"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

miércoles, 25 de mayo de 2022

La Bulgaria de Stoichkov da la campanada en Estados Unidos 1994

El Mundial de Estados Unidos de 1994 será recordado por muchas cosas. Por ser la primera Copa del Mundo disputada en un país donde el fútbol no es ni el primero, ni el segundo, ni el tercero, ni el cuarto deporte más popular. Por ser la primera vez que los jugadores lucían el mismo dorsal durante todo el torneo y encima del número, su nombre. Por ser la primera vez que se repartieron 3 puntos por victoria en la primera fase (hasta ese instante habían sido dos). Por ser la primera vez que los árbitros desterraban el negro de su indumentaria y vestían con camisetas doradas, rojas, grises o rosas.

Se recordará Estados Unidos 94 por ser la Copa del Mundo del positivo de Maradona, donde los argentinos empezaron como aviones, incluso presentando su candidatura a levantar de nuevo la copa, para sucumbir al trauma del drama de su capitán y caer en una depresión futbolística que les mandó a casa en octavos de final. También se recordará por ser la Copa del Mundo de Roberto Baggio, que fue clasificando a su selección con goles inverosímiles mientras su entrenador no quería verlo ni en pintura, muy a la italiana. Fue la Copa del Mundo del fallo de Salinas delante del portero y del codazo de Tassotti a Luis Enrique. Fue el torneo de la Suecia de Larsson, Dahlin, Brolin y Kennet Andersson, que se plantó en semifinales reverdeciendo viejos laureles casi olvidados en el país escandinavo. Fue el Mundial de Romario y Bebeto. Y también la del tetracampeonato brasileño en la única final sin goles de la historia y la primera que se resolvió en la tanda de penaltis (la segunda fue la de Alemania 2006, también con Italia sobre el césped aunque con un resultado bien distinto).

Pero también fue (o principalmente fue) el Mundial de Bulgaria. La Bulgaria díscola e imprevisible de Stoichkov, Letchkov, Balakov, Kostadinov, Ivanov y el portero Mihaylov, que se encargó de sorprender a propios y extraños superando ronda tras ronda hasta detenerse en las semifinales, donde acabó topando contra la magia de Roberto Baggio y el oficio de los futbolistas italianos.

Los búlgaros no habían ganado ni un solo partido en sus cinco apariciones anteriores en una Copa del Mundo: ni en Chile 62, ni en Inglaterra 66, ni en México 70, ni en Alemania 74 fueron los balcánicos capaces de ganar un solo encuentro y se fueron a casa a las primeras de cambio. En México 86 tampoco obtuvieron ninguna victoria, pero superaron la primera ronda como una de las mejores terceras después de dos empates y una derrota. Se fueron a casa tras caer ante México por dos goles a cero en los octavos de final. Cinco mundiales y ni un solo triunfo. En Estados Unidos los Leones de Bulgaria consiguieron la primera victoria y ya no quisieron parar.

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Todo empezó casi milagrosamente el 17 de noviembre de 1993, en el último partido de la fase de clasificación que Bulgaria debía jugar en el Parque de los Príncipes ante la Francia de Cantona, Deschamps, Blanc, Desailly, Papin, Ginola y compañía. Los del Gallo habían tropezado en casa ante Israel una jornada antes y habían dejado abierto un grupo que parecía casi sentenciado. Suecia se había clasificado ya y la otra plaza para Estados Unidos 94 se la jugarían franceses y búlgaros en París. A los galos les bastaba un empate, mientras que los Leones necesitaban una victoria que todo el mundo juzgaba improbable.

Pero ya presentarse en el Parque de los Príncipes con todo el equipo al completo fue un triunfo. Dos de los mejores atacantes del equipo, Emil Kostadinov y Lubo Penev, ambos titulares indiscutibles, estaban esperando el visado para poder entrar en Francia desde Alemania, lugar en el que el seleccionador, Dimitar Penev, había decidido concentrar al equipo para huir de las críticas en Bulgaria. Apenas a dos días del choque, los visados no habían llegado y al meta Borislav Mihaylov se le ocurrió una idea un poco peregrina y anticuada, pero muy efectiva. El bueno de Mihaylov jugaba en el FC Mulhouse, club de una ciudad fronteriza entre Francia y Alemania, y allí era popular y tenía contactos, así que, ni corto ni perezoso, se puso al volante de un coche, cargó a sus dos compañeros y confió en que su popularidad sirviera para cruzar la frontera sin demasiados problemas y sin la inevitable petición de documentación. Y así fue como Penev y Kostadinov pudieron jugar el partido más importante de su selección en mucho tiempo. Si los gendarmes franceses hubieran intuido lo que pasaría después, seguro que no les hubieran dejado pasar.

Porque en el Parque de los Príncipes se llegó al minuto 89 de partido con empate a uno tras los goles de Cantona y la respuesta de Kostadinov (ambos en la primera mitad). En ese momento, Ginola llegó casi hasta la línea de fondo de la parte derecha del ataque francés y recibió una falta. Prácticamente ningún compañero acudió al remate y Guerin sacó en corto con la intención de que Ginola se llevara el balón al córner y fueran pasando los agónicos segundos que les separaban de Estados Unidos 94. Pero Ginola controló la pelota y centró al segundo palo sin pensárselo. Y sin mirar, porque no había ningún compañero allí.

La estampida de Los Leones búlgaros fue antológica. Salieron como flechas por la parte derecha hacia la portería rival y en dos toques le llegó el balón a Penev, que vio el desmarque de Kostadinov y le metió un pase al espacio por encima de toda la defensa francesa. El atacante recogió la pelota en el vértice derecho del área y lanzó un misil a la escuadra de Lama que golpeó en el larguero antes de meterse en la portería francesa. Pasaban segundos del minuto 90 y Bulgaria acababa de sacar el billete a Estados Unidos mientras que a Francia le tocaba bajarse del avión. Los medios de comunicación del país balcánico hablaban de un milagro, mientras que entre los medios de comunicación corría como la pólvora una frase mítica: “Dios es búlgaro”.

Pero si lo era, quiso poner a prueba a la selección, porque justo antes del Mundial, Lubo Penev anunció que padecía un cáncer testicular, por lo que no sólo no jugaría el Mundial, sino que ahora le tocaría luchar directamente por su vida. Así, sin uno de los jugadores más carismáticos de la selección, Bulgaria emprendía el camino hacia el sueño americano. Un sueño que pasaba por conseguir la primera victoria en un Mundial para intentar seguir adelante en el torneo. Los primeros rivales: Nigeria, Grecia y Argentina.

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A Estados Unidos llegaron Los Leones búlgaros a jugar al fútbol como vivían y a vivir como jugaban al fútbol, con intensidad, con vitalidad, a borbotones. Porque la selección de Dimitar Penev juntaba un talento descomunal, sobre todo de medio campo hacia adelante, pero eran casi todos sus mejores futbolistas unos tipos muy anárquicos, duros, que funcionaban a impulsos, capaces de lo mejor y de lo peor, con un carácter extraordinariamente competitivo y que jugaban a una velocidad endiablada.

Y vivían también así. Al borde del abismo. Sin parecer un equipo de fútbol. Era la única selección que había permitido a las mujeres de los jugadores estar en la concentración. Era la única selección que no contaba con personal de seguridad en el hotel de concentración. Era la única selección en la que podías ver a sus jugadores fumando y tomando cerveza en el borde de una piscina ataviados con sus camisas estampadas de colores. Era la única selección donde los jugadores jugaban a las cartas hasta altas horas de la madrugada. Jóvenes con ganas de disfrutar del momento que estaban viviendo y que se tomaban la vida como venía. Fútbol para jugar. Fútbol para disfrutar. Fútbol para vivir.

Fútbol practicado por una generación de jóvenes que, por primera vez, había tenido la oportunidad de demostrar su talento en Europa. Y es que el régimen comunista búlgaro no había permitido salir del país a ningún deportista hasta que no cumpliera 28 años. Tras la caída del régimen, los mejores jugadores búlgaros salieron a triunfar en Europa, a empaparse del fútbol europeo y a competir con los mejores.

En 1994, Stoichkov ya llevaba cuatro temporadas en Barcelona y había sido campeón de Europa en 1992 y finalista en 1994. Lubo Penev brillaba en el Valencia CF, como lo hacía Kostadinov en Oporto, Balakov en el Sporting de Lisboa o Letchkov en Hamburgo. También jugaban en Europa y destacaban en sus clubes Genchev, Mihaylov, Ivanov o Iliev.

Pero esos futbolistas anárquicos con una personalidad desmesurada se convertían en un equipo temible cuando jugaban juntos, un ataque portentoso que brillaba especialmente con metros por delante y que convertía los partidos en un suplicio para los rivales si se les permitía correr y mover la pelota rápido en tres cuartos de campo.

Porque tenían en Balakov, centrocampista del Sporting de Lisboa, a un auténtico portento técnico, con una izquierda maravillosa con la que lanzaba al ataque a sus veloces compañeros con pases milimétricos.

Porque le protegía Letchkov, del Hamgurgo, su escudero en el centro. Un futbolista calvo con un mechón de pelo en la frente desnuda que percutía y percutía y percutía, llegando al área para rematar con las dos piernas y con la cabeza a la mínima que se le presentaba la ocasión.

Porque tenían a Kostadinov, el delantero del Oporto, capaz de marcar goles de la nada. Fuerte, potente, rápido e intuitivo y técnico.

Y porque contaban con Stoichkov, la estrella de la selección que ya había demostrado en el FC Barcelona que se había convertido en uno de los mejores atacantes del mundo. Veloz, hábil, constante, batallador, incansable, luchador, con un misil en la pierna izquierda y una facilidad inusitada para hacer goles.

Cubriéndoles las espaldas estaba Trifon Ivanov, del Neuchatel, un defensa de los de antes que, además, se incorporaba al ataque con facilidad desde su banda izquierda.

Bajo palos, Mihaylov encajaba como un guante en ese equipo. Un tipo que lucía con orgullo su peluquín y al que llamaban “Peluquinov”, que tenía un sentido del humor envidiable: “Me hubiera encantado tener una melena como la de Roberto Baggio, pero así es la vida”, aseguraba. En octavos de final “Peluquinov” se convertiría en el héroe de su equipo.

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Pero las cosas no iban a empezar bien para los búlgaros, que comenzaron el torneo tan confiados que se llevaron un revolcón de época ante una magnífica Nigeria que les ganó sin despeinarse por tres goles a cero. Yekini, Amokachi y Amunike les recordaron a los búlgaros que podían volver a irse del Mundial sin victorias de nuevo.

Entonces los balcánicos se pusieron las pilas y batieron a Grecia con una solvencia inusitada: 4 a 0. Hristo Stoichkov abrió además su cuenta personal con dos goles desde el punto de penalti que sirvieron para abrir el partido. Letchkov y Borimirov cerraron la cuenta goleadora. El primer trago ya se lo habían echado: Bulgaria había roto la maldición y había ganado su primer partido en un Mundial. Ahora faltaba pasar la primera fase y, para eso, había que vencer a Argentina.

La albiceleste se presentó en Dallas ante Bulgaria en estado de shock. Maradona había salido del campo tras el partido ante Nigeria de la mano de una enfermera, sonriendo y saludando, camino del control antidopaje y había vuelto entre lágrimas tras el positivo por efedrina y otras cuatro sustancias derivadas que supusieron su expulsión de la selección argentina. Una selección con jugadores como Chamot, Redondo, Canniggia, Simeone o Batistuta que no supieron reaccionar a la caída del Diez. Los búlgaros vieron que ésa era su oportunidad y salieron a por ella sin complejos. Los goles de Stoichkov y Sirakov le dieron la victoria a los Leones y dejaron a Argentina sumida en una profunda depresión. Se clasificaron las tres selecciones para los octavos de final: Nigeria, primera de grupo, Bulgaria, segunda, y Argentina, tercera. Los nigerianos cayeron ante Italia, los argentinos ante Rumanía, pero los búlgaros empezaban a estar tocados por la varita mágica y lo demostraron ante México.

Había sido precisamente el Tri quien había despachado a Bulgaria en México 86, el último Mundial disputado por los balcánicos, así que el choque se presentaba como una revancha en toda regla. Stoichkov se encargó de poner a su equipo por delante a los seis minutos, pero García Aspe empató de penalti sólo doce minutos después. A medida que avanzaba el partido, el miedo a perder de ambos se fue poniendo de manifiesto, así que nadie fue capaz de batir de nuevo la portería rival. Los penaltis decidirían quién se mediría a Alemania, la campeona del mundo, en los cuartos de final. Y ahí emergió la figura del bueno de Mihaylov.

El primer lanzamiento de García Aspe salió desviado, pero el meta mexicano detuvo el lanzamiento de Balakov. Entonces Mihaylov paró el penalti de Marcelino Bernal mientras Guenchev adelantaba a Bulgaria. El meta búlgaro ya tenía a los mexicanos atemorizados y volvió a parar el disparo de Jorge Rodríguez. El gol de Borimirov ponía a Bulgaria con dos goles de ventaja en la tanda y, aunque marcó el mexicano Suárez, Letchkov también marcó el suyo para darle el pase a los balcánicos. Alemania se relamía mientras los búlgaros volvían a la piscina con sus cervezas, sus cigarros y sus timbas para celebrar que ya habían hecho historia en el Mundial. Mihaylov declaró a los medios de comunicación: “En Sofía, donde nací, se habrán agarrado miles de borracheras en mi nombre”. Ni más, ni menos.

El caso es que los búlgaros salieron al estadio de los Giants de Nueva York sin ningún tipo de complejo y dispuestos a eliminar a la campeona del mundo. Alemania había llegado hasta los cuartos de final ganando el grupo que compartía con España, Corea del Sur y Bolivia y dejando fuera a Bélgica en octavos con cierta solvencia (3-2). Pero Bulgaria era otra cosa.

En la primera mitad no pasó casi nada. Bueno, alguna cosa sí. Un remate al palo de Balakov tras una cabalgada de Stoichkov y, después, un enfado descomunal entre los dos que el seleccionador tuvo que solventar en el vestuario obligándoles a hacer las paces si querían saltar al campo en la segunda mitad. No sabremos nunca si se hubiera atrevido a cambiarlos, pero el caso es que se disculparon mutuamente y aquí paz y después gloria.

En la segunda parte se acabó la calma y todo saltó por los aires. A los dos minutos, Klinsmann controla una pelota dentro del área balcánica e intenta recortar ante Letchkov. El medio búlgaro mete el pie y el delantero germano se desploma en el área. El árbitro colombiano Torres Cadena señaló los once metros sin dudarlo ni un solo instante, mientras los jugadores de Dimitar Penev se lo comían. Mihaylov no pudo vestirse de héroe esta vez y Matthaus lo batió para hacer el uno a cero y dejar a Alemania a un paso de las semifinales. Y más cuando Haessler se sacó un misil desde el borde del área que la intervención espectacular de Mihaylov envió a saque de esquina. Parecía que la suerte estaba echada.

Pero el orgullo herido de los balcánicos salió a relucir y volcaron el campo en dirección a la portería de Bodo Illgner en pos del empate. Dos saques de esquina casi seguidos rematados por Ivanov y Kostadinov, aunque muy desviados ambos remates, empezaron a meter el miedo en el cuerpo de los campeones del mundo, que recurrieron al contragolpe para solventar la papeleta y estuvieron a punto de hacer el segundo tras un remate al palo que recogió Völler para enviarlo a la red y que fue anulado por fuera de juego.

Parecía la señal que estaban esperando los búlgaros para cambiar definitivamente el signo del encuentro. A la media hora de juego, Stoichkov recibe una falta a unos cinco metros del vértice derecho del área. Él se la guisa, él se la come. Y se dispone la estrella búlgara a ejecutarla. No es la mejor posición, porque está demasiado escorada, pero un tipo con la calidad de Hristo en su izquierda no se lo piensa y pone la pelota en el fondo de las mallas tras superar perfectamente la barrera. Illgner, que iba hacia su palo, no se mueve. Empate a uno.

Tres minutos más tarde, los búlgaros se ponen a tocar en corto en la parte derecha del ataque. Se juntan Balakov, Stoichkov y Kostadinov y se la pasan rápido y por el suelo para salir de la presión en banda alemana, hasta que el balón le llega a Yankov, que recorta y mete un centro al corazón del área germana, totalmente desguarnecida. Por ahí aparece defendiendo desesperado Haessler, porque por encima de él salta de cabeza Letchkov para poner el balón arriba, lejos del alcance de Illgner y salir corriendo con el brazo alzado, celebrando lo que únicamente ellos esperaban, la eliminación de Alemania.

Ahora, puestos a redondear la gesta, sólo faltaba dar otra campanada y eliminar a Italia en semifinales. Pero eso ya era demasiado. Italia llegó a las semifinales en modo campeona del mundo, es decir, el típico torneo en el que la azzurra hubiera podido caer mil veces y fue pasando rondas hasta convertirse en campeón. A saber, tercera en un grupo con México, la República de Irlanda y Noruega. A punto de caer en octavos ante Nigeria, que jugó un partidazo para ver cómo Roberto Baggio empataba el choque en el minuto 88 y el mismo jugador hacía el gol del triunfo en la prórroga. A punto de volver a caer de nuevo en cuartos de final ante España, con otro gol de Baggio a dos minutos del final después del fallo incomprensible de Salinas ante Pagliuca apenas minutos antes y el codazo posterior a Luis Enrique que hubiera podido suponer el empate de penalti para España.

Así que con este recorrido tan típicamente italiano, parecía difícil que Bulgaria los eliminara. Y pasó que Roberto Baggio volvió a vestirse de estrella para hacer dos goles en la primera mitad y dejar la semifinal encarrilada. Pero Stoichkov anotó un penalti en el 44 y recortó distancias para dejar las espadas en todo lo alto en la segunda parte. Pero esta vez no hubo sorpresa y el oficio italiano bastó para frenar las acometidas balcánicas. Aunque al final del choque, el Pistolero búlgaro se quejaba ante los medios de comunicación: “Dios sigue siendo búlgaro, pero el árbitro era francés”. Ahí queda eso.

En el partido por el tercer y cuarto puesto ante la otra revelación, Suecia, los búlgaros se jugaban su mejor clasificación en un Mundial y la Bota de Oro de Hristo Stoichkov, que empataba a seis tantos con Oleg Salenko, el delantero ruso. En un partido entre los dos equipos que dejaron a Francia sin Mundial, los búlgaros no comparecieron. Ya habían hecho bastante y para ellos el torneo había terminado. Suecia venció cuatro a cero para quedar tercera, pero a los balcánicos, después de la derrota ante Italia, no les importó. Sólo querían volver a casa y celebrarlo con su gente. Y lo hicieron. ¡Vaya si lo hicieron!

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Después de cumplir el sueño americano culminado con el Balón de Oro que recibió Hristo ese mismo año de 1994, los búlgaros volvieron por sus fueros. Esta magnífica generación vivió su ocaso en Francia 98, donde siguieron con su actitud vital intacta, fumando, bebiendo y relajándose en la concentración, sólo que esta vez no les fue tan bien. Empataron sin goles ante la Paraguay de Chilavert, Gamarra y Ayala, volvieron a caer ante Nigeria por un gol a cero y se llevaron seis tantos en una última jornada intrascendente ante España, con los dos eliminados del torneo. Fue el triste epílogo de una selección mítica que, de momento, no ha vuelto a levantar la cabeza en la Copa del Mundo.

Desde Francia 98 han pasado 24 años y 6 Mundiales. En ninguno de ellos hemos podido volver a disfrutar de los Leones. Aunque quizá sea complicado reunir a una generación de jugadores tan especial y tan mágica como la que defendió el escudo de Bulgaria en el Mundial 94.

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