"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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jueves, 24 de febrero de 2022

Francia y Alemania: una prórroga increíble en el Mundial 82

Definitivamente, las prórrogas en los partidos importantes ofrecen espectáculos increíbles bastantes más veces de las que creíamos. Ya hablamos en este blog del partido entre alemanes e italianos en la semifinal de México 70, donde los teutones hubieron de claudicar ante la azzurra y no pudieron disputar la final de aquel memorable mundial ante Brasil. 

Y hoy toca hablar de otra prórroga fantástica, donde a los alemanes, esta vez, les salió cara, y remontaron casi milagrosamente a la Francia de Michel Platini en la semifinal del Mundial 82. Después volverían a caer, otra vez, contra Italia, pero eso aún no lo sabían.

En el Mundial 82 se estrenaba un torneo con 24 selecciones y el sistema no fue especialmente acertado y, de hecho, no se volvería a repetir jamás. Primero, las 24 selecciones se distribuirían en 6 grupos de 4 equipos cada uno para disputar una primera fase en la que dos primeros de cada grupo pasarían a una segunda liguilla. 

Resultado del sorteo de grupos de la primera fase del Mundial 82.

En esa segunda liguilla los equipos se distribuirían en 4 grupos de 3 equipos y sólo el primero de cada grupo se clasificaría para las semifinales del campeonato. Evidentemente, los dos ganadores de las semifinales se verían las caras en la final en el Santiago Bernabéu.

***

Los franceses se presentaban en España con un equipo fresco, divertido, alegre y de clara vocación ofensiva con jugadores como Michel Platini, la estrella de esa selección, centrocampistas creativos como Tigana o Giresse, el delantero Rocheteau, el defensa Trésor, el portero Ettori o el jovencísimo lateral Amorós. Pero el torneo no empezó como ellos esperaban y tras caer por 3 a 1 ante Inglaterra en su primer encuentro, sufrieron mucho para clasificarse. 

De hecho, los galos ganaron con claridad a la débil Kuwait (4 a 1), pero empataron a un tanto ante Checoslovaquia en el último partido del grupo para pasar por los pelos a la siguiente liguilla. Y ahí, después del mal, el menos, ya que la selección blue se cruzaría con Austria e Irlanda del Norte. Basta comparar este grupo con el que formaban Brasil, Italia y Argentina o el que les tocó compartir a Alemania, Inglaterra y España.

Bryan Robson celebra uno de lo dos goles que le hizo a Francia (3-1). 

De todos modos, para esa segunda fase el seleccionador Hidalgo ya había encontrado la fórmula con la apuesta de juntar en la medular a cuatro “dieces” creativos y brillantes como eran Tigana, Platini, Giresse y Genghini. Así, el once del gallo solventó sin demasiados problemas sus partidos ante austríacos y norirlandeses y se ganó los elogios de los rivales antes del duelo de semifinales ante los germanos.

***

Lo de los alemanes en el Mundial de España, en cambio, tiene un poco más de miga. Se presentaron los de Jupp Derwall con un equipo fuerte, rocoso y rápido que se había proclamado campeón de Europa dos años antes en Roma y, aunque Schuster (la estrella de ese torneo) estaba lesionado y no disputaría el mundial (más tarde renunciaría definitivamente a la selección), eran un conjunto temible por lo físico y por su gran pegada.

De todos modos, las aguas bajaban turbias en esa selección, con jugadores que no acaban de congeniar con el seleccionador y con dos facciones claramente enfrentadas en el vestuario que la ausencia de Schuster contribuyó a rebajar antes del campeonato. También llegaron muy justos, por culpa de sendas lesiones, Karl Heinz Rummenigge y Hansï Müller.

Pero nada de eso impidió a los alemanes hacer gala de una actitud chulesca bastante impropia. Por ejemplo, cuando su seleccionador declaró antes del encuentro ante Argelia que si perdían compraría él mismo el billete de avión hacia Alemania y se subiría inmediatamente. 

Después, el golpe de realidad y el ridículo fueron mayúsculos: los campeones de Europa cayeron por 2 a 1 ante los Zorros del Desierto y Derwall no volvió a Alemania, sino que organizó (o permitió) uno de los bochornos más grandes de la Copa del Mundo, un biscotto con Austria en el último partido que permitió la clasificación de los dos países vecinos a la segunda fase y dejaba fuera a la sorprendente Argelia. 

Los protagonistas de la Vergüenza de Gijón entonan los himnos.

Ese partido también tiene su propia historia y se le llamó “la vergüenza de Gijón”. Los argelinos, capitaneados por Belloumi y Madjer, tuvieron que hacer las maletas y volver a casa, aunque Derwall no hiciera ni la mención de pagarles el billete que finalmente no había comprado para él. Eso sí, en su primera participación en un Mundial, los Zorros del Desierto fueron los primeros africanos en ganar a un equipo europeo en el torneo. Y lo hicieron ante el campeón de Europa. ¡Casi nada!

Lo cierto es que después del susto de la primera fase, el equipo germano jugó un poco mejor en la segunda y acompañó la mejoría con una buena dosis de suerte. La Mannschaft empató sin goles ante Inglaterra y venció por 2 tantos a 1 a España, lo que la dejó a la espera de lo que aconteciera entre españoles e ingleses en un encuentro en el que los anfitriones del torneo ya no se jugaban nada. Sin embargo, los ingleses no fueron capaces de pasar del empate sin goles ante una España sin alma y los alemanes sellaron el pasaporte a semifinales ante los franceses.

***

En ese partido en Sevilla sí que salió a relucir el potencial de las dos selecciones. En la primera parte, sorprendentemente, Alemania llevó el peso del partido y desquició a los galos, que no conseguían que el juego de sus virtuosos centrocampistas fluyera. Los franceses presentaron su clásico centro del campo jugón, con los 4 tenores (Platini, Giresse, Tigana y Genghini), sin medio centro defensivo y con Rocheteau, el extremo del PSG, de delantero centro. Pero los alemanes les maniataron, no les dejaron jugar y atacaron con vértigo por ambas bandas. 

Y precisamente cuando la presión germana empezaba a flaquear, se encontraron con el primer gol. Breitner inició una jugada que acabó con centro a Fischer, el remate del delantero lo desvió el guardameta Ettori y Littbarski fusiló el rechace a la red. 

Habían pasado 18 minutos de partido.

Littbarski celebra el gol que ponía en ventaja a Alemania (1-0).

Pero Francia, que ya le había tomado el pulso al encuentro, no se vino abajo y, poco a poco, sus centrocampistas empezaron a dominar el partido. Así, en el minuto 27, un penalti cometido sobre Rocheteau lo convertía Platini en el empate a uno con el que los contendientes se marcharon a los vestuarios del Sánchez Pizjuán.

La segunda parte iba a empezar con un claro dominio francés cimentado en su centro del campo, en las subidas por banda del joven lateral Amorós y en las incorporaciones constantes al centro del campo para tocar y para sorprender del veterano líbero Trésor. Para entonces los alemanes ya sufrían, pero los franceses no marcaban y el partido se empezó a calentar. El meta Schumacher empezó con su juego de desquiciar a los rivales, e incluso se permitió el lujo de amenazar con lanzar un pelotazo a los aficionados franceses que estaban detrás de su portería.

En esas estaba cuando Battiston rompió con un desmarque la línea defensiva alemana y se coló entre los dos centrales. Platini lo vio y le metió un pase bombeado para dejarlo solo ante el portero alemán. Battiston llegó antes y metió la pierna para rematar a gol un balón que salió pegadito al poste izquierdo germano, pero Schumacher no se frenó. Se abalanzó sobre el francés saltando, con la pierna hacia adelante, y le golpeó con tal fuerza en la cabeza que lo dejó inconsciente. 

Momento en el que el meta Schumacher arrolla a Battiston.

El estadio enmudeció. 
Pero el árbitro consideró que esa acción no era ni siquiera falta. 
Saque de puerta. 

Y mientras durante tres eternos minutos atendían al francés tendido en el césped, el portero alemán colocaba primero la pelota en el vértice del área pequeña dispuesto a sacar y, después, se puso a hacer toquecitos con la pelota sin inmutarse. 

A Battiston lo llevaron directamente al hospital con conmoción cerebral, unos cuantos dientes rotos, lesiones en dos vértebras y la mandíbula fracturada 

Y, claro, los franceses se descentraron. Y, claro, el dominio galo disminuyó. Y, claro, los del Gallo agotaron sus dos cambios en el minuto 57 de partido.

Con Francia tocada, Derwall aprovechó para sacar del campo a un casi desaparecido Magath y metió en punta al gigantón Hrubesch, con lo que Fischer se escoró a la banda. Y comenzó un intercambio de golpes maravilloso, una ida y vuelta constante que, milagrosamente, no se tradujo en goles de ninguno de los dos equipos. Schumacher le hizo un paradón a Six y Amorós estrelló un obús contra el larguero, mientras que Ettori despejó los disparos de Briegel y Breitner para alagar el choque media hora más.

¡Y qué media hora! 

Nada más comenzar la prórroga, a los dos minutos, los franceses se pusieron por delante con un magnífico tanto de cabeza de Trésor. Y seis minutos más tarde, Giresse puso la puntilla a los alemanes con un gol precioso después de una jugada colectiva marca de la casa, con todos los centrocampistas de salón tocando en corto para buscar la mejor posición de disparo. 

Giresse celebra el 3 a 1 para Francia en la prórroga.

Pero Alemania es Alemania y Francia no lo supo ver. 
O no lo supo controlar. 

Tocaban los galos con la yema de los dedos su primera final de una Copa del Mundo y siguieron tocando... la pelota.

Derwall sacó a un renqueante Rummenigge para amenazar la retaguardia francesa y la apuesta le salió bien, ya que, a punto de acabar la primera parte de la prórroga, recortó distancias con un remate de depredador del área, colándose entre el defensa y el portero para embocar un centro de Littbarski. 

En la segunda parte de la prórroga, los franceses fueron incapaces de contener el vendaval alemán y Fischer empató de tijera. Tres a tres y ocho minutos por delante para desnivelar de nuevo la contienda. Pero ni unos ni otros tuvieron ya fuerzas para más y el finalista habría de decidirse desde el punto de penalti. 

Fischer mandó la semifinal a los penaltis con su tijereta.

Era la primera vez que una eliminatoria de la Copa del Mundo se resolvía por penaltis y la suerte cayó del lado alemán. Aunque los franceses tuvieron en sus manos la clasificación en la mismísima tanda, pero volvieron a dejar con vida a los alemanes y lo pagaron carísimo.

Giresse marcó el primer penalti para Francia y Kaltz el suyo para Alemania.

A Amorós no le tembló el pulso y anotó para los blues y Breitner para los germanos.

Rocheteau anotó el tercer penalti francés y… ¡Falló el veterano Stielike! que se quedó llorando en el césped y lo tuvo que levantar del suelo el mismo Schumacher.

Ahí volvía a estar la final. 
En las botas de Six. 
Pero lo tiró flojo y centrado y lo paró Schumacher. 

Y Littbarski restableció el empate con el cuarto lanzamiento alemán.

Platini anotó el último lanzamiento de la tanda para Francia y Rummenigge lo clavó también para Alemania.

Empezó la muerte súbita.

Y falló Bossis...
Y marcó Hrubesch.

Alemania celebra la victoria ante la desolación francesa.

Y Alemania celebró el pase a la final mientras los franceses lloraban desconsolados sobre el césped del Pizjuán. Los dos equipos más estéticos del campeonato habían caído. Primero había caído Brasil ante Italia en el partido decisivo de su grupo de cuartos de final y después Francia ante Alemania en una de las semifinales más bellas de la historia Copa del Mundo. 

La final, precisamente, enfrentaría a alemanes e italianos, los esforzados verdugos del fútbol samba y del fútbol de salón. 

Pero esa final, a los alemanes, se les hizo demasiado cuesta arriba.

viernes, 4 de febrero de 2022

El partido del siglo

A las 18:50 horas del 17 de junio de 1970 en México, en el estadio Azteca, 22 jugadores se refrescan lo mejor que pueden antes de afrontar la prórroga de la primera semifinal de la Copa del Mundo. Unos visten con casaca azul, pantalón blanco y medias blancas. Los otros van de blanco, con el pantalón negro y las medias también negras. Son los jugadores de Italia y de Alemania, que se encuentran en esa situación después de haber empatado a uno en el tiempo reglamentario. 

Ninguno de ellos imagina que este partido será recordado como “el partido del siglo”. Allí sólo hay once italianos lamentando su suerte y once alemanes respirando aliviados.

Y es que los italianos se habían adelantado en el marcador a los ocho minutos de encuentro con un disparo desde la frontal de Boninsegna y, a partir de ahí, recurrieron a su famosa y férrea defensa para desquiciar a unos alemanes que jugaron un gran encuentro, que generaron bastantes ocasiones, que no dejaron de buscar la portería rival, que le dieron dos veces al larguero, que reclamaron dos penaltis que se fueron al limbo, que vieron cómo un defensa sacaba una pelota bajo la línea de gol, pero que, después de todo, fueron incapaces de perforar la meta transalpina. 

Bueno, incapaces del todo no, ya que anotaron el empate en el último minuto, como tantas y tantas veces han hecho, con los azzurri encerrados en su área.

Paradojas de la vida, el gol no lo metió Uwe Seeler, ni Torpedo Müller, ni Franz Beckenbauer, ni Overath, ni Grabowski, ni Libuda. El tanto del empate fue obra de Schnellinger, un lateral que jugaba en el Milan y que marcaría ese único gol con su selección en los 47 partidos en los que se vistió con la casaca de la Mannschaft.

Schnellinger marcó el único gol con Alemania en el instante preciso.

Pero ese final de partido no fue el clímax. 
Lo mejor estaba por llegar. 

Los cien mil espectadores que resistían estoicos los 38 grados centígrados que caían (imaginaos los jugadores, que además tenían que soportar la altitud de México) no tenían ni idea de que estaban a punto de presenciar los mejores 30 minutos suplementarios de un partido de la Copa del Mundo con 5 goles en 17 minutos que decidirían quién sería el finalista. 

Porque los mejores campeonatos los forjan partidos inolvidables. Y la mayoría de los que jugó Brasil en este campeonato lo fueron, pero quizá el que más lo fue éste, este Alemania Italia que pasaría a la historia como el partido del siglo, un duelo épico que marcaría a toda una generación y que dejaría patente que los alemanes, en el fútbol, tienen una pequeña piedra en el zapato llamada Italia.

***

Para llegar a esa prórroga inolvidable, las dos selecciones hubieron de recorrer un camino arduo y peligroso. La selección italiana se presentó en México con la vitola de ser campeona de Europa dos años antes y con dos de los más finos estilistas del país enrolados en el equipo: el interista Sandro Mazzola y el milanista Gianni Rivera. También contaba con uno de los mejores guardametas del mundo, Dino Zoff, pero el seleccionador italiano, Ferruccio Valcareggi consideraba que Mazzola y Rivera no podían jugar juntos para no desequilibrar el sistema defensivo y que Zoff no sería el portero titular de la Squadra, aunque ya lo había sido en la Eurocopa del 68. 

Así que de portero jugaba Albertosi y Mazzola y Rivera se alternaban un tiempo cada uno. Solía empezar Mazzola de titular y en el descanso le sustituía Rivera en una época en la que sólo se podían hacer dos cambios. Evidentemente, las críticas eran feroces en un país tan amante del fútbol y de las polémicas que lo envuelven como Italia.

Pero es que el debate realmente se las traía, porque Mazzola era uno de los estandartes del Inter de Milán, campeón de las Copas de Europa de 1964 y 1965, mientras que Rivera era la insignia del AC Milán, campeón de Europa en 1969 y Balón de Oro de ese año, el primer italiano en conseguirlo. Además, ambos eran campeones de la Eurocopa de 1968, que la ganaron dos años antes jugando juntos en la azzurra. 

Vamos, que materia para la discusión había, con la Italia rossonera clamando por Rivera y la Italia neroazzurra pidiendo a Mazzola, mientras los neutrales demandaban que jugaran los dos juntos. Valcareggi, el seleccionador, no escuchó a nadie e impuso la “Staffetta”, el relevo, una parte para uno y otra para otro, pero sólo a partir de la segunda fase del torneo.

Mazzola, Valcareggi y Rivera, los protagonistas de "L'Stafetta".

De hecho, en la fase de grupos Italia comenzó como casi siempre: haciendo estrictamente lo justo para pasar y viviendo al filo de la navaja. Ganó 1 a 0 a Suecia en su primer partido, con gol de Angelo Domenghini, y luego empató sin goles ante Uruguay y también ante Israel. Rivera, el Balón de Oro de 1969, no jugó ni un solo minuto en esos tres partidos y el equipo se clasificó para cuartos de final como primero de grupo marcando un solo tanto y sin recibir ninguno. Pura Italia.

En cuartos de final le esperaba México, la anfitriona, y Valcaraggio, fiel a su estilo, dejó a Rivera en el banquillo y jugó con Mazzola. La primera parte acabó con empate a uno y el técnico puso en práctica su plan en la segunda parte. En el descanso entraba Rivera por primera vez en el torneo, pero quitaba a… Mazzola. Italia ganó el partido por 4 a 1 con dos tantos del delantero Riva y otro de Rivera y se metió en las semifinales del torneo, donde se citaría con Alemania.

***

Los teutones, en cambio, eran una de las sensaciones del campeonato junto con Brasil. Se plantaron en las semifinales con un fútbol ofensivo de alto nivel, marcando 13 goles en cuatro partidos. Primero se pasearon en el grupo que compartían con Perú, la revelación del campeonato, Bulgaria y Marruecos. 

Los alemanes no se anduvieron con cuentos y ganaron los tres partidos: 2 a 1 a Marruecos, 3 a 1 a Perú y 5 a 2 ante Bulgaria para alcanzar los cuartos de final, donde se cargarían a los actuales campeones del mundo, los ingleses, para vengarse de la final perdida en el Mundial anterior, el de 1966. Los germanos ganaron por 3 goles a 2 en la prórroga, después de haber levantado un 2 a 0 en el tiempo reglamentario y que, cómo no, el gran Müller hiciera en tanto de la victoria en el minuto 108.

Los alemanes no tenían el problema de los italianos. El seleccionador, Helmut Schön, ponía a todos los buenos juntos y ya está. Schön llevaba toda una vida en la selección. Se incorporó a la Mannschaft como asistente del gran Herberger en 1956, dos años después de que los germanos ganaran su primera Copa del Mundo, e hizo de segundo hasta el relevo de su maestro en 1964. 

Helmut Schön saluda a Alf Ramsey en el partido ante Inglaterra.

A partir de ahí, dirigió al combinado alemán durante 14 años y, atentos, fue subcampeón del Mundo en el 66, tercero en el 70, campeón de Europa en el 72, campeón del Mundo en el 74 y subcampeón de Europa en el 76. Se retiró de la selección después del Mundial de Argentina en el 78. ¡Casi nada!

Pues bien, el bueno de Schön jugaba con Overath y Beckenbauer en el medio y arriba juntaba también sin problemas al Torpedo Müller, recién llegado a la selección, con Uwe Seller, un grandísimo veterano que afrontaba su cuarto mundial y que habían marcado en todos.

***

El caso es que los alemanes afrontaron la prórroga con la moral más alta tras haber conseguido el empate en el último suspiro después de perseguirlo durante todo el partido y eso se notó en el inicio del tiempo extra. 


El Káiser siguió en el campo como si nada.

El problema es que estaban todos muy cansados después de la larga batalla de noventa minutos, y puede que los alemanes más aún, ya que venían de disputar una prórroga contra Inglaterra y, además, jugaban con Beckenbauer con el brazo en cabestrillo después del penalti que le hizo el defensa Cera al final de la segunda parte. 

Sin cambios, el gran Beckenbauer siguió jugando... 
Y corriendo... 
Y dando la cara hasta el final.

El partido se volvió loco, era de ida y vuelta, con jugadores que hacían la guerra por su cuenta y lleno de imprecisiones por los dos bandos producto del cansancio. Entre tantas idas y venidas y con tanto talento en el terreno de juego, llegaron las ocasiones y los goles. 

El primero fue de Müller, que aprovechó una incomprensible desconexión de la defensa italiana a la salida de un córner para meter el pie casi en la línea de gol después de un remate de Sëller. Un defensa tapaba la pelota con su cuerpo para que la cogiera Enrico Albertosi, pero ni uno ni otro vieron aparecer al Torpedo, que aprovechó el regalo, metió su pierna zurda y batió al meta italiano. Llevábamos solo cuatro minutos de prórroga.

Müller remata de cabeza para adelantar a Alemania (2-1).

Pero cuatro minutos después, los alemanes iban a devolver el regalo. Domenghini colgó una falta desde el centro del campo y el central alemán despejó flojo y al centro del área, donde Burgnich remachó a placer el balón que le quedó botando con la pierna izquierda. Ni él mismo se creía el gol que acababa de marcar para volver a empatar el encuentro.

Y con el tiempo de la primera parte de la prórroga prácticamente cumplido, los italianos volvieron a golpear. Con las pocas fuerzas que le quedaban, el delantero Riva se inventó un recorte en la frontal del área para driblar a su par y lanzar un disparo seco, raso y cruzado que batió a Maier. 

Increíblemente, Italia volvía a estar por delante. 
Dos a tres.

El zapatazo de Riva adelantó momentáneamente a Italia (2-3).

Se realizó el cambio de campo y Alemania siguió intentándolo con las pocas fuerzas que le quedaban mientras los italianos se defendían con las suyas, cuando el meta Albertosi decidió darle emoción una vez más a la final. 

Quiso sacar rápido con la mano, pero el balón golpeó en la espalda de su compañero Poletti, le quedó a Müller en una esquina del área grande y el meta no tuvo más remedio que derribarlo antes de que entrara en el área, diera el pase de la muerte o chutara directamente a gol. El minicórner acabaría con un remate de Müller solo en el segundo palo que Rivera, pegado al poste, pudo sacar con la mano (entonces no te expulsaban por eso, sería penalti y punto), pero no lo hizo. 

El crack italiano reconoció años más tarde en una entrevista que podía haberla parado con la mano, pero que las manos en el fútbol estaban prohibidas y él no hacía eso. El guardameta Albertosi no debió pensar lo mismo porque le metió una descomunal bronca que Rivera desactivó con un comentario: “Tranquilo, que ahora marco”. 

Y lo hizo justo un minuto más tarde.

Los italianos sacaron de centro y Rivera controló la pelota, avanzó un poco y se encontró prácticamente rodeado de alemanes, así que la tocó a un lado y acompañó la jugada. En la banda izquierda, la pelota le llegó a Boninsegna quien, cansado como estaba, aún tuvo fuerzas de encarar al defensor alemán, superarlo por fuera y avanzar hacia la línea de fondo. Cuando vio que se quedaba sin ángulo y chutar ya no era posible echó la pelota rasa y atrás, buscando el punto de penalti, un pase de la muerte clásico. 

Y allí apareció Rivera para poner su pierna derecha y rematar raso al lado contrario al que el portero Maier se había vencido. 

Rivera celebra el gol del triunfo mientras Maier se lamenta.

Cuatro a tres para la azzurra y a disputar la final contra Brasil (que eso ya sería otro cantar).

***

Así se cerró, con cinco goles en apenas 17 minutos, el que a partir de ese instante sería considerado el partido del siglo, aunque sus propios protagonistas aseguren que no fue para tanto y que, como máximo, habría que llamarlo “la prórroga del siglo”. 

Eso no impidió que en el Estadio Azteca se colocara un placa conmemorativa donde se puede leer: “El Estadio Azteca rinde homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3), protagonistas en el Mundial del 70 del Partido del Siglo”.

Pero lo mejor lo supimos por los diarios del día siguiente: 23 presos de la cárcel mexicana de Tixtla se fugaron esa tarde mientras todos los vigilantes contemplaban absortos la prórroga el partido del siglo por televisión. ¡Para que luego digan que el fútbol no es importante en la vida de las personas!

miércoles, 16 de enero de 2008

Inglaterra gana el Mundial más polémico en 1966

98.000 personas abarrotaban el viejo Wembley el 30 de julio de 1966 (con la mismísima Reina de Inglaterra como cabeza visible de todo un país) para presenciar la final de la Copa del Mundo. Los pupilos de Alf Ramsey, vestidos con camiseta roja y calzón blanco, afrontaban la cita más importante de sus vidas ante la Alemania de Helmut Schön, que viste de blanco con los pantalones negros, comos siempre.

Era la primera vez en la historia que Inglaterra llegaba a la final de un mundial –de hecho, hasta ese momento, los ingleses habían sido eliminados en la fase de grupos del Mundial de 1950 y de 1958 y en cuartos de final en 1954 y 1962– y lo hacía ante su público después de 19 días de competición que los de Ramsey habían comenzado en ese mismo estadio con un empate sin goles ante Uruguay.

La selección inglesa apostó fuerte por este mundial, a sabiendas de que se les presentaba una oportunidad única para levantar una Copa del Mundo que se les resistía desde que en 1950 decidieran dejar de lado su tradicional autoexclusionismo para intentar demostrar al mundo que los inventores del fútbol eran los mejores. Pero lo que quedó claro es que “del dicho al hecho, trecho”. Así que en 1966 tenían que resarcirse de sus fracasos en la Copa del Mundo, aunque el riesgo de no conseguirlo suponía una presión extra para todos los jugadores y el cuerpo técnico.

Sir Alf Ramsey en 1969.

Pero esa Inglaterra había conseguido reunir a un gran equipo y estaba entrenada por un magnífico técnico que se había empapado de todos los sistemas tácticos del momento. Alf Ramsey dispuso a sus hombres en el césped en un 4-4-2, un sistema ahora clásico y en aquel momento rompedor que también usaba Viktor Maslov al otro lado del Telón de Acero, en su Dinamo de Kiev que, pese a su falta de cobertura mediática, también revolucionaría el fútbol.

Ramsey decidió transformar el 4-2-4 que venían jugando las selecciones desde el triunfo de Brasil en Suecia en 1958 (y que la Brasil del 62 había ido evolucionando para convertir casi en un 4-3-3) retrasando a los dos extremos al centro del campo y dejando las bandas para los centrocampistas o los laterales. Así, retrasó la posición del joven del Blackpoll Allan Ball (disputó la Copa del Mundo con 21 años) y del delantero del Liverpool Roger Hunt y, además, les hizo jugar más de interiores, dejando las bandas libres para la aparición por sorpresa de los laterales. De esta forma, pobló el centro del campo para blindarse mejor y, a la vez, le dio libertad de movimientos a su mejor jugador: Bobby Charlton. La apuesta le salió tan bien a nivel defensivo que los ingleses no recibieron ni un solo gol en el torneo hasta las semifinales, cuando Eusébio recortó distancias de penalti a falta de unos pocos minutos para el final.

Pero es que, además, Ramsey tenía en defensa al capitán Moore y a Jack Charlton y bajo palos al mítico Gordon Banks, con lo que Inglaterra se convirtió en un conjunto muy rocoso y muy difícil de batir.

Bobby Moore pugna con Josef Massopust en 1963.

Además, al margen de su talento y de su gran torneo, los ingleses contaron con una serie de ventajas que consiguieron allanarles un poco más el camino. Jugaron todos los partidos del torneo en el mismo estadio de Wembley y, además, en la primera fase, siempre descansaron, al menos, un día más que sus rivales: los ingleses empezaron el 11 de junio ante Uruguay y México y Francia jugaron su partido el día 13; el día 15 se enfrentaron Francia y Uruguay en White City, mientras que los anfitriones jugaron el 16 ante México a la que ganaron por dos a cero; los mexicanos se enfrentaron a Uruguay el día 19 y los ingleses cerraron la primera fase al día siguiente con otra victoria por 2 a 0 ante Francia.

Todos los goles ingleses en esta primera fase los hicieron sus centrocampistas: Bobby Charlton y Roger Hunt ante México y otro doblete del atacante del Liverpool ante Francia. Con estos resultados, los ingleses se clasificaron como primeros de grupo y esperaban rival en cuartos de final, que sería el segundo del grupo 2, precisamente el que encabezó Alemania.

Los germanos empezaron arrasando a Suiza (5 a 0), empataron sin goles ante Argentina y refrendaron su liderato con otra victoria ante España (2 a 1), a la que mandaron para casa. En segunda posición se clasificó Argentina, que había ganado también a españoles (2 a 1) y suizos (2 a 0) para medirse a los ingleses en cuartos de final. Alemania se vería las caras con Uruguay. Los dos europeos contra los del Río de la Plata.

El alemán Weber le cierra el paso al argentino Artimes. 

Los alemanes viajaron de Birmingham a Sheffield por segunda vez para medirse a Uruguay, pero los primeros siete minutos de partido fueron una tragicomedia para la celeste. Los sudamericanos empezaron apretando y a los cinco minutos un remate de Julio César Cortés se estrelló en el travesaño y botó en el suelo. El árbitro inglés james Finney, por si acaso, miró hacia otro lado. 

Pero en la siguiente jugada de ataque charrúa, un cabezazo de Pedro Rocha estaba a punto de convertirse en el primer tanto del partido, pero el defensa alemán Schnellinger alzó los dos brazos para realizar una parada antológica que ni Finney ni sus dos linieres vieron tampoco. El resto del campo sí lo había visto. Un par de minutos más tarde, en una jugada de llena de rebotes marcó Helmut Haller. Tras el descanso, el árbitro expulsó al capitán Horacio Troche por una dura entrada y después a Héctor Silva por protestar. Quedaban 36 minutos de partido y Uruguay se quedaba con nueve jugadores ante la máquina germana. Al final, 4 a 0 y Alemania a las semifinales.

El cruce de cuartos entre Inglaterra y Argentina lo arbitraba un alemán: Rudolf Kreitlein. El árbitro tardó 35 minutos en expulsar al capitán de la albicelete, el mediocentro de Boca Antonio Rattín. El jugador se dirigió al árbitro en tono despectivo, según el colegiado, y éste no dudó en mostrarle el camino hacia los vestuarios (entonces no había tarjetas y te expulsaban señalando el túnel). 

Rattín, espabilado como él solo, decidió no moverse del campo porque no entendía al árbitro y pidió un intérprete. Estuvo 10 minutos en el campo haciéndose el sordo hasta que salió del terreno de juego. Dicen que Rattín se sentó en la alfombra roja de la Reina mientras los espectadores gritaban “Animal, animal, animal”, pero esa imagen nadie la ha visto. La que sí se puede ver es la de Rattín dando la vuelta al campo por fuera y estrujando el banderín de córner entre aullidos de los aficionados ingleses. El señor Kreitlein manifestó después del partido que, pese a que no lo entendía, le había mirado mal y por eso dedujo que lo había insultado y lo expulsó. 

Inglaterra y Argentina protagonizaron un partido muy tenso.

Al final, el delantero del West Ham Geoff Hurst inauguró su cuenta goleadora en el Mundial con un gol en el minuto 78 que clasificaba a Inglaterra para las semifinales de su torneo. Alf Ramsey dijo después de la victoria que ellos no intercambiaban camisetas con animales. Y estaba en su derecho a decir lo que se le antojase y a cambiar camisetas con quien quisiera, faltaría más, pero quizá debería haber pensado en regalarle al colegiado las de toda la selección, ya que el señor Kreitlein no tenía pinta de animal.

En las semifinales, ni alemanes ni ingleses sufrieron en exceso. Los germanos ganaron por dos tantos a uno a la Unión Soviética de Yashine y Voronin, mientras que los anfitriones se deshicieron de la Portugal de Eusébio con dos tantos de Bobby Charlton que la estrella portuguesa contrarrestó con un penalti a falta de pocos minutos para la conclusión del choque. Así, los ingleses se presentaban en Wembley el 30 de julio para una cita con la historia. Enfrente, Alemania Federal, que volvía a una final después del Milagro de Berna, el triunfo ante Hungría en 1954.

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La final empezó trepidante, con Alemania bien asentada en el terreno de juego y sin miedo al ambiente ni a los rivales. De hecho, a los 12 minutos de encuentro, Sigi Held envió un centro al área que la defensa inglesa no supo despejar con contundencia y Haller cogió el rechace para sacar un disparo cruzado desde dentro del área para adelantar a los germanos y enmudecer Wembley. Pero la alegría duraría poco, ya que el capitán Moore sacaría una falta lejana al corazón del área alemana y allí estaba Geoff Hurst, completamente solo, para rematar de cabeza y empatar la final tan sólo seis minutos más tarde. El partido se empezó a hacer espeso, con Beckenbauer marcando a Bobby Charlton y anulándose los dos en el centro del campo, pero los alemanes sólo sufrieron un par de ocasiones locales y parecían controlar bien el partido cuando se marcharon al descanso.

En la segunda mitad, el miedo se apoderó de los dos equipos. Nadie quería perder, pero Alemania parecía más entera y se desempeñaba mejor en este tipo de situaciones. Sin embargo, sería Inglaterra la que tocaría la Copa con la yema de los dedos. Corría el minuto 33 de la segunda mitad cuando los ingleses sacaron un córner desde la derecha del ataque, el balón, pasadísimo, le llegó a Geoff Hurst al borde del área y, tras intentar un par de recortes, decidió lanzar raso a portería. Horst-Dieter Höttgges se tiró al suelo para despejar, pero el balón salió despedido hacia atrás y Peters lo recogió del cielo en el área pequeña para enviarlo al fondo de las mallas. Era el momento soñado. Los ingleses estaban a punto de ganar su primera Copa del Mundo. Sólo tenían que resistir 12 minutos las hipotéticas envestidas alemanas.

Pero con Alemania, ya se sabe, hay partido hasta el final, hasta que el árbitro pita. Y los casi 100.000 ingleses presentes en el estadio se quedaron de piedra en el último minuto de encuentro. Beckenbauer disparó a puerta con potencia una falta lejana que rebotó en uno de los múltiples cuerpos de defensores y atacantes que se encontraban dentro del área inglesa, el balón quedó en los pies de un delantero germano que intentó entre un remate y un pase, duro, raso y cruzado, y el balón le cayó en los pies al defensa germano Weber que remachó ante Banks para anotar el empate y mandar la final a la prórroga.

El resto, es historia: los ingleses salieron mejor y dispusieron de dos ocasiones que desbarató el guardameta Tilkowoski, pero todo se precipitó a los once minutos de la prórroga cuando Geoff Hurst controló dentro del área un centro de Allan Ball, se dio la vuelta y estampó un tremendo derechazo en el larguero que botó en la línea de cal. 

El gol fantasma de Hurst valió una Copa del Mundo.

El árbitro dio el gol por válido tras consultar con el línea y de nada sirvieron las protestas alemanas. Al final, ya con el tiempo cumplido de la segunda parte de la prórroga, Bobby Charlton le metió un balón en profundidad al héroe inglés Hurst para que anotara su tercer tanto y el cuarto de su equipo con Alemania Federal volcada al ataque. El delantero inglés se convertía en el primer jugador en marcar tres goles en una final de un Mundial (y, hasta ahora, el único en hacerlo).

Inglaterra celebró que el fútbol volvía a casa alzando la copa Jules Rimet por primera vez en la historia. Tardaría 24 años en volver a meterse en las semifinales de un Mundial (lo hizo en Italia 90, donde acabó cuarta) y otros 28 años más en repetir ese mismo resultado (volvió a ser cuarta en Rusia 2018 tras caer en las semifinales ante Croacia y en el partido por el tercer puesto ante Bélgica).

Por cierto, el árbitro del encuentro fue el suizo Gottfried Dienst, que había sido el asistente de Kreitlein en el famoso partido de Inglaterra ante Argentina. Dienst será recordado a partes iguales por alemanes e ingleses (aunque por motivos bien distintos) y quizá Alf Ramsey le debería haber regalado también una camiseta.

Porque al linier que dio el gol por válido no le hizo falta camiseta ni nada. Fue el azerbaiyano Tofiq Bahramov, considerado un héroe y un símbolo por sus compatriotas. Dirigiría un partido en la fase final del Mundial de México 70 y la ida de la final de la Copa de la UEFA 1971-72 entre el Tottenham y el Wolverhampton. 

En octubre de 2004, aprovechando que Azerbaiyán e Inglaterra coincidieron en el mismo grupo de clasificación para el Mundial de Alemania 2006, se le hizo un homenaje póstumo el día del partido con la asistencia del mismísimo Geoff Hurst (ganó Inglaterra cero a uno).

El árbitro azerbaiyano Tofiq Bahramov.

También le pusieron su nombre al Estadio Nacional de Bakú, el más importante del país e inauguraron una estatua, la primera y creo que la única dedicada a un árbitro en el mundo.

Los hinchas ingleses que se desplazaron para ver el partido peregrinaron ese día hasta su tumba para dejarle flores.

¿Se imagina alguien que el árbitro azerbaiyano le hubiera dicho al suizo que no fue gol

Mejor dejar las cosas como están.