"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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viernes, 7 de marzo de 2025

Las cábalas de Bilardo en el Mundial de México 86 (…y más allá)

“Al equipo le pido concentración. Un médico tiene que estar doce horas concentrado para que no se le muera el paciente. Yo pido noventa minutos nada más”.
Carlos Salvador Bilardo.

Carlos Salvador Bilardo, campeón del mundo en México 86 y subcampeón en Italia 90, recurría a una frase magnífica para definir el fútbol. Decía el Doctor: “El fútbol es lo más fácil que hay. El que inventó el color de las camisetas es un fenómeno. Si tengo tu misma camiseta, te la doy. Los del mismo color se la pasan entre ellos y patean al arco donde está el tipo que no almorzó con nosotros”.

Según Bilardo, eso es el fútbol. Lo más fácil que hay.

Lo que pasa es que hay un montón de aspectos más allá de la pelota y de a quién se la pasas que también acaban configurando el complejo universo de este magnífico deporte. Porque Bilardo fue de los primeros entrenadores en empaparse de vídeos de todos sus rivales. Porque adoptó una metodología de trabajo duro (la heredó de su maestro Osvaldo Zubeldía) a la que no estaban acostumbrados ni siquiera los futbolistas internacionales. Porque manejó un sinfín de conceptos tácticos para potenciar siempre el concepto de equipo. Porque preparó todos los detalles y entresijos que rodeaban los partidos y las concentraciones. Y todos esos aspectos, todos, también los controlaba a la perfección el Doctor. De hecho, les daba una importancia descomunal.

No sólo a las mañas, que manejaba unas cuantas.
También, y sobre todo, a las cábalas.
Porque el mundo del fútbol suele ser supersticioso.
Y Carlos Bilardo, que es fútbol en estado puro, lo era aún mucho más.

Aunque él nunca las llamaba cábalas ni supersticiones, sino costumbres. Y las definía como comportamientos que nacieron fruto del azar, pero que debían repetirse para seguir conservando la buena suerte que habían generado en un primer momento.

Juan Carlos Bilardo en la final del Mundial de México.
Foto: Peter Robinson. Getty Images.

Vamos, que si pasaba algo inusual a su alrededor y ganaba, forzaba la máquina para que el hecho inusual se convirtiera de repente en habitual.

Que se lo pregunten a los miembros de su selección en el Mundial de México 86.
Y a algunos futbolistas, técnicos y colaboradores más que se cruzaron con él en su largo camino futbolístico.

***

Pero vamos a empezar un poquito antes, con una anécdota que tiene mucho más de maña que de cábala, pero que descubre a la perfección el carácter de Bilardo y nos pone en situación.

Corría hacia su fin el mes de agosto de 1967 y Estudiantes de la Plata fue invitado al Trofeo Luis Otero de Pontevedra (Galicia). En aquella época estaban muy de moda y tenían mucha importancia los torneos de pretemporada, que permitían a los aficionados ver las nuevas incorporaciones de su equipo y de sus rivales y valorar su nivel ante la campaña que se avecinaba. En Europa, era el reencuentro de los aficionados con el fútbol tras el parón estival.

La presencia de Estudiantes de la Plata en Pontevedra fue todo un hito, pero más lo fue el desenlace del partido. Gallegos y platenses empataron a un gol y la prórroga no deshizo el empate. Así que, fieles a las costumbres de la época, el campeón del torneo veraniego se decidiría echando una moneda al aire.

El Narigón en su etapa de jugador de Estudiantes.

Y aquí es donde entra el Narigón, que se dirige a su capitán, Óscar Malbernat, y le dice: “Cacho, no importa lo que elijas. Cuando caiga la moneda al suelo, salga lo que salga, empezá a festejar y saltamos todos, nos tiramos al piso encima de la moneda y nos abrazamos”.

Dicho y hecho.

La moneda voló. Y el trofeo, evidentemente, también. En dirección a La Plata, faltaría más.

***

Esa época de Bilardo como futbolista del Pincha, en la que logró el Metropolitano y el Nacional del 67, el Metropolitano del 68, tres Copas Libertadores seguidas (1968, 69 y 70), la Intercontinental de 1968 ante el Manchester United y la Interamericana de 1969, le marcó profundamente como futbolista, como persona y como futuro técnico. Porque el Doctor se embebió de todas y cada una de las enseñanzas de un visionario del fútbol, Osvaldo Zubeldía.

El maestro Zubeldía introdujo las concentraciones, las pretemporadas y los entrenamientos dobles en una época en la que los futbolistas estaban acostumbrados a entrenar poco y disfrutar mucho. Y eso, junto con la asimilación de conceptos tácticos novedosos (fueron los primeros en tirar la línea del fuera de juego, por ejemplo) y el uso de la pizarra para todo tipo de jugadas de estrategia, fue la clave del éxito de Estudiantes que Bilardo adoptó cuando colgó las botas y se sentó en los banquillos.

Y es que estaba Zubeldía tan pendiente de los detalles y de sus futbolistas, que al finalizar un torneo argentino y clasificarse para la Copa, reunió a todos y les dijo: “A ver, ¿quién quiere casarse? O se casan ahora o durante el año ya no se casa nadie”. Se casaron siete. Entre ellos, Carlos Salvador Bilardo.

Zubeldía con los jugadores de Estudiantes de la Plata. 

Evidentemente, el Narigón heredó también algunas de las mañas de su maestro y muchas de sus cábalas. La primera, fundamental. Los futbolistas no comen pollo. ¿Por qué? No hay una explicación muy clara, más allá de que perdieron un partido después de haberse zampado uno y decidieron que nunca más. Que el pollo era “yeta”. Que era gafe. Que da mala suerte, vamos. Así que, a partir de ese instante, los futbolistas de Bilardo no comerían pollo en las concentraciones. Nunca.

***

Por supuesto, en el Mundial de México 86, el pollo no estaba en el menú de la albiceleste. En cambio, sí entraron en el menú unas nuevas rutinas, o costumbres, que los futbolistas fueron asumiendo con total naturalidad. Bueno, casi todos, porque a alguno le costó un poco más.

Por ejemplo, a Jorge Valdano: “A mí, la cábalas me incomodaban. Soy muy respetuoso con las personales, pero me molestan las colectivas. Al final del campeonato había tantas que aquello parecía una obra de teatro ensayada mil veces. La mía consistía en pensar en el partido. En los momentos previos me molestaba todo: cábalas y libros”.

La gran mayoría las tenían asumidas y perfectamente incorporadas. Como el Gringo Giusti: “El plantel se convirtió en una especie de secta en la que Carlos era el gurú. Hoy me resulta increíble que hiciéramos todo eso pensando que así íbamos a ganar un partido o un campeonato. El cuerpo técnico estaba tan compenetrado con las cábalas que no había ninguna posibilidad de romperlas u olvidarnos de alguna de las miles que teníamos”.

El Gringo Giusti celebra el pase ante Inglaterra.

Pero, ¿cuáles eran esas “costumbres” que todos fueron interiorizando con más o menos ganas? Vamos a detallar algunas.

Siempre tenían que tomar el mate a la misma hora, pasara lo que pasara.

En el bus, todos ocupaban siempre los mismos asientos. Sin excepción y sin cambios.

Washington Rivera, el jefe de prensa de la selección argentina, entraba siempre al vestuario antes de cada partido soltando una palabrota. Después, saludaba uno por uno a todos los futbolistas y salía del vestuario soltando por su boca el mismo exabrupto con el que había entrado. Todos los partidos del Mundial. Los siete que jugó Argentina.

A las cinco en punto de la tarde, ni un segundo arriba ni un segundo abajo, Carlos Bilardo llamaba por teléfono a su mujer. El Narigón lo justificaba así: “Hay que hacerlo. No sea cosa que la pelota pegue en el palo y se vaya para afuera”.

Tres días antes del debut de Argentina en el Mundial, dado lo estricto que era Bilardo con las comidas, unos cuantos futbolistas se las ingeniaron para escaparse a un centro comercial cercano y tomarse unas hamburguesas remojadas con una cervecita. Raúl Madero, el médico del equipo, los pilló y empezó a echarles la bronca, pero Bilardo, de buen humor, los dejó hacer. Eran el Negro Clausen, Burruchaga, el Cabezón Ruggeri, el Gringo Giusti y el Profe Echeverría. Ellos disfrutaron del ágape y Argentina venció.

Así que a partir de ese momento les tocó comer siempre lo mismo en ese mismo establecimiento antes de cada encuentro por orden expresa del Doctor. Eso sí, siempre los mismos protagonistas y nadie más. Pase lo que pase.

Ya sabéis, “no sea cosa que la pelota pegue en el palo y se vaya para afuera”.

Pero esto sólo es la punta del iceberg. 
Hay más… Muchas más.

***

Los integrantes de la selección argentina subían al micro que los llevaba al estadio el día de partido y cuando arrancaba, justo en ese instante, sonaba la primera nota del primero de los tres temas que iban a escuchar en el trayecto. Era “Total Eclipse of the Heart”, de Bonnie Tyler. Después venía “Eye of the Tiger”, de Survivor, y remataba la trilogía “Gigante Chiquito”, de Sergio Denis.

Las canciones sonaban así, en tirereta. Y tenían que escucharlas enteritas. Si veían que no les iba a dar tiempo, mandaban al conductor del autocar que aminorara la marcha o que, directamente, se parara en medio de la carretera. Porque cuando sonaba la última nota de la canción, el micro tenía que parar en la puerta de acceso al estadio.

¡Clac! Última nota de la canción.
¡Clac! Puerta del bus abierta.

Entrenamiento de Argentina en el Mundial de México 86.

Vamos, que a los dos policías motorizados que abrían el convoy argentino cada partido los llevaban por la calle de la amargura. Se llamaban Tobías y Jesús y casi formaban parte de la expedición argentina ya que, por más que quisieran escaquearse del servicio, no podían. Y es que Bilardo, una vez que Tobías y Jesús abrieron la comitiva el primer día y ganaron el partido, pidió que siempre fueran ellos dos quienes escoltaran el bus de Argentina.

De hecho, el día de la final del Mundial, la organización pretendía enviar más policías motorizados por seguridad y Bilardo montó en cólera. Tras un sinfín de tensas reuniones, y tras un tira y afloja interminable en el que el técnico amenazó con que ningún miembro de la expedición argentina se subiría al autobús para disputar la final, se aceptaron algunas de las exigencias de Bilardo: podían ir más policías con ellos, pero siempre detrás del autobús. Delante, a la vista de los jugadores, sólo irían Tobías y Jesús. Como siempre.

Y así llegaron al estadio Azteca el día más importante de su vida. El día de la final.
Como siempre.

Y después de haber escuchado enteritos los temas musicales de siempre.
Faltaría más.

***

¡Ah! y nadie entraba al vestuario hasta que no sonara el teléfono y lo atendiera el Tata Brown. ¿Por qué? Pues porque el día del debut de la selección argentina ante Corea del Sur, para sorpresa de todos, sonó un teléfono que había medio escondido en el vestuario. Nadie sabía quién llamaba, así que nadie lo cogía. Hasta que el bueno del Tata, harto de tanta insistencia que los estaba tensionando, descolgó.

—¡Hola! ¡Hola!—. Un silencio sepulcral retronaba al otro lado de la línea telefónica. —¡Ah, bueno! ¡Andá a la puta que te parió!—. Y el Tata colgó ante el asombro de todos.

Argentina venció 3 a 1 a Corea del Sur y, a partir de ese instante, el destino del Tata Brown como telefonista fantasma quedó sellado para siempre. Porque cada vez que los argentinos iban a entrar en su vestuario antes de cada partido, sonaba el teléfono. Entraba el Tata. Lo cogía. Evidentemente, no contestaba nadie. Y el defensa cumplía con el ritual.

—¡Hola! ¡Hola!—. Silencio sepulcral. —¡Ah, bueno! ¡Andá a la puta que te parió!—. Y colgaba.

El Tata Brown fue el autor del primer gol de la final ante Alemania.

Entonces entraban todos los futbolistas al vestuario, más tranquilos y sabiendo que alguien ya había puesto de su parte para que ganaran. Porque a nadie se le escapaba que esa llamada era un mandado de Bilardo, claro. Pero no falló en ningún partido. Jamás.

***

Tras el calentamiento y ya dispuestos para saltar al terreno de juego, el orden de salida también es innegociable. Abre la fila y salta el primero al terreno de juego Maradona, el capitán, seguido por el meta Pumpido, y cierra la fila Burruchaga. ¡Siempre! En todos y cada uno de los partidos.

El primero, Maradona. Después, Pumpido. Y el último, Burruchaga.

En esa fila está también Giusti, que el día del primer partido recibió un caramelo del médico del equipo porque la contaminación del aire y la altura te dejan la boca seca y va muy bien chuparlo. El centrocampista argentino llegó al centro del campo, hizo un agujerito en el césped y enterró el caramelo. Y Argentina ganó.

Así que todos los partidos salía Giusti chupando su caramelo hasta que lo enterraba en el centro del campo del Azteca antes de empezar cada uno de los siete duelos que disputó Argentina. Y ahí deben seguir ahora, descompuestos, todos los caramelos que enterró Giusti en un césped al que le hizo más agujeros que a un queso gruyere.

***

Sea como sea, cabuleros o no, creyentes de las costumbres o no, lo cierto es que Argentina ganó todos los partidos del Mundial de México excepto el empate a uno del segundo partido ante Italia, la defensora del título. Y se plantó en la final ante Alemania sin necesidad de disputar ni una sola prórroga, venciendo a Corea del Sur y Bulgaria, empatando con Italia y dejando en el camino a Uruguay, Inglaterra y Bélgica.

Seguro que contar en tus filas con el mejor jugador del mundo en un estado físico y mental óptimo y acompañado de un ejército de pretorianos absolutamente convencidos de que iban a ganar el Mundial ayuda y mucho.

Bilardo y Maradona protestan durante un partido.

Pero nunca está de más darle un empujoncito a la suerte.
O no tentarla, que casi viene a ser lo mismo.
Y Argentina, cargando a fuego con todas sus cábalas, ganó el Mundial y ofreció un espectáculo increíble.

***

Evidentemente, las costumbres acompañaron a Bilardo, y a los que les tocó en suerte ser sus pupilos, durante toda su larga carrera en los banquillos y sería demasiado costoso y prolijo enumerarlas todas, pero lo que pasó en el Mundial de Italia 90 es tan sumamente espectacular que merece un capítulo extra.

Ahí va…

30 de junio de 1990. Estadio Artemio Franchi de Florencia. Argentina y Yugoslavia acaban su encuentro de cuartos de final del Mundial de Italia como lo empezaron. Sin goles. Tampoco en la prórroga han sido capaces de perforar la portería rival y el semifinalista se decidirá en la tanda de penaltis.

En el arco argentino, Sergio Goycochea, que suplió a Nery Alberto Pumpido tras su gravísima lesión en el segundo partido del torneo, se mea encima. No le da tiempo a irse al vestuario, porque los penaltis están a punto de empezar. Así que se lo dice a los compañeros y éstos conforman una especie de piña para que el guardameta se alivie sin que su imagen dé la vuelta al mundo.

Una vez aliviado, Goycochea ve cómo Serrizuela pone por delante a los suyos antes de que a él le toque afrontar el primer disparo yugoslavo. Empieza su estrella, Stojkovic, que viene crecido tras hacer los dos tantos que eliminaron a España en octavos. Pero Goycochea vuela para detener su lanzamiento y poner ventaja a la albiceleste.

Aunque la alegría dura poco, porque el mismísimo Maradona y Troglio fallan el tercer y el cuarto lanzamiento para Argentina. A los yugoslavos les quedan dos penaltis por tirar. A los argentinos sólo uno y van empatados a dos en la tanda. Entonces Goyco se viste de superman y saca el disparo de Brnovic para que la albiceleste respire. Gustavo Dezotti marca el último penalti de Argentina y adelanta a los suyos. Tres a dos. La presión es ahora para Hadzibegic, que ve cómo Goycochea, aliviado y agigantado, se tira a su izquierda en una perfecta palomita y mete las manos para repeler el disparo.

Goycochea detuvo tres penaltis en los cuartos ante Yugoslavia.

Maradona y Argentina respiran aliviados mientras Goyco se pega un carrerón de cincuenta metros con los brazos en alto para celebrarlo con sus compañeros. No es para menos. Acaba de meter a Argentina en las semifinales de la Copa del Mundo. 

Y ante Italia.
Nada más y nada menos.

3 de julio de 1990. Estadio san Paolo de Nápoles. Italia y Argentina acaban de agotar los noventa minutos de juego y los treinta de propina de la prórroga sin poder decidir quién será el primer finalista del torneo. Los goles de Schillaci y de Caniggia han dejado el marcador igualado a uno. Argentina tendrá que recurrir de nuevo a los penaltis. Para Italia es la primera vez en el torneo.

Goycochea se dispone a ponerse bajo palos, pero, de repente, ve cómo sus compañeros le hacen un corrillo. Goyco no entiende nada. Entonces, se lo explican. Bilardo dice que tiene que orinar otra vez. Como ante Yugoslavia. Sergio no tiene ganas de mear, pero nadie se mueve del sitio. A mear por lo civil o por lo criminal.

Y Sergio Goycochea vuelve a orinar tapado por sus compañeros en medio de la cancha.

Y, efectivamente, vuelve a ser el héroe del partido al detener los dos últimos lanzamientos italianos. El de Roberto Donadoni y el de Aldo Serena.

Y el héroe lo volvió a hacer en las semifinales ante Italia.

Ha valido la pena forzar el pis. Porque Argentina volverá a disputar otra final de una Copa del Mundo cuatro años después de levantar la de México 86.

Lamentablemente para Argentina, para Sergio Goycochea y para Bilardo, la final no se fue hasta la tanda de penaltis, aunque faltó poco. Se decidió con un penalti, sí. Muy dudoso. Pero durante el tiempo reglamentario. Así que Goyco no pudo hacer pis y demostrar si la cábala daría resultado por tercera vez consecutiva.

Le faltó poco, pero esta vez no pudo detener el penalti de Brehme.

Para los argentinos hubiera sido maravilloso poder comprobarlo.

A los alemanes, en cambio, ya les va bien seguir viviendo con la incógnita.

lunes, 14 de octubre de 2024

Michel Platini, el Rey que abdicó antes de tiempo

"Los equipos de fútbol son una forma de ser". 
Michel Platini

Hasta la década de los 80, la selección francesa de fútbol no había tenido mucho peso en la historia de la Copa del Mundo, pese a que fuera precisamente un francés, Jules Rimet, presidente de la FIFA en los años 30, el encargado de crear una competición que se convertiría en el espectáculo deportivo más importante del mundo junto a las Olimpiadas.

De hecho, a las puertas del Mundial de España 82, la mejor clasificación de Francia en una Copa del Mundo se remontaba al tercer puesto cosechado en Suecia en 1958, cuando bajo la batuta de Raymond Kopa y con los goles de un extraordinario Just Fontaine (¡hizo 13!) los galos se plantaron en semifinales y sólo cayeron ante la Brasil de los jóvenes Pelé y Garrincha (5-2) que acabaría levantando la primera Copa del Mundo de la historia de la Canarinha.

Ni antes ni después habían hecho nada reseñable Les Bleus en un Mundial. En Uruguay 1930 y en Italia 1934 cayeron en la primera fase. En su Mundial de 1938 fueron los primeros anfitriones que no consiguieron levantar el trofeo, tras caer en cuartos de final contra los campeones italianos, que revalidaron el título conducidos por Pozzo desde el banquillo y con los goles de Piola sobre el césped.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los franceses no se clasificaron para los Mundiales de Brasil 1950, Chile 1962, México 1970 y Alemania 1974. Cuando sí lo hicieron (en Suiza 54 e Inglaterra 66) cayeron sin pena ni gloria en la primera fase de todos los torneos.

Hasta que en el Mundial de Argentina en 1978 (veinte años después de la gesta de la selección que encabezaban Kopa y Fontaine) empezó a emerger la figura de un centrocampista fino y elegante que iba a convertirse en uno de los mejores jugadores del mundo y en el estandarte de Les Blues: Michel Platini. A partir de la llegada de “Le Roi” (para nosotros, el Rey), Francia creció como selección y se convirtió, con su fútbol de salón, en una de las aspirantes más serias a levantar la Copa del Mundo.

Once de Francia en su debut ante Italia en el Mundial 78.

Pero aspirar a algo y acabar consiguiéndolo no es exactamente lo mismo.

***

Michel Platini nació en Joeuf, un pueblo de la región de Lorena, a las puertas del verano de 1955. Era el retoño de un matrimonio de origen italiano que se había afincado en Francia tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

El chico pronto empezó a darle patadas a un balón por las calles del pueblo. Incitado por su padre, Aldo Platini, un apasionado del fútbol que había jugado fantásticamente bien pero que nunca había querido dar el paso al profesionalismo. De hecho, Aldo era entrenador y educador del AS Joeuf, que militaba entonces en la Tercera División francesa. En ese club empezó a destacar el joven Michel, que ya se caracterizaba por la elegancia con la que conducía la pelota, por su habilidad en los lanzamientos de falta, por su extraordinaria visión de juego y por la capacidad para hacer jugar al equipo y para romper el partido con sus goles.

Aldo, su padre, decide entonces hacer algo que nunca había querido hacer antes: ficha por el AS Nancy como entrenador para poder ser el mentor de su hijo en el fútbol profesional. Porque el Nancy se hace también con los servicios del joven talento y lo hace debutar en su equipo de reservas sin cumplir aún los 18 años. Michel Platini respondió haciéndole tres goles en su debut al Valenciennes. Era el mes de mayo de 1973 y el camino de Michel Platini en la élite del fútbol francés parecía tremendamente despejado.

Sin embargo, la mala suerte se cebó con la joven promesa gala, que se rompió la pierna en un partido ante OGZ Niza y se perdió la que quedaba de la temporada 1973-74. En su ausencia, el Nancy descendió a Segunda División y Platini afrontó la siguiente campaña, la 1974-75, ya recuperado de su grave lesión, en la segunda categoría del fútbol francés. Fue entonces cuando emergió todo su talento y contribuyó al ascenso del equipo a la Ligue 1 con 17 goles jugando de centrocampista.

A partir de ese instante, el Nancy consiguió ir haciéndose poco a poco un hueco entre los grandes del fútbol galo temporada tras temporada comandado en la sala de máquinas por un majestuoso Michel Platini que, además, tenía la capacidad de resolver partidos con sus goles. Así fue cómo el Nancy consiguió levantar la primera Copa de Francia de su historia en 1978. Fue frente al Niza y, faltaría más, el tanto de la victoria lo hizo Platini (1-0). El joven ya era una de las estrellas más cotizadas del fútbol francés a sus 23 años recién cumplidos y el seleccionador, Michel Hidalgo, ya le había concedido la batuta de Les Blues.

El AS Nancy de Platini ganó la Copa de Francia en 1978. 

Hidalgo cogió las riendas de la selección del gallo en marzo de 1976, tras la destitución de Stefan Novacks. El exfutbolista pronto vio en Platini las cualidades que necesitaba para edificar el equipo en torno a él y lo “fichó” para la causa. 

El que estaba llamado a ser el nuevo capitán de la Tricolor debutó ante Checoslovaquia en el Parque de los Príncipes el 27 de marzo de 1976. El choque acabó 2 a 2 ante los que, sorprendentemente, se proclamarían campeones de Europa unos meses más tarde gracias al famoso penalti transformado en la tanda por un tal Antonín Panenka.

Ah, sí, claro, Platini marcó en su debut.
Faltaría más.

***

El Mundial de Argentina 78 supone un auténtico reto para Francia, que viene de recorrer una larga travesía por el desierto desde 1966, ausente en las fases finales de la Eurocopa de 1968, del Mundial de México 70, de la Euro de 1972, del Mundial de Alemania 74 y de la Eurocopa de 1976. Doce largos años sin disputar ni una sola fase final. Una auténtica tragedia futbolística.

El seleccionador Michel Hidalgo ha roto el maleficio con una jovencísima selección en la que Michel Platini, que a sus 23 años ya empieza a ser conocido como el Rey, empieza a despuntar. El grupo de Francia es muy complicado y los de Hidalgo acaban pagando su inexperiencia en una competición tan exigente.

Los galos caen ante Italia en su debut (2-1), pese al tanto de Platini, y también ante la anfitriona Argentina (2-1) en un encuentro que los deja matemáticamente sin posibilidades de clasificación para la siguiente fase. El tercer e intrascendente partido ante Hungría lo ganan los de Hidalgo con claridad para marcharse del torneo con un buen sabor de boca. 

Platini y Ardiles en el Francia-Argentina del Mundial 78.

De hecho, ese buen sabor de boca lo ha dejado el Rey, a quien ya pretenden algunos grandes. Inter de Milán y Juventus de Turín en Italia preguntan su precio. Y París Saint-Germain y Saint-Etienne en Francia también suspiran por incorporarlo.

Pero Platini se queda en Nancy la temporada 1978-79 para acabar el año que le queda de contrato. Será la última. Y será un calvario… porque el astro francés se lesiona de gravedad en agosto en un partido ante el Saint-Etienne. Se pierde prácticamente toda la primera vuelta de la competición, pero llega a final de temporada en plena forma, con la lesión olvidada, y se despide del club que le hizo debutar en primera división por la puerta grande. Y es que en el verano de 1979 ficha por el Saint-Étienne, un auténtico coloso del fútbol galo que había ganado cuatro ligas consecutivas entre 1967 y 1970 y tres más en 1974, 1975 y 1976; además de las Copas de Francia de 1968, 1970, 1974, 1975 y 1977.

El nivel de Les Verts era tan alto que llegaron hasta las semifinales de la Copa de Europa en 1975, perdiendo contra el futuro campeón, el Bayern de Múnich, y un año más tarde se plantaron en la final del torneo ante el gigante bávaro. Pero cayeron por un gol a cero en un partido muy disputado que se resolvió con un solitario gol de Franz “Bulle” Roth y en el que Les Verts se estrellaron con los palos hasta en dos ocasiones.

A ese gran equipo, que tras la final perdida en la Copa de Europa ya no había sido capaz de volver a pelear por el título, llegó Platini en el verano de 1979 para intentar reverdecer los recientes laureles. Y también se unió al proyecto el neerlandés Johnny Rep para construir un equipo temible que volvió a ganar la Liga en la campaña 1980-81 y que disputó (y perdió) esa misma temporada la final de la Copa de Francia ante el Bastia (1-2). Les Verts obtuvieron una estrella en su camiseta al ser el primer equipo en conseguir levantar 10 ligas francesas. Sólo el París Saint-Germain luce también una de ésas, y la consiguió en 2022, tras ganar ocho campeonatos desde el 2013 gracias a la inversión catarí.

Michel Platini luciendo la camiseta de Les Verts. Archivo ASSE.

El caso es que nadie lo sabía entonces, pero esa Liga de 1981 iba a ser la última de la historia del magnífico Saint-Étienne. Porque en la temporada 1981-82, el equipo acabó perdiendo el título ante el Mónaco por un solo punto de diferencia y, además, la temporada se cerró en blanco tras volver a caer en la final de la Copa de Francia, esta vez ante el París Saint-Germain en una fatídica tanda de penaltis (6-5) tras un partido impresionante.

Toko había adelantado a los parisinos cuando no se había alcanzado el cuarto de hora de la segunda parte, pero el gran Michel Platini empató el encuentro veinte minutos más tarde sorprendiendo con su temible llegada para mandar la final a la prórroga.

Ahí, en el tiempo extra, el astro galo parecía sentenciar el partido con otro golazo marca de la casa, ganando la espalda de la defensa en el costado izquierdo del ataque y definiendo con calidad y maestría con su pierna derecha. Era la recta final de la primera parte de la prórroga y la Copa ya tenía dueño, pero entonces, en el descuento de la segunda mitad del tiempo extra, apareció precisamente Dominique Rocheteau, exestrella de Les Verts, para coger un rechace en el punto de penalti y empalmarlo al fondo de las mallas para mandar la final a los penaltis. El meta Jean Castaneda no tenía fuerzas ni para levantarse del suelo tras el mazazo, mientras que George Peyroche, el técnico del PSG, se lanzaba al césped para besarlo cuando el colegiado dio por finalizados los 120 minutos.

Desde los once metros nadie falló en los cinco primeros disparos. Tampoco Platini, que se había reservado el último de la tanda para Les Verts. Pero en la muerte súbita falló el central Christian López, mientras que Jean-Marc Pilorget conservaba la calma y marcaba para que el PSG levantara la primera Copa de Francia de su historia. Esa Copa que se le había escapado entre los dedos al Saint-Etienne y a Platini.

Fue el último partido del Rey con Les Verts.
A la vuelta de la esquina, el Mundial de España 82.
Y después, en el horizonte, la Vecchia Signora.

***

Tras el fiasco copero, y antes desembarcar en la Juventus de Turín, el elegante centrocampista francés acudió al Mundial de España 82 para capitanear a la selección del Gallo. Y allí, en el país vecino, dio un recital de cómo dirigir a un equipo de fútbol.

Los franceses se convirtieron en uno de los mejores equipos del torneo y, sin ninguna duda, en uno de los que mejor jugaban al fútbol junto a los brasileños de Telé Santana. Claro, Telé Santana tenía a Sócrates, Zico, Falcao, Toninho Cerezo o Junior, que parecían imbatibles. Pero los franceses no andaban escasos de talento.

Porque Hidalgo había reunido un elenco de futbolistas muy técnicos y de un trato de balón exquisito que los hacía temibles. Jugaban bien al fútbol hasta los defensas. Y en el centro del campo la calidad era superlativa con Platini, Giresse y Tigana, que se asociaban y nutrían de buenos balones a Lacombe o Rocheteau, que jugaban delante.

Once del Gallo en las semifinales del Mundial 82 ante Alemania.

A la Brasil de Tele Santana la envió para casa Italia con de los goles de un inspiradísimo Paolo Rossi (y las paradas de Dino Zoff) en la liguilla de cuartos de final, pero a la Francia de Michel Platini no la pudieron frenar ni Austria (1-0) ni Irlanda del Norte (4-1) en un grupo mucho más sencillo que solventaron con clase y autoridad. Así que, por primera vez desde 1958, Francia se metía en las semifinales de una Copa del Mundo.

Pero ahí esperaba Alemania Federal, que se acabaría convirtiendo en la auténtica bestia negra de la selección del Gallo. Y en un partido memorable que pasará a la historia de los Mundiales, la selección liderada por Platini hacía las maletas tras caer en una cruel tanda de penaltis.

Pese a que Platini hubiera empatado el partido de penalti a los veintiséis minutos.
Pese a que Tresor y Giresse pusieran 3 a 1 a Francia en la primera parte de la prórroga.
Pese a que el alemán Stielike fallara primero en el tercer penalti de la tanda.

Al final, quien se jugaría el Mundial con Italia sería Alemania.

***

Con esa maleta aterrizó en Turín Michel Platini para empezar la temporada 1982-83. La Roma ganó el Scudetto por delante de la Vecchia Signora, pero Platini cayó de pie en el equipo. Completó una temporada extraordinaria y se convirtió en el máximo goleador del torneo con 16 goles para meterse en el bolsillo a todos los aficionados bianconeros. Ganó su primera Copa de Italia ante el Hellas Verona. Y alcanzó su primera final de la Copa de Europa… aunque cayó ante el Hamburgo por un gol a cero, lo que le supuso clavarse una espina que le costó muchísimo sacarse.

La temporada siguiente, la 1983-84, ya ganó su primera Liga Italiana. Y también su primer título europeo: la Recopa de Europa, derrotando al Porto en la final por dos tantos a uno. En apenas dos años ya tenía el zurrón lleno de títulos y se había convertido en el ídolo de todos los juventinos. De los franceses ya lo era… pero, por si acaso, iba a refrendarlo en la Eurocopa de 1984, cuya fase final se disputaría en tierras francesas.

Y allí Michel Platini se convirtió en leyenda.

Platini celebra un gol en la Eurocopa de Francia 84.

El capitán galo marcó el único tanto del partido en el debut ante Dinamarca (1-0). Anotó tres más en la paliza que le dieron a los belgas (5-0) y cerró la fase de grupos marcando los tres con los que Francia doblegó a Yugoslavia (3-2). Siete goles en tres partidos que metían a Francia en las semifinales del torneo, donde se vería las caras con Portugal.

Y las semifinales volvieron a ser otro partidazo memorable que, esta vez, cayó del lado francés con Platini como héroe. El partido acabó con empate a uno después de que Rui Jordao igualara con un soberbio testarazo en la segunda mitad el tanto que había conseguido Domergue de libre directo para los franceses en la primera. 

Y en la prórroga se desató la tormenta en el Velodrome de Marsella. Ambos conjuntos apostaron sin reservas por no llegar de ninguna manera a la tanda de penaltis. Pero fueron los portugueses, más sueltos y sin nada que perder, los que sorprendieron a los anfitriones en la recta final de la primera parte de la prórroga. Chalana volvió a penetrar por el costado derecho del ataque portugués y metió un centro pasado al segundo palo que Rui Jordao empalmó de primeras. El balón botó en el suelo y se elevó antes de besar las mallas de la portería defendida por un sorprendido Joel Batts. El estadio enmudeció. Y sólo volvió a gritar tras una gran parada de Batts que hubiera supuesto el 1 a 3 justo cuando ambas selecciones iban a intercambiar los campos para afrontar la segunda parte de la prórroga.

Porque tras esa parada salvadora, Francia se encomendó a la calidad de su genio y se volcó en pos de un empate que no llegaba. Hasta que Domergue, a falta de seis minutos para el final, resolvió una jugada llena de carambolas dentro del área lusa para devolver la ilusión a toda Francia. Y cuando en el horizonte se atisbaban ya los penaltis, Tigana se inventó una espectacular jugada personal llena de quiebros y regate que acabó remachando Michel Platini con una tranquilidad pasmosa para hacer el 3 a 2 a dos minutos del final de la prórroga y meterse en la final de "su" torneo.

El Rey había salvado a Francia. Y, de paso, había marcado su octavo gol en cuatro partidos. Pero aún le quedaba marcar uno. Quizá el más feo. Porque al guardameta español Arconada se le escurrió por debajo del sobaco el lanzamiento de Platini en el momento más inoportuno. En la final de una Eurocopa. No fue el más bello, desde luego, pero ese gol de Platini (y la rúbrica de Bellone con el tiempo ya cumplido) le dio a Francia su primer título internacional. 

Platini levanta la primera Eurocopa para Francia en 1984.
Foto: Alessandro Sabatini / Getty Images.

Y a Michel Platini, nueve goles en cinco partidos, el cetro del fútbol mundial.

***

Esos años fueron, sin duda, los mejores del astro francés, que coincidieron con su paso por la Juventus de Turín. Platini, jugando de centrocampista, fue el máximo goleador de la Serie A en 1983, 1984 y 1985 portando orgulloso el brazalete de capitán de la Vecchia Signora. Había ganado dos ligas italianas, dos Copas de Italia, una Recopa, una Supercopa de Eurocopa y la tan ansiada Copa de Europa, aunque fuera en uno de los días más negros de la historia del fútbol, en la Tragedia de Heysel.

También ganó los Balones de Oro de esos mismos años: 1983, 1984 y 1985. Así, seguiditos. Uno detrás de otro. Un hito que sólo superaría después un tal Leo Messi, que ganó cuatro de forma consecutiva (y otros cuatro más para sumar un total de ocho).

Aunque, como casi todo, el dato esconde una pequeña trampa. En aquellos tiempos no podía ganar el Balón de Oro ningún jugador que no fuera europeo. Eso excluía a Maradona de la terna, por ejemplo, que no ganó ninguno. A partir de 1995, la revista France Football cambió la norma: podía ganar el Balón de Oro cualquier futbolista de cualquier nacionalidad siempre y cuando jugara en una liga europea.

Con o sin Balón de Oro de por medio, precisamente la rivalidad entre Michel Platini y Diego Armando Maradona se convirtió en el símbolo de una época y, a la larga, propició el retiro anticipado del astro francés, la abdicación del Rey antes de tiempo.

Platini se había convertido en el líder indiscutible de la Juventus de Turín, la más poderosa entre los poderosos del Norte. Maradona llegó a Nápoles en el verano de 1984 para devolverle la sonrisa y meter al Sur en el mapa del Calcio en pleno dominio del astro galo y de su equipo.

El Rey era un elegante francés, silencioso y comedido dentro y fuera del campo. El Pelusa era la improvisación, la sorpresa, la genialidad, pero también el bullicio, la locura, la bronca, la sangre caliente… temperamental dentro y fuera del campo. Con razón o sin ella.

Michel se movía como pez en el agua entre las altas instancias, entre los pasillos y despachos de los altos cargos de la FIFA y de la UEFA. Con elegancia. Con prestancia, Con brillantez. Pisando fuerte la moqueta. Diego los tenía a todos entre ceja y ceja. Y viceversa.

Platini simbolizaba al noble poderoso y Maradona al malcarado contestatario.

Y, poco a poco, tras años de dominio del Rey, Maradona se fue abriendo paso. De hecho, la temporada 1985-86, la Juventus ganó el Scudetto, pero tuvo que lucharlo más de la cuenta ante la Roma y el Nápoles, que acabaron segundo y tercero. En la Copa de Italia, los juventinos se despidieron en los octavos de final ante el modesto Como. Y en la Copa de Europa dijeron adiós ante el FC Barcelona en los cuartos de final. 

El viento parecía estar cambiando de dirección...

Platini y Maradona en un Juve-Nápoles de 1986.

Y aún quedaba el colofón a la temporada, el Mundial de México 86, donde esa rivalidad entre Platini y Maradona, entre el Norte y el Sur de Italia, trascendió todas las fronteras. Curiosamente, los reyes de Italia no se encontraron sobre el terreno de juego en todo el torneo, aunque cada uno condujo a su selección hasta donde buenamente pudo.

Michel Platini no brilló tanto individualmente como en el Mundial de España, pero llevó a Francia al mismo escalafón: las infranqueables semifinales. Y dejó por el camino a Brasil en los cuartos de final (vencieron los galos en la tanda de penaltis tras empatar a uno el tiempo reglamentario y la prórroga).

Pero volvió a atragantársele de nuevo Alemania, una auténtica bestia negra con la que los franceses (y también Platini) tenían auténticas pesadillas. Esta vez fue todo bastante menos épico y mucho más prosaico que en el Mundial 82. Brehme adelantó a los germanos muy pronto y a los galos se les hizo bola el partido. Hasta que en el último minuto Völler dio la puntilla al once del Gallo. Y Platini se quedó sin su sueño de ganar un Mundial.

A Maradona, en cambio, en 1986 nadie pudo frenarlo en tierras aztecas. Tampoco Alemania. Como antes no pudieron los sorprendentes belgas. Ni sus archienemigos ingleses. Ni sus máximos rivales uruguayos. Ni sus enemigos internos. Ni siquiera él mismo. Nadie, absolutamente nadie, pudo frenarlo. Ni a él ni a las cábalas de Bilardo.

Así que Platini cayó ante Maradona sin siquiera enfrentarse a él. Sólo por comparación.

Cayó el Norte frente al Sur.

Y volvió a caer de nuevo a su regreso a Europa, cuando el Nápoles del Pelusa consiguió por fin darle la vuelta al mapa de Italia y ganar su primer Scudetto en la temporada 1986-87. La Juve de Platini fue segunda, tras caer en Delle Alpi y también en el estadio San Paolo ante los napolitanos capitaneados por Maradona. La Copa de Italia también se la llevó el equipo del genio de la albiceleste, que ese año no dejó ni las migajas.

A la postre, eso acabó por darle la puntilla a un Rey que decidió abdicar.

***

Y es que al finalizar la temporada 1986-87 el astro francés se retiraba del fútbol “porque se aburría y se había cansado de jugar”. La foto de su partido de homenaje entre Francia y la selección del resto del mundo lo dice absolutamente todo. Incluido el mensaje de sus camisetas. Impagable.

Partido homenaje a Michel Platini (23 de mayo de 1988).

El Rey abdicó con 32 años recién cumplidos, cuando lo había ganado prácticamente todo. Una Copa de Francia con el Nancy, una Liga francesa con el Saint-Etienne y, con la Juventus de Turín, el súmmum: una Copa de Italia, dos Scudettos, una Recopa, una Supercopa de Europa, una Copa de Europa y una Copa Intercontinental. Además, había conseguido el primer título de la historia de la selección de Francia siendo el mejor jugador y el máximo goleador con 9 goles: la Eurocopa de 1984.

Pero la espina del Mundial no se la pudo quitar nunca.

Dos semifinales en tres participaciones son un hito extraordinario, sobre todo jugando en una selección que sólo había superado la primera fase una sola vez en toda la historia de los Mundiales. Pero el mejor centrocampista de la época quería más. Aspiraba a mucho más. Y estaba seguro de poder conseguir aún muchísimo más.

No lo consiguió, pero lo que sí hizo fue sentar las bases de todo lo que conseguiría después Francia. La Francia de Aimé Jacquet. La Francia multicultural de 1998 con Zidane a la cabeza, el jugador que le disputa a Platini el cetro de mejor futbolista francés de la historia. El futbolista que de mayor quería ser como Platini y que consiguió para Francia lo que Michel no pudo alcanzar: la Copa del Mundo.
Y otra Eurocopa.
Y otra final de un Mundial.
Muchos éxitos para poner en la balanza. Quizá demasiados.

El caso es que, pese a no ser nunca campeón del mundo, Platini puso la primera piedra de las dos estrellas que los galos lucen en su camiseta. Porque hubo una Francia “Preplatini” y otra “Postplatini”. La “Preplatini” no estaba entre las grandes del futbol mundial y tampoco se la esperaba. La “Postplatini” siempre tenía un sitio y un cubierto reservado en el banquete de las campeonas.

Sin la calidad, la clase, el orgullo, la confianza, la autoestima y la cultura del triunfo que Michel Platini le imprimió a la selección francesa nada de lo que vendría después hubiera sido posible. Porque el Rey hizo subir a Les Bleus los dos escalones que le faltaban para convertirse en aspirante a todo torneo tras torneo. 

Y de ese escalón se han bajado muy puntualmente. Sólo para coger impulso y volver a instalarse entre las grandes. Dos estrellas de campeón del mundo, en Francia 1998 y en Rusia 2018, y dos subcampeonatos más, en Alemania 2006 y Catar 2022, lo confirman. Y otra Eurocopa, la de Bélgica y Países Bajos 2000, para una selección que ni siquiera se había acercado a ganar nada hasta su llegada.

De hecho, en 1998, y formando parte de los actos que se enmarcaban en el Mundial de Francia, una selección de 250 expertos (periodistas de fútbol internacionales y técnicos de la Commebol y la UEFA) elaboraron un once ideal del siglo XX.

Escogieron a Yashine en la portería y conformaron una línea de cuatro defensas con Carlos Alberto (capitán de Brasil en México 70), Beckenbauer, Bobby Moore y Nilton Santos (bicampeón con Brasil en 1958 y 1962). Arriba pusieron un tridente formado por Garrincha, Pelé y Maradona. Y los tres centrocampistas que completarían el once ideal del siglo XX serían Di Stéfano, Johan Cruyff y… Michel Platini.

Platini en los cuartos de final del Mundial de México 86.

Quizá no hubiera sido posible la aparición de un Zidane y de un Henry primero y de un Griezmann y un Mbappé después sin él.

Sea como sea, ahí queda eso, debe pensar Platini.

De lo otro…
Sí, de eso otro…

De los agujeros negros en su presidencia de la UEFA. De su oscura y sórdida relación con el presidente de la FIFA. De la corrupción, de las trampas y del escarnio. De las comisiones ocultas. De las miserias de las altas esferas del fútbol mundial.

De todo eso otro… de momento, aún no hablamos.
Pero ya hablaremos… Por supuesto que hablaremos.

miércoles, 5 de julio de 2023

Roberto Cejas, el desconocido que levantó a Maradona al cielo del estadio Azteca

"Maradona dijo que sólo él sabe lo que pesaba la Copa del Mundo. 
Pero sólo yo sé lo que pesaba Maradona con la Copa del Mundo”.
Roberto Cejas, hincha argentino

El 25 de junio de 1986, el estadio Azteca de México DF se vistió de gala para acoger una de las semifinales de uno de los Mundiales más espectaculares de la historia. En escena aparecieron dos selecciones fantásticas, muy distintas en su concepción del fútbol y en el papel que asumían en el campeonato, pero ambas con unas ansias enormes por jugar la final del Mundial de 1986: Argentina y Bélgica.

Aquel ya lejano 25 de junio del 86, a la misma hora, en Santa Fe, Argentina, un hombre se arma de valor y hace una promesa a sus compañeros de trabajo. “Si Argentina elimina a Bélgica, me voy para DF a ver la final”. Se llama Roberto Cejas, tiene 29 años, luce un espectacular bigote negro, como el pelo, es fuerte y grande -¡mide metro noventa!- y tiene la cara morena, curtida por el sol.

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En el estadio Azteca, en las semifinales del Mundial, los belgas aguantan bien la primera parte, el tiempo que le cuesta a Maradona calentar definitivamente motores. Cuando el Barrilete Cósmico tira de repertorio, no sólo anota los dos goles de su equipo, sino que asiste a sus compañeros para finiquitar el encuentro, pero particularmente Valdano no está acertado de cara a puerta y son los tantos del astro los que meten a la albiceleste en la final de la Copa del Mundo (2-0).

Diego Armando Maradona dio una exhibición ante Bélgica.

El mítico guardameta belga Jean Marie Pfaff está soberbio durante todo el partido, pero no puede hacer nada cuando el Pelusa se cruza buscando un pase de Burruchaga dentro del área y mete la punta de la bota para levantarle la pelota por encima y hacer el primer tanto. Y puede hacer todavía menos cuando el Diez le encara tras sortear a un montón de defensas y la manda a guardar en el segundo y definitivo tanto que mete a la albiceleste en la gran final.

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En Santa Fe, Cejas y sus amigos celebran la victoria con vítores, saltos, abrazos y tragos, hasta que alguien se acuerda de la promesa que había hecho a sus compañeros de trabajo. “¡Un trago por Roberto, que se va para México!”. ¡Di que sí!

Porque Roberto Cejas, envalentonado por la euforia, por la adrenalina y por la celebración, asegura que sí, que por supuesto que se va, que una promesa es una promesa. Levanta el teléfono y llama a un amigo que vive en la capital mexicana. El colega le anima: “Vente que conozco a una vecina que tiene una entrada para la final y la quiere vender”.

Dicho y hecho. Roberto se embarca en un viaje imprevisible a falta de cuatro días para la final del Mundial. ¡Qué carajo! Que esto no se ve todos los días. Y allá que va Cejas, camino de la gloria con una mochila pequeña, un poco de plata y sin entrada. Faltaría más. Que una aventura es una aventura.

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El sábado 28 de junio de 1986, mientras los jugadores de la albiceleste velan armas antes del gran partido que les enfrentará a Alemania al mediodía del día siguiente, Roberto Cejas llega a México DF con su mochila, un poco de plata y sin entrada. Quedan menos de 24 horas para la final del Mundial y a Roberto no le esperan buenas noticias. La vecina de su amigo ya ha vendido la entrada que tenía y el aventurero empieza a pensar que se ha embarcado en un viaje sin sentido. Sin embargo, no piensa rendirse. Así que contacta con un grupo de seis amigos que están en México desde el principio del torneo y que no se han perdido un solo partido del seleccionado. Mientras hay vida hay esperanza.

Roberto queda con sus amigos el sábado por la noche y lo organizan todo para el día siguiente. Son siete en total y tienen cinco entradas en la parte alta del estadio, pero, como en todos los partidos que ha jugado Argentina hasta ahora, una vez dentro les dan un poco de plata a los aficionados mexicanos y éstos les dejan bajar para acercarse al césped. Así que el plan será el mismo para la gran final. Confiar en los mexicanos.

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Mientras el autobús que conducía a los pupilos de Bilardo hacia el Azteca salía del predio del América, donde estaban concentrados, Cejas y sus amigos ya estaban fuera del estadio intentando entrar. Llegaron a la puerta correspondiente y le dieron al portero mexicano cinco entradas y unos dólares debajo. Pasaron los siete. Sin problemas.

Una vez dentro del estadio, donde la FIFA asegura que había 114.600 espectadores, aunque queda meridianamente claro que al menos había dos más, Roberto y sus amigos descendieron por las gradas hasta colocarse en la parte de abajo, en primera fila, junto al foso, justo detrás de la portería que defendía el meta alemán Harald Schumacher en el primer tiempo.

Desde allí vivieron con pasión, nervios y emoción un partidazo que parecía encarrilado con los tantos del Tata Brown y Valdano y que empataron Rummenigge y Rudi Völler en un pestañeo a la salida de dos córners mal defendidos por los hombres de Bilardo. 

Völler hace el dos a dos que empata la final. 

Cuando Maradona sacó la varita para asistir a Burruchaga y el Burru se metió una de las carreras más memorables de la historia de la Copa del Mundo con el balón pegado al pie y definió con una tranquilidad pasmosa ante Schumacher, Roberto y sus amigos, desde la otra portería, ya no pararon de saltar, ni de gritar, ni de abrazarse en los seis minutos (más el descuento) que quedaban de partido.

Cuando Romualdo Arppi Filho levantó las manos al cielo de DF y pitó el final del encuentro, la alegría desbordante se había convertido en llanto de ilusión. Los futbolistas argentinos se abrazaban sobre el césped, saltaban y festejaban mientras los aficionados se fundían en abrazos eternos en las gradas. Se preparó rápidamente un cordón entre el público para que los nuevos campeones del mundo subieran al palco a recoger la Copa del Mundo. Maradona la alzó emocionado y la fue pasando al resto de compañeros en el mismo palco y, poco a poco, fueron bajando todos de nuevo al césped con la Copa.

Lo mejor estaba por llegar.

***

Cuando los jugadores argentinos regresaron al césped con la Copa para dar la vuelta olímpica, un buen puñado de aficionados ya se había colado en el terreno de juego. Entre ellos, Roberto Cejas, que se había parapetado tras el córner, había sorteado el foso y la alambrada, había amagado y fintado a los dos guardias que pretendían cerrarle el paso sin demasiado entusiasmo y se había puesto a trotar sobre la hierba como un poseso.

De repente, unos pocos futbolistas se ponen a dar la vuelta olímpica y los aficionados presentes en el terreno de juego empiezan a acercarse a ellos (y los fotógrafos, reporteros y más personal autorizado, también). Cejas se va aproximando al área chica, camina como sonámbulo, y entonces ve cómo un aficionado levanta a Pasculli en hombros a su derecha. Justo entonces, el tipo que Cejas tiene delante se frena y se da la vuelta. Cae en la cuenta Cejas en ese instante que lleva el 10 de Argentina a la espalda, la cinta de capitán en su brazo izquierdo y la Copa del Mundo en las manos. Es Maradona, que le mira fijamente, como midiendo si su aspecto, su envergadura y su metro noventa de estatura le dan para levantarlo. Cejas no necesita nada más. Se agacha y lo alza al cielo del Azteca.

¡Zas! Y ahí lo tenemos. Dando la vuelta olímpica cargando al ídolo y a la Copa del Mundo. Trotando por el estadio al ritmo que le marca Maradona. Recibiendo en sus ojos los flashes de las cámaras de todos los fotógrafos que se agolpan en el césped para inmortalizar el momento. El hincha que salió de Santa Fe sin entrada apenas un día antes abrirá en unas horas las portadas de todos los diarios del mundo.

Roberto Cejas alza en hombros a Maradona en el Azteca.

Cuando Diego Armando Maradona le hizo un gesto para bajarse y se marchó hacia el vestuario, a Roberto Cejas apenas le dio tiempo a pedirle los botines. El Pelusa le dijo que eran para su vieja y que no se los podía dar y salió hacia el vestuario. Roberto se quedó en el campo, poco a poco vaciándose y silenciándose, y aún no era consciente de lo que acababa de vivir. Lo supo más tarde, cuando vio cómo su rostro aparecía en los periódicos de todo el mundo cargando con el astro. Y ya no lo olvidaría nunca.

***

Porque cuando Roberto decidió viajar a México aprovechó para coger dos semanas de vacaciones y, ya que tenía que pagar un pasaje que era caro, se quedaría en tierras aztecas dos semanas más. En esa quincena recibió llamadas de su familia, de sus vecinos, de sus amigos y de sus compañeros de trabajo para confirmar lo obvio: que ése que llevaba a Maradona en hombros dando la vuelta olímpica era él.

Incluso una vecina, cuando acabó el partido y vio la vuelta olímpica en televisión, se personó en casa de sus vecinos y llamó a la puerta.

—¿Está Roberto aquí?—. Preguntó nada más le abrieron.
—No—. Les respondieron los familiares de Roberto desde dentro.
—¡Ah! Entonces es él ése que sale por la tele llevando a Maradona en hombros. Si ya lo decía yo y mi marido no se lo creía—. Con un puntito de orgullo que lo dijo antes de cerrar la puerta y volver a su casa para confirmar la noticia.

De hecho, quince días después de acabado el Mundial y con Roberto recién aterrizado en casa, la revista El Gráfico sacó una edición especial con las 100 mejores fotos del Mundial de México 86. Roberto paseaba por la calle y cuando vio el especial de la revista en un kiosco no pudo evitar cogerlo y empezar a hojearlo. El kiosquero, que lo ve, le reclama.

—Oiga, para ver las fotos tiene que comprar la revista—. Con un puntito de mala baba, que se lo dijo.
—Si salgo en la revista, se la compro—. Le responde rápidamente Roberto.
—¡Si sale en la revista, se la regalo!—. Más raudo aún el quiosquero.

Entonces Roberto abre la revista y le enseña una foto a doble página. La de Maradona en sus hombros con la Copa del Mundo. El kiosquero le regaló la revista, claro. Aunque a cambio lo tuvo una hora larga explicándole cómo había sido posible todo aquello.

La vida... que siempre te da sorpresas.


***

36 años y medio más tarde. Principios de diciembre de 2022.

Tras una fase de grupos complicada y comprometida por la inesperada y sorprendente derrota en el partido inaugural ante Arabia Saudí, la Argentina de Messi y Scaloni ha ido superando rondas en la Copa del Mundo. Se ha deshecho con más problemas de los previstos de Australia en octavos de final y de Países Bajos en los cuartos de final tras una tanda de penaltis taquicárdica que la albiceleste debería haber evitado. En las semifinales espera Croacia. Y a lo lejos, si se supera el escollo, previsiblemente Francia, que se juega su presencia en la final ante Marruecos, la gran revelación del torneo.

Roberto Cejas, que ha visto todos los partidos en su casa, por televisión, recibe una llamada telefónica. Contesta. Es extraño. Le llaman de Madrid. Un empresario argentino que regenta una exclusiva sastrería en la capital de España. Tras una hora y media de conversación fluida y empática, Cejas sentencia antes de colgar, como 36 años antes: “Consíganme las entradas. Si levanto al Enano puedo morir tranquilo”.

Y es que las cábalas son muy argentinas (tanto como las mañas). Y alguien cayó en la cuenta de que Roberto Cejas, el hincha que cargó a Maradona con la Copa del Mundo en el Azteca, no fue a la final del Mundial de Italia 90 ni tampoco a la del Mundial de Brasil 2014. Las dos finales las perdió la albiceleste. Así que Martín Gimeno, un empresario argentino afincado en Madrid que tenía 11 años cuando Maradona alzó la Copa del Mundo en México 86, decidió que si Argentina llegaba a la final del Mundial de Catar había que llevar a Roberto Cejas a Lusail.

Así que tras la victoria de Argentina ante Croacia en semifinales, Gimeno contactó con el diario Relevo y expuso su plan: el diario conseguía unos billetes de avión de Buenos Aires a Madrid y de Madrid a Catar para Roberto Cejas y él obtendría la entrada para el icónico aficionado. Como 36 años atrás, el hincha de Santa Fe partía de nuevo con lo puesto en busca de la gloria.

Y sí. Efectivamente. Roberto Cejas se sentó en las gradas del estadio de Lusail, esta vez con entrada y sin colarse, y Argentina volvió a levantar la Copa del Mundo 36 años después, aunque esta vez el aventurero, a sus 65 años, con bastante menos pelo y sin bigote, no pudo colarse en el terreno de juego para levantar a Leo Messi al cielo catarí. 

Agüero hizo de Cejas en Catar.

A Messi lo alzó su amigo y compañero Sergio Agüero, al que el corazón le jugó una mala pasada y no pudo disfrutar del momento vestido de corto. No creo que a Roberto Cejas le importara, porque le bastaba con ver levantar a Messi la tercera Copa del Mundo de la historia de Argentina.

Y porque no se puede tener todo… aunque, visto lo visto, parece más que suficiente.