"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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miércoles, 7 de septiembre de 2022

José Altafini, el goleador que cambió a la Brasil de Pelé por Italia para escribir su propia historia

José Altafini nació en una familia burguesa de Sao Paulo de origen italiano allá por el lejano verano de 1938. Pronto le dio por pegarle patadas a un balón y muy pronto también empezaron a llamarlo “Mazzola” en tierras brasileñas por su parecido físico con la estrella de la Lazio que falleció en el trágico accidente de avión de Superga de 1949, Valentino Mazzola, padre del legendario Sandro Mazzola, que posteriormente fue una estrella en el Inter de Milán y en la selección italiana.

Altafini es un caso atípico dentro del fútbol mundial y, especialmente, dentro del fútbol brasileño. Un futbolista de ataque que debutó muy joven en el Palmeiras y que a la edad de veinte años fue citado para la disputa del Mundial de 1958 en Suecia con la canarinha. 

Altafini defendió los colores de Brasil en el Mundial 58.

Era Altafini un delantero a la europea en Brasil, muy dotado técnicamente, pero también duro, peleón, respetuoso con el rigor táctico y un poco más alejado de la magia, la improvisación y el “ginga” que representaban en esa misma selección brasileña que obtuvo su primer Mundial los jóvenes Pelé y Garrincha.

De hecho, Altafini era uno de los delanteros titulares de la selección de Vicente Feola, que apostaba por un juego más a la europea, un poco más táctico y un poco más defensivo, hasta que se dio cuenta de que no podía dejar en el banco a los Pelé, Vavá o Garrincha por muy espontáneos que fueran si quería ganar el campeonato y sentó a Altafini en la parte decisiva de la Copa del Mundo de 1958 que acabaría levantando Brasil para empezar a escribir su leyenda futbolística como selección.

Seguramente en ese instante, José Altafini tomó la decisión más trascendental de su vida: mudarse a Italia a buscarse la vida, a demostrar en la liga más defensiva del mundo que era un atacante tan válido o más que los que jugaban en Brasil y le cerraban el paso en la selección que acababa de proclamarse campeona del mundo. 

Nunca quiso Altafini estar a la sombra de nadie y dejó Sao Paulo sin pensárselo para trasladarse a Milán en septiembre de ese mismo 1958, recién coronado campeón del mundo. Aunque ello le supusiera no volver a vestir jamás la camiseta verdeamarelha. 

Pero vayamos paso a paso...

***

Dos años antes del Mundial de Suecia, en 1956, un jovencísimo Altafini, con apenas dieciocho años, ficha por el Palmeiras para convertirse en su estandarte ofensivo. 


Altafini debutó muy joven en el ataque del Palmeiras.

En ese instante, el Campeonato Brasileño está repleto de talento en ataque en prácticamente todos sus equipos. 

En el Botafogo, un anárquico Garrincha manejaba todo el potencial ofensivo de su equipo desde el extremo. En Vasco de Gama, un jovencísimo Vavá empezaba a abrirse camino en las defensa rivales. En el Fluminense mandaba Didí desde el centro del campo. En el Sao Paulo la estrella seguía siendo el veterano Zizinho, superviviente del Maracanazo en 1950. En el Corinthians los goles los ponía Luizinho. 

Y en el Santos... en el Santos empezaba a abrirse paso con fuerza un joven que todavía no contaba con dieciséis años y que estaba llamado a ser O Rei. Se trataba de Pelé, que debutó en el primer equipo la temporada 56-57 haciendo cuarenta y un goles en el Campeonato Paulista que ganó su equipo y cinco más en el torneo interestatal Río-Sao Paulo, que también ganó el Santos. Altafini, con el Palmeiras le superó anotando siete que no sirvieron para que su equipo conquistara el título.

En plena carrera hacia el Mundial de 1958, Vicente Feola se los llevó a todos a Suecia menos a Zizinho y a Luizinho, que se cayó de la lista en el último momento para que entrara Pelé, con el consiguiente enfado de la afición del Timao, que incluso montó un partido amistoso contra la selección brasileña antes de acudir a la cita mundialista para convencer a Feola de que Luizinho tenía que ir a Suecia. 

Luizinho, estandarte del Timao, se quedó en casa.

Brasil ganó tres a uno y a Pelé lo molieron a palos, lesionándolo en una rodilla y haciendo peligrar su participación en el Mundial. Feola se lo llevó igualmente y dejó en casa a Luizinho pese a las protestas de toda la hinchada conrinthiana que, a medida que avanzaba el torneo, se fueron disipando poco a poco.

Altafini empezó jugando de titular en el Mundial de Suecia los dos primeros partidos ante Austria (venció la canarinha tres a cero con dos tantos suyos) y ante Inglaterra (partido que concluyó con un empate sin goles). 

En el tercer partido de la fase de grupos ante la Unión Soviética, Feola metió en el equipo a Pelé, a Garrincha y a Vavá y sacó del once a Altafini, a Joel y a Zagallo. Brasil ganó dos a cero con doblete de Vavá y se metió en los cuartos de final donde se enfrentaría a Gales.

En el partido contra los Dragones Rojos, Vicente Feola volvió a confiar en el talento de Altafini, que formó en la delantera junto a Pelé, Garrincha y Zagallo. El sacrificado esta vez fue Vavá y el goleador, Pelé, que anotó un auténtico golazo para doblegar la resistencia galesa y meter a Brasil en semifinales ante Francia. 

A partir de ese momento, Altafini ya no volvería a jugar.

Altafini pelea la pelota con el meta austríaco. Le hizo dos goles.

En la victoria ante los franceses por cinco a dos en semifinales y ante los suecos en la final por idéntico resultado jugarían en ataque Zagallo, Pelé, Garrincha y Vavá. Pelé hizo cinco tantos más (tres ante Francia y dos en la final ante Suecia), Vavá anotó otros tres (uno en la semifinal y dos en la final), mientras que el centrocampista Didí se estrenó como goleador en la semifinal ante Francia y Zagallo marcó el cuarto de su equipo en la final ante Suecia. 

Altafini, en cambio, nada más levantar la primera Copa del Mundo de la historia de Brasil, hizo las maletas rumbo al país de sus padres y eligió el Milán para afrontar una aventura en solitario que le convertiría en un ídolo en Italia y, a la vez, le privaría para siempre de alcanzar de nuevo la gloria en la Copa del Mundo

Aunque eso él aún no lo sabía.

***

El Milan ya era en 1958 un equipo muy potente y con tradición, que había dominado en campeonato italiano por primera vez en la primera parte de la década de los cincuenta gracias a los tres suecos que alineaba en su delantera: Gren, Nordahl y Liedholm. 

La delantera del AC Milan de los 50 tenía un nombre: Gre-No-Li.

Pero los suecos se fueron yendo poco a poco del equipo y el Milan se rearmó en 1955 con el fichaje de Schiaffino, el delantero uruguayo que había sido campeón del mundo en Brasil 50 protagonizando el mítico Maracanazo

De hecho, en la temporada 56-57 volvieron a ganar el Scudetto con la incorporación del también delantero Carlo Galli, atacante italiano que llegaría a marcar más de cien goles con el club. 

El equipo disputó la final de la Copa de Europa ese mismo año ante el Real Madrid y cayó por tres goles a dos con un tanto encajado en la prórroga. 

Tras ese encuentro, llegó Altafini para completar un equipo de ensueño que ganó otra vez el Scudetto y empezó a codearse definitivamente con los mejores en Italia y en Europa.

Altafini fichó por el AC Milan para hacerlo aún más grande en Italia.

Pero la reconstrucción total milanista tardó unos cuantos años más en producirse. 

El mejor rendimiento de Altafini como goleador llegó de la mano del nuevo entrenador, Nereo Rocco, fichado en la campaña 61-62 después de dos subcampeonatos consecutivos. También llegó “Il Bambino” Rivera, un joven de dicinueve años que estaba llamado a ser una de las más grandes figuras históricas del fútbol italiano.

En esa primera temporada de Rocco en el banquillo del Meazza, el Milan volvió a ganar el Scudetto y Altafini fue el máximo goleador con ventidós tantos que le sirvieron de tarjeta de presentación para el Mundial de Chile 62, donde defendería los colores de Italia tras haberse proclamado campeón del Mundo con Brasil cuatro años antes.

Pero en Chile las cosas no le fueron bien a Altafini ni a la selección italiana, que cayó en la primera fase tras caer primero ante Alemania y después en la Batalla de Santiago ante Chile. Garrincha, Vavá y Zagallo, excompañeros de Altafini, volvieron a levantar la Copa del Mundo con Brasil, un torneo que no pudo conquistar Pelé porque se lesionó en el primer encuentro ante Checoslovaquia y no pudo disputar ni un solo partido más.

La debacle italiana en Chile tuvo graves consecuencias para José Altafini y para el resto de oriundi que integraron la Nazionale (los argentinos Omar Sívori, Angelo Sormani y Humberto Maschio). 

Ninguno de ellos volvería a vestir la azzurra nunca más tras ese torneo.

Altafini y los argentinos Angelillo y Sívori con la Azzurra en 1962.

***

La espina se la quitó Altafini con el Milan al conseguir la primera Copa de Europa de su historia en la temporada 62-63. Además, el brasileño nacionalizado italiano se convirtió en el máximo goleador de la máxima competición continental europea con catorce dianas, un récord que se mantendría vivo hasta la eclosión de Messi y Cristiano Ronaldo medio siglo más tarde.

Casualidades de la vida, el final de Altafini en el Milan llegó por el fichaje de otro brasileño que decidió emular sus pasos y no permanecer a la sombra de Pelé en Brasil. Se trataba de Amarildo, que sustituyó a O Rei tras su lesión en el Mundial de Chile, se proclamó campeón del mundo haciendo un torneo extraordinario, pero acabó fichando también por el equipo rossonero tres años después. 

Su fichaje supuso el adiós de Altafini, que hizo las maletas rumbo a Nápoles en 1965. En Nápoles, el campeón del mundo del 58 siguió marcando goles durante cuatro temporadas más hasta que en 1972, a los treinta y cuatro años, fichó por la Juventus. En Turín obtuvo dos Scudettos más que sumar a su extenso palmarés. 

Y se retiró del fútbol italiano en 1976, con 38 años, anotando 216 goles en 458 partidos en una de las ligas más difíciles del mundo para un delantero.

Pero Altafini, a quien en la última época en Italia le llaman “el Abuelo”, no quiso dejar el fútbol todavía y siguió metiendo goles en Suiza durante 4 temporadas más para colgar las botas definitivamente a los cuarenta y dos años en 1980.

Altafini y Amarildo en el Milan. Ambos decidieron salir de Brasil.

Al final, tomó muchas decisiones arriesgadas en su vida que le marcaron para siempre. 

Él lo resumió así: “Jamás me he arrepentido de mis decisiones, pero, quizás, si volviera a nacer, actuaría de otra forma”. 

Sea como sea, con las decisiones que tomó, equivocadas o no, se ganó un sitio en el Olimpo del fútbol.

lunes, 11 de abril de 2022

La batalla de Santiago entre Italia y Chile en el Mundial de 1962

El Mundial de Chile en 1962 está considerado por casi todos como el más violento de la historia. Haciendo un recuento de lesionados nos salen veinticuatro en los dos primeros días de competición, número que va ascendiendo a medida que se suceden los partidos de la primera fase. En la tercera jornada, el recuento llega ya a los treinta y cuatro y en la cuarta, a los cincuenta. Increíble y auténticamente salvaje. Porque no hablamos de contusiones leves, torceduras de tobillo o sobrecargas musculares, sino de roturas de tibia, fracturas de nariz, piernas rotas... 

Todo empezó en el partido del grupo A entre la Unión Soviética y Yugoslavia, que acabó con victoria de los soviéticos por dos a cero en medio de una auténtica batalla campal. Estas mismas selecciones habían disputado dos años atrás la final de la primera Eurocopa de la historia en 1960 en un choque que acabó con empate a uno y que se resolvió en la prórroga a favor de los soviéticos con un tanto de Ponedelnik en la prórroga.

Con ganas de revancha y con el telón de fondo de las desavenencias políticas entre Stalin y Tito, el partido se convirtió pronto en una guerra. Al poco de empezar, el delantero bosnio Mohamed Mujic sufrió una entrada que le provocó un feo corte en el tobillo. Minutos más tarde, el defensa soviético Eduard Dubinski controlaba un balón en defensa cuando apareció Mujic para hacerle una entrada salvaje e innecesaria que le partió la tibia y el peroné, aunque el colegiado no pitó ni siquiera falta.

El defensa soviético no pudo abandonar el campo por su propio pie y se lo tuvieron que llevar, mientras que sus propios compañeros expulsaron a Mujic del terreno de juego, avergonzados. El atacante bosnio nunca más volvió a vestir la camiseta yugoslava.

A Dubinski lo sacaron del campo sus compañeros.

El parte médico de aquel partido fueron la rotura de tibia y peroné de Dubinski, doce puntos de sutura en la ceja del soviético Metreveli, un hematoma en el tobillo de Ponedelnik, el corte en el tobillo de Mujic y una fractura de tabique nasal del croata Zeljko Matus. 

Por cierto, Dubinski tardó mucho en recuperarse de la lesión de su pierna y ya no pudo volver a jugar a fútbol a buen nivel. En 1968 le diagnosticaron un sarcoma en la pierna lesionada que derivó en un cáncer maligno y, tras varias operaciones que acabaron con la amputación de la pierna, el jugador murió el 11 de mayo de 1969 a los 34 años. Hay quien dice que la muerte y la lesión pudieran no tener nada que ver y que en la aparición y la evolución del cáncer tenía más peso la carga genética que el traumatismo sufrido. El caso es que el jugador murió.

***

En el partido entre España y Checoslovaquia que abría el grupo C los defensas españoles Reija y Rivella acabaron lesionados y tuvieron que volver a casa después del primer partido. Reija se rompió el menisco y a Rivella le tuvieron que enyesar el tobillo. 

Por su parte, el meta checoslovaco Scroif recibió una patada en la cara que lo dejó inconsciente durante más de cinco minutos, aunque luego pudo seguir jugando. 

España perdió uno a cero y se dejó casi todas sus opciones de pasar a cuartos de final en el grupo que compartía con Checoslovaquia, México y Brasil. De hecho, la victoria sufrida de los españoles ante México (1-0) no serviría de nada tras volver a caer en el partido que cerraba el grupo ante una Canarinha (2-1) que remontó con dos golazos de Amarildo.  

Amarildo hizo los dos tantos que mandaron a España para casa.

Los checos y los brasileños serían los que finalmente se clasificarían y, además, acabarían disputando entre ellos la final del torneo.

Por cierto, a los españoles les llamaban la ONU, porque además de Di Stéfano, argentino de origen, que viajó a Chile lesionado y no disputó ni un solo minuto en el Mundial, también iban citados con España el húngaro Puskas, el paraguayo Eulogio Martínez y el uruguayo Santamaría. Todos entrenados por el argentino Helenio Herrera.

***

En el grupo D, Argentina y Bulgaria también se repartieron de lo lindo en Rancagua. Cinco argentinos terminaron el partido lesionados y dos búlgaros se tuvieron que despedir del campeonato por culpa de las graves lesiones que padecieron. 

Increíblemente no hubo ni un solo expulsado, lo que seguramente provocó que casi todas las selecciones siguieran jugando al límite del reglamento durante el resto del torneo. 

Ganó Argentina uno a cero, pero, de todas formas, ni argentinos ni búlgaros siguieron adelante. 

La albiceleste, entrenada por el Toto Lorenzo, cayó en el segundo encuentro ante Inglaterra (3-1) y fue incapaz de batir a una Hungría ya clasificada para la siguiente ronda. El empate sin goles ante los magiares mandó definitivamente a Argentina para casa.

Once tipo de Argentina en el Mundial de Chile 62.

Las clasificadas para cuartos serían Hungría como primera de grupo e Inglaterra como segunda. Los británicos caerían en cuartos de final ante Brasil y los magiares serían eliminados por Checoslovaquia en una de las grandes sorpresas del Mundial.

***

Pero el partido que se llevó la palma, el que todo el mundo catalogó como la vergüenza de las vergüenzas, lo disputaron en Santiago las selecciones de Chile e Italia el 2 de junio de 1962. Para entender lo que pasó en ese encuentro y por qué tenemos que retroceder unos años en el tiempo, porque el choque venía muy viciado de antemano.

A Chile se le concedió la organización del Mundial del 62 en 1956, después de que las dos anteriores ediciones de la Copa del Mundo se hubieran disputado en Europa (en Suiza la de 1954 y en Suecia de la 1958). Los países europeos reclamaban para sí la organización de un tercer mundial seguido en el Viejo Continente, pero los sudamericanos, con Argentina a la cabeza, exigían el cambio de continente. 

En 1954, la Federación de Fútbol Chilena encabezada por Carlos Dittborn y Ernesto Alvear enviaron a Zúrich la documentación y el aval pertinente para inscribir a Chile en la carrera por la organización de la Copa del Mundo de 1962. Argentina y Alemania Federal también lo hicieron, aunque los germanos retiraron enseguida su candidatura cuando fueron conscientes de que un tercer mundial consecutivo en Europa iba a ser imposible. 

Argentina y Chile se quedaron solos en la carrera.

En junio de 1956, en Lisboa, se decidiría definitivamente qué país organizaría el Mundial del 62. La candidatura argentina optó por destacar su sobrada solvencia. El encargado de defenderla fue Raúl Colombo, quien no paró de hablar durante dos horas e hizo un discurso en castellano que cerró con un famoso: “Podemos hacer el Mundial mañana mismo. Lo tenemos todo”. 

El representante chileno, Carlos Dittborn, presentó en 15 minutos las razones por las que Chile debería organizar el Mundial, y lo hizo en inglés, idioma que entendían todos los presentes. Habló de la afición masiva por el fútbol en el país, de su participación en las Olimpíadas, de las competiciones locales que se organizaban año tras año sin problemas y con solvencia, de su participación e implicación en la FIFA, de la estabilidad política e institucional en el país y del clima proclive al deporte que se respiraba en Chile. 

Remató invocando el artículo 2 de los estatutos de la FIFA, que recogen expresamente la intención de que la Copa del Mundo fomente el fútbol en los países menos desarrollados. El cierre de Dittborn fue antológico, en claro contraste con el del argentino Colombo: “Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”. 

"Porque nada tenemos, lo haremos todo" fue el lema del Mundial de Chile.

La votación se resolvió con 32 votos a favor de Chile, 10 para Argentina y 14 en blanco. Increíblemente, el Mundial se celebraría en Chile.

Pero el 22 de mayo de 1960 la tierra tembló como nunca antes lo había hecho y el terremoto más potente de la historia de la humanidad golpeó cruelmente Chile y devastó todo el territorio entre Talca y Chiloé, afectando a una extensión de más de 400.000 kilómetros cuadrados. Se estima que más de 2.000 personas perdieron la vida y hubo más de 2 millones de damnificados. 

Ante tal catástrofe, la organización del Mundial tan sólo dos años más tarde parecía una quimera, pero Jorge Alessandri, el presidente del país andino, aseguró: “El Mundial, señores, se hace en Chile. Sí o sí”. 

Y se hizo, vaya si se hizo... 

Las sedes previstas de Talca, Concepción, Talcahuano y Valdivia habían quedado totalmente destrozadas, mientras que Antofagalta y Valparaíso renunciaron también debido a los enormes problemas económicos. Sin embargo, Viña del Mar y Arica tomaron el relevo y junto a Santiago y Rancagua se convirtieron en las 4 sedes definitivas del Mundial de 1962.

En ese contexto, la prensa italiana pronto se posicionó contra del hecho de disputar el Mundial en Chile, un país que consideraban subdesarrollado y que estaba lejísimos de los intereses europeos. Así, a pocos días de la inauguración del torneo, el prestigioso diario italiano “Corriere della Sera” publicó una crónica escrita por Antonio Ghirelli que encendió los ánimos en el país andino, sobre todo teniendo en cuenta que Italia y Chile compartían grupo en la primera fase del campeonato. 

Ahí va un fragmento: “Un campeonato del mundo a trece mil kilómetros de distancia: una locura. Chile es pequeño, pobre y orgulloso. Ha aceptado organizar esta edición de la Copa Jules Rimet de la misma forma que Mussolini aceptó que nuestra aviación fuera a bombardear Londres. La capital dispone de setecientas camas. El teléfono no funciona. Los taxis son tan raros como los maridos fieles. Enviar un cable a Europa cuesta un ojo de la cara. Una carta tarda por lo menos cinco días…”.

Otra crónica, firmada Corrado Pizzinelli, enviado especial del diario florentino “Il Resto del Carlino”, se titulaba “¡Guerra mundial!” y aún iba un poco más lejos.

“Desde que estoy en Chile tengo la curiosa sensación de llevar el mundo sobre mis espaldas. Se le siente encima igual que la tristeza de sus habitantes y ello provoca un malestar curioso que se agrava por los enormes saltos de temperatura. Ayer por la mañana el termómetro marcaba 4 grados; a las 14 horas, más de 29. La sangre se vuelve torpe y parece faltar en las venas y después de estar algún tiempo en Chile uno se siente extraño a todo y a todos. El virus de la lejanía más abandonada, más solitaria, más anónima, se mete en el ánimo de todos y creo que incidirá en el estado anímico de los atletas…

Desde que estoy en Chile me parece estar condenado a vivir en esta tierra triste y fantástica. Las mismas muchachas chilenas, tan famosas en el mundo por su gracia y donaire y tan a menudo comparadas con las turinesas, tienen muy poco de ellas. Y ello tal vez para tratar de hacer olvidar la realidad de esta capital, que es el símbolo triste de uno de los países subdesarrollados del mundo y afligido por todos los males posibles: desnutrición, prostitución, analfabetismo, alcoholismo, miseria...

(Santiago) no es en absoluto una ciudad fascinante, sin grandes monumentos ni recuerdos históricos, sin palacios que se destaquen, sin una nota de arte o de caché, como dicen muchos en el lenguaje mundano: es amable y simple en la resignada tristeza de las poblaciones de la periferia, las que están en abierta contraposición con aquellas de los centros residenciales, donde excelentes arquitectos han construido chalets y casas dignas de adornar un libro de arte moderno. Santiago, con su pequeño centro europeo; sus boites, que ofrecen espectáculos de “picaresque”, esto es, strip-tease, ejecutado por chilenas, francesas, alemanas o italianas; con sus cines y con sus grandes teatros, tiene un no sé qué de chocante”.

El contenido de esos artículos llegó a Chile a través de la embajada chilena en Italia, los publicaron los diarios del país andino y se lanzó una campaña en los medios de comunicación para tratar a los italianos "como merecían". Tal fue el clima que se generó que los dos periodistas tuvieron que regresar a su país antes del comienzo del mundial.

Cuando llegó el día del partido entre chilenos e italianos, en la segunda jornada de la primera fase, el ambiente en Santiago estaba extremadamente caldeado. 

Portada de La Nación en la previa del encuentro.

Los chilenos habían vencido a Suiza en el primer encuentro, mientras que los italianos habían empatado sin goles ante Alemania Federal en un choque marcado también por las patadas y los malos modos. El resultado: cuatro italianos y cuatro alemanes lesionados de consideración. El mismísimo Sepp Herberger, seleccionador alemán, dijo: “Éste ha sido el partido más duro en la historia del fútbol alemán”. 

Pero la violencia en el mundial no había hecho nada más que empezar.

***

Los italianos saltaron al césped del estadio Nacional de Santiago que presentaba un aspecto de lo más hostil con 66.000 espectadores en la grada. Los jugadores de la azzurra, por si acaso, y queriendo calmar los ánimos, salieron lanzando ramos de claveles blancos a la grada, pero el público no hizo ni caso del gesto conciliador y le devolvió a los jugadores los claveles acompañados de frutas maduras, monedas, salivazos y unos silbidos ensordecedores que siguieron sonando todo el partido.

A los treinta segundos de partido llegó la primera falta. A los siete minutos, la primera expulsión. Ken Aston, el colegiado del encuentro, necesitó la ayuda de la policía chilena para sacar del terreno de juego a Giorgio Ferrini, que acabó arrestado. El atacante italiano le había propinado un patadón al chileno Honorio Landa. Antes, Muschio se había encarado con un futbolista chileno con los puños en alto después de recibir una dura falta. 

A Gioirgio Ferrini lo sacaron del campo los policías chilenos.

Chilenos e italianos habían empezado tan fuerte que el árbitro no sabía dónde meterse, aunque sí tenía claro dónde jugaban.

Treinta y tres minutos más tarde, que transcurrieron entre agresiones, patadas, empujones, choques y disputas serias, le tocaría abandonar el campo a Mario David, el lateral italiano. Unos minutos antes, David había cometido una falta sobre el extremo izquierdo chileno, Leonel Sánchez, a la que el andino respondió con un directo de izquierda a la cabeza con el balón ya parado y delante de los morros del juez de línea. 

El árbitro no hizo absolutamente nada. 

Bueno, sí, advirtió al defensa italiano de que no iba a permitir más entradas de ese estilo, mientras la policía entraba por segunda vez al terreno de juego para calmar los ánimos de nuevo. 

Pero Mario David esperó su momento y unos minutos más tarde fue a buscar a Sánchez al campo chileno para, cuando iba controlar una pelota, lanzarle una patada voladora y criminal entre el hombro y la cabeza. 

La policía tuvo que volver para sacar del campo a Mario David.

Esta vez el colegiado sí que le mostró al italiano el camino de los vestuarios, que recorrió entre gritos y abucheos mientras los futbolistas de ambos equipos se enzarzaban de nuevo en otra tángana. 

Aún daría tiempo a que Leonel Sánchez volviera a sacar su puño a pasear y le rompiera la nariz al "oriundi" Humberto Maschio. El señor Aston volvió a mirar hacia otro lado. Se ve que la sangre le mareaba. Y Sánchez, después de dos KO’s clarísimos, siguió jugando como si tal cosa. Los italianos, en cambio, tenían que jugar todo el segundo tiempo con dos futbolistas menos.

Leonel Sánchez boxea sin pudor en presencia del colegiado. 

Tras el paso por los vestuarios, el partido no mejoró en absoluto y entre amagos de tánganas, golpes y patadas, Chile anotó dos goles ya en la recta final para ganar el partido. Un tanto de cabeza de Jaime Ramírez a falta de catorce minutos y un disparo lejano de Jorge Toro a un minuto del final llevaban la euforia a una grada desbocada, clasificaban a los anfitriones para cuartos de final y enviaban a casa los italianos.

***

Mientras los periódicos transalpinos calificaron la batalla de Santiago como el robo más descarado y vergonzoso de la historia de los mundiales, los diarios chilenos se vanagloriaban de haber eliminado a un equipo de “fascistas, supremacistas y mafiosos”. 

En los medios neutrales se decantaron por la más estricta realidad: tildaron el partido de vergüenza absoluta.

De hecho, en la BBC solían emitir los partidos del Campeonato del Mundo más tarde, no en directo, y cuando le tocó el turno al choque entre Chile e Italia, el presentador, David Coleman, avisaba a los espectadores con estas palabras: “Buenas noches. El partido que están a punto de ver es, posiblemente, la más estúpida, horrible, repugnante y vergonzosa exhibición de fútbol de toda la historia”.

Ken Aston, el árbitro del encuentro, declaró más adelante: “No estaba arbitrando un partido de fútbol, ejercía de juez de un conflicto militar”. 


Ken Aston dirigió uno de los partidos más bochornosos de la historia.

El trencilla, que ya había pitado el partido entre chilenos y suizos que abría ese mismo grupo B sin ser capaz de contener el juego violento de ambas selecciones, ya no volvería a pitar ningún partido más en ninguna Copa del Mundo, aunque, como premio (¡faltaría más!) sería nombrado director del Comité de Árbitros de la FIFA en los dos siguientes mundiales y, a la larga, sería el inventor de las tarjetas amarillas y rojas, que empezaron a utilizarse en el Mundial de México en 1970. 

Aún habría que esperar 8 años y algún que otro episodio bochornoso más para que las tarjetas hicieran acto de presencia.

Mientras tanto, el violento Mundial del 62 seguía su curso, ya sin los italianos en liza, y Chile se vería las caras ante la Unión Soviética en cuartos de final, a quien derrotaría sorprendentemente por dos a uno y caería finalmente ante la campeona Brasil en semifinales por cuatro a dos. 

Los anfitriones acabaron el torneo imponiéndose a Yugoslavia en el partido por el tercer y cuarto puesto para certificar su mejor clasificación en la historia de los mundiales, aunque para ello hubieran tenido que “ganar” previamente la vergonzosa batalla de Santiago.

La Brasil de Garrincha y Vavá, sin Pelé, que se lesionó en el partido de la primera fase ante Checoslovaquia y no pudo jugar más, se impuso precisamente a Checoslovaquia en la final por tres goles a uno para revalidar el título y levantar por segunda vez la Copa Jules Rimet.

Brasil fue la mejor selección del torneo y repitió título.

Al menos, la edición más violenta de la Copa del Mundo se la llevaron los artistas brasileños, que fueron de los que menos palos repartieron y de los que mejor jugaron al fútbol en un contexto totalmente hostil.