"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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lunes, 16 de mayo de 2022

El cuento de hadas de Salvatore Schillaci en el Mundial de Italia 90

Para las niñas y niños, jóvenes y no tanto, que desde muy pequeños han vivido por y para la pelota, golpeándola, tocándola, regateando, chutando a cualquier puerta, haciendo paredes con las paredes, con los bordillos o con las ruedas de los coches, las noches se envolvían en la espesa bruma de los sueños de fútbol. Y nunca sabías cómo, pero el recuerdo del inicio del sueño era siempre perdiendo un partido y faltando pocos minutos para el final. Entonces hacías una jugada descomunal y dejabas al compañero solo delante del portero. Le daba al palo y tú cogías el rechace para empatar.

Pero el sueño aún no había acabado. De hecho acababa de empezar. Porque sólo habías conseguido empatar. Así que sacabas la pelota de la red y corrías hacia el centro del campo para ponerla rápidamente sobre el círculo central. Y empezabas a notar que el summum se aproximaba inexorablemente.

Robabais la pelota, atacabais sin cuartel, mirando al árbitro de reojo porque ya tenía el silbato en la boca dispuesto a dar por finalizado el encuentro. Un compañero centraba a la desesperada y tú entrabas con todo al remate. Y aquí caben unas cuantas versiones: rematabas de chilena, rematabas en plancha de cabeza o, el no va más, el balón te quedaba a un lado, a media altura, y optabas por una espectacular tijereta. 

Todos los remates acababan en gol por la escuadra, con todos tus compañeros abalanzándose sobre ti y el árbitro pitando el final del encuentro. Entonces te veías a ti mismo alzando la Copa del Mundo, entre la ovación de un estadio repleto.

Y ahí, justo ahí, te despertabas para regresar a la realidad del balón de plástico duro que simulaba cuero y que cogías bajo el brazo para llevarlo al colegio y jugar en los descansos (y a la ida y a la vuelta, claro). Y contra más crecías, más tenue se iba haciendo el sueño. 

Más espeso. 
Más difuso. 
Más turbio. 
Más indescifrable. 

Hasta que ya no soñabas sueños de fútbol. 
Soñabas otros sueños. 
Quizá más reales. 
Pero nunca tan intensos.

Pues en el Mundial de Italia de 1990 hubo un jugador que cumplió alguno de esos sueños de fútbol (aunque se quedó sin levantar la Copa del Mundo) cuando estaban a punto de difuminarse. Un futbolista que vivió un cuento de hadas en una Copa del Mundo. 

Un jugador que vivió una especie de utopía en sus carnes y ante su gente. 

Totò Schillaci posa con el Balón de Oro y la Bota de Oro de Italia 90.  

Ese futbolista era delantero. Se llamaba Salvatore Schillaci, Totò para los amigos, y once meses antes del inicio de la Copa del Mundo jugaba en el Messina en la Serie B (segunda división, vaya). 

A su conclusión se llevó a su casa la Bota de Oro al máximo goleador y el Balón de Oro al mejor jugador del torneo.

***

Schillaci era más bien bajito para ser delantero centro, medía 1’75, era rápido y fuerte, pero no destacaba especialmente por nada. No era el más técnico ni el más elegante ni el más fino estilista. No era el que mejor remataba de cabeza ni el que mejor uno contra uno tenía. No destacaba tampoco por tener un regate indescifrable ni por su disparo demoledor. 

Pero, en cambio, tenía algo que se suele pagar a precio de oro: un olfato desmesurado para el gol, al que llegaba casi siempre desmarcado y muy cerca de la portería. Era un depredador del área que aparecía de la nada para empujar el balón a la red y salir despavorido a celebrarlo mientras los defensas rivales aún se preguntaban entre ellos qué había pasado.

Salvatore nació en Palermo en 1964 y allí, en el juvenil del club AMAT Palermo, comenzó su carrera futbolística. Era un equipo patrocinado por una empresa y el Palermo FC, que entonces jugaba en la serie B, se interesó por él y por su compañero Carmelo Mancuso cuando estaba a punto de cumplir los 18 años. 

Pero el AMAT, que cuidaba al máximo los intereses de sus jugadores, todos obreros o hijos de obreros, pidió más dinero para los chicos y el equipo de la ciudad retiró su oferta. Entonces, cuando corría el año 1982, el Messina se lo llevó. El equipo giallorosso militaba entonces en la serie C2, la cuarta categoría del fútbol italiano.

Entre 1982 y 1989 Totò goleó para el Messina en la serie C2, después en la serie C y, finalmente, logró el tan ansiado ascenso a la serie B en la temporada 1985-86, la segunda categoría del fútbol italiano, donde siguió goleando. 

Schillaci en el ACR Messina en la temporada 1987-88

Pero la campaña 1988-89 Schillaci pasó directamente de ser un goleador a convertirse en un auténtico depredador. Había llegado a Messina el técnico checo Zdenek Zeman con un método nuevo de entrenamiento y otros planteamientos en los partidos y Totò se lo agradeció anotando 23 goles para colocarse al frente de la tabla de goleadores y ganarse su fichaje por la Vecchia Signora, la Juventus, por seis mil millones de liras.

Debutó con la Juventus en liga el 27 de agosto de 1989. 
Faltaban apenas nueves meses y medio para el Mundial de Italia.

***

En esa temporada 1989-90 pronto se ganó un sitio en el once titular de Juventus a base de goles. Compartía vestuario con el meta Tacconi, el lateral Luigi De Agostini, los defensas Galia y Bonetti, los centrocampistas Rui Barros, Marocchi y Aleynikov y el joven delantero Casiraghi. 

Ese equipo de la época post Platini (y también post Laudrup), entrenado por el mítico Dino Zoff, competía en liga con el Milan de los holandeses, el Inter de los alemanes, el Nápoles de Maradona y Careca, la Sampdoria de Vialli y Mancini y la Fiorentina del joven Roberto Baggio.

Salvatore metió 15 goles esa temporada y se ganó el sobrenombre de Totò-Gol, que es lo que le cantaban sus aficionados turineses. El máximo goleador de la serie A fue Marco Van Basten, con 19 tantos, y le siguieron en la tabla Roberto Baggio, con 17, y Diego Armando Maradona con 16. Tras ellos, Totò-Gol, en su debut en la Serie A con 26 años y procedente del Messina.

La liga se la llevó el Nápoles de Maradona y la Copa de Europa el Milan, pero la Juve de Schillaci conquistó la Copa de Italia y la Copa de la UEFA ante la Fiorentina.
 
Schillaci se ganó un sitio en el once de la Juve de Dino Zoff.

Así que el seleccionador italiano Azeglio Vicini le hizo un hueco en la lista al siciliano, aunque con la clara intención de tenerlo calentando el banquillo y utilizarlo en contadas ocasiones. 

Por delante de Totò estaban Vialli, Mancini, Carnevale, Aldo Serena y el mismísimo Baggio, un jugador que la gente pedía constantemente y que Vicini ponía solo con cuentagotas. 

Al final, a Totò y a Baggio, que la temporada siguiente serían compañeros, les tocaría salir al rescate de la azzurra.

***

Vicini hacía jugar a Italia con un 4-4-2 claro y sus dos puntas eran Vialli (ídolo italiano del momento) y Carnevale (el delantero del Nápoles campeón de liga). En el centro del campo juntaba a Donadoni y Ancelotti, del Milan, con Giannini, de la Roma, y De Napoli, del Nápoles, sin más concesiones al espectáculo. Ni Baggio ni Mancini tenían cabida en el once inicial de Vicini y, por supuesto, el recién llegado Totò, tampoco.

Pero el 9 de junio de 1990, en el estadio Olímpico de Roma, los austriacos estaban amargándole el debut a la azzurra en el Mundial ante su público. 

Carnevale tuvo una ocasión clarísima, pero estrelló el remate en el cuerpo del portero austriaco Lindenberger y minutos más tarde Vialli tiraba fuera un regalo de la defensa que le había dejado solo de nuevo ante Lindenberger. Después sería Ancelotti quien estrellaría en el palo un disparo desde la frontal y nuevamente Carnevale quien no acertaría a rematar entre palos una oportunidad clarísima.

Pero los austríacos habían salido vivos del primer tiempo y las llegadas italianas era cada vez más esporádicas y menos claras y el partido más trabado. Sólo algún tímido disparo desde la larga distancia de Vialli inquietaba a los centroeuropeos. 

Y los minutos iban pasando. 

El seleccionador había quitado a Ancelotti en el descanso para dar entrada al defensa Juventino De Agostini, por lo que sólo le quedaba un cambio que realizar. Y, para sorpresa de todos, llamó al número 19 de Italia. Corría el minuto treinta de la segunda parte y el napolitano Carnevale dejaba su sitio al siciliano Totò Schillaci. 

Tres minutos más tarde, Donadoni condujo la pelota en posición de interior diestro y abrió a la banda para un Vialli vertiginoso que, en posición de extremo diestro, porfió con el defensor y sacó un centro maravilloso al corazón del área. Y ahí, en su hábitat, en medio de las dos torres austriacas apareció Totò, saltó para darse impulso, giró el cuello y remató de cabeza al fondo de las mallas. 

El Olímpico de Roma estalló mientras Schillaci salía corriendo con los brazos en alto y los puños cerrados a celebrarlo. Era el primer balón que tocaba Totò y a Italia le bastaba para ganar 1 a 0 en su debut.

Schillaci marcó el gol del triunfo de Italia en su debut en el Mundial. 

El segundo encuentro ante Estados Unidos lo planteó Vicini igual que el anterior. Jugaron los mismos con el cambio obligado del milanista Ancelotti que, lesionado, dejó su sitio en el centro del campo al interista Nicola Berti. El resto, los mismos diez que el día del debut.

Pero, a diferencia del partido ante Austria, Giannini hizo un tempranero gol a los once minutos para desnivelar el choque. Y como Italia no encontró más resquicios para anotar el segundo tanto, el seleccionador volvió a tirar de Totò en la segunda parte. Esta vez no anotó el 19, pero tampoco lo hizo nadie más y el partido acabó 1 a 0. 

Sería el único partido del Mundial en el que no mojó el siciliano.

Para el partido que cerraba la fase de grupos ante Checoslovaquia, con Italia ya clasificada para octavos de final pero con la primera plaza en juego, el técnico se vio obligado a cambiar la delantera tras la lesión de Vialli y apostó por sentar a Carnevale para dar entrada a Roberto Baggio y a Totò Schillaci desde el principio.

A los nueve minutos Schillaci ya había vuelto a meter el balón en la red. 

Donadoni sacó un córner abierto a la frontal del área grande para que rematara Giannini en jugada ensayada. El romanista le pegó mordida y contra el suelo y el balón hizo un globo dentro del área. Allí apareció indetectable Totò para meter la cabeza con fuerza y poner la pelota en el fondo de las mallas.

En la segunda mitad Baggio marcaría el golazo del Mundial. Hizo el de la Fiorentina una pared con Giannini en el centro del campo y salió disparado hacia la portería sorteando rivales para quedarse solo ante el meta checo y batirlo por bajo. 

Roberto Baggio se sumó a la fiesta italiana con un golazo.

Dos a cero e Italia se citaba con Uruguay en octavos de final. 

A los checoslovacos los esperaba Costa Rica.

Y el partido ante los charrúas volvió a demostrar que cuando alguien vive en una especie de sueño permanente y está tocado con la varita mágica, es imposible frenarlo. El partido lo dominó Italia ante una selección celeste que esperaba su momento a la contra dejando pocos resquicios al ataque italiano.

La azzurra lo intentaba por todos los métodos posibles, pero no había manera de superar la barrera defensiva uruguaya. Hasta que Totò recibió un magnífico pase de Serena en la frontal del área mediada la segunda mitad y soltó un zapatazo tremendo con la izquierda que superó al meta celeste con una parábola imposible. 

Mientras Schillaci corría a celebrarlo con Baggio colgado de su maglia tirándolo al suelo, en la otra parte del campo el portero Walter Zenga saltaba celebrándolo entre contento y aliviado. El menudo delantero siciliano había vuelto a ser el salvador del equipo. 

Schillaci sale como un resorte a celebrar el gol contra Uruguay.

Después, con Uruguay lanzado a por el empate, Aldo Serena haría el segundo tanto a falta de siete minutos para certificar el pase a octavos de final. 

La debutante y sorprendente Irlanda de Jackie Charlton esperaba en cuartos de final dispuesta a plantar cara a los anfitriones.

Aquella Irlanda fue un quebradero de cabeza para todos los que se enfrentaron a ella. Con su clásico 4-4-2 perfectamente estudiado y ejecutado, contaba con jugadores curtidos en mil batallas que sentían que se encontraban ante la oportunidad de su vida. 

El meta Patt Bonnen, el defensa Steve Stauton, el centrocampista Ray Houghton y los atacantes Tony Cascarino, John Aldridge y Niall Quinn, eran lo más reseñable de un equipo que había empatado todos sus partidos en el Mundial, pero que había exprimido como nadie los dos goles que había hecho en el torneo. Se los marcaron a Inglaterra y a Holanda para empatar ambos partidos a uno y ser segundos de grupo. 

En octavos empataron sin goles con Rumanía y las paradas de Bonner en los penaltis le dieron el pase. 

Pero en cuartos de final, el desafío sería aún mayor ante Italia.

Los italianos salieron a envestir a la defensa irlandesa pero el paso de los minutos y el planteamiento de Jackie Charlton empezaron a restarle fogosidad a la puesta de largo de la azzurra. 

Hasta que apareció el hada madrina. 
El de siempre. 
El de la varita mágica. 

Donadoni se sacó un lanzamiento potente y duro desde la frontal y Patt Bonner se lanzó a su derecha para despejarlo como pudo, pero la mala suerte se cebó con el meta porque se quedo totalmente descolocado, dejando toda su izquierda libre mientras se levantaba del suelo a toda prisa. 

Con el bueno de Bonner intentando discernir hacia dónde había despejado la pelota, apareció Schillaci de la nada para golpear el balón con la derecha con el suficiente efecto como para hacer inútil la segunda estirada del meta y cualquier intento de los defensas que venían por detrás para sacar el balón del fondo de las mallas.

Schillaci corrió como un poseso con los brazos en alto celebrando otro gol importantísimo. 

El cuarto gol de Schillaci en el Mundial supuso el pase a semifinales.

Mientras tanto, en Palermo, 20.000 personas se congregaban ante la casa donde había nacido el goleador de la azzurra para celebrar el tanto y el pase a las semifinales. Porque el marcador ya no se iba a mover más en el Olímpico de Roma y los italianos se habrían de desplazar hasta Nápoles para jugarse un hueco en la final ante la Argentina de Diego Armando Maradona.

Y en el estadio de San Paolo se volvió a demostrar que la varita mágica que había tocado Totò Schillaci seguía teniendo poderes. 

Porque a los dieciocho minutos de partido, el mismo Salvatore inició un ataque por la derecha con un pase en horizontal después de haber recuperado un balón en el centro del campo. La pelota la hicieron circular rápido por el centro del campo los tres centrocampistas italianos para avanzar hacia la meta argentina. 

En el borde del área Giannini le hace un sombrero al defensor argentino y lucha la pelota de cabeza. El balón sale rebotado a los pies de Vialli, que se saca un remate portentoso desde el punto de penalti que rechaza magistralmente Sergio Goycochea. 

¿Dónde? 

A los pies de Schillaci que, libre de marca, intenta rematar con la derecha. El balón le golpea en la tibia de su pierna izquierda y se mete en el fondo de las mallas. 

¡Y a celebrar! 
¡Que los churros valen igual! 
Y más en la semifinal de un Mundial.

Totò encarriló la semifinal para Italia a los dieciocho minutos.

Con el viento a favor, los italianos se dieron un respiro y antes de acabar el primer tiempo Maradona probó a Zenga, aunque su disparo iba flojo y demasiado centrado. Pero, poco a poco, la Argentina más defensiva que se recuerda en un torneo empezó a estirarse. 

Sobre todo al volver de los vestuarios. 

Casi todo el tímido peligro que generaba la albiceleste pasaba por los pies de Maradona, que abrió para Burruchaga en el borde del área italiana. Éste vio a Olarticoechea entrando por su izquierda, pero su remate lo detuvo Zenga. Italia no pasaba muchos apuros, pero las llegadas albicelestes eran cada vez más constantes.


Basualdo combinó con Maradona en tres cuartos de campo, por la parte izquierda del ataque. El astro argentino se la dejó a Olarticoecha que metió el balón al corazón del área azzurra y por allí apareció el otro jugador tocado por los Dioses en este Mundial: Claudio Caniggia. 

El atacante argentino tiró la diagonal, le ganó medio metro a sus defensores y remató casi de espaldas sobre la salida en falso de Zenga, que se comió el testarazo. 

Silencio en Nápoles y repliegue total argentino.  

Era el primer tanto que recibía Italia en todo el torneo y, a la postre, el que los dejaría sin poder disputar la final.

Caniggia se anticipa a todos y bate a Walter Zenga en su salida.

Nadie marcó en los veinticuatro minutos que quedaban de segunda parte ni tampoco en la prórroga. La albiceleste se quedó con diez por la expulsión de Giusti en el minuto 105. Y el árbitro prolongó ocho minutos la prórroga mientras Bilardo montaba en cólera, pero se jugaron apenas dos y todo se resolvería en los penaltis.

Desde los once metros marcaron Baresi, Serrizuela, Baggio, Burruchaga, De Agostini y Olarticoechea. Donadoni se dispuso a lanzar el cuarto penalti italiano, pero Goycochea hizo un paradón. Maradona anotó el cuarto para Argentina y el de Serena lo detuvo también Goycochea para vestirse una vez más de superhéroe de Argentina. 

Italia lloraba la eliminación mientras los argentinos se disponían a jugar su segunda final consecutiva ante el mismo rival de cuatro años atrás: Alemania. 

Allí los argentinos caerían con un polémico penalti a falta de cinco minutos para el final.

Un día antes, Schillaci había vuelto a acudir a su cita con el gol en el partido por el tercer y cuarto puesto ante Inglaterra. Baggio adelantó a la azzurra a falta de diecinueve minutos para el final gracias a un magnífico pase de Totò y Platt empató el encuentro diez minutos después de un soberbio testarazo marca de la casa. 

Cuando la prórroga parecía inevitable, Schillaci recibió un balón en la frontal, encaró a Parker y éste le derribó dentro del área cuando se iba. Baggio le cedió el penalti a Totò para que se convirtiera en el máximo goleador del torneo con seis tantos.

Italia acababa el torneo en tercera posición marcando diez goles. Seis los había marcado Schillaci y los otros cuatro el resto del equipo (dos Baggio, uno Giannini y otro Serena). 

Totò Schillaci saluda desde el pódium tras la final de consolación.

Unos datos increíbles para un jugador que venía a ser el sustituto de Vialli y Carnevale (e incluso de Serena, de Baggio y de Mancini) y que acabó haciendo goles de todos los colores en los momentos importantes. 

El colofón hubiera sido levantar la Copa del Mundo en Roma, pero eso ya no pudo ser.

***

El “Padrino del Gol”, que así lo bautizaron sus aficionados durante el Mundial por su origen siciliano, jugó dos temporadas más en la Juventus, pero su relación con el gol empezó a deteriorarse. Como si las gotas de magia que se concentraron durante todo el torneo se hubieran ido evaporando poco a poco.

Fichó el delantero por el Inter para la campaña 92-93, pero el gol seguía escaseando (anotó 11 en dos campañas) a la vez que aumentaban las lesiones y el siciliano, aventurero como pocos, decidió emprender una nueva aventura. 

Hizo los bártulos y se marchó a Japón en la temporada 1994-95, fichando por el Jubilo Iwata junto con el capitán de Brasil, Dunga. Era el primer italiano que jugaba en la liga japonesa y ahí pareció reverdecer viejos laureles en un torneo que empezó a acoger a estrellas europeas y sudamericanas en la parte final de sus carreras (Lineker, Zico, Littbarski o el mismísimo Julio Salinas se apuntaron también a la aventura japonesa). 

A Salvatore le apodaron “Totò-San” y él respondió con 56 goles en 78 partidos antes de dejar definitivamente el fútbol en activo a la conclusión de la temporada 1996-97. 

Totò Schillaci se convirtió en Totò-Sand en el  Jubilo Iwata.

En el recuerdo, un montón de goles, pero, por encima de todos, los seis que anotó en el Mundial de Italia cuando nadie lo esperaba.

El mismo Totò lo definía así 30 años después de su gesta en una entrevista en el Daily Mail: “Vine de la nada y de un día para el otro me convertí en el máximo goleador de un Mundial. Si un par de años antes alguien me hubiera dicho que algo así iba a suceder, me hubiese reído”.

***

Totò Schillaci jugó 16 partidos con la azzurra y siete de ellos fueron en el Mundial. Marcó siete goles con Italia y seis los hizo en el Mundial. Cuando se retiró, siguió ligado al fútbol fundando una centro deportivo y trabajando en una escuela de fútbol en Palermo, pero también alternó su vertiente futbolera con otras experiencias variopintas. 

Y es que no dudó en hacer sus pinitos el mundo del espectáculo, la televisión y el cine: hizo de mafioso de segunda fila en una serie de televisión llamada “Squadra Antimafia” y también participó en el reallity show “La Isla de los Famosos” donde, al igual que en el Mundial, acabó tercero. Volvió a actuar en unas cuantas películas más, participó en algún que otro show televisivo más, e incluso se metió durante un tiempo en política, ya que fue Concejal y Consejero Regional en Palermo a principios de la década del 2000.

Salvatore Schillaci falleció el 18 de septiembre de 2024, a los 59 años, a causa de un cáncer de colon contra el que venía luchando desde 2022, pero su recuerdo siempre permanecerá en el corazón de todos los amantes del fútbol.  

Igor Scalisi Palminteri inmortalizó a Schillaci en Palermo.

Porque todos los futboleros que vivieron sus gestas en la Copa del Mundo, cuando cierran los ojos, ven su imagen imperecedera corriendo como un loco con los puños cerrados en alto y los ojos casi saliéndosele de las órbitas celebrando cada uno de los seis goles que le hicieron eterno en el caluroso verano italiano de 1990.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Just Fontaine sacó su fusil en Suecia 1958

Cada cuatro años, a medida que se acerca el Mundial de fútbol, nos acordamos de un jugador único que prácticamente pasó desapercibido en su día, pero que, a medida que pasaban los torneos, su rendimiento y sus goles acabaron por valorarse en su justa medida.

Y es que este delantero nacido en 1933 en Marrakech (entonces Protectorado francés) anotó 13 tantos en los seis partidos que disputó con Francia en la Copa del Mundo de Suecia en 1958, una cifra que nadie ha alcanzado en ningún torneo posterior. 

Just Fontaine anotó trece goles en el Mundial de Suecia 58. 

Además, marcó en todos los encuentros que disputó y se consagró como máximo artillero por delante de Helmut Rahm, el delantero de Alemania que le había dado la Copa del Mundo en 1954, y del debutante Pelé, que a sus 17 años había maravillado al mundo y había sido uno de los culpables de que Brasil se alzar con su primer título mundialista. 

Pues bien, Rahm y Pelé, que hicieron un torneo superlativo, anotaron 6 tantos cada uno. Sumando los goles de ambos no hubieran alcanzado los 13 de Fontaine.

Pero, ¿quién era ese jugador que se presentó en Suecia para destrozar las redes de todos sus rivales? ¿Cómo es que casi nadie reparó en él antes del torneo? 

***

Just Fontaine, que había empezado a jugar a fútbol en Marrakech a los 15 años y se había hinchado a meter goles, fichó por el OGC Niza en 1953 y, a los 20 años, empezó a despuntar como uno de los goleadores más importantes de Francia. 

Tanto es así, que el Stade Reims, que había ganado la liga en la temporada 1954-55 y había llegado a la primera final de la Copa de Europa ante el Real Madrid en 1956, decidió ficharlo (junto a otros delanteros franceses que empezaban a despuntar) para cubrir la marcha de su estrella Raymond Kopa precisamente al conjunto merengue.

Fontaine metió 30 tantos en su primera temporada y 34 en la segunda para ayudar al Stade de Reims a proclamarse campeón de Liga y de la Copa de Francia, convirtiéndose a la vez en el máximo artillero de las dos competiciones.

El Stade Reims de Fontaine ganó la Copa de Francia de 1958.

Pero si Just Fontaine fue seleccionado para disputar el Mundial de Suecia fue a causa de la lesión de un compañero suyo del Stade Reims, René Bliard, que se rompió un tobillo poco antes del inicio de la Copa del Mundo. ¿Y cómo es que Fontaine estaba por detrás de su compañero de equipo en los planes del seleccionador Albert Batteux? La respuesta no es sencilla.

Just se había lesionado el menisco en diciembre de 1957 y había tenido que operarse. No volvería a pisar el césped hasta febrero de 1958, con el Mundial a la vuelta de la esquina. Además, el ataque francés estaba claramente formado y engrasado con la presencia estelar de Raymond Kopa, el pequeño Napoleón. 

A Kopa lo secundaban Jean Vicent en el extremo izquierdo, Roger Piantoni partiendo de la media punta izquierda, el joven Maryan Winieski en el extremo derecho y Bliard en el centro del ataque. Excepto Kopa, que jugaba en el Real Madrid desde 1956, el resto de los componentes de la delantera francesa jugaban juntos en el Stade Reims. 

Curioso. 

Porque el seleccionador francés, Albert Batteux, era también el entrenador del Stade Reims y la decisión que tomó fue simple: había que quitar a uno de sus cinco delanteros del club para incorporar a Kopa, que era la estrella del equipo, y sentó a Fontaine. Pero cuando se lesionó Bliard, lo sustituyó por el mismo Just Fontaine, sin cambiar el dibujo y sin dejar de juntar a 5 delanteros que se conocían a la perfección y jugaban prácticamente de memoria.

Kopa y Fontaine fueron los estandartes de Francia en Suecia.

El caso es que dicen las malas lenguas que Fontaine se presentó en Suecia con unas botas que ya tenían demasiado camino recorrido y cuando el seleccionador le comunicó que sería titular en el partido del debut ante Paraguay, el delantero le pidió prestadas las botas a su compañero Stéphane Brue, que no iba a jugar. 

Ya no se las quitaría en todo el torneo y con ellas anotaría los 13 famosos tantos.

***

Los tres primeros goles se los llevó Paraguay, que debutaba en un Mundial y que, pese a lo rotundo del marcador final (7-3), vendió muy cara su derrota. Amarilla adelantó a los guaraníes en el minuto 20 de partido, pero Fontaine le dio la vuelta al marcador en apenas 10 minutos con dos tantos recogiendo dos preciosos pases a la espalda de la defensa y definiendo como nadie ante el portero.  

Pero Amarilla volvió a empatar en encuentro al transformar un penalti al filo del descanso y, tras el paso por los vestuarios, los paraguayos se adelantaron de nuevo con un tanto de Jorge Romero. 

Por suerte para los franceses, Piantoni igualó a tres tan sólo 2 minutos después y se desató la tormenta goleadora de “los Blues”. Wisnieski, Fontaine, Kopa y Vicent anotaron cuatro tantos en 22 minutos para noquear a la brava selección sudamericana.

El segundo encuentro enfrentaba a los galos con su bestia negra, Yugoslavia, que les había apeado en la fase clasificatoria del Mundial de 1950 y que les había dejado fuera de los cuartos de final del Mundial de 1954 tras ganarles en la fase de grupos.

Fontaine adelantó a los franceses a los cuatro minutos con un remate de zurda dentro del área pequeña, pero los yugoslavos empataron a los 16 minutos y se pusieron por delante mediada la segunda parte. Merecieron algún tanto más los eslavos, pero no definieron y, a falta de cinco minutos, Fontaine recogió una pelota al borde del área grande y empató el encuentro con una vaselina ante la salida del meta yugoslavo. 

Era su segundo tanto del día y el quinto en los dos partidos que se llevaban de torneo. Pero cuando todo parecía condenado al empate, Toza Veselinovic hizo el 3 a 2 que obligaba a los galos a jugarse el todo por el todo ante Escocia en la última jornada.

Fontaine hizo dos goles ante Yugoslavia, pero no bastaron para ganar.

Los escoceses habían empatado en la primera jornada contra Yugoslavia y habían caído por 3 a 2 ante Paraguay, por lo que una victoria aún les daría opciones de pasar a cuartos de final. Pero los franceses no lo iban a permitir y en la primera parte resolvieron el duelo con un gol de Kopa y el sexto de Fontaine en el torneo. El delantero porfió con su marcador para llevarse la pelota y batir al meta de disparo cruzado. Escocia recortó distancias en la segunda parte, pero el marcador se mantendría ya inamovible en el 2 a 1.

Francia se clasificaba para cuartos de final donde se mediría a la sorprendente Irlanda del Norte, que se había clasificado como segunda en un grupo complicadísimo con rivales tan fuertes como Alemania, Checoslovaquia y Argentina. 

Los norirlandeses, en su primera participación en un Mundial, hubieron de jugar un partido de desempate ante Checoslovaquia para dilucidar quién acompañaría a los campeones del mundo, Alemania, a los cuartos de final. 

Ganaron los norirlandeses por 2 a 1, aunque ese choque redujo sus posibilidades ante los franceses, ya que tuvieron 3 días menos de descanso y un viaje eterno hasta Norrköping, donde los galos hacía cinco días que esperaban.

Así las cosas, los cuartos de final no tuvieron historia. Los franceses apabullaron a sus rivales y ganaron por cuatro tantos a cero, el segundo y el tercero de Just Fontaine.

Pero las semifinales serían otra historia. Allí esperaba una Brasil que había despertado la admiración de todos durante el torneo. Los diarios europeos hablaban de la magia del extremo derecho, Garrincha, del todo incontrolable, del juego maravilloso de Didí y de la calidad del sorprendente Pelé. 

Eso sí, todos le daban una posibilidad a Francia, ya que consideraban que esas mismas individualidades brasileñas podían ser su condena por su incapacidad para jugar en equipo tal como hacían las selecciones europeas.

El partido empezó eléctrico, con un gol de Vavá a los dos minutos que contrarrestó el máximo artillero del torneo, Just Fontaine, con otra diana siete minutos más tarde. Recogió una pelota dentro del área, recortó al portero y anotó el primer tanto que recibía la canarinha en todo el torneo. 

Brasil acusó el golpe, pero sólo estuvo grogui unos cuantos minutos. Poco a poco, los artistas brasileños desarbolaron a los europeos y Didí volvió a poner a los sudamericanos por delante a los 39 minutos.

Fontaine fue una pesadilla para Brasil, pero no fue suficiente.

Tras el paso por vestuarios, Pelé elevó el jogo bonito a la categoría de arte y dio una auténtica exhibición con tres tantos preciosos. Vicent anotó casi al final para maquillar el resultado: 5 a 2 y los brasileños disputarían su segunda final de una Copa del Mundo tras el Maracanazo del 50 y se enfrentarían a Suecia, la anfitriona. Repetirían el 5 a 2 ante Francia para levantar la Copa.

Mientras, los galos afrontaron el partido del tercer y cuarto puesto ante Alemania como una oportunidad extraordinaria de cerrar bien un torneo donde habían sido protagonistas por primera vez en su historia y la verdad es que germanos y franceses ofrecieron un espectáculo magnífico en un partido que siempre ha resultado del todo intrascendente. 

Fontaine cerró el Mundial haciéndole cuatro goles a Alemania.

El caso es que los franceses derrotaron por seis a tres a los campeones del mundo de 1954 y Fontaine anotó otros cuatro tantos para acabar el Mundial con trece dianas, cifra jamás superada en un solo torneo.

Al goleador francés le regalaron un fusil, que era el obsequio que tenía reservado un periódico sueco para el máximo goleador de la cita mundialista. Y se volvió a Francia con el arma y con la sensación de haber perdido una oportunidad histórica de ser campeón del mundo. 

Just Fontaine y su fusil llegan a hombros a Francia.

Porque ni a Fontaine, ni a ninguno de sus compañeros, les importó demasiado eso de ser los máximos goleadores. Ellos sólo querían alzar la Copa del Mundo y no fue posible.

***

Después del Mundial, Fontaine siguió goleando en el Stade Reims y en la selección. En la temporada 1958-59 el equipo no rindió en la liga como se esperaba, pero alcanzaron la final de la Copa de Europa y se la disputaron al Real Madrid, quien hubo de sufrir mucho para ganar por dos goles a cero al equipo de Fontaine.

Al año siguiente, el Stade Reims volvió a ganar de nuevo la Liga con 28 goles de Fontaine, pero el 20 de marzo de 1960 sufrió una durísima entrada en un partido ante el Sochoux y el resultado fue doble fractura de tibia y peroné. 

Lo operaron, inició el proceso de recuperación y reapareció el 1 de enero de 1961 en un partido ante el Limoges… y se volvió a romper por el mismo sitio. 

Aún intentaría recuperarse de nuevo y jugó con Francia un partido de clasificación para el Mundial de Chile 62, pero ya no era el mismo, la pierna no le respondía y decidió retirarse oficialmente el 5 de julio de 1962. 

Tenía sólo 29 años. 

Y se marchó con su fusil de la Copa de Mundo a cuestas y el zurrón cargado de goles: 30 en 21 partidos con la selección francesa y 145 en 152 partidos con el Stade Reims.

Los compañeros levantan a Fontaine tras su grandioso Mundial.

Just Fontaine no volvió a disputar ningún Mundial más, pero dejó una huella imborrable en el de Suecia que solo empezó a reconocerse a medida que pasaban las Copas del Mundo y nadie era capaz de superar su magnífico registro de trece goles en un mismo torneo. 

Y marcó en todos los partidos. 

Y no lanzó ningún penalti. 

Y, desde entonces, cada cuatro años nos volvemos a acordar de su nombre.

martes, 22 de abril de 2008

La "Victoria" de Jules Rimet

La Copa del Mundo nació en 1930, tras el impulso casi único de un hombre obsesionado por el fútbol. Un hombre que se había encargado de llevar el deporte rey a las Olimpiadas, pero que siempre defendió que el balompié necesitaba un torneo propio que coronara a la mejor selección del mundo cada cuatro años. Esa especie de visionario se llamaba Jules Rimet, era francés y ostentaba en ese instante el cargo de presidente de la FIFA. 

Pero al "invento" de Jules Rimet le faltaba un gran trofeo, una Copa que premiara a la mejor selección del mundo cada cuatro años. Así que la FIFA le encargó su creación a Abel Lafleur, escultor y medallista francés, quien diseñó un trofeo de plata esterlina chapada en oro, con una base azul de lapislázuli. Era una copa octogonal sostenida por una figura alada que representaba a la diosa griega de la Victoria, llamada Niké. Medía 35 centímetros de altura y pesaba 3,8 kilogramos. 

La Copa Jules Rimet diseñada por Abel Lafleur. 

De hecho, la Copa se llamó inicialmente Victoria, aunque posteriormente cambió de nombre para tomar el de su creador (el de la competición, se entiende, no el del trofeo) en el congreso que la FIFA celebró en Luxemburgo en 1946 y donde también se decidió que habría Mundial en 1950 y que se disputaría en Brasil. 

Desde entonces todo el mundo la conoció como la Copa Jules Rimet y permaneció "en activo" desde 1930 hasta 1970, porque se había estipulado que la primera selección que consiguiera levantarla en tres ocasiones se la quedaría en propiedad.

En esos cuarenta años que van de 1930 a 1970, y teniendo en cuenta que la Segunda Guerra Mundial impidió la celebración de los Mundiales de 1942 y 1946, tan sólo cinco selecciones pudieron levantar la Copa Jules Rimet. 

Jules Rimet entrega el trofeo a Raúl Jude, presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol, en 1930.  

Lo hizo Uruguay en dos ocasiones (1930 y 1950). 
Las mismas que Italia (1934 y 1938) y Brasil (1958 y 1962). 
Alemania (1954) e Inglaterra (1966) también tuvieron el privilegio de ganarla. 

Hasta que el Mundial de México 70 deparó una final entre Italia y Brasil. 

Ambas selecciones habían ganado ya dos Mundiales previamente y quien venciera aquel memorable partido en el estadio Azteca se quedaría para siempre con la Copa Jules Rimet. 

Se la quedó finalmente Brasil al vencer con rotundidad a los italianos (4 a 1) en una auténtica exhibición de los 5 Dieces. 

Carlos Alberto levanta la Copa Jules Rimet en 1970.

Pero como casi todo en esta vida, no fue para siempre, ya que la Copa Jules Rimet fue robada en Río de Janeiro en diciembre de 1983. Cuatro delincuentes argentinos fueron juzgados y condenados por el robo, pero de la Copa nunca más se supo. 

Apuntan a que acabó fundida y transformada en lingotes. 
Pero sólo es una hipótesis. 

La Confederación Brasileña mandó hacer una réplica en 1984 a partir de la Copa que guardaba la FIFA (y que, a su vez, era también un réplica perfecta de la original). De hecho, hay quien dice que ésta es la original y no la que se robó en Brasil, pero eso no se puede comprobar de ninguna manera y, por eso mismo, también es sólo una hipótesis.

Una más.

***

Pero antes de su trágico fin, probablemente fundida, la Copa Jules Rimet hubo de superar multitud de vicisitudes. La primera de ellas fue sobrevivir a la II Guerra Mundial. 

La Copa la había ganado Italia en 1938 y se quedó allí durante la guerra. El vicepresidente de la FIFA, el italiano Ottorino Barassi, sacó el trofeo en secreto de su tumba en el interior de un banco de Roma y lo escondió en una caja de zapatos debajo de su cama para impedir que los nazis se apoderaran de él. 

Y, pese a lo rudimentario del plan, lo consiguió.

Ottorino Baressi presenta la Copa Jules Rimet en el Mundial de 1950.

En 1950 volvió la Copa del Mundo y allí estaba el trofeo, al que le tocó ser testigo mudo del Maracanazo que sumió a toda Brasil en un mar de lágrimas. 

Y fue pasando el tiempo sin excesivos contratiempos. La levantó Alemania en Suiza en 1954 y Brasil en Suecia en 1958 y en Chile en 1962. Hasta que llegó el año 1966. 

Año de Mundial. 
Año de Inglaterra. 
Año en el que se esperaba que "el fútbol volviera a casa".

Y volvió. 

Pero antes lo hizo la Copa Jules Rimet, que llegó el 20 de marzo de 1966, a apenas cuatro meses del inicio del Mundial, para ser exhibida en el Salón Central de Westminster, en Londres. En un momento de asueto, el guardia de seguridad salió a por un café y la perdió de vista. Cuando volvió a mirar, la Copa ya no estaba. 

Scotland Yard se movilizó en su intento por encontrarla, aunque sólo fuera para evitarle una vergüenza mundial a Inglaterra. Pero las pesquisas no daban resultados.

Y cuando nadie daba un duro por recuperarla, el perro más famoso de Inglaterra a partir de ese día, Pickles, la encontró envuelta en un periódico en un seto de un jardín suburbano de una zona de Londres llamada Upper Norwood cuando su amo lo sacó a dar un paseo.

Pickles encontró la Copa Jules Rimet y los ingleses suspiraron aliviados.

En ese momento, la FIFA decidió hacer una réplica en secreto para poder utilizarla en exhibiciones posteriores. De hecho, esta Copa se exhibe en el Museo Nacional de Fútbol en Preston (Inglaterra) desde que los brasileños se quedaron la original en 1970. 

Y es que a partir del Mundial de Alemania de 1974, las selecciones jugaban ya por un nuevo trofeo, la Copa del Mundo, sin ningún otro apellido más, diseñado por el italiano Silvio Gazzaniga. 

Esta Copa del Mundo nadie se la puede quedar en propiedad. La guardan las federaciones de las selecciones ganadoras durante los cuatro años posteriores a su triunfo, la devuelven en perfecto estado para el siguiente Mundial y entonces reciben una réplica.

De la Copa Jules Rimet a la Copa del Mundo de Gazzaniga.

Aunque el nuevo trofeo también ha tenido sus momentos malos. 

Por ejemplo, tras el Mundial de Alemania 2006. Y es que los campeones italianos no cuidaron la Copa del Mundo demasiado bien durante las celebraciones, ya que Fabio Cannavaro, el capitán de Italia, fue fotografiado sosteniendo un pedazo de malaquita que se había desprendido de la base del trofeo. 

Pero tranquilos, la Copa del Mundo fue reparada y los italianos la presentaron en perfectas condiciones en el Mundial de Sudáfrica de 2010 para que la acabara levantando España.

Y así, sin sorpresas desagradables, hemos llegado hasta hoy en día.