"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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miércoles, 31 de mayo de 2023

La cabeza de Zidane

A principios de los años 80, con el Mundial de España a la vuelta de la esquina, se editaron unos cómics sobre la historia de los mundiales. Para describir a Roberto Béttega, el mítico delantero de una Italia que meses más tarde se proclamaría campeona del mundo, aparecía el siguiente texto: “Roberto Béttega, cabeza para marcar, cabeza para pensar”. 

Y así era, porque el italiano era un auténtico especialista en el remate de cabeza y, a la vez, era el que pensaba y ejecutaba un poquito más rápido que los demás, el que veía el juego como nadie, el que se desmarcaba un segundo antes que los demás. Curiosamente, el transalpino se perdió el Mundial por culpa de una lesión inoportuna, pero aquello de “cabeza para marcar, cabeza para pensar” se quedó grabado a fuego en mi memoria.

Y ese lema, siempre en mi cabeza, se lo apropió Zinedine Zidane, el mariscal de Francia, unas décadas más tarde, aunque él ni siquiera lo supiera. Porque usó la cabeza para marcar y darle a los galos la primera Copa del Mundo de su historia en 1998. Porque usó la cabeza durante toda su carrera para jugar y hacer jugar a los suyos. 

Gol de Zidane en la final del Mundial de Francia 98.

Y volvió a usar la cabeza, pero esta vez sin apenas pensar, para para golpear a Materazzi a dos minutos de la conclusión de la prórroga de la final del Mundial de Alemania 2006 y tirar así por tierra el trabajo de todo su equipo, y por supuesto el suyo propio, tras protagonizar un torneo espectacular en el que se echó a la espalda a toda su selección para meterla en la final con su talento y… su cabeza.

Esa cabeza que impidió que el consumado lanzador de penaltis de Francia pudiera estar en la tanda decisiva con la Copa del Mundo en juego. 

Esa cabeza que propició que una carrera extraordinaria como futbolista se cerrara el último día de la peor manera posible. 

Esa cabeza que remató un sinfín de balones a las mallas y de la que salió fútbol a raudales para todos y cada de los equipos que defendió a lo largo de su exitosa carrera. 

Esa cabeza que le jugó la última mala pasada en el peor momento posible.

El cabezazo de Zidane a Materazzi en la final del Mundial 2006.

Pero esa magnífica cabeza, a Zidane, ya se le había ido otras veces antes. 

Bastante antes.
Y bastantes veces.

***

Zidedine Yazid Zidane era hijo de inmigrantes argelinos que se instalaron en Marsella huyendo de la guerra de Argelia. Allí, en un barrio humilde, creció Zidane dándole patadas a un balón y soñando con convertirse algún día en el Príncipe. Pero no en un príncipe de cuento de hadas, sino en Enzo Francescoli, “el Príncipe”, descomunal futbolista uruguayo que cautivó al joven Zinedine desde que lo vio llevar la batuta del juego del Olympique de Marsella. Seguramente la figura de Francescoli fue una de las razones por las que el chaval decidió apostar por el fútbol en vez de por otros deportes, ya que Zidane, por aquel entonces, jugaba a casi todo y casi todo lo hacía bien, especialmente el judo.

Pero cuando el chico decidió apostar definitivamente por el fútbol, el Olympique no lo tuvo en cuenta (de hecho, Zizou nunca jugaría en el equipo de su ciudad) y los primeros colores que defendió fueron los rojiblancos del Cannes, donde tuvo que mudarse con apenas 14 años y donde debutó en Ligue 1 a punto de cumplir los 17. 

Zidane debutó con el Cannes en la Ligue 1.

Allí, en Cannes, empezó el marsellés a hacerse un nombre en la Liga Francesa y apenas tres temporadas después, con 20 años cumplidos, fue fichado por un Girondins de Burdeos que necesitaba urgentemente una revolución.

Y es que el cuadro girondino, tras vivir la mejor época de su historia ganando las ligas de 1984, 1985 y 1988, acabó con sus huesos en la Segunda División en 1991 tras sufrir un descenso administrativo por culpa de una deuda de 45 millones de francos. Tardó sólo un año en subir de nuevo a la Primera División y fue entonces cuando fichó a un prometedor jugador de 20 años con una gran proyección, pero también con mucho margen de mejora.

El proceso de maduración de Zidane como futbolista culminó definitivamente en las cuatro temporadas que vistió los colores del cuadro girondino. Su elegancia, su clase, su calidad, su técnica depurada, su visión de juego, su conducción, su cambio de ritmo, su capacidad de llegada y su amplio repertorio de pases fueron poco a poco creciendo en Burdeos hasta alcanzar un nivel sublime que le abrió las puertas de la selección francesa.

Su debut en la selección se produjo el 17 de agosto de 1994 en un amistoso ante la República Checa que, en realidad, iba a significar un cambio tremendo para Francia. Ese día Zidane saltó al campo sustituyendo a Corentin Martins, con el 14 a la espalda y con Francia cayendo por 2 a 0. 

Le costó al debutante coger la manija del juego, pero poco a poco se convirtió en el gran protagonista. Porque a falta de cinco minutos para el final, el del Girondins recogió un pase de Blanc, regateó a dos marcadores cambiándose el balón de pierna y lanzó un obús desde más de 30 metros para recortar distancias. Y ya con el tiempo cumplido, remató de cabeza un saque de esquina para empatar el choque. 

Zidane celebró dos goles en su debut con Francia. 

Aún habrían de pasar un par de años más, pero se acababa de poner la primera piedra para el nacimiento de una nueva Francia que dejaría de sustentarse sobre Jean Pierre Papin, Eric Cantona y David Ginola para hacerlo sobre Zidane, Thuram, Djorkaeff o Desailly.

Pero alternando con esa clase indiscutible que empezaba a mostrar en todos los terrenos de juego, la cabeza de Zidane ya había dado muestras de cortocircuitarse más de una vez.

En septiembre de 1993, en un partido ante el Olympique de Marsella, Zizou recibió un codazo de Marcel Desailly que el colegiado de la contienda no vio. Zidane no se cortó y en un córner le propinó al defensa del Marsella un puñetazo que le costó la roja directa. 

No sería la última vez.

A finales de agosto de 1995, en la vuelta de la final de la Copa Intertoto que ganaría el Girondins y que lo metería en la Copa de la UEFA, Zidane se quitó de encima de un manotazo, un cabezazo y una patada (las tres cosas juntas) a su marcador Thorster Fink. Claro, la roja también fue instantánea.

Y en esa misma temporada levantó de un patadón a Fredéric Mendy, jugador del Martigues, en el partido correspondiente a la 15ª jornada de la Liga Francesa. Se marchó directamente a los vestuarios por tercera vez en su carrera cuando el marcador señalaba un 2 a 1 a favor del Martigues. Los locales redondearían la cuenta con un gol más ya con Zidane en la ducha (3-1).


Zidane se convirtió en el líder del Girondins.

Curiosamente, y pese a la expulsión de Zizou en el último partido de la Intertoto, el Girondins de Burdeos no sólo se clasificaría para Copa de la UEFA, sino que alcanzaría la final del torneo eliminando a equipos como el Real Betis, el AC Milan o el Slavia de Praga. 

La final, a doble partido, la perdieron claramente con el Bayern de Múnich. Ese hueso ya fue demasiado para la tropa de Zidane, pero el Mariscal ya había paseado su clase, su talento y su fútbol por muchos estadios de Europa. 

Y también su carácter.
Para lo bueno y para lo malo.  

***

Al final de esa temporada 1995-96, Zidane haría las maletas para enrolarse en la todopoderosa Juventus de Turín que, entrenada por Marcello Lippi, acababa de proclamarse Campeona de Europa al vencer al Ajax de Ámsterdam en la tanda de penaltis. En ese gran equipo compartiría vestuario con su compatriota Didier Deschamps, el holandés Edgar Davis, el croata Alen Bocksis y con dos cracs italianos que respondían a los nombres de Del Piero y Cristian Vieri.

A Zidane le costó un poco adaptarse a un equipo muy físico y muy trabajado tácticamente, pero en cuanto se fue acoplando se ganó con creces la titularidad en todo un campeón de Europa y firmó una primera temporada sensacional donde la Vecchia Signora ganó la Supercopa de Europa, la Copa Intercontinental y el Scudetto. Además, el equipo volvió a plantarse en la final de la Copa de Europa, pero esta vez claudicó ante el sorprendente Borussia de Dortmund (1-3) y Zidane se quedó, de momento, sin la joya de la corona, aunque coronado como uno de los mejores jugadores del mundo.

Zidane fichó por la Juve en el verano de 1996.

Y uno de los más viscerales también. Porque la cabeza que usaba para ejecutar acciones casi inimaginables, seguía cortocircuitándose de tanto en tanto. Como en el partido ante el Parma de la 15ª jornada de la Serie A 96-97, cuando Enrico Chiesa fue a presionarle para robarle la pelota y el galo se giró de golpe y le propinó un puñetazo en el pecho que le costó nuevamente una expulsión por roja directa.

La siguiente campaña, la 1997-98, Zidane volvió a hacer un grandísimo campeonato ganando de nuevo el Scudetto, pero volvió a vivir la frustración de caer otra vez en la final de la Copa de Europa, esta vez ante el Real Madrid, que venció en el Ámsterdam Arena con un solitario tanto del montenegrino Pedja Mijatovic (0-1). 

Parecía que el destino le negaba el título más prestigioso de Europa al marsellés, pero lo cierto es que en apenas dos temporadas se había convertido en un ídolo en Turín y en uno de los mejores jugadores del mundo.

Con el Mundial de Francia a la vuelta de la esquina, había llegado el momento de olvidar las penas y de dar un paso al frente. Sobre todo porque la selección francesa afrontaba la Copa del Mundo como anfitriona y estaba cuestionadísima en su propio país.

***

En el verano de 1998 Francia se había convertido en casi un polvorín contra su selección. Aimé Jacquet había conformado un equipo multicultural donde la mayoría de jugadores eran descendientes de habitantes de las antiguas colonias y la extrema derecha francesa los había puesto a todos en el disparadero con eslóganes del estilo “esa selección no nos representa” y otros de similar calado.

Zidane era descendiente de argelinos. Henry, de origen antillano. Thuram, de Guadalupe. Vieira, nacido en Senegal y sus padres de Cabo Verde. Desailly, de Ghana. Karembeu, de Nueva Caledonia. Djorkaeff, de Armenia. Y así hasta 14 de los 22 jugadores convocados por Jacquet. Pero esos jugadores cerraron filas, se abstrajeron de todo y de todos y acabaron por aunar a casi todos los franceses bajo la misma bandera.

Y Zidane fue el buque insignia de ese equipo. Con sus dos cabezazos en la final que le valieron una Copa del Mundo y el Balón de Oro de ese año 1998. Pero estuvo a punto de echarlo todo a perder también por su cabeza. Esa misma que dirigió el juego de Francia durante el torneo. Esa misma con la que hizo los dos primeros goles de la final ante Brasil. Y es que la estrella de Les Bleus, el diez, el cerebro, el espejo en el que mirarse, la gran esperanza gala, cometió una torpeza indigna de un jugador de su calibre.

En el segundo encuentro de la fase de grupos, el que enfrentaba a Francia ante Arabia Saudí, con el combinado galo venciendo por dos goles a cero y a falta de veinte minutos para el final, Zizou entra por detrás a un contrario, lo derriba y lo pisa con la otra pierna cuando está en el suelo. El colegiado mexicano Arturo Brizio Carter no lo duda y lo expulsa con roja directa.

Zidane prácticamente se autoexpulsó en el partido ante Arabia Saudí.  

Zidane no se lo puede creer. No porque Francia vaya a pasar problemas en un partido que acabará ganando cuatro a cero, sino porque no podrá jugar hasta los cuartos de final del torneo. Y en octavos, la Paraguay del meta Chilavert y los defensas Ayala y Gamarra están a punto de dar la estocada a los franceses y privar a Zidane, y a toda Francia, de la corona que buscan. 

Por suerte para los galos apareció Laurent Blanc en los últimos momentos de la prórroga para anotar el primer gol de oro de la historia de los Mundiales y devolver la respiración a todo un país (especialmente a Zidane, que ya había tenido tiempo suficiente como para arrepentirse de su acción).

El diez volvería a enfundarse la camiseta del Gallo en los cuartos de final y ya no se perdería ni un solo minuto en todo el torneo. 

Jugaría y marcaría el primer penalti de la tanda ante Italia tras un tenso empate sin goles ante muchos de sus compañeros de la Juventus. 

Jugaría y dirigiría al equipo con su batuta en la noche grande de Thuram ante Croacia en semifinales (2-1). 

Y se metería al mundo en el bolsillo con sus dos cabezazos ante Brasil en la final (3-0) para levantar la primera Copa del Mundo de la historia de la selección francesa.

Cabeza para marcar. 
Cabeza para pensar.

Zidane levanta la primera Copa del Mundo para Francia en 1998.

***

Tras levantar la Copa del Mundo en Saint Denis, Zinedine Zidane se llevó también el Balón de Oro de 1998, pero su regreso a la Juventus no fue tan bueno como pudiera suponerse tras dos años magníficos. Los bianconeros hicieron una liga pésima y acabaron en el séptimo puesto, pasando de jugar la final de la Copa de Europa a clasificarse para la Copa Intertoto. 

En Europa, en cambio, el equipo rindió bien y cayó en las semifinales del máximo torneo continental ante el Manchester United, que acabaría levantando el trofeo en Barcelona ante el Bayern de Múnich en uno de los finales más sorprendentes de la historia de la competición.

Ese año la cabeza de Zidane volvió a chispear y en un partido ante el Inter de Milán el galo casi le parte la pierna por dos sitios a Paulo Sousa. Conducía el juventino la pelota en perpendicular a la línea de medios cuando el balón se le fue un poco. Apareció Paolo Sousa para robar y Zizou se tiró al suelo con los dos pies por delante cazando la pierna de apoyo del portugués. El colegiado, que seguía la jugada de cerca, no le dejó ni levantarse. Le enseñó la roja en el suelo.

La temporada siguiente, que acababa con la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos, la Juve de Zidane, que no jugaba competición europea, perdió el título en la última jornada en favor de la Lazio en un partido en el campo del Peruggia que estuvo parado una hora y media tras un aguacero descomunal que cayó durante el descanso. A los cuatro minutos de retomarse el partido, la Vecchia Signora recibió un gol que no supo remontar y le hizo perder el Scudetto.

La Juve de Zidane cayó ante el Peruggia de Materazzi y el Scudetto se lo llevó la Lazio.

Sin embargo, como dos años antes, para Zidane no había antídoto mejor contra la depresión que disputar un torneo con su selección. Les Bleus se presentaron en Bélgica y Países Bajos como campeones del Mundo y no defraudaron, levantando la segunda Eurocopa de su historia, aunque con muchísimo suspense.

***

Los galos vencieron a Dinamarca con facilidad en su estreno (3-0) y certificaron su clasificación para cuartos de final al derrotar también a la República Checa (2-1). Sin embargo, una derrota ante la anfitriona Holanda tras ir ganando por dos a uno (2-3) envió a la campeona del Mundo a medirse a España en cuartos.

En Brujas, Zidane adelantó a Les Blues con un golazo de falta directa, pero entonces España volcó su juego por la banda derecha, donde Munitis volvió loco a Thuram una y otra vez hasta que acabó cometiendo un claro penalti que anotó Mendieta para empatar. Sin embargo, al borde del descanso, un derechazo de Djorkaeff significó el 2 a 1 con el que los dos equipos se marcharon al descanso.

La segunda mitad fue un quiero y no puedo de una España que parecía haber arrojado definitivamente la toalla cuando Barthez cometió una de las pifias del torneo. En el último minuto de partido, Thuram despejó hacia atrás una pelota, Barthez hizo una palomita innecesaria para evitar el córner y el balón se le escurrió a los pies de Abelardo de espaldas a la portería. El meta francés lo derribó con las manos y el colegiado pitó el penalti que podía permitir a España forzar la prórroga. Mendieta, el jugador que los había lanzado durante todo el torneo, ya estaba en el banquillo y fue Raúl quien tomó la responsabilidad. 

El jugador del Real Madrid golpeó fuerte con la pierna izquierda, pero el balón se fue desviado por encima de los tres palos. 

Raúl se lamenta y Barthez celebra: las dos caras del fútbol.

Aún tuvo Urzaiz un cabezazo en el descuento que salió por encima de la portería de Barthez antes de que los galos pudieran celebrar su clasificación para unas semifinales del torneo que habían tenido que sudar muchísimo.

Allí esperaba Portugal, una selección temible, que se adelantó en el marcador a los 19 minutos con un disparo lejano de Nuno Gomes que no pudo atrapar Barthez. Las cosas pintaban feas para los campeones del mundo, que no encontraron la manera de meterle mano a los lusos en toda la primera mitad salvo dos o tres cabalgadas de Zidane que no encontraron premio. Pero a los diez minutos de la segunda parte Henry se inventó un golazo a la media vuelta para empatar el choque y los galos se vinieron arriba. Aún así, Barthez tuvo que sacar una mano tremenda ante un remate de Abel Xavier en el último suspiro y el partido se fue a la prórroga. 

Y a falta de 3 minutos para los penaltis, Henry tuvo un mano a mano con Vítor Baía que sacó el portero luso, el balón le cayó escorado a Wiltord, que remató a portería, y Abel Xavier tuvo la mala fortuna de no poder quitar la mano de la trayectoria de la pelota. El penalti lo puso Zidane en la escuadra para clasificar a Francia para la final con un gol de oro.

En la finalísima esperaba Italia. Una azzurra con ganas de vendetta tras la eliminación en los penaltis en el Mundial de 1998. Y lo cierto es que durante muchos minutos parecía que se había consumado. Porque Delvecchio adelantó a los italianos a los diez minutos del segundo tiempo y la azzurra se dispuso a exprimir al máximo su engranaje defensivo y las virtudes de su portero Toldo. Henry, Trezeguet y Desailly se estrellaron contra el muro italiano y no encontraron la fórmula para batir a Toldo en lo que quedaba de segunda mitad, pese al acoso y derribo al que sometieron a una azzurra que se sentía como pez en el agua. 

Sin embargo, el fútbol es caprichoso e imprevisible y tenía reservado un final épico para los franceses y trágico para los italianos. 

En los siete últimos minutos Del Piero tuvo dos contras para matar definitivamente el partido, pero Barthez detuvo sus remates. El tiempo pasaba… 

Y pasaban dos minutos de la hora, con el banquillo italiano de pie, a la espera del pitido final para saltar al terreno de juego, cuando Wiltord controló un balón mal despejado por la zaga azzurra en el vértice izquierdo del área, acomodó el balón a su zurda y soltó un latigazo raso que batió a Toldo en el último suspiro. 

La final se iba a la prórroga cuando ya nadie lo esperaba.

Y en la prórroga, con Italia sumida en una profunda depresión, Pires fue apartando rivales por la izquierda a base de regates, metió un centro al corazón del área y Trezeguet la empalmó a la escuadra para marcar el gol de oro que coronaba a Francia como campeona de Europa. 

Trezeguet marca el Gol de Oro de la Euro 2000.

Ver para creer.
Los italianos recibiendo de su propia medicina.

***

Zizou volvió a Turín con la Eurocopa bajo el brazo y se enfrentó a otra temporada complicada. Los turineses se vieron sorprendidos en liga por la Roma y fueron siempre a rebufo de los capitalinos en la clasificación. Al final, la Roma ganó el Scudetto y los de Zidane acabaron el año con las manos vacías.

Porque, además, en la Liga de Campeones la Juve cayó en un grupo duro junto a Hamburgo, Panathinaikos y Deportivo de la Coruña que se les complicó muy pronto. Los de Zidane empezaron con un espectacular empate a cuatro en tierras alemanas, para derrotar después al Panathinaikos en Delle Alpi y volver a empatar, esta vez sin goles, ante los deportivistas.

En ese choque, a Zizou se le volvió a pasar la rosca. Faltaban 22 minutos para el final del encuentro y un balón salió despedido botando en el centro del campo. El deportivista Emerson fue a controlarlo y por allí apareció Zidane con la pierna a la altura del estómago del luso para darle una patada que años más tarde imitaría el holandés De Jong en la final del Mundial de Sudáfrica, aunque algo más perfeccionada y acrobática. El galo vio la roja directa. Otra vez.

Otra roja para la colección de Zizou.

El astro francés, sancionado, no pudo jugar en Riazor ante el Dépor y su equipo empató a uno. Y en el partido en el que el marsellés regresaba a la competición, de nuevo en Delle Alpi pero ante el Hamburgo, la cabeza volvió a jugarle otra de sus cada vez más frecuentes malas pasadas. Corría el minuto 29 cuando Jochen Kientz y Zidane cayeron juntos al suelo en un encontronazo. Al levantarse, Zizou le propinó un cabezazo al jugador del Hamburgo que aún se retorcía sobre el césped. Inmediatamente, el Juventino se dejó caer al suelo de nuevo por si colaba, pero el árbitro estaba justo delante y ya venía con la tarjeta roja en la mano. ¡Otra vez expulsado!

En ese instante el Hamburgo ganaba por cero a uno y acabó el partido venciendo por uno a tres. Además, Zidane no pudo disputar ante Panatinaikos el partido en el que se decidía todo y la Vecchia Signora cayó en Atenas por 3 a 1 para abandonar la Liga de Campeones por la puerta de atrás en la fase de grupos.

Tras esa temporada, la Juventus acabó por vender a Zidane. Se marchó al Real Madrid tras un verano movidito en 2001 y se convirtió, en ese momento, en el fichaje más caro de la historia del fútbol. Los blancos pagaron por Zizou 72 millones de euros para ponerlo al frente de los Galácticos de Florentino Pérez. La elegancia de Zidane, su fútbol exquisito y su maestría se mudaban a Madrid. Su cabeza, ésa que a veces le hacía contacto, también.

***

Zidane no cayó precisamente de pie en el Real Madrid. Porque ya en el primer partido de Liga sufrió un marcaje implacable de David Albelda en Mestalla que lo dejó sin tocar un solo balón y porque esa temporada el Madrid de los Galácticos perdió la Liga precisamente frente al Valencia y la final de Copa en su propio estadio frente al Deportivo de la Coruña el día de su Centenario.

Sin embargo, en la Liga de Campeones Zidane acabó por ganarse el respeto, la admiración y el corazón de todos los aficionados blancos. Sobre todo por su gol de volea en la final ante el Bayer Leverkusen que le dio a los blancos su 12ª Copa de de Europa. El sentimiento era mutuo, porque Zizou no había conseguido ninguna Orejona con la Juventus y levantaba su primera Copa de Europa en su primer intento con los blancos anotando, además, uno de los mejores tantos de la historia de la competición.

Zidane volea ante Ballack para marcar un gol histórico.

Pero la temporada aún no había acabado. Con su golazo aún en la retina, Zidane se puso la camiseta de Les Blues para defender su título de campeón del mundo en Corea y Japón. Sin embargo, los galos sufrieron en sus carnes la maldición del campeón y se marcharon a casa en la primera fase.

Las cosas empezaron a torcerse en el último amistoso que los galos disputaron ante Corea del Sur antes de su debut en el torneo. En ese encuentro, Zidane sufrió una lesión muscular que le impidió disputar los dos primeros encuentros en Corea. La noticia no era buena para los galos, pero tampoco era una catástrofe, ya que los franceses tenían un auténtico equipazo y el grupo tampoco era especialmente duro. Francia debutaría ante Senegal y jugaría después ante Uruguay para cerrar la primera fase ante Dinamarca.

El debut de Les Bleus en el Mundial no pudo ir peor: Senegal les ganó 1 a 0 con tanto de Papa Bouba Diop y la concentración francesa se convirtió en un manojo de nervios. El choque ante Uruguay pasaba a convertirse en una auténtica final para la campeona del mundo. Zidane volvió a perderse el partido y una Francia muy imprecisa no fue capaz de pasar del empate sin goles ante la Garra Charrúa.

Lemerre y los suyos se encomendaron a la vuelta de Zidane para seguir en el torneo. Se enfrentaban a Dinamarca, que llegaba al partido decisivo con un buen botín de cuatro puntos por su triunfo ante Uruguay y su empate ante Senegal. Francia aún tenía opciones de clasificarse en un grupo donde Senegal también tenía cuatro puntos, mientras que Uruguay y Francia contaban con uno.

Sin embargo, la tricolor siguió siendo un manojo de nervios que ni siquiera Zidane pudo controlar. Y más cuando Rommedahl adelantó a los nórdicos a los 22 minutos de partido. Los campeones ya no fueron capaces de levantar la cabeza y Tomasson los envió definitivamente a casa con un tanto en la segunda parte (0-2).

Zidane se lamenta sobre el césped en el Mundial de 2002.

Francia se fue del Mundial sin anotar ni un solo tanto y con los peores números de un campeón defensor del título. Evidentemente, el entrenador Roger Lemerre fue cesado y buena parte de los integrantes de la selección del Gallo acabarían dejándola para siempre.

***

A su vuelta a Madrid, Zizou siguió haciendo de las suyas, alternando grandes partidos, ruletas, goles y jugadas memorables con alguna que otra ida de cabeza sin sentido. La temporada 2002-03 ganó la liga con el Real Madrid, pero cayó estrepitosamente en la vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey ante el Mallorca (4-0) y en las semifinales de la Liga de Campeones ante su exequipo, la Juventus de Turín.

La temporada 2003-04 fue peor a nivel individual y colectivo. Tras una gran primera mitad de campaña, el equipo de los Galácticos se fue cayendo poco a poco en todas las competiciones. Primero fue eliminado sorprendentemente por el Mónaco en los cuartos de final de la Liga de Campeones tras haber ganado 4 a 2 en Madrid. La vuelta acabó con una victoria monegasca por 3 a 1 que supuso la eliminación Zidane y compañía.

Además, tras el fiasco europeo, el equipo encadenó varios malos resultados en la liga y el Valencia, que parecía haberse descolgado de la lucha por la liga, empezó a ganar partidos y a acechar el liderato de los blancos. En medio, el Real Madrid jugó una final de Copa del Rey y, de nuevo contra todo pronóstico, cayó contra el Zaragoza por 3 goles a 2. La liga se la acabó llevando el Valencia CF mientras los galácticos acababan la temporada en blanco. Un auténtico desastre al que contribuyó el francés con algunas de sus ya famosas acciones.

Y es que en esa aciaga temporada Zizou fue expulsado un par de veces más. Primero vio una roja directa en Sevilla por un codazo a Pablo Alfaro en el último minuto del primer tiempo del partido de vuelta de las semifinales de Copa. Los blancos sufrieron mucho para aguantar el 2 a 0 que traían de la ida y tuvieron la fortuna de que el colegiado expulsó también a David Navarro a los ocho minutos del segundo tiempo y las fuerzas se equilibraron. A Zizou la cabeza le había vuelto a jugar una mala pasada.

Unos meses después, con el Real Madrid jugándose la liga en el estadio de Riazor, la cabeza de Zidane volvió a hacer de las suyas. Diego Tristán había marcado el primer tanto del Deportivo a los 29 minutos de partido y el Madrid se había encontrado en dos ocasiones con los postes. Zizou ya había visto una tarjeta amarilla, pero a los 41 minutos se le cruzó el cable y le hizo una durísima entrada a Djalminha, el mejor deportivista hasta el instante, que lo mandó a la ducha. 

Nueva expulsión de Zidane ante el Deportivo de la Coruña.

En la segunda parte Capdevila anotó de falta directa el segundo tanto deportivista para dejar al Madrid un poco más lejos del líder, el Valencia. La cabeza de Zidane había vuelto a reaccionar demasiado rápido en una temporada para olvidar que todavía no había acabado.

***

Y es que, a la conclusión de la campaña, Zizou se puso a las órdenes de Jacques Santini para defender la corona de Francia en la Eurocopa de Portugal. Los galos llegaban con un equipazo, pero también con la inseguridad provocada por el fiasco del Mundial de Corea y Japón en 2002.

Francia debutaba ante Inglaterra en un primer partido espectacular y Lampard adelantó a los ingleses en la primera mitad. Cuando parecía que los de Erickson se llevarían los tres primeros puntos, apareció Zidane. En el tiempo de descuento empató con un golazo y un minuto después convirtió el penalti que dio a los galos la victoria. In extremis, pero la actual campeona de Europa empezaba bien el torneo de la mano de su estrella.

El segundo encuentro ante Croacia acabó en empate a dos y Francia cerró la fase de grupos con una victoria tranquila y apacible ante Suiza que volvió a encarrilar Zidane con otro gol (3-1). Todo parecía ir sobre ruedas. Y más sabiendo que el rival de los galos en cuartos de final iba a ser Grecia, que había dado la sorpresa venciendo a Portugal y empatando ante España para clasificarse por delante de los hombres de Iñaki Sáez. Pero los helenos se habían encomendado a los Dioses y los Héroes y pondrían la Eurocopa patas arriba.

El 25 de junio de 2004, en el estadio José Alvalade de Lisboa, la todopoderosa Francia hincaría la rodilla ante la rocosa y férrea Grecia de Otto Rehhagel. Angelos Charisteas, mediado el segundo tiempo, anotó el tanto que dio el triunfo a los helenos e hizo saltar la banca. Los de Santini tuvieron que hacer las maletas. 

Charisteas celebra el gol que mete a Grecia en semifinales.

Después, Grecia se alzaría con la primera Eurocopa de su historia tras derrotar a la República Checa en semifinales y sorprender nuevamente a la anfitriona Portugal en la final. Una de las sorpresas más grandes de la historia de la Eurocopa.

Tras la eliminación en la Eurocopa, Jacques Santini fue destituido y Zidane anunció su renuncia a la selección francesa. Lo hizo público a través de su propia página web después de comunicárselo al nuevo seleccionador, Raymond Domenech, y al presidente de la Federación Francesa, Claude Simonet. El talentoso centrocampista volvería al Real Madrid para acabar sus últimos años de contrato, pero colgaría la camiseta del Gallo tras enfundársela en 93 ocasiones y ganar con ella una Copa del Mundo y una Eurocopa.

En ese instante, nada hacía presagiar su vuelta tras la salida también de Thuram, Makelele y Desailly. En ese instante la regeneración de Francia pasaba porque los jugadores más jóvenes recogieran el testigo. Pero eso era sólo en ese instante...

***

Mientras Zidane seguía intentando disfrutar del fútbol en el Real Madrid, con sus ruletas, sus jugadas maravillosas y sus goles, Domenech empezó su particular revolución en la selección francesa, intentando crear un equipo prácticamente nuevo y cambiando también a técnicos, doctores, fisioterapeutas e incluso al cocinero y al jefe de prensa. Por cambiar, cambió hasta la reglamentación interna de la selección.

Mientras Zidane veía en Madrid cómo el Valladolid los eliminaba de la Copa del Rey a las primeras de cambio y cómo el nuevo Barcelona dirigido por Frank Rijkaard y conducido en el terreno de juego por Ronaldinho, Eto’o y Deco empezaba a imponerse en la liga, la selección de Domenech no acababa de arrancar en la fase de clasificación para el Mundial de Alemania 2006. Los Bleus empataron en casa ante Israel, Irlanda y Suiza y sólo fueron capaces de vencer lejos de Francia a las cenicientas Islas Feroe y Chipre.

Mientras Zidane caía con el Real Madrid en Turín en los octavos de final de la Liga de Campeones, otro empate a uno en Tel Aviv ante Israel a finales de ese mes de marzo de 2005 empezó a poner nerviosos a todos los estamentos federativos, a la prensa y a los aficionados.

Zidane, ajeno de momento a lo que sucedía en Les Bleus y centrado en una liga que se les había puesto muy cuesta arriba, volvió a perder los nervios ante el Villarreal en el Bernabéu en la jornada 33ª. Con su equipo ganando por 2 a 1 se metió en una trifulca en el último minuto de partido y propinó un buen manotazo a Quique Álvarez. El colegiado lo vio y lo mandó al vestuario con roja directa. Era la decimotercera expulsión de su carrera futbolística. La décima por roja directa. ¡Increíble!

Zidane ve otra roja contra el Villarreal en liga.

El campeonato acabó con la segunda victoria liguera consecutiva del FC Barcelona y otro año en blanco para el Real Madrid. El segundo consecutivo. Las vacaciones le iban a venir bien a Zidane, pero con la vuelta a los entrenamientos de pretemporada saltó la noticia.

El 3 de agosto de 2005, prácticamente un año después de su renuncia a la selección, Zidane anunció públicamente que quería volver a defender la camiseta del Gallo ante los choques decisivos para la clasificación al Mundial de Alemania que empezaban en septiembre. Domenech no tuvo más remedio que aceptar los hechos consumados y abrirle de nuevo, y un poco a su pesar, las puertas de la selección. A él, a Makelele y a Thuram. A los tres.

Evidentemente, y como era de esperar, la tricolor se clasificó sin demasiados problemas para el Mundial con victorias ante Islas Feroe, Irlanda y Chipre y un empate ante Suiza. Empezaba la cuenta atrás para la última Copa del Mundo de Zinedine Zidane y, si no se arrepentía, también de su último partido porque el galo anunció que renunciaba al último año de contrato con el Real Madrid y que dejaría en fútbol tras el torneo. El último baile de Zidane.

***

La temporada 2005-06 sería pues la última de Zidane vestido de corto. Y, como siempre, proporcionó a los aficionados grandes tarde de fútbol. Pero tampoco sirvieron esta vez para dar títulos a su equipo. Un equipo plagado de estrellas que se quedaría en blanco por tercer año consecutivo.

El FC Barcelona volvió a ser demasiado rival para el club presidido por Florentino Pérez. Y cuando en la visita liguera al Bernabéu Ronaldinho se exhibió para derrotar a los blancos por cero a tres y la imagen de los espectadores del coliseo blanco en pie ovacionando al brasileño del Barça dio la vuelta al mundo, Zidane ya estaba casi convencido de que colgaría las botas a la conclusión de esa temporada.

El mazazo en la Copa del Rey tampoco ayudó. El Real Madrid se medía al Real Zaragoza en las semifinales del torneo y se llevó un rotundísimo 6 a 1 en el estadio de los maños que hundía totalmente el transatlántico blanco.

El Arsenal de su amigo y compañero Thierry Henry puso la puntilla a una temporada horrorosa al vencer 0 a 1 en el Bernabéu y apear al Real Madrid de la Liga de Campeones en octavos de final por segundo año consecutivo. Esa derrota conllevó incluso la dimisión de Florentino Pérez como presidente del club. Para más inri, sería el FC Barcelona quien levantaría su segunda Orejona en París derrotando precisamente al Arsenal (2-1).

Así las cosas, el 26 de abril de 2006 Zinedine Zidane dio una rueda de prensa en el Santiago Bernabéu para confirmar un secreto a voces. Aunque le queda un año más de contrato, el marsellés colgará las botas tras el Mundial de Alemania. Dice que es una decisión madurada durante mucho tiempo. Dice que está cansado física y psicológicamente. Dice que le han pesado mucho tres años sin títulos en un club acostumbrado y necesitado de ganar. Dice que, a sus 34 años, ha llegado el momento de decir basta.

Zidane se despide del Santiago Bernabéu el 7 de mayo de 2006 con un gol en el empate a tres que el equipo blanco cosecha ante el Villarreal. Los aficionados le dedican un enorme mosaico y una tremenda ovación en agradecimiento a sus años como madridista y sus compañeros lucen camisetas con su foto y el lema “Zidane: 2001-2006”. Aunque aún disputaría un encuentro más con los blancos en el Sánchez Pizjuán de Sevilla, el periplo de Zizou como jugador del Madrid se había acabado.

Zidane se despide de su afición entre lágrimas.
Foto: Getty Images.

Ahora sólo quedaba el Mundial de Alemania para poner la guinda a una trayectoria realmente espectacular como jugador. Ahora tocaba templar gaitas y, sobre todo, mantener la cabeza fría en su último torneo como futbolista.

Cabeza para marcar. Cabeza para pensar.

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Francia quedó encuadrada en la primera fase con Suiza, Togo y Corea del Sur, un grupo aparentemente asequible que no iba a poner en problemas a la selección de Domenech. Lo que sí haría sería sacar a la luz las desavenencias entre el técnico y sus jugadores más emblemáticos y, además, sacaría también el genio de Zizou, que se transformó a partir de un hecho fundamental: una sanción.

Los galos se entrenaron en el torneo ante Suiza, en un partido trabado y feo que acabó sin goles. Zidane vio una tarjeta amarilla en el minuto 72 que fue determinante para lo que vendría después.

Porque en la segunda jornada, les Bleus se enfrentaron a Corea del Sur y tampoco fueron capaces de doblegar a los asiáticos. Se adelantaron a los nueve minutos con un gol de Thierry Henry y a partir de ese instante se dedicaron a sestear. Tanto que los surcoreanos se fueron enganchando al partido poco a poco y acabaron por empatar con un gol de Park a falta de nueve minutos para el final. 

El 10 galo no sólo pasó desapercibido durante todo el partido, sino que vio una amarilla perfectamente prescindible en el minuto 91 que le impediría disputar la final ante Togo, el último partido de la primera fase, donde los franceses tenían que ganar sí o sí para seguir en el Mundial. Además, y como mandando un mensaje, Domenech hizo una de las suyas y sustituyó a Zidane para dar entrada a Trezeguet nada más ver la tarjeta amarilla. 

Zidane sale del campo sin mirar a Domenech.

El polvorín estaba a punto de estallar, pero antes había que centrarse en vencer a Togo para seguir adelante en la Copa del Mundo.

Y a la tercera, cuando más lo necesitaba y sin su estrella, Francia volvió a ganar un partido en la Copa del Mundo ante la debutante Togo con goles de Patrick Vieira y Thierry Henry. Ahora sí. Ahora tocaba que los veteranos le leyeran la cartilla al seleccionador y pusieran las cosas en su sitio. Y lo hicieron. Vaya si lo hicieron.

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La victoria ante Togo había clasificado a Francia para los octavos de final, pero la había obligado a recorrer el camino más duro hacia la final de Berlín al acabar segunda de su grupo por detrás de Suiza. El primer escollo sería la España de Luis Aragonés, que había solventado con prestancia la fase de grupos y que parecía partir con un poco de ventaja. Era la casi renovada España ante la vieja Francia.

Y más veterana aún tras las exigencias de los pesos pesados, que casi obligaron a Domenech a alinear de inicio a Ribery en detrimento de Wiltord para dar más libertad arriba a Henry. De hecho, Ribery y Zidane jugaron por detrás del delantero con cierta libertad y con las espaldas cubiertas por Makelele, Vieira y Malouda en el centro del campo.

Marca vendía la piel del oso antes de cazarlo.

David Villa adelantó a España de penalti a los 28 minutos de juego, pero Ribery se cargó de razones empatando el choque con un golazo al filo del descanso. En la segunda mitad el oficio de los franceses no permitió que los españoles hicieran su juego y los galos fueron madurando una victoria que se materializó en los diez minutos finales. Vieira puso por delante a la tricolor a falta de siete minutos y Zidane sentenció con un golazo en el descuento (3-1). 

El 10 galo había sido el mejor del partido y la vieja guardia parecía haber renacido de sus cenizas. La joven España de Luis Aragonés tendría que hacer las maletas, mientras que los franceses se quedaban para jugar ante Brasil, la defensora del título, en los cuartos de final.

Pero el oso lo acabó cazando Zinedine Zidane.

Cuando el partido entre Brasil y Francia concluyó los espectadores aún se frotaban los ojos. Porque Zinedine Zidane parecía haber retrocedido en el tiempo para completar un auténtico partidazo, incluso mejor que la final de ocho años atrás en Saint Denis. 

Francia jugó al ritmo del astro galo, que bailó una y otra vez a los centrocampistas brasileños con controles, regates, pases milimétricos y cambios de ritmo. Francia jugó a lo que quiso Zidane y acabó certificando su pase a las semifinales con otro gol de Henry a pase de Zizou. Contra todo pronóstico, el último baile de Zidane iba a continuar.

En las semifinales esperaba Portugal. Una Portugal férrea y rocosa que se había encomendado a la dureza de su línea defensiva y a los recursos de un Cristiano Ronaldo de 21 años para ir avanzando rondas en el torneo. Sin embargo, la veterana e incombustible Francia de Zidane iba a despertar de su sueño a los lusos con un partido lleno de oficio. A los galos les bastó un arreón de Zizou para provocar un penalti que él mismo se encargaría de transformar y después mató el partido para volver a disputar la final de una Copa del Mundo ocho años después.

En Berlín, Italia y Francia iban a dirimir quién sería el próximo campeón del mundo. Los italianos, fieles a su estilo y a su historia, se habían plantado en la final yendo de menos a más, comenzando con algunas dudas y acabando con una auténtica exhibición de fútbol ante la anfitriona Alemania en las semifinales. Una Italia salpicada y sacudida por el Moggigate, el caso de las apuestas, como en 1982, y que parecía decidida a reeditar esa misma victoria para levantar su cuarta Copa del Mundo. Pero enfrente estaba Zidane escoltado por sus pretorianos y llegaba dispuesto a prolongar su último baile hasta el final.

Y el final es por todos conocidos. Zidane transformó un penalti lanzándolo a lo Panenka y la azzurra empató poco después con un cabezazo de Materazzi. No hubo demasiadas ocasiones más durante los noventa minutos, aunque si acaso Italia mereció ganar a los puntos, con un cabezazo al palo y un tanto anulado incluido.

La prórroga lo cambió todo. Porque Francia parecía más entera, dispuso de una gran ocasión en un cabezazo de Zidane que Buffon despejó a saque de esquina e incluso llegó a encerrar a Italia en su campo, pero todo se vino abajo en una jugada. La del otro cabezazo. El momento en el que la cabeza de Zidane aparece no para marcar ni para pensar, sino para golpear a Materazzi en el pecho tras una agresión verbal del espabilado defensor italiano, que sabía que podía desquiciarlo.

Para la historia queda la imagen del astro francés pasando junto a la Copa del Mundo, sin prácticamente mirarla, alejándose de ella de espaldas, poco a poco, camino de los vestuarios a falta de diez minutos para el final de la prórroga.

Una de las imágenes más icónicas del Mundial 2006.

Francia caería definitivamente en los penaltis sin la participación de Zidane, que acabó su carrera de la peor manera posible después de haber sido el héroe de su selección durante toda la Copa del Mundo. 

El héroe se convirtió en villano en apenas un segundo. 
Como tantas otras veces a lo largo de su carrera. 
Sólo que esta vez era la más importante. 

Y el villano se convirtió en héroe, como se encargó de refrendar casi al instante el mismísimo seleccionador francés.

***

Domenech aprovechó la coyuntura para cobrarse en frío su particular venganza y sentenció a Zidane con palabras muy duras, aunque al margen de sus desavenencias personales no dejan de tener un gran poso de verdad: “Ya podría haber sido yo Materazzi. Juegas la final de un Mundial, metes un gol, provocas la expulsión del mejor futbolista del equipo contrario y marcas tu penalti en la tanda. Materazzi fue el mejor jugador del partido”. 

Y el peor… No lo sabemos, pero nos lo imaginamos.

Porque aunque suene extraño, Zidane es el jugador más veces expulsado de la historia de la Copa del Mundo con dos rojas directas a las que hay que sumar cuatro amarillas más. Demasiado para un futbolista virtuoso que se mueve de tres cuartos de campo hacia adelante con la mente puesta en el ataque y no en la defensa. Demasiado para un director de orquesta, un jugador que jugaba con frac, un futbolista elegante y estético que convertía el fútbol en auténtico arte. Demasiado para un jugador capaz de anotar 5 tantos en 12 partidos en los Mundiales, 3 de ellos en la final.

Pero el temperamento también cuenta. 
La cabeza. 
Esa cabeza que nunca supo controlar del todo. 
Esa cabeza que convirtió en un gesto tan icónico como sus ruletas, sus regates y sus lanzamientos de falta. 
Esa cabeza que se le fue en muchas ocasiones y que le llevó a ser expulsado trece veces en toda su carrera, dos en la Copa del Mundo. 

La extraordinaria carrera de Zidane se cerró con una expulsión. 

Unos números impropios para uno de los atacantes más sublimes, alegres, estéticos y decisivos de la historia del fútbol. 
Pero así es este deporte. 
Sorprendente y genial.

Zidane se despidió del fútbol esa misma noche del 9 de julio de 2006 y no volvió a vestirse de corto jamás. Al día siguiente pronunció unas palabras que le hubiera gustado no tener que proncunciar nunca: “Pido perdón al fútbol, a la afición, al equipo. Perdonadme. Esto no cambia nada, pero perdón a todos”.

Y así acabó la historia de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Pasando con la cabeza agachada junto a la Copa del Mundo.

Cabeza para marcar. 
Cabeza para pensar.

viernes, 16 de septiembre de 2022

De Romario a Ronaldo: la dolorosa caída de Brasil en Francia 98

La concentración de Brasil en Lesigny (Francia) es un hervidero de periodistas, aficionados, jugadores y cuerpo técnico. El seleccionador brasileño, Mario Zagallo, ha esperado al último momento para dar la lista definitiva. 

Es el 3 de junio de 1998 y falta tan sólo una semana para el debut de Brasil en el Mundial de Francia 98. La expectación es máxima porque el nombre que baila, la plaza que está en el aire y por la que se convoca esa rueda de prensa es ni más ni menos que la de Romario Da Souza Faria, el héroe del 94, que arrastra una lesión desde principios de mayo y nadie sabe qué pasará con él.

El cuerpo técnico de la selección ya cuenta con los últimos diagnósticos médicos y, como ha venido haciendo hasta llegar hasta aquí, decidirá sobre esa base y aguantará el chaparrón. 

Porque Mario Zagallo y Zico, otro mito viviente que es el segundo de a bordo, ya han tenido bastantes problemas para seleccionar a los veintidós jugadores que ahora están concentrados en Lesigny a la espera de lo que pase con Romario. 

Zico y Zagallo, dos leyendas brasileñas, estaban condenados a entenderse. 

También han tenido Zagallo y Zico algunas desavenencias porque se comenta que la presencia del segundo le ha sido impuesta al seleccionador por la Confederación Brasileña y no siempre coinciden ambos en sus preferencias. Así que las cosas las resuelven con pequeñas concesiones que no siempre benefician al grupo.

Por ejemplo, Bebeto, el delantero que hizo dupla con Romario y colaboró con sus goles a que Brasil levantara la Copa del Mundo de 1994, no es santo de la devoción de Zagallo, que cree que a sus treinta y cuatro años ya lo ha dado todo por la Canarinha. Sin embargo, Zico lo considera imprescindible. 

O Dunga, el capitán del 94 y también del 98, que es imprescindible para Zagallo, mientras que Zico prescindiría de él sin dudarlo. 

Los dos jugadores están en la lista de los veintidós que defenderán la verdeamarelha en Francia.

El que no está es Mauro Silva, otro de los campeones del 94. El centrocampista del Deportivo de la Coruña tuvo un problema con Zagallo cuando renunció a jugar un partido amistoso con la selección. El seleccionador le hizo la cruz y no se lo llevó al Mundial. 

Tenía entonces treinta años, justo los mismos que el jugador que el míster eligió para sustituirlo: César Sampaio. La diferencia es que Sampaio jugaba a las órdenes de Carles Rexach en el Yokohama Marinos japonés, un liga un pelín menos exigente que la española. Pues no sólo fue convocado, sino que fue titularísimo durante todo el torneo (y estuvo a un gran nivel, por cierto).

De hecho, con este tipo de decisiones se erosionó un poco un grupo que se había paseado literalmente en la Copa América de 1997 celebrada en Bolivia. La quinta Copa América de Brasil en su historia y la primera ganada fuera de su territorio. No está de más recordarlo, sobre todo para los que aseguran que es fácil ganar la Copa América.

Pues esa Brasil del 97 solía jugar con Romario y Ronaldo arriba, con Dunga, Flavio Conciençao, Denilson y Leonardo en el centro del campo y con Cafú, Roberto Carlos, Gonçalves y Aldair protegiendo a Taffarel. Por si acaso, ahí estaban en la recámara Mauro Silva, Djalminha, Edmundo, Ze María o Ze Roberto. 

Alineación típica de Brasil en la Copa América 97 celebrada en Bolivia.


Un equipazo que se fue desmembrando poco a poco por obra y gracia de las decisiones de Zagallo y Zico de cara al Mundial del 98.

Pero el problema ese famoso 3 de junio de 1998, al filo de la hora en que la FIFA permitía dar la lista definitiva para el Mundial, era única y exclusivamente Romario.

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La tensión se corta con un cuchillo cuando aparece Mario Zagallo junto a Lidio Toledo, el jefe de los servicios médicos de la Canarinha, y también O Baixinho. De repente se hace el silencio. Y estalla la bomba que todos esperaban: Romario rompe a llorar y él mismo anuncia su vuelta a casa por culpa de una lesión que no se ha curado y que le mantendrá de baja un mes más. 

Al menos, eso es lo que dice Lidio Toledo, el mismo médico que apenas cinco días antes aseguraba que Romario llegaría de sobra a la fase final de la Copa del Mundo. 

Uno de los dos diagnósticos no fue correcto.

Romario anunció entre lágrimas que no estaría en el Mundial de Francia.

Romario se marcha rápidamente entre lágrimas y el seleccionador aprovecha para anunciar el sustituto del delantero en la convocatoria que, curiosamente, no será delantero. Porque Zagallo considera que con Ronaldo, Bebeto y Edmundo, más la posibilidad de alinear a Denilson en punta, tiene más que suficiente. 

El elegido es el centrocampista Emerson, de veintidóa años, que juega en el Bayer Leverkusen y que ya vuela hacia Lesigny para incorporarse a la concentración.

El equipo se encierra ajeno a los comentarios que se suceden en los medios de comunicación de Brasil (y de medio mundo). 

El debate estaba muy abierto. 

Zagallo, aconsejado por Zico, había decidido que ningún jugador mínimamente tocado estaría en Francia, así que no esperaron a Juninho ni a Marcio Santos, que se quedaron fuera de la lista con anterioridad. 

Como no esperaron a Romario. 

Tampoco quisieron llevar a Djalminha que había hecho un temporadón en el Deportivo de la Coruña y estaba perfectamente bien, y ni se plantearon la posibilidad de llamar a otros delanteros como Sonny Anderson (del FC Barcelona), Müller (del Santos), Elber (del Bayern de Múnich) o Donizete (del Vasco de Gama) para cubrir la baja de “O Baixinho”. 

Djalminha estuvo en Bolivia 97, pero Zagallo lo descartó para el Mundial. 

Sí estarían los jugadores del Barcelona Giovanni y Rivaldo, y finalmente, como ya hemos apuntado, también Bebeto, muy criticado en Brasil por su rendimiento reciente en el Botafogo y en la selección.

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Pero al margen de las inevitables polémicas, lo cierto es que Brasil tiene una nómina larguísima de grandes jugadores que debería servir para defender la corona conseguida en Estados Unidos en 1994 con toda la solvencia del mundo, aunque los rivales en esta edición no son moco de pavo.

Está la anfitriona, Francia, dirigida por Aime Jacquet, que cuenta con mucha calidad de centro del campo hacia adelante con Zidane, Pires, Henry, Djorkaeff, Guivarch o un jovencísimo Trezeguet, y que, además, atrás es un auténtico cerrojo con Deschamps, Karembeu o Petit en el centro y Blanc, Desailly, Thuram o Lizarazu en la línea defensiva.

Francia, anfitriona del torneo, era una de las candidatas a destronar a Brasil.

No es la única candidata a quitarles el cetro a los brasileros. También llega metiendo miedo la Argentina de Passarella, incluso con todos sus problemas internos a cuestas y bajas tan destacadas como Redondo o Canniggia. Pero la lista de estrellas es grande y un equipo que junte a Batistuta, el Piojo López, Burrito Ortega, la Brujita Verón o el Cholo Simeone tiene que ser aspirante a todo a la fuerza. 

Sí o sí. 

Al menos sobre el papel.

Está con confianza una Holanda estratosférica con muchísimo talento de tres cuartos de campo hacia adelante bien mezclado por el gran Guus Hiddink. Con Bergkamp y Kluivert como puntas de lanza, secundados por Overmars, Seedorf, Davids, Cocu, los hermanos De Boer y el portero Van der Sar son también una escuadra temible.

Está Inglaterra, sin Paul Gascoigne, pero con Beckham, Paul Ince, Paul Scholes, Allan Shearer y un jovencísimo Michael Owen que apunta a estrella mundial. A los pross los dirige Glenn Hoddle y vienen con hambre de gloria después de haberse perdido el Mundial de Estados Unidos cuatro años antes.

Está Alemania, que es la actual campeona de Europa. La dirige Berti Vogths y tiene aún en Matthäus a su principal referente, aunque ahora juega de defensa. Los Klinsmann, Bierhoff, Andreas Möller o Christian Ziege son un seguro de vida y de fiabilidad en este tipo de torneos y hay que tenerlos también muy en cuenta.

También está Italia, subcampeona del mundo en Estados Unidos 94 y a la que dirige ahora Cesare Maldini. Los italianos tienen a Roberto Baggio, la estrella del anterior torneo, aunque en una versión inferior, pero cuentan también con una defensa férrea comandada por Maldini, Cannavaro y Costacurta, con un centro del campo que dirigen Albertini y Del Piero y la pólvora de Vieri arriba. 

No es mala tarjeta de presentación.

Italia, la subcampeona del mundo, quería volver a pelear por la Copa.

Pero Brasil es la favorita entre todas las favoritas. 
Es la candidata entre todas las candidatas. 
Es el rival a batir. 

Al menos, antes de que el balón eche a rodar, que cuando ruede ya pondrá a cada uno en su sitio.

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Y el 10 de junio echa definitivamente a rodar la pelota con la puesta de largo de la Canarinha, que abre el torneo (entonces era el campeón, y no el anfitrión, quien jugaba el partido inaugural) ante una aparentemente débil Escocia

Y a la Verdeamarelha se le puso todo de cara muy pronto, a los cinco minutos, cuando César Sampaio remató en el primer palo un saque de esquina para abrir el marcador. Era el uno a cero y parecía que el partido ya estaba en el zurrón de los brasileños. 

Pero el mismo Sampaio decidió darle emoción al encuentro con un penalti tontísimo en una jugada sin aparente peligro, al derribar al escocés Gallacher cuando buscaba un balón al que no podía llegar jamás dentro del área. Era el minuto treinta y ocho de partido y John Collins empataba el encuentro.

A Zagallo no le gustó lo que vio en el terreno de juego y decidió quitar a Giovanni para meter a Leonardo. Pero el equipo no mejoraba y Zagallo sacó del campo también a Bebeto a los diecisiete minutos del segundo tiempo para que entrara el bético Denilson. 

Dos minutos después, Cafú se metió hasta la cocina escocesa e intentó elevar la pelota por encima del portero. El meta escocés repelió el balón, pero se estrelló en la espalda de Tom Boyd para acabar en el fondo de las mallas. 

Y con ese tanto en propia puerta solventó una gris Brasil su debut en la Copa del Mundo de Francia 98.

Sampaio celebra su primer gol en un Mundial. Se lo hizo a Escocia en el debut.

Para el segundo partido ante Marruecos, Giovanni se quedó directamente en el banquillo y entró Leonardo. De hecho, el jugador del Barça no volvería a disputar ni un solo minuto en todo el torneo. 

Los brasileños, esta vez sí, se impusieron cómodamente. Ronaldo metió su primer gol en un Mundial a los nueve minutos de partido y Rivaldo puso la puntilla a unos combativos marroquíes en el descuento del primer acto. Nada más volver de los vestuarios, Bebeto anotó el tercero que dejaba a Brasil automáticamente clasificada para los octavos de final. 

Había ganado sus dos partidos, mientras que el gran rival del grupo, Noruega, sólo había podido empatar a dos contra Marruecos y a uno ante Escocia.

Pero el partido ante los noruegos, aunque no supuso ningún trauma para Brasil porque tenía la primera plaza asegurada, fue un serio toque de atención que tuvo el daño colateral de eliminar a una buena Marruecos. Porque los magrebíes se deshicieron de Escocia con un contundente tres a cero, pero no esperaban que Noruega venciera a la Canarinha. 

Pero lo hizo remontando el uno a cero que marcó Bebeto a falta de tan solo doce minutos para el final. Primero marcó Tore André Flo para empatar el choque a falta de siete minutos y cinco minutos más tarde Rekdal transformó un penalti que clasificó a Noruega para los octavos de final y mandó a Marruecos a casa. 

Rekdal marca el penalti que le da la victoria a Noruega ante Brasil.

Brasil, como primera de grupo, se mediría a la Chile de Salas y Zamorano en un encuentro que se preveía difícil para los campeones del mundo.

Sin embargo, en el Parque de los Príncipes de París, Brasil no tuvo rival. César Sampaio, el mediocentro defensivo, volvió a vestirse de goleador aprovechando la movilidad de Ronaldo y Bebeto arriba que dejaba mucho espacio para sus incorporaciones desde atrás y marcó dos goles. 

El primero, a los once minutos. 
El segundo, a los veintisiete. 

Para cuando Ronaldo hizo el suyo de penalti en el descuento del primer acto, el partido ya estaba más que solventado. 

Tras la reanudación, Marcelo Salas maquilló el resultado con un tanto que fue respondido casi al instante de nuevo por Ronaldo, que puso la guinda a una gran actuación y dejó el marcador en cuatro a uno. 

Ronaldo cerró el marcador ante Chile con un segundo tanto precioso.

En cuartos de final esperaban los daneses, que habían vapuleado a Nigeria en octavos (1-4).

De los favoritos, sólo Inglaterra se había ido para casa después de caer en la tanda de penaltis ante Argentina. El resto seguía adelante, aunque Italia y Francia se verían las caras en cuartos y Argentina y Holanda también. 

Alemania parecía más afortunada por su cruce con Croacia, pero nada más lejos de la realidad.

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El 3 de julio de 1998 se vivió en Nantes uno de los mejores partidos de la Copa del Mundo de 1998. Dinamarca saltó al césped sin ningún tipo de complejo y sorprendió a la Verdeamarelha con un tanto de Jorgensen cuando no se llevaban aún dos minutos de partido. 

Los daneses sacaron rápidamente una falta en corto hacia Bryan Laudrup, que se metió en el área, ganó la línea de fondo con la pelota cosida a su pie izquierdo y la dejó atrás para que Jorgensen hiciera enmudecer a toda la torcida brasileira con un remate raso ajustado al palo derecho de Taffarel.

El conato de rebelión danesa lo sofocó Bebeto ocho minutos más tarde, cuando recibió un magistral pase de Ronaldo, aguantó con la pelota controlada la llegada de dos defensores daneses y soltó un latigazo raso y ajustado al palo desde la frontal del área que batió a Peter Schemeichel en su salida pese a su gran estirada.

Bebeto celebra el tanto del empate de Brasil frente a Dinamarca.

A los veinticinco minutos de un juego intenso y veloz, Ronaldo volvió a aparecer entre líneas para inventarse un pase a Rivaldo en la parte izquierda del ataque que el delantero del Barcelona alojó con un toque preciso de su pierna izquierda en el fondo de las mallas. 

De momento, Brasil había sofocado el incendio y se marchaba al descanso con ventaja.

Pero los nórdicos no habían dicho la última palabra y, a los cuatro minutos de la reanudación, el pequeño de los Laudrup igualó la contienda aprovechando un intento de despeje acrobático de Roberto Carlos. El lateral no acertó a despejar y la pelota quedó botando alta dentro del área. Bryan Laudrup la bajó con el abdomen y la enganchó con total naturalidad para ponerla en la escuadra de Taffarel. 

Dos a dos y a seguir.

El pequeño de los Laudrup celebró así el empate momentáneo ante Brasil.

Hasta que nueve minutos más tarde, Rivaldo hizo una de las suyas. 

Cogió la pelota en tres cuartos de campo, avanzó conduciendo la pelota pegada a su pie izquierdo y aprovechó los desmarques de Ronaldo y Bebeto que le dejaron el hueco para soltar un latigazo que se metió raso y pegado al palo de la meta danesa. 

Tres a dos para los campeones del mundo con media hora por delante.

Rivaldo sacó de un apuro a Brasil marcando el tres a dos ante Dinamarca.

Zagallo quitó primero a Bebeto para dar entrada a Denilson y después metió en el campo a Emerson por Leonardo para controlar el resultado. Aún así, los daneses metieron el miedo en el cuerpo a los brasileños: Helveg tuvo una oportunidad clarísima para empatar a falta de trece minutos y Rieper estrelló su cabezazo en el larguero cuando sólo quedaba uno. 

El partido acabó con Dinamarca volcada al ataque y Brasil recurriendo a la contra en todo el tiempo de descuento, pero el marcador ya no se movería más.

Así que los de Zagallo se metían en semifinales, donde se encontrarían con una Holanda desmelenada que acababa de eliminar a la Argentina de Passarella con una obra de arte de Bergkamp en el descuento.

Dinamarca y Brasil ofrecieron uno de los mejores partidos del torneo.

Unas semifinales en las que no estaría Italia, que había caído en los penaltis tras empatar a cero con la anfitriona Francia. 

Unas semifinales donde tampoco estaría Alemania, que se había marchado a casa empujada por la revelación del torneo, la Croacia de Suker, Boban, Jarni, Vlaovic y Prosinecky, que se vería las caras con los galos por un puesto en la final.

***

La Holanda de Guus Hiddink acudió a su cita con la historia con el once de gala. 

Aún tenían los aficionados holandeses muy presente la eliminación en cuartos de final ante Brasil en el Mundial de Estados Unidos 94, cuando Branco deshizo el empate a dos con un lanzamiento lejanísimo de falta que mandó a los tulipanes para casa. Esta vez el choque de titanes tenía el premio de la disputar la final del Mundial.

Hiddink dispuso su esquema habitual con Van der Sar en la portería y tres centrales en la línea defensiva (Reizzigger, Stam y Frank de Boer). En el centro del campo jugaban Cocu, Jonk y Ronald de Boer con Davids y Zenden abiertos en las bandas como extremos y arriba la clase de Kluivert y Bergkamp.

Guus Hiddink había conformado una selección temible y capaz de todo.

Zagallo, pese al toque de atención de los daneses en octavos, no cambió nada. 

Bueno, sí. 

Cafú cumplía ciclo de amonestaciones y el lateral derecho lo ocupó Zé Carlos, que debutaba con la selección en el Mundial porque no había disputado ni un solo minuto. 

El resto, los mismos de todo el torneo.

El partido empezó con Holanda llegando más por las bandas y acercándose con más peligro a la meta de Taffarel, aunque poco a poco los de Zagallo fueron equilibrando las llegadas gracias a los movimientos de Ronaldo, con y sin balón, y a la entrada de Roberto Carlos y Cafú por las bandas. 

Las ocasiones no era clarísimas, pero el peligro se mascaba. Primero remató Bebeto de cabeza alto, imponiéndose entre los dos centrales. Después fue Kluivert quien puso en apuros a Taffarel con otro remate con la testa que se fue arriba. Zé Carlos, debutante y falto de ritmo sufría con las entradas por bandas de Zenden, pero Rivaldo contrarrestaba poniéndole un balón a Bebeto al que el delantero no llegó por muy poco.

Kliuvert fue una pesadilla para la zaga brasileña durante todo el partido.

El partido estaba eléctrico y bonito cuando llegó el descuento del primer tiempo. La tuvo Kluivert, en un remate de cabeza muy forzado que volvió a irse por encima del larguero. Pasaban dos minutos de la hora y era el momento de marcharse a los vestuarios. Zagallo se marchó mirando al suelo, mientras que los jugadores brasileños tampoco parecían muy satisfechos con la primera mitad.

Pero nada más volver del descanso, Ronaldo lo puso todo patas arriba. Rivaldo vio el desmarque de O Fenomeno y le tiró un pase fuerte, por el suelo, que encontró a Ronaldo corriendo en su busca en el corazón del área con Cocu colgado de su camiseta. Con la potencia que le caracterizaba, Ronaldo aguanto la embestida de Cocu, controló y la metió en el fondo de la portería de Van der Sar. 

Ronaldo celebra el gol que adelanta a Brasil y que, de momento, vale una final.

No había pasado más que un minuto de la segunda mitad y Brasil se adelantaba.

Holanda se lanzó al ataque con todo y Tafarell hubo de emplearse a fondo para repeler un remate de cabeza a bocajarro de Bergkamp que Roberto Carlos envió definitivamente a córner. 

Pero las contras de Brasil eran letales y Ronaldo estuvo a punto de batir de nuevo a Van der Sar en una entra por la banda derecha a la que le faltó llegar un poco más fresco al remate para definir. Llegó justito y estrelló el remate contra el cuerpo de un valiente Van der Sar.

Ronaldo estuvo a punto de volver a batir a Van der Sar.

A esas alturas de partido, todas las cartas estaban ya sobre la mesa. Kluivert y Bergkamp eran un peligro constante tanto por el suelo como en el juego aéreo y los centrocampistas holandeses no dudaban tampoco en intentar chutar de lejos a la mínima ocasión. 

Zagallo, entonces, hizo su cambio habitual: fuera Bebeto y dentro Denilson. Faltaban veinte minutos de partido. Hiddink había sido más valiente (es verdad, iba perdiendo), porque un cuarto de hora antes ya había quitado al defensa Reizzigger para meter al centrocampista Aron Winter. 

Pura valentía de la escuela holandesa de siempre.

Pero el que pudo sentenciar la semifinal fue Ronaldo. Los centrocampistas holandeses perdieron la pelota en el centro del campo y los brasileros jugaron en largo para su veloz delantero. Nadie cerraba y Ronaldo llegó con ventaja para encarar a Van der Sar. Increíblemente, se le nubló la vista, no fue rápido a la hora de decidir qué hacer y llegó Davids por detrás para impedir un gol cantado metiendo la puntera que hubiera cerrado el partido casi definitivamente.

Holanda seguía intentándolo con disparos lejanos y centros para remates poco claros cuando Rivaldo tuvo otra clarísima. Denilson hizo una bicicleta en el vértice izquierdo del ataque y metió un balón envenenado y raso al corazón del área. El balón rebotó en un defensa y le llegó a Rivaldo, que se había caído al suelo. Desde allí remató contra el cuerpo de Van der Sar.

Luego la tuvo Kluivert en un contragolpe precioso conducido por Winter que le cruzó la pelota a la entrada en carrera de la gacela holandesa por la parte contraria del área. El atacante llegó libre de marca, pero el balón le botó delante y su lanzamiento se fue alto en la ocasión más clara de Holanda en toda la segunda parte.

Hasta que, al final, tanto va el cántaro a la fuente que se rompe. 

A falta de tres minutos para el final, Ronald de Boer se fue por banda derecha y sacó un centro perfecto al corazón del área donde se encontraba Kluivert, solo entre los dos centrales, que saltó y cabeceó girando el cuello, como marcan los cánones, para mandar el partido a la prórroga. 

Kluivert mandó el partido a la prórroga con un tremendo cabezazo.

Aunque casi no llegan, porque los holandeses siguieron con la inercia de atacar y atacar y atacar y dispusieron de dos ocasiones más ante una Brasil grogui. Pero nadie marcó, así que se jugaría media hora más con la norma del gol de oro. Si alguien marca, gana. Si no marca nadie, a los penaltis.

En la primera parte de la prórroga empezó mejor Brasil, cómodo en su papel de esperar a los holandeses y salir veloces a la contra con Ronaldo, sobre todo, pero también con la chispa de Rivaldo y la llegada sorpresa de Roberto Carlos. Aún así, Holanda se fue entonando y Patrick Kluivert dispuso de otro disparo franco que se fue por muy poco lamiendo el palo de Taffarel. 

En la segunda parte del tiempo extra las fuerzas ya no eran las mismas y el miedo a perder también apareció en los dos contendientes, así que, sin hacerse demasiado daño, asomó la tanda de penaltis como resolución a un gran partido de fútbol.

Los brasileños contemplan la tanda de penaltis con nerviosismo.

Y desde los once metros, una vez más, la suerte iba a ser esquiva con Holanda. 

Ronaldo, Frank de Boer, Rivaldo, Bergkamp y Emerson convirtieron sus lanzamientos. 

Y le llegó el turno a Cocu, que había hecho un campeonato soberbio. 

Colocó la pelota y golpeó con la izquierda al palo izquierdo de Taffarel, quien, cual gato montés, se estiró hacia ese palo y despejó el lanzamiento del centrocampista holandés. 

Dunga no falló el suyo y en los pies de Ronald de Boer estaba la posibilidad de que Brasil lanzara el quinto para ganar o no. Ronald de Boer lo centró demasiado y Taffarel volvió a detener el disparo para convertirse en el héroe de su equipo y meter a la Canarinha en la final. 

Taffarel volvió a ser decisivo para Brasil en una tanda de penaltis.

Los holandeses, mientras tanto, caían derrumbados sobre el césped otra vez. 

El fútbol. 

La vida.

***

El 12 de junio de 1998 se celebra la final del Mundial entre Francia y Brasil en el Stade de France. Los anfitriones contra los actuales campeones. La Francia multicultural de Jacquet contra la Brasil de Zagallo encabezada por un joven Ronaldo. 

La primera final de un Mundial de los franceses contra las cuatro estrellas de campeones del mundo que los brasileños llevan estampadas en las camisetas. 

Un país entero vibrando con una selección en la que no creían contra una torcida que lleva viviendo el fútbol samba casi desde su creación.

Pero ese mismo día que esperan con ansia los dos equipos y sus dos aficiones, sucede un hecho que lo cambiará todo. 

Después de almorzar, Ronaldo se echa un rato en su habitación y sufre una convulsión. Está a punto de perder la vida, porque pierde la consciencia unos segundos, tiene una retracción de la mandíbula y puede ahogarse con su propia lengua. Echa espuma por la boca. Los músculos faciales se le contraen. 

Él, inconsciente, no se entera prácticamente de nada. 

Sus compañeros, en cambio, que no habrían de enterarse, se enteran de todo. Y la concentración brasileña se tiñe de oscuridad. Nadie sabe qué le ha pasado al joven astro brasileño y, sobre todo, cuál es su estado real.

A Ronaldo lo llevan en una ambulancia a un hospital de París a hacerle todo tipo de pruebas. En el trayecto él dice sentirse bien y le mete prisa al conductor porque no quiere perderse la final. 

A escasas horas del inicio del choque definitivo, el astro está absolutamente descartado. Zagallo le dice a Edmundo que él será de la partida y jugará en punta junto a Bebeto.

Pero los resultados de las pruebas que le practican a Ronaldo en el hospital no arrojan ningún resultado negativo y el delantero se presenta en el estadio, se viste con la camiseta verdeamarelha con el nueve a la espalda y le dice a Zagallo que está bien y quiere jugar. 

Zagallo le pregunta a Lidio Toledo, el jefe de los servicios médicos, que no sabe dónde meterse. Toledo le dice a Zagallo que la convulsión ha pasado, que las pruebas que le han hecho en el hospital son negativas y que si el jugador quiere jugar, él no puede impedirlo.

Zagallo decide entonces que Ronaldo sea el delantero titular de Brasil en la final.

Ronaldo junto a Leonardo en el momento en que suenan los himnos.

Desde que el árbitro Mar Belqola silba para empezar el partido hasta que pita el final, Francia se muestra superior a Brasil. Le gana en presión, en contundencia, en ganas, en precisión, en mordiente y, espoleados por su público, se ponen por delante en dos remates de cabeza de Zidane a la salida de un córner. 

El primero, en el minuto veintisiete. 

El segundo, en el descuento del primer tiempo. 

Zidane celebra uno de los goles que marcó en la final del Mundial 98.

Los jugadores brasileños parecen fantasmas que pululan sobre el césped del Stade de France. Sobre todo Ronaldo, que no es capaz de echar una carrera en condiciones ni de soportar un choque con un defensa. Ni siquiera es capaz de frenarse yendo casi a cámara lenta al encuentro del meta Barthez. 

Algunos compañeros como Roberto Carlos, Gonçalves o Zé Roberto aseguran que temieron por su vida ese día. Todos habían visto cómo convulsionaba y no las tenían todas consigo.

Pero Ronaldo juega todo el partido.

De hecho, Zagallo quita en el descanso a Leonardo para meter a Denilson. Le hace responsable de los dos goles porque, en teoría, debía haber marcado a Zidane en los dos saques de esquina que acaban en gol. 

Un cuarto de hora después, salta al campo Edmundo, con dos a cero abajo, pero quita a Sampaio. 

Y Zagallo no agota el cambio que le queda. 

Francia sí hace los tres y tampoco acusa en exceso la expulsión de Desailly por doble amarilla a falta de casi veinticinco minutos para el final. 

Petit anota el tercero en el descuento para delirio de la grada y de todo el país y el partido acaba con Ronaldo llorando tumbado sobre el césped, inconsolable, mientras Deschamps levanta al cielo de París la primera Copa del Mundo para Francia. 

Bebeto se acerca a un Ronaldo destrozado en un momento de la final.

***

Brasil, que tras la derrota en Maracaná en 1950 en la primera final de un Mundial que disputó, no ha perdido ni una sola de las cuatro que ha jugado (1958, 1962, 1970, 1994), muerde el polvo ante unos anfitriones muy superiores. 

Y, curiosamente, el chico que los metió en ella con sus goles y con su espectacular fútbol de vértigo y precisión que le ha llevado a ganar el Balón de Oro del Mundial es, a ojos de todos los aficionados brasileños, el responsable de la derrota por haber jugado en esas condiciones. 

¿Por qué no se negó en redondo el médico del equipo ante la petición del jugador de disputar la final después de haber tenido una convulsión apenas unas horas antes? 

¿Por qué no tuvo arrestos el seleccionador brasileño para dejarlo en el banquillo o en la grada? 

¿Y si a Ronaldo le hubiera pasado algo todavía más grave?

El caso es que, al final, el chico que fue campeón del mundo en Estados Unidos pese a no disputar ni un solo minuto en el torneo, ese chico, había llevado a su selección a la final cuatro años después y una desgracia no sólo le hizo perderla, sino que podía haberle costado la vida. 

Ronaldo, de espaldas, no quiere ni mirar. Cuatro años más tarde volverá.

Pero el fútbol, precisamente como la vida, casi siempre ofrece una revancha y Ronaldo sólo tuvo que esperar cuatro años más para cumplir la suya. 

Cuatro largos años de calvario con las lesiones que acabaron de la mejor manera posible: con el fútbol devolviéndole a O Fenomeno lo que merecía en el Mundial de Corea y Japón de 2002. 

Pero ésa será otra historia...