"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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viernes, 3 de marzo de 2023

Aldyr García Schlee, el creador de la verdeamarelha de corazón charrúa

Tras el drama futbolístico, social y humano que supuso el Maracanazo de 1950 en Brasil, con el hundimiento personal de futbolistas como el portero Moacir Barbosa o el defensa Bigode, la Confederación Brasileña de Deportes (CBD) decidió romper con todo lo que oliera mínimamente a Maracanazo. 

Con todo lo posible, claro. 

Porque no podían derruir el estadio, pero sí cambiar el uniforme con el que la selección brasileña había disputado (y perdido ante la Uruguay de Schiaffino y Ghiggia) ese Mundial de 1950.

Y también los de 1930, 1934 y 1938

Porque Brasil jugó esas cuatro Copas del Mundo ataviada de blanco. Medias blancas, calzón blanco y camiseta blanca con ribetes azules. Así vestía Brasil desde los tiempos de la Primera Guerra Mundial, allá por 1914. 

Así vestía Brasil, totalmente de blanco, en el Mundial de 1950

Pero la tragedia de Maracaná se llevó por delante esa equipación, considerada maldita por casi todos los aficionados.

Así que en 1953, con el Mundial de Suiza 1954 en el horizonte, el diario de Río de Janeiro “Correio da Manha” convocó un concurso popular para diseñar el nuevo traje de Brasil. Las condiciones, que homenajeara la bandera brasileña con sus colores. El premio, una suculenta cantidad de dinero y trabajo de diseñador gráfico en el periódico, que, en aquella época, era uno de los más importantes de Brasil.

***

Aldyr García Schlee era entonces un joven de 19 años que, pese a su juventud, hacía ya cuatro que trabajaba de ilustrador y caricaturista en diferentes diarios de Jaguarao, la ciudad donde nació, en el estado de Río Grande del Sur, apenas separada unos centenares de metros de Río Branco, cruzando el puente al otro lado del río, ya en tierras uruguayas.

El joven ilustrador tenía 16 años cuando Alcides Ghiggia le dio la vuelta al partido en Maracaná para que Uruguay levantara su segunda Copa del Mundo y el chaval estaba en el cine en Río Branco, al otro lado del río, en tierras uruguayas. Pararon la película para informar de que la Garra Charrúa se acababa de proclamar Campeón del Mundo de fútbol tras derrotar a Brasil en Maracaná y sonó el himno de Uruguay por megafonía. La gente se arrancó a cantarlo y Jayr García Schlee lloró, aunque no sabía a ciencia cierta si de tristeza o de alegría.

Los periódicos de todo el mundo abrieron con el triunfo charrúa.

Y es que el joven ilustrador brasileño era un aficionado más de la Celeste. La cultura, la proximidad, la lectura de los diarios uruguayos que llegaban bastante antes que los brasileños, las vivencias que escuchaba en las emisoras de radio de sus vecinos del otro lado del río, las historias que había oído desde niño sobre esa Garra Charrúa que había ganado dos Olimpiadas y la primera Copa del Mundo... 

Todo le unía a Uruguay.

El caso es que tres años más tarde el joven se presentó al concurso organizado por el “Correio da Manha” sin demasiadas expectativas porque creía que era imposible (y casi ridículo) mezclar los cuatro colores de la bandera de Brasil (verde, amarillo, azul y blanco) en una camiseta. 

Pero lo hizo cuando cayó en la cuenta de que no tenía que diseñar una camiseta sino un uniforme entero y que podía mezclar sin problemas todos los colores de la enseña brasileña si utilizaba todas las prendas que componían la equipación. 

Tras más de cien bocetos, el “uruguayo” García Schlee se decidió por una camiseta amarilla con toques verdes en las mangas y en el cuello, pantalones de color azul cobalto, un tono que nadie usaba en la época, y las medias blancas. 

Los bocetos originales de Aldyr García Schlee.

Y envió su diseño.

***

Un soleado 15 de diciembre de 1953, paseando por su ciudad natal camino del diario en el que trabajaba, Aldyr compró un periódico y, ojeándolo, vio que ya se anunciaba el diseño ganador de la nueva camiseta de la selección de fútbol de Brasil. 

Abrió mucho los ojos, incrédulo, al ver los bocetos que salían publicados, porque aunque no se decía de quién era el diseño, él lo tenía clarísimo. 

Su verdeamarelha había sido la escogida. 

Los diseños que García Schlee acabó presentando.

Acababa de nacer un símbolo para Brasil.

El 14 de marzo de 1954, Brasil estrenaba ante su público su nueva vestimenta que iba a pasar a la posteridad. Sobre el césped se enfrentaban Brasil y Chile en la tercera jornada de las Eliminatorias para el Mundial de Suiza 54 que acabó con victoria de la canarinha por un gol a cero. En la grada, invitado al choque, estaba el joven Aldyr García Schlee, el inventor de la verdeamarelha que en ese instante no era consciente de que acababa de crear un emblema nacional.

En realidad, y aunque ni se le había dado ninguna publicidad y ni siquiera Aldyr García Schlee lo sabía, Brasil había estrenado su nueva indumentaria en el Estadio Nacional de Santiago ante Chile el 28 de febrero. Con victoria por cero a dos, ambos tantos obra de Baltazar, uno de los pocos supervivientes del Maracanazo en la selección. Y había repetido con los nuevos colores que jamás abandonaría en la visita a Asunción derrotando a Paraguay (1-0) con otro gol de Baltazar. 

Así que el día de la inauguración oficial de la verdeamarelha en Maracaná, el ariete del Corinthians no quiso fallar a su cita con la historia y también marcó el primer gol de Brasil vestido de amarillo ante su gente.

Brasil estrenó la verdeamarelha y se convirtió en la Canarinha.

Unos meses más tarde, Brasil estrenaría su nueva equipación en el Mundial de Suiza, donde cayó en cuartos de final ante Hungría, el favorito que, a su vez, sucumbió ante la sorprendente Alemania en el Milagro de Berna

Hubieron de pasar cuatro años más para que Brasil levantara su primera Copa del Mundo vestido con la canarinha diseñada por García Schlee. Fue en el Mundial de Suecia de 1958 con Pelé y Garrincha como estandartes y, desde ese instante, esa camiseta se convirtió en un símbolo del jogo bonito, en auténtica historia del fútbol con sus cinco estrellas pintadas en su pecho, en el símbolo de toda una nación que se ha mantenido inalterable hasta nuestros días.

***

Pero lo cierto es que Aldyr García Schlee nunca le dio demasiada importancia al hecho de crear la verdeamarelha. Siempre dijo que le hizo muchísima ilusión en su día, que le sirvió para ganar un buen dinero, para aprender el oficio de periodista y artista gráfico en un medio de comunicación de muchísimo prestigio y para poder continuar su carrera, pero no le dio muchas más vueltas.

De hecho, se puso a estudiar y se licenció en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad de Río Grande y se doctoró en Ciencias Humanas. 

García Schlee recibió la medalla al Mérito Cultural en 2015.

Empezó entonces una carrera académica y literaria de primer nivel que le llevó a ser profesor primero y después uno de los fundadores de la Facultad de Periodismo de la Universidad Católica de Pelotas, traductor y escritor de renombre que recibió en dos ocasiones el Premio al Mejor Escritor Brasileño y en tres ocasiones más el Premio Acorianos de Literatura. 

Una obra literaria que versa sobre la tierra de frontera en la que creció, que versa sobre el fútbol, y que está escrita casi a partes iguales en castellano y en portugués por un hombre erudito y culto y, a la vez, sencillo y humilde.

***

El 15 de noviembre de 2018, a los 84 años de edad, Aldyr murió en su casa de Pelotas a consecuencia de un cáncer de piel. Pero el destino tenía reservada una de esas sorpresas inesperadas que hacen más grande al fútbol. 

Porque apenas unas horas más tarde, el 16 de noviembre, se enfrentaban en Londres las selecciones de Brasil y Uruguay en un partido amistoso. Justo el choque que había propiciado un drama nacional y la creación de una vestimenta que se convertiría en inmortal se repetía 68 años más tarde en una especie de homenaje involuntario al creador de la verdeamarelha.

García Schlee con la camiseta que él mismo creó.

Y en el vídeo-marcador de Wembley apareció el rostro amable y sonriente de Aldyr García Schlee, el brasileño de corazón charrúa que creó el mayor símbolo de Brasil, mientras los jugadores de ambas selecciones lo homenajeaban con un respetuoso minuto de silencio, abrazados todos en el centro del campo. 

Ataviados unos con la canarinha que él creó y los otros con la celeste que tanto amó.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Moacir Barbosa, el portero que el Maracanazo condenó a una muerte en vida

“La noche está de luto, la fiesta terminó,
el mundo no comprende qué pasó con el campeón (…).
Cuida los palos Barbosa del arco de Brasil,
la condena de Maracaná se paga hasta morir”.
Tabaré Cardozo, “Barbosa”.

Esta noche Moacir Barbosa tampoco puede dormir. Se ha desvelado en mitad de la noche y ha tenido que levantarse de puntillas, sin hacer ruido para no despertar a su esposa, y acercarse a tientas a la cocina. Ha sacado una mediada botella de ron y se ha escanciado una buena dosis en un vaso. No hay manera de poder superar sus más terribles pesadillas. Cada noche, una tras otra, vienen a visitarlo sus fantasmas. 

Se le aparece en sueños una pelota que avanza inexorable hacia el palo que él defiende. Cuando ve que se ha vencido hacia el lado equivocado y trata de rectificar, ya es tarde. Cae al suelo pensando que la ha tocado y la ha enviado a córner, pero el silencio en el estadio es estremecedor. Cuando reúne las fuerzas suficientes para darse la vuelta en el suelo, la ve. La pelota está dentro de su portería y las 200.000 personas que presencian el partido no hablan. Son 200.000 almas en pena. 

Lo peor de todo es que la pesadilla que le despierta cada noche desde hace años no es una pesadilla, sino un recuerdo. 

Barbosa, en el suelo, ve cómo la pelota está en el fondo de las mallas.

Real, muy real. 
Y doloroso. 
Extremadamente doloroso.

Porque Barbosa es el guardameta de Brasil en el Maracanazo de 1950. El arquero al que el extremo uruguayo Alcides Ghiggia le hizo el uno a dos que privó a Brasil de su primera Copa del Mundo ante su gente. 

Esa gente que ese mismo día ya celebraba con bailes el título en las calles antes del partido ante la Garra Charrúa. 
Esa gente que lleva desde entonces odiándolo sin conmiseración sin siquiera conocerlo. 
Esa gente que ha convertido su vida en un infierno. 
Esa gente que lo ha condenado a ser un muerto en vida. 
A ser un desterrado en su propia tierra.

Y Moacir Barbosa ya no cierra los ojos. Por esta noche ya ha dormido suficiente. El problema vendrá después, como todos los días. Cuando salga a la calle, entre a un bar y las miradas lo fulminen justo antes de que los parroquianos vayan poco a poco abandonando el local para no coincidir con él. Cuando suba en un bus y nadie quiera estar cerca de él, ni mucho menos sentarse a su lado. Cuando se cruce en un supermercado con una madre que lleva a su hijo de la mano. Cuando esa madre lo reconozca y coja a su hijo del brazo, lo mire a los ojos fijamente y le diga: “Míralo, hijo. Éste es el hombre que hizo llorar a toda Brasil”. 

Los tres porteros de Brasil en 1950. Sólo jugó Moacir Barbosa. 

Aunque han pasado 20 largos años, ésa es la vida de Moacir desde aquel fatídico 16 de julio de 1950 donde se produjo la mayor sorpresa de toda la historia de los Mundiales.

***

Porque en el Mundial de Brasil de 1950 todo el mundo, absolutamente todo el mundo, estaba convencido que no podía pasar otra cosa que no fuera la victoria brasileña. Lo creían a pies juntillas todos los aficionados, los miembros de la FIFA, los futbolistas brasileros, incluso sus rivales, los seleccionadores de todas las selecciones y los directivos de todas las federaciones presentes en el evento y también, por supuesto, todos los medios de comunicación.

La portada de los diarios O Mundo o la Gazeta do Poyo del día anterior al partido entre Brasil y Uruguay con la foto de todos los jugadores de Brasil bajo el enorme titular “Estos son los campeones del mundo” lo confirma y, con el tiempo, hasta sonroja. 

La prensa le daba a Brasil la Copa del Mundo antes de jugar. 

De hecho, dicen, a medio camino entre realidad y leyenda, que ahí, en esos titulares, empezó a forjarse la victoria de la Garra Charrúa cuando el “Negro” Varela, capo en el centro del campo uruguayo y capitán del equipo, los leyó y compró un montón de periódicos para empapelar el vestuario y contagiar a todos sus compañeros de la intención de que los brasileños se tragaran esas portadas. 

Y de hecho, se las tragaron, porque al día siguiente las portadas fueron otras bien distintas. “La peor tragedia de la historia de Brasil” fue una. “Nuestro Hiroshima” fue otra. Y “Drama, tragedia y ridículo”, otra más. 

Después del partido, los titulares fueron otros bien distintos.

Pero es que parecía tan grande la superioridad de Brasil sobre el terreno de juego (y más jugando ante su público), que uno de los directivos de la Federación Uruguaya llegó a decirle al delantero Óscar Míguez pocos días antes del choque definitivo en el hotel de la Celeste: “Lo principal es que esta gente no nos haga seis goles. Con cuatro estamos cumplidos”. Cuando se enteró Obdulio Varela sólo le preguntó a Míguez por qué no lo había echado del hotel.

Incluso en el vestuario, justo antes de saltar al terreno de juego de Maracaná, más dirigentes charrúas les dieron a los jugadores el mismo mensaje: “Guante blanco, ya estamos cumplidos por haber llegado y poder disputar esta final”. Cuando los peces gordos salieron por la puerta del vestuario, los jugadores y el seleccionador se conjuraron con un nuevo lema: “Los de afuera (por los 200.000 aficionados presentes en la grada) son de palo. Cumplidos sólo si somos campeones”.

Obdulio Varela saluda al capitán brasilero antes del encuentro.

Y lo fueron. Vaya si lo fueron. En una final que no era final (era el último partido de una liguilla de cuatro equipos en el que a Brasil le bastaba el empate para ser campeón) los Orientales forjaron su leyenda y obligaron a Brasil a refundarse tras remontar el gol de Friaca a los dos minutos de la segunda mitad con dos tantos de Schiaffino y Ghiggia (1-2).

En un día en el que a la Brasil del Jogo Bonito, que había amedrentado a todos sus rivales durante el torneo, se le atragantó la suculenta cena que tenía preparada, Uruguay supo sacar partido. Destacaron sobre todo el portero Máspoli, el defensa Matías González, el carácter del centrocampista Obdulio Varela y, por encima de todos, Alcides Ghiggia, que volvió loco al brasileño Bigode durante todo el partido, generó prácticamente todo el peligro charrúa con la colaboración de Julio Pérez, asistió a Schiaffino en el tanto del empate y marcó el gol que enmudeció a Maracaná y condenó a Barbosa. Todo en uno.

***

Las consecuencias de la victoria uruguaya se manifestaron ya en el mismo estadio. Se hablaba de infartos y suicidios dentro de un recinto en el que se congregaban 200.000 personas y la entrega de la Copa del Mundo de Jules Rimet, presidente de la FIFA, a Obdulio Varela se hizo deprisa y corriendo, en una esquina del césped cercana a los vestuarios. 

Sin protocolos. 
Sin ornamentos. 
Sin discursos. 

El que tenía redactado Rimet en portugués se quedó en el bolsillo de su chaqueta. 

Varela recibe la Copa del Mundo de manos de Jules Rimet.

La tragedia en Brasil era palpable y real. La de Barbosa, acababa de empezar. La de Bigode, Augusto, Juvenal y Chico, los otros señalados en las filas brasileñas, también, aunque un poquito menos. Bastante menos. Muchísimo menos.

Nadie se acordaría nunca más que Barbosa defendió los tres palos de Vasco da Gama y de la selección brasileña con su elasticidad innata, sus grandes reflejos y su agilidad y fuerza.

Que le llamaban el portero imbatible. 
Que era el mejor guardameta brasileño del momento. 
Que fue el primer portero negro de la Seleçao. 

Que aún después de la tragedia siguió jugando al fútbol, en la selección sólo hasta 1953, en Vasco da Gama hasta 1955 y, como era un valiente y un apasionado por el fútbol, hasta 1962 en categoría regionales, soportando durante doce años insultos y humillaciones en todos y cada uno de los campos que pisaba.

Barbosa el día que dejó definitivamente el fútbol. 

Pero si Moacir pensaba que tras ser levantar los Campeonatos Cariocas de 1945, 1947, 1950 y 1952, tras ser campeón del Sudamericano de 1949 arrasando con la Seleçao y, por qué no decirlo, tras ser subcampeón del mundo en 1950 podría ganarse un sobresueldo comentando partidos en la radio o en la televisión, se equivocó del todo. Porque los medios brasileños vetaron su participación como comentarista en cualquier retransmisión deportiva desde el mismo día del Maracanazo.

Cuentan que tras una remodelación del estadio de Maracaná cambiaron las porterías. A Barbosa le ofrecieron los palos del arco en el que Schiaffino y Ghiggia le marcaron los dos tantos que hicieron campeón del mundo a Uruguay y él los aceptó. Cuando llegó a casa los partió y los usó para encender un fuego y hacer brasas para una barbacoa. Quería ahuyentar sus fantasmas quemando los palos. No lo consiguió.

Porque ni siquiera sus compañeros de profesión salieron nunca en su defensa y, de hecho, diversos seleccionadores brasileños vetaron su acceso a las instalaciones de la selección durante décadas. La humillación más grande se la propinó el Lobo Zagallo

Para clasificarse para el Mundial de Estados Unidos 1994, donde acabaría levantando su cuarta Copa del Mundo, Brasil hubo de remar muchísimo en la fase de clasificación y se jugó el pase en un partido trascendental ante Uruguay a finales de 1993. 

Barbosa, que estaba rodando un documental con la televisión británica, quiso desear suerte a los futbolistas antes del choque, pero el seleccionador se lo impidió. Zagallo, que era entonces el segundo de Parreira al frente de la selección, le negó la entrada a la concentración aduciendo que atraía la mala suerte, que era un gafe para el equipo y que traería malos recuerdos a sus jugadores. 

Moacir tenía entonces 72 años. 
Y habían pasado 43 desde el Maracanazo. 
Pero aún no le habían perdonado. Nunca lo harían.

***

El propio Barbosa, muchos años después a petición de algunos medios de comunicación, intentó explicar la jugada que marcó su vida: “Llegué a tocarla. Creí que la había desviado a córner. Pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro de la portería, un frío paralizante recorrió mi cuerpo y sentí de inmediato todas las miradas sobre mí”.

Y seguía: “Yo sé, en el fondo de mi alma, que la culpa no fue mía. Éramos once sobre el césped”.

Y remató: “En Brasil nadie puede ser condenado a más de 30 años de cárcel, pero a mí me condenaron a cadena perpetua por un delito que no cometí”.

El instante que persiguió a Barbosa durante toda su vida.

***

Moacir Barbosa murió el 7 de abril de 2000. Pobre y solo en su casa de Praia Grande, donde se había trasladado años atrás buscando un anonimato y una tranquilidad difícil de conseguir. En su funeral apenas se congregaron unas cuantas decenas de personas. Una bandera del Club Atlético Ypiranga, equipo en el que debutó y que en ese momento ya no existía, cubría su ataúd. Más tarde llegaría un enviado de Vasco da Gama, el equipo de su corazón, para el que jugó siempre y el que le abrió las puertas de la selección brasileña, y puso también su bandera junto a la del Ypiranga. Y eso fue todo.

Bien pensado, tampoco hacía falta más, porque Moacir Barbosa, en realidad, había muerto medio siglo antes, el 16 de julio de 1950 en Maracaná, cuando no pudo atrapar la pelota que Ghiggia colocó junto a su palo para hacer campeón del mundo a Uruguay y escribir una de las páginas más recordadas de la historia de la Copa del Mundo.

lunes, 6 de junio de 2022

Joe Gaetjens: la tragedia del héroe de Estados Unidos en el Mundial de Brasil 50

El 29 de junio de 1950 Joe Gaetjens marcó el gol más importante de la historia de la selección de Estados Unidos en un Mundial de fútbol. Era el que le daba la victoria al equipo de las barras y estrellas ante Inglaterra, que debutaba en un Mundial después de negarse a disputar las tres ediciones anterioresEse gol y ese triunfo dio la vuelta al mundo, pero... ¿Quién era ese tal Joe Gaetjens, autor del tanto que humilló a los inventores del fútbol en su primera participación en la historia de la Copa del Mundo?

Para empezar, Gaetjens no era ni siquiera estadounidense. En realidad, la selección norteamericana que disputó el Mundial de 1950 estaba formada en su mayor parte por jugadores descendientes de emigrantes europeos: escoceses, belgas, portugueses, galeses... aunque casi todos era ciudadanos americanos, excepto el belga Joseph Maca, el escocés Ed McIlveny y Joe Gaetjens, que había llegado de Puerto Príncipe (Haití) para estudiar contabilidad.

Gaetjens con los seleccionados para disputar el Mundial de Brasil.

Eso no le importó ni un ápice a su seleccionador y todos fueron convocados para el torneo aduciendo que tenían intención de tramitar los papeles de la ciudadanía en cuanto volvieran del campeonato.

Joe nunca lo hizo.

***

Gaetjens tenía 26 años en 1950 y había nacido en Puerto Príncipe en el seno de una familia descendiente de aristócratas prusianos venida a menos, aunque sí gozaba de un nombre y un prestigio social en su Haití natal.

Al chico pronto le daría por golpear a la pelota y por marcar goles y como lo hacía francamente bien, empezaría a jugar de delantero en el Etoile Haittiene, uno de los equipos más importantes del país, con apenas 14 años. Pero, sin demasiadas posibilidades de ganarse la vida en su país (en el fútbol, desde luego que no, y en los negocios familiares, de momento, tampoco), su familia lo envió con una beca a estudiar contabilidad a la Universidad de Columbia junto a su hermano.

A su llegada a Nueva York, Joe pronto compaginaría los estudios con el trabajo de friegaplatos en un bar de Harlem. Y eso le iba a llevar de vuelta al fútbol. Porque resultó que su jefe era Eugene “Rudy” Díaz, un empresario de origen gallego, enamorado del fútbol y propietario del Brookhattan, un club con cierto prestigio en la American Soccer League. Cuando Rudy vio jugar a Joe Gaetjens, le convenció para desempolvar las botas y unirse al equipo, a razón de 25 dólares por partido.

Y así fue como Gaetjens volvió a golpear un balón.

Y así fue como volvió a perforar las redes adversarias.

Y así fue como, en poco tiempo, se convirtió en la estrella y el máximo goleador del Brookhattan.


Joe Gaetjens con los colores del Brokkhattan.

Y así fue como disputó la final de la US Open Cup de 1948 ante el poderoso Saint Louis Simpkins-Ford que acabó perdiendo.

Y así fue como Bill Jeffrey, el seleccionador norteamericano, se fijó en él y le propuso disputar con la selección de las barras y estrellas la Copa del Mundo de Brasil de 1950.

Y así fue como bastó la intención de Joe de obtener la nacionalidad americana para que formara parte del equipo y viajara a Brasil.

Y así fue como se convirtió en el único jugador del Brookhattan en disputar el campeonato, ya que la mayoría de la selección norteamericana jugaba en el Saint Louis Simpkins-Ford.

La memorable participación del equipo de Estados Unidos en el Mundial ya es historia, con la victoria ante la todopoderosa Inglaterra que se presentó en el torneo para demostrar al mundo que era la mejor selección del mundo y acabó humillada por la derrota más sonrojante de su historia en lo que se conoce por el Milagro de Belo Horizonte y eliminada tras volver a caer derrotada ante España en el partido decisivo del grupo en Maracaná.

Joe Gatjens sale a hombros de Belo Horizonte tras la gesta americana.

El caso es que a la vuelta del Mundial, y ante la escasa repercusión que la gesta del equipo tuvo en Estados Unidos, Joe quiso probar suerte en el fútbol francés y fichó por el Racing Club de París en 1953. Pero allí las cosas no le fueron demasiado bien.

En Francia no había sabido ni podido acoplarse al cambio de vida y de idioma y, además, las lesiones no le respetaron, así que la decisión estaba tomada: regresaría a su Haití natal junto a su gente, su familia y sus amigos para empezar de nuevo.

Cuando llegó a Haití resultó ser un auténtico ídolo en un país muy futbolero que había visto con admiración cómo uno de los suyos podía triunfar en un Mundial. Así que volvió a jugar a fútbol en el Etoile Haittiene, aunque, en realidad, se ganaba la vida haciendo anuncios para diversas multinacionales que operaban en un país donde ya se había convertido en un auténtico icono.

Incluso disputó un partido de clasificación para el Mundial de Suiza 54 con la selección haitiana ante México en Puerto Príncipe, aunque su convocatoria fue realmente simbólica, ya que las lesiones que arrastraba desde Francia le habían obligado a una retirada prematura del fútbol con apenas 29 años y ya no estaba para esos trotes.

***

Parecía que la vida le sonreía al bueno de Joe que, aunque retirado del fútbol, había conseguido fama, prestigio y reconocimiento junto a su familia. Pero en 1957 llegó al poder François Duvalier, un médico populista y demagogo que le ganó las elecciones a Louis Déjoei. El hecho en sí no tendría demasiada importancia si no fuera porque la familia de Joe había apoyado siempre y sin fisuras a Déjoei y si no fuera también porque Duvalier pronto iba a engrosar las listas de los personajes más siniestros que mandaban por aquella época en el continente americano.

Duvalier, a la derecha, las manos entrelazadas, en 1963.

El terror del régimen se puso pronto de manifiesto. De hecho, Duvalier había ido moldeando las instituciones a su antojo desde el momento en el que accedió a la presidencia y había creado una policía paramilitar conocida como los Tontons-Macoutes que campaba a sus anchas por todo el país ejerciendo la violencia siguiendo el ejemplo de las SS nazis o de las camisas negras italianas.

Pero ese terrorismo de estado se incrementó muchísimo a partir de 1964, cuando Duvalier se autoproclamó presidente vitalicio para comenzar una sangrienta represión entre todos aquellos a los que consideraba sus opositores.

Toda la familia de Joe Gaetjens decidió huir de Haití en ese mismo instante, pero el héroe de Belo Horizonte no lo hizo. Hay quien dice que creía que el hecho de no haberse metido nunca en política le bastaría para no tener problemas con las autoridades. Otros apuntan al hecho de que Joe pensaba que el régimen no se atrevería a atacar claramente a alguien que era un icono del deporte en el país. 

Sea por una razón o por otra, o por la dos, Gaetjens se quedó en Haití. 
Y se equivocó.

Tan sólo un día después de que Duvalier se erigiera en presidente vitalicio, los Tontons-Macoures se presentaron en su casa y se lo llevaron. Joe desapareció para siempre. Se cree que lo enviaron a la prisión Fort Dimanche, donde sería torturado y ejecutado unos cuantos días después, pero nunca apareció su cuerpo y nadie sabe qué pasó. Lo único cierto es que nadie lo volvió a ver nunca más.

***

En 1976, Joe Gaetjens ingresó en el Salón de la Fama del Fútbol de Estados Unidos junto a la mayoría de sus compañeros que participaron en el Mundial de 1950, aunque por aquel entonces hacía ya doce años que nadie sabía nada de su paradero.

Gaetjens es una leyenda del fútbol en EEUU.

También hacía cinco años que Duvalier había muerto, aunque en Haití seguía gobernando su hijo con puño de hierro. Lo haría hasta 1986, cuando fue derrocado y se exilió del país expoliando las arcas del Estado y cargando sobre sus espaldas un sinfín de crímenes y desapariciones por los que nunca pagó.

martes, 31 de mayo de 2022

El milagro de Belo Horizonte: Estados Unidos derrota a Inglaterra en el Mundial de Brasil 50

En 1950 la máxima competición del fútbol de selecciones volvía a disputarse después de 12 años de parón a causa de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata postguerra. El Mundial de Francia de 1938 que ganó la Italia de Pozzo había sido hasta ese instante el último torneo.

Pero en 1946 se decidió que el Mundial volvería a disputarse en 1950 y que se jugaría en Brasil, único país que había presentado su candidatura ante la imposibilidad de jugar en una Europa todavía en plena reconstrucción tras la guerra. Al Mundial del 50 la FIFA no permitió que fuera Alemania, sancionada como responsable de la contienda mundial, y tampoco disputaron la fase de clasificación los principales países comunistas europeos, por lo que ni la Unión Soviética, ni Hungría, ni Checoslovaquia lucharían en tierras sudamericanas por la conquista de la Copa Jules Rimet.

Cartel del Mundial de Brasil de 1950.

Quien sí acudiría al Mundial por primera vez sería Inglaterra. Tras haberse negado a participar en los tres anteriores torneos, los inventores de este deporte maravilloso llamado fútbol habían decidido dejar de lado su tradicional “política de no intervención”, limaron asperezas con la FIFA y se integraron en la organización junto con el resto de equipos británicos en 1946.

Eso supuso que disputaran las eliminatorias para estar en Brasil y poder demostrar al mundo que, además de los inventores del fútbol, eran los que mejor lo jugaban. No se podían ni imaginar lo que les esperaba en tierras sudamericanas.

***

La selección inglesa integró un grupo de clasificación junto al resto de selecciones británicas (Escocia, Gales e Irlanda) y de ahí saldrían dos equipos directamente clasificados para el Mundial de Brasil. Inglaterra ganó en Gales por 1 a 4 y en Escocia por 0 a 1, mientras que se deshizo con suma facilidad de Irlanda en Wembley (9-2). 

La selección, entrenada desde 1946 por Walter Winterbotton, se ganó su billete a tierras brasileras junto a Escocia, pero los escoceses renunciaron porque, aunque el segundo también iba, habían asegurado antes de la disputa de las eliminatorias que sólo jugarían el Mundial si quedaban primeros. Así que nadie pudo convencerles de lo contrario y sólo los ingleses partieron hacia tierras sudamericanas.

Bentley marcó el gol de Inglaterra en el Hampden Park de Glasgow. 

Inglaterra tenía a Bert Williams de portero y solía jugar con una defensa de tres hombres compuesta por Alf Ramsey (el seleccionador que pasaría a la historia de Inglaterra tras ganar el Mundial de 1966), John Aston Senior (buque insignia del Manchester United) y Billy Wright (el gran capitán de la selección y de los Wolves). 

En el centro del campo controlaban las embestidas rivales y cocinaban el juego de los “pross” Laurie Hughes, del Liverpool, y Jimmy Dickinson, campeón de Liga con el Portsmouth, mientras que la delantera era absolutamente temible y la solían formar Wilf Mannion, Tom Finney, Jimmy Mullen, Stan Mortensen y Roy Bentley. 

Por si fuera poco, aún tenía Winterbotton dos balas en la recámara arriba con el mítico Stanley Mathews (que entonces ya tenía 36 años) o Eddie Baily.

Ese equipazo, junto con Brasil, era el favorito para ganar el torneo después de que los italianos, los vigentes campeones, hubieran de presentar una selección totalmente nueva tras de la tragedia de Superga del 4 de mayo de 1949 cuando el avión que traía a todo el Torino de vuelta a casa desde Lisboa impactó contra la torre de la basílica de Superga, a las afueras de Turín, y murieran los 18 integrantes del equipo que había ganado las últimas cinco ligas disputadas en Italia, sus entrenadores, dos directivos y tres periodistas que acompañaban al equipo. 

Perdieron la vida 31 personas en una tragedia que vistió de luto el fútbol trasalpino y mundial. Aun así, la azzurra disputó el torneo igualmente, en un acto de homenaje a sus compañeros fallecidos, pero no pudo superar a Suecia, ante la que cayó por 3 a 2 en el primer encuentro, y regresó a casa pese al triunfo por 2 a 0 ante Paraguay.

Otra de las selecciones importantes que no disputó el Mundial fue Argentina, ya que las federaciones de Argentina y Brasil tenían grandes diferencias que no pudieron (o quisieron) solventar y la albiceleste optó por renunciar al torneo. Además, la huelga de futbolistas profesionales que se desató en 1948 y que acabó con los mejores futbolistas argentinos jugando fuera del país le restó potencial a la selección, así que la AFA decidió no participar en el Mundial de 1950. 

Así que ni la espectacular delantera de River apodada la Máquina en pleno apogeo ni unos jóvenes Di Stéfano y Carrizo pudieron debutar en una Copa del Mundo.

La espectacular delantera de River Plate se quedó sin Mundial.

Los ingleses sí que debutarían por fin en su primera cita mundialista y lo harían en el grupo de Chile, Estados Unidos y España. Sólo el primero pasaría a una liguilla de cuatro equipos de la que saldría el Campeón del Mundo tras jugar todos contra todos. 

Las casas de apuestas pagaban 3 a 1 la victoria de Inglaterra en el Mundial. Si los norteamericanos levantaban la Copa se pagaba 500 a 1.  En el partido entre Inglaterra y Estados Unidos, las casas de apuestas ni siquiera permitieron apostar. 

Imaginaos qué claro lo tenían.

Y cuan equivocados estaban.

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Pero empecemos por el principio.

Los ingleses debutaron el 25 de junio en Maracaná ante Chile y presentaron su candidatura a ganar el torneo venciendo con relativa solvencia a los mapuches con los tantos de Stan Mortensen en la recta final de la primera mitad y de Wilf Mannion al poco de iniciada la segunda. 

Billy Wright encabeza a Inglaterra para su debut en un Mundial.

Nadie podía imaginar a esas alturas que serían los únicos goles que marcarían los Tres Leones en toda la competición.

Mientras, a la misma hora, debutaba España ante Estados Unidos en Curitiba. La selección entrenada por Guillermo Eizaguirre, la de los Ramallets, Puchades, Basora, Gainza y Zarra, derrotó a los yanquis por 3 a 1, pero lo pasó francamente mal y hubo de esperar a la recta final del encuentro para conseguir remontar el tanto inicial americano.

Con algunos apuros, sobre todo por parte de los españoles, pero los dos favoritos del grupo habían empezado como se esperaba.

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El día 29 de junio, en Belo Horizonte, Inglaterra y Estados Unidos iban a enfrentarse en la segunda jornada del grupo segundo. El equipo norteamericano era una mezcla de jugadores amateurs de orígenes diversos, universitarios y algunos pocos profesionales de capa caída que se ganaban unos dólares jugando a soccer después del trabajo.

Había entre los seleccionados muchos de Saint Louis y casi todos eran hijos de inmigrantes europeos, un friegaplatos, un conductor de coches fúnebres, algunos profesores, algún oficinista y algún que otro aspirante a contable.

El portero Borghi era de origen italiano; el defensa Maca, de origen belga, y los también zagueros Walter Bahr y Harry Keough, universitarios de San Louis; el centrocampista y capitán Eddy McIlvenny, de origen escocés; John y Ed Souza, interior derecha y atacante, de origen portugués; mientras que el ariete Joe Gaetjens había nacido en Haití y aún no disponía de la nacionalidad norteamericana.

Un equipo cogido con alfileres que apenas habían jugado juntos unos cuantos amistosos y que había confeccionado su seleccionador, Bill Jeffrey, que entonces entrenaba al Penn State, el equipo de soccer de la Universidad de Pensilvania.

Billy Wright y Eddy McIvenny, los capitanes de Inglaterra y EEUU.

Enfrente, todas las rutilantes estrellas inglesas. Profesionales todos. Las estrellas del Manchester United, del Liverpool, del Leeds, del Portsmouth, del Blackpool, del Stoke City… Ganadores de la First Division y de la FA Cup que vivían por y para el fútbol. La flor y nata de los mejores equipos de la potentísima liga inglesa.

Así que los norteamericanos saltaron al terreno de juego convencidos de que perderían y sólo tenían la intención de hacer un buen papel y caer dignamente, como cuatro días antes ante España. 

Los ingleses buscaban, en cambio, certificar un mero trámite. 
Salir, ganar e irse. 
Pero el fútbol es imprevisible y, a veces, simplemente milagroso. 

En los primeros minutos de partido los ingleses tuvieron media docena de ocasiones claras, incluyendo dos remates a los postes, que desbarató una por una el portero Borghi, tocado esa tarde por la varita mágica.

Los norteamericanos contrarrestaban la calidad técnica y táctica de los ingleses con una ilusión desbordante, mucho pundonor y poderío físico y muchos balones en largo a ver qué pescaban. Y en una de esas, en el minuto 38 de la primera mitad, encontraron petróleo. 

El atacante Souza había conseguido controlar un balón largo en tres cuartos de campo inglés e intentó aproximarse a los dominios del portero Williams, pero se escoró demasiado y, sin posición de lanzamiento, optó por centrar. El meta inglés salió a por la pelota, pero se encontró con que el haitiano Gaetjens, potentísimo, había metido la cabeza antes para alojar la pelota en el fondo de las mallas. 

Ramsey contempla impotente como el balón de Gaetjens se convierte en gol.
Fotografía: Popperfoto/Getty Images.

Mientras Williams se lamentaba, el público de Belo Horizonte se frotaba los ojos. Los inventores del fútbol estaban perdiendo contra un equipo de aficionados yanquis que, en su país, no sabían ni que estaban representándolos en un torneo de este calibre.

Pero faltaba mucho tiempo por delante, toda la segunda parte, y pocos apostaban a esas alturas porque la sorpresa se confirmara. Y más después de asistir a la salida en tromba de los ingleses, que volvieron a acorralar a los americanos en su área y dispusieron de un buen puñado de ocasiones claras que solventaron con acierto entre Borghi y la defensa. 

Pero poco a poco el paso de los minutos fue espaciando cada vez más las ocasiones inglesas y los norteamericanos se encontraban cada vez más cómodos y, a la vez, más nerviosos ante la posibilidad de dar la sorpresa de la competición. 

Pero solventaron el trámite con algún sobresalto, pero sin demasiados apuros, ante la mirada atónita de los espectadores y de los periodistas ingleses, porque lo norteamericanos no habían enviado a nadie a cubrir un torneo que no interesaba a nadie en su país.

El colegiado pitó el final del encuentro entre la desesperación de los ingleses y la alegría inmensa de los jugadores norteamericanos y del público que había asistido al partido, que invadió el campo para acabar sacando a algunos jugadores a hombros. 

El goleador Joe Gaetjens salió a hombros del estadio.

Los periodistas ingleses presentes en el estadio enviaron sus crónicas por fax o por cable y los diarios de la isla no acababan de creérselo. Hubo algún medio que al recibir el resultado (0-1) creyó que se habían equivocado al transcribirlo y puso directamente el 1 delante del cero para publicar que Inglaterra había vencido a Estados Unidos por 10 a 1. Otra cosa no era posible. O no parecía posible.

Y es que se hace difícil explicar la dimensión de un resultado como ése y contextualizarlo. 

Sería como si una selección amateur inglesa de fútbol americano derrotara a los Ángeles RAMS o a los New England Patriots. 
O como si Angola, Irak o Albania, por poner algún ejemplo, le ganaran al Dream Team americano de básquet un partido en los Juegos Olímpicos. 
O como si San Marino, España o Túnez derrotaran a Rusia en un partido de hockey sobre hielo en las Olimpiadas Invierno. 

El primer milagro en una Copa del Mundo. 
El Milagro de Belo Horizonte.

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Pero aun habiendo caído ante Estados Unidos, Inglaterra tenía la posibilidad de pasar a la liguilla final si derrotaba a España en la última jornada del grupo en Maracaná en un encuentro que estaba marcado en rojo en el calendario por ambos equipos antes del estreno en el torneo. 

De hecho, Maracaná presentó ese día la mejor entrada de todos los encuentros jugados en ese estadio sin presencia de la Canarinha.

Once de Inglaterra que se midió a España en el estadio de Maracaná.

El seleccionador de Las Tres Rosas, Winterbotton, había incluido en el once a Stanley Mathews y a Eddie Baily para abrir más el campo y atacar por los extremos, pero los laterales españoles completaron un gran partido y cerraron bien los dos carriles. Además, los ingleses se encontraron con un Ramallets descomunal en la portería española, desde entonces conocido como “el Gato de Maracaná”, que se encargó de blocar por alto cada centro inglés al corazón del área y de atrapar cada remate a portería.

También sufrieron los “pross” la bravura y la clase de Puchades, que se echó al equipo a la espalda desde el centro del campo; el nervio de Gainza y de Basora en ataque y, finalmente, a Zarra, que anotó el tanto más famoso de la selección española en mucho tiempo. 

Un saque largo de Ramallets lo recogió Alonso en la parte derecha del ataque, aún en la línea de medios, y avanzó con la pelota hasta meter un centro preciso al vértice izquierdo del área pequeña. Allí se elevó Gainza por encima de su par y cabeceó al corazón del área pequeña, donde apareció Zarra libre de marca para rematar al primer toque y batir a Bert Williams nada más empezar la segunda parte.

Zarra marcó el gol que eliminó a los ingleses del Mundial de Brasil.

Bastó ese tanto porque los británicos fueron incapaces de reaccionar y así acabó el encuentro, con victoria española por uno gol a cero. Los ingleses tenían que hacer definitivamente las maletas en su estreno mundialista, mientras los de Eizaguirre se clasificaban entre los cuatro mejores equipos del torneo y lucharían sin éxito por levantar la Copa del Mundo. 

Hasta 2010, cuando España levantó su primera Copa del Mundo en Sudáfrica, el cuarto puesto del Mundial de Brasil 50 fue el mejor resultado de los ibéricos en un Mundial.

El Times de Londres resumió la primera participación de su selección en una Copa del Mundo con este epitafio: “En conmovido recuerdo al fútbol inglés que murió en Río de Janeiro el 2 de julio en 1950, entre profundos lamentos de un círculo de amigos y simpatizantes. Descanse en paz. El cadáver será incinerado y las cenizas llevadas a España”.

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El estrepitoso fracaso de Inglaterra en Brasil demostró, de forma cruel, una gran lección: haber inventado el fútbol no te convierte necesariamente en el que mejor lo juega. Y a fuerza de golpes, Inglaterra fue aprendiendo poco a poco esa dura lección.

Aunque el duelo inglés se quedó muy corto al lado del brasileño, que viviría su particular infierno pocos días más tarde, cuando cayeron sin esperarlo en un Maracaná a rebosar ante los valientes uruguayos, que acabaron levantando su segunda Copa del Mundo contra todo pronóstico en la inmensidad del silencio de un estadio semivacío. El Maracanazo, otro milagro en el mismo Mundial que marcó a toda una generación.

Los norteamericanos ya tenían el suyo, su milagro de Belo Horizonte. Aunque a su vuelta al país nadie los esperaba para aclamarlos ni para felicitarlos ni para homenajearlos más allá de un puñado de familiares y amigos. 

Los héroes de Estados Unidos que derrotaron a Inglaterra en 1950.

Pese a todo, los héroes norteamericanos del 50 quedaron en el recuerdo de todos los aficionados al fútbol, un recuerdo cada vez más admirado a medida que la selección de Estados Unidos iba consumiendo sus 40 años de travesía por el desierto de los mundiales, ya que no volvería a participar en una Copa del Mundo hasta Italia 90

Aunque a los ciudadanos norteamericanos siguió sin importarles demasiado.