"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

viernes, 23 de diciembre de 2022

Messi salda su deuda con Argentina en la Copa del Mundo

El 17 de agosto de 2005 en Budapest, Hungría recibe a Argentina en un partido amistoso. El seleccionador, José Pékerman, se lleva a un jovencísimo Lionel Messi, que se viste con la zamarra número 18. El magnífico jugador que empieza a deslumbrar en el FC Barcelona, campeón de Liga tras cinco temporadas de sequía a las órdenes de Frank Rijkaard y con Deco, Giuly, Belletti, Edmilson y Eto’o como principales novedades, viene de proclamarse campeón del mundo Sub20 con la albiceleste, en un torneo en el que ha sido el mejor jugador, ha marcado seis tantos y ha dado dos asistencias. Ante tal irrupción, la puerta de la selección absoluta se viene totalmente abajo.

Sin embargo, Messi, con 18 años recién cumplidos, no tiene el debut soñado. Entra a los 18 minutos de la segunda parte sustituyendo a Lisandro López, pero sólo puede jugar 43 segundos. Porque en la primera jugada en la que interviene, Messi aparta de un manotazo al defensa magiar Vilmos Vanczák y el colegiado del encuentro, el alemán Markus Mark, interpreta que hay agresión y lo expulsa inmediatamente, ante las protestas de todos los jugadores argentinos y la incredulidad del muchacho, que no acaba de creerse lo que le acaba de pasar en su debut. Se marcha cabizbajo el 18, pensando que quizá acababa de cerrarse definitivamente la puerta de la selección. En absoluto. Porque menos de un año más tarde estaría disputando su primera Copa del Mundo en Alemania.

***

La temporada 2005-06 Lionel Messi tuvo ficha y contrato del primer equipo del Barcelona y se incorporó totalmente a la plantilla de Rijkaard como jugador del primer equipo. La temporada del rosarino iba camino de ser espectacular, anotando seis tantos en 17 partidos de liga y otros seis en la Liga de Campeones, pero en el mes de marzo se lesionó en el bíceps femoral y se perdió el tramo final de la temporada. Pese a ello, Pékerman confió plenamente en la nueva esperanza argentina y se lo llevó al Mundial de Alemania.

Y es que la albiceleste necesitaba agarrarse a un nuevo ídolo tras la caída de Maradona en el Mundial de Estados Unidos 94. Desde ese torneo, la selección no había podido nunca alcanzar los partidos finales de los Mundiales pese a contar, en muchos casos, con futbolistas de primer nivel en sus filas.

En Francia 98, la Argentina de Passarella, envuelta de polémicas, cayó con un golazo de Bergkamp en el último suspiro de los cuartos de final ante Holanda. En Corea y Japón 2002, dirigida por Marcelo Bielsa y con un equipo realmente extraordinario que generó mucha ilusión entre los aficionados, la albiceleste se marchó a casa, incomprensiblemente, en la primera fase del Mundial. Así que la llegada de Messi se esperaba con anhelo en un país donde el fútbol es prácticamente una religión.

Pero Pékerman no quería precipitarse con Messi y no le dio el rol de titular en el Mundial de Alemania. Más viniendo, como venía, de una lesión. En la retina de los aficionados queda la imagen de un Messi totalmente desolado y solo en el banquillo tras la eliminación de la albiceleste en los cuartos de final ante Alemania en la tanda de penaltis. El futuro capitán no jugó ni un minuto de ese choque decisivo y los medios de comunicación culparon a Pékerman de no tener la valentía suficiente como para alinear al chaval, aunque sólo fuera unos minutos. Pese a las lágrimas, el joven Messi había sido el jugador argentino más joven en debutar en un Mundial, también el jugador argentino más joven en marcar un tanto en la Copa del Mundo, y se volvió a casa con su primer gol en un Mundial en el zurrón, el que le hizo a Serbia y Montenegro en la primera fase (6-0).

En septiembre de ese mismo 2006, José Pékerman presentó su dimisión como seleccionador argentino y el Coco Basile se hizo cargo de la albiceleste. Su primer reto fue la Copa América de 2007, celebrada en Venezuela, donde Messi sufriría su segunda gran decepción con la selección. El rosarino ya se había hecho con la titularidad en el Camp Nou esa misma temporada y su rol en la selección empezó a cambiar también. Messi lucía el 18 en la espalda, pero se ganó su titularidad en el torneo en una selección potentísima que se deshizo con mucha facilidad de todos sus rivales.

En la primera fase, los de Basile ganaron todos sus partidos con solvencia. Apabullaron a los Estados Unidos en su debut (4-1), certificaron su pase ante Colombia (4-2) y cerraron una fase de grupos inmaculada venciendo también a Paraguay con un gol de Mascherano (1-0). En cuartos de final Messi anotó su primer gol en el torneo ante Perú (4-0) y mantuvo la racha con otro gol ante México en semifinales (3-0). En la final esperaba Brasil, que se había metido en el último partido tras derrotar a Uruguay en los penaltis. Argentina parecía favorita, pero la canarinha se impuso con rotundidad con goles de Julio Baptista, Ayala en propia puerta y Dani Alves para dejar a Argentina a las puertas de la gloria. Fue la primera final perdida de Messi con la albiceleste, aunque en Venezuela los referentes de la selección eran otros: Riquelme, Crespo, Mascherano, Ayala o Zanetti.

Antes del Mundial de Sudáfrica de 2010 y de la irrupción de Maradona en la selección, Lionel Messi se dio una alegría en las Olimpiadas de Pekín 2008, donde se colgó el oro olímpico tras derrotar a Nigeria en la final con un gol de Ángel Di María (1-0). La albiceleste ganó todos sus partidos y Messi se erigió en el líder de un auténtico equipazo.

***

Sin embargo, en la selección absoluta las cosas no iban tan bien. El equipo de Basile había vencido sus primeros tres partidos de la fase de clasificación para el Mundial de Sudáfrica, pero cayó en la cuarta fecha ante Colombia y encadenó después cuatro empates consecutivos que dejaron al técnico entre la espada y la pared. La victoria ante Uruguay en Buenos Aires por 2 a 1 dio a Basile un partido más, pero la derrota ante Chile cuatro días más tarde en Santiago (1-0) acabó con la destitución del técnico y la llegada de Diego Armando Maradona al banquillo de la albiceleste.

Con Maradona a los mandos, Argentina se metió en el Mundial de Sudáfrica, aunque por el camino sufriera una de las derrotas más humillantes de la historia. La albiceleste cayó por 6 goles a 1 en La Paz ante Bolivia. No fue la única derrota de los de Maradona, que también cayeron en Ecuador (2-0), en Rosario ante Brasil (1-3) y en Asunción ante Paraguay (1-0) para jugarse la clasificación directa ante Perú en Buenos Aires y ante Uruguay en Montevideo. Palermo salvó a la albiceleste con un gol en el descuento ante los incas (2-1) y Mario Bolatti hizo el tanto del triunfo ante la Garra Charrúa (0-1) para meter al equipo en el Mundial con muchísimo sufrimiento.

En tierras africanas, Maradona le dio la cinta de capitán a Messi en ausencia de Mascherano, como hiciera con él Bilardo en 1986 en detrimento de Passarella. De astro a astro. De rey a sucesor. Pero a Messi no le sentó bien la cinta en un momento que quizá fuera un poco precipitado. Porque Lionel Messi era un jugador excepcional, quizá al nivel de Maradona, pero no tenía el carácter de Maradona ni sus dotes de mando dentro y fuera de la cancha. Ni falta que le hacía al rosarino, que le bastaba con jugar a la pelota y nada más. Y nada menos.

El caso es que Argentina jugó una buena primera fase, aunque sufrió mucho en su debut ante Nigeria. Un tempranero gol de Heinze bastó para que la albiceleste se impusiera (1-0) y afrontara con mayor tranquilidad su encuentro ante Corea del Sur en la segunda jornada. Los asiáticos no fueron rival para Argentina y los de Maradona ganaron 4 a 1 con tres goles de Higuaín. Y cerraron una primera fase inmaculada con un triunfo ante Grecia (2-0).

En octavos esperaba México, con su maldición del quinto partido a cuestas, y Argentina se la merendó con goles de Tévez e Higuaín en la primera parte. El Apache anotó también el tercero a los pocos minutos de la reanudación y el descuento mexicano no sirvió de nada. Tres a uno y a cuartos , donde se verían las caras con una antigua enemiga: Alemania.

Los germanos, ante los que Maradona había tocado la gloria en México 86 y ante los que había claudicado en Italia 90, eran los últimos verdugos de Argentina en la Copa del Mundo. Y volverían a serlo otra vez en un partido que empezó con un gol teutón a los 3 minutos, se mantuvo igualado durante muchos minutos y acabó con los alemanes jugando a placer y destrozando a los argentinos en cada contra. El cuatro a cero final dejó a Argentina fuera del Mundial, a Messi criticado y vilipendiado en todo el país y a Maradona con pie y medio fuera del equipo tras enfrentarse con todos en los apenas dos años que duró su mandato. Un desastre absoluto que cambiaría, y mucho, cuatro años después de la mano de Alejandro Sabella.

***

Porque cuando llegó el Mundial de Brasil en 2014 Argentina era otra. Las caras habían cambiado y Messsi ya era, sin duda, el eje sobre el que giraba toda la selección. Disputaba su tercer Mundial, pero cumpliría 27 años en el campeonato, la edad perfecta para un futbolista que ya sólo soñaba con la Copa del Mundo tras haberlo ganado todo con el FC Barcelona.

En Brasil la canarinha partía como gran favorita, secundada por España, la actual campeona, Holanda, finalista en Sudáfrica y encuadrada en el mismo grupo con los ibéricos, y la sempiterna Alemania, que seguía con Löw sentado en el banquillo. La albiceleste, pese a contar con el mejor jugador del momento, Lionel Messi, no parecía contar para casi nadie.

Pero Sabella había creado un equipo con mucha capacidad de sacrificio y con las ideas claras, conformado en torno a Messi, con Mascherano y Di María ejerciendo como escuderos y con Agüero e Higuaín como acompañante del rosarino en la punta del ataque. Con esos mimbres, Argentina no tuvo demasiados problemas en superar la primera fase con pleno de victorias ante Bosnia (2-1), Irán (1-0) y Nigeria (3-2).

Mientras, algunos rivales se iban quedando por el camino. España zozobró ante Holanda (5-1) e hizo las maletas tras volver a caer ante Chile en la segunda jornada (2-0) en la primera gran sorpresa del torneo. La maldición del campeón había golpeado con crueldad y con rotundidad a los de Vicente del Bosque. El resto de favoritos seguían adelante.

En el cruce de octavos, Argentina no encontró en ningún momento la forma de sobrepasar la correosa defensa suiza y el partido se fue a la prórroga. Pero a falta de un par de minutos para la tanda de penaltis, Messi se sacó de la chistera un pase de genio que Di María se encargó de transformar en el gol que clasificaba a Argentina para los cuartos de final, donde se encontraría con Bélgica.

El resto de selecciones favoritas también seguía adelante, aunque con mucho sufrimiento. Alemania, como Argentina, necesitó de una prórroga para batir a la sorprendente Argelia (2-1), mientras que Holanda se deshizo de México pasando cuatro minutos de la hora con un penalti inexistente cometido sobre Robben y transformado por Huntelaar. Aunque, sin duda, la que que más sufrió fue Brasil, que se metió en cuartos tras empatar a uno con Chile y pasar en los penaltis en una tanda increíblemente mala en la que los anfitriones fallaron dos veces desde los once metros y los chilenos tres.

En cuartos de final bastó un gol de Higuaín a los ocho minutos de partido para batir a los belgas, que no encontraron la manera de acercarse con peligro a la portería de Romero, dominados por una albiceleste rocosa y muy bien parada sobre el terreno de juego. En las semifinales se medirían a Holanda, que superó en los penaltis a Costa Rica tras un empate sin goles. La otra semifinal enfrentaría a Alemania y a Brasil y pasaría a la historia de los Mundiales como el Mineirazo tras la histórica paliza que los teutones le dieron a la canarinha en Belo Horizonte (7-1). Alemania llegaba a la final metiendo miedo y esperaba rival con la tranquilidad que da una victoria tan aplastante.

Y es que Argentina y Holanda se enfrentaban un día después en Sao Paulo para dirimir quién se mediría a la fiera germana en Maracaná. Los holandeses tenían la experiencia de cuatro años antes, cuando se metieron en la final de Sudáfrica 2010, mientras que Argentina llevaba 24 largos años sin pisar la final de una Copa del Mundo. Al final, tras un partido tenso que acabó sin goles, emergió la figura del guardameta Romero para meter a la albiceleste en la final de un Mundial por quinta vez en su historia al detener los disparos de Vlaar y Sneijder. Messsi, Garay, Agüero y Maxi Rodríguez hicieron buenas las paradas de su portero para citarse con la historia en Maracaná. Y es que 24 años después Argentina regresaba a la final y ahí esperaba el mismo rival de entonces, Alemania, como si el tiempo no hubiera pasado.

Era la oportunidad con la que Messi siempre había soñado. Con la que Argentina entera había soñado. Pero más Messi, cuestionado entre su gente desde prácticamente el primer día que se enfundó la zamarra albiceleste. Los argentinos vieron cómo se convertía en el mejor jugador del mundo en Barcelona, cómo lucía como el astro más rutilante del planeta fútbol y le pedían ser el nuevo Maradona para Argentina. Pero Messi no era Maradona y nunca lo será, aunque en Catar se le pareciera más que nunca. Y Lionel no entendía por qué le llamaban pecho frío, por qué no lo bancaban en su país, por qué muchos no lo consideraban uno de los suyos. Ahora, por fin, llegaba su oportunidad. Aunque el mundo entero, tras el golpe sobre la mesa que supuso el Mineirazo alemán, no diera ni un duro por Argentina.

Y lo cierto es que la final fue un partido durísimo al que Argentina nunca le perdió la cara. Los de Sabella plantearon un partido áspero y tenso, pero siempre amenazando en ataque a los alemanes cuando conseguían robar la pelota. Acabar jugadas. Asustar. Replegar. Mover con velocidad. Hacer daño. Y es que el plan era hacer que Alemania no se sintiera cómoda en su papel de tocadora y sintiera que cualquier error podía pagarlo caro.

El intercambio de golpes fue continuo en la primera parte y siguió en la segunda hasta que asomó en los contendientes el miedo a perder. En esa parte final de la segunda mitad, cuando ya se acercaba el pitido final, y en la prórroga mandó un poco más Alemania, aunque fue Palacio el que más cerca estuvo de batir al meta Neuer.

Pero quien sí logró meter el balón en la meta rival fue Gotze, que dejó helada a Argentina entera con su tanto en el minuto 113. Las lágrimas de Messi eran las de toda Argentina, mientras que la alegría de Lahm alzando la Copa del Mundo era la de toda Alemania, que, por segunda vez, se volvía a imponer a la albiceleste en la final de un Mundial para sellar su tetracampeonato. Messi, que se llevó el premio al mejor jugador del torneo, no tenía consuelo. Acababa de perder la oportunidad de levantar su primera Copa del Mundo y entrar en el Olimpo futbolístico argentino y mundial.

***

Y con las lágrimas de Brasil 2014 acabadas de enjugar, Lionel Messi volvió a llevar a Argentina a dos finales de la Copa América. La de 2015 y la del Centenario, celebrada en 2016. Las perdió ambas desde el punto de penalti ante el mismo rival, Chile, dirigida primero por Sampaoli y después por Juan Antonio Pizzi, ambos argentinos. Dos tandas fatídicas que llevaron al 10 a plantearse abandonar la selección. De hecho lo anunció y mantuvo su decisión durante 66 días, los que le costó convencerlo al nuevo seleccionador, Edgardo Bauza, que le expuso un proyecto que duró poco y que fue sustituido por el de Sampaoli de cara al Mundial de 2018.

En Rusia, Argentina decepcionó. Sin más. Jugó una primera fase desastrosa que la tuvo contra las cuerdas y, cuando finalmente logró clasificarse en el último suspiro, la obligó a medirse a Francia en los octavos de final del torneo. Demasiado gallo y demasiado pronto. Un jovencísimo Mbappé desnudó a toda la defensa argentina y sólo un chispazo de Di María y una jugada afortunada mantuvieron a Argentina en el partido. Pero al final se impuso la lógica y Francia siguió adelante tras vencer por 4 a 3 a los hombres de un Sampaoli cuestionadísimo. O de un Messi también cuestionadísimo y criticadísimo. Lo que prefiráis.

El caso es que Francia levantó al cielo de Moscú su segunda Copa del Mundo mientras Lionel Messi veía muy lejano en el horizonte el próximo Mundial, el de Catar en 2022. Tocaba reflexión en Argentina. Tocaba reflexión también para el futbolista rosarino.

***

En ese duro tiempo de peregrinaje entre Mundiales a Messi le tocó lidiar con muchas cosas. Con la eterna animadversión de sus propios compatriotas. Con la desintegración del mejor FC Barcelona de su historia y la marcha de sus mejores compañeros en el club. Con su propio pasar de los años, la pérdida de velocidad y los fracasos deportivos en el club de sus amores. Con la decisión de dejar el club de su vida y la ciudad que lo había acogido 20 años atrás y en la que había creado una familia sin renunciar a sus orígenes. Con su mudanza a París y el inicio de una nueva vida.

Pero mientras todo eso pasaba, Scaloni, compañero de selección de Messi, cogía las riendas de la selección. Mientras todo eso pasaba, los grandes medios de comunicación argentinos y los tótems de la sabiduría futbolística pamperos le negaban al nuevo seleccionador la capacidad de dirigir a la albiceleste, alegando que no había empatado con nadie. De paso, esos genios de la locuacidad y del análisis también incluían a Messi en la ecuación, pidiendo sangre nueva y un proyecto que ya no girara en torno al mejor jugador del mundo, que con 35 años ya no parecía poder serlo otra vez.

Mientras todo eso pasaba, el torneo de Catar iba acercándose y Scaloni y Messi empezaron a ponerse en modo Mundial. El joven técnico fue moldeando un equipo a su gusto: atrevido y rápido, con buen manejo de la pelota, con capacidad para mandar en los partidos, pero, sobre todo, un equipo convencido de que iban a ganar la Copa del Mundo y que eso pasaba por un sacrificio enorme en cada choque para dejar que fuera Messi quien elevara el listón, quien pusiera la magia en los metros finales, quien decidiera los partidos con sus goles y con sus pases, quien marcara el paso de tres cuartos de campo en adelante.

Y empezaron a llegar los resultados poco a poco. El clímax, la Copa América de 2021, conquistada con gol de Di María en la final ante Brasil en Maracaná. Sin público, sí. En una situación excepcional marcada por la pandemia, también. Pero al final Messi levantaba su primer trofeo con la selección absoluta tras tres finales perdidas cuando ya casi nadie lo esperaba. Y con el Mundial casi a la vuelta de la esquina. Como para no creer.

El grupo de Scaloni llegó a Catar tras 36 partidos seguidos sin perder, compacto, férreo y unido en torno a Messi, con jugadores que apenas tenían tres años cuando el astro rosarino jugó su primer Mundial y con otros, como Di María, que llevaban años y años jugando junto a él en la albiceleste. Una selección que recordaba por momentos a ese grupo rocoso que conformó Bilardo en 1986 en torno a Diego Armando Maradona y que, por encima de todo, estaba totalmente convencida de que iba a hacer historia.

Pero el debut de Argentina en Catar le dio la vuelta al calcetín de nuevo. La derrota ante Arabia Saudí volvió a poner a la selección a los pies de los caballos, pero ahora, al contrario que en Rusia cuatro años atrás, todos estaban convencidos de que la situación se podía voltear. Como cuando el ejército de Bilardo perdió con Camerún en el debut en Italia 90 y luego llegó a la final. Y Argentina, de la mano de un Messi sublime y protagonista en todos los partidos, fue sobreponiéndose a la adversidad y ganando finales desde la primera fase.

Cayeron México y Polonia para alcanzar el liderato del grupo. Cayó también Australia en octavos de final. Y llegó el momento de demostrar si la Scaloneta estaba preparada para afrontar la fase decisiva de una competición tan exigente como un Mundial en los cuartos ante Holanda. Y lo demostraron. Vaya si lo demostraron. Porque los de Scaloni fueron superiores a los de Van Gaal, encarrilaron el partido, presentaron su candidatura al título y se echaron a dormir. La tragedia parecía que volvería a cebarse con la albiceleste, pero entonces se vio de qué pasta estaba hecha esta selección. Argentina fue muy superior en la prórroga y no ganó el partido antes de los penaltis por pura falta de puntería. Pero, por suerte, el “Dibu” Martínez se puso el traje de Goycochea en Italia 90 para clasificar a Argentina para las semifinales. En ese instante Messi y sus compañeros ya habían cogido la Copa del Mundo con las dos manos. Si alguien la quería tendría que arrebatársela.

Y no pudo conseguirlo Croacia, que jugó bien hasta que se encontró con dos zarpazos de los lobos argentinos. Y no pudo conseguirlo tampoco Francia, actual campeona y, sobre el papel, con más nombres en sus filas, que no más equipo. Porque los de Scaloni demostraron ser la mejor selección del torneo y bailaron a los campeones del mundo durante los primeros 75 minutos de la final. Pero como la gloria sin tragedia no se entiende en Argentina, un error de Otamendi, uno de los mejores defensores del torneo, metió a Francia y a Mbappé en el partido con un penalti que el galo se encargó de transformar. Un minuto más tarde empataba con un remate espectacular y dejaba las espadas en todo lo alto para la prórroga.

Ni Messi ni Argentina merecían ese mal trago, pero así es el fútbol. Por suerte, en la prórroga, además de los genios, también suelen aparecer los entrenadores. Y Scaloni, el que no había empatado con nadie, movió ficha para dar oxígeno, piernas, alegría y dinamismo a su equipo e intentar levantar el ánimo y cambiar la dinámica. Con Montiel, Lautaro Martínez y Paredes la albiceleste volvió a mandar en el encuentro y a tener las mejores ocasiones. Hasta que Messi aprovechó un rechace de Lloris a tiro de Lautaro para anotar el gol que parecía definitivo y que iba a coronarlo en la Copa del Mundo. Pero no… el destino tenía reservado otro final. Así que Mbappé convirtió un penalti para empatar de nuevo y todo se resolvería desde los once metros.

Y ahí, en ese lance del juego que algunos consideran una lotería, la Argentina de Messi vovlió a demostrar que habían ido a Catar a ganar el Mundial. Marcaron todos. Primero su jefe y luego todos los demás, confiando en que el “Dibu” haría su parte. Y lo hizo. Para que Messi levantara la Copa del Mundo y saldara sus cuentas pendientes con Argentina en el Mundial de una vez por todas.

Si es que las tenía, las cuentas pendientes. Porque los números de Lionel Messi con la albiceleste son estratosféricos y están al alcance de muy pocos.

Es el único futbolista argentino que ha disputado 5 Mundiales.
Es el jugador argentino que más partidos ha jugado en los Mundiales (26).
Es el futbolista argentino que más goles ha marcado en los Mundiales (13).
Es el futbolista argentino más joven en debutar en un Mundial.
Es el futbolista argentino más joven en marcar en una Copa del Mundo.

Ha ganado una Copa del Mundo con Argentina (y ha disputado una final más).
Ha ganado una Copa América (y ha jugado tres finales más).
Se ha colgado del cuello una Medalla de Oro Olímpica…
Ha ganado un Mundial Sub20.
Y ha levantado un Sudamericano Sub20.

No parece que Lionel Messi le deba nada a nadie, ¿no? Ni en Argentina ni en ningún sitio. Si acaso nosotros le debemos muchos momentos de felicidad viéndole jugar al fútbol.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Olivier Giroud, el 9 que levantó la Copa del Mundo sin anotar un solo gol

En los tiempos en los que los dorsales de los jugadores ya no indican la posición en la que juegan, en la que un futbolista puede ser el extremo derecho del equipo portando el número 14, el 33 o el 17, hay dos números que aún siguen siendo sagrados. El 10 para el mejor del equipo, el motor en ataque, el genio que frota la lámpara, normalmente zurdo, que juega y hace jugar a sus compañeros. Y el 9 para el delantero centro, para el goleador del equipo, para el futbolista capaz de convertir en oro casi todo lo que toca, el estilete, el artillero, el ariete, el terror de los porteros.

Grandes capítulos de la historia de la Copa del Mundo han sido escritos por ilustres 9 que han dejado su huella en la competición de selecciones más importantes del mundo. Sería un ejercicio ímprobo nombrarlos a todos, pero sí podríamos detenernos en los delanteros centro de las selecciones que se alzaron con la Copa del Mundo. Porque todos los arietes de las selecciones que se han proclamado campeonas del mundo hicieron goles en el torneo.

¿Todos? ¡No! Hay dos 9 campeones del mundo se han quedado sin marcar en la historia de los Mundiales. ¡Y los dos son franceses!

El primero fue Guivarc’h en el Mundial de Francia 98. Aunque nadie le achacó nunca al ariete del Auxerre, apuesta personal del seleccionador Aimé Jacquet, su falta de gol. Aunque disputara seis encuentros del Mundial incluyendo la final. Se quedó en una mera anécdota en cuanto Didier Deschamps levantó la primera Copa del Mundo para Francia.

Sin embargo, cuando Olivier Giroud repitió la “proeza” de su compañero en Rusia 2018 y se marchó a casa en blanco con la Copa del Mundo debajo del brazo, fue carne de meme. Cosas del fútbol. O cosas de la época en que vivimos. El caso es que los dos únicos 9 de las selecciones campeonas del mundo que se han ido a casa sin anotar un solo gol han sido franceses. ¿Casualidad? Juzguen ustedes.

***

Hasta 1950 los jugadores disputaron los Mundiales con camisetas sin número, lo cual no quiere decir que los campeones de 1930, 1934 y 1938 no tuvieran 9 claros. En 1930, Uruguay tuvo distintos delanteros centro durante el torneo, pero el que pasaría a la historia sería el Manco Castro, que hizo 2 goles en 2 partidos, incluyendo el que cerraba la final ante Argentina (4-2). Cuatro años más tarde, Schiavio, el goleador del Bolonia, se vistió de héroe para dar la victoria a Italia en la prórroga ante Checoslovaquia en el Mundial de 1934 (2-1), como su sucesor Silvio Piola fue la pieza clave con sus cino goles en la repetición del triunfo italiano en el Mundial de Francia 38, dos de ellos en la final ante Hungría (4-2).

En el Mundial de 1950, el del Maracanazo, la FIFA obligó a todas las selecciones a que sus futbolistas lucieran un número en sus camisetas. Y aunque el protagonista de la final fue Ghiggia, el inolvidable extremo derecho con el 7 a la espalda, el 9 de la campeona del mundo, la Garra Charrúa, se lo enfundó el gran Óscar Míguez, que llevó a su selección en volandas durante el torneo con sus cinco goles en cuatro partidos.

A partir del Mundial de Suiza 1954, el máximo organismo del fútbol mundial obligó a los futbolistas a mantener el mismo número durante todo el torneo, como ahora. En la selección alemana que levantó su primera Copa del Mundo en 1954 contra todo pronóstico en el llamado Milagro de Berna ante la Hungría de Gusztav Sebes, el 9 era el 13, una tradición muy teutona. Se llamaba Max Morlow e hizo seis tantos en el torneo para ayudar a los germanos a dar una de las mayores sorpresas en la historia de los Mundiales.

En la Brasil de 1958 el delantero centro era Vavá, aunque en su camiseta estuviera estampado el número 20. Cuentan las crónicas que los despistados mandamases brasileños se olvidaron de enviar a la FIFA la numeración de sus jugadores durante el torneo, así que el uruguayo Lorenzo J. Villizio, miembro de la Conmebol y de comité organizador del Mundial se ofreció a rellenar el documento con los números de los futbolistas brasileños. El uruguayo le pueso el 10 al semidesconocido Pelé en un alarde visionario, pero también el 3 a Gilmar, ¡el portero titular!, y el 9 a Zozimo, ¡el guardameta suplente!

El caso es que el auténtico 9 brasileño, Vavá, hizo cinco goles con el 20 a la espalda, dos de ellos en la final ante Suecia (5-2). Cuatro años más tarde, en Chile 62, Vavá, esta vez con el 19 a la espalda, volvió a hacer cuatro goles más en el torneo y también repitió en la final, cuando anotó el definitivo 3 a 1 brasileño ante Checoslovaquia. Fue el primer jugador que marcó goles en dos finales de la Copa del Mundo. En 1970, Pelé se uniría a esta corta y mítica lista con el primer tanto ante Italia en la final del Mundial de México (4-1).

El 9 de la Inglaterra de sir Alf Ramsey en 1966 lo lucía orgulloso en su espalda el gran Bobby Charlton, que era más bien un 10, mientras que el 10 lo portaba Geoff Hurst, el auténtico 9 de esa selección campeona del mundo. Al final, el 9 que jugaba con el 10 a la espalda hizo 4 goles en el torneo, 3 de ellos en la final, incluido el gol fantasma que decantó el choque en la prórroga y coronó por primera a Inglaterra (4-2).

El 9 del Brasil de los cinco dieces era, naturalmente, un 10 con el 9 a la espalda. En este caso fue el gran Tostao, el 10 del Cruzeiro, quien lo paseó por todos los estadios mexicanos. Pero quien más ejerció de 9 en esa maravillosa selección repleta de dieces fue Jairzinho, el 10 de Botafogo, que anotó siete tantos en un torneo excepcional con el 7 estampado en su camiseta verdeamarelha.

Torpedo Müller hizo cuatro goles en el Mundial que Alemania le birló a la Naranja Mecánica en 1974, entre ellos el que le dio el triunfo a la Mannschaft en la final (2-1), y Kempes, el 10 argentino disfrazado de 9, hizo seis goles para levantar la Copa del Mundo en Argentina en 1978, con un doblete en la final de nuevo ante Holanda (3-1).

Paolo Rossi, un 9 puro que estuvo a puntito de no jugar el Mundial, levantó los brazos también seis veces en España 82, con gol incluido en la finalísima ante Alemania (3-1), para alzar al cielo de Madrid la tercera Copa del Mundo para la azzurra.

En México 86, el 9 de Argentina, el 10, el 6, el 8, el 7 y el 11, todos juntos, fue Diego Armando Maradona, pero lo más parecido al delantero centro que tenía la albiceleste fue Jorge Valdano, el 11, que marcó cuatro goles en el torneo incluyendo el segundo argentino en la final ante Alemania (3-2).

En la venganza alemana sobre la Argentina de Maradona y Bilardo en Italia 90, el delantero centro que llevaba el 9 a la espalda era Rudy Völler, pero, en realidad, la Mannschaft tenía otro nueve que jugaba con el 11 en su camiseta, Jürgen Klinsmann. Marcaron tres goles cada uno para hacer posible que Alemania levantara su tercera Copa del Mundo.

Lo mismo sucedió con Brasil en Estados Unidos 94. La canarinha tenía dos delanteros centro de talla mundial, Bebeto y Romario, pero ninguno de los dos vestía la zamarra con el número 9. Ésa se la enfundó el centrocampista Zinho. Mientras, Bebeto, con el 7, hizo tres goles y Romario, con el 11, anotó otros cinco.

En Corea del Sur y Japón, en 2002, el 9 de Brasil lo portó Ronaldo, que hizo ocho goles para convertirse en el emblema del quinto título de la historia de la canarinha, con dos dianas en la final ante Alemania (2-0) en Yokohama. Así se quitó la espina de Francia 98, donde sus cuatro tantos no bastaron a Brasil para imponerse a Francia en Saint-Denis, donde jugó tras sufrir una convulsión con pérdida de consciencia apenas unas horas antes.

En Alemania 2006, el 9 de la Italia campeona fue Luca Toni, el delantero de la Fiorentina, que anotó sus dos goles en el torneo en el partido de cuartos de final ante Italia. Curiosamente, compartió el título honorífico de máximo goleador de su selección con el defensa Materazzi, que también marcó dos tantos, uno de ellos de penalti en la final. Además, provocó la expulsión de Zidane por su cabezazo y marcó su penalti en la tanda que hizo a la azzurra campeona del mundo por cuarta vez en su historia. Pura Italia.

En Sudáfrica 2010, el 9 de la España de Vicente del Bosque lo llevaba Fernando Torres, pero el que metió todos los goles fue otro 9 que jugaba con el 7 a la espalda: David Villa, que fue haciendo pasar rondas con sus tantos decisivos al equipo español. Cinco dianas hizo, cada cual más importante.

Y en 2014, Miroslav Klose, el delantero centro alemán, anotó dos goles en una Alemania coral que a veces jugaba con 9 y otras no, y estampó su cuarta estrella en la camiseta germana. Eso sí, a esos dos tantos hay que añadirle los catorce que había anotado en sus tres Mundiales anteriores (cinco en 2002, otros cinco en 2006 y cuatro más en 2010) para sumar dieciséis y convertirse en el máximo goleador de la historia de la Copa del Mundo.

***

Pues bien, como decíamos casi ayer, en el Mundial de Rusia de 2018 Francia se proclamó campeona del mundo por segunda vez en su historia sin que su 9 titular hiciera un solo gol. ¡Y era un delantero centro puro que jugó todos los partidos! No se trataba de un falso 9, ni de un defensa que había escogido ese número porque quedaba libre. Tampoco era un delantero de bulto, de los de completar la lista de un equipo que jugaría sin 9. Nada de eso. Ese 9 era Olivier Giroud, delantero centro de la selección francesa y del Chelsea inglés que se presentó en el Mundial de Rusia con un bagaje nada desdeñable de 31 goles con la selección del Gallo.

Pero en el torneo ruso, el 9 de Francia no fue capaz de abrir la lata. Eso sí, generó espacios como nadie para la entrada de sus compañeros y los atacantes puros como Mbappé, Griezmann, los centrocampistas con llegada desde la segunda línea como Pogba, e incluso laterales como Pavard, se aprovecharon de su incansable juego sin balón y su pelea por bajar los balones aéreos para encontrar el camino del gol que no pudo atisbar el bueno de Giroud.

En la primera fase, Griezmann y Pogba fueron los goleadores en la victoria en el debut ante Australia (2-1). GIroud no jugó de inicio, ya que Deschamps formó un tridente ofensivo con Mbappé, Griezmann y Dembelé, pero saltó al terreno de juego a falta de 20 minutos con empate a uno en el marcador. El tanto de Pogba a ocho minutos del final dio la victoria a los galos en su estreno con Olivier en el terreno de juego.

En el segundo encuentro ante Perú, Deschamps decidió poner a Giroud en punta, acompañado por detrás por Mbappé y Griezmann y con Matuidi barriendo las posibles contras en el centro del campo. El sacrificado fue Dembelé. Los galos ganaron por un gol a cero a los incas y el tanto fue el primero de Mbappé en una Copa del Mundo. Giroud se volvió a marchar sin mojar tras jugar los noventa minutos de partido.

El choque que cerraba el grupo enfrentaba a daneses y franceses y Deschamps apostó por el mismo equipo que derrotó a Perú en la segunda jornada. Giroud volvió a pelearse con las torres danesas durante los noventa minutos de encuentro, pero el marcador no se movió. Francia pasaba a los octavos de final como primera de grupo, pero ahí esperaba una inquietante Argentina conducida por Sampaoli desde el banquillo que había sufrido horrores para meterse entre los 16 mejores del Mundial.

El 30 de junio de 2018 en el Kazán Arena se vivió un auténtico partidazo que encumbró a Francia y la posicionó claramente como la candidata más firme a levantar la Copa del Mundo en Moscú. Y allí estaba el bueno de Giroud, con su 9 a la espalda, de nuevo en la punta de ataque de la selección del Gallo. Griezmann adelantó a los franceses de penalti a los trece minutos de encuentro y Francia se replegó, amenazando constantemente con sus peligrosas contras a una Argentina que no encontraba el camino hacia la portería de Lloris. Hasta que, al filo del descanso, Di María se inventó un disparo genial desde fuera del área para meter el balón en la escuadra francesa y empatar un partido de claro color Bleu.

Sin embargo, lo que parecía una quimera cobró fuerza a la vuelta de los vestuarios, cuando Mercado desvió a gol, casi sin querer, un pase raso y fuerte de Messi al corazón del área gala. Uno a dos para Argentina y parecía que el favoritismo francés ya no era tal. Fue entonces cuando apareció en la fiesta un invitado inesperado que se sacó un golazo de la chistera para empatar el partido y dejarlo todo como estaba. Lucas Hernández, el lateral izquierdo galo, llegó hasta la línea de fondo, metió un pase fuerte atrás que nadie pudo rematar y el balón cayó en el vértice derecho del área, justo en la parte contraria. Y allí se presentó el otro lateral, el derecho, Pavard, para empalmar la pelota con el exterior de su pierna derecha y ponerla en la escuadra de Franco Armani.

Después le dio por aparecer a Mbappé para confirmar en apenas cinco minutos que era la estrella en ciernes de su selección y, probablemente, del mundo. El delantero del PSG cogió un rebote dentro del área, se tiró en balón adelante y sacó medio metro en una zancada a los defensores argentinos que lo vigilaban. Después, fusiló a Armani para hacer el 3 a 2. Cuatro minutos después, el 10 galo culminó una contra perfectamente lanzada por Griezmann con un remate cruzado inapelable. Para cuando Agüero hizo el 4 a 3 definitivo ya pasaban tres minutos de la hora y sólo sirvió para maquillar el marcador. Francia seguía adelante y eliminaba a la Argentina de Messi anotando cuatro goles. Ninguno de ellos los anotó Giroud, el 9, que se pasó todo el partido peleándose con Otamendi, Rojo y, a veces, Javier Mascherano.

En cuartos de final, a los de Deschamps les esperaba Uruguay. El partido fue espeso y los uruguayos controlaron bastante bien a todo el ataque francés donde, cómo no, figuraba Giroud. En la segunda mitas, tuvo que ser el central Varane quien desatascara el choque con un remate de cabeza perfecto a la salida de una falta. Faltaban cinco minutos para el final de la primera parte, pero Uruguay ya no se pudo reponer y Griezmann sentenció el choque con un disparo que, sorprendentemente, dobló las manos blandas de Muslera para hacer el 2 a 0. Francia seguía adelante. Y Giroud seguía jugando todos los minutos de todos los partidos sin hacer un gol.

En las semifinales ante Bélgica, fue el otro central francés el que salvó a su equipo. A la salida de un córner a los cinco minutos de la segunda mitad, Umtiti se elevó por encima de todos en el primer palo para peinar la pelota y meterla en el fondo de la portería de Courtuais. Bastó para clasificarse para la final ante la sorprendente Croacia. Giroud jugó 85 minutos, hasta que Deschamps decidió sustituirlo para meter a N’Zonzi y cerrar filas en el centro del campo.

El 15 de julio de 2018, en el estadio Olímpico de Luzhnikí, en Moscú, Francia afrontaba la segunda final de un Mundial de su historia. Enfrente estaba Croacia, veinte años después de sorprender al mundo en Francia 98, con otra generación espléndida de jugadores comandada por Modric, Rakitic y Perisic. Deschamps, campeón y capitán precisamente en aquel Mundial, puso en liza el once que todo el mundo esperaba, el que había repetido prácticamente desde la segunda jornada mundialista. Y ese once, con Lloris en portería; defensa de cuatro con Varane y Umtiti en el centro y Pavard y Lucas Hernández en los laterales; Kanté por delante de la defensa junto a Pogba, Matuidi de interior izquierdo, Mbappé partiendo de la banda derecha y Griezmann de media punta; lo coronaba arriba Giroud, el 9.

El partido empezó con Mandzukic metiéndose un gol en propia puerta que enmendó Perisic culminando una jugada típica suya, dentro del área, zafándose de contrarios y rematando con fe, fuerza y mucha calidad para empatar el encuentro. Sin embargo, un penalti por manos del mismo Perisic dentro de su área lo convirtió Griezmann en el 2 a 1 con el que se llegó al descanso.

Tras la reanudación, los croatas se lanzaron a por el partido en un ejercicio valiente y poético que fulminó primero Lloris con un par de paradas previas al golazo de Pogba que casi sentenciaba la final a los trece minutos de la segunda parte. La cuestión la zanjaría Mbappé con otro golazo a falta de veinticinco minutos para el final. Y aunque Lloris quiso darle a Croacia lo que antes le quitó intentando un recorte ante Mandzukic que le salió mal y permitió al croata recortar distancias y resarcirse de su gol en propia puerta.

Al final, 4 a 2 y Hugo Lloris levantaba al cielo de Moscú la segunda Copa del Mundo de Francia en un campeonato casi perfecto en el que la selección del Gallo demostró ser la más fuerte y la más contundente en las dos áreas. Aunque la contundencia en el área contraria no le correspondiera al 9, Giroud, que se marchó de Rusia sin marcar un solo gol pero con la Copa del Mundo debajo del brazo.

***

El premio de levantar la Copa del Mundo debería ser más que suficiente, pero en el mundo del fútbol hay que sacarle siempre punta a todo y, por eso, Olivier Giroud fue prácticamente vilipendiado por los aficionados, que no por sus técnicos ni por sus compañeros, que siempre han sido conscientes de su gran papel en la Copa del Mundo.

Las críticas se volvieron aún más enconadas con la presumible vuelta de Karim Benzema, el delantero del Real Madrid, expulsado de la selección del Gallo por el affaire con su compañero Valbuena. Benzema, que previamente había elogiado el papel de Giroud en la consecución del título mundial, llegó a decir en un directo en Instagram que compararlo a él con Giroud era como comparar un Fórmula 1 con un kart. Y, por si no había quedado suficientemente claro, añadió que él era el Fórmula 1 en ese caso.

Y el caso es que Karim Benzema volvió a la selección francesa para la fase final de la Eurocopa de 2020, disputada en 2021 a causa de la pandemia. Y fue titular en detrimento de Olivier Giroud. Y jugó muy bien. Pero Francia cayó en octavos de final ante Suiza en los penaltis y se fue para casa mucho antes de lo que todos esperaban.

Un año y pico después, Benzema ganaba el Balón de Oro tras un año magnífico con el Real Madrid y se apuntaba al Mundial de Catar, donde su selección defendería el título obtenido en Rusia cuatro años antes. Pero, caprichos del destino, una lesión apartaba a Karim de la cita mundialista pocos días antes del debut y Giroud volvía a ser la referencia del Gallo en la punta del ataque. El 9 de la Campeona del Mundo. Y las tornas volverían a girar…

***

Porque cuatro años después de levantar la Copa del Mundo en Rusia, y tras la disputa del primer encuentro del Mundial de Catar ante Australia (4-1), Olivier Giroud se quitó la espina y anotó dos golazos para convertirse en el máximo goleador de la historia de los Bleus con 51 goles en 115 encuentros. Los mismos que un tal Thierry Henry en ese instante. Después anotaría el gol que abría la lata ante Polonia en octavos de final (3-1) y rubricaría el pase a semifinales de su selección con el tanto que deshacía el momentáneo empate a uno ante Inglaterra (2-1) y que echaría a los Pross del Mundial. En las semifinales ante Marruecos el palo le privó de otro gol. En definitiva, cuatro dianas en seis partidos en Catar después de quedarse seco en Rusia cuatro años atrás.

Así que además de esas 53 dianas que le convierten en el máximo goleador de la historia de la selección gala, desde que metió su primer gol con el Grenoble Foot 38 en la segunda División francesa un lejano marzo de 2006 hasta ahora mismo, hay que sumarle 260 goles en partidos oficiales con sus clubes: 2 con el Grenoble Foot, 14 con el Istres, 38 con el Tours, 25 con el Montpellier, 105 con el Arsenal, 39 con el Chelsea y, hasta hoy, 23 con el AC Milan en menos de temporada y media.

No está nada mal para ser el 9 al que todos difamaron cuando levantó la Copa del Mundo sin convertir ni un solo tanto. No está nada mal, pero que nada mal, para el que todos apodaban el 9 sin gol.

Pero como además Giroud es un tipo coherente, es totalmente consciente que todos esos goles que ha marcado en el torneo no le sirven de consuelo ni le llenan de felicidad después de que Francia se marchara finalmente de Catar sin ganar de nuevo la Copa del Mundo. Porque, con total seguridad, Olivier Giroud preferiría volver atrás, quedarse otra vez en blanco, sin marcar un solo tanto como cuatro años antes, soportar de nuevo las burlas y los memes, pero haber estampado en el pecho de la camiseta del Gallo la tercera estrella de campeón del mundo que ahora luce con orgullo la albiceleste de Argentina.

martes, 13 de diciembre de 2022

Los partidarios de Bolsonaro se apropian de la verdeamarelha en Catar 2022

El 24 de noviembre de 2022 la pentacampeona del Mundo debuta en el Mundial de Catar contra Serbia para intentar el asalto al hexacampeonato con Tite a los mandos y Neymar como estrella de la Seleçao. Ese primer encuentro se disputa en medio de un clima tenso en Brasil al que no es ajena, en absoluto, la canarinha. Los partidarios de Jair Bolsonaro, derrotado en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales ante Lula Da Silva hace apenas unas cuantas semanas, se han apropiado de la camiseta verdeamarelha.

Con ella puesta organizan manifestaciones, cortes de carreteras y de caminos por todo el país, algaradas y disturbios para pedir la intervención del ejército y evitar la llegada del “comunismo” al poder tras lo que consideran un fraude electoral que, evidentemente, no pueden probar de ninguna manera y que no existe para ningún observador internacional.

Se da la cruel paradoja de que a un país partido por la mitad por la política, por primera vez en su historia, la Seleçao no le ofrece consuelo porque ya no los une a todos bajo la misma bandera, bajo la misma zamarra. Ahora, los partidarios de Lula, o sea, medio país, no se ponen la camiseta amarilla de Brasil para ver sus partidos y animarla en el Mundial para que nadie les confunda con los partidarios de Bolsonaro.

En esto tiene muchísimo que ver que el presidente saliente haya hecho campaña con la verdemarelha puesta, atribuyéndose a él y a sus seguidores la quintaesencia de los valores de la Brasil futbolística. Eso, y que muchas de las grandes estrellas de la canarinha presentes y pasadas lo han apoyado públicamente sin ningún rubor luciendo también la camiseta de las cinco estrellas, poniendo a la Seleçao en un brete del que parece difícil sacarla.

***

En Catar había futbolistas convocados por Tite como Neymar, Thiago Silva y Dani Alves que pidieron públicamente el voto para Bolsonaro. Neymar fue bastante más allá que el resto, ya que durante la campaña parecía un miembro del partido más, pidiendo el voto a través de sus redes sociales que siguen millones de personas en todo el mundo. Además, tras la ajustada derrota, el futbolista del PSG no dudó en publicar una fotografía suya en Instagram sosteniendo la bandera brasileña en una mano, mirando al cielo con las manos hacia arriba, en plan sacerdote, acompañada de un texto que decía: “¡Que se haga tu voluntad, Dios!”. Inmediatamente después, Neymar lanzaba otro mensaje a los cuatro vientos: el primer gol que marcara en el Mundial se lo dedicaría a Bolsonaro. Increíble.

Porque en la canarinha que se batía el cobre el Catar había al menos uno que, aunque no pidió el voto para nadie, sí se quejó públicamente por la politización de una camiseta que es, y siempre ha sido, la de todos los brasileños desde que se diseñó por primera vez tras la debacle del Maracanazo en 1950. Se llama Richarlison, lo apodan “el Pombo”, y, más que sus palabras, lo definen sus hechos. Porque el delantero del Tottenham fue de los poquísimos internacionales brasileños que hizo campaña de prevención contra el coronavirus cuando el presidente Bolsonaro lo catalogaba como una pequeña gripe y instó a la población a no seguir las recomendaciones de la OMS. El futbolista donó dinero para la investigación del virus y participó con su imagen en campañas de vacunación de las que Bolsonaro renegaba una y otra vez. También donó dinero para crear un club de fútbol en la zona más desfavorecida de su barrio natal. Además, abanderó la lucha para la preservación del Amazonas y levantó la voz en campañas contra el racismo.

Y como el destino es tremendamente caprichoso, el 24 de noviembre, en el debut de la Seleçao en el Mundial, “el Pombo” anotó los dos tantos de la canarinha ante Serbia, el segundo con una chilena impresionante que entró directamente en el museo de los goles más bellos marcados en una Copa del Mundo.

Y como el destino es sumamente caprichoso, el 24 de noviembre, a diez minutos para el final del debut de los de Tite en el Mundial, Neymar se retiraba lesionado en su tobillo derecho, se tapaba la cara con ambas manos en el banquillo y rompía a llorar porque veía peligrar de nuevo su participación en una Copa del Mundo.

Hace ocho años, cuando el astro se lesionó en los cuartos de final del Mundial 2014 ante Colombia y se perdía las semifinales ante Alemania que acabarían en el Mineirazo, toda Brasil lloraba su ausencia. Hace unas cuantas semanas fueron muchos los torcedores brasileiros que se manifestaron en las redes sociales alegrándose por su lesión. Un hecho insólito en el fútbol mundial y mucho más en Brasil, un país futbolero por antonomasia para el que su selección y los futbolistas que la representan son auténticos ídolos y van siempre a muerte con ellos.

Sin embargo, la politización de la sociedad brasileña y su polarización han conseguido lo que parecía imposible. Que haya aficionados que prefieran que uno de sus mejores jugadores no juegue o no meta un gol en la Copa del Mundo. Que haya aficionados que no se pongan la camiseta verdeamarelha porque otros la cargan sin pudor de una serie de connotaciones que no ha tenido nunca. Que haya aficionados que para distanciarse de los ultras de Bolsonaro, pero, a la vez, seguir manifestando claramente su apoyo a la Seleçao, se pongan la zamarra azul, la suplente, para seguir sintiéndose seguidores sin que nadie les confunda con lo que no son.

***

Cuesta creer que tantos jugadores salidos de las favelas, que crecieron en un ambiente precario, marginal y violento pidieran el voto para Bolsonaro con la verdeamarelha puesta, cuando no se trata precisamente del más arduo defensor de las minorías, de los pobres y de los desesperados, sino más bien del azote de los indígenas, una amenaza constante para los derechos de las mujeres y de los homosexuales, del látigo de los izquierdistas y del que más ha denostado a los que viven precisamente allí donde ellos nacieron y crecieron.

Como Neymar, que nació en un barrio extremadamente pobre de Mogi das Cruzes donde creció junto a su abuela, sus padres y seis niños entre hermanos, hermanas y primos.

Como Rivaldo, el duende de la favela del puerto de Recife, que perdió la dentadura de pequeño por desnutrición y logró finalmente salir a flote.

Como Romario, que se crió en un barrio de favelas llamado Jacarezinho antes de ser uno de los mejores delanteros de la historia de Brasil.

Como Ronaldinho, que pasó su infancia en la favela más grande de Porto Alegre hasta que su hermano mayor Roberto de Assis fichó por Gremio y pudieron mudarse.

Como Dani Alves, que creció en una favela de Juazeiro desde la que caminaba 30 kilómetros junto a su padre a las cuatro de la mañana para trabajar en el campo en Salitre.

Como Thiago Silva, que pasó su infancia en la favela de santa Cruz en Río de Janeiro y padeció una tuberculosis a los 14 años que casi acaba con su vida.

Todos estos futbolistas, además, sufrieron en su día actitudes racistas en los terrenos de juego y en las gradas de los estadios y clamaron contra ellas a los cuatro vientos. Romario, por ejemplo, fue uno de los primeros jugadores en denunciar la inoperancia de la FIFA ante los casos de racismo vividos por futbolistas en los terrenos de juego y aseguró públicamente que las sanciones eran tan leves que no tenían ningún sentido. Alves también luchó con uñas y dientes contra el racismo en el fútbol y le dio un mordisco a un plátano que le lanzaron en el estadio de la Romareda en una imagen que dio la vuelta al mundo. O el mismo Neymar, posicionándose claramente en contra de los cánticos contra su compatriota Vinicius Júnior en el Metropolitano en un derbi entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid jugado hace bastante poco.

Pues, aunque parezca sorprendente, Rivaldo llegó a publicar en las redes sociales que le dolió igual la derrota de Bolsonaro en las elecciones presidenciales que la de Brasil en la final del Mundial de Francia 98 en la que él fue protagonista. En realidad, publicó exactamente esto: “Hoy tuve un sentimiento de tristeza un poco como en la final de la Copa del Mundo del 98, cuando perdí 3 a 0 contra Francia. En realidad peor, porque tenía muchas esperanzas en el futuro de mis hijos y nietos, pero la lucha sigue y no vamos a parar porque aún pasarán muchas cosas antes del 31 de diciembre de 2022”. Leer para creer.

***

Pero los futbolistas nombrados no son los únicos que se comprometieron con Bolsonaro y con su causa en la reciente campaña electoral y en la anterior. Hay bastantes más.

Habría que añadir los nombres de otros futbolistas brasileños aún en activo como Felipe Melo, del Fluminense, o el atacante del Tottenham Lucas Moura.

Deberíamos sumar también a Robinho, exjugador del Real Madrid y del AC Milan al que se le busca en Italia para que responda ante una acusación de violación, pero que campa a sus anchas por Brasil y que Bolsonaro siempre se ha negado a extraditar.

También Cafú, campeón del mundo en 1994 y el capitán que levantó la última Copa del Mundo de la canarinha en Corea y Japón en 2002. Un auténtico estandarte de la verdeamarelha. En las elecciones de 2018, el lateral brasileño no dudó en expresarse así de tajante: “El capitán de la pentacampeona va a votar a Bolsonaro”.

O a Donato Gama da Silva, que vistió los colores de la selección española, del Atlético de Madrid o del Deportivo de A Coruña y una de las caras más visible de los Atletas de Cristo, deportistas que forman parte de la Iglesia Evangelista. Aparentemente cauto y callado, con cara de bueno y hombre de iglesia y de fe, todo un Atleta de Cristo, Donato ha llegado más lejos que nadie pidiendo que la gente se movilice y obligue al ejército a salir a la calle para evitar el regreso de Lula al poder. ¡Quién lo iba a decir!

***

Pero, ¿qué motivos tiene esta nómina tan elevada de grandes futbolistas salidos del lodo para abogar por un presidente que ataca frontalmente y sin tapujos gran parte de lo que ellos fueron y representaron en su día?

Una de las explicaciones más claras es la polarización de la sociedad brasileña en los últimos años, es decir, el hecho de que Bolsonaro tuviera enfrente a Lula da Silva, el líder del Partido de los Trabajadores que pasó por prisión condenado por corrupción y prevaricación y que representa la corriente más izquierdista del país. Esa polarización explosiva de la sociedad hace que, automáticamente, quien no quiera ver ni en pintura a Lula de nuevo al frente de Brasil haga directamente campaña por Bolsonaro, a quien consideran el único capaz de derrotarlo. Y viceversa, claro. Una especie de lucha entre comunistas y neoliberales cuando ninguno de los bandos llega a ser ni una cosa ni la otra.

También tiene mucho que ver la campaña del líder ultraderechista y anterior presidente, centrada en los símbolos religiosos y nacionalistas, que hace que algunos de los futbolistas reseñados se decanten directamente por él. “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todo” fue el lema de su carrera electoral de 2018, el año que se hizo con la presidencia.

Una presidencia que alcanzó tras sufrir un atentado durante la campaña (lo apuñalaron) que hizo crecer su fama en un momento en el que prácticamente nadie contaba con él. Pero la gente estaba cansada de los políticos de primera línea que no habían conseguido solventar los graves problemas sociales y económicos del país y se decantó por el recién llegado (aunque lo de recién llegado habría que entrecomillarlo mucho, ya que el exmilitar ha estado metido en política y cobrando por ello desde 1991, viviendo de la cosa pública como el que más, pero muy lejos de la primera fila), por ese demagogo sin pelos en la lengua. Una lengua, por cierto, afilada, suelta y viperina que abogaba por potenciar la seguridad, castrar a los violadores, castigar con vehemencia a los malhechores, repartir armas entre la población para poder defenderse, no destinar ni un céntimo a las ONG’s, combatir el “adoctrinamiento” homosexual en las escuelas, poner en su sitio a los indígenas, penalizar el aborto…

Con ese discurso resumido en el eslogan “Dios, patria, familia y libertad” ganó las elecciones a finales de 2018 y, con ese mismo discurso y ese mismo eslogan, pretendía volver a ganarlas ahora, a finales de octubre de 2022.

También se ufanaba Jair Bolsonaro de ser un tipo hecho a sí mismo, de estar donde ha estado por méritos propios, por su esfuerzo y dedicación y sin la ayuda de nadie, algo que sí casa más con el carácter de unos futbolistas que tocaron el cielo con las manos partiendo de la nada con las únicas armas de su talento. Así se manifestaba Dani Alves, por ejemplo, en una entrevista hace apenas unos meses: “Si he llegado donde he llegado ha sido porque he trabajado más que los demás y, por tanto, debemos premiar los esfuerzos personales”. Como al parecer hace Bolsonaro y no Lula, claro, que al parecer persigue a los que han conseguido el éxito.

Pero tampoco podemos obviar un factor decisivo que inclina claramente la balanza hacia el lado de Bolsonaro. Y es que todos esos futbolistas que nacieron y crecieron en las favelas son ahora millonarios (o multimillonarios) y han dejado muy atrás su clase social original para integrarse en otra muy distinta, la de los “superricos”, esa clase que siempre ha defendido con uñas y dientes Jair Bolsonaro rebajándole los impuestos y asegurando que todos los cambios sociales que se pudieran producir en Brasil nunca les tocarían de lleno a ellos ni a sus inmensas fortunas.

***

También Lula Da Silva tenía sus partidarios en el exclusivo mundo del fútbol en esta campaña tan igualada que le ha vuelto a dar la presidencia de Brasil. Casi todos exfutbolistas, todo hay que decirlo, y muchos menos futbolistas en activo, que también los hay, pero de menos caché.

Por el líder del Partido de los Trabajadores se decantaba Bebeto, campeón del Mundo en Estados Unidos 1994. También lo hacía Paulinho, joven atacante del Bayer Leverkusen alemán. Y Raí, jugador y capitán del Sao Paulo a principios de los 90 y referencia del PSG y la selección brasileña en esa misma época. Campeón del Mundo en Estados Unidos 94 y compañero de equipo de Bebeto, Romario y Cafú. Raí no sólo es hermano de Sócrates y, por ello, concienciado políticamente desde casa, sino que cuando se retiró del fútbol se sacó la carrera de Ciencias Políticas y montó una fundación llamada Gol de Letras para atender a niños desfavorecidos en el país y darles acceso a la educación.

Raí no entiende, como tampoco lo hace Juninho Pernambucano, el exfutbolista internacional y líder del mejor Olympique de Lyon de la historia, el apoyo a Bolsonaro de los futbolistas que salieron de las favelas: “Me pongo enfermo cuando veo a jugadores de derechas como Neymar apoyando al fascismo. Venimos de abajo y somos el pueblo. ¿Cómo podemos estar ahora al otro lado?”.

Buena pregunta. Difícil respuesta.

***

En el Mundial de Catar, Brasil ganó su grupo con cierta facilidad, aunque con la pequeña mancha de la derrota en un último partido casi intrascendente ante Camerún. Y en octavos de final ante Corea del Sur volvió Neymar, volvió la samba, volvió el Jogo Bonito, volvió la alegría del gol, volvieron las coreografías y los bailes. Y Neymar marcó, aunque fuera de penalti justito y con una puesta en escena un tanto abigarrada a la hora de lanzar esa pena máxima. Y no, no se lo dedicó a Bolsonaro tal como había anunciado que haría. Al menos, públicamente. Lo que hizo fue bailar alegremente con el resto de sus compañeros y alzar los dedos al cielo. Algo que a muchos aficionados no les gusta demasiado, pero que parece más sano y bastante más acorde con la camiseta que defiende, con esa verdeamarelha que luce orgullosa sus cinco estrellas en el pecho.

Tampoco lo hizo la estrella brasileña tras marcar en la prórroga de los cuartos de final ante Croacia el golazo que abría la lata y parecía dejar zanjado el pase de la canarinha a semifinales. Pero el croata Bruno Petkovic aprovechó una contra de libro a falta de cinco minutos para empatar de un zurdazo y mandar el choque a los penaltis. Ahí los croatas certificaron su pase y dieron pasaporte a los brasileños. Y esa camiseta verdeamarelha fue el paño de lágrimas de todos los futbolistas brasileros. De todos. De los que pidieron el voto para Bolsonaro y de los que no.

Esa camiseta mítica que nació tras la debacle del Maracanazo en 1950 y que vistieron, defendieron, honraron y lustraron futbolistas tan distintos y antagónicos como Pelé o Sócrates, como Garrincha o Romario, como Bebeto o Kaká, como Ronaldo o Rivellino, como Zagallo o Altafini, como Zico o Cafú… Esa camiseta que unía en las penas y en las alegrías a todo un pueblo. Esa camiseta cuyo único e indispensable requisito para vestirla siempre había sido ser un extraordinario futbolista enamorado del Jogo Bonito y capaz de practicarlo.

Nada más… Y nada menos.