"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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lunes, 13 de enero de 2025

Enrico Albertosi y Dino Zoff, dos porteros legendarios para una sola portería

Durante prácticamente 20 años, los que van de 1963 a 1982, la portería italiana fue monopolizada por dos auténticos monstruos bajo los palos que la cerraron con candado y tiraron las llaves al río. Sólo ellos fueron capaces de encontrarlas y abrirlas, pese a que los años iban pasando y ambos se iban convirtiendo poco a poco en dos porteros veteranos. Pero nadie fue capaz de desbancarlos durante dos largas décadas.

A Enrico Albertosi (Pontremoli, 1939) y a Dino Zoff (Mariano del Friuli, 1942) les tocó vivir de todo, desde las catástrofes más señaladas de la Nazionale a los éxitos más recordados. Aunque ahí, en la cota de los éxitos, le tocó bastante más parte a Dino Zoff.

Albertosi fue el cancerbero que disputó el partido del siglo, la extraordinaria semifinal del Mundial de México 70 ante Alemania, pero también el que perdió la final de ese mismo torneo ante Brasil y, sobre todo, el que sufrió cuatro años antes, en el Mundial de Inglaterra 66, la deshonra de caer ante la desconocida Corea del Norte y volver a casa en medio del bochorno más absoluto.

Zoff, en cambio, al que le tocó en suerte “comerse” los dos tantos holandeses en el partido decisivo de la segunda fase del Mundial de Argentina 78, siempre estará en la retina de los aficionados italianos por ser el capitán que levantó, con 40 años bien cumplidos, la tercera Copa del Mundo de Italia, la del Mundial de España 82 en el estadio Santiago Bernabéu. Fue precisamente con ese triunfo memorable con el que cerró su era en la selección.

Justo al contrario que Albertosi, quien en ese mismo instante, a punto de cumplir los 43, purgaba sus culpas cargando con una bochornosa inhabilitación por el caso Totonero. El triunfo de la Italia capitaneada por Zoff le valió una amnistía y le permitió retirarse sobre los terrenos de juego, aunque fuera con el Elpidiense en la categoría C2, donde colgó los guantes en 1984. Zoff, en cambio, se retiró como un mito viviente el 2 de junio de 1983, cuando defendió por última vez la portería de la Juventus de Turín, el club en el que consiguió ser casi eterno.

Así, con la retirada de los dos gigantes, llegó por fin la hora de que otros guardametas más jóvenes siguieran sus pasos para intentar convertirse también en leyendas. Aunque Albertosi y Zoff habían dejado el listón muy alto y un enorme hueco en la portería italiana difícil de cubrir. Pero también una huella imborrable que algunos fueron capaces de seguir.

***

Dino Zoff nació y creció en Mariano del Fruili, un territorio que históricamente había pertenecido a Austria, a finales de febrero de 1942. Allí, en el seno de una familia de agricultores que debía ganarse la vida con esfuerzo, el chico se enamoró del fútbol y de los tres palos. Y era muy bueno, pero tenía un problema: era bajito y pequeño.

Su abuela, que cuando bajaba a Udine decía que iba “donde los italianos”, se empeñó en que creciera con una receta muy especial: comerse ocho huevos diarios. Y el joven Zoff, que había sido rechazado con 14 años por el Inter y la Juventus a causa de su poca estatura, apenas 1’60, se comió todos los huevos que su abuela le puso delante y creció. Vaya si creció… Hasta el 1’82 que le hizo convertirse en un auténtico gigante. Bajo palos y en la vida real.

Y lo fichó el Udinese.

Corría el mes de septiembre de 1961 y el joven Zoff, pese a todas las negativas recibidas, debutó en la Serie A sin haber cumplido aún los 20 años. Abandonó su trabajo de mecánico y lo apostó todo a convertirse en futbolista profesional.

Dino Zoff, 1964.

El camino hacia la gloria había comenzado. Aunque no lo pareciera, porque en su debut recibió cinco goles en Florencia, apenas disputó tres encuentros más en todo lo que restaba de campeonato y su equipo, el Udinense, acabó descendiendo a la Serie B al final de temporada.

Pero las cosas no son como empiezan, sino como acaban.
Y en el caso de Dino Zoff justo acababan de empezar.

***

Enrico Albertosi nació en el municipio de Pontremoli, en la Toscana, en noviembre de 1939. Allí empezó su pasión por el fútbol. Su padre jugaba de delantero en el Pontremolese, el equipo de aficionados del pueblo, y en los descansos de los partidos Enrico se ponía bajo palos a parar todo lo que le chutaban.

A los 15 años ya debutó en el equipo de su padre y pronto le ofrecieron la posibilidad de jugar en Spezia, que militaba en el campeonato regional. Su padre prefería que se quedara en Pontremoli para acabar sus estudios, pero su madre acabó convenciéndolo para que le dejaran al chico probar e intentar cumplir su sueño. Y así fue cómo Enrico Albertosi, al que todos llamaban Ricky, empezó a atisbar en el horizonte la posibilidad de ser futbolista profesional.

De hecho, tan sólo un año después de debutar en Spezia, la Fiorentina llamó a su puerta. Era el verano de 1958. Así que, con 19 años recién cumplidos, Ricky debutó en la Serie A con la Fiorentina. Fue el 18 de enero en la Ciudad Eterna y consiguió mantener la portería a cero ante la Roma. Pero no es oro todo lo que parece… y el camino hacia el éxito también sería empinado.

Enrico Albertosi, 1961.

Porque Albertosi, como más tarde le pasaría a Dino Zoff, tuvo que esperar su momento. Y es que la Fiorentina tenía al gran Giuliano Sarti como capitán y guardameta titular. Así que Albertosi sólo pudo jugar 30 partidos en sus cinco primeros torneos en Florencia. Hasta que Sarti fichó por el Inter de Milán de Helenio Herrera en la temporada 1963-64 y se convirtió en indiscutible en el marco viola.

Dicen que los buenos guisos se han de cocer a fuego lento.
Pues eso.

Cociéndose estaba Albertosi, quien, pese a ser suplente de Sarti, viajó a Chile como uno de los guardametas suplentes de Italia en el Mundial de 1962. Y allí, aunque no disputó ni un solo encuentro, vivió en primera persona la famosa Batalla de Santiago que, a la postre, supuso la eliminación de la Nazionale en la primera ronda de un Mundial vergonzoso. Los dos goles chilenos, sin embargo, los recibió Carlos Mattrel, el portero del Palermo.

***

Ese mismo año de 1962, mientras Albertosi se reintegraba a la disciplina de la Fiorentina y volvía a vivir a la alargada sombra de Giuliano Sarti, Dino Zoff se hizo con la titularidad de la portería del Udinese en la Serie B. Jugó 37 partidos y encajó 48 tantos. El equipo no pudo lograr el ascenso, pero las actuaciones de Dino no pasaron desapercibidas y el AC Mantova no dudó en lanzarse a por su fichaje.

Así fue como el bueno de Dino Zoff aterrizó en Mantua en el verano de 1963 para defender los tres palos del club lombardo en la serie A. La leyenda se iba acercando poco a poco al encuentro de su destino.

Porque las cuatro temporadas de Dino en el Mantova fueron excepcionales (aunque el equipo sufrió bastantes decepciones) y despertaron el interés de los principales clubes italianos en contratarle. En cambio, en la selección italiana las cosas no serían tan fáciles. Porque por delante de Zoff caminaba con paso firme un tal Enrico Albertosi, dueño de la portería de la Fiorentina y, poco a poco, también de la Nazionale.

***

Y es que mientras Dino Zoff se hacía un nombre en la Serie A defendiendo la portería del Mantova, Enrico Albertosi se hizo definitivamente con la titularidad en la Fiorentina tras la marcha de Sarti al Inter de Milán en 1963. A partir de ese momento, el seleccionador Edmondo Fabbri siempre contó con él… aunque de suplente. Porque el guardameta titular en toda la fase de clasificación para el Mundial de 1966 fue William Negri, del Bologna, campeón del Scudetto en 1964.

El primer partido de la fase de clasificación para el Mundial lo jugó la Azzurra en Genova ante Finlandia. Los italianos vencieron con un rotundo 6 a 1 y bajo palos estaba Sarti. Fue el único encuentro que disputó el del Inter. Porque Fabbri le dio la titularidad a Negri en el resto de partidos de la fase de clasificación: en el empate sin goles en Polonia, en la victoria en Helsinki (0-2), en la paliza propinada a Polonia en Roma (6-1) y en la única derrota en la fase de grupos ante Escocia en Hamden Park (1-0).

La última jornada de la fase de clasificación enfrentaba a italianos y escoceses en Nápoles con la clasificación en juego al estar ambas selecciones empatadas a siete puntos. Era el 7 de diciembre de 1965, apenas un mes después de la derrota en Glasgow. Italia venció cómodamente a Escocia con tantos de Pascutti, Fachetti y Mora, pero la gran noticia estuvo en la portería: Negri se había lesionado de gravedad y Enrico Albertosi fue el meta titular.

El de Pontremoli se acababa de sacar un billete al Mundial de Inglaterra.

Mientras, Dino Zoff se mordía los guantes para combatir su frustración. Pese a sus grandes actuaciones no había podido evitar el descenso del Mantova al finalizar la temporada 64-65. Y aunque su papel estelar en la serie B sí obtuvo el ansiado premio del ascenso, no le bastó para estar entre los elegidos para viajar a Inglaterra. Fabbri se había decidido por Albertosi como titular y Roberto Anzolin, de la Juventus, y Pierluigi Pizzaballa, de la Atalanta, para cubrirle las espaldas.

Zoff aún no lo sabía, pero esa ausencia le iba a venir muy bien. Porque no sabemos si con Dino bajo palos Corea del Norte hubiera derrotado a Italia en Middlesbrough, pero lo que sí sabemos es que nunca sería señalado por ello.

Albertosi no tuvo tanta suerte.

***

Y eso que 1966 había sido un año para enmarcar para Ricky. El gran guardameta viola había sido fundamental para que su equipo levantara la Copa de Italia tras dejar en el camino al Genova, al Palermo y al Catania en las primeras rondas, derrotar al Milan en cuartos de final y al Inter en semifinales y deshacerse del sorprendente Catanzaro en la prórroga de la final disputada en Roma el 19 de mayo de 1966. No fue el único título que levantaría Albertosi antes de partir hacia Inglaterra, ya que la Fiorentina consiguió también alojar en sus vitrinas la prestigiosa Copa Mitropa.

Pero en Inglaterra todo se iba a torcer de forma trágica. Y eso que Italia empezó muy bien el torneo, venciendo por dos goles a cero a Chile para vengarse de la derrota en la Batalla de Santiago de cuatro años atrás. De hecho, todo parecía ir sobre ruedas para los de Fabbri. Porque los soviéticos también vencieron a sus camaradas comunistas de Corea del Norte sin demasiados apuros (3-0) y nada hacía presagiar un descalabro de italianos y soviéticos, los máximos favoritos para clasificarse para los cuartos de final.

Sin embargo, en ese envite entre transalpinos y soviéticos que, en principio, dirimirían los dos primeros puestos del grupo, fueron los hombres de Fabbri los que salieron trasquilados. Un gol de Chislenko le dio a la Unión Soviética una victoria de prestigio ante la Azzurra que, de paso, metía directamente al equipo entrenado por Nikolai Morozov en los cuartos de final. Italia, en cambio, tendría que jugarse su pase en el último encuentro.

Aunque la verdad es que nadie en su sano juicio podía siquiera imaginar que la Nazionale se podía quedar fuera del Mundial. Porque le bastaba un mísero empate ante la debutante Corea del Norte, que había conseguido mantener vivas sus opciones de clasificación empatando a Chile en el último suspiro (1-1) y consiguiendo dos hitos de golpe: su primer tanto y su primer punto en un Mundial (y, de paso, el de la primera selección asiática).

Pero el fútbol es un misterio y puede pasar cualquier cosa.
O, como diría el mítico entrenador Vujadin Boskov, “el fútbol es imprevisible porque todos los partidos empiezan cero a cero”.
Así queda mucho más claro.

El caso es que el 19 de julio de 1966, en el Ayresome Park de Middelsbrough pasó todo lo que tenía que pasar para que el partido se convirtiera en un infierno para Italia. Y todo pasó en apenas 8 minutos. Primero, la lesión del capitán Giacomo Bulgarelli, que tuvo que abandonar el campo a falta de once minutos para el descanso. A Italia le tocó jugar con un futbolista menos, ya que no se permitían las sustituciones. Eso desconcertó a la Azzurra que, de repente, vio cómo la movilidad constante y la tremenda velocidad de los norcoreanos empezaban a ponerla en un aprieto.

Todo saltó por los aires a falta de tres minutos para el descanso, cuando el centrocampista Pak Doo Ik se encontró con un balón botando en la parte derecha del área italiana, armó la diestra y golpeó el balón con fuerza y cruzado, lejos del alcance de Enrico Albertosi, que se estiró sin éxito. Los aficionados se frotaban los ojos porque la debutante Corea del Norte se iba al descanso con ventaja ante la todopoderosa Italia.

Pak Doo Ik bate a Enrico Albertosi en el Mundial de Inglaterra 1966.

Tras el paso por los vestuarios, Corea del Norte se cerró y se encomendó a los guantes de Lee Chang Myung. Italia, con uno menos, no encontró resquicios en la defensa asiática y no supo contrarrestar con calidad el partido físico, de ida y vuelta y de desgaste que propusieron los esforzados coreanos. Así que los minutos fueron pasando hasta que el colegiado, el francés Pierre Schwinte, señaló el final del partido.

Increíblemente, la sorpresa se había consumado e Italia, una de las favoritas para pelear por levantar la Copa Jules Rimet, abandonaba el Mundial por la puerta de atrás derrotada por unos desconocidos norcoreanos.

El drama italiano no había hecho más que comenzar.

***

La expedición italiana cambió el plan de vuelo para aterrizar en Génova en lugar de hacerlo en Roma, pero eso no evitó que un gran número de tifosi recibiera al equipo a tomatazos. El seleccionador Fabbri se quedó más de una hora encerrado en el avión hasta que salió escoltado por los carabinieri. Inmediatamente fue cesado.

Ferruccio Valcareggi se hizo cargo de la selección con ganas de cambiar algunas cosas. Y poco a poco, fue haciéndolo. Lo primero que hizo fue cargarse al capitán Bulgarelli, el gran mediapunta del Bologna que jugó medio lesionado contra los norcoreanos y acabó abandonando el terreno de juego. Por lo que respecta a la portería, siguió contando con Albertosi, aunque reclutó nuevamente al veterano Sarti para lacausa. Pero, poco a poco, a medida que la fase de clasificación para la Eurocopa de 1968 se iba desarrollando, Albertosi recuperó la titularidad.

En el horizonte estaba la fase final de la Eurocopa que se disputaría en Italia, pero también en lontananza empezó a emerger la figura de un guardameta que había sido fichado del Mantova por el Nápoles en el verano de 1967 y cuya figura empezaba a agigantarse por momentos. Su nombre, Dino Zoff.

En la fase de grupos, que se alargó hasta diciembre de 1967, Albertosi fue el cancerbero indiscutible de la Azzurra, que se clasificó primera de grupo con solvencia por delante de Suiza, Rumanía y Chipre. Pero cuando llegaron los cuartos de final, a ida y vuelta, una lesión fortuita lo cambió todo.

Italia había sido emparejada con Bulgaria y en el partido de ida que se disputó en Sofía Albertosi chocó con un delantero búlgaro en el que sería el dos a uno momentáneo en el encuentro. Enrico tuvo que ser sustituido por Lido Vieri y el encuentro acabó con un reñido 3 a 2 a favor de los búlgaros.

En la vuelta, disputada en Nápoles dos semanas más tarde, el portero de Italia fue Dino Zoff. Y la Nazionale remontó el 3 a 2 en contra de la ida con un inapelable 2 a 0 que la clasificaba para la fase final que se disputaría en tierras transalpinas. Zoff había llegado para quedarse y ese torneo lo disputaría íntegro.

En Nápoles se enfrentaron Italia y la Unión Soviética en las semifinales de la Eurocopa en un partido igualadísimo que acabó sin goles. En la prórroga nadie fue capaz de batir a Zoff ni a Yashine, así que el pase a la final del torneo se resolvió con el lanzamiento de una moneda. Salió cara para Italia, que se mediría en el Olímpico de Roma a la temible Yugoslavia, que había dejado en el camino a Inglaterra en semifinales (1-0).

El 8 de junio de 1968 Italia disputaba por primera vez la final de una Eurocopa y lo hacía ante su público. Ferruccio Valcareggi siguió apostando por Zoff bajo palos, pero el guardameta no pudo hacer nada para impedir el tanto de Dzajic en la recta final del primer tiempo. Los italianos se lanzaron al ataque en la segunda mitad y obtuvieron la merecida recompensa con un gol de Domenghini que resultaría definitivo. El empate persistió tras la prórroga y hubo que disputar de nuevo la final dos días más tarde.

En el mismo estadio, pero con distintos protagonistas, ya que Valcareggi apostó en el centro del campo por el interista Mazzola y puso de delantero a Gigi Riva, del Cagliari. En la portería, seguía jugando Zoff. Y los italianos vencieron con tantos de Riva y Anastasi para levantar la primera Eurocopa de su historia.

Facchetti levanta la Copa de Europa de 1968 para Italia.

Albertosi participó también del título, aunque presenció todos los encuentros desde el banquillo.

Pero la vida da muchas vueltas… Quizá demasiadas.

***

Ese verano de 1968, la Fiorentina estaba pasando por problemas económicos y quería hacer caja con algunos de sus mejores jugadores y uno de los elegidos era Enrico Albertosi. El problema es que tampoco quería la directiva viola reforzar a rivales directos, así que decidió vender a Ricky al Cagliari, un club que no estaba entre los grandes de Italia. Y, claro, Albertosi, que quería jugar en el Milan, la Juve o el Inter, no se lo tomó demasiado bien. Aunque acató su destino y se marchó directamente a Cerdeña ese mismo verano de 1968 para compartir vestuario con Gigi Riva. 

Para colmo, esa misma temporada de 1968-69, la de la marcha de Albertosi, la Fiorentina ganó un Scudetto que se le resistía desde 1956. El segundo Scudetto de su historia.

Pero como no hay mal que por bien no venga, Albertosi se vengó la temporada siguiente, consiguiendo contra todo pronóstico vencer en la Serie A y, a la vez, ser el portero menos goleado del campeonato. En Cagliari no se lo podía creer nadie. Los sardos acababan de ganar su primer y único Scudetto gracias a las paradas de Albertosi y los goles de Riva.

Cagliari Calcio en la temporada 1970-71.

Ambos futbolistas harían las maletas rumbo a México para disputar el Mundial de 1970. Y allí, en tierras aztecas, Albertosi volvió a defender la portería de Italia en una Copa del Mundo… como cuatro años antes en Inglaterra.

Esta vez, el damnificado iba a ser Dino Zoff, que había alternado titularidades con Albertosi en la fase de clasificación y acabó viajando con el equipo para convertirse en un suplente de lujo.

Ricky, cerca de cumplir 31 años, se encaminaba hacia su tercer Mundial, el segundo consecutivo como titular.

Dino, a los 28, asistía por primera vez a la Copa del Mundo. De momento, le tocaba aprender y adquirir más experiencia.

***

Italia empezó el torneo como suele. Jugando al filo de la navaja pese a tener una de las mejores selecciones del torneo y ser la campeona de Europa. Valcareggi se empeñó en darle un tiempo cada uno a los dos mejores creadores italianos: el milanista Gianni Rivera y el interista Sandro Mazzola, porque creía firmemente que los dos juntos desequilibraban defensivamente al equipo. Solía empezar los partidos el interista y acabarlos el milanista, en un Mundial donde por primera vez en la historia se permitían dos cambios por equipo en cada partido. Sólo dos… no como ahora.

Era tal el debate entre los futboleros italianos en general, y entre milanistas e interistas en particular, todos enfurecidos a partes iguales con Valcareggi, evidentemente, que le pusieron nombre al sistema. La Stafeta, le llamaron.

Con Zoff y Albertosi, en cambio, no hubo polémica. Jugó Ricky y nadie dijo nada. Ya tenían bastante con Mazzola y Rivera.

El caso es que Italia fue avanzando con el paso renqueante de siempre en los inicios de los torneos importantes. Venció 1 a 0 a Suecia en el debut, con gol de Angelo Domenghini, y después empató a nada ante Uruguay y también ante Israel. Rivera, el milanista, Balón de Oro de 1969, no jugó ni un solo minuto en esos tres partidos y los tifosi trinaban. Pero Valcareggi como si oyera llover. Italia acabó primera de grupo y Albertosi no encajó ni un solo tanto. Misión cumplida. Arrivederci, amigos.

En cuartos de final, en cambio, Italia empezó a transformarse en la selección rocosa, competitiva y talentosa que suele ser cuando definitivamente toca. México, el anfitrión, era un escollo difícil que resistió bien los primeros 45 minutos, que acabaron con empate a uno. José Luis González había adelantado a los aztecas al batir por primera vez a Albertosi en el torneo, pero un gol en propia puerta de Guzmán dejó en tablas el marcador.

En el segundo tiempo, Valcareggi mandó a Rivera al terreno de juego, sustituyendo a Mazzola, faltaría más, y los italianos vencieron con rotundidad con un tanto del propio Rivera y dos más de Riva, el compañero de Albertosi en el Cagliari. Cuatro a uno y a las semifinales casi sin despeinarse.

Italia, subcampeona del Mundo en México 70.

Pero allí esperaba Alemania, la subcampeona del mundo, que venía haciendo un gran torneo y que se había vengado de Inglaterra dejándola en la cuneta en los cuartos de final tras un maravilloso encuentro que necesitó del tiempo extra para adjudicar un rival a Italia.

El encuentro que disputaron Italia y Alemania el 17 de junio de 1970 en el estadio Azteca ha pasado a la historia como “el partido de siglo”. Aunque quizá sería mejor hablar de la prórroga del siglo, porque todo lo bueno llegó en el tiempo extra. Antes, Italia se había avanzado a los ocho minutos con un disparo desde la frontal de Boninsegna y se había dedicado a nadar y guardar la ropa. Hasta que el lateral germano del AC Milan, Schnellinger, que no había marcado ni un solo gol con su selección y no marcaría ninguno más en sus 47 apariciones como internacional, decidió dar una vida extra a la Mannschaft en el último minuto.

La prórroga es historia del fútbol. Beckenbauer jugando elegantemente, como si nada, con el brazo en cabestrillo. Los futbolistas, reventados, jugando sin red y cometiendo errores producto del cansancio que vinieron muy bien al espectáculo. De estos errores, el bueno de Enrico Albertosi participó como el que más. Como un auténtico campeón.

Primero, el meta no se entendió con Fabrizio Poletti, que acababa de entrar al campo para dar más brío a Italia. El defensa intentó proteger el balón casi en la línea de gol para que Albertosi lo cogiera. El portero dudó y apareció un tal Torpedo Müller para aprovechar el regalo. En dos zarpazos, los germanos le habían dado la vuelta a la semifinal.

Pero, aunque no o pareciera, quedaba un mundo.

Porque los alemanes no andaban sobrados de fuerzas y cometieron también errores de bulto. El primero, cuatro minutos después, cuando Sigfried Held intentó controlar un centro de Domenghini dentro del área y dejó el balón franco para que el defensa Burgnich volviera a empatar el partido a placer. Aún se adelantarían los italianos con la primera parte de la prórroga agonizando, cuando Riva sacó la chistera para hacer un control antológico y un recorte en la frontal para lanzar un disparo seco que volvió a poner a los italianos por delante a falta de quince minutos. La azurra ya tocaba con las manos la final de la Copa del Mundo.

Pero entre Albertosi y Rivera se iban a encargar de darle emoción al encuentro. Sobre todo, Albertosi. El guardameta, que acababa de hacer un paradón descomunal en un remate de cabeza a quemarropa Uwe Seeler, decidió sacar rápido con la mano. Tan rápido, que su saque golpeó en la espalda de Poletti (el pobre estuvo también en todas las desgracias) y el balón le cayó al peligrosísimo Gerd Müller. El mismo Albertosi hubo de salir al quite y derribó al teutón para conjurar el peligro.

Parecía haber resuelto la situación, pero de esa falta, una especie de minicórner, llegó el empate alemán. Müller peinó un rebote en el centro del área y desvió la pelota hacia el segundo palo. Allí estaba Rivera, pegadito al poste, pero no fue capaz de sacar el balón de ahí y se metió en el fondo de las mallas. Podía haberla sacado con la mano, pero el instinto no le llegó. Y Albertosi se hartó de recriminárselo. Una y otra vez. Hasta que Rivera zanjó la cuestión con una frase memorable que cumplió al pie de la letra: “Tranquilo, Ricky, que ahora marco”.

Dicho y hecho.

Los italianos sacaron de centro y Rivera controló la pelota, avanzó y se encontró rodeado de alemanes, así que la tocó a un lado y acompañó la jugada. En la banda izquierda, la pelota le llegó a Boninsegna quien, cansado como estaba, aún tuvo fuerzas de encarar al defensor alemán, superarlo por fuera y avanzar hacia la línea de fondo. Cuando vio que se quedaba sin ángulo, echó la pelota rasa y atrás. Y allí apareció Rivera para rematar raso con su pierna derecha al lado contrario al que Maier se había vencido.

Cuatro a tres para la Azzurra y a la final contra Brasil.

Esa final, la primera que disputaba Italia desde 1938, no sólo dirimiría quién levantaría la Copa del Mundo de México 70, sino quién se la llevaría y se la quedaría en propiedad, ya que en las reglas del torneo se especificó que la Copa Jules Rimet se la quedaría la primera selección que ganara tres torneos. Brasil e Italia empataban con dos.

Pero la Copa Jules Rimet se la quedó la Brasil de los 5 Dieces, que con su Jogo Bonito apabulló a una Italia cansadísima. Enrico Albertosi no pudo hacer nada para evitar ninguno de los cuatro tantos con los que la canarinha castigó a la Azurra. Dino Zoff, desde el banquillo, mucho menos, claro.

El caso es que Brasil venció por 4 a 1 y Carlos Alberto levantó al cielo de México la Copa del Mundo para cerrar un torneo excepcional.

***

Tras el Mundial de México 70, ambos guardametas, Enrico Albertosi y Dino Zoff, siguieron compitiendo por defender los tres palos de la Azzurra. Valcareggi siguió confiando en Enrico en un primer momento, pero para un amistoso contra España en febrero de 1971 le dio la titularidad a Dino. A partir de ese instante, y pese a la derrota italiana (1-2), el portero del Nápoles fue el titular de la Nazionale, hasta que se lesionó poco antes de disputar los cuartos de final de la Eurocopa a doble partido contra Bélgica. Entonces regresó Albertosi, aunque no pudo evitar la derrota de Italia ante unos Diablos Rojos que consiguieron sacar un meritorio empate a cero de Milán para rematar su clasificación venciendo en Bruselas (2-1).

De hecho, el 21 de junio de 1972, Enrico Albertosi disputó un amistoso en Sofía ante Bulgaria que acabó en empate a uno. Fue la última vez que vestiría la Azzurra, ya que, pese a que volvió a viajar al Mundial de Alemania de 1974, ya lo hizo como suplente de Dino Zoff y no disfrutó de minutos.

Y es que la trayectoria de Dino Zoff a partir del Mundial de México fue extraordinaria. En el Nápoles jugó todos los partidos desde su debut con el equipo en la Serie A en septiembre de 1967 hasta la jornada 21ª de la temporada 1971-72, cuando se lesionó en el partido ante el Inter de Milán. Eso son 143 partidos ininterrumpidos defendiendo la portería napolitana. Esa lesión le mantuvo alejado de los terrenos de juego unas siete semanas y le privó de disputar la eliminatoria de cuartos de final de la Eurocopa de 1972 ante Bélgica. Pero no le impidió jugar la final de Copa ante el AC Milan el 5 de julio de 1972, el último encuentro defendiendo la portería de los partenopeos. Cayó el Nápoles por dos tantos a cero y el club consideró que había que meterle mano a la plantilla.

Así que llegó a un acuerdo con la Vecchia Signora para intercambiar sus porteros: Dino Zoff, a sus 30 años, haría el petate para trasladarse a Turín y vestir de bianconeri, mientras que Pietro Carmignani, de 27, se mudaría inmediatamente a Nápoles.

La Juventus ganó con el cambio.
Porque allí, en la Vecchi Signora, Dino Zoff se convertiría definitivamente en leyenda.
Aunque llegara al club con 30 años bien cumplidos y camino de los 31.

Dino Zoff en la Juve (1972).

Y es que la llegada de Zoff a la Juve supuso casi un antes y un después en la entidad turinesa. El Gigante Piamontés, nada más llegar, estableció un récord increíble: se mantuvo imbatido durante 903 minutos. Es decir, que no le hicieron un gol entre el 3 de diciembre de 1972 y el 18 de febrero de 1973. Evidentemente, ese año ganó su primer Scudetto con la Vecchia Signora. Y también alcanzó por primera vez la final de la Copa de Europa, donde caería ante el Ajax de Cruyff por un gol a cero.

Es curioso, pero Zoff inició su andadura en la Juve alcanzando (y perdiendo) la final de la Copa de Europa de 1972-73 y la cerró volviendo a disputarla (y a perderla) en 1983, esta vez ante el Hamburgo, de nuevo por un gol a cero.

Ésa, la Copa de Europa, fue la única asignatura pendiente de la Juventus de Dino Zoff, ya que en sus once años en la Vecchia Signora ganó seis Scudettos (72-73; 74-75; 76-77; 77-78; 80-81 y 81-82), además de levantar dos Copas de Italia (1979 y 1983) y la Copa de la UEFA de 1977.

El colofón a estos números que nos permite hacernos una idea de la profesionalidad, la perseverancia y el carisma de Zoff es que no se perdió ni un solo encuentro de liga con la Juventus en las once temporadas que permaneció en el club. Eso son 332 partidos de liga consecutivos defendiendo los palos de la Vecchia Signora. ¡Casi nada!

***

Mientras Zoff batía récords con la Juventus y cerraba con llave el marco de la Azzurra, la estrella de Albertosi se iba consumiendo poco a poco. Al Mundial de Alemania de 1974 fueron los dos, pero Ricky fue suplente. Aunque Italia no hizo un buen torneo y le tocó hacer las maletas tras una primera fase decepcionante. Los italianos empezaron derrotando sin problemas a la debutante Haití (3-1), pero no pudieron doblegar a Argentina (1-1) y terminaron cayendo ante una sorprendente Polonia (2-1) que los envió definitivamente a casa.

Eso precipitó la salida de Valcareggi de la selección, la breve estancia de Fulvio Bernardini y la llegada definitiva de Enzo Bearzot, que renovó la selección introduciendo savia nueva prácticamente con una única excepción: Dino Zoff, que seguiría bajo palos. Albertosi, en cambio ya no volvería a vestir la Azzurra, pese a convertirse por fin en el guardameta titular de uno de los grandes de Italia.

Y es que a la vuelta del Mundial de Alemania, Enrico Albertosi abandonó el Cagliari y fichó por el AC Milan. En el equipo lombardo protagonizó grandes actuaciones, pero los rossoneri no pudieron competir la liga a la Juventus de Dino Zoff. Ricky hubo de esperar cuatro años, hasta la temporada 78-79, para levantar su primer y único Scudetto con el Milan. Fue en la campaña posterior al Mundial de Argentina, al que acudió Dino Zoff como titular con Paolo Conti (de la Roma) e Ivano Bordon (del Inter) como escuderos.

Albertosi defiende la meta del AC Milan (1974-75).

En el Mundial de Argentina, Bearzot construyó un equipo joven y talentoso con nombres como Scirea (25), Gentile (24), Tardelli (23), Antonio Cabrini (20) o Paolo Rossi (21). El más veterano, y con bastante diferencia, era Dino Zoff, que ya tenía 36 años. Pero nadie le hacía sombra en la portería.

Los italianos debutaron con buen pie derrotando a otra selección joven y en proceso de cambio generacional: la Francia de Michel Platini. En el segundo encuentro ante Hungría confirmaron su buen momento con otra victoria (3-1) y en el partido que decidía el liderato del grupo ante Argentina sumieron a los de Menotti en una pequeña depresión tras derrotarles en el Monumental con un solitario gol de Bettega (1-0).

Sin embargo, en la segunda fase se notó la inexperiencia del bloque en los momentos más comprometidos. En un grupo con Alemania, Austria y Países Bajos, sólo la primera pasaría a la final, mientras que la segunda disputaría el tercer y cuarto puesto.

Italia empezó empatando sin goles ante Alemania, mientras Países Bajos, sin Cruyff, se daba un homenaje ante Austria (5-1). En el segundo encuentro, los de Bearzot lograron vencer a los austríacos con sufrimiento gracias a un gol de Paolo Rossi al cuarto de hora de juego y el empate a dos entre germanos y neerlandeses le daba a la Azzurra la posibilidad de pelear con Países Bajos el pase a la final del Mundial.

El 21 de junio de 1978, en el estadio Monumental de River, Italia se adelantó en el marcador a los 18 minutos de juego gracias a un gol en propia puerta de Brandts, que metió el pie de cualquier manera ante el inminente remate de Roberto Bettega, que encaraba totalmente solo a Pieter Schrijvers que, además se lesionó y tuvo que ceder su puesto a Jan Jongbloed.

Pero cuando todo parecía de cara para la Nazionale, Brandts decidió enmendar su error con un tremendo disparo desde la frontal del área que igualó la contienda y Arie Haan le dio definitivamente la vuelta al partido a falta de un cuarto de hora para el final. El futbolista del Anderlecht vio adelantado a Zoff y soltó un trallazo desde tres cuartos de campo que sorprendió totalmente a Dino.

Ese balón de Haan valió una final para Países Bajos y mandó a Italia al tercer y cuarto puesto, que después perdería ante Brasil (1-2).
Ese balón de Haan se le aparecería en sueños a Dino Zoff durante mucho tiempo.
Ese balón de Haan congeló el sueño de Italia de levantar una Copa del Mundo. Pero, aunque nadie podía adivinarlo entonces, más que congelarlo, sólo lo aplazó.

Exactamente, cuatro años.

Que se hicieron largos. Para ambos. Para Zoff y para Albertosi.

***

A la vuelta del Mundial de Argentina, la temporada 1978-79, Albertosi reverdeció viejos laureles y puso el candado a la portería del AC Milan para acabar rompiendo el ciclo triunfante de la Juventus de Turín en Italia ganando el Scudetto. Era el segundo de Albertosi, tras el que consiguió en el Cagliari, y el décimo de la historia de los rossoneri, que bordaron en su zamarra su primera estrella.

Zoff, criticado tras el Mundial, aguantó el chaparrón y no dejó que nadie la arrebatara la titularidad en la Vecchia Signora, con la que acabó levantando la Coppa de Italia, para no perder la costumbre de echarse siempre un trofeo a la boca.

Cuando parecía que la lucha entre Albertosi y Zoff por defender los tres palos de la Nazionale podría volver a producirse, todo dio un vuelto absoluto en la temporada 1979-80. Una temporada que concluiría con la disputa de la fase final de la Eurocopa en Italia. Una temporada que, finalmente, acabó marcada por el caso Totonero. Una temporada que acabó con el AC Milan, pese a acabar tercero, descendido a la Serie B y con su guardameta Enrico Albertosi sancionado a perpetuidad en primera instancia (aunque se le rebajaría la pena a 4 años de inhabilitación tras la apelación).

No fueron los únicos afectados por el escándalo de las apuestas más importante de la historia del fútbol italiano hasta la fecha.

La Lazio también fue descendida a la Serie B.
El Avellino, el Perugia y el Bologna comenzarían la siguiente campaña con 5 puntos menos.
Felice Colombo, presidente del AC Milan, destituido de su cargo e inhabilitado de por vida.
Tommaso Fabbretti, presidente del Bologna, inhabilitado durante un año.
Paolo Rossi, entonces delantero del Peruggia y delantero estrella de la selección italiana, inhabilitado durante tres años (que se convirtieron en dos tras la apelación).

Y un buen puñado de futbolistas más.

Como los laziales Massimo Cacciatori, Giuseppe Wilson, Bruno Giordano y Lionello Manfredonia; Stefano Pellegrini y Franco Córdova, del Avellino; Mauro Della Martira y Luciabi Zecchini, del Perugia; Petrini y Salvodi, del Bologna; Piergiorgio Negrisolo, del Pescara; Morini y Chiode, del AC Milan; y unos cuantos más con inhabilitaciones inferiores a una temporada.


Un desastre de proporciones bíblicas, vaya. 
La limpieza en el fútbol totalmente en entredicho con sus principales actores, los futbolistas y los dirigentes de los clubes, absolutamente señalados.

En ese clima enrarecido se enfrentaba Italia a su Eurocopa. La primera en la que ocho equipos disputaban la fase final divididos en dos grupos de cuatro. El campeón de cada grupo disputaría la final y los segundos clasificados pelearían por un simbólico e intrascendente tercer puesto.

Dino Zoff fue el portero titular de una Azzurra que no fue capaz de hacer un buen papel en casa ante los suyos. Italia empató sin goles en el debut ante España y derrotó con un solitario tanto de Tardelli a la temida Inglaterra, por lo que el choque ante Bélgica decidiría quién disputaría la final ante Alemania Federal.

A los Diablos Rojos, que habían derrotado a España y empatado con Inglaterra, les bastaba con un empate, mientras que los italianos necesitaban una victoria que no fueron capaces de lograr en el Olímpico de Roma.

El cero a cero final mandó a los italianos al tercer y cuarto puesto ante Checoslovaquia, mientras que los belgas no pudieron poner el broche de oro a su gran participación al caer en una final disputadísima ante la máquina germana.

El annus horribilis del fútbol italiano se había consumado.

Más para Enrico Albertosi que para Dino Zoff, como casi siempre.

Pero tras la tempestad, siempre llega la calma. Y los italianos, que se manejan a la perfección en los periodos convulsos, saben mucho de eso. Así que, aunque parecía imposible, tras el caos, una de las mayores gestas del fútbol italiano estaba a punto de producirse.

***

Así se plantó Italia en el Mundial de España de 1982. Con un AC Milan resurgiendo de sus cenizas tras su paso por el infierno de la Serie B y una Juventus que aprovechó para adjudicarse dos Scudettos más y coser su segunda estrella a su camiseta. Una Vecchia Signora en la que seguía bajo palos un incombustible Dino Zoff, quien a sus cuarenta tacos parecía vivir en una eterna juventud que sus detractores no acababan de asimilar. Unos detractores que, con el Mundial en ciernes, aparecían hasta de debajo de las piedras.

Pero Enzo Bearzot, el seleccionador italiano, no dio su brazo a torcer. Dino Zoff no sólo sería el portero titular, sino que luciría el brazalete de capitán en España y, además, también se subiría al avión Paolo Rossi, con su sanción recién cumplida y sin haber jugado apenas unos minutos en los dos últimos años.

La selección italiana en el Mundial de España 82.

La primera fase de Italia en el Mundial fue un despropósito, lo que dio gasolina a los críticos. La Azzurra fue incapaz de vencer a Polonia, Camerún y Perú y sólo el “gol average” le metió en la liguilla de cuartos de final en el último suspiro. Le salvaron los goles a favor, curiosamente. Porque empataron a cero con Polonia, pero a uno ante Camerún y Perú, así que cameruneses e italianos empataron a puntos, pero los transalpinos habían anotado y encajado dos tantos, mientras que los africanos sólo habían sido capaces de marcar un tanto (y otro en contra).

Así se metió Italia en la liguilla de cuartos. Jugando con fuego. Aunque, claro, por jugar con fuego le tocó el premio gordo: Argentina y Brasil.

Pero justo en ese preciso instante, cuando más necesitados estaban los italianos de la aportación de Rossi y Zoff, aparecieron ambos. La mejor Italia apareció ante Maradona, Kempes, Passarella y compañía para frustrar al astro en su primer Mundial y conseguir su primera victoria cuando nadie la esperaba ya. Tardelli y Cabrini adelantaron a la Azzurra y dejaron en anécdota el descuento de Passarella a falta de siete minutos para el final. El pase a las semifinales se lo jugarían brasileños e italianos. La samba contra el rigor.

Y, contra todo pronóstico, Paolo Rossi, inédito a esas alturas en el torneo, le hizo tres goles a la Brasil de Telé Santana, el mejor equipo del momento capitaneado por Sócrates, Falcao o Zico. Zoff cerró la sorprendente victoria con un paradón definitivo ante Oscar y el mundo contempló asombrado cómo la Azzurra se postulaba al título tras imponerse por tres a dos en un partidazo que pasaría a la historia como la Tragedia de Sarrià.

El resto, un paseo en barca. Una Italia renacida se merendó a la misma Polonia a la que no había podido vencer en la primera fase con otros dos tantos de Rossi (2-0) y a la campeona de Europa, Alemania Federal, en un partido que pasará a la historia por la intensa celebración de un Tardelli traspuesto tras hacer el dos a cero, por los saltos de aegría del presidente Pertini en el palco del Santiago Bernabéu y, sobre todo, por la mítica fotografía de un portero de cuarenta años levantado al cielo de Madrid la tercera Copa del Mundo para Italia cuarenta y cuatro años después.

Italia, Campeona del Mundo en 1982.

Fue el colofón a la extraordinaria carrera de un extraordinario guardameta que tenía claro que había nacido para vivir ese preciso momento.

***

Dino Zoff colgó los guantes el 2 de junio de 1983, al finalizar la temporada con la Juventus de Turín, el club en el que militó desde 1972 y con el que ganó seis Scudettos, dos Coppas de Italia y una Copa de la UEFA y con el que jugó (y perdió) dos finales de la Copa de Europa.

Defendió también 112 veces los tres paños de la Azzurra y en 59 ocasiones lo hizo con la cinta del capitán en su brazo izquierdo. Ganó la Eurocopa de 1968 y levantó en el Bernabéu la Copa del Mundo de 1982. Está considerado el tercer mejor portero de la historia del siglo XX, sólo por detrás del soviético Lev Yashine y el inglés Gordon Banks.

Seguramente, todos esos éxitos no hubieran llegado sin la presión que Enrico Albertosi, otro gigante de la portería, ejerció sobre él durante prácticamente toda su carrera.

Porque Albertosi, como Dino, acudió a cuatro Mundiales (dos como titular y dos como suplente) y vistió en 34 ocasiones los colores de la Azzurra.
Porque Albertosi también gozó de la oportunidad de pasar a la historia ganando un Mundial, aunque finalmente se le escapó con Zoff empapándose de todo desde el banquillo.
Porque Albertosi también vistió las camisetas de los equipos más granes de Italia y levantó dos Scudettos y tres Copas de Italia.
Porque Albertosi, como Zoff, se mantuvo en activo hasta sobrepasar los cuarenta años.

Porque, en definitiva, Enrico Albertosi y Dino Zoff fueron dos porterazos que libraron muchísimas batallas. 

Entre ellos y contra todos los demás. 
Y sobrevivieron. 
E incluso de algunas salieron victoriosos. 
Que no es poco.

lunes, 28 de octubre de 2024

Silvio Piola, el goleador italiano del Mundial de Francia 38

5 de octubre de 1996. Estadio Republicano de Chisinau. Moldavia e Italia se enfrentan en la segunda jornada del grupo 2 de la fase de clasificación europea para el Mundial de Francia 98. Los italianos, entrenados por Arrigo Sacchi y capitaneados por Paolo Maldini, saltan al césped del estadio moldavo con un brazalete negro encintando sus brazos. El día anterior había fallecido en Gattinara (Vercelli), a los 83 años, Silvio Piola, el máximo goleador de la historia de la Serie A, o lo que es lo mismo, probablemente, el mejor goleador italiano de todos los tiempos.

Piola “Piernas largas” fue el ariete de la Italia que defendió con éxito su corona de campeona del mundo en el Mundial de Francia de 1938. El jugador más determinante de una selección rocosa y, a la vez, talentosa, que Vittorio Pozzo convirtió en prácticamente inexpugnable. 

Piola conversa con Pozzo en un partido del Mundial de 1938.

La Segunda Guerra Mundial acabó con una trayectoria internacional que parecía predestinada a dejar una huella imborrable en la Copa del Mundo, pero no con su carrera como artillero, que se prolongó hasta el final de la temporada 1954, cuando decidió retirarse a los 41 de edad con más de 300 goles en el zurrón.

A su fantástica carrera plagada de goles, sólo le faltó coronarla con un Scudetto.

Pero, a veces, en la vida, no se puede tener todo…

***

Silvio Guioacchino Italo Piola nació en el pequeño pueblo de Robbio, en el valle Lomellina, provincia de Pavía, el 29 de septiembre de 1913. Aunque su nacimiento allí fue meramente circunstancial, ya que sus padres eran comerciantes de tela y se habían trasladado a Robbio por motivos laborales. Pero pronto volverían a su auténtico hogar: Vercelli, en el corazón del Piamonte. Cuna de uno de los mejores equipos de fútbol italianos de la época.

Allí, el pequeño Piola empezó a estudiar en la Escuela Elemental Galileo Ferraris. Eso sí, en sus ratos libres sólo tenía una obsesión: lanzarse veloz con una pelota en los pies a regatear cuantos árboles se le pusieran en el camino y chutar con potencia y colocación entre la maleza. Hasta que lo vio don Sassi, el sacerdote del pueblo, director de la Escuela y un auténtico apasionado del fútbol. Más concretamente, del Pro Vercelli, el equipo donde el tío de Silvio Piola, Giuseppe Cavanna, jugaba de portero.

Tampoco era muy rara la pasión del capellán por el Pro Vercelli, porque en aquel momento era uno de los mejores equipos italianos, si no el mejor. La sección de fútbol del Pro Vercelli se fundó en 1903, justo diez años antes de que naciera Silvio. Para cuando el chiquillo vino al mundo, el equipo acababa de levantar su quinto Scudetto. Aún ganaría dos más, los de 1920-21 y 1921-22, aunque serían los últimos, ya que al club piamontés le resultaría imposible competir con los de las grandes ciudades de Milán, Turín y Roma en los inicios del profesionalismo. Pero vamos, que en la década de 1910 y principios del 20, el Pro Vercelli era, sin duda, uno de los rivales a batir en Italia.

El caso es que cuando don Sassi vio al pequeño Silvio regateando entre los árboles, controlando la pelota y rematando de primeras, no tuvo ninguna duda: sabía que estaba ante un fantástico futbolista, aunque sólo tuviera ocho años. Así que, bajo sus auspicios, el chico empezó a jugar a fútbol en el colegio y pronto destacó. Pero donde realmente se hizo un nombre en toda la región fue jugando de centrocampista en el Veloces, un equipo juvenil que había fundado Bernasconi, el propietario de una tienda de artículos deportivos. Ese equipo juvenil maravilló a todo el mundo y estuvo a punto de vencer en el Campeonato de Italia juvenil, donde cayó en la final contra la Roma (1-3).

La alegría del nuevo equipo duraría poco… porque en cuanto los técnicos de la Pro Vercelli vieron jugar a Piola y a sus compañeros Depretini y Pietro Ferraris, se los llevaron. Y los icorporaron directamente a la disciplina del primer equipo, bajo el mando del entrenador húngaro József Nagy, un trotamundos del fútbol que había entrenado a la selección sueca en las Olimpiadas de París en 1924 y se colgó un bronce olímpico. Nagy no se lo pensó demasiado e hizo debutar a Piola en la serie A el 16 de febrero de 1930 en un partido en el estadio del Bologna. El encuentro acabó con empate a dos, aunque el chico, que aún no había cumplido los 17 años, no se estrenó ese día como goleador.

Silvio Piola.

Y es que ya se sabe… a veces, en la vida, no se puede tener todo.

***

A Piola, que jugaba de centrocampista en Veloces, lo puso Nagy desde ese primer encuentro con la Pro Vercelli de delantero centro, pese a que había otros técnicos y periodistas que pensaban (y lo escribían y lo decían) que el chico debería seguir jugando en el centro del campo. Consideraban que sus registros anotadores en sus tres primeras temporadas completas con el equipo no eran espectaculares para jugar de delantero centro. Hizo 13 goles en la 1930-31; 12 en la 1931-32 y 11 en la 1932-33.

Y es cierto que Piola podría haber jugado perfectamente de centrocampista porque era un portento físico. Un tipo fuerte, alto, de piernas largas, con la costumbre de jugar de siempre de espaldas para mantenerse siempre en contacto visual y directo con el juego, pero, además, tenía una velocidad endiablada, un gran regate, un tremendo disparo desde la larga distancia y un remate portentoso con cualquier parte del cuerpo. Vamos, que era un rematador nato (e innato también).

Pero, sobre todo, sus entrenadores decían de él que tenía la increíble capacidad de estar siempre en el sitio adecuado y en el momento preciso para hacer el remate definitivo. Aparecía de la nada en el momento sublime para definir como nadie y hacer goles y más goles. Tenía el don de la ubicuidad. Era un oportunista como la copa de un pino.

Y, claro, esa relación de amor con el gol no se compra con dinero. Y no se puede desperdiciar. Por eso siguió Nagy siguió poniéndolo de delantero centro en la Pro Vercelli y sus cifras goleadoras comenzaron a aumentar poco a poco. En la temporada 1933-1934 ya hizo 15 goles, aunque aún estaba lejos de los 21 de Giuseppe Meazza, el gran ídolo italiano del momento, o de los 32 del “capocannoniere” del torneo, el Juventino Felice Borel. Pero los 15 de Piola los convirtió en un equipo que acabó séptimo en el campeonato, muy lejos de los inalcanzables Juventus y Ambrosiana-Inter, que contaban en sus filas con la mayoría de futbolistas que disputarían (y ganarían) el Mundial de Italia de 1934.

El 22 de abril de 1934, unos meses antes del inicio de de un torneo que Piola no disputaría, el joven de 20 años marcó el único tanto de su equipo en la derrota ante el todopoderoso Bologna (4-1) en el estadio Renato Dall’Ara, el mismo en el que había debutado cuatro años antes. Fue su último partido con la Pro Vercelli. Porque ese verano a Piola le tocaría hacer las maletas… aunque el viaje no iba a tener el destino que, en un principio, él había deseado.

***

A la conclusión de la Copa del Mundo de 1934 en la que la Italia de Vittorio Pozzo levantó la Copa Jules Rimet tras derrotar en la final a Checoslovaquia en la prórroga, la liga italiana se reanudó con más expectativas si cabe. Para entonces, Silvio Piola, al que se habían rifado casi todos los grandes equipos del Calcio, acababa de fichar, casi por imposición gubernamental, por la Lazio, un equipo al que el futbolista, en principio, no quería ir. Después, se quedaría allí nueve temporadas y se convertiría en un auténtico ídolo.

Eran tiempos en los que el profesionalismo empezaba a acabar con el espíritu amateur que había tenido el fútbol hasta pocos años antes y los grandes clubes empezaban a pagar importantes cantidades de dinero por los futbolistas más destacados. Dinero a los clubes y dinero a los jugadores, que empezaron a convertirse en personajes muy populares y admirados por las masas. En Italia, además, había que sumar otro factor no menos importante: la coyuntura política. Con el fascismo en el poder desde finales de 1922, el fútbol era uno de los ámbitos donde los capitostes metían mano constantemente y ordenaban fichajes a su antojo.

Piola, al que no le gustaba ese mercadeo aunque tenía claro que si quería dedicarse al fútbol había de plegarse a él, deseaba fichar por el Ambrosiana-Inter (antecesor del Inter de Milán), donde jugaba uno de sus ídolos, su amigo Giuseppe Meazza, y que le quedaba lo suficientemente cerca de casa para seguir fiel a su estilo de vida tranquilo y sosegado.

No pudo ser… Tuvo que hacer las maletas y partir hacia Roma para fichar por la Lazio, en un intento gubernamental de centralizar el fútbol y contrarrestar desde la capital el empuje de los grandes equipos del norte. Pero, al menos, Piola sacó una buena tajada para su Pro Vercelli y para él y para su familia, ya que en, aquellos tiempos, pagaron 250.000 liras al equipo y un sueldo “astronómico” de 70.000 anuales para el jugador.

Pese a su fama, su sueldo y su traspaso, Piola aparecía a menudo en el campo de la Rondinella, donde entrenaba la Lazio, acompañado por su perro Frem, un pointer de pelaje blanco con manchas marrones. Solía pasar cuando acudía al entrenamiento directamente tras cazar al alba, otra de sus grandes pasiones junto con la pesca en ríos y lagos. Eso era lo que más le gustaba hacer: cazar, pescar y, por supuesto, jugar al fútbol... Y marcar goles, evidentemente.

Porque pese a que cobraba como una estrella, y estaba considerado como tal dentro y fuera de los terrenos de juego, Piola nunca vivió como una estrella. Era tímido y retraído y no le gustaba nada aparecer en los anuncios ni en los medios de comunicación. Hacía vida familiar. Era cercano y de trato afable. No bebía. No fumaba. No salía de fiesta. Vamos, que quizá por eso tuvo una carrera tan longeva.

O quizá a pesar de eso, que nunca se sabe…

***

Y, claro, llegó el momento de vestirse con la zamarra de la azzurra.

Italia - Checoslovaquia. Genoa, 1936.

Vittorio Pozzo, el astuto seleccionador italiano, se puso a renovar la selección campeona del mundo de cara al Mundial de Francia de 1938 desde el momento en que había levantado la Copa Jules Rimet de 1934 y muy pronto Piola entró de lleno en sus planes. En una temporada espectacular en la Lazio a nivel individual en la que anotó 21 goles, Pozzo lo hizo debutar con la azzurra. Fue en Viena, el 24 de marzo de 1935, en un partido amistoso ante Austria, y el joven delantero no pudo tener mejor estreno: marcó dos de los cuatro tantos de la victoria transalpina (2-4).

Desde ese momento, Piola no sólo se hizo con un hueco en la selección, sino que se convirtió en uno de los jugadores imprescindibles. Fue convocado para todos los encuentros que disputó Italia hasta su debut ante Noruega en los octavos de final del Mundial de Francia 38. 

Jugó catorce partidos (dos de la Copa Internacional del Europa Central de 1933-35; cuatro de la de 1935-38 y ocho amistosos) y marcó trece goles, afinando cada vez más la puntería a medida que se acercaba la cita mundialista. De hecho, en los dos partidos amistosos previos a la cita mundialista, anotó tres tantos en la victoria por 6 a 1 ante Bélgica y otro en el 4 a 0 que Italia le endosó a Yugoslavia apenas quince días antes de su debut en la Copa del Mundo.

Pero el primer partido del Mundial no iba a ser un camino de rosas, precisamente. Los italianos se presentaron en el Velodrome de Marsella el 5 de junio de 1938 para enfrentarse a Noruega y desafiaron a los 19.000 espectadores que llenaban el estadio haciendo el saludo fascista en el acto protocolario previo. En un clima prebélico intenso, el público francés abucheó a los italianos durante todo el partido y durante todos los partidos del campeonato.

El encuentro empezó bien para los defensores del título, que se adelantaron con un gol de Ferraris a los dos minutos de juego. Pero la rocosa Italia fue incapaz de imponer su juego durante el resto del partido y no pudo cerrar el encuentro ante una peligrosa Noruega que aprovechó su ocasión para enfervorecer al público local y poner a la campeona contra las cuerdas. Fue Brustad quien anotó el gol del empate a falta de siete minutos para el final. El encuentro se iba a la prórroga.

Pero ahí apareció Piola para demostrar el gran estado de forma (y de olfato) con el que llegaba al torneo. Sólo habían pasado cuatro minutos del tiempo extra cuando “Piernas Largas” cazó un rechace del meta noruego en el área pequeña para anotar el gol que le daba un sufrido triunfo a los transalpinos y los metía en cuartos de final, donde se vería las caras con Francia, la anfitriona, que se había deshecho de Bélgica con relativa comodidad (3-1).

El 12 de junio, en el estadio de Colombes de París, Francia e Italia se jugaron un puesto en las semifinales del torneo. Los italianos, además de volver a hacer el saludo fascista, se presentaron sobre el césped totalmente de negro, en un claro guiño planeado por Mussolini a las camisas negras. Fue la única vez en la historia que Italia vestiría de negro. Una provocación en toda regla a la que el público francés respondió con continuos abucheos.

Meazza, el capitán italiano, viste totalmente de negro.

Sobre el césped, los italianos fueron mucho mejores que los anfitriones y no dejaron ningún resquicio a la sorpresa. Colausi inauguró el marcador para los defensores del título a los nueve minutos, pero tan sólo un minuto más tarde empató Heisserer para los franceses. Fue un espejismo, porque Italia estaba siendo muy superior. 

Pero no llegaron los goles en la primera parte y tuvo que aparecer Piola en la segunda para anotar dos tantos y llevar a Francia a las semifinales del torneo. Ahí se verían las caras con Brasil, la gran atracción del torneo donde destacaba por encima de todos Leonidas, el auténtico protagonista de la Copa del Mundo hasta el momento por sus regates, su creatividad y sus goles.

Pero Leonidas no jugó ante Piola. Porque su seleccionador, Adhemar Pimenta, decidió reservarlo para una hipotética final. Y no lo alineó. Como tampoco a Tim ni a Brandao, los otros dos jugadores más creativos de Brasil.

Se cuenta que Pimenta había diseñado dos equipos, uno blanco y uno azul, para alternarlos en función del rival. Uno más creativo y uno más físico. Y que, contra Italia, optó por el físico.

También es cierto que Brasil venía de jugar una prórroga ante Polonia en octavos de final que acabó con un espectacular 6 a 6 para los brasileros, que jugaron con el equipo blanco, el de sus futbolistas más imaginativos. Leónidas marcó 3 tantos. Que después Brasil se enfrentó a Yugoslavia en cuartos y aquello se convirtió en la Batalla de Burdeos, que acabó con unos cuantos jugadores lesionados, dos brasileños expulsados y un empate a uno que obligó a repetir el partido dos días más tarde. En la repetición ganaron los brasileños (2-1) con sólo dos jugadores de la Batalla de Burdeos en el once: el portero Walter y Leonidas. Leonidas marcó todos los goles de Brasil en la eliminatoria. El de la Batalla de Burdeos y los dos del partido de repetición.

Quizá el cansancio que arrastraba hicieron que Pimenta optara por dar descanso a su estrella, pero teniendo en cuenta que no había cambios, la estrategia era un poco arriesgada. Y los italianos se encargaron de demostrarlo en un encuentro en el que fueron realmente muy superiores. 

Colaussi adelantó a los campeones del mundo a los once minutos de la segunda parte y Meazza dio la puntilla a los de Pimenta con un tanto de penalti cuatro minutos más tarde. Romeu recortó distancias a tres minutos del final, pero no bastó. Italia se metía en la final de la Copa del Mundo tras vencer en el único encuentro en el que no marcó Piola.

En la final se enfrentaron a la temible Hungría, que había hecho un torneo excepcional dejando en la cuneta a las Antillas Holandesas Orientales, la actual Indonesia, en los octavos de final (6-0); se había deshecho de la sorprendente Suiza en cuartos (2-0) y había masacrado a Suecia en las semifinales (5-1). Sus futbolistas más peligrosos eran Zsengeller y Sarosi, que habían anotado entre los dos seis de los 14 tantos húngaros. Pero enfrente había mucha pólvora también: la de Meazza, la de Colaussi y, por supuesto de la Piola.

En el estadio de Colombes se congregaron 45.000 espectadores, la mayoría con la esperanza de ver cómo Italia caía derrotada, que presenciaron un auténtico partidazo. Colaussi abrió fuego con un gol a los seis minutos de juego al que respondió inmediatamente Titkos para empatar la final tras una jugada embarullada en el área italiana. Entonces los italianos se lanzaron en tromba al ataque y Silvio Piola tardó apenas siete minutos más en adelantar de nuevo a Italia. La primera parte la dominaron los transalpinos, que corroboraron su mejor juego con otro tanto de Colaussi a diez minutos del descanso.

Italia - Hungría. Final de la Copa del Mundo de Francia 38.

El tres a uno presagiaba una segunda parte tranquila para los de Vittorio Pozzo, pero lo cierto es que los magiares no le perdieron la cara al partido, supieron contener las acometidas italianas y poco a poco se iban acercando con peligro a la meta de Olivieri. Italia se echó atrás a la espera de amenazar a la contra con la velocidad de Piola y Colaussi, pero fue Sarosi quien hizo vibrar a los aficionados en Colombes con el segundo gol de Hungría que apretaba la final y ponía a Italia contra las cuerdas. 3 a 2 a falta de veinte minutos de partido.

Y entonces, cuanto más falta hacía, apareció de nuevo Piola. El delantero de la Lazio acompañó una cabalgada de Colaussi, que ganó la línea de fondo en posición de extremo derecho para poner una pelota rasa al corazón del área. Por allí apareció Piola como una exhalación, ganándole la espalda a un defensor y anticipándose a otro para sacarse un potente derechazo cruzado desde el punto de penalti y hacer el cuarto tanto para Italia. Quedaban diez minutos para el final y el marcador ya no se movería más.

Italia levantaba así su segunda Copa del Mundo. Y lo hacía fuera de casa por primera vez en la historia. Además, conseguía disipar las sospechas que levantó la consecución de la primera, con constantes arbitrajes polémicos y con las presiones del Duce. 

En Francia 1938 fue sólo el fútbol el que habló. Y el de los italianos fue el mejor. Gracias a la capacidad estratégica y motivadora de Vittorio Pozzo, a la calidad del capitán Meazza y al desequilibrio y los goles de Colaussi y, sobre todo, de Silvio Piola, el ariete y máximo goleador de la campeona del mundo con cinco tantos en tres partidos.

***

Tras la Copa del Mundo de 1938 llegó la Segunda Guerra Mundial, que privó a Piola de aumentar su renta goleadora, de partidos y de títulos con Italia, aunque siguió jugando al fútbol en la Lazio, mientras los combates lo permitieron. De hecho, se reincorporó al equipo hasta que la guerra se interpuso definitivamente en su camino, y en el de todos, en 1943.

Las temporadas que van de la 1938-39 a la 1940-41 fueron poco fructíferas para Piola desde el punto de vista goleador, ya que se quedó no superó los diez tantos en la Serie A en ninguna de las tres campañas. Jugó menos partidos de lo habitual y, además, a media temporada el técnico decidió que jugara de centrocampista gran parte de los encuentros, por lo que no sólo descendieron sus registros goleadores, sino también la competitividad del equipo, que nunca estuvo fino, acabando siempre a media tabla y lejos de los campeones Bologna, Ambrosiana-Inter y otra vez Bologna.

E incluso estuvo bastante cerca del descenso en la campaña 40-41, que no se produjo por un mejor coeficiente goleador frente al Novara, que acabó con sus huesos en la serie B. Pese a ello, el papel de Piola fue fundamental en un partido clave, el que le enfrentó a la Roma en el derbi de la Ciudad Eterna el 16 de marzo de 1941, con el descenso pendiendo sobre las cabezas de los “biancocelesti”. Piola se lesionó a los veinte minutos de juego tras un choque con un defensa “giallorossi”, pero siguió jugando para conseguir los dos goles de la victoria de la Lazio que, a la postre, serían cruciales para evitar el descenso.

Società Sportiva Lazio, 1940-41

En la siguiente temporada, la 1941-42, los números de Piola se acercaron a los de siempre, quedando segundo en la tabla de goleadores con 18 tantos en un torneo que se llevó la Roma a sus vitrinas. Y en la campaña posterior fue el “Capocannonieri” con 21 tantos en 21 partidos, aunque el equipo completó un torneo bastante mediocre que acabó levantando el Torino.

Ésa sería su última temporada en la Lazio, donde jugó 243 partidos en nueve temporadas y anotó 159 goles, 149 en competiciones oficiales y 10 en amistosos. No ganó el scudetto, pero se ganó el cariño, la admiración y el respeto de todos los aficionados laciales.

De hecho, esos 149 goles de Silvio Piola en partidos oficiales con la Lazio fueron un registro inalcanzable para nadie hasta que un tal Ciro Immobile (quien, por cierto, tampoco ha podido ganar nunca un Scudetto), lo superó en el año 2021.

Habían pasado nada más y nada menos que 79 años.

***

En 1944 las competiciones de ámbito nacional se paralizaron a causa de la guerra y Silvio Piola volvió a casa, al Norte de Italia. Consiguió el permiso para unirse al Torino y disputó el Campeonato de la Alta Italia. Recién estrenada la treintena y en unas condiciones terribles para todos, Piola siguió demostrando su instinto goleador anotando 27 tantos en un torneo que se acabaron llevando sorprendentemente Los Bomberos de La Espezia.

A la conclusión de la guerra, con ganas de quedarse en su tierra natal, pidió a la Lazio la carta de libertad definitiva y acabó fichando por la Juventus en 1945. La Vecchia Signora desembolsó 2 millones de liras y la recaudación de un partido amistoso en Roma para hacerse con los servicios del goleador de Verccelli.

Cestmir Vycpalek y Silvio Piola. Juventus, 1947

Sin embargo, en la Juve tampoco no llegaron los títulos. Piola jugó de “bianconero” la llamada División Nacional de 1945-46 y 1946-47, pero la Vecchia Signora no pudo superar nunca al Torino. Así que, pese a que el rendimiento de Piola aún era bueno, los dirigentes de la Vecchia Signora consideraron que ya estaba mayor, tenía 34 años en 1947, para defender los colores de la Juventus. Y le dieron la carta de libertad.

Y se equivocaron…

Porque tampoco sin Piola pudo la Juventus plantar cara a sus vecinos del Gran Torino, un equipazo de ensueño que marcó un época tras ganar cuatro campeonatos italianos seguidos y al que sólo pudo parar una tragedia: el accidente aéreo de Superga que tuvo lugar el 4 de mayo de 1949 y donde perdieron la vida 31 personas. Entre ellas, 18 jugadores del Torino, dos técnicos y un periodista del club.

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Cuando Piola salió de la Juventus en el verano de 1947, decidió fichar por el Novara, que estaba en ese momento en la serie B. No le importaba. Sólo quería seguir disfrutando jugando al fútbol y marcando goles y hacerlo cerca de casa. Cerca de los suyos. Cerca de su gente. Para seguir siendo feliz.

El veterano delantero se integró pronto en la disciplina del equipo y ayudó con sus 16 tantos a conseguir un ascenso vertiginoso. Y no sólo eso, sino que siguió jugando cinco temporadas más, haciendo 70 goles y manteniendo al Novara en la élite temporada tras temporada. Fue así como se convirtió en un auténtico ídolo en una ciudad que lo veneraba y que él también adoraba.

Hasta que se retiró definitivamente con 41 años ya cumplidos y unas cifras goleadoras que impresionan.

Porque Piola sumó la friolera de 274 goles en la serie A; 43 más en las dos temporadas de la Divisione Nazionale (1944-45 y 1945-46); 16 tantos en la Serie B; otros 16 entre Copa de Italia y Copas Continentales; y otros 30 más en los 34 partidos en los que se vistió con la zamarra azul de Italia.

En total, 379 tantos en 669 encuentros.

Unos registros, los de Silvio Piola, que superan los del otro gran mito italiano de los años 30, el gran Giuseppe Meazza, que anotó 262 goles en la Serie A, y que le convierten en el máximo goleador de la historia de la liga italiana. El que más se ha acercado a estos dos fenómenos ha sido un tal Totti, con 250 tantos en la máxima categoría del fútbol italiano.

No debe ser tan fácil eso de ser el mayor goleador de la historia del fútbol italiano, ya que en más de 125 años nadie ha sido capaz de superarlo. Aunque sus goles no le hubieran servido para ganar un Scudetto.

Pero, ya se sabe… A veces, en la vida, no se puede tener todo…

Aunque, bien pensado, a Silvio Piola tampoco le hacía tanta falta un Scudetto… que una Copa del Mundo pesa mucho. Y cuesta muchísimo ganarla.

Que se lo digan a Italia, que tuvo que esperar 42 años para volver a levantarla.

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Tras su retirada, Piola se puso a entrenar, pero desde el banquillo no se marcan goles, así que pronto dejó el mundo del fútbol profesional para disfrutar de él como un aficionado más. Junto a su mujer, Alda Ghiano, con la que se había casado en 1948 y con sus hijos Darío y Paola. Junto a su familia y sus amigos, disfrutando del día a día de una vida de placeres sencillos. Sin que nadie pudiera reconocer a simple vista la estrella que fue, porque nunca se comportó como tal.

Silvio Piola murió en una residencia de ancianos de Gattinara en 1996, a los 83 años, cuando ya el Alzheimer había empezado a desvanecerle los recuerdos. Descansa en la capilla familiar del cementerio de monumental de Billiemme, en Vercelli, muy cerca del estadio que lleva su nombre y donde marcó tantos y tantos goles. Un estadio que hoy lleva su nombre.

El estadio multiusos de Vercelli lleva el nombre de Silvio Piola. 

Como el del Novara, al que acudía domingo tras domingo como un aficionado más, hasta que la salud se lo permitió, a disfrutar del fútbol y de los goles de su equipo.

Aunque cada vez fueran menos los que lo reconocieran en el estadio.
Aunque cada fueran menos los que supieran que se sentaban a disfrutar del fútbol junto a todo un campeón del mundo. 

Junto al máximo goleador de la historia de la Serie A.
Junto a una persona humilde y sencilla que tuvo la suerte de disfrutar la vida haciendo lo que más le gustaba: jugar al fútbol.

Aunque nunca ganara un Scudetto.
Porque, a veces, en la vida, no se puede tener todo…