"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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jueves, 12 de septiembre de 2024

Alejandro Sabella, el seleccionador comprometido que formaba personas y futbolistas

“Me gusta que mis jugadores miren fútbol, 
que tengan tiempo libre para distenderse, 
pero también que sepan quien fue Sandino, Perón o Mao, 
eso los va a hacer mejores personas, 
los va a hacer más íntegros”.
Alejandro Sabella

Alejandro Sabella, “Pachorra”, el Maestro de Tolosa, dirigió a la albiceleste en el Mundial de Brasil de 2014, donde sus muchachos alcanzaron la final y se quedaron a tres minutos de jugarse la Copa del Mundo en la tanda de penaltis ante Alemania. Fue el primer asalto serio de un tal Leo Messi al Mundial. El primer asalto serio también de Argentina, tras la final perdida en Italia 90 veinticuatro años antes. Y no lo consiguieron por muy poco, por apenas cuatro minutos, en casa de su eterno enemigo brasileño.

Sin embargo, Alejandro Sabella pasará a la historia por mucho más que por ese sufrido subcampeonato que los futboleros acérrimos siempre suelen decir que no vale para nada. Lo decía el entrenador español Luis Aragonés. Y lo decía también el argentino Carlos Bilardo, otro ilustre “pincharrata” enamorado primero del fútbol del Sabella futbolista y después de su manera de entenderlo desde el banco.

Sabella y Bilardo en los años 80 en Estudiantes. Archivo El Gráfico.

Así que puede que no. Puede que “Pachorra” no pase a la historia por ser subcampeón del Mundo en Brasil 2014. Puede incluso que no lo haga tampoco por ser uno de los ayudantes de Daniel Passarella en el Mundial de Francia 98

E incluso que la gente se olvide de su pasado como jugador, un centrocampista elegante que empezó a despuntar en River, que se marchó a Inglaterra para pasarse cuatro años jugando en el Sheffield y el Leeds y donde comprendió que ese fútbol no era el suyo y que regresó a Argentina para ser un estandarte del gran Estudiantes de la Plata que conquistó dos campeonatos en los 80 y redondearlo llevando al Pincha a levantar la Copa Libertadores en 2009 ya como entrenador. 

Y quedarse también a un puñado de minutos de jugarse el título de Campeón del Mundo de Clubes con el grandioso Barcelona de Guardiola en los penaltis. Como también le pasaría en la final del Mundial de Brasil ante Alemania.


Sabella entrenando a Estudiantes en 2009.

Puede que Sabella no pase a la historia por nada de eso. 

Pero sí podría hacerlo por haber enseñado, educado y humanizado a todos y cada uno de los futbolistas a los que dirigió. Por enseñarles (y demostrarles) que hay cosas importantes que deberíamos saber, conocer y respetar más allá de la pelota, de la victoria y de la derrota. Al menos a los que se dejaron, vaya.

***

Era “Pachorra” un tipo que decía siempre que no existe docencia sin decencia. Y también que nunca había que olvidarse de dos conceptos básicos: “Por favor y muchas gracias”. Era un apasionado de la pedagogía, de la cultura y del conocimiento. Pero siempre desde el ejemplo. Y en el Mundial de Brasil de 2014 lo demostró sobradamente.

Como cuando un jugador suyo, en un entrenamiento, y entre risas con sus compañeros, quiso saber si alguien conocía la forma de jugar de sus próximos rivales, la selección de Irán. Aunque no lo preguntó de una manera especialmente elegante.

—“¿Alguien sabe cómo juegan estos terroristas?”—, espetó el jugador refiriéndose a la selección de Irán, que estaba encuadrada en el grupo de Argentina y a la que se enfrentarían en el segundo partido del Mundial.

Sabella, que lo oyó, paró el entrenamiento y reunió a todos sus futbolistas en el centro de la cancha. Ni corto ni perezoso, el técnico se sentó sobre la pelota, los hizo sentarse a todos en círculo sobre el césped y comenzó la interminable charla. Si alguien se esperaba que el míster hablara de las tácticas, las virtudes y los defectos futbolísticos de la selección iraní, se equivocaba de largo.

El Maestro Sabella habló y habló y habló sobre la historia del pueblo de Irán, desde la Antigua Persia hasta la situación política, social y cultural de aquel momento. Los jugadores lo escucharon atentos, como casi siempre, y se empaparon de sus palabras.

Unos cuantos días más tarde, Leo Messi y Javad Neukoman, capitanes de Argentina y de Irán, intercambiaban los banderines en el acto protocolario previo al trascendental partido de la fase de grupos del Mundial de Brasil. 

Entonces Messi se dirigió a Neukoman y le preguntó cómo iban las cosas por su país. El iraní no daba crédito a lo que oía y suponemos que salió como puedo del atolladero respondiéndole que bien. Como solemos hacer todos, vaya. Después, en el campo, Messi ya no tuvo amigos e hizo el tanto de la victoria albiceleste.

Saludo entre los capitanes de Argentina e Irán en el Mundial de Brasil 2014.

El caso es que Sabella ya había hecho algo parecido un poco antes. Sin ir más lejos, justo antes de que Argentina debutara en ese mismo Mundial. Se enfrentaban a Bosnia, un país que debutaba en la Copa del Mundo. Y el Maestro quiso que sus pupilos conocieran la realidad del país de sus contrincantes, que había vivido una guerra demoledora en la década de los noventa que se había cobrado un montón de vidas y que habría resquebrajado los cimientos de unos cuantos pueblos. Sus jugadores, como casi siempre, lo escucharon embelesados.

Los argentinos vencieron a los bosnios en el debut (2-1), pero lo interesante vendría después, en la rueda de prensa posterior, cuando Ángel Di María intentaba responder las preguntas de unos periodistas que no estaban muy contentos con el juego de la Albiceleste pese a la victoria. El Fideo, sin embargo, encontró un hueco entre tanta crítica para lanzar un mensaje que sorprendió a todos los periodistas presentes: “Hoy hemos jugado contra Bosnia. Y no olvidemos que muchos de estos futbolistas fueron los bebés de la guerra; sus cunas fueron las ruinas de un territorio que estallaba”. Se hizo el silencio en la sala de prensa.

Y la pelota, botando…

Pero, claro, no todos estaban de acuerdo con las arengas de “Pachorra”. El representante que la Asociación de Fútbol Argentina (AFA) envió al Mundial de Brasil se subía por las paredes cada vez que veía al técnico reunía a sus futbolistas en un círculo. Decía que Sabella les fundía el cerebro a los futbolistas con sus charlas político-sociales y que luego no rendían en la cancha.

Así lo expresaba el alto dirigente de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) que había enviado Julio Grondona a Brasil:

“Alejandro se equivoca fiero. Sobrecargó de información a los futbolistas. No sólo les dijo que los iraníes nos iban a esperar atrás e iban a dejar pocos espacios, les metió cartuchos sobre lo que significó el Imperio Persa, después colgó con la revolución islámica del 79 y terminó hablando de la importancia geopolítica actual de Irán... Para mí que les quemó el coco y los terminó paralizando. Se las bajó. Imagínate que Messi antes del partido se reía y preguntaba quién conoce a estos terroristas y, minutos antes de salir a la cancha, humanizó tanto a los rivales que entró angustiado… hasta le preguntó al capitán de ellos en el sorteo cómo era vivir en una zona tan conflictiva e inestable. Antes ni los podía ubicar en el mapa”.

Pues eso. Que Messi no sabía nada de Irán antes del partido y después estaba mucho más informado sobre la realidad de un pueblo histórico. ¿Bueno o malo? Juzguen ustedes.

Alejandro Sabella en una rueda de prensa en 2012.

Porque Sabella siguió a lo suyo. Preparando las jugadas de estrategia y aclarando otras dudas alejadas de la pelota. Achicando espacios en el césped y aclarando algún que otro concepto filosófico o histórico fuera de él.

Como cuando justo antes de disputar el encuentro de cuartos de final ante Bélgica, unos cuartos de final que la albiceleste no superaba desde 1990, les espetó a los futbolistas a modo de soflama: “Ha llegado el momento de cruzar el Rubicón”. Ahí se quedaron todos mudos. Hasta que a Ezequiel Lavezzi le pudo la curiosidad y se desmarcó diciendo que no había entendido nada, aunque seguro que podía haberlo dicho alguno más. 

Y Sabella, concienzudo como pocos, explicó a todos sus futbolistas cómo Julio César decidió cruzar el Rubicón para conquistar Roma desde la Galia. Y cómo, al cruzar, pronunció aquella célebre frase, “Alea Jacta Est”.

Vamos, que la suerte está echada.

Porque el saber no ocupa lugar.

Y hablar bien no cuesta una p*** mierda.

***

El caso es que la culminación del discurso de Sabella y de su manera de entender el fútbol y la vida llegó cuando esa selección argentina se negó a jugar un partido amistoso contra Israel en Jerusalén a las puertas del Mundial de Rusia 2018. El encuentro se enmarcaba dentro de los actos del celebración de los 70 años de la fundación del estado de Israel. Además, EEUU acababa de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y Donald Trump, entonces presidente, había anunciado que abriría una embajada estadounidense en unas semanas.

En este contexto, los jugadores de la albiceleste se ejercitaban en Barcelona a la espera de viajar a Israel cuando se presentaron una treintena de manifestantes propalestinos para protestar por el partido. Los futbolistas escucharon las quejas de los que allí se congregaron y entre todos decidieron que no iban a jugar en Jerusalén.

Casi seguro que los futbolistas tendrían muchas razones para decidir no jugar el encuentro como la seguridad o el mero hecho de no cascarse otro largo viaje en plena preparación mundialista, pero casi seguro también que Sabella, que ya había sido sustituido por Jorge Sampaoli al frente de la selección, sonreía por dentro al ver que sus muchachos puede que fueran algo más que futbolistas. Al comprobar que sus esfuerzos por formar, educar y hacer mejores personas a chavales que sólo sabían y querían jugar a la pelota había dado algún fruto.

***

Alejandro Sabella falleció el 8 de diciembre de 2020 a los 66 años, apenas dos semanas después que lo hiciera Diego Armando Maradona, a causa de una cardiopatía. Se había pasado el Maestro luchando por su salud prácticamente desde la conclusión del Mundial de Brasil y, al final, su corazón dijo basta.

El velatorio se realizó en Ezeiza, el predio de la selección argentina, por donde pasaron muchísimos de sus jugadores, compañeros, amigos y familiares con los ojos arrasados de lágrimas y el corazón lleno de recuerdos para darle el último adiós.

En una de las paredes de la sala colgaba una fotografía de “Pachorra” acompañada de uno de sus mensajes a todos los jóvenes futbolistas (o no): “Rebélense, luchen, busquen sus sueños... más nosotros y menos yo, más grupo y menos individuos, más dar y menos recibir”.

Pues eso.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Christoph Kramer, el campeón del mundo que no recuerda haberlo sido

Es muy difícil ser futbolista profesional. Es complicadísimo destacar tanto en tu club como para recibir la llamada del seleccionador nacional. Y más si esa selección es siempre una de las mejores del mundo y compite por ganar todos los títulos en cada edición.

Es extremadamente difícil jugar un Mundial. Sólo lo hacen unos privilegiados. Y aún lo es más ser titular en la final de una Copa del Mundo. Sólo 22 futbolistas de todo el planeta tienen esa posibilidad cada cuatro años. De hecho, entre 1930 y 2018 se han disputado 21 Mundiales en 88 años. En ese periodo de tiempo que abarca casi un siglo, 422 jugadores han tenido el honor y la responsabilidad de disputar como titulares la final de una Copa del Mundo (40 de ellos han tenido la suerte de jugar dos finales). De entre ellos, apenas dos centenares han acabado levantando el trofeo.

Todos esos futbolistas fueron poco a poco desgranando el camino que les llevó a jugar y ganar el partido más importante de sus vidas: consiguieron alcanzar su sueño de niños de ser futbolistas profesionales; debutaron en la máxima categoría y rindieron a un nivel altísimo en sus equipos hasta que vistieron la camiseta de su selección; entraron en la lista de convocados para disputar un Mundial; llegaron a la final del torneo, fueron titulares en ese gran partido y acabaron levantando la Copa del Mundo.

Pues entre esos escasos elegidos para la gloria hay uno, solamente uno, que recorrió todos esos peldaños hasta cumplir el sueño de su vida, el de ser titular y ganar la final de una Copa del Mundo, pero… ¡¡¡No se acuerda de nada de lo que pasó aquel día!!!

Cristhoper Kramer con su medalla y la Copa del Mundo.

Christoph Kramer es ese único futbolista que no recuerda cómo fue campeón del mundo con Alemania en el Mundial de Brasil 2014. Todo pasó muy rápido. Lo arrolló el defensa argentino Ezequiel Garay al cuarto de hora de partido. El choque, el desplome, la salida del cuerpo médico de la selección germana al terreno de juego, la asistencia tocándole la sien con sus dedos mágicos para determinar que podía seguir en el partido. 

Y Kramer, que no recuerda nada de lo que pasó antes, durante ni después, se levantó y siguió jugando como si nada. Catorce minutos se pasó el joven alemán deambulando por el campo con una conmoción cerebral y un episodio de locura transitoria hasta que, a fuerza de decir incongruencias a todo aquel que se encontraba en su camino, ya fueran compañeros, rivales o el mismísimo colegiado, fue sustituido por su compañero André Schürrle en el minuto 31 de la primera mitad.

Pero es que la historia de Christoph Kramer tiene miga. El jugador había vivido prácticamente un cuento de hadas hasta ese momento que culminó con una titularidad en la final de la Copa del Mundo que nadie, ni siquiera él mismo, esperaba. Tampoco esperaba nadie el desenlace posterior, pero eso ya hubiera sido rizar el rizo.

***

Kramer tenía apenas 23 años a las puertas del Mundial de Brasil y jugaba de mediocentro en el Borussia Mönchengladbach tras su eclosión en el Bochum, en la segunda división alemana. Con el Gladbach debuta en primera a lo grande, haciéndose un hueco en el once titular, disputando 34 partidos en la temporada y colaborando con su juego para que el equipo acabe sexto y se clasifique para jugar la Europa League la próxima campaña.

Tras una temporada sobresaliente, al joven centrocampista aún le falta por recibir un regalo inesperado. Joaquim Löw, el seleccionador germano, lo convoca para disputar un amistoso ante Polonia el 13 de mayo de 2014. Apenas cinco días antes, el técnico teutón había dado una lista de 30 jugadores, que habría de reducirse a 23 el 2 de junio, y en ella no figura Christoph Kramer. 

Pero Löw no se fía del estado físico con el que llegan al torneo algunos de sus mejores centrocampistas, como Khedira, por ejemplo, y decide sustituir a André Hahn, del Augsburgo, un jugador de banda, e incluir al mediocentro del Gladbach en la lista a partir de ese amistoso ante Polonia.

Kramer debuta con la Mannschaft y apenas quince días después se sube en el avión que lleva a la selección alemana rumbo a Brasil contra todo pronóstico. De esos 30 preseleccionados, los defensores Mustafi (Sampdoria), Jansen (Hamburgo) y Schmelzer (B. Dortmund); los centrocampistas Goretzka (Schalke), Meyer (Schalke) y Bender (Leverkusen) y el atacante Volland (Hoffenheim) se quedan en tierra. Más tarde, apenas días antes del comienzo del Mundial, Löw repesca a Mustafi ante la lesión de Marco Reus, que se tiene que volver a casa. Christoph Kramer, en cambio, está a punto de vivir la mayor experiencia futbolística de su vida.

Joaquim Low junto al repescado Mustafi en un entrenamiento.

Ya en tierras sudamericanas, el prometedor futbolista del Gladbach no tuvo la oportunidad de debutar en toda la primera fase. Los de Joachim Löw abrieron fuego el 16 de junio de 2014 goleando a la Portugal de Cristiano Ronaldo (4-0) con tres tantos de Müller y otro de Hummels y lanzando con su fútbol un aviso a navegantes. El centro del campo germano lo formaron Lahm, Khedira y Kroos con los apoyos constantes de Özil y Götze.

Tampoco dispuso Kramer de minutos en el empate a dos ante Ghana que prácticamente sellaba la clasificación de los teutones para los octavos de final en un encuentro en el que el técnico repitió el centro del campo del partido del debut. Para el cierre de la primera fase ante Estados Unidos (2-2), Schweinsteiger sustituyó a Khedira en el centro del campo y Kramer se quedó sin debutar en el Mundial tras los tres primeros encuentros.

Sin embargo, el joven centrocampista sí disputó sus primeros minutos en una Copa del Mundo en la prórroga del partido de octavos ante Argelia, cuando sustituyó a Bastian Schweinsteiger a falta de 11 minutos para la conclusión del tiempo extra. El partido, extraordinario, se había ido a la prórroga, pero en el primer minuto Schürrle adelantó a los alemanes con un remate en el área pequeña y el seleccionador quiso refrescar el centro del campo con la presencia de Kramer. 

Kramer debutó en el Mundial en la prórroga ante Argelia.

Nueve minutos parecen pocos, pero pasaron bastantes cosas en ese tiempo. Primero tuvo Argelia una ocasión clara para empatar, pero después anotó Özil el tanto que parecía definitivo a falta de un minuto para el final del tiempo extra. Y lo fue, aunque recortó distancias Djabou, pero ya no quedaba tiempo para nada más.

En los cuartos de final ante Francia, Löw metió a Lahm en el lateral derecho y salió de inicio con Schweinsteiger, Kroos y Khedira en el centro del campo, escoltados por Özil y Müller en la media punta y con Klose arriba. Alemania administró el cabezazo a la escuadra de Hummels a los doce minutos para meterse en semifinales y el protagonismo de Kramer se limitó a saltar al terreno de juego en el tiempo de descuento para perder tiempo al sustituir a Toni Kroos.

En el Mineirazo ante Brasil, Kramer no tuvo oportunidad de participar de la fiesta alemana. Löw repitió el once que saltó de inicio ante Francia y Alemania masacró a la canarinha con cinco goles en los primeros 28 minutos de partido con protagonismo especial para Sami Khedira y Toni Kroos en un centro del campo que se comió al brasilero.

Y entonces, cuando nadie lo esperaba, saltó la sorpresa en el último partido. Porque Löw había previsto repetir once por tercera vez consecutiva, pero, en el calentamiento de la gran final ante Argentina, ya sobre el césped de Maracaná, Khedira notó unas molestias que le hicieron retirarse del choque antes de empezar. El técnico hizo su apuesta y decidió suplir al emblemático centrocampista con el joven Christoph Kramer, que saltó al terreno de juego acompañando en el centro del campo a Kroos y a Schweinsteiger con los apoyos de Müller y Özil en tres cuartos de campo. 

Hacía apenas un mes Kramer no había debutado con la Mannschaft y ahora, tras jugar tan sólo trece minutos en el torneo, iba a disputar la gran final de la Copa del Mundo. 

Casi nada... ¡Si eso no es un sueño hecho realidad que baje Dios y lo vea!

***

Sin embargo, el guion de la película de Kramer dio un giro inesperado a los dieciséis minutos de su partido soñado. Klose sacó rápidamente de banda y buscó al debutante en el interior del área argentina. Kramer se dispuso a controlar la pelota casi pegado a la cal, marcado de cerca por Rojo, cuando, de repente, apareció al cruce Ezequiel Garay, un tren de mercancías que le golpeó en la cabeza con el hombro, se lo llevó por delante y lo dejó tendido sobre el césped. 

Kramer quedó tendido sobre el césped tras chocar con Garay.

El resto, es historia viva de la Copa del Mundo.

Tras recibir asistencia por parte de los servicios médicos de la selección alemana, el jugador se levantó y se reincorporó al juego. Todo parecía bastante normal hasta que empezó a hacer y, sobre todo, a decir cosas muy extrañas de las que, evidentemente, no se acuerda.

Al parecer, primero se acercó a su compañero Thomas Müller y le felicitó por el título de 1974 ante la Naranja Mecánica de Johan Cruyff. ¡Lo estaba confundiendo con el legendario Gerd “Torpedo” Müller! Inmediatamente miró al cielo y exclamó que no había visto nunca tanta gente ni un ambiente tan espectacular en el Ruhrstadion, la cancha del VFL Bochum, el club en el que debutó como jugador.

Después, se dirigió a su propio guardameta, Manuel Neuer, y le pidió que le dejara los guantes porque quería ponerse de portero, justo antes de decirle a su capitán Philipp Lahm que le diera el brazalete porque quería guiar a Alemania a levantar su cuarta Copa del Mundo.

Aunque para llegar a la conclusión de que el partido que estaba disputando era la final del Mundial, tuvo que preguntárselo al mismísimo colegiado Nicola Rizzoli. El italiano, claro, se quedó sorprendido ante la pregunta y pensó que el jugador estaba bromeando, así que le pidió que se lo repitiera más despacio. Kramer se lo preguntó de nuevo y Rizzoli, evidentemente, le dijo que sí, aunque buscó a Bastian Schweinsteiger para decirle que algo pasaba con el futbolista y que deberían plantearse su sustitución. Y más cuando le respondió con toda la amabilidad del mundo: “Gracias, para mí era importante saberlo”.

Cuando Kramer se acercó de nuevo a Philipp Lahm para comentarle que quería intercambiar la camiseta con el árbitro, el capitán alemán decidió que la cosa había llegado demasiado lejos y se acercó al banquillo para contar lo que estaba pasando. El cuerpo técnico germano dispuso el cambio. Schürrle se incorporó al partido y Kramer salió del terreno de juego sin ser consciente de lo que hacía y sin saber ni dónde estaban los banquillos. 

Kramer abandona el terreno de juego ayudado por los asistentes.

Habían pasado 14 minutos desde el momento del choque que le provocó una conmoción cerebral y un episodio de locura transitoria. Por suerte, demasiado poco pasó para lo que podía haber pasado… ¡en la mismísima final de una Copa del Mundo!

***

Afortunadamente, Christoph Kramer no tuvo secuelas y siguió jugando al fútbol. De hecho, en 2022, a los 31 años de edad y a las puertas de un Mundial de Catar para el que no ha sido convocado, sigue disfrutando del fútbol en el Borussia Mönchenglabad.

Lamentablemente, por mucho que se esfuerce, no recuerda el ambientazo en las gradas de Maracaná. Tampoco recuerda cómo y cuándo le dijo Joaquim Löw que sería titular tras la lesión de Khedira ni qué sintió en ese instante único e irrepetible. Ha olvidado sus propias sensaciones al salir por el túnel de vestuarios. Al escuchar los himnos. Al cruzarse con Messi y compañía dándose la mano antes del partido más importante de sus vidas. 

No recuerda el bombeo acelerado de su propio corazón en los prolegómenos. Los nervios que sintió y cómo los controló. No sabe si se le puso la piel de gallina. No sabe cómo lo arroparon los compañeros en esos momentos tan especiales ni qué sintió al golpear su primer balón, dar su primera carrera o ejecutar su primer pase.

Él estaba allí, pero sin estar. O mejor, sin acabar de creerse que estaba porque no lo recuerda. Aunque después se vea en todos los vídeos de una final que dio la vuelta al mundo y tenga que reconocer que sí, que nadie le ha gastado una broma pesada, que él sí estuvo allí.

El once de Alemania que se midió a Argentina con Cristoph Kramer.

Así que sí. Definitivamente, y aunque no lo recuerde, fue titular en la final del Mundial. Que no es cualquier cosa. Aunque, bien mirado, tampoco es tanto, porque saber que has participado de algo grande sin saber qué sentiste es casi como no haber estado. Pero no se ilusiona demasiado con la posibilidad de poder recordarlo todo en un futuro, porque los médicos le han asegurado que esos recuerdos perdidos nunca volverán.

Aún así, yo quiero pensar que a veces Kramer sonríe pensando que siempre le queda la esperanza de que esos galenos se parezcan al que le atendió en el terreno de juego tras el choque con Garay, ése que decidió que no le pasaba nada y que podía seguir jugando. Porque si fuera así, aún le quedaría una mínima esperanza de recuperar en algún momento los recuerdos de uno de los días más importantes de su vida.

jueves, 20 de octubre de 2022

El Mineirazo, la mayor humillación de Brasil en la historia de los Mundiales

"Ésa fue la peor derrota de mi carrera 
y, si lo pienso, el peor día de mi vida. 
Pero la vida continúa 
y no acaba con esta derrota". 
Luiz Felipe Scolari

8 de julio de 2014. Estadio Mineirao, Belo Horizonte. Las semifinales de la Copa del Mundo enfrentan a Brasil y Alemania. Sobre el césped se acumulan las estrellas en las camisetas. Cinco lucen los brasileños por tres los germanos. El ambiente está enrarecido. Es festivo, como siempre en Brasil ante un acontecimiento futbolístico de tamaña magnitud. Es alegre y optimista. Es emocionante. 

La Seleçao canta abrazada el himno de Brasil.

Pero también se detectan los nervios de una torcida que sabe que enfrente tiene un gran equipo de fútbol, pese a que ningún europeo ha ganado nunca un Mundial en tierras americanas. Aunque en los últimos 39 años, desde que la magnífica Perú de Sotil y Cubillas derrotara a la canarinha en la ida de la final de la Copa América de 1975, ninguna selección ha vencido en Brasil. 

Y ha llovido mucho desde entonces, que treinta nueve largos años dan para mucho. 
Pero hay cosas que no se olvidan. 
Porque aunque hace mucho tiempo, Perú ya ganó en este mismo estadio. 

Cosas de meigas, que haberlas, haylas.

Los teutones saltan al terreno de juego con una equipación extraña que hace que a los puristas les duelan los ojos. No es que sea fea, que no lo es, sino que las franjas horizontales rojas y negras que lucen en su camiseta no las ha vestido nunca la Mannschaft en su larguísima historia. Con lo fácil que parece jugar una semifinal de la Copa del Mundo de blanco y negro ante una selección verdeamarelha, que no hay confusión posible y sí un respeto por la tradición y los rituales de un competición histórica. 

Alemania saltó al césped con una equipación especial.

Al parecer, Alemania quería hacer con su segundo traje un homenaje al Flamengo, el club más popular de Brasil, aunque demasiado homenaje parece disputar con esos colores la semifinal de un Mundial ante la anfitriona. 

Pero, bueno, en lo único que se van a equivocar los alemanes es en la elección de su vestimenta. En lo puramente futbolístico están a punto de dar una auténtica exhibición que será recordada para siempre.

***

Brasil y Alemania, dos auténticos colosos del fútbol de selecciones, sólo se han enfrentado una vez en la Copa del Mundo. Fue en la final del Mundial de 2002, el de Corea y Japón, el que se llevaron los brasileños con dos tantos de Ronaldo. Hay alguien en el banquillo de la canarinha que tiene ese partido en su mente con total claridad. De hecho, por eso lo han contratado, para que repita en Brasil lo que obtuvo en Yokohama. 

Porque él estuvo allí. 
Es el seleccionador de Brasil, Luiz Felipe Scolari. 

Scolari no podía imaginar la pesadilla que estaba a punto de vivir..

Enfrente, Joaquim Löw piensa más en su única experiencia agridulce en una Copa del Mundo, en la semifinal perdida cuatro años atrás ante España en Sudáfrica con el cabezazo de Carles Puyol. Ha aprendido de ello y ahora no quiere que a los suyos se les vuelva a escapar la final entre los dedos.

Los once de Scolari saltan al campo entre el fervor de los casi 60.000 espectadores que llenan el estadio Mineirao. Entre los elegidos no está la estrella del equipo, Neymar, al que un choque con el colombiano Camilo Zúñiga en los cuartos de final le fracturó una vértebra.

Y tampoco está Thiago Silva. 

El central del Paris Saint Germain vio una amarilla ante los colombianos que acarreaba suspensión y por ahí empezó a perder Brasil el partido. Porque la defensa que montó Scolari con Julio César en portería, Marcelo por la izquierda, Maicon por la derecha y David Luiz y Dante de centrales con Fernandinho de pivote defensivo en el centro del campo fue un auténtico coladero, impropio de una selección del nivel que se le supone a la pentacampeona del mundo. Incluso del que se le supone a una selección que disputa el Mundial, sin más. Pero no adelantemos acontecimientos. 

Los compañeros se acordaron de Neymar.
Foto: Getty Images.

Joaquim Löw fue fiel a su estilo y alineó un centro del campo tocador y alegre, ágil y dinámico, juntando a Khedira, Schweinsteiger, Özil, Kroos y el indetectabe Müller, y dejando arriba como referencia al veteranísimo Miroslav Klose. La portería la defendía Neuer, escoltado por Lahm, Boateng, Hummels y Howedes. Los alemanes jugaban de memoria, pero enfrente tenían a la anfitriona, una selección moldeada a imagen y semejanza de su técnico, con la ansiedad y la responsabilidad de darle una alegría a su público, pero espoleada precisamente por él.

Un equipo, el brasileño, que había empezado el Mundial como un tiro (dos victorias holgadas ante Croacia (3-1) y Camerún (4-1) y un empate sin goles ante México en la primera fase) y que se llevó un susto tremendo en octavos de final ante Chile, cuando los penaltis decidieron que los anfitriones seguirían adelante en el torneo tras el empate a uno con el que acabó el partido y la prórroga. Ante Colombia estuvieron más finos, pero también ganaron apretados (2-1). 

Los alemanes clavaron los números de Brasil en la primera fase con una victoria ante Portugal (4-0), un empate ante Ghana (2-2) y un triunfo ante Estados Unidos (0-1) para ser primeros de grupo. Como Brasil, en octavos sudaron sangre para derrotar a Argelia en la prórroga (2-1) y convencieron un poco más en cuartos con una victoria trabajada ante Francia (1-0). Con trayectorias casi calcadas, las espadas estaban en todo lo alto en Belo Horinzonte.

***

Tras los himnos y el sorteo de campo protocolario, el colegiado mexicano Marco Antonio Rodríguez, Chiquimarco para los amigos, levantó el telón con el pitido inicial. La canarinha salió fuerte, presionando arriba a su rival, intentando forzar pérdidas en la salida de la pelota del cuadro germano, un equipo que siempre intentaba salir con el balón controlado desde posiciones defensivas. 

Y por momentos parecía que, empujada por su público, la selección brasileña podía conseguirlo. Marcelo vivía permanentemente en terreno alemán y el primer tiro fue suyo, muy desviado desde la frontal del área. Después fue Hulk el que cabalgó por banda derecha y soltó un centro botando por el suelo que atrapó Neuer con seguridad. 

Pero el espejismo duraría apenas siete minutos, que fueron los que tardó Alemania en sacudirse la presión y generar miedo en la zaga brasileña. 

Tres minutos después, en el diez, los germanos ya ganaban por cero a uno.

Alemania sacó un córner desde la parte derecha tras un ataque rápido que culminó Khedira con un disparo que se estrelló en el cuerpo de un defensa brasileño. Kroos puso un centro templadito, al corazón del área, justo pasado el punto de penalti. Y por allí apareció Müller completamente solo, libre de marca, para rematar con el interior de su pierna derecha con suma tranquilidad y poner el balón lejos del alcance de un Julio César atónito. 

Müller remata a placer para poner por delante a Alemania.
Foto: Getty Images.

El estadio enmudeció por momentos, aunque pronto volvió a animar a los suyos. Al fin y al cabo, esto acababa de empezar. Y era cierto. Pero nadie sospechaba la que se les iba a venir encima.

Porque en apenas seis minutos, los que van del 23 al 29 de partido, Alemania masacró a Brasil con cuatro tantos que convirtieron el estadio Mineirao en un mar de lágrimas. Entre el 0-1 de Müller y el 0-2 de Toni Kroos pasaron 13 minutos, un tiempo que puede ser muy corto para algunos y muy largo para otros. 

En esos 13 minutos inclasificables podía Brasil haberse metido en el partido. Pero la historia se escribe con hechos, no con quimeras. Y Marcelo se metió en el área para dejarse caer de mala manera y crear una tángana de la nada. Y es que a esas alturas de partido, apenas un puñado de minutos jugados, la Canarinha ya era un manojo de nervios en todas sus líneas y cada aproximación alemana hacía temblar los cimientos del estadio.

Todo saltó por los aires en seis minutos, los que van del 23 al 29. Si en el primer tanto de Müller quedó retratado David Luiz, en los siguientes cuatro goles todos los zagueros y medio centro del campo se agolparon para salir en la histórica foto. Y no eran unos cualquiera, aunque en ese instante lo parecieran. 

David Luiz, el capitán circunstancial, jugaba en el Chelsea. 
Dante era compañero de la mitad de la selección alemana en el Bayern de Múnich. 
Maicon vivía sus últimos coletazos en la Roma y Marcelo (tenía 26 años entonces) estaba en el mejor momento de su larga carrera y venía de ser Campeón de Europa con el Real Madrid. 
Fernandinho era el pulmón del Manchester City. 

Pero parecían juveniles que debutaban todos a la vez en el primer equipo.

Corría el minuto 23 y Kroos tenía la pelota cosida al pie en la frontal del área, con un sinfín de brasileños mirándole sin atreverse a entrarle de verdad. Metió el centrocampista un pase entre líneas dentro del área, por donde apareció Müller como una exhalación haciendo una diagonal. El del Bayern no chutó, sino que le cedió la pelota a Klose en el punto de penalti y siguió corriendo, seguido por su par. 

Klose se encontró solo de repente, con el balón parado, como si se dispusiera a chutar un penalti. Y chutó. La despejó Julio César, pero el balón cayó de nuevo a sus pies y Klose aprovechó para hacer el 2 a 0 mientras los defensas miraban y, de paso, superar a Ronaldo como el máximo goleador de la historia de los Mundiales.

Klose celebra el segundo tanto alemán.

Apenas un minuto más tarde, Lahm entró por su banda con el balón controlado y puso un centro raso y fuerte al borde del área, por donde entraba Müller. El 13 alemán intentó el remate, pero no llegó a golpear la pelota, que le quedó franca a Kroos en la frontal del área. El fino centrocampista la empalmó con la izquierda y Julio César no fue capaz de sacarla pegada a su palo. 

Tres a cero y las caras del público eran un auténtico poema. 
Las de los jugadores brasileños, otro.

Pero la pesadilla no había hecho más que comenzar. 

La defensa brasileña intenta salir jugando ante la aparente falta de presión de los alemanes y juega una pelota con Fernandinho, que recibe de espaldas. Antes de controlar, Kroos ya se la ha quitado y encara a los centrales. Le deja la pelota a Khedira, que le acompaña, y éste, ante la reacción de los dos defensores que van a buscarlo, se la devuelve a Kroos dentro del área para que anote con suma tranquilidad el cuarto de Alemania y su segundo en el partido. 

Pim, pam, pim, pam. 
“Para ti”. 
“No, toma, márcala tú”. 
“Pero no le pegues fuerte, que no vale”. 

Como si jugaran en el patio del colegio contra niños mucho más pequeños. 
Cero a cuatro a los 26 minutos de juego. 

Toni Kroos hizo el tercero y el cuarto para Alemania.

Aunque a los aficionados no les dio tiempo a enjugarse las lágrimas antes de que llegase el quinto. 

Minuto 29. Khedira roba otra vez en tres cuartos de campo en la salida desastrosa de balón de una Brasil totalmente descompuesta. Encara a su par en la frontal, que no se atreve ni a acercársele. Cuando le encima por fin, Khedira ya se la ha dado a Kroos, quien le devuelve la jugada a su amigo del patio. 

Pim, pam, pim, pam. 
“Ahora te toca a ti, que yo ya he hecho dos”. 
“Venga, vale, va”. 
“Pero trallón no, eh”. 
“No, tranquilo, suavecita y colocada”. 

Y Khedira le pega raso, desde el punto de penalti, colocadita al palo largo, donde ni el portero ni los dos defensas que se habían ido bajo palos pueden impedir que la pelota entre por quinta vez en la portería brasileña.

Seis minutos, cuatro goles, unos diez pases entre los jugadores alemanes dentro del área brasilera, cuatro remates francos, colocados, con tiempo para pensar y poner la pelota donde quisieran, con los defensores lejos de sus marcas en todas las jugadas y corriendo bajo palos para evitar lo inevitable. 

Khedira marcó sin despeinarse el quinto de Alemania.

Con el público sumergido en un llanto eterno mientras todo se venía abajo. 
Con las bocas de salida del estadio colapsadas por los que abandonaban el espectáculo entre lágrimas. 

Pero esas lágrimas no tapaban el increíble marcador del estadio Mineirao en la semifinal del Mundial. 

Minuto 30. Brasil 0 - Alemania 5. 

Los futbolistas de la verdeamarelha no sabían dónde meterse. 
Los teutones, en cambio, siguieron a lo suyo, ajenos al drama futbolístico y social que estaban provocando.

***

En la segunda parte nadie creía en una hipotética remontada brasileña, faltaría más, pero, por si acaso, los de Joaquim Löw no bajaron el pie del acelerador, en especial Neuer, que se mantuvo igual de concentrado que si fueran empatando a cero y sacó tres buenas manos en los primeros minutos a Oscar y, sobre todo, a dos remates a quemarropa de Paulinho. 

En definitiva, Alemania estaba intentando que una victoria de esas características no acabara mal para ellos en forma de lesiones o amarillas que les privaran de jugar una final que ya tenían atada y bien atada. 

Y enfrente, pese al empuje inicial, seguía estando la misma Brasil de la primera parte, una selección timorata y nerviosa que no sabía dónde meterse. Quizá con un poco más de orgullo tras la que que había caído en la primera parte. Con los atacantes más incisivos, sobre todo Oscar. Pero poco más.

Schürrle puso la puntilla a una Canarinha totalmente desbordada.

Y entonces Alemania volvió a hacer sangre casi sin querer. Schürrle, recién ingresado en el terreno de juego, no entendía de dramas y de sinsabores y culminó primero dentro del área una jugada preciosa entre Khedira y Lahm y cerró después la goleada con un remate espectacular que rebotó en el travesaño antes de entrar en la portería de Julio César para poner un marcador absolutamente delirante en las semifinales del Mundial. 

Brasil 0 – Alemania 7.

Al final, Oscar hizo el tanto del honor cuando el colegiado estaba a punto de mandarlos a todos a la ducha. Mientras David Luiz, entre lágrimas, intentaba articular palabras de disculpa hacia todos los aficionados brasileños, el resto de mundo intentaba digerir el 1 a 7 que se acababa de comer la pentacampeona del mundo ante su propia gente.

Mientras el estadio acababa de vaciarse (muchos aficionados se habían ido antes del minuto treinta), los disturbios se fueron sucediendo en mayor o menor grado por diferentes zonas de Brasil. 

En Río, en Sao Paulo, en Recife, en Bahía... prácticamente en todas las grandes ciudades había algunos autobuses quemados o apedreados (vete tú a saber qué culpa tenían los autobuses), había reyertas que, en algunos puntos, precisaron de la intervención policial y, sobre todo, había llanto, desesperación y rabia esparcida por todo el país. 

La selección que estaba llamada a darle una alegría al pueblo levantando la Copa del Mundo ante su gente, esa que no pudieron levantar en 1950, había acabado protagonizando la humillación más grande de la historia de la verdeamarelha.

Brasil lloró la eliminación de la Canarinha. 

Los alemanes, ajenos al drama, se plantaron en Maracaná para enfrentarse a la Argentina de SabellaMessi y ahí las cosas no resultaron tan fáciles como se presumía tras la exhibición de Belo Horizonte. 

La final estuvo tan igualada que se llegó al tiempo extra tras un empate sin goles en los noventa minutos. Y cuando el tiempo se agotaba y la tanda de penaltis oteaba en el horizonte, Götze hizo un golazo que hizo felices a los teutones y dejó a Argentina sumida en la tristeza de la ocasión perdida. 

Y mientras Lahm alzaba al cielo de Río la cuarta Copa del Mundo de Alemania, los argentinos se lamentaban y los brasileños se lamían sus propias heridas sin saber si alegrarse o no porque su verdugo hubiera ganado el Mundial. 

En su fuero interno casi todos preferían el triunfo alemán, porque si además de la debacle es Argentina la que levanta la Copa del Mundo en Maracaná el drama hubiera sido aún mayor. 

Pero la historia es la que es y no la que podría haber sido. 
Y el Mundial lo ganó Alemania.

***

Cien días antes del partido inaugural del Mundial de 2014, Luis Fernandes, entonces viceministro de Deportes brasileño declaró: “Brasil necesita el Mundial para exorcizar el fantasma del Maracanazo, un fantasma de 50 años”. No hacía más que expresar el sentimiento de todo un pueblo. 

Pero, a veces, intentar exorcizar los fantasmas invocándolos no acaba de funcionar. 

Porque se esfumaron los fantasmas del Maracanazo, pero los sustituyeron los del Mineirazo. Fantasmas más modernos, pero fantasmas al fin y al cabo que son una losa para un pueblo como el brasileño donde el fútbol desata tantas y tantas pasiones. 

Al menos, los protagonistas del Maracanazo, marcados durante años por todo un país, quedaron liberados de sus penas porque ahora tocaba llorar las de otros, aunque para muchos, para todos, la absolución llegó demasiado tarde.

Los futbolistas brasileños quedaron destrozados tras la derrota.

Pero tampoco deberíamos olvidar algo muy importante: ocho años después del Maracanazo, la canarinha alzó su primera Copa del Mundo en Suecia 1958, en continente enemigo (algo sólo repetido por Alemania en Brasil en 2014, 56 años después), para escribir una historia formidable en los Mundiales que la ha convertido en la mejor selección de la historia, la única que ha ganado cinco Copas del Mundo. Entonces, en 1950, tras el Maracanazo, nadie creía que fuera posible recuperarse de tal tragedia futbolística y llegaron Pelé, Garrincha, el eterno Jogo Bonito y los títulos en cascada

Hoy, tras el Mineiraizo, las dudas son las mismas. ¿Será la reacción también idéntica? Veremos. Está en la mano de jóvenes como Vinicius o Rodrygo con la ayuda de Neymar, un superviviente exonerado del Mineirazo porque ese día no pudo jugar.

Lo único claro es que, aunque todo es posible y el ser humano es el único capaz de tropezar tres veces con la misma piedra, a Brasil deberían habérsele quitado las ganas de volver a organizar otra Copa del Mundo. Porque a los viejos fantasmas es mejor dejarlos tranquilos y no invocarlos de nuevo.