"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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miércoles, 30 de noviembre de 2022

Uruguay se convierte en el primer Campeón del Mundo de la historia en 1930

El camino hacia la primera Copa del Mundo de la historia no fue nada fácil. Los dos últimos torneos olímpicos de fútbol, el de París en 1924 y el de Ámsterdam en 1928, ambos ganados por Uruguay, ya habían demostrado que el deporte rey necesitaba de un torneo propio donde pudieran competir las mejores selecciones del mundo integradas por sus mejores jugadores en una época en la que empezaban a ser profesionales y, por tanto, empezaban a ser vetados en los torneos olímpicos.

Jules Rimet, el presidente de la FIFA, orquestó una reunión en Barcelona donde se decidió que el primer Mundial de fútbol se disputaría en Uruguay, una decisión compleja porque la mayoría de selecciones europeas no querían atravesar el océano para ir a jugar al país sudamericano y los clubes también eran reticentes a dejar a sus jugadores para disputar una competición que era una incógnita. El mismo Jules Rimet jugó a dos bandas, dando el sí a la Federación Uruguaya y atendiendo a la vez a las peticiones de otras federaciones europeas para impulsar el Mundial en el Viejo Continente. Pero en Europa tampoco se ponían de acuerdo, así que, ante la necesidad de poner en marcha un torneo que se intuía que sería un espectáculo sin igual y un gran negocio para todos, la candidatura de Uruguay salió adelante en la reunión de la ciudad Condal con 23 votos a favor, 5 en contra y la abstención de Alemania.

Jules Rimet en 1920.

Sin embargo, a la hora de la verdad, muchas federaciones que habían votado a favor del torneo en Uruguay se echaron atrás. La Federación Inglesa (y el resto de federaciones británicas) había sido taxativa en su negativa desde el principio. No formaba parte de la FIFA y, por supuesto, ni siquiera había acudido a la reunión de Barcelona. Pero ni Italia, ni Alemania, ni España, ni Austria, ni Hungría, ni Checoslovaquia, ni los Países Bajos ni Suecia acudirían al torneo pese a haberse manifestado a favor en 1929.

Ni siquiera Francia, la Francia del presidente de la FIFA Jules Rimet, parecía dispuesta a formar un equipo para competir Montevideo y afrontar ni los gastos de un viaje largo de ida y vuelta ni las dificultades que iban a poner los clubes para dejar viajar a sus futbolistas. Fue realmente la Federación Uruguaya y la Confederación Sudamericana quienes pusieron toda la carne en el asador y quienes presionaron decididamente a la Federación Francesa (y también directamente al Estado Francés), que acabó por formar una selección a toda prisa y la embarcó hacia la capital uruguaya. Bélgica, Rumanía y Yugoslavia también se embarcaron. Ni una selección europea más respondió afirmativamente a la invitación uruguaya y de la FIFA.

La expedición de Francia al Mundial de 1930 con Jules Rimet a la cabeza.

Al final tan sólo 13 equipos participaron en esta primera edición de la Copa del Mundo. No hubo fase de clasificación, ya que todas las selecciones fueron invitadas. Y el sistema de competición estaba claro como el agua: las 13 participantes se dividieron en 4 grupos (uno de cuatro equipos y tres de tres) y las primeras de cada grupo pasarían a disputar las semifinales. Las selecciones vencedoras jugarían la final el 30 de julio de 1930 en el flamante y recién construido estadio Centenario. El primer Mundial de la historia ya estaba en marcha. Sólo faltaba que la pelota se pusiera a rodar.

***

En el grupo 1 quedaron encuadradas las selecciones de Argentina, Francia, México y Chile, en el único grupo de cuatro equipos de la primera fase. Argentina era una de las favoritas. Sub­campeona olímpica en 1928 en Ámster­dam, mantenía la base de jugadores del equipo olímpico y buscaba la revancha de la final perdida contra sus vecinos uruguayos. Pero ahora debía demostrar ese favoritismo en la cancha.

El 13 de julio de 1930, Francia y México abrieron el grupo y el Mundial en Pocitos, compartiendo protagonismo con Estados Unidos y Bélgica, que, a la misma hora, inauguraron el grupo 4 en el Gran Parque Central. Pero fue el jugador del Sochaux Lucien Laurent quien tuvo el honor de ser el primer goleador en una Copa del Mundo. Marcó el 1 a 0 para Francia a los 13 minutos de partido. Laurent aún no lo sabía, pero su nombre acababa de pasar a formar parte de la gran historia del fútbol. Los franceses ganaron el partido por 4 a 1, pero no tuvieron prácticamente tiempo para celebrarlo, porque tres días después habrían de jugar contra la poderosa Argentina.

Y la albiceleste sufrió de lo lindo para superar a los franceses. Ganaron 1 a 0 con un solitario tanto del centrocampista Luis Monti, que desniveló el marcador a nueve minutos del final con un remate de cabeza que supuso el primer tanto de la albiceleste en una Copa del Mundo.

Chile, por su parte, también venció a México con comodidad (3 a 0) e hizo lo propio ante unos franceses extenuados después del largo viaje a tierras sudamericanas y el esfuerzo de los dos partidos anteriores.

Selección de Chile en el Mundial de Uruguay 30.

Argentina le ganó a México por 6 a 3 y se jugaría el liderato del grupo y el pase directo a las semifinales del torneo en el encuentro ante Chile que cerraba el grupo. El peligro chileno tenía un nombre, el de “el Chato” Suliabre, estrella del Colo-Colo, que había marcado 3 de los 4 goles de los andinos en los dos partidos anteriores. Y el peligro argentino se llamaba Stábile, el delantero de Huracán que se convertiría en el primer máximo goleador de la historia de los mundiales con 8 dianas en solo 4 partidos.

Los dos cumplieron con nota. Stábile abrió la veda con dos golazos en apenas dos minutos y Suliabre recortaría distancias poco después. Pero no serviría de nada. Mario Evaristo anotaría el 3 a 1 al poco de comenzar la segunda parte para certificar así el pase de la albiceleste a las semifinales.

*

El grupo 2 lo conformaban las selecciones de Yugoslavia, Brasil y Bolivia. Yugoslavia fue una de las cuatro selecciones europeas que aceptaron la invitación de la FIFA para disputar el Mundial y lo hicieron con muchas ganas. Los yugoslavos se subieron a un barco de correos de nombre Florida y, tras dos semanas de travesía, llegaron a Montevideo el 5 de julio, justo a tiempo para empezar el campeonato.

Y es que ese primer partido del grupo 2 decidiría, casi con total seguridad, qué selección pasaría a las semifinales, ya que se enfrentaban yugoslavos y brasileños, mientras que Bolivia permanecía a la espera. 

A Brasil la entrenaba Píndaro de Carvalho Rodrigues y su estrella era Joao Coelho Neto, “Preginho”, un fantástico jugador que marcó una época en el Fluminense. 

Alineación de Brasil ante Yugoslavia en el Mundial de 1930.

Pero cuando dio comienzo el choque, los que dominaron fueron los europeos: Tirnanic y Bek anotaron los goles balcánicos en el primer tiempo, aunque el gran Preginho dio esperanzas a los suyos marcando el primer gol brasileño en la historia de los mundiales a falta de media hora para finalizar el encuentro. Pero el marcador ya no se movería gracias a la solvencia defensiva yugoslava.

Bolivia se presentó en el Mundial y se hizo una foto para la historia. Cada jugador llevaba una letra pegada en su camiseta para conformar el mensaje de “Viva Uruguay”, con la clara y simpática intención de ganarse el favor del público local. Perdió sus dos partidos por 4 a 0, pero la impresión general que causaron fue buena.

Selección de Bolivia en el Mundial de Uruguay de 1930.

De todas formas, lo mejor de la selección boliviana fue su seleccionador, Ulises Saucedo, que no contento con su función de entrenador, también arbitró algunos partidos. Concretamente, fue el árbitro principal del partido del grupo 1 entre Argentina y México y juez de línea en 5 partidos más: Argentina-Francia, Uruguay-Rumanía, Argentina-Chile, la semifinal entre Uruguay y Yugoslavia y la final entre Argentina y Uruguay. ¡Menudo crack!

*

En el grupo 3 estaba el máximo favorito para levantar la Copa del Mundo, el anfitrión, Uruguay, que se jugaría el pase a semifinales ante Perú y Rumanía. Venía Rumanía con su rey Carol II a la cabeza, un futbolero empedernido que había gestionado los permisos en sus trabajos para todos sus futbolistas y había costeado el viaje. Y los rumanos cumplieron en su debut con una victoria clara ante Perú (3-1) y alegraron la cara cuando vieron el discreto debut de los anfitriones, también ante los incas, aunque a la hora de la verdad los uruguayos sacaron todo su potencial y enviaron a los rumanos para casa.

La selección de Uruguay en el Mundial de 1930.

Y es que la Celeste las pasó canutas en el estreno. Se estrenaron los uruguayos en el campeonato con 3 días de retraso por culpa de la demora en las obras de construcción del estadio Centenario, donde habían de disputar todos sus partidos. Y lo hicieron sin Mazali, el portero de los dos oros olímpicos que había sido expulsado de la concentración tras no aguantar más el encierro y salir a “airearse” por la noche. Ballestreros, el meta de Rampla Juniors, se puso bajo los palos de una selección extraordinaria a la que le costó contener los nervios ante su público. Al final, “el Manco” Castro doblegó la resistencia peruana con el gol del triunfo en el minuto 69 de partido.

Después de esta primera victoria, los charrúas, ya mucho más sueltos, se deshicieron sin problemas de los rumanos, a quienes batieron por 4 a 0 en el último y decisivo encuentro del grupo. Además, marcaron todos los goles en la primera parte, por lo que se permitieron el lujo de sestear un poco en la segunda mitas, sin arriesgar demasiado para afrontar mejor el duelo de semifinales ante Yugoslavia.

*

En el grupo 4 el cabeza de serie era Estados Unidos, un equipo conformado por futbolistas de la American Soccer League, una competición muy profesionalizada en la época y donde se pagaba bastante bien a unos jugadores que eran primero atletas y después futbolistas. Así que los norteamericanos se presentaron en Uruguay con una selección muy correcta repleta de jugadores procedentes de la Europa anglosajona. En definitiva, aquel equipo no dejaba de ser una representación encubierta de Gran Bretaña. El seleccionador, Bob Miller, era escocés de nacimiento y entre sus titulares habituales había seis jugadores nacidos en las Islas Británicas. De todas formas, si algo caracterizaba a aquel equipo era su potencia física, que era tan grande que los franceses no habían dudado en apodarlos “los lanzadores de peso”.

El delantero de referencia de la selección norteamericana era el joven de 20 años Bert Patenaude, un jugador que se había ganado un puesto en el once después de que el mejor delantero yanqui del momento, Archie Stark, renunciara a disputar el mundial. A sus 32 años ya tenía decidido dejar el fútbol y montarse un negocio para sobrevivir. Así que el joven Patenaude, que jugaba en el Fall River Marksmen de Massachussets, sorprendió a propios y extraños con una capacidad goleadora extraordinaria que empezó con el tercer gol ante los belgas (3-1) y los tres que su selección le endosó a Paraguay (3-0), por lo que se convirtió en el primer futbolista en conseguir marcar un hat-trick en una Copa del Mundo.

Instantánea del encuentro entre EEUU y Bélgica en el Mundial de 1930.

Las dos victorias claras de los yanquis pusieron sobre la mesa el debate de si serían capaces de derrotar a las grandes potencias futbolísticas del momento, Argentina o Uruguay, con ese fútbol tan físico. Muy pronto saldrían todos de dudas, pero, mientras tanto, había debate.

***

Y es que la semifinal que iba a enfrentar a Estados Unidos y Argentina se calentó muy pronto. Todo empezó con las declaraciones del capitán de Chile, Guillermo Subiabre, que, tras perder por 3 a 1 ante la albiceleste, declaró que los norteamericanos ganarían a los porteños por su condición física y por la falta de defensa de los argentinos. Sus palabras pronto las secundaron algunos medios de comunicación y la guerra entre dos escuelas y dos estilos futbolísticos distintos estaba servida.

De hecho, La Prensa, un diario liberal conservador de Argentina, después de la clara victoria de Estados Unidos ante Paraguay (3 a 0) definía a los norteamericanos como un equipo de atletas que se dedicaban a jugar al futbol y se preguntaba si serían así los jugadores de fútbol del futuro (¿A qué este debate suena mucho? Pues ya se debatía en julio de 1930).

Parece ser que tantas muestras de admiración acabaron calando en un combinado estadounidense que llegó a creerse que podía vencer con facilidad a los subcampeones olímpicos y el propio W. Cummings, asistente del seleccionador, que cuando llegó a Uruguay había manifestado que venían al torneo a aprender de sus hermanos sudamericanos, proclamó después del sorteo de semifinales que ganarían a los argentinos.

El caso es que, entre unos y otros, consiguieron picar a las dos selecciones del Río de la Plata. Los diarios uruguayos, pese a la demostrada animadversión hacia los argentinos, hablaban de lucha de estilos, el preciosista contra el físico, el de las genialidades y la versatilidad contra la rigidez táctica y apostaban por la albiceleste que, a fin de cuentas, jugaba como ellos. Mientras, los diarios argentinos titularon la previa de la semifinal con un categórico: “¡Vamos a ver quién gana!”. El partido generó tanta expectación que el ejército uruguayo se desplegó por el estadio Centenario en previsión de problemas de seguridad.

Al final hubo más publicidad que partido, ya que sobre el terreno de juego los argentinos se comieron a los norteamericanos, aunque no fue tan sumamente fácil como indica el 6 a 1 final.

Argentina vapuleó a EEUU en las semifinales del Mundial de 1930.

Los 72.000 espectadores que se congregaron en el Centenario tardaron 20 minutos en ver el primer gol argentino, convertido de nuevo por Luis Monti, que, además, fue el que se encargó de desactivar los intentos de ofensiva norteamericana durante todo el encuentro. En la segunda parte, los yanquis pagaron el esfuerzo de correr y correr detrás de la pelota y los argentinos fueron marcando un gol tras otro hasta completar la media docena (dos de Stábile, otro dos de Peucelle y otro de Scopelli). Jim Brown anotaría el del honor en el minuto 89.

Argentina, tal como pasó dos años antes en la Olimpíadas de Ámsterdam, se enfrentaría con Uruguay en la gran final, con ganas de revancha y con ansia por convertirse en la primera selección campeona del mundo de fútbol. Los norteamericanos, en cambio, se marcharon orgullosos para casa y ya podían estarlo porque, aunque ellos no lo sabían entonces, acababan de conseguir la mejor clasificación de una selección de Estados Unidos en toda la historia de los Mundiales.

*

La otra semifinal enfrentaba a la Celeste ante Yugoslavia el 27 de julio de 1930. Las gradas del estadio Centenario acogieron a 80.000 espectadores dispuestos a ver cómo Uruguay se metía en la final del primer Mundial de fútbol de la historia. Enfrente estaba la competitiva selección de Yugoslavia, que representaba a la perfección el estilo de juego de la Europa central, un equipo sin nada que perder y con muchas ganas de dar la sorpresa.

Yugoslavia se mide a Uruguay en las semifinales del torneo.

De hecho, el partido empezó muy mal para los anfitriones, ya que, a los 4 minutos, el yugoslavo Vujadonovic aprovechó un rebote para adelantar a su equipo. Y en plena crisis de juego charrúa, los yugoslavos volvieron a marcar cinco minutos más tarde, pero el árbitro brasileño Almeida Rego anuló el tanto y los balcánicos se descentraron. Empezaron a protestar enérgicamente y se fueron poco a poco del partido mientras la Celeste respiraba, se entonaba e iba encerrando poco a poco a los yugoslavos en su área con su juego vertiginoso, rápido, de balón al pie y extremadamente combinativo.

A los 18 minutos, el mítico Pedro Cea, “el Vasco”, empataba la semifinal (le llamaban el “empatador olímpico” porque suyos fueron los tantos que empataron partidos complicados en los dos torneos olímpicos que después Uruguay acabó remontando para ganar) y un suspiro de alivio recorría las gradas del Centenario que se transformaría en un estallido de alegría dos minutos más tarde cuando Anselmo marcaba el 2 a 1 y ponía por delante a los anfitriones. El mismo Anselmo volvería a marcar 11 minutos más tarde para allanar del todo el camino de los charrúas hacia la gran final.

Gol de Uruguay ante Yugoslavia en las semifinales de la Copa del Mundo de 1930. 

La segunda parte fue un mero trámite. Los yugoslavos se quejaban amargamente en cada jugada y los uruguayos cada vez creaban más peligro. Iriarte hizo el cuarto y “el Vasco” Cea anotó dos goles más para cerrar la cuenta con el 6 a 1 final. Exactamente el mismo marcador que el que lograron los argentinos ante los norteamericanos.

En todo caso, demasiado castigo para una Yugoslavia valiente que no superó nunca el que siempre ha considerado un arbitraje indecente. De hecho, los yugoslavos se negaron a jugar el partido por el tercer y cuarto puesto ante Estados Unidos y cerraron con la semifinal su participación en el primer mundial de la historia. A los uruguayos, en cambio, aún les quedaba por disputar La Batalla del Río de la Plata.

***

Dicen las crónicas que más de 20.000 aficionados ar­gentinos intentaron cruzar en todo tipo de embarcaciones el Río de la Plata el 30 de julio de 1930 para presenciar la final del primer Campeonato del Mundo. Querían apoyar a su equipo después de todo lo que habían padecido durante la competición (en los diarios argentinos se podía leer que los seguidores uruguayos no dejaban dormir a los albicelestes por las noches o que iban a silbarles e insultarles en todos los entrenamientos). Todos esos aficionados argentinos que intentaron desplazarse fueron registrados escrupulosamente en la frontera para que no entraran armas al país. Se trataba también de una medida disuasoria que dilataría su llegada y, con suerte, no llegarían a tiempo a la final y se volverían para casa. Parece ser que, aún así, unos 15.000 argentinos estuvieron presentes en el estadio Centenario. Y así, en medio de este ambiente, se presentaba al mundo la primera final de la historia de un Mundial de fútbol.

El estadio Centenario estaba lleno hasta la bandera (la FIFA habla de 90.000 espectadores) y Uru­guay salió al campo dispuesta a demostrar por qué era doble campeona olímpica. Cuando Dorado anotó el uno a cero de tiro cruzado, el estadio estalló, después de un inicio arrollador de los charrúas. Pero los argentinos no se acogotaron en ningún momento pese al ambiente en el estadio. El sensacional Peucelle empató el choque a los 20 minutos y eso dio mucha tranquilidad a los visitantes y llenó de nervios a los locales y a su propia hinchada.

Poco a poco, Argentina empezó a dominar el partido, a desactivar a los charrúas y a llegar con peligro a la portería defendida por Ballestreros. Aunque sería en una gran contra cuando dejarían helado a un país entero. El Manco Castro había estrellado el balón en la cruceta argentina casi con violencia, pero el rebote le llegó a Monti, que le metió un pase preciso a Stábile que el capitán uruguayo Nasazzi no logró interceptar (aunque levantó la mano reclamando un fuera de juego que el árbitro no concedió). El ariete argentino, máximo goleador del torneo, fusiló al meta local para marcar el 1 a 2. Corría el minuto 37 y a Uruguay entera se le cortó la respiración.

Guillermo Stábile pone por delante a Argentina en el Centenario antes del descanso.

La primera parte acabó con una trifulca monumental camino de los vestuarios. Las reclamaciones uruguayas en el gol argentino seguían y entre los contendientes saltaban chispas. La batalla del Río de la Plata era una auténtica realidad.

Pero cuando los dos equipos volvieron al terreno de juego en la segunda parte algo había cambiado. En primer lugar, la pelota. Porque los argentinos querían jugar con la suya y los uruguayos también y el árbitro de la contienda, el belga John Langenus, de la escuela salomónica, decidió que se jugaría la primera parte con el balón argentino y la segunda con el uruguayo.

Lo cierto es que el paso por los vestuarios le vino bien a los charrúas y, especialmente, a dos de los jugadores con más personalidad que se hicieron cargo de la situación: el capitán Nassazi y “el Negro” Andrade, que habían ido uno por uno mirando a los ojos de sus compañeros y recordándoles qué significaba aquel partido para todos ellos.

El meta argentino Botasso se juega el físico ante Castro.

La intensidad uruguaya y la fuerza desplegada (unidas a los ánimos desde la grada) hizo que los argentinos retrocedieran poco a poco y ya sólo metían miedo con los escasos balones que tocaban Peucelle o Stábile. Pronto, en el minuto doce de la segunda parte, Pedro Cea, el empatador olímpico, volvió a hacerlo (empatar, se entiende) y equilibró las fuerzas anotando el dos a dos. El veterano extremo charrúa, que ya había sido esencial en los oros olímpicos de Amberes y Ámsterdam, culminó una trayectoria espectacular con su quinto tanto en el torneo que sirvió para empezar a ganar la final, porque, a esas alturas del partido, los argentinos casi habían claudicado ante el empuje charrúa.

El Centenario gritaba y animaba a los suyos, mientras los argentinos ya iban claramente perdiendo gas. Y el estadio entero volvió a estallar en el minuto 23 de la segunda mitad, cuando el extremo Iriarte enganchaba un disparo muy potente desde unos treinta metros para batir de nuevo a un sorprendido Botasso y llevar al delirio a todo un país.

Ahora tocaba defender el 3 a 2 con uñas y dientes, pero lo cierto es que los uruguayos no sufrieron en exceso con las embestidas argentinas, replegaron y contragolpearon con peligro y, al final, el Manco Castro acabó firmando el 4 a 2 definitivo de cabeza tras un centro perfecto de Dorado. El Manco marcó dos goles en el torneo: el primero, el que abrió la cuenta de la Garra Charrúa en el torneo, y el último. Cosas de la vida,

El Manco Castro hace el 4 a 2 definitivo que da a Uruguay la primera Copa del Mundo de la historia. 

Y así fue como la primera Copa del Mundo se quedó en Uruguay, que volvió a demostrar que era la mejor selección del mundo. En seis años podía presumir de haber ganado dos oros olímpicos y el primer mundial de la historia. ¡Casi nada!

Los charrúas cerraron con este partido una época gloriosa y les tocó esperar 20 años para conseguir otra gesta aún más grande en Maracaná, en la mayor sorpresa de la historia de los Mundiales perpetrada en tierras brasileñas. 

Argentina, en cambio, habría de esperar un poco más, 48 años nada más y nada menos, ya que no volvería a jugar otra final de la Copa del Mundo (no se acercaría siquiera) hasta el Mundial de 1978 disputado en su propio país. Allí, la Argentina de Menotti alcanzaría la gloria en medio del dolor.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Moacir Barbosa, el portero que el Maracanazo condenó a una muerte en vida

“La noche está de luto, la fiesta terminó,
el mundo no comprende qué pasó con el campeón (…).
Cuida los palos Barbosa del arco de Brasil,
la condena de Maracaná se paga hasta morir”.
Tabaré Cardozo, “Barbosa”.

Esta noche Moacir Barbosa tampoco puede dormir. Se ha desvelado en mitad de la noche y ha tenido que levantarse de puntillas, sin hacer ruido para no despertar a su esposa, y acercarse a tientas a la cocina. Ha sacado una mediada botella de ron y se ha escanciado una buena dosis en un vaso. No hay manera de poder superar sus más terribles pesadillas. Cada noche, una tras otra, vienen a visitarlo sus fantasmas. 

Se le aparece en sueños una pelota que avanza inexorable hacia el palo que él defiende. Cuando ve que se ha vencido hacia el lado equivocado y trata de rectificar, ya es tarde. Cae al suelo pensando que la ha tocado y la ha enviado a córner, pero el silencio en el estadio es estremecedor. Cuando reúne las fuerzas suficientes para darse la vuelta en el suelo, la ve. La pelota está dentro de su portería y las 200.000 personas que presencian el partido no hablan. Son 200.000 almas en pena. 

Lo peor de todo es que la pesadilla que le despierta cada noche desde hace años no es una pesadilla, sino un recuerdo. 

Barbosa, en el suelo, ve cómo la pelota está en el fondo de las mallas.

Real, muy real. 
Y doloroso. 
Extremadamente doloroso.

Porque Barbosa es el guardameta de Brasil en el Maracanazo de 1950. El arquero al que el extremo uruguayo Alcides Ghiggia le hizo el uno a dos que privó a Brasil de su primera Copa del Mundo ante su gente. 

Esa gente que ese mismo día ya celebraba con bailes el título en las calles antes del partido ante la Garra Charrúa. 
Esa gente que lleva desde entonces odiándolo sin conmiseración sin siquiera conocerlo. 
Esa gente que ha convertido su vida en un infierno. 
Esa gente que lo ha condenado a ser un muerto en vida. 
A ser un desterrado en su propia tierra.

Y Moacir Barbosa ya no cierra los ojos. Por esta noche ya ha dormido suficiente. El problema vendrá después, como todos los días. Cuando salga a la calle, entre a un bar y las miradas lo fulminen justo antes de que los parroquianos vayan poco a poco abandonando el local para no coincidir con él. Cuando suba en un bus y nadie quiera estar cerca de él, ni mucho menos sentarse a su lado. Cuando se cruce en un supermercado con una madre que lleva a su hijo de la mano. Cuando esa madre lo reconozca y coja a su hijo del brazo, lo mire a los ojos fijamente y le diga: “Míralo, hijo. Éste es el hombre que hizo llorar a toda Brasil”. 

Los tres porteros de Brasil en 1950. Sólo jugó Moacir Barbosa. 

Aunque han pasado 20 largos años, ésa es la vida de Moacir desde aquel fatídico 16 de julio de 1950 donde se produjo la mayor sorpresa de toda la historia de los Mundiales.

***

Porque en el Mundial de Brasil de 1950 todo el mundo, absolutamente todo el mundo, estaba convencido que no podía pasar otra cosa que no fuera la victoria brasileña. Lo creían a pies juntillas todos los aficionados, los miembros de la FIFA, los futbolistas brasileros, incluso sus rivales, los seleccionadores de todas las selecciones y los directivos de todas las federaciones presentes en el evento y también, por supuesto, todos los medios de comunicación.

La portada de los diarios O Mundo o la Gazeta do Poyo del día anterior al partido entre Brasil y Uruguay con la foto de todos los jugadores de Brasil bajo el enorme titular “Estos son los campeones del mundo” lo confirma y, con el tiempo, hasta sonroja. 

La prensa le daba a Brasil la Copa del Mundo antes de jugar. 

De hecho, dicen, a medio camino entre realidad y leyenda, que ahí, en esos titulares, empezó a forjarse la victoria de la Garra Charrúa cuando el “Negro” Varela, capo en el centro del campo uruguayo y capitán del equipo, los leyó y compró un montón de periódicos para empapelar el vestuario y contagiar a todos sus compañeros de la intención de que los brasileños se tragaran esas portadas. 

Y de hecho, se las tragaron, porque al día siguiente las portadas fueron otras bien distintas. “La peor tragedia de la historia de Brasil” fue una. “Nuestro Hiroshima” fue otra. Y “Drama, tragedia y ridículo”, otra más. 

Después del partido, los titulares fueron otros bien distintos.

Pero es que parecía tan grande la superioridad de Brasil sobre el terreno de juego (y más jugando ante su público), que uno de los directivos de la Federación Uruguaya llegó a decirle al delantero Óscar Míguez pocos días antes del choque definitivo en el hotel de la Celeste: “Lo principal es que esta gente no nos haga seis goles. Con cuatro estamos cumplidos”. Cuando se enteró Obdulio Varela sólo le preguntó a Míguez por qué no lo había echado del hotel.

Incluso en el vestuario, justo antes de saltar al terreno de juego de Maracaná, más dirigentes charrúas les dieron a los jugadores el mismo mensaje: “Guante blanco, ya estamos cumplidos por haber llegado y poder disputar esta final”. Cuando los peces gordos salieron por la puerta del vestuario, los jugadores y el seleccionador se conjuraron con un nuevo lema: “Los de afuera (por los 200.000 aficionados presentes en la grada) son de palo. Cumplidos sólo si somos campeones”.

Obdulio Varela saluda al capitán brasilero antes del encuentro.

Y lo fueron. Vaya si lo fueron. En una final que no era final (era el último partido de una liguilla de cuatro equipos en el que a Brasil le bastaba el empate para ser campeón) los Orientales forjaron su leyenda y obligaron a Brasil a refundarse tras remontar el gol de Friaca a los dos minutos de la segunda mitad con dos tantos de Schiaffino y Ghiggia (1-2).

En un día en el que a la Brasil del Jogo Bonito, que había amedrentado a todos sus rivales durante el torneo, se le atragantó la suculenta cena que tenía preparada, Uruguay supo sacar partido. Destacaron sobre todo el portero Máspoli, el defensa Matías González, el carácter del centrocampista Obdulio Varela y, por encima de todos, Alcides Ghiggia, que volvió loco al brasileño Bigode durante todo el partido, generó prácticamente todo el peligro charrúa con la colaboración de Julio Pérez, asistió a Schiaffino en el tanto del empate y marcó el gol que enmudeció a Maracaná y condenó a Barbosa. Todo en uno.

***

Las consecuencias de la victoria uruguaya se manifestaron ya en el mismo estadio. Se hablaba de infartos y suicidios dentro de un recinto en el que se congregaban 200.000 personas y la entrega de la Copa del Mundo de Jules Rimet, presidente de la FIFA, a Obdulio Varela se hizo deprisa y corriendo, en una esquina del césped cercana a los vestuarios. 

Sin protocolos. 
Sin ornamentos. 
Sin discursos. 

El que tenía redactado Rimet en portugués se quedó en el bolsillo de su chaqueta. 

Varela recibe la Copa del Mundo de manos de Jules Rimet.

La tragedia en Brasil era palpable y real. La de Barbosa, acababa de empezar. La de Bigode, Augusto, Juvenal y Chico, los otros señalados en las filas brasileñas, también, aunque un poquito menos. Bastante menos. Muchísimo menos.

Nadie se acordaría nunca más que Barbosa defendió los tres palos de Vasco da Gama y de la selección brasileña con su elasticidad innata, sus grandes reflejos y su agilidad y fuerza.

Que le llamaban el portero imbatible. 
Que era el mejor guardameta brasileño del momento. 
Que fue el primer portero negro de la Seleçao. 

Que aún después de la tragedia siguió jugando al fútbol, en la selección sólo hasta 1953, en Vasco da Gama hasta 1955 y, como era un valiente y un apasionado por el fútbol, hasta 1962 en categoría regionales, soportando durante doce años insultos y humillaciones en todos y cada uno de los campos que pisaba.

Barbosa el día que dejó definitivamente el fútbol. 

Pero si Moacir pensaba que tras ser levantar los Campeonatos Cariocas de 1945, 1947, 1950 y 1952, tras ser campeón del Sudamericano de 1949 arrasando con la Seleçao y, por qué no decirlo, tras ser subcampeón del mundo en 1950 podría ganarse un sobresueldo comentando partidos en la radio o en la televisión, se equivocó del todo. Porque los medios brasileños vetaron su participación como comentarista en cualquier retransmisión deportiva desde el mismo día del Maracanazo.

Cuentan que tras una remodelación del estadio de Maracaná cambiaron las porterías. A Barbosa le ofrecieron los palos del arco en el que Schiaffino y Ghiggia le marcaron los dos tantos que hicieron campeón del mundo a Uruguay y él los aceptó. Cuando llegó a casa los partió y los usó para encender un fuego y hacer brasas para una barbacoa. Quería ahuyentar sus fantasmas quemando los palos. No lo consiguió.

Porque ni siquiera sus compañeros de profesión salieron nunca en su defensa y, de hecho, diversos seleccionadores brasileños vetaron su acceso a las instalaciones de la selección durante décadas. La humillación más grande se la propinó el Lobo Zagallo

Para clasificarse para el Mundial de Estados Unidos 1994, donde acabaría levantando su cuarta Copa del Mundo, Brasil hubo de remar muchísimo en la fase de clasificación y se jugó el pase en un partido trascendental ante Uruguay a finales de 1993. 

Barbosa, que estaba rodando un documental con la televisión británica, quiso desear suerte a los futbolistas antes del choque, pero el seleccionador se lo impidió. Zagallo, que era entonces el segundo de Parreira al frente de la selección, le negó la entrada a la concentración aduciendo que atraía la mala suerte, que era un gafe para el equipo y que traería malos recuerdos a sus jugadores. 

Moacir tenía entonces 72 años. 
Y habían pasado 43 desde el Maracanazo. 
Pero aún no le habían perdonado. Nunca lo harían.

***

El propio Barbosa, muchos años después a petición de algunos medios de comunicación, intentó explicar la jugada que marcó su vida: “Llegué a tocarla. Creí que la había desviado a córner. Pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro de la portería, un frío paralizante recorrió mi cuerpo y sentí de inmediato todas las miradas sobre mí”.

Y seguía: “Yo sé, en el fondo de mi alma, que la culpa no fue mía. Éramos once sobre el césped”.

Y remató: “En Brasil nadie puede ser condenado a más de 30 años de cárcel, pero a mí me condenaron a cadena perpetua por un delito que no cometí”.

El instante que persiguió a Barbosa durante toda su vida.

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Moacir Barbosa murió el 7 de abril de 2000. Pobre y solo en su casa de Praia Grande, donde se había trasladado años atrás buscando un anonimato y una tranquilidad difícil de conseguir. En su funeral apenas se congregaron unas cuantas decenas de personas. Una bandera del Club Atlético Ypiranga, equipo en el que debutó y que en ese momento ya no existía, cubría su ataúd. Más tarde llegaría un enviado de Vasco da Gama, el equipo de su corazón, para el que jugó siempre y el que le abrió las puertas de la selección brasileña, y puso también su bandera junto a la del Ypiranga. Y eso fue todo.

Bien pensado, tampoco hacía falta más, porque Moacir Barbosa, en realidad, había muerto medio siglo antes, el 16 de julio de 1950 en Maracaná, cuando no pudo atrapar la pelota que Ghiggia colocó junto a su palo para hacer campeón del mundo a Uruguay y escribir una de las páginas más recordadas de la historia de la Copa del Mundo.

martes, 20 de septiembre de 2022

Juan Eduardo Hohberg, el goleador charrúa que resucitó en el Mundial de Suiza 54

Juan Eduardo Hohberg, “el Verdugo”, alza los brazos al aire celebrando su segundo tanto, el que empata un partido que Uruguay tenía perdido ante los Mágicos Magiares húngaros. 

Son las semifinales del Mundial de Suiza 1954 y se enfrentan la actual campeona, la Garra Charrúa, que había protagonizado el Maracanazo cuatro años antes ante Brasil, contra Hungría, la selección que está llamada a tomar el relevo en el cetro futbolístico mundial, la campeona olímpica de 1952 y la favorita para alzarse con la Copa del Mundo que viene de apear precisamente a la canarinha en los cuartos de final del torneo.

Uruguay es una selección dura, rocosa, férrea, fuerte y con mucha calidad arriba que mantiene la base de la que fuera campeona del mundo en 1950. Sigue defendiendo Roque Máspoli la portería. Continúa también aportando equilibrio y garra en el centro del campo el capitán Obdulio Varela. Y arriba sigue mandando la clase de Schiaffino, al que suelen acompañar Abbadie, Míguez, Borges y Ambrois. 

No está Gigghia, que ya juega en Italia, pero la nómina de atacantes es espectacular. De hecho, en la recámara, el seleccionador uruguayo Juan López se guarda a Juan Eduardo Hohberg, goleador de Peñarol, aunque no echará mano de él hasta las semifinales del torneo.

La Garra Charrúa en el Mundial de Suiza de 1954.

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A los campeones del mundo les tocó en suerte un grupo bastante complicado junto a Austria, Checoslovaquia y Escocia. Pero el sistema de competición era bastante extraño. Cada equipo sólo jugaba dos partidos y, por tanto, dejaba de jugar contra una de las selecciones del grupo. Se clasificaban las dos primeras para los cuartos de final y, en caso de empate, se disputaría un partido de desempate. En este grupo no hizo falta.

Porque Austria venció sudando sangre a Escocia (1-0), que venía de poner en serios aprietos a Inglaterra en el Campeonato Británico, un torneo que otorgaba dos plazas para el Mundial, y era una selección a tener muy en cuenta. Uruguay también empezó el campeonato con una victoria ante la potente Checoslovaquia, con tantos de Míguez y Schiaffino en la segunda mitad.

La segunda jornada enfrentaría a checoslovacos y austríacos y a uruguayos y escoceses para decidir qué equipos pasaban a cuartos de final. Austria se deshizo de Checoslovaquia con un contundente cinco a cero (al descanso ya se llegó con cuatro a cero para los austríacos) en el que destacó el grandísimo delantero Erich Probst, que anotó 3 tantos.

Uruguay necesitaba al menos empatar ante Escocia si no quería ir al desempate. Y lo cierto es que la Garra Charrúa hizo uno de los mejores partidos que se le recuerdan. Carlos Borges, "Lucho", inauguró el marcador a los 17 minutos y Míguez amplió la ventaja a los 30, aunque la Tartan Army aguantaba en pie el vendaval de los orientales y, al descanso, aún había partido. 

Pero el paso por los vestuarios le sentó de maravilla a la Celeste, que se convirtió en una máquina arrolladora en una segunda mitad en la que destrozaron a los escoceses con dos tantos más de Borges, otro de Míguez y otro par de Abbadie en una exhibición goleadora de talento y pegada. 

Míguez, "Lucho" y Williams celebran la victoria.

Así que las dos selecciones que se presumían favoritas en el grupo estaban en los cuartos de final. Austria se mediría a Suiza y Uruguay se vería las caras con Inglaterra. Los cuartos de final los completaban Alemania contra Yugoslavia y el partido estrella: Hungría ante Brasil.

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Austríacos y suizos disputaron uno de los partidos más bonitos y emocionantes de la historia de la Copa del Mundo. Los anfitriones se adelantaron por tres goles a cero en apenas tres minutos, los que van del 16 al 19 de la primera mitad, pero los austríacos empataron en sólo dos, los que van del 25 al 27. Y aún tendrían tiempo los austríacos de anotar dos goles más que fueron contrarrestados por uno helvético para llegar al descanso con un impresionante e impactante 5 a 4 para los austríacos. 

En la segunda mitad cayeron tres goles más y el encuentro acabó en un formidable 7 a 5 que clasificaba a Austria para unas semifinales donde se verían las caras con sus vecinos alemanes. Aquello sería otra historia y a los austríacos les tocaría disputar el tercer y cuarto puesto tras caer por un contundente 6 a 1 ante los pupilos de Sepp Herberger.

Austria y Suiza protagonizaron un partidazo que acabó 7 a 5.

El partido de cuartos entre Brasil y Hungría, que todo el mundo esperaba con ansia, se convirtió pronto en una batalla campal que no hizo justicia al talento de los jugadores que había sobre el terreno de juego. 

El choque acabó con la victoria de los Mágicos Magiares por 4 a 2, aunque los húngaros pagarían cara la victoria, ya que se lesionó Puskás, que no podría disputar la semifinal ante Uruguay y que llegó muy justito a la final ante Alemania. 

Pero no adelantemos acontecimientos…

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El rival de Hungría en semifinales saldría del choque entre Uruguay e Inglaterra en Basilea. Juan López dispuso el mismo once que había derrotado a checoslovacos y escoceses en la primera parte y dejó en el banquillo de nuevo a Hohberg para jugar arriba con Schiaffino, Abbadie, Míguez, Borges y Ambrois. 

La Inglaterra de Walter Winterbottom jugaría con Matthews (que ya tenía 40 añazos), Finney y Lofthouse en ataque, una tripleta que provocaba auténticas pesadillas en los rivales y a la que se sumaban el talento de Broadis y la velocidad de Wilshaw.

El partido empezó muy bien para Uruguay, que anotó el uno a cero por medio de Borges a los cinco minutos. Pero Matthews, con sus 40 tacos a cuestas, empezó a carburar e Inglaterra cercó la portería uruguaya hasta que Lofthouse empató el partido a los dieciséis minutos de juego. 

Uruguay e Inglaterra disputaron un partido apasionante.

Parecía que los "pross" tenían a los campeones del mundo contra las cuerdas, pero entonces emergió la figura del Negro Varela, el capitán charrúa, que se marcó una extraordinaria jugada personal driblando rivales en el centro del campo y que remachó con un disparo tremendo y lejano que se alojó en el fondo de la portería inglesa. 

Ese trallazo cruzado adelantaba de nuevo a Uruguay a los 39 minutos de partido, pero, como contrapartida, Obdulio Varela tuvo que recibir asistencia médica porque se había lesionado. La Celeste afrontaría lo que quedaba de partido con uno menos porque, aunque Varela siguió de pie en el campo, no podía ni caminar.

Pero a Inglaterra ese gol la noqueó y, pese a jugar contra diez, no pudo controlar el vendaval uruguayo. A los dos minutos de la segunda mitad, Schiaffino aprovechó un saque de falta rápido para plantarse ante el portero Merrick y batirlo por bajo. Tres a uno y un auténtico jarro de agua fría para los Tres Leones. 

Pero Uruguay tuvo dos contratiempos más en forma de lesiones. Abbadie y Míguez, como Varela, se quedaron en el campo renqueantes, para ocupar espacios, mientras los ingleses trataban de meterse de nuevo en el partido.

Y los consiguieron a falta de 23 minutos para el final, cuando el genial Finney anotó el 3 a 2 y dejó los cuartos de final en el aire. Los defesas Santamaría y Andrade apretaron los dientes para frenar los ataques de los “pross”, mientras que el portero Máspoli se lucía en cada intervención. Hasta que el velocísimo Ambrois se marcó una carrera de campo a campo con el balón controlado y remató a la cepa del poste, haciendo imposible la estirada de Merrick. 

Era el 4 a 2 que finiquitaba un partido estupendo que metía a Uruguay en las semifinales ante Hungría. 

Míguez consuela a Lofthouse tras la derrota inglesa.

Sin embargo, Juan López no podría contar con el capitán Varela en el centro del campo ni con Míguez ni Abbadie en el ataque. 

Era el turno de Hohberg, “el Verdugo”.

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El 30 de junio de 1954, en el estadio La Ponteise de Lausana, los Mágicos Magiares y la Garra Charrúa se jugaban el pase a la final de la Copa del Mundo. La selección entrenada por Gusztáv Sebes se presenta ante la Celeste sin Puskás, que había caído lesionado en la Batalla de Berna ante Brasil, mientras que los actuales campeones también saltan al campo de juego sin su jugador referencial, el Negro Varela, el capitán que alzó la Copa en Maracaná, y también sin Míguez y sin Abbadie. 

La baja del capitán charrúa es casi más determinante que la de Puskás, teniendo en cuenta que no deja de llover en Lausana, que el terreno de juego es un barrizal y que los magiares juegan casi todo el tiempo en campo uruguayo, aprovechando que los campeones no tienen a ningún jugador con la jerarquía de Varela que les haga dar un paso adelante en el centro del campo.

Por ahí llega el gol de Czibor, demasiado pronto, a los 12 minutos, sin que los campeones del mundo hayan sido capaces de salir prácticamente de su campo. 

Czibor puso por delante a Hungría en el marcador.

Aún les queda un mundo, porque han de capear el temporal real y la tempestad magiar, que los de Sebes no cejan en su empeño de resolver cuanto antes la contienda. 

Los sudamericanos resisten hasta el descanso, pero, al poco de salir de los vestuarios, los húngaros hacen el segundo gol. Hidegkuti envió de cabeza a la red, tirándose en plancha, un centro lateral que el meta Máspoli fue incapaz de blocar. No habían pasado ni dos minutos del inicio del segundo tiempo.

Nadie esperaba en ese instante la reacción descomunal de la Garra Charrúa, una selección orgullosa como pocas que no había perdido todavía ni un solo encuentro en una Copa del Mundo y que iba a vender muy cara su derrota.

Pero, curiosamente, el protagonista de la reacción uruguaya no es uruguayo. Es un argentino nacido en Córdoba que emigró a Montevideo procedente de Rosario Central tres años atrás, en 1951, para convertirse en un ídolo de Peñarol (ganó seis campeonatos nacionales y una Copa Libertadores y marcó casi 300 goles vistiendo la zamarra aurinegra, sólo por detrás de las 326 dianas del mítico Alberto Spencer).

Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schiaffino y Vidal. La Máquina de Peñarol. 

“El Verdugo” Hohberg decidió nacionalizarse uruguayo para disputar con sus compañeros de Peñarol la Copa del Mundo de 1954, aún a sabiendas que iba a tener complicado ser titular en un conjunto que acudía a Suiza para defender su título de campeón de mundo.

De hecho, hasta llegar a la semifinal no ha disputado ni un solo minuto en el torneo, pero ahora, en el barro del estadio la Pontaise, en Lausana, Hohberg tiene la oportunidad de demostrar su olfato goleador y no se rinde. Mientras los húngaros siguen atacando, “el Verdugo” se mantiene en pie esperando su oportunidad. 

Sabe que llegará.

Y llega. Vaya que si llega. 


Hohberg fue protagonista en semifinales.

A falta de sólo quince minutos para el final, Schiaffino lanza una contra demoledora. Conduce el balón en el centro del campo y cuando dos húngaros vienen a por él ve por el rabillo del ojo el desmarque de “El Verdugo”, que corre adelantando a sus marcadores. Entonces, Schiaffino le filtra un pase precioso. Hohberg controla, avanza hacia la frontal, se acomoda la pelota a la diestra y la pone rasa al palo largo, lejos del alcance de Grocsis, el magnífico portero magiar. 

Uno a dos y partido abierto cuando prácticamente nadie lo esperaba.

Once minutos más tarde, cuando sólo quedaban cuatro para el final, los mismos protagonistas se la lían nuevamente a los húngaros. Schiaffino vuelve a encontrar a Hohberg dentro del área, quien avanza hacia Grocsis rodeado de defensas, lo regatea, se le queda el balón un pelín atrás, pero consigue rectificar y sacar un disparo a media altura para meter la pelota en el fondo de las mallas pese al desesperado intento de dos defensores que habían llegado bajo palos para intentar evitar lo inevitable. 

Aunque parece increíble… ¡¡Uruguay ha empatado!!

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Sale Juan Eduardo Hohberg disparado celebrando el gol. El primer compañero que llega a su altura lo tira al suelo. Empiezan a acudir todos los demás, que se les echan inevitablemente encima, haciendo una gran piña. Poco a poco, todos se van levantando del barro, recuperando su posición para reemprender el juego, pero en el suelo hay un jugador que no se mueve. Es Hohberg, que está inmóvil y parece que se haya desmayado durante la celebración.

Hohberg pierde el conocimiento tras marcar el gol del empate.

El colegiado llama a los asistentes uruguayos, que entran rápidamente al terreno de juego. Los sanitarios lo levantan, le dan masajes en el pecho, le hacen el boca a boca e incluso le suministran coramina por vía oral. Hasta que, al fin, después de unos segundos que parecen toda una vida, Hohberg reacciona. Según los médicos, “el Verdugo” ha sufrido un paro cardíaco y ha estado 15 segundos clínicamente muerto. Pero ha vuelto en sí.

El partido continúa y se va a la prórroga y allí, después del paro cardíaco, tras volver de la muerte, está de pie Hohberg, que decide seguir jugando. Los charrúas están con uno menos otra vez por la lesión de Andrade y “el Verdugo” no ve razón alguna por la que dejar a su equipo con nueve jugadores. Así que después de morir y resucitar sigue jugando para intentar alcanzar la final del Mundial de Suiza.

No pudo ser. 

La Garra Charrúa vendió muy cara su derrota.

Porque Schiaffino se encontró con los palos en dos ocasiones, mientras que Kocsis logró anotar dos tantos para meter a los Mágicos Magiares en la final de la Copa del Mundo e infringir a Uruguay su primera derrota en un Mundial.

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Tres días más tarde, en lo que pasaría a los anales del fútbol como el Milagro de Berna, fue Alemania la que cambiaría la historia venciendo contra todo pronóstico a los húngaros en una de las mayores sorpresas de todos los tiempos y privándoles de un título (que probablemente merecían) para inaugurar su idilio con una Copa del Mundo que ya han levantado en cuatro ocasiones.

Pero en la semifinal, el milagro lo hizo Juan Eduardo Hohberg, “el Verdugo”, quien, por cierto, también disputó el partido por el tercer y cuarto puesto ante Austria y, aunque no pudo evitar la derrota charrúa, anotó el único gol de Uruguay (3-1) para cerrar un Mundial que, para él, sí fue realmente milagroso porque murió, resucitó y siguió jugando al fútbol y marcando goles

Casi nada.