"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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lunes, 28 de octubre de 2024

Silvio Piola, el goleador italiano del Mundial de Francia 38

5 de octubre de 1996. Estadio Republicano de Chisinau. Moldavia e Italia se enfrentan en la segunda jornada del grupo 2 de la fase de clasificación europea para el Mundial de Francia 98. Los italianos, entrenados por Arrigo Sacchi y capitaneados por Paolo Maldini, saltan al césped del estadio moldavo con un brazalete negro encintando sus brazos. El día anterior había fallecido en Gattinara (Vercelli), a los 83 años, Silvio Piola, el máximo goleador de la historia de la Serie A, o lo que es lo mismo, probablemente, el mejor goleador italiano de todos los tiempos.

Piola “Piernas largas” fue el ariete de la Italia que defendió con éxito su corona de campeona del mundo en el Mundial de Francia de 1938. El jugador más determinante de una selección rocosa y, a la vez, talentosa, que Vittorio Pozzo convirtió en prácticamente inexpugnable. 

Piola conversa con Pozzo en un partido del Mundial de 1938.

La Segunda Guerra Mundial acabó con una trayectoria internacional que parecía predestinada a dejar una huella imborrable en la Copa del Mundo, pero no con su carrera como artillero, que se prolongó hasta el final de la temporada 1954, cuando decidió retirarse a los 41 de edad con más de 300 goles en el zurrón.

A su fantástica carrera plagada de goles, sólo le faltó coronarla con un Scudetto.

Pero, a veces, en la vida, no se puede tener todo…

***

Silvio Guioacchino Italo Piola nació en el pequeño pueblo de Robbio, en el valle Lomellina, provincia de Pavía, el 29 de septiembre de 1913. Aunque su nacimiento allí fue meramente circunstancial, ya que sus padres eran comerciantes de tela y se habían trasladado a Robbio por motivos laborales. Pero pronto volverían a su auténtico hogar: Vercelli, en el corazón del Piamonte. Cuna de uno de los mejores equipos de fútbol italianos de la época.

Allí, el pequeño Piola empezó a estudiar en la Escuela Elemental Galileo Ferraris. Eso sí, en sus ratos libres sólo tenía una obsesión: lanzarse veloz con una pelota en los pies a regatear cuantos árboles se le pusieran en el camino y chutar con potencia y colocación entre la maleza. Hasta que lo vio don Sassi, el sacerdote del pueblo, director de la Escuela y un auténtico apasionado del fútbol. Más concretamente, del Pro Vercelli, el equipo donde el tío de Silvio Piola, Giuseppe Cavanna, jugaba de portero.

Tampoco era muy rara la pasión del capellán por el Pro Vercelli, porque en aquel momento era uno de los mejores equipos italianos, si no el mejor. La sección de fútbol del Pro Vercelli se fundó en 1903, justo diez años antes de que naciera Silvio. Para cuando el chiquillo vino al mundo, el equipo acababa de levantar su quinto Scudetto. Aún ganaría dos más, los de 1920-21 y 1921-22, aunque serían los últimos, ya que al club piamontés le resultaría imposible competir con los de las grandes ciudades de Milán, Turín y Roma en los inicios del profesionalismo. Pero vamos, que en la década de 1910 y principios del 20, el Pro Vercelli era, sin duda, uno de los rivales a batir en Italia.

El caso es que cuando don Sassi vio al pequeño Silvio regateando entre los árboles, controlando la pelota y rematando de primeras, no tuvo ninguna duda: sabía que estaba ante un fantástico futbolista, aunque sólo tuviera ocho años. Así que, bajo sus auspicios, el chico empezó a jugar a fútbol en el colegio y pronto destacó. Pero donde realmente se hizo un nombre en toda la región fue jugando de centrocampista en el Veloces, un equipo juvenil que había fundado Bernasconi, el propietario de una tienda de artículos deportivos. Ese equipo juvenil maravilló a todo el mundo y estuvo a punto de vencer en el Campeonato de Italia juvenil, donde cayó en la final contra la Roma (1-3).

La alegría del nuevo equipo duraría poco… porque en cuanto los técnicos de la Pro Vercelli vieron jugar a Piola y a sus compañeros Depretini y Pietro Ferraris, se los llevaron. Y los icorporaron directamente a la disciplina del primer equipo, bajo el mando del entrenador húngaro József Nagy, un trotamundos del fútbol que había entrenado a la selección sueca en las Olimpiadas de París en 1924 y se colgó un bronce olímpico. Nagy no se lo pensó demasiado e hizo debutar a Piola en la serie A el 16 de febrero de 1930 en un partido en el estadio del Bologna. El encuentro acabó con empate a dos, aunque el chico, que aún no había cumplido los 17 años, no se estrenó ese día como goleador.

Silvio Piola.

Y es que ya se sabe… a veces, en la vida, no se puede tener todo.

***

A Piola, que jugaba de centrocampista en Veloces, lo puso Nagy desde ese primer encuentro con la Pro Vercelli de delantero centro, pese a que había otros técnicos y periodistas que pensaban (y lo escribían y lo decían) que el chico debería seguir jugando en el centro del campo. Consideraban que sus registros anotadores en sus tres primeras temporadas completas con el equipo no eran espectaculares para jugar de delantero centro. Hizo 13 goles en la 1930-31; 12 en la 1931-32 y 11 en la 1932-33.

Y es cierto que Piola podría haber jugado perfectamente de centrocampista porque era un portento físico. Un tipo fuerte, alto, de piernas largas, con la costumbre de jugar de siempre de espaldas para mantenerse siempre en contacto visual y directo con el juego, pero, además, tenía una velocidad endiablada, un gran regate, un tremendo disparo desde la larga distancia y un remate portentoso con cualquier parte del cuerpo. Vamos, que era un rematador nato (e innato también).

Pero, sobre todo, sus entrenadores decían de él que tenía la increíble capacidad de estar siempre en el sitio adecuado y en el momento preciso para hacer el remate definitivo. Aparecía de la nada en el momento sublime para definir como nadie y hacer goles y más goles. Tenía el don de la ubicuidad. Era un oportunista como la copa de un pino.

Y, claro, esa relación de amor con el gol no se compra con dinero. Y no se puede desperdiciar. Por eso siguió Nagy siguió poniéndolo de delantero centro en la Pro Vercelli y sus cifras goleadoras comenzaron a aumentar poco a poco. En la temporada 1933-1934 ya hizo 15 goles, aunque aún estaba lejos de los 21 de Giuseppe Meazza, el gran ídolo italiano del momento, o de los 32 del “capocannoniere” del torneo, el Juventino Felice Borel. Pero los 15 de Piola los convirtió en un equipo que acabó séptimo en el campeonato, muy lejos de los inalcanzables Juventus y Ambrosiana-Inter, que contaban en sus filas con la mayoría de futbolistas que disputarían (y ganarían) el Mundial de Italia de 1934.

El 22 de abril de 1934, unos meses antes del inicio de de un torneo que Piola no disputaría, el joven de 20 años marcó el único tanto de su equipo en la derrota ante el todopoderoso Bologna (4-1) en el estadio Renato Dall’Ara, el mismo en el que había debutado cuatro años antes. Fue su último partido con la Pro Vercelli. Porque ese verano a Piola le tocaría hacer las maletas… aunque el viaje no iba a tener el destino que, en un principio, él había deseado.

***

A la conclusión de la Copa del Mundo de 1934 en la que la Italia de Vittorio Pozzo levantó la Copa Jules Rimet tras derrotar en la final a Checoslovaquia en la prórroga, la liga italiana se reanudó con más expectativas si cabe. Para entonces, Silvio Piola, al que se habían rifado casi todos los grandes equipos del Calcio, acababa de fichar, casi por imposición gubernamental, por la Lazio, un equipo al que el futbolista, en principio, no quería ir. Después, se quedaría allí nueve temporadas y se convertiría en un auténtico ídolo.

Eran tiempos en los que el profesionalismo empezaba a acabar con el espíritu amateur que había tenido el fútbol hasta pocos años antes y los grandes clubes empezaban a pagar importantes cantidades de dinero por los futbolistas más destacados. Dinero a los clubes y dinero a los jugadores, que empezaron a convertirse en personajes muy populares y admirados por las masas. En Italia, además, había que sumar otro factor no menos importante: la coyuntura política. Con el fascismo en el poder desde finales de 1922, el fútbol era uno de los ámbitos donde los capitostes metían mano constantemente y ordenaban fichajes a su antojo.

Piola, al que no le gustaba ese mercadeo aunque tenía claro que si quería dedicarse al fútbol había de plegarse a él, deseaba fichar por el Ambrosiana-Inter (antecesor del Inter de Milán), donde jugaba uno de sus ídolos, su amigo Giuseppe Meazza, y que le quedaba lo suficientemente cerca de casa para seguir fiel a su estilo de vida tranquilo y sosegado.

No pudo ser… Tuvo que hacer las maletas y partir hacia Roma para fichar por la Lazio, en un intento gubernamental de centralizar el fútbol y contrarrestar desde la capital el empuje de los grandes equipos del norte. Pero, al menos, Piola sacó una buena tajada para su Pro Vercelli y para él y para su familia, ya que en, aquellos tiempos, pagaron 250.000 liras al equipo y un sueldo “astronómico” de 70.000 anuales para el jugador.

Pese a su fama, su sueldo y su traspaso, Piola aparecía a menudo en el campo de la Rondinella, donde entrenaba la Lazio, acompañado por su perro Frem, un pointer de pelaje blanco con manchas marrones. Solía pasar cuando acudía al entrenamiento directamente tras cazar al alba, otra de sus grandes pasiones junto con la pesca en ríos y lagos. Eso era lo que más le gustaba hacer: cazar, pescar y, por supuesto, jugar al fútbol... Y marcar goles, evidentemente.

Porque pese a que cobraba como una estrella, y estaba considerado como tal dentro y fuera de los terrenos de juego, Piola nunca vivió como una estrella. Era tímido y retraído y no le gustaba nada aparecer en los anuncios ni en los medios de comunicación. Hacía vida familiar. Era cercano y de trato afable. No bebía. No fumaba. No salía de fiesta. Vamos, que quizá por eso tuvo una carrera tan longeva.

O quizá a pesar de eso, que nunca se sabe…

***

Y, claro, llegó el momento de vestirse con la zamarra de la azzurra.

Italia - Checoslovaquia. Genoa, 1936.

Vittorio Pozzo, el astuto seleccionador italiano, se puso a renovar la selección campeona del mundo de cara al Mundial de Francia de 1938 desde el momento en que había levantado la Copa Jules Rimet de 1934 y muy pronto Piola entró de lleno en sus planes. En una temporada espectacular en la Lazio a nivel individual en la que anotó 21 goles, Pozzo lo hizo debutar con la azzurra. Fue en Viena, el 24 de marzo de 1935, en un partido amistoso ante Austria, y el joven delantero no pudo tener mejor estreno: marcó dos de los cuatro tantos de la victoria transalpina (2-4).

Desde ese momento, Piola no sólo se hizo con un hueco en la selección, sino que se convirtió en uno de los jugadores imprescindibles. Fue convocado para todos los encuentros que disputó Italia hasta su debut ante Noruega en los octavos de final del Mundial de Francia 38. 

Jugó catorce partidos (dos de la Copa Internacional del Europa Central de 1933-35; cuatro de la de 1935-38 y ocho amistosos) y marcó trece goles, afinando cada vez más la puntería a medida que se acercaba la cita mundialista. De hecho, en los dos partidos amistosos previos a la cita mundialista, anotó tres tantos en la victoria por 6 a 1 ante Bélgica y otro en el 4 a 0 que Italia le endosó a Yugoslavia apenas quince días antes de su debut en la Copa del Mundo.

Pero el primer partido del Mundial no iba a ser un camino de rosas, precisamente. Los italianos se presentaron en el Velodrome de Marsella el 5 de junio de 1938 para enfrentarse a Noruega y desafiaron a los 19.000 espectadores que llenaban el estadio haciendo el saludo fascista en el acto protocolario previo. En un clima prebélico intenso, el público francés abucheó a los italianos durante todo el partido y durante todos los partidos del campeonato.

El encuentro empezó bien para los defensores del título, que se adelantaron con un gol de Ferraris a los dos minutos de juego. Pero la rocosa Italia fue incapaz de imponer su juego durante el resto del partido y no pudo cerrar el encuentro ante una peligrosa Noruega que aprovechó su ocasión para enfervorecer al público local y poner a la campeona contra las cuerdas. Fue Brustad quien anotó el gol del empate a falta de siete minutos para el final. El encuentro se iba a la prórroga.

Pero ahí apareció Piola para demostrar el gran estado de forma (y de olfato) con el que llegaba al torneo. Sólo habían pasado cuatro minutos del tiempo extra cuando “Piernas Largas” cazó un rechace del meta noruego en el área pequeña para anotar el gol que le daba un sufrido triunfo a los transalpinos y los metía en cuartos de final, donde se vería las caras con Francia, la anfitriona, que se había deshecho de Bélgica con relativa comodidad (3-1).

El 12 de junio, en el estadio de Colombes de París, Francia e Italia se jugaron un puesto en las semifinales del torneo. Los italianos, además de volver a hacer el saludo fascista, se presentaron sobre el césped totalmente de negro, en un claro guiño planeado por Mussolini a las camisas negras. Fue la única vez en la historia que Italia vestiría de negro. Una provocación en toda regla a la que el público francés respondió con continuos abucheos.

Meazza, el capitán italiano, viste totalmente de negro.

Sobre el césped, los italianos fueron mucho mejores que los anfitriones y no dejaron ningún resquicio a la sorpresa. Colausi inauguró el marcador para los defensores del título a los nueve minutos, pero tan sólo un minuto más tarde empató Heisserer para los franceses. Fue un espejismo, porque Italia estaba siendo muy superior. 

Pero no llegaron los goles en la primera parte y tuvo que aparecer Piola en la segunda para anotar dos tantos y llevar a Francia a las semifinales del torneo. Ahí se verían las caras con Brasil, la gran atracción del torneo donde destacaba por encima de todos Leonidas, el auténtico protagonista de la Copa del Mundo hasta el momento por sus regates, su creatividad y sus goles.

Pero Leonidas no jugó ante Piola. Porque su seleccionador, Adhemar Pimenta, decidió reservarlo para una hipotética final. Y no lo alineó. Como tampoco a Tim ni a Brandao, los otros dos jugadores más creativos de Brasil.

Se cuenta que Pimenta había diseñado dos equipos, uno blanco y uno azul, para alternarlos en función del rival. Uno más creativo y uno más físico. Y que, contra Italia, optó por el físico.

También es cierto que Brasil venía de jugar una prórroga ante Polonia en octavos de final que acabó con un espectacular 6 a 6 para los brasileros, que jugaron con el equipo blanco, el de sus futbolistas más imaginativos. Leónidas marcó 3 tantos. Que después Brasil se enfrentó a Yugoslavia en cuartos y aquello se convirtió en la Batalla de Burdeos, que acabó con unos cuantos jugadores lesionados, dos brasileños expulsados y un empate a uno que obligó a repetir el partido dos días más tarde. En la repetición ganaron los brasileños (2-1) con sólo dos jugadores de la Batalla de Burdeos en el once: el portero Walter y Leonidas. Leonidas marcó todos los goles de Brasil en la eliminatoria. El de la Batalla de Burdeos y los dos del partido de repetición.

Quizá el cansancio que arrastraba hicieron que Pimenta optara por dar descanso a su estrella, pero teniendo en cuenta que no había cambios, la estrategia era un poco arriesgada. Y los italianos se encargaron de demostrarlo en un encuentro en el que fueron realmente muy superiores. 

Colaussi adelantó a los campeones del mundo a los once minutos de la segunda parte y Meazza dio la puntilla a los de Pimenta con un tanto de penalti cuatro minutos más tarde. Romeu recortó distancias a tres minutos del final, pero no bastó. Italia se metía en la final de la Copa del Mundo tras vencer en el único encuentro en el que no marcó Piola.

En la final se enfrentaron a la temible Hungría, que había hecho un torneo excepcional dejando en la cuneta a las Antillas Holandesas Orientales, la actual Indonesia, en los octavos de final (6-0); se había deshecho de la sorprendente Suiza en cuartos (2-0) y había masacrado a Suecia en las semifinales (5-1). Sus futbolistas más peligrosos eran Zsengeller y Sarosi, que habían anotado entre los dos seis de los 14 tantos húngaros. Pero enfrente había mucha pólvora también: la de Meazza, la de Colaussi y, por supuesto de la Piola.

En el estadio de Colombes se congregaron 45.000 espectadores, la mayoría con la esperanza de ver cómo Italia caía derrotada, que presenciaron un auténtico partidazo. Colaussi abrió fuego con un gol a los seis minutos de juego al que respondió inmediatamente Titkos para empatar la final tras una jugada embarullada en el área italiana. Entonces los italianos se lanzaron en tromba al ataque y Silvio Piola tardó apenas siete minutos más en adelantar de nuevo a Italia. La primera parte la dominaron los transalpinos, que corroboraron su mejor juego con otro tanto de Colaussi a diez minutos del descanso.

Italia - Hungría. Final de la Copa del Mundo de Francia 38.

El tres a uno presagiaba una segunda parte tranquila para los de Vittorio Pozzo, pero lo cierto es que los magiares no le perdieron la cara al partido, supieron contener las acometidas italianas y poco a poco se iban acercando con peligro a la meta de Olivieri. Italia se echó atrás a la espera de amenazar a la contra con la velocidad de Piola y Colaussi, pero fue Sarosi quien hizo vibrar a los aficionados en Colombes con el segundo gol de Hungría que apretaba la final y ponía a Italia contra las cuerdas. 3 a 2 a falta de veinte minutos de partido.

Y entonces, cuanto más falta hacía, apareció de nuevo Piola. El delantero de la Lazio acompañó una cabalgada de Colaussi, que ganó la línea de fondo en posición de extremo derecho para poner una pelota rasa al corazón del área. Por allí apareció Piola como una exhalación, ganándole la espalda a un defensor y anticipándose a otro para sacarse un potente derechazo cruzado desde el punto de penalti y hacer el cuarto tanto para Italia. Quedaban diez minutos para el final y el marcador ya no se movería más.

Italia levantaba así su segunda Copa del Mundo. Y lo hacía fuera de casa por primera vez en la historia. Además, conseguía disipar las sospechas que levantó la consecución de la primera, con constantes arbitrajes polémicos y con las presiones del Duce. 

En Francia 1938 fue sólo el fútbol el que habló. Y el de los italianos fue el mejor. Gracias a la capacidad estratégica y motivadora de Vittorio Pozzo, a la calidad del capitán Meazza y al desequilibrio y los goles de Colaussi y, sobre todo, de Silvio Piola, el ariete y máximo goleador de la campeona del mundo con cinco tantos en tres partidos.

***

Tras la Copa del Mundo de 1938 llegó la Segunda Guerra Mundial, que privó a Piola de aumentar su renta goleadora, de partidos y de títulos con Italia, aunque siguió jugando al fútbol en la Lazio, mientras los combates lo permitieron. De hecho, se reincorporó al equipo hasta que la guerra se interpuso definitivamente en su camino, y en el de todos, en 1943.

Las temporadas que van de la 1938-39 a la 1940-41 fueron poco fructíferas para Piola desde el punto de vista goleador, ya que se quedó no superó los diez tantos en la Serie A en ninguna de las tres campañas. Jugó menos partidos de lo habitual y, además, a media temporada el técnico decidió que jugara de centrocampista gran parte de los encuentros, por lo que no sólo descendieron sus registros goleadores, sino también la competitividad del equipo, que nunca estuvo fino, acabando siempre a media tabla y lejos de los campeones Bologna, Ambrosiana-Inter y otra vez Bologna.

E incluso estuvo bastante cerca del descenso en la campaña 40-41, que no se produjo por un mejor coeficiente goleador frente al Novara, que acabó con sus huesos en la serie B. Pese a ello, el papel de Piola fue fundamental en un partido clave, el que le enfrentó a la Roma en el derbi de la Ciudad Eterna el 16 de marzo de 1941, con el descenso pendiendo sobre las cabezas de los “biancocelesti”. Piola se lesionó a los veinte minutos de juego tras un choque con un defensa “giallorossi”, pero siguió jugando para conseguir los dos goles de la victoria de la Lazio que, a la postre, serían cruciales para evitar el descenso.

Società Sportiva Lazio, 1940-41

En la siguiente temporada, la 1941-42, los números de Piola se acercaron a los de siempre, quedando segundo en la tabla de goleadores con 18 tantos en un torneo que se llevó la Roma a sus vitrinas. Y en la campaña posterior fue el “Capocannonieri” con 21 tantos en 21 partidos, aunque el equipo completó un torneo bastante mediocre que acabó levantando el Torino.

Ésa sería su última temporada en la Lazio, donde jugó 243 partidos en nueve temporadas y anotó 159 goles, 149 en competiciones oficiales y 10 en amistosos. No ganó el scudetto, pero se ganó el cariño, la admiración y el respeto de todos los aficionados laciales.

De hecho, esos 149 goles de Silvio Piola en partidos oficiales con la Lazio fueron un registro inalcanzable para nadie hasta que un tal Ciro Immobile (quien, por cierto, tampoco ha podido ganar nunca un Scudetto), lo superó en el año 2021.

Habían pasado nada más y nada menos que 79 años.

***

En 1944 las competiciones de ámbito nacional se paralizaron a causa de la guerra y Silvio Piola volvió a casa, al Norte de Italia. Consiguió el permiso para unirse al Torino y disputó el Campeonato de la Alta Italia. Recién estrenada la treintena y en unas condiciones terribles para todos, Piola siguió demostrando su instinto goleador anotando 27 tantos en un torneo que se acabaron llevando sorprendentemente Los Bomberos de La Espezia.

A la conclusión de la guerra, con ganas de quedarse en su tierra natal, pidió a la Lazio la carta de libertad definitiva y acabó fichando por la Juventus en 1945. La Vecchia Signora desembolsó 2 millones de liras y la recaudación de un partido amistoso en Roma para hacerse con los servicios del goleador de Verccelli.

Cestmir Vycpalek y Silvio Piola. Juventus, 1947

Sin embargo, en la Juve tampoco no llegaron los títulos. Piola jugó de “bianconero” la llamada División Nacional de 1945-46 y 1946-47, pero la Vecchia Signora no pudo superar nunca al Torino. Así que, pese a que el rendimiento de Piola aún era bueno, los dirigentes de la Vecchia Signora consideraron que ya estaba mayor, tenía 34 años en 1947, para defender los colores de la Juventus. Y le dieron la carta de libertad.

Y se equivocaron…

Porque tampoco sin Piola pudo la Juventus plantar cara a sus vecinos del Gran Torino, un equipazo de ensueño que marcó un época tras ganar cuatro campeonatos italianos seguidos y al que sólo pudo parar una tragedia: el accidente aéreo de Superga que tuvo lugar el 4 de mayo de 1949 y donde perdieron la vida 31 personas. Entre ellas, 18 jugadores del Torino, dos técnicos y un periodista del club.

***

Cuando Piola salió de la Juventus en el verano de 1947, decidió fichar por el Novara, que estaba en ese momento en la serie B. No le importaba. Sólo quería seguir disfrutando jugando al fútbol y marcando goles y hacerlo cerca de casa. Cerca de los suyos. Cerca de su gente. Para seguir siendo feliz.

El veterano delantero se integró pronto en la disciplina del equipo y ayudó con sus 16 tantos a conseguir un ascenso vertiginoso. Y no sólo eso, sino que siguió jugando cinco temporadas más, haciendo 70 goles y manteniendo al Novara en la élite temporada tras temporada. Fue así como se convirtió en un auténtico ídolo en una ciudad que lo veneraba y que él también adoraba.

Hasta que se retiró definitivamente con 41 años ya cumplidos y unas cifras goleadoras que impresionan.

Porque Piola sumó la friolera de 274 goles en la serie A; 43 más en las dos temporadas de la Divisione Nazionale (1944-45 y 1945-46); 16 tantos en la Serie B; otros 16 entre Copa de Italia y Copas Continentales; y otros 30 más en los 34 partidos en los que se vistió con la zamarra azul de Italia.

En total, 379 tantos en 669 encuentros.

Unos registros, los de Silvio Piola, que superan los del otro gran mito italiano de los años 30, el gran Giuseppe Meazza, que anotó 262 goles en la Serie A, y que le convierten en el máximo goleador de la historia de la liga italiana. El que más se ha acercado a estos dos fenómenos ha sido un tal Totti, con 250 tantos en la máxima categoría del fútbol italiano.

No debe ser tan fácil eso de ser el mayor goleador de la historia del fútbol italiano, ya que en más de 125 años nadie ha sido capaz de superarlo. Aunque sus goles no le hubieran servido para ganar un Scudetto.

Pero, ya se sabe… A veces, en la vida, no se puede tener todo…

Aunque, bien pensado, a Silvio Piola tampoco le hacía tanta falta un Scudetto… que una Copa del Mundo pesa mucho. Y cuesta muchísimo ganarla.

Que se lo digan a Italia, que tuvo que esperar 42 años para volver a levantarla.

***

Tras su retirada, Piola se puso a entrenar, pero desde el banquillo no se marcan goles, así que pronto dejó el mundo del fútbol profesional para disfrutar de él como un aficionado más. Junto a su mujer, Alda Ghiano, con la que se había casado en 1948 y con sus hijos Darío y Paola. Junto a su familia y sus amigos, disfrutando del día a día de una vida de placeres sencillos. Sin que nadie pudiera reconocer a simple vista la estrella que fue, porque nunca se comportó como tal.

Silvio Piola murió en una residencia de ancianos de Gattinara en 1996, a los 83 años, cuando ya el Alzheimer había empezado a desvanecerle los recuerdos. Descansa en la capilla familiar del cementerio de monumental de Billiemme, en Vercelli, muy cerca del estadio que lleva su nombre y donde marcó tantos y tantos goles. Un estadio que hoy lleva su nombre.

El estadio multiusos de Vercelli lleva el nombre de Silvio Piola. 

Como el del Novara, al que acudía domingo tras domingo como un aficionado más, hasta que la salud se lo permitió, a disfrutar del fútbol y de los goles de su equipo.

Aunque cada vez fueran menos los que lo reconocieran en el estadio.
Aunque cada fueran menos los que supieran que se sentaban a disfrutar del fútbol junto a todo un campeón del mundo. 

Junto al máximo goleador de la historia de la Serie A.
Junto a una persona humilde y sencilla que tuvo la suerte de disfrutar la vida haciendo lo que más le gustaba: jugar al fútbol.

Aunque nunca ganara un Scudetto.
Porque, a veces, en la vida, no se puede tener todo…

viernes, 18 de febrero de 2022

La Italia de Pozzo

La Italia de Vittorio Pozzo, campeona del mundo en 1934 y 1938, siempre ha estado rodeada de suspicacias, cuando no directamente minusvalorada, por muchísimas razones (seguramente casi todas justificadas o con mucho poso de verdad, pero minusvalorada al fin y al cabo).

Esa selección italiana fue campeona del mundo en su propio país, un país gobernado por Mussolini, que quiso convertir el campeonato en un triunfo personal suyo y, por supuesto, del régimen fascista que encabezaba. Eso convirtió el torneo en una especie de mascarada en la que los anfitriones siempre fueron muy bien tratados por los árbitros de turno.

Esa selección italiana saludaba brazo en alto su propio himno mientras Mussolini lanzaba la famosa consigna de “Vencer o Morir” a toda la expedición azzurra. Y, también en el fútbol, el resto del mundo miró hacia otro lado y les dejó hacer ostentación de una ideología supremacista, xenófoba y racista.

La Stampa anuncia la victoria italiana en la Copa del Mundo de 1934.

Esa selección italiana superó los cuartos de final contra España en un enfrentamiento que pasó a la historia como la batalla de Florencia, tras un empate a uno en el primer encuentro que no se pudo deshacer en la prórroga y que obligó a jugar un segundo encuentro de desempate, un día más tarde, con siete bajas en las filas ibéricas a causa de las lesiones que se produjeron en el choque anterior. Los árbitros de cada uno de esos dos encuentros fueron sancionados por la FIFA y no volvieron a arbitrar un partido internacional.

Esa selección italiana formó con cuatro jugadores llamados oriundi, porque eran todos argentinos que jugaban en la Liga Italiana y que el régimen se apresuró a nacionalizar para poder contar con ellos durante el torneo. De hecho, Luis Monti, el medio centro, había disputado (y perdido) con la albiceleste la final del Mundial de Uruguay de 1930. Ahora, cuatro años después, sería campeón con Italia.

Esa selección italiana disputó un torneo al que no acudió el actual campeón del mundo, Uruguay, molesto porque la gran mayoría de países europeos no habían ido a disputar la primera Copa del Mundo que ellos organizaron. Los argentinos sí participaron, pero llevaron una selección de suplentes de los suplentes que en nada se parecía a la que cuatro años antes había disputado la final ante sus vecinos del otro lado del Río de la Plata.

***

Pues pese a todo lo dicho, que es estrictamente cierto, esa Italia de Pozzo merece un poco más de respeto y un análisis un poco más profundo. De entrada, y aunque casi todos los expertos tienden a contar que no estaba entre los máximos favoritos a llevarse la Copa del Mundo, la verdad es que los italianos ya habían demostrado que era un error no contar con ellos en esa terna. 

Básicamente, porque mientras otras selecciones aún estaban en pañales tácticamente y aún disponían el estilo piramidal con un 2-3-5 claro y marcado sobre el terreno, los italianos habían hecho su propia evolución de la ya conocida y practicada WM y la habían probado en campeonatos de prestigio como la Copa Internacional de la Europa Central (conocida posteriormente como Doctor Gerö) donde se medían a las selecciones de Austria, Hungría, Suiza y Checoslovaquia. Los italianos habían ganado la edición de 1930 y los austríacos las de 1932. Pero, curiosamente, Austria, Hungría y Checoslovaquia eran los favoritos a alzarse con la Copa del Mundo del 34 en Italia y los italianos no.

Italia ganó la Copa Internacional de la Europa Central en 1930.

Pues bien, Vittorio Pozzo, un entrenador inquieto con un profundo amor por el fútbol, se había empapado años antes de todos los novedosos sistemas tácticos que se estaban empleando en Inglaterra, Austria y Hungría, principalmente, y había adaptado esos sistemas a la personalidad de los jugadores que había seleccionado para el Mundial, a su propia cultura futbolística y a su propia idiosincrasia personal.

Así, el metódico Pozzo modificó el sistema para adecuarlo a las virtudes de sus jugadores y mientras las selecciones de la Europa Central ya jugaban la famosa WM con 3 defensas, dos centrocampistas por delante, 2 interiores un poco más adelantados y tres delanteros (dos extremos y un delantero centro), el seleccionador italiano se quedó con dos defensas más abiertos, adelantó la posición del tercer central al centro del campo utilizándolo de pivote por delante de la defensa, mandó abrir un poco más a los dos centrocampistas que quedaban para convertirlos en interiores, metió a dos medias puntas por delante de estos y dejó a los tres delanteros clásicos arriba (los dos extremos y el delantero centro). 

Así, se pertrechó mejor en la zona central y potenció la velocidad de contragolpe de los suyos. Velocidad y mejor ocupación de espacios contra la habilidad y el pase de los centroeuropeos. Convirtió la WM en una MM, una WW o un 2-3-2-3. 

Como queráis llamarlo. 
Los italianos lo llamaban Il Metodo.

Si a esto le añadimos el carácter, la personalidad y la capacidad de sacrificio que le inculcó al equipo, el cóctel casi sale solo. Y es que Pozzo había luchado en la primera guerra mundial en el Regimiento de Montañistas del Ejército Italiano y había adquirido una férrea disciplina, un sentido del deber y un espíritu de grupo que inculcó a rajatabla entre todos sus jugadores.

Así, esa selección, que contaba con futbolistas de una gran calidad individual, jugaba siempre como un equipo. El portero era Combi, un veterano de la Juventus, los dos defensores solían ser Rosetta y Caligaris (también de la Vecchia Signora), aunque en el Mundial casi no jugaron ninguno de los dos. Rosetta solo disputó el primer partido ante Estados Unidos y Caligaris no jugó ninguno, pero Pozzo tenía el plan B perfectamente estudiado y los sustitutos preparados, así que los dos zagueros fueron Allemandi (del Inter) y Monzeglio (del Bolonia). 

Delante de ellos jugaba el argentino nacionalizado Luis Monti, escoltado en el centro del campo por su compañero juventino Bertolini y Mario Pizziolo, de la Fiorentina, quien solía alternar con el romanista Atilio Ferraris. Delante de ellos, la magia de dos mediapuntas de manual: el artista Giuseppe Meazza (del Inter) y Giovanni Ferrari (también de la Juventus). Arriba, el delantero del Bolonia Schiavio en punta de ataque y los extremos Orsi y Enrico Guaita (los dos argentinos nacionalizados también, el primero de la Juve y el segundo de la Roma).

Mario Pizzioli, Luis Monti y Luiggi Bertolini en el Mundial de 1934.

En un Mundial de tan marcado cariz político, hay que decir que Italia tuvo que clasificarse para jugarlo, cosa que no ha tenido que hacer nunca ningún anfitrión ni antes ni después. Ahora, eso sí, se clasificó ganándole un partido a Grecia en Milán por 4 a 0 y los griegos desistieron de jugar la vuelta en Atenas. 

La explicación oficial fue que no querían hacer el ridículo volviendo a perder contra los transalpinos, mientras que la que se oía en los burladeros era que Mussolini había decidido gastarse el precio del viaje y del alojamiento de la azzurra en una nueva, moderna y funcional sede para la federación helénica en Atenas.

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El caso es que Italia debutó en su mundial derrotando por 7 a 1 a los Estados Unidos en octavos de final. En cuartos de final se jugó la mencionada batalla de Florencia contra España (a la que derrotó en el partido de desempate por 1 a 0 con un polémico gol de Meazza) y se preparó para enfrentarse en las semifinales con Austria, el Wunderteam, el gran favorito que acababa de allanarse el camino (y, de paso, allanárselo también a Italia) eliminando a Hungría en los cuartos de final. 

Cosas de los sorteos. 

Ayer, hoy y siempre.

La semifinal se disputó el 3 de junio en Milán, en un campo totalmente embarrado después de una tormenta que benefició claramente a los italianos pero que, obviamente, ni el mismísimo Mussolini hubiera podido provocar. 

Italia derrotó en semifinales a una Austria cansada e intimidada.

El choque acabó cayendo del lado azzurro merced al tanto anotado por el extremo Enrico Guaita a los 19 minutos de partido que los Smistik, Horvath, Sindelar y Bican no pudieron igualar.

En la final, los italianos se iban a medir a Checoslovaquia, una selección que tenía su estrella bajo palos, el gran Planicka, un centrocampista de grandísima calidad como Cambal y el ariete del torneo, el goleador Nejedly

Los checoslovacos se sostuvieron en la primera parte con las paradas de Planicka y, a medida que avanzada en encuentro, se sintieron más cómodos y empezaron a dominar la final. De hecho, en la segunda parte fueron mejores que los locales y se adelantaron en el minuto 70 con un tanto de Puc.

Sin embargo, la casta transalpina (o italoargentina) salió a relucir en los últimos minutos y el oriundi Orsi igualó el partido en el minuto 81 con un remate espectacular. La final se fue a la prórroga y ahí apareció la magia de un agotadísimo Meazza para meter un pase preciso a Angelo Schiavio que el boloñés no desaprovechó. Se llevaban tan solo 5 minutos del tiempo extra, pero el marcador ya no se movería y los italianos levantaron al aire de Roma su primer trofeo Jules Rimet.

Los futbolistas levantan a Pozzo tras su triunfo en el Mundial de 1934.

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Pero esa Italia de Pozzo no se quedaría ahí. En los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 ganó la medalla de oro eliminando a Estados Unidos, a Japón, a Noruega y, finalmente, imponiéndose de nuevo a los magníficos austríacos en la final del torneo, en la prórroga y por 2 a 1, como ante Checoslovaquia dos años antes en la final de la Copa del Mundo.

Y en el Mundial de Francia de 1938 volvieron a repetir triunfo, con el mismo Método, aunque con distintos jugadores. Repetían Ferraris y Mazzola en la mediapunta, pero ya no estaban los oriundi. Sí estaba Silvio Piola, el delantero italiano más efectivo de la historia. Y los italianos volvieron a ganar. Esta vez eliminando a Noruega, a Francia en París en los cuartos de final, a Brasil (sin Leónidas ni Tim) en semifinales y a Hungría en la final. Esta vez con menos sufrimiento, sin prórroga y ganando por 4 a 2.

Después vendría la Segunda Guerra Mundial y el parón inevitable, pero, antes de la guerra, los italianos fueron los mejores. Y lo fueron con merecimiento. Con polémica y con un estilo personal e intransferible, pero con merecimiento. 


Italia celebra su triunfo en la final del Mundial de Francia en 1938.

Porque, al final, si esa tremenda escuela de fútbol que fueron los países bañados por el Danubio en los años 30 no levantó trofeos ni se colgó medallas olímpicas fue por culpa de esa Italia física, luchadora, sacrificada, disciplinada y ordenada que caracterizaría ya para siempre el fútbol italiano.

De hecho, ningún seleccionador ha conseguido hasta el momento levantar dos mundiales. Ni con la misma selección ni con dos distintas. 

Pozzo sí lo hizo con Italia. 
En 1934 y en 1938.

sábado, 21 de enero de 2017

Leonidas, el diamante negro que enamoró en Francia

El 5 de junio de 1938 la ciudad de Estraburgo amaneció encapotada. El día anterior había caído una monumental tormenta y los aficionados al fútbol miraban el cielo con preocupación pensando en el partido del Mundial que se iba a disputar esa misma tarde en el estadio Meinau. 

Se enfrentaban Brasil y Polonia. Una selección brasileña con ansias de triunfo después de haber hecho un mal papel en el primer mundial celebrado en Uruguay en 1930 y de caer eliminada en Italia en 1934 en el partido de su debut ante la España capitaneada por el legendario portero Zamora.

Zamora despeja el peligro brasileño en el Mundial de 1934.

De hecho, los brasileños eran los únicos representantes sudamericanos en el Mundial de Francia, ya que los uruguayos se habían vuelto a negar a jugar en Europa como respuesta a la ausencia de la mayoría de las selecciones europeas (sólo acudió Francia) en su Mundial de hacía 8 años y a la decisión de Jules Rimet de jugar este tercer Mundial en Francia cuando le tocaba a Argentina organizarlo. El caso es que el presidente de la FIFA pensó, ante la inminencia de una nueva guerra en Europa, que este sería la última Copa del Mundo que se disputaría y quiso que fuera su país el que lo acogiera. 

La respuesta: una deserción masiva de los países sudamericanos.

El caso es que Brasil había reunido una gran selección, con una gran mezcla de jugadores jóvenes y veteranos donde la punta de lanza era un artista de 25 años llamado Leonidas da Silva al que acompañaban, entre otros, el delantero Tim, el centrocampista Brandao o el defensa Procopio. Tal era la necesidad de los brasileros, que su entrenador, Ademir Pimenta, había llevado jugadores distintos para confeccionar dos equipos: uno para jugar al ataque (el blanco) y otro más defensivo y rocoso (el azul).

En los dos tenía cabida Leonidas, un delantero centro preciosista, amante del fútbol espectáculo que en Francia acabaría por convertirse en el primer gran referente del fútbol samba que a partir de este instante sería la seña identidad de la canarinha. De hecho, fue uno de los primeros jugadores de fútbol que quedó en la retina de los aficionados y que adquirió el estatus de estrella.

Leonidas da Silva.

De él decían algunos técnicos, jugadores y aficionados que era rápido como un galgo, ágil como un gato y parecía estar hecho de goma en vez de carne y hueso. Además, era infatigable, siempre buscaba el balón, no tenía miedo, se movía continuamente y nunca se rendía. También destacaba porque disparaba desde cualquier posición y compensaba su poca estatura con una agilidad excepcional, contorsiones increíbles y acrobacias imposibles. De hecho, al diamante negro algunos también le llamaban el hombre de goma.

Además, fue de los primeros en utilizar un recurso que no inventó, pero perfeccionó y popularizó: la chilena. De hecho, cuentan que anotó un tanto de chilena en el Mundial y el árbitro estuvo a punto de anularlo porque no estaba muy seguro de si esa técnica de golpeo de la pelota era legal o no. Pero no adelantemos acontecimientos…

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A las 5 de la tarde del 5 de junio de 1938 no llovía en Estrasburgo, pero el campo era un auténtico barrizal. Los polacos miraban el terreno de juego y veían en él un aliado y una oportunidad única para apear a los brasileños (los europeos se habían clasificado para el Mundial ganando una eliminatoria previa a Yugoslavia: con un clarísimo 4 a 0 en casa y una derrota por la mínima fuera).

Brasil y Polonia se preparan para un partido épico.

Pero Leonidas no compartía esa opinión y a los 18 minutos adelantó a su equipo con un disparo cercano. Los polacos reaccionaron y empataron de penalti sólo 3 minutos más tarde, pero los brasileños empezaron a jugar el balón y a crear ocasiones claras y anotaron 2 goles más antes del descanso para dejar el partido más que encarrilado. Sin embargo, nadie esperaba encontrarse ante uno de los partidos más bellos de la historia de la Copa del Mundo.

Un tal Ernest Wilimowski pretendió discutirle la supremacía y el protagonismo a Leonidas y anotó 2 tantos preciosos para empatar el partido en apenas un cuarto de hora. Cuando Brasil se recuperó de la sorpresa y del mazazo reaccionó con un gol de Peracio y se echó a dormir. Entonces volvió a aparecer Wilimowski para empatar a 4 en el último minuto del encuentro y mandar el partido a la prórroga.

Leonidas pugna con Szczepaniak para intentar batir a Madejski.

Los 13.500 espectadores que habían desafiado el mal tiempo para presenciar el partido no se podían creer lo que veían y deseaban fervientemente que tamaño espectáculo no terminara nunca. Pero Leonidas no debió pensar lo mismo y nada más comenzar la prórroga decidió solventar la difícil papeleta. 

Ante lo pesado de un campo totalmente embarrado decidió quitarse las botas y jugar descalzo (eso cuentan unos, mientras que otros aseguran que la bota se le escurrió cuando remataba)y el primer balón que cazó dentro del área lo metió para dentro e hizo el 5 a 4 para Brasil. Cuando el árbitro se dio cuenta de que iba descalzo ya era tarde para anular el gol y sólo pudo obligarle a calzarse de nuevo. 

Ya no importaba, porque Leonidas anotaría con botas la sexta diana de su equipo, la que los hacía respirar y casi clasificarse para la siguiente ronda. Aún aparecería una vez más Ernest Wilimowski para meter el miedo en el cuerpo de los cariocas a falta de dos minutos para el final anotando su cuarto gol particular y el quinto de su equipo. ¡Y aún envió el polaco Erwin Nyc un balón al larguero con el tiempo cumplido! Pero la suerte estaba echada: Brasil seguía adelante y Polonia se quedaba en el camino.

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Leonidas tenía ante sí la oportunidad de consagrarse como el mejor jugador del torneo, el máximo goleador de la competición y, por qué no, ayudar con su clase y sus goles a que Brasil se proclamase por primera vez campeona del mundo. Pero antes los brasileños debían medirse a la peligrosísima Checoslovaquia, una selección rocosa y competitiva que tenía por estrella a su delantero Nejedly, uno de los máximos goleadores del torneo anterior, Italia 1934.

Pimenta formó a su equipo azul y el partido pronto se convirtió en una batalla campal que pasaría a la historia como la Batalla de Burdeos. El brasileño Zeze Procopio se tomó al pie de la letra las consignas de su seleccionador (le había dicho que Nejedly no debía tocar ni un solo balón) y le partió un tobillo a la estrella checoslovaca a los 12 minutos de partido. El checo se mantuvo en el campo (no habían cambios entonces) e incluso marcó el penalti que permitía a su equipo empatar el choque después del tanto del maestro Leonidas. 

Gol de Leonidas ante Checoslovaquia en la Batalla de Burdeos. 

También Planicka acabaría en el hospital con la clavícula rota, aunque acabó el partido. En medio, el colegiado expulsó a dos brasileños y a un checo antes de dar por finiquitado el encuentro y la prórroga con 1 a 1, lo que obligaba a repetir el partido dos días más tarde con numerosas bajas en ambos equipos (entre lesionados y expulsados).

El seleccionador carioca sólo alineó dos jugadores supervivientes de la Batalla de Burdeos en el desempate: el portero Walter y Leonidas, que había maravillado a todos con un regate de su invención que ahora está muy de moda, la bicicleta. Brasil apostó por el equipo blanco, jugó al ataque y ganó. Cómo no, Leonidas hizo el primero de los dos goles que darían el pase a su selección a las semifinales del torneo (2-1). Ahí esperaba la campeona del mundo: la Italia comandada por Pozzo desde el banquillo y por Meazza en el terreno de juego.

Tras el choque ante los checos, el periodista de la prestigiosa revista Paris Match, Raymond Thourmagen, escribió: “Ese hombre de goma, en el suelo o en el aire, posee el don diabólico de controlar el balón y lanza chutes violentos cuando menos se espera. Cuando Leônidas marca un gol, uno cree estar soñando.

***

A esas alturas de campeonato, las cosas estaban muy claras: Italia era la actual campeona del mundo, defendía título y lo hacía en Europa, tras eliminar a los anfitriones, los franceses, mientras que Brasil era la gran favorita del torneo, una selección llamada a hacer historia y conquistar su primer Mundial en continente enemigo. 

Así lo debió pensar el seleccionador brasilero, Ademar Pimenta, quien, ni corto ni perezoso, decidió reservar a Leónidas, Tim y Brandao, sus tres mejores jugadores, para una hipotética final. Una de las versiones dice que Leónidas estaba lesionado y sus compañeros andaban cansados y un poco tocados tras la prórroga ante Polonia y el partido de desempate ante los checoslovacos, pero otra versión habla de la prepotencia de Pimenta, que quiso reservar a sus mejores jugadores para una hipotética final, a la vez que lanzaba el mensaje a los italianos de que no necesitaba a sus figuras para apearlos del torneo. Para completar esta otra versión, un dato real: los brasileños habían reservado sus billetes de avión para volar a París a disputar la final.

Sea como fuere, Italia estaba más que dispuesta a aprovechar los regalos. El astuto Pozzo alineó su once de gala, con Meazza como motor del equipo, Silvio Piola como estilete y la férrea disciplina táctica que ya en aquellos años los caracterizaba. Los transalpinos se hicieron con el mando del partido desde el principio. Controlaron el juego en la primera mitad y, al poco de iniciarse la segunda, un gol de Colaussi abrió el marcador. 

Los campeones italianos fueron un escollo insalvable para Brasil.

Los brasileños no reaccionaron y, diez minutos más tarde, Meazza puso el dos a cero en Marsella. A falta de tres minutos para el final, Brasil anotó de penalti un gol que sólo sirvió para poner un poco de emoción a los minutos finales.

A la postre, el cuadro brasileño tuvo que viajar, pero no a París, sino a Burdeos, donde se mediría a Suecia por el tercer puesto, mientras los italianos marchaban triunfantes a París donde conseguirían ante Hungría su segundo mundial consecutivo.

Allí en Burdeos, y una vez sobrepuesto de la decepción de caer en semifinales, Leónidas decidió que aún no había acabado el Mundial para él y, tras los dos tantos suecos, su compañero Romeu recortó distancias y él mismo se encargó de empatar y poner a Brasil por delante con dos golazos marca de la casa. 

Romeu abrió con su gol el camino de la remontada ante Suecia.

El partido acabó cuatro a dos para Brasil, que acabó tercera, Leónidas se llevó la Bota de Oro por sus siete tantos y el recibimiento de los brasileños a sus jugadores cuando regresaron a casa fue memorable.

Eso sí, la osadía (o la precaución) de Pimenta le costó muy cara a Brasil, que habría de esperar 12 años para jugar su primera final de un Mundial (el que perdería en Maracaná ante Uruguay en 1950) y 20 años más para ganarla. 

Fue en Suecia en 1958, con los jóvenes Pelé y Garrincha de protagonistas... 

Pero eso ya es otra historia.

jueves, 7 de febrero de 2008

Brasil en Francia 38: Las confianzas matan

Copa del Mundo de Francia, año 1938. Brasil es el único representante sudamericano en un torneo que uruguayos y argentinos quisieron boicotear, aún molestos por la incomparecencia de la mayoría de equipos europeos a la primera Copa del Mundo celebrada en Uruguay y, además, considerando que la organización del torneo correspondía a Argentina y no a Francia. 

El campeonato está marcado, además, por la situación política, en intenso clima de pre-guerra. Austria se había clasificado, pero no acudió al Mundial y algunos de sus jugadores fueron "anexionados" a la selección de Alemania, mientras que España se desangraba en la Guerra Civil y, evidentemente, tampoco participará.

Los brasileños, que entonces aún jugaban de blanco, se presentaron en territorio francés con un equipo de lujo que comandaba en ataque el gran Leonidas

Brasil se mide a Polonia. Leonidas está junto al seleccionador.

En la primera eliminatoria se enfrentaron a Polonia y empataron a cuatro. Sí, sí. ¡Cuatro a cuatro! De hecho, la prórroga se saldó con un 6 a 5 para Brasil con Leonidas jugando parte de la misma descalzo. Al final, la rutilante estrella brasileña anotó tres tantos. Y el delantero polaco Willimowski... ¡cuatro!

Los cuartos de final midieron las fuerzas de Brasil y Checoslovaquia, y nunca mejor dicho: el partido degeneró en una tángana monumental con el saldo de tres expulsados (dos brasileiros y un checo) y cinco heridos (dos de ellos fueron hospitalizados por rotura de brazo). El partido acabó en empate a un gol y la prórroga, en esta ocasión, no resolvió nada. Ese encuentro se recuerda como "la batalla de Burdeos", casi nada.

Hubo un partido de repetición con los ánimos un poco más calmados y ahí Brasil remontó el gol inicial de los checoslovacos para vencer por 2 a 1 y meterse en semifinales.

Leonidas marca un gol en el desempate ante Checoslovaquia.

A esas alturas de competición, Leonidas llevaba seis goles en tres partidos.

En las semifinales, el actual campeón del mundo, Italia, esperaba a los brasileños. En parte por cuestionar la legitimidad de su título (Italia ganó el Mundial de 1934 jugando en su país y con Mussolini presionando), en parte para intimidarlos, el seleccionador brasileño, Adhemar Pimenta, cometió una de las osadías más grandes que se recuerdan: dejó fuera del partido a Leonidas y a Tim, sus dos mejores futbolistas, en una época en la que no estaban permitidos los cambios.

La versión aparentemente más realista explica esta decisión en el hecho de que los jugadores brasileños más técnicos estaban tocados y renqueantes tras la prórroga ante Polonia y los dos encuentros ante Checoslovaquia y Pimenta prefirió apostar por algo más de frescura y físico.

Otra versión apunta directamente a la prepotencia de Adhemar Pimenta, de quien dicen que, además, afirmó alto y claro: "los reservo para la final". Lo que sí parece real es que la federación brasileña había reservado los billetes de avión para volar a París a disputar la final del torneo. 

Y que los brasileños estaban, en general, bastante convencidos de su victoria. 
Al menos, eso decía la prensa.

A Noite consideraba favorita a Brasil.

Lástima. 

Los italianos sí alinearon su equipo de gala y ganaron cómodamente por 2 a 1 con goles de Colaussi y Meazza, de penalti, ya que Romeu sólo le dio emoción a la recta final del partido al marcar en el minuto 87. Los transalpinos no necesitaron siquiera los goles de Silvio Piola, que anotó en todos los partidos del Mundial menos en éste.

Italia dejó en la cuenta a Brasil sin muchas dificultades.

Brasil acabó tercera, tras derrotar por 4 a 2 a unos suecos que se habían adelantado por dos a cero con 2 tantos ¿de quién?... Sí, de Leonidas, que, al menos, se coronó como máximo goleador del torneo al acabar con 8 dianas. 

Y el campeón fue Italia, que venció a Hungría en la final por 4 a 2 y se convirtió en la primera selección en conseguir dos títulos y, además, hacerlo de modo consecutivo.

Eso sí, los brasileños aprendieron de su error: nunca volvieron a caer en unas semifinales de una Copa del Mundo: siempre que alcanzaron esa ronda accedieron a la final. Hasta que llegó el Mundial de Brasil 2014 y los alemanes les propinaron la mayor paliza de su historia y les ganaron por 1 a 7 en Belo Horizonte en un partido que pasaría a la posteridad como el Mineirazo

Por cierto, lo de la confianza y el menosprecio al rival sí se había repetido antes, pero no en las semifinales, sino en la final: fue en su propio Mundial, el de 1950. 

Sí, sí, el del Maracanazo ante Uruguay.