"El triunfo final en el campeonato es un nuevo amanecer donde las palabras enamoran a la pelota"

viernes, 16 de noviembre de 2007

El Maracanazo, el inicio de una historia maravillosa

Brasil no sólo es la selección que más títulos mundiales ostenta, no sólo es la heptacampeona, sino que tiene otros récords nada desdeñables en un campeonato tan exigente, peculiar y complejo como La Copa del Mundo.

En 1958 ganó su primer Mundial, y lo hizo en continente enemigo, en Europa, en Suecia, cosa que nadie ha hecho desde entonces. Repitió en el 62 en Chile, para igualar en títulos a Uruguay e Italia. Ganó el Mundial más espectacular que se recuerda, en México '70, y se quedó la Copa Jules Rimet en propiedad, por ser el primer equipo que ganaba el torneo tres veces. En Estados Unidos, en 1994, consiguió su cuarto entorchado, y redondeó su cuenta con el quinto en 2002, la primera vez que un Mundial no se disputaba ni en Europa ni en América, en la Copa del Mundo de Corea y Japón.

Pero, para que la selección más importante de la historia del fútbol empezara a escribir sus páginas doradas, primero padeció el drama futbolístico y social más importante de la historia: el Maracanazo.

Brasil era el organizador del torneo en 1950, tenía un equipo al que no le tosía nadie, era el primer mundial después de la Segunda Guerra Mundial, tras un parón de 12 años. Ése fue el primer y único mundial que no tuvo final propiamente dicha, aunque después la pelota se encargó, como siempre de dictar sentencia y, como tal, la pelota declaró que el partido entre Barsil y Uruguay dictaría sentencia y sería, sin ser una final, la FINAL más recordada de un Campeonato del Mundo.

Cuatro fueron las selecciones que se clasificaron para jugarse entre ellas la Copa Jules Rimet: España (primera de grupo por delante de Chile, Inglaterra y EEUU), Suecia (dejó en la cuneta a Italia y Paraguay), Uruguay (sólo jugó ante Bolivia -a la que vapuleó por 8 a 0- por la retirada de la URSS) y Brasil (que empató con Suiza y ganó con claridad a Yugoslavia y México). No había semifinales, jugarían todos contra todos.

Uruguay empezó renqueante su grupo final, ya que empató a dos goles con España, mientras los brasileiros vapuleaban Suecia (7 a 1). De hecho, el segundo partido de los charrúas acabó con una victoria por la mínima ante los suecos, despúes de ir perdiendo 1 a 2 al descanso(3 a 2), que los mantuvo vivos en la pelea por el título, mientras España salía malparada de su choque con los magos del balón (6 a 1). Los suecos les ganaron a los españoles para ser terceros (3 a 1), mientras que la final se preparaba con aires de celebración anticipada: un empate bastaba a Brasil para ser campeón. Pero...

La primera parte acabó sin goles y el nerviosismo empezó cuando los uruguayos vieron que tenían a Brasil con el corazón en un puño. Sin embargo, los brasileiros se adelantaron en la segunda parte (gol de Friaca a los dos minutos) y Macaraná esplotó de júbilo y alegría. Aquello era una fiesta a la que los charrúas no estaban invitados, pero alguien de celeste debió pensar que no era así, y decidió dar un golpe sobre la mesa: se llamaba Schiaffino, era el goleador de un Peñarol fantástico, y fue nombrado mejor jugador del torneo. Schiaffino remató a la escuadra un pase de Ghiggia en el minuto 21 y después observó cómo el propio Ghiggia reventaba Maracaná con el 2 a 1 definitivo que daba a Uruguay su segunda Copa del Mundo, mientras dejaba a Brasil sumida en la más absoluta depresión y... sin mundial y... sin uniforme.
Y es que los canarinhos no lo eran entonces, ya que vestían totalmente de blanco, pero a partir de este instante cambiaron su uniforme por el que a partir de entonces les daría la gloria.

Porque la gran Brasil que todos conocemos nació precisamente de la mayor derrota que han vivido nunca, del mayor desastre futbolístico, que sirvió de ejemplo para que nunca más quisieran repetirlo, para que la debacle quedara marcada a fuego en los corazones y las pesadillas de todos los brasileños, los de entonces y los que aún no habían nacido.

Una generación tan excepcional como la de Friaça, Zizinho, Ademir, Jair y Chico, quedaría marcada para siempre, el único pero a una selección capaz de reconstruir su historia a partir de la debacle. Porque primero hubo de venir el Maracanazo, para que Brasil fuera Brasil.

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