estrella en ciernes.
Las semifinales midieron a los dos equipos más atrevidos y espectaculares del torneo: la Brasil del toque y la samba y la Francia de Kopa y el matador Fontaine. No hubo color: Vavá marcó primero, empató Fontaine y Didí volvió a marcar para los brasileños. Después del descanso, Pelé marcó tres goles y finiquitó un partido que acabó maquillando Piantoni para los franceses. Cinco a dos con hat trick del chaval y a la finalísima con Suecia.

Y Pelé tampoco faltó el día más importante para la hinchada brasileña a su cita con el gol... y con la historia. Que si tenía 17 años, que si Brasil jugaba contra el anfitrión, que si nadie había ganado un mundial fuera de su continente, que si la presión, que si el recuerdo del Maracanazo… todo eso y más desmontó un chaval de 17 años el 29 de junio de 1958. Se adelantó Suecia con un gol de Liedhom, pero sólo fue un espejismo, una ilusión desvanecida. Vavá marcó dos tantos para llegar al descanso con ventaja y, a la vuelta, Pelé sentenció. Zagallo se sumó a la fiesta haciendo el 4 a 1, Simonsson recortó para los suecos y Edson Arantes Do Nascimento volvió a marcar para rematar la final y el partido (5 a 2).


Mientras las lágrimas del chaval corrían por sus mejillas, toda Brasil salió a la calle a festejar, a bailar, a brindar por sus héroes. Pelé estaba maravillado, asombrado, fascinado con algo que había soñado tantas y tantas veces y que en el instante en que llegaba no se lo podía ni creer. El chiquillo de 17 años que llegó a Suecia y se quedó boquiabierto al descubrir que allí los únicos negros que había jugaban con Brasil y las suecas se los comían con los ojos y con algo más (tanto él como Garrincha dejaron descendencia a su paso por Suecia) regresaba a su barrio de siempre con la primera Copa del Mundo para su país.
Pero Pelé nunca se creyó más que nadie ni mejor que los demás, aunque supiera perfectamente que lo era. De hecho, tras conquistar la Copa del Mundo, Pelé regresó a su casa en Bauru, donde había unos niños jugando al fútbol en el mismo descampado que había sido su primer terreno de juego. El astro pidió permiso a los niños, se calzó unos pantalones y unas zapatillas y se puso a jugar con ellos. Así era esa nueva estrella a la que los veteranos del Santos (el equipo en el que debutó con apenas 15 años) tampoco le permitieron endiosarase: —Eh, Pelé, tráenos café y cigarrillos, le gritaban. Y tampoco el Estado se lo permitió, ya que no le eximió del servicio militar y se pasó dos años jugando en el equipo militar, en el Santos y en la selección brasileña.


Y siempre haciendo lo que le gustaba: driblando, regateando, marchándose de sus rivales casi con electricidad, con fuerza, con calidad, haciendo jugar mejor a sus compañeros y, por encima de todo, marcando goles, goles y más goles. Y es que el astro brasileño paró la cifra de goles en 1.279 en el momento de su retirada en el año 1977 en el Cosmos de Nueva York, donde se marchó en 1974 para cerrar su carrera tras disputar 1.363 partidos .

De todos modos, el gran cierre a su carrera, el broche de oro a una trayectoria impresionante, lo había puesto 7 años antes, en el Mundial de 1970 disputado en México. Allí Pelé jugó y ganó con su selección el tercer mundial de su historia para quedarse la Copa Jules Rimet en propiedad y entrar directamente en el Olimpo de los Dioses del Fútbol. Antes O' Rei había ganado el mencionado de Suecia y el de Chile ’62, aunque allí el protagonismo fue para un Garrincha descomunal porque a él se lo habían cargado en la primera fase.
En el Mundial de México, Brasil juntó una selección impresionante con Carlos Alberto, Jairzinho, Tostao, Everaldo, Gerson o Rivelino. Y en esa selección parecía que Pelé no iba a tener cabida. Antes del Mundial se especuló con que estaba lento, que estaba mayor, que sus mejores años habían pasado, pero Pelé se puso en forma, corrió, luchó, se esforzó y, sobre todo, pulió sus virtudes para tapar sus posibles defectos (¿?) generados por su menor velocidad. Pero la verdad es que no estamos en condiciones de saber si Pelé hubiera sido finalmente convocado si Havelange, entonces presidente de la Federación Brasileña de Fútbol, no hubiera destituido al controvertido seleccionador Joao Saldanha y colocado en su lugar a Mario Zagallo (compañero de Pelé en el Mundial de Suecia). Saldanha, antes del campeonato, había llegado a decir que O Rei era miope. Y quizá lo fuera, pero eso no le impidió ver con el rabillo del ojo a Carlos Alberto en el gol que cerró la goleada ante Italia en la final.
Aunque quizá los miopes fuéramos otros por recordar de este mundial todo lo que Pelé no consiguió hacer... Nos bastó el intento y la plasticidad de esas jugadas que quedaron sin culminar en la realidad y las acabaron culminando nuestras retinas: el tremendo cabezazo al suelo que el portero inglés Gordon Banks desvió para convertirlo en la jugada típica de los mejores resúmenes de paradas de todos los tiempos; el disparo desde el centro del campo en el partido ante Checoslovaquia que no entró por los pelos y que todo el mundo conoce como el gol de Pelé; y el amago con el cuerpo al meta urguayo Mazurkiewicz, con Pelé dejando pasar el balón por un lado, sin tocarlo, yendo a buscarlo tras rodear al portero, que se había ido a por él, y rematando cruzado, mandando el balón lamiendo el poste y con un defensa urguayo por los suelos.
Lo que sí hizo y también se nos quedó grabado fue guiar a su selección hacia el triunfo, abrir la lata con un soberbio testarazo en la final contra Italia y cerrarla con la asistencia a su capitán Carlos Alberto, el propietario entonces de un brazalete que Pelé no llevó nunca, como tampoco tiraba los penaltis. No le hacía falta: Pelé era Pelé, nada más y nada menos.

Después del título del 70, Pelé siguió jugando en el Santos, con el que consiguió su 11ª Campeonato Brasileño para cerrar su palmarés en su país (al que hay que sumarle 6 Copas de Brasil, 2 Libertadores y 2 Intercontinentales). Y al Mundial de Alemania en el 74 ya no quiso ir. De hecho, le hicieron un homenaje en el partido inaugural, aunque él no estaba retirado, todavía. Cerró su carrera en el Cosmos de Nueva York, donde ganó su única Major League, la que ahora busca un tal Beckham. Allí colgó las botas en 1977, con 37 años y sus 1279 goles en sus alforjas, 77 de ellos convertidos con la canarinha.

Por cierto, desde que Pelé se retiró de la seleçao tras el Mundial del 70 hasta que Brasil consiguió su cuarta Copa del Mundo pasaron la friolera de 24 años… los que tardó en aparecer un tal Romario... ¿casualidad?

lunes, 9 de junio de 2008

La vergüenza de Gijón

Aprovechando que Austria y Alemania han quedado encuadradros en el mismo grupo en la Eurocopa, es un buen momento para recordar el peor momento ofrecido por ambas selecciones en un Campeonato del Mundo.

Fue en el Mundial de España, en 1982, cuando ambas selecciones compartían el grupo B en la primera fase de la competición junto a Argelia y Chile. Los argelinos sorprendieron a todo el mundo derrotando a los alemanes en el debut (2-1), mientras que los austriacos hicieron los propio con los chilenos (1-0). Los germanos se presentaron al segundo encuentro ante los sudamericanos con la necesidad imperiosa de ganar, y lo hicieron con facilidad (4-1), mientras sus vecinos austriacos les echaban una mano ganándole a los argelinos por 2 a 0.
El problema vino en el tercer encuentro, el que decidía las dos selecciones que pasarían a la segunda fase. En el 82, no jugaban los equipos implicados a la misma hora, ni siquiera el mismo día, y alemanes y austriacos saltaron al césped del estadio de El Molinón sabiendo que Argelia había vencido por 3 a 2 a Chile. Las cuentas estaban muy claras: Austria sumaba 4 puntos, los mismos que Argelia, mientras que Alemania contaba con 2. Una victoria alemana igualaría a todos con 4 puntos y entrarían en juego los goles. El uno a cero para los germanos clasificaba a los dos equipos europeos.
El partido se acabó a los once minutos, justo el tiempo que tardó el gigantón Hrubesch en poner por delante a Alemania. A partir de ese instante, el meta Schumacher se plantó una gorra blanca en su cabeza atestada de rizos y nadie hizo nada por aproximarse a la portería rival. Los 79 minutos restantes fueron un sonrojante rondo en el centro del campo del que participaron los dos equipos.
Impropio de unos y de otros, antideportivo, vergonzoso, pero sobre todo por parte de los alemanes, quienes siempre habían mostrado un respeto absoluto por este deporte. Y su propia afición también lo entendió así, ya que les abuchearon hasta la saciedad, les pidieron explicaciones en su propio hotel después del partido y, además, no dudaron en tildar el episodio como “la vergüenza de Gijón”.




En el estadio, el público imparcial (los asturianos que se dieron cita en el Molinón) se dejaron las gargantas cantando el “¡Que se besen, que se besen!, los argelinos mostraban billetes al aire y buscaron a los alemanes a la salida del estadio para tirarles huevos, pero eso no cambió la historia: austriacos y alemanes pasaron a la segunda fase. Los germanos avanzaron hasta la final, después de ser primeros en su grupo ante españoles e ingleses y de superar a Francia en los penaltis en una de las semifinales más apasionantes que se recuerdan en la historia de la Copa del Mundo. La final la perdieron ante Italia por 3 a 1.

En cambio, a los austriacos la farsa les duró bastante menos. El equipo que entrenaba Georg Schmidt y que capitaneaba Krankl cayó ante Francia y empató ante Irlanda del Norte en la segunda fase y hubo de hacer las maletas.

“La vergüenza de Gijón” fue investigada por la FIFA, quien concluyó de modo grotesco que en ese partido se cumplieron estrictamente las reglas del juego y que este organismo no podía entrar en tácticas ni sistemas ni nada de nada. Lo que sí hicieron fue decidir que, a partir de ese instante, todas las últimas jornadas de la fase de grupos se disputarían a la misma hora (además, el ejemplo del 6 a 0 de Argentina a Perú en el mundial del 78 ya les había puesto en sobreaviso, pero ése es otro post).
El caso es que la prensa alemana cargó contra sus propios jugadores y se mostró implacable contra el fraude, contra lo que ellos consideraron un ataque al orgullo de toda la nación alemana: “Traición al juego limpio”, “Fraude legal” o “Pornografía futbolística” fueron algunos de los titulares de los medios germanos.
Pero, sin duda, el mejor titular fue el de un diario gijonés, El Comercio, que, en un alarde de ingenio y originalidad, dio la noticia en las páginas de Sucesos con este titular: “Unas 40.000 personas presuntamente estafadas en el Molinón por 26 súbditos alemanes y austríacos”.

Uno de los principales instigadores del amaño fue Jupp Derwall, el seleccionador alemán en aquel momento, quien había tomado las riendas de la selección después del Mundial de Argentina ’78 y se había coronado campeón de Europa en Italia en 1980. Derwall, fallecido el 28 de junio de 2007, justo tres días después de que en Alemania se recordara con sonrojo el vigésimo-quinto aniversario de “la vergüenza de Gijón”, nunca entendió qué había de malo en lo que sucedió en el Molinón el 25 de junio del 82: “Nosotros queríamos clasificarnos, no jugar al fútbol”. Ni los aficionados desplazados hasta España ni los que se quedaron en Alemania viéndolo por televisión eran de esa opinión. Tanto es así, que Derwall emigró a Turquía para entrenar al Galatasaray después de que fuera cesado tras la eliminación de Alemania en la Eurocopa del 84, disputada en Francia.
Ni ser campeón de Europa y subcampeón del Mundo, ni permanecer 23 partidos seguidos ganando le sirvieron para ser considerado como un héroe nacional: “la vergüenza de Gijón” pesó demasiado.

PD. Estos fueron los protagonistas de aquel fraude perpetrado un ya lejano 25 de junio de 1982 en el estadio de El Molinón (Gijón)
República Federal de Alemania: SCHUMACHER, BRIEGEL, BREITNER, FOERSTER, DREMMLER, LITTBARSKI, HRUBESCH (FISCHER ‘68), RUMMENIGGE (MATTHAEUS ‘66), MAGATH, STIELIKE y KALTZ. Entrenador: Jupp Derwall

Austria: KONCILIA, KRAUSS, OBERMAYER, DEGEORGI, PEZZEY, HATTENBERGER, SCHACHNER, PROHASKA, KRANKL, HINTERMAIER y WEBER. Entrenador: Georg Schmidt.