"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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lunes, 14 de octubre de 2024

Michel Platini, el Rey que abdicó antes de tiempo

"Los equipos de fútbol son una forma de ser". 
Michel Platini

Hasta la década de los 80, la selección francesa de fútbol no había tenido mucho peso en la historia de la Copa del Mundo, pese a que fuera precisamente un francés, Jules Rimet, presidente de la FIFA en los años 30, el encargado de crear una competición que se convertiría en el espectáculo deportivo más importante del mundo junto a las Olimpiadas.

De hecho, a las puertas del Mundial de España 82, la mejor clasificación de Francia en una Copa del Mundo se remontaba al tercer puesto cosechado en Suecia en 1958, cuando bajo la batuta de Raymond Kopa y con los goles de un extraordinario Just Fontaine (¡hizo 13!) los galos se plantaron en semifinales y sólo cayeron ante la Brasil de los jóvenes Pelé y Garrincha (5-2) que acabaría levantando la primera Copa del Mundo de la historia de la Canarinha.

Ni antes ni después habían hecho nada reseñable Les Bleus en un Mundial. En Uruguay 1930 y en Italia 1934 cayeron en la primera fase. En su Mundial de 1938 fueron los primeros anfitriones que no consiguieron levantar el trofeo, tras caer en cuartos de final contra los campeones italianos, que revalidaron el título conducidos por Pozzo desde el banquillo y con los goles de Piola sobre el césped.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los franceses no se clasificaron para los Mundiales de Brasil 1950, Chile 1962, México 1970 y Alemania 1974. Cuando sí lo hicieron (en Suiza 54 e Inglaterra 66) cayeron sin pena ni gloria en la primera fase de todos los torneos.

Hasta que en el Mundial de Argentina en 1978 (veinte años después de la gesta de la selección que encabezaban Kopa y Fontaine) empezó a emerger la figura de un centrocampista fino y elegante que iba a convertirse en uno de los mejores jugadores del mundo y en el estandarte de Les Blues: Michel Platini. A partir de la llegada de “Le Roi” (para nosotros, el Rey), Francia creció como selección y se convirtió, con su fútbol de salón, en una de las aspirantes más serias a levantar la Copa del Mundo.

Once de Francia en su debut ante Italia en el Mundial 78.

Pero aspirar a algo y acabar consiguiéndolo no es exactamente lo mismo.

***

Michel Platini nació en Joeuf, un pueblo de la región de Lorena, a las puertas del verano de 1955. Era el retoño de un matrimonio de origen italiano que se había afincado en Francia tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

El chico pronto empezó a darle patadas a un balón por las calles del pueblo. Incitado por su padre, Aldo Platini, un apasionado del fútbol que había jugado fantásticamente bien pero que nunca había querido dar el paso al profesionalismo. De hecho, Aldo era entrenador y educador del AS Joeuf, que militaba entonces en la Tercera División francesa. En ese club empezó a destacar el joven Michel, que ya se caracterizaba por la elegancia con la que conducía la pelota, por su habilidad en los lanzamientos de falta, por su extraordinaria visión de juego y por la capacidad para hacer jugar al equipo y para romper el partido con sus goles.

Aldo, su padre, decide entonces hacer algo que nunca había querido hacer antes: ficha por el AS Nancy como entrenador para poder ser el mentor de su hijo en el fútbol profesional. Porque el Nancy se hace también con los servicios del joven talento y lo hace debutar en su equipo de reservas sin cumplir aún los 18 años. Michel Platini respondió haciéndole tres goles en su debut al Valenciennes. Era el mes de mayo de 1973 y el camino de Michel Platini en la élite del fútbol francés parecía tremendamente despejado.

Sin embargo, la mala suerte se cebó con la joven promesa gala, que se rompió la pierna en un partido ante OGZ Niza y se perdió la que quedaba de la temporada 1973-74. En su ausencia, el Nancy descendió a Segunda División y Platini afrontó la siguiente campaña, la 1974-75, ya recuperado de su grave lesión, en la segunda categoría del fútbol francés. Fue entonces cuando emergió todo su talento y contribuyó al ascenso del equipo a la Ligue 1 con 17 goles jugando de centrocampista.

A partir de ese instante, el Nancy consiguió ir haciéndose poco a poco un hueco entre los grandes del fútbol galo temporada tras temporada comandado en la sala de máquinas por un majestuoso Michel Platini que, además, tenía la capacidad de resolver partidos con sus goles. Así fue cómo el Nancy consiguió levantar la primera Copa de Francia de su historia en 1978. Fue frente al Niza y, faltaría más, el tanto de la victoria lo hizo Platini (1-0). El joven ya era una de las estrellas más cotizadas del fútbol francés a sus 23 años recién cumplidos y el seleccionador, Michel Hidalgo, ya le había concedido la batuta de Les Blues.

El AS Nancy de Platini ganó la Copa de Francia en 1978. 

Hidalgo cogió las riendas de la selección del gallo en marzo de 1976, tras la destitución de Stefan Novacks. El exfutbolista pronto vio en Platini las cualidades que necesitaba para edificar el equipo en torno a él y lo “fichó” para la causa. 

El que estaba llamado a ser el nuevo capitán de la Tricolor debutó ante Checoslovaquia en el Parque de los Príncipes el 27 de marzo de 1976. El choque acabó 2 a 2 ante los que, sorprendentemente, se proclamarían campeones de Europa unos meses más tarde gracias al famoso penalti transformado en la tanda por un tal Antonín Panenka.

Ah, sí, claro, Platini marcó en su debut.
Faltaría más.

***

El Mundial de Argentina 78 supone un auténtico reto para Francia, que viene de recorrer una larga travesía por el desierto desde 1966, ausente en las fases finales de la Eurocopa de 1968, del Mundial de México 70, de la Euro de 1972, del Mundial de Alemania 74 y de la Eurocopa de 1976. Doce largos años sin disputar ni una sola fase final. Una auténtica tragedia futbolística.

El seleccionador Michel Hidalgo ha roto el maleficio con una jovencísima selección en la que Michel Platini, que a sus 23 años ya empieza a ser conocido como el Rey, empieza a despuntar. El grupo de Francia es muy complicado y los de Hidalgo acaban pagando su inexperiencia en una competición tan exigente.

Los galos caen ante Italia en su debut (2-1), pese al tanto de Platini, y también ante la anfitriona Argentina (2-1) en un encuentro que los deja matemáticamente sin posibilidades de clasificación para la siguiente fase. El tercer e intrascendente partido ante Hungría lo ganan los de Hidalgo con claridad para marcharse del torneo con un buen sabor de boca. 

Platini y Ardiles en el Francia-Argentina del Mundial 78.

De hecho, ese buen sabor de boca lo ha dejado el Rey, a quien ya pretenden algunos grandes. Inter de Milán y Juventus de Turín en Italia preguntan su precio. Y París Saint-Germain y Saint-Etienne en Francia también suspiran por incorporarlo.

Pero Platini se queda en Nancy la temporada 1978-79 para acabar el año que le queda de contrato. Será la última. Y será un calvario… porque el astro francés se lesiona de gravedad en agosto en un partido ante el Saint-Etienne. Se pierde prácticamente toda la primera vuelta de la competición, pero llega a final de temporada en plena forma, con la lesión olvidada, y se despide del club que le hizo debutar en primera división por la puerta grande. Y es que en el verano de 1979 ficha por el Saint-Étienne, un auténtico coloso del fútbol galo que había ganado cuatro ligas consecutivas entre 1967 y 1970 y tres más en 1974, 1975 y 1976; además de las Copas de Francia de 1968, 1970, 1974, 1975 y 1977.

El nivel de Les Verts era tan alto que llegaron hasta las semifinales de la Copa de Europa en 1975, perdiendo contra el futuro campeón, el Bayern de Múnich, y un año más tarde se plantaron en la final del torneo ante el gigante bávaro. Pero cayeron por un gol a cero en un partido muy disputado que se resolvió con un solitario gol de Franz “Bulle” Roth y en el que Les Verts se estrellaron con los palos hasta en dos ocasiones.

A ese gran equipo, que tras la final perdida en la Copa de Europa ya no había sido capaz de volver a pelear por el título, llegó Platini en el verano de 1979 para intentar reverdecer los recientes laureles. Y también se unió al proyecto el neerlandés Johnny Rep para construir un equipo temible que volvió a ganar la Liga en la campaña 1980-81 y que disputó (y perdió) esa misma temporada la final de la Copa de Francia ante el Bastia (1-2). Les Verts obtuvieron una estrella en su camiseta al ser el primer equipo en conseguir levantar 10 ligas francesas. Sólo el París Saint-Germain luce también una de ésas, y la consiguió en 2022, tras ganar ocho campeonatos desde el 2013 gracias a la inversión catarí.

Michel Platini luciendo la camiseta de Les Verts. Archivo ASSE.

El caso es que nadie lo sabía entonces, pero esa Liga de 1981 iba a ser la última de la historia del magnífico Saint-Étienne. Porque en la temporada 1981-82, el equipo acabó perdiendo el título ante el Mónaco por un solo punto de diferencia y, además, la temporada se cerró en blanco tras volver a caer en la final de la Copa de Francia, esta vez ante el París Saint-Germain en una fatídica tanda de penaltis (6-5) tras un partido impresionante.

Toko había adelantado a los parisinos cuando no se había alcanzado el cuarto de hora de la segunda parte, pero el gran Michel Platini empató el encuentro veinte minutos más tarde sorprendiendo con su temible llegada para mandar la final a la prórroga.

Ahí, en el tiempo extra, el astro galo parecía sentenciar el partido con otro golazo marca de la casa, ganando la espalda de la defensa en el costado izquierdo del ataque y definiendo con calidad y maestría con su pierna derecha. Era la recta final de la primera parte de la prórroga y la Copa ya tenía dueño, pero entonces, en el descuento de la segunda mitad del tiempo extra, apareció precisamente Dominique Rocheteau, exestrella de Les Verts, para coger un rechace en el punto de penalti y empalmarlo al fondo de las mallas para mandar la final a los penaltis. El meta Jean Castaneda no tenía fuerzas ni para levantarse del suelo tras el mazazo, mientras que George Peyroche, el técnico del PSG, se lanzaba al césped para besarlo cuando el colegiado dio por finalizados los 120 minutos.

Desde los once metros nadie falló en los cinco primeros disparos. Tampoco Platini, que se había reservado el último de la tanda para Les Verts. Pero en la muerte súbita falló el central Christian López, mientras que Jean-Marc Pilorget conservaba la calma y marcaba para que el PSG levantara la primera Copa de Francia de su historia. Esa Copa que se le había escapado entre los dedos al Saint-Etienne y a Platini.

Fue el último partido del Rey con Les Verts.
A la vuelta de la esquina, el Mundial de España 82.
Y después, en el horizonte, la Vecchia Signora.

***

Tras el fiasco copero, y antes desembarcar en la Juventus de Turín, el elegante centrocampista francés acudió al Mundial de España 82 para capitanear a la selección del Gallo. Y allí, en el país vecino, dio un recital de cómo dirigir a un equipo de fútbol.

Los franceses se convirtieron en uno de los mejores equipos del torneo y, sin ninguna duda, en uno de los que mejor jugaban al fútbol junto a los brasileños de Telé Santana. Claro, Telé Santana tenía a Sócrates, Zico, Falcao, Toninho Cerezo o Junior, que parecían imbatibles. Pero los franceses no andaban escasos de talento.

Porque Hidalgo había reunido un elenco de futbolistas muy técnicos y de un trato de balón exquisito que los hacía temibles. Jugaban bien al fútbol hasta los defensas. Y en el centro del campo la calidad era superlativa con Platini, Giresse y Tigana, que se asociaban y nutrían de buenos balones a Lacombe o Rocheteau, que jugaban delante.

Once del Gallo en las semifinales del Mundial 82 ante Alemania.

A la Brasil de Tele Santana la envió para casa Italia con de los goles de un inspiradísimo Paolo Rossi (y las paradas de Dino Zoff) en la liguilla de cuartos de final, pero a la Francia de Michel Platini no la pudieron frenar ni Austria (1-0) ni Irlanda del Norte (4-1) en un grupo mucho más sencillo que solventaron con clase y autoridad. Así que, por primera vez desde 1958, Francia se metía en las semifinales de una Copa del Mundo.

Pero ahí esperaba Alemania Federal, que se acabaría convirtiendo en la auténtica bestia negra de la selección del Gallo. Y en un partido memorable que pasará a la historia de los Mundiales, la selección liderada por Platini hacía las maletas tras caer en una cruel tanda de penaltis.

Pese a que Platini hubiera empatado el partido de penalti a los veintiséis minutos.
Pese a que Tresor y Giresse pusieran 3 a 1 a Francia en la primera parte de la prórroga.
Pese a que el alemán Stielike fallara primero en el tercer penalti de la tanda.

Al final, quien se jugaría el Mundial con Italia sería Alemania.

***

Con esa maleta aterrizó en Turín Michel Platini para empezar la temporada 1982-83. La Roma ganó el Scudetto por delante de la Vecchia Signora, pero Platini cayó de pie en el equipo. Completó una temporada extraordinaria y se convirtió en el máximo goleador del torneo con 16 goles para meterse en el bolsillo a todos los aficionados bianconeros. Ganó su primera Copa de Italia ante el Hellas Verona. Y alcanzó su primera final de la Copa de Europa… aunque cayó ante el Hamburgo por un gol a cero, lo que le supuso clavarse una espina que le costó muchísimo sacarse.

La temporada siguiente, la 1983-84, ya ganó su primera Liga Italiana. Y también su primer título europeo: la Recopa de Europa, derrotando al Porto en la final por dos tantos a uno. En apenas dos años ya tenía el zurrón lleno de títulos y se había convertido en el ídolo de todos los juventinos. De los franceses ya lo era… pero, por si acaso, iba a refrendarlo en la Eurocopa de 1984, cuya fase final se disputaría en tierras francesas.

Y allí Michel Platini se convirtió en leyenda.

Platini celebra un gol en la Eurocopa de Francia 84.

El capitán galo marcó el único tanto del partido en el debut ante Dinamarca (1-0). Anotó tres más en la paliza que le dieron a los belgas (5-0) y cerró la fase de grupos marcando los tres con los que Francia doblegó a Yugoslavia (3-2). Siete goles en tres partidos que metían a Francia en las semifinales del torneo, donde se vería las caras con Portugal.

Y las semifinales volvieron a ser otro partidazo memorable que, esta vez, cayó del lado francés con Platini como héroe. El partido acabó con empate a uno después de que Rui Jordao igualara con un soberbio testarazo en la segunda mitad el tanto que había conseguido Domergue de libre directo para los franceses en la primera. 

Y en la prórroga se desató la tormenta en el Velodrome de Marsella. Ambos conjuntos apostaron sin reservas por no llegar de ninguna manera a la tanda de penaltis. Pero fueron los portugueses, más sueltos y sin nada que perder, los que sorprendieron a los anfitriones en la recta final de la primera parte de la prórroga. Chalana volvió a penetrar por el costado derecho del ataque portugués y metió un centro pasado al segundo palo que Rui Jordao empalmó de primeras. El balón botó en el suelo y se elevó antes de besar las mallas de la portería defendida por un sorprendido Joel Batts. El estadio enmudeció. Y sólo volvió a gritar tras una gran parada de Batts que hubiera supuesto el 1 a 3 justo cuando ambas selecciones iban a intercambiar los campos para afrontar la segunda parte de la prórroga.

Porque tras esa parada salvadora, Francia se encomendó a la calidad de su genio y se volcó en pos de un empate que no llegaba. Hasta que Domergue, a falta de seis minutos para el final, resolvió una jugada llena de carambolas dentro del área lusa para devolver la ilusión a toda Francia. Y cuando en el horizonte se atisbaban ya los penaltis, Tigana se inventó una espectacular jugada personal llena de quiebros y regate que acabó remachando Michel Platini con una tranquilidad pasmosa para hacer el 3 a 2 a dos minutos del final de la prórroga y meterse en la final de "su" torneo.

El Rey había salvado a Francia. Y, de paso, había marcado su octavo gol en cuatro partidos. Pero aún le quedaba marcar uno. Quizá el más feo. Porque al guardameta español Arconada se le escurrió por debajo del sobaco el lanzamiento de Platini en el momento más inoportuno. En la final de una Eurocopa. No fue el más bello, desde luego, pero ese gol de Platini (y la rúbrica de Bellone con el tiempo ya cumplido) le dio a Francia su primer título internacional. 

Platini levanta la primera Eurocopa para Francia en 1984.
Foto: Alessandro Sabatini / Getty Images.

Y a Michel Platini, nueve goles en cinco partidos, el cetro del fútbol mundial.

***

Esos años fueron, sin duda, los mejores del astro francés, que coincidieron con su paso por la Juventus de Turín. Platini, jugando de centrocampista, fue el máximo goleador de la Serie A en 1983, 1984 y 1985 portando orgulloso el brazalete de capitán de la Vecchia Signora. Había ganado dos ligas italianas, dos Copas de Italia, una Recopa, una Supercopa de Eurocopa y la tan ansiada Copa de Europa, aunque fuera en uno de los días más negros de la historia del fútbol, en la Tragedia de Heysel.

También ganó los Balones de Oro de esos mismos años: 1983, 1984 y 1985. Así, seguiditos. Uno detrás de otro. Un hito que sólo superaría después un tal Leo Messi, que ganó cuatro de forma consecutiva (y otros cuatro más para sumar un total de ocho).

Aunque, como casi todo, el dato esconde una pequeña trampa. En aquellos tiempos no podía ganar el Balón de Oro ningún jugador que no fuera europeo. Eso excluía a Maradona de la terna, por ejemplo, que no ganó ninguno. A partir de 1995, la revista France Football cambió la norma: podía ganar el Balón de Oro cualquier futbolista de cualquier nacionalidad siempre y cuando jugara en una liga europea.

Con o sin Balón de Oro de por medio, precisamente la rivalidad entre Michel Platini y Diego Armando Maradona se convirtió en el símbolo de una época y, a la larga, propició el retiro anticipado del astro francés, la abdicación del Rey antes de tiempo.

Platini se había convertido en el líder indiscutible de la Juventus de Turín, la más poderosa entre los poderosos del Norte. Maradona llegó a Nápoles en el verano de 1984 para devolverle la sonrisa y meter al Sur en el mapa del Calcio en pleno dominio del astro galo y de su equipo.

El Rey era un elegante francés, silencioso y comedido dentro y fuera del campo. El Pelusa era la improvisación, la sorpresa, la genialidad, pero también el bullicio, la locura, la bronca, la sangre caliente… temperamental dentro y fuera del campo. Con razón o sin ella.

Michel se movía como pez en el agua entre las altas instancias, entre los pasillos y despachos de los altos cargos de la FIFA y de la UEFA. Con elegancia. Con prestancia, Con brillantez. Pisando fuerte la moqueta. Diego los tenía a todos entre ceja y ceja. Y viceversa.

Platini simbolizaba al noble poderoso y Maradona al malcarado contestatario.

Y, poco a poco, tras años de dominio del Rey, Maradona se fue abriendo paso. De hecho, la temporada 1985-86, la Juventus ganó el Scudetto, pero tuvo que lucharlo más de la cuenta ante la Roma y el Nápoles, que acabaron segundo y tercero. En la Copa de Italia, los juventinos se despidieron en los octavos de final ante el modesto Como. Y en la Copa de Europa dijeron adiós ante el FC Barcelona en los cuartos de final. 

El viento parecía estar cambiando de dirección...

Platini y Maradona en un Juve-Nápoles de 1986.

Y aún quedaba el colofón a la temporada, el Mundial de México 86, donde esa rivalidad entre Platini y Maradona, entre el Norte y el Sur de Italia, trascendió todas las fronteras. Curiosamente, los reyes de Italia no se encontraron sobre el terreno de juego en todo el torneo, aunque cada uno condujo a su selección hasta donde buenamente pudo.

Michel Platini no brilló tanto individualmente como en el Mundial de España, pero llevó a Francia al mismo escalafón: las infranqueables semifinales. Y dejó por el camino a Brasil en los cuartos de final (vencieron los galos en la tanda de penaltis tras empatar a uno el tiempo reglamentario y la prórroga).

Pero volvió a atragantársele de nuevo Alemania, una auténtica bestia negra con la que los franceses (y también Platini) tenían auténticas pesadillas. Esta vez fue todo bastante menos épico y mucho más prosaico que en el Mundial 82. Brehme adelantó a los germanos muy pronto y a los galos se les hizo bola el partido. Hasta que en el último minuto Völler dio la puntilla al once del Gallo. Y Platini se quedó sin su sueño de ganar un Mundial.

A Maradona, en cambio, en 1986 nadie pudo frenarlo en tierras aztecas. Tampoco Alemania. Como antes no pudieron los sorprendentes belgas. Ni sus archienemigos ingleses. Ni sus máximos rivales uruguayos. Ni sus enemigos internos. Ni siquiera él mismo. Nadie, absolutamente nadie, pudo frenarlo. Ni a él ni a las cábalas de Bilardo.

Así que Platini cayó ante Maradona sin siquiera enfrentarse a él. Sólo por comparación.

Cayó el Norte frente al Sur.

Y volvió a caer de nuevo a su regreso a Europa, cuando el Nápoles del Pelusa consiguió por fin darle la vuelta al mapa de Italia y ganar su primer Scudetto en la temporada 1986-87. La Juve de Platini fue segunda, tras caer en Delle Alpi y también en el estadio San Paolo ante los napolitanos capitaneados por Maradona. La Copa de Italia también se la llevó el equipo del genio de la albiceleste, que ese año no dejó ni las migajas.

A la postre, eso acabó por darle la puntilla a un Rey que decidió abdicar.

***

Y es que al finalizar la temporada 1986-87 el astro francés se retiraba del fútbol “porque se aburría y se había cansado de jugar”. La foto de su partido de homenaje entre Francia y la selección del resto del mundo lo dice absolutamente todo. Incluido el mensaje de sus camisetas. Impagable.

Partido homenaje a Michel Platini (23 de mayo de 1988).

El Rey abdicó con 32 años recién cumplidos, cuando lo había ganado prácticamente todo. Una Copa de Francia con el Nancy, una Liga francesa con el Saint-Etienne y, con la Juventus de Turín, el súmmum: una Copa de Italia, dos Scudettos, una Recopa, una Supercopa de Europa, una Copa de Europa y una Copa Intercontinental. Además, había conseguido el primer título de la historia de la selección de Francia siendo el mejor jugador y el máximo goleador con 9 goles: la Eurocopa de 1984.

Pero la espina del Mundial no se la pudo quitar nunca.

Dos semifinales en tres participaciones son un hito extraordinario, sobre todo jugando en una selección que sólo había superado la primera fase una sola vez en toda la historia de los Mundiales. Pero el mejor centrocampista de la época quería más. Aspiraba a mucho más. Y estaba seguro de poder conseguir aún muchísimo más.

No lo consiguió, pero lo que sí hizo fue sentar las bases de todo lo que conseguiría después Francia. La Francia de Aimé Jacquet. La Francia multicultural de 1998 con Zidane a la cabeza, el jugador que le disputa a Platini el cetro de mejor futbolista francés de la historia. El futbolista que de mayor quería ser como Platini y que consiguió para Francia lo que Michel no pudo alcanzar: la Copa del Mundo.
Y otra Eurocopa.
Y otra final de un Mundial.
Muchos éxitos para poner en la balanza. Quizá demasiados.

El caso es que, pese a no ser nunca campeón del mundo, Platini puso la primera piedra de las dos estrellas que los galos lucen en su camiseta. Porque hubo una Francia “Preplatini” y otra “Postplatini”. La “Preplatini” no estaba entre las grandes del futbol mundial y tampoco se la esperaba. La “Postplatini” siempre tenía un sitio y un cubierto reservado en el banquete de las campeonas.

Sin la calidad, la clase, el orgullo, la confianza, la autoestima y la cultura del triunfo que Michel Platini le imprimió a la selección francesa nada de lo que vendría después hubiera sido posible. Porque el Rey hizo subir a Les Bleus los dos escalones que le faltaban para convertirse en aspirante a todo torneo tras torneo. 

Y de ese escalón se han bajado muy puntualmente. Sólo para coger impulso y volver a instalarse entre las grandes. Dos estrellas de campeón del mundo, en Francia 1998 y en Rusia 2018, y dos subcampeonatos más, en Alemania 2006 y Catar 2022, lo confirman. Y otra Eurocopa, la de Bélgica y Países Bajos 2000, para una selección que ni siquiera se había acercado a ganar nada hasta su llegada.

De hecho, en 1998, y formando parte de los actos que se enmarcaban en el Mundial de Francia, una selección de 250 expertos (periodistas de fútbol internacionales y técnicos de la Commebol y la UEFA) elaboraron un once ideal del siglo XX.

Escogieron a Yashine en la portería y conformaron una línea de cuatro defensas con Carlos Alberto (capitán de Brasil en México 70), Beckenbauer, Bobby Moore y Nilton Santos (bicampeón con Brasil en 1958 y 1962). Arriba pusieron un tridente formado por Garrincha, Pelé y Maradona. Y los tres centrocampistas que completarían el once ideal del siglo XX serían Di Stéfano, Johan Cruyff y… Michel Platini.

Platini en los cuartos de final del Mundial de México 86.

Quizá no hubiera sido posible la aparición de un Zidane y de un Henry primero y de un Griezmann y un Mbappé después sin él.

Sea como sea, ahí queda eso, debe pensar Platini.

De lo otro…
Sí, de eso otro…

De los agujeros negros en su presidencia de la UEFA. De su oscura y sórdida relación con el presidente de la FIFA. De la corrupción, de las trampas y del escarnio. De las comisiones ocultas. De las miserias de las altas esferas del fútbol mundial.

De todo eso otro… de momento, aún no hablamos.
Pero ya hablaremos… Por supuesto que hablaremos.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Olivier Giroud, el 9 que levantó la Copa del Mundo sin anotar un solo gol

En los tiempos en los que los dorsales de los jugadores ya no indican la posición en la que juegan, en la que un futbolista puede ser el extremo derecho del equipo portando el número 14, el 33 o el 17, hay dos números que aún siguen siendo sagrados. El 10 para el mejor del equipo, el motor en ataque, el genio que frota la lámpara, normalmente zurdo, que juega y hace jugar a sus compañeros. Y el 9 para el delantero centro, para el goleador del equipo, para el futbolista capaz de convertir en oro casi todo lo que toca, el estilete, el artillero, el ariete, el terror de los porteros.

Grandes capítulos de la historia de la Copa del Mundo han sido escritos por ilustres 9 que han dejado su huella en la competición de selecciones más importantes del mundo. Sería un ejercicio ímprobo nombrarlos a todos, pero sí podríamos detenernos en los delanteros centro de las selecciones que se alzaron con la Copa del Mundo. Porque todos los arietes de las selecciones que se han proclamado campeonas del mundo hicieron goles en el torneo.

¿Todos? ¡No! Hay dos 9 campeones del mundo se han quedado sin marcar en la historia de los Mundiales. ¡Y los dos son franceses!

El primero fue Guivarc’h en el Mundial de Francia 98. Aunque nadie le achacó nunca al ariete del Auxerre, apuesta personal del seleccionador Aimé Jacquet, su falta de gol. Aunque disputara seis encuentros del Mundial incluyendo la final. Se quedó en una mera anécdota en cuanto Didier Deschamps levantó la primera Copa del Mundo para Francia.

Stephane Guivarc'h en la final del Mundial de 1998.

Sin embargo, cuando Olivier Giroud repitió la “proeza” de su compañero en Rusia 2018 y se marchó a casa en blanco con la Copa del Mundo debajo del brazo, fue carne de meme. Cosas del fútbol. O cosas de la época en que vivimos. El caso es que los dos únicos 9 de las selecciones campeonas del mundo que se han ido a casa sin anotar un solo gol han sido franceses. ¿Casualidad? Juzguen ustedes.

***

Hasta 1950 los jugadores disputaron los Mundiales con camisetas sin número, lo cual no quiere decir que los campeones de 1930, 1934 y 1938 no tuvieran 9 claros. En 1930, Uruguay tuvo distintos delanteros centro durante el torneo, pero el que pasaría a la historia sería el Manco Castro, que hizo 2 goles en 2 partidos, incluyendo el que cerraba la final ante Argentina (4-2). 

Cuatro años más tarde, Schiavio, el goleador del Bolonia, se vistió de héroe para dar la victoria a Italia en la prórroga ante Checoslovaquia en el Mundial de 1934 (2-1), como su sucesor Silvio Piola fue la pieza clave con sus cino goles en la repetición del triunfo italiano en el Mundial de Francia 38, dos de ellos en la final ante Hungría (4-2).

Schiavio marcó el gol del triunfo italiano en 1934.

En el Mundial de 1950, el del Maracanazo, la FIFA obligó a todas las selecciones a que sus futbolistas lucieran un número en sus camisetas. Y aunque el protagonista de la final fue Ghiggia, el inolvidable extremo derecho con el 7 a la espalda, el 9 de la campeona del mundo, la Garra Charrúa, se lo enfundó el gran Óscar Míguez, que llevó a su selección en volandas durante el torneo con sus cinco goles en cuatro partidos.

A partir del Mundial de Suiza 1954, el máximo organismo del fútbol mundial obligó a los futbolistas a mantener el mismo número durante todo el torneo, como ahora. En la selección alemana que levantó su primera Copa del Mundo en 1954 contra todo pronóstico en el llamado Milagro de Berna ante la Hungría de Gusztav Sebes, el 9 era el 13, una tradición muy teutona. Se llamaba Max Morlow e hizo seis tantos en el torneo para ayudar a los germanos a dar una de las mayores sorpresas en la historia de los Mundiales.

En la Brasil de 1958 el delantero centro era Vavá, aunque en su camiseta estuviera estampado el número 20. 

Cuentan las crónicas que los despistados mandamases brasileños se olvidaron de enviar a la FIFA la numeración de sus jugadores durante el torneo, así que el uruguayo Lorenzo J. Villizio, miembro de la Conmebol y de comité organizador del Mundial se ofreció a rellenar el documento con los números de los futbolistas brasileños. El uruguayo le puso el 10 al semidesconocido Pelé en un alarde visionario, pero también el 3 a Gilmar, ¡el portero titular!, y el 9 a Zozimo, ¡el guardameta suplente!

El caso es que el auténtico 9 brasileño, Vavá, hizo cinco goles con el 20 a la espalda, dos de ellos en la final ante Suecia (5-2). Cuatro años más tarde, en Chile 62, Vavá, esta vez con el 19 a la espalda, volvió a hacer cuatro goles más en el torneo y también repitió en la final, cuando anotó el definitivo 3 a 1 brasileño ante Checoslovaquia. Fue el primer jugador que marcó goles en dos finales de la Copa del Mundo. En 1970, Pelé se uniría a esta corta y mítica lista con el primer tanto ante Italia en la final del Mundial de México (4-1).

Vavá marca ante Francia en las semifinales del Mundial de 1958.

El 9 de la Inglaterra de sir Alf Ramsey en 1966 lo lucía orgulloso en su espalda el gran Bobby Charlton, que era más bien un 10, mientras que el 10 lo portaba Geoff Hurst, el auténtico 9 de esa selección campeona del mundo. Al final, el 9 que jugaba con el 10 a la espalda hizo 4 goles en el torneo, 3 de ellos en la final, incluido el gol fantasma que decantó el choque en la prórroga y coronó por primera a Inglaterra (4-2).

El 9 del Brasil de los cinco dieces era, naturalmente, un 10 con el 9 a la espalda. En este caso fue el gran Tostao, el 10 del Cruzeiro, quien lo paseó por todos los estadios mexicanos. Pero quien más ejerció de 9 en esa maravillosa selección repleta de dieces fue Jairzinho, el 10 de Botafogo, que anotó siete tantos en un torneo excepcional con el 7 estampado en su camiseta verdeamarelha.

Torpedo Müller hizo cuatro goles en el Mundial que Alemania le birló a la Naranja Mecánica en 1974, entre ellos el que le dio el triunfo a la Mannschaft en la final (2-1), y Kempes, el 10 argentino disfrazado de 9, hizo seis goles para levantar la Copa del Mundo en Argentina en 1978, con un doblete en la final de nuevo ante Holanda (3-1).

Paolo Rossi, un 9 puro que estuvo a puntito de no jugar el Mundial, levantó los brazos también seis veces en España 82, con gol incluido en la finalísima ante Alemania (3-1), para alzar al cielo de Madrid la tercera Copa del Mundo para la azzurra.

En México 86, el 9 de Argentina, el 10, el 6, el 8, el 7 y el 11, todos juntos, fue Diego Armando Maradona, pero lo más parecido al delantero centro que tenía la albiceleste fue Jorge Valdano, el 11, que marcó cuatro goles en el torneo incluyendo el segundo argentino en la final ante Alemania (3-2).

En la venganza alemana sobre la Argentina de Maradona y Bilardo en Italia 90, el delantero centro que llevaba el 9 a la espalda era Rudy Völler, pero, en realidad, la Mannschaft tenía otro 9 que jugaba con el 18 en su camiseta, Jürgen Klinsmann. Marcaron tres goles cada uno para hacer posible que Alemania levantara su tercera Copa del Mundo.

Völler y Klinsmann celebran el título en 1990.

Lo mismo sucedió con Brasil en Estados Unidos 94. La canarinha tenía dos delanteros centro de talla mundial, Bebeto y Romario, pero ninguno de los dos vestía la zamarra con el número 9. Ésa se la enfundó el centrocampista Zinho. Mientras, Bebeto, con el 7, hizo tres goles y Romario, con el 11, anotó otros cinco.

En Corea del Sur y Japón, en 2002, el 9 de Brasil lo portó Ronaldo, que hizo ocho goles para convertirse en el emblema del quinto título de la historia de la canarinha, con dos dianas en la final ante Alemania (2-0) en Yokohama. Así se quitó la espina de Francia 98, donde sus cuatro tantos no bastaron a Brasil para imponerse a Francia en Saint-Denis, donde jugó tras sufrir una convulsión con pérdida de consciencia apenas unas horas antes.

En Alemania 2006, el 9 de la Italia campeona fue Luca Toni, el delantero de la Fiorentina, que anotó sus dos goles en el torneo en el partido de cuartos de final ante Italia. Curiosamente, compartió el título honorífico de máximo goleador de su selección con el defensa Materazzi, que también marcó dos tantos, uno de ellos de penalti en la final. Además, provocó la expulsión de Zidane por su cabezazo y marcó su penalti en la tanda que hizo a la azzurra campeona del mundo por cuarta vez en su historia. Pura Italia

Italia no necesitó los goles de Luca Toni para ganar el Mundial.

En Sudáfrica 2010, el 9 de la España de Vicente del Bosque lo llevaba Fernando Torres, pero el que metió todos los goles fue otro 9 que jugaba con el 7 a la espalda: David Villa, que fue haciendo pasar rondas con sus tantos decisivos al equipo español. Cinco dianas hizo, cada cual más importante.

Y en 2014, Miroslav Klose, el delantero centro alemán, anotó dos goles en una Alemania coral que a veces jugaba con 9 y otras no, y estampó su cuarta estrella en la camiseta germana. Eso sí, a esos dos tantos hay que añadirle los catorce que había anotado en sus tres Mundiales anteriores (cinco en 2002, otros cinco en 2006 y cuatro más en 2010) para sumar dieciséis y convertirse en el máximo goleador de la historia de la Copa del Mundo.

***

Pues bien, como decíamos casi ayer, en el Mundial de Rusia de 2018 Francia se proclamó campeona del mundo por segunda vez en su historia sin que su 9 titular hiciera un solo gol. ¡Y era un delantero centro puro que jugó todos los partidos! 

No se trataba de un falso 9, ni de un defensa que había escogido ese número porque quedaba libre. Tampoco era un delantero de bulto, de los de completar la lista de un equipo que jugaría sin 9. Nada de eso. 

Oliver Giroud celebra un gol de Francia en Rusia 2018.
Foto: Paul Ellis / AFP.

Ese 9 era Olivier Giroud, delantero centro de la selección francesa y del Chelsea inglés que se presentó en el Mundial de Rusia con un bagaje nada desdeñable de 31 goles con la selección del Gallo.

Pero en el torneo ruso, el 9 de Francia no fue capaz de abrir la lata. Eso sí, generó espacios como nadie para la entrada de sus compañeros y los atacantes puros como Mbappé, Griezmann, los centrocampistas con llegada desde la segunda línea como Pogba, e incluso laterales como Pavard, se aprovecharon de su incansable juego sin balón y su pelea por bajar los balones aéreos para encontrar el camino del gol que no pudo atisbar el bueno de Giroud.

En la primera fase, Griezmann y Pogba fueron los goleadores en la victoria en el debut ante Australia (2-1). Giroud no jugó de inicio, ya que Deschamps formó un tridente ofensivo con Mbappé, Griezmann y Dembelé, pero saltó al terreno de juego a falta de 20 minutos con empate a uno en el marcador. El tanto de Pogba a ocho minutos del final dio la victoria a los galos en su estreno con Olivier en el terreno de juego.

En el segundo encuentro ante Perú, Deschamps decidió poner a Giroud en punta, acompañado por detrás por Mbappé y Griezmann y con Matuidi barriendo las posibles contras en el centro del campo. El sacrificado fue Dembelé. Los galos ganaron por un gol a cero a los incas y el tanto fue el primero de Mbappé en una Copa del Mundo. Giroud se volvió a marchar sin mojar tras jugar los noventa minutos de partido.

Giroud fue titular ante Perú por primera vez en el Mundial.

El choque que cerraba el grupo enfrentaba a daneses y franceses y Deschamps apostó por el mismo equipo que derrotó a Perú en la segunda jornada. Giroud volvió a pelearse con las torres danesas durante los noventa minutos de encuentro, pero el marcador no se movió.

Francia pasaba a los octavos de final como primera de grupo, pero ahí esperaba una inquietante Argentina conducida por Sampaoli desde el banquillo que había sufrido horrores para meterse entre los 16 mejores del Mundial.

El 30 de junio de 2018 en el Kazán Arena se vivió un auténtico partidazo que encumbró a Francia y la posicionó claramente como la candidata más firme a levantar la Copa del Mundo en Moscú. 

Y allí estaba el bueno de Giroud, con su 9 a la espalda, de nuevo en la punta de ataque de la selección del Gallo. Griezmann adelantó a los franceses de penalti a los trece minutos de encuentro y Francia se replegó, amenazando constantemente con sus peligrosas contras a una Argentina que no encontraba el camino hacia la portería de Lloris. Hasta que, al filo del descanso, Di María se inventó un disparo genial desde fuera del área para meter el balón en la escuadra francesa y empatar un partido de claro color Bleu.

Sin embargo, lo que parecía una quimera cobró fuerza a la vuelta de los vestuarios, cuando Mercado desvió a gol, casi sin querer, un pase raso y fuerte de Messi al corazón del área gala. Uno a dos para Argentina y parecía que el favoritismo francés ya no era tal. 

Fue entonces cuando apareció en la fiesta un invitado inesperado que se sacó un golazo de la chistera para empatar el partido y dejarlo todo como estaba. Lucas Hernández, el lateral izquierdo galo, llegó hasta la línea de fondo, metió un pase fuerte atrás que nadie pudo rematar y el balón cayó en el vértice derecho del área, justo en la parte contraria. Y allí se presentó el otro lateral, el derecho, Pavard, para empalmar la pelota con el exterior de su pierna derecha y ponerla en la escuadra de Franco Armani.

Después le dio por aparecer a Mbappé para confirmar en apenas cinco minutos que era la estrella en ciernes de su selección y, probablemente, del mundo. El delantero del PSG cogió un rebote dentro del área, se tiró en balón adelante y sacó medio metro en una zancada a los defensores argentinos que lo vigilaban. Después, fusiló a Armani para hacer el 3 a 2. Cuatro minutos después, el 10 galo culminó una contra perfectamente lanzada por Griezmann con un remate cruzado inapelable. 

Para cuando Agüero hizo el 4 a 3 definitivo ya pasaban tres minutos de la hora y sólo sirvió para maquillar el marcador. Francia seguía adelante y eliminaba a la Argentina de Messi anotando cuatro goles. Ninguno de ellos los anotó Giroud, el 9, que se pasó todo el partido peleándose con Otamendi, Rojo y, a veces, Javier Mascherano.

Mbappé sentenció a Argentina con dos golazos.


En cuartos de final, a los de Deschamps les esperaba Uruguay. El partido fue espeso y los uruguayos controlaron bastante bien a todo el ataque francés donde, cómo no, figuraba Giroud. En la segunda mitad, tuvo que ser el central Varane quien desatascara el choque con un remate de cabeza perfecto a la salida de una falta. 

Faltaban cinco minutos para el final de la primera parte, pero Uruguay ya no se pudo reponer y Griezmann sentenció el choque con un disparo que, sorprendentemente, dobló las manos blandas de Muslera para hacer el 2 a 0. 

Francia seguía adelante. 
Y Giroud seguía jugando todos los minutos de todos los partidos sin hacer un gol.

En las semifinales ante Bélgica, fue el otro central francés el que salvó a su equipo. A la salida de un córner a los cinco minutos de la segunda mitad, Umtiti se elevó por encima de todos en el primer palo para peinar la pelota y meterla en el fondo de la portería de Courtuais. Bastó para clasificarse para la final ante la sorprendente Croacia. 

Giroud jugó 85 minutos, hasta que Deschamps decidió sustituirlo para meter a N’Zonzi y cerrar filas en el centro del campo.

Oliver Giroud se tropezó con Courtois en las semifinales ante Bélgica. 

El 15 de julio de 2018, en el estadio Olímpico de Luzhnikí, en Moscú, Francia afrontaba la segunda final de un Mundial de su historia. Enfrente estaba Croacia, veinte años después de sorprender al mundo en Francia 98, con otra generación espléndida de jugadores comandada por Modric, Rakitic y Perisic. 

Deschamps, campeón y capitán precisamente en aquel Mundial, puso en liza el once que todo el mundo esperaba, el que había repetido prácticamente desde la segunda jornada mundialista. Y ese once, con Lloris en portería; defensa de cuatro con Varane y Umtiti en el centro y Pavard y Lucas Hernández en los laterales; Kanté por delante de la defensa junto a Pogba, Matuidi de interior izquierdo, Mbappé partiendo de la banda derecha y Griezmann de media punta; lo coronaba arriba Giroud, el 9.

El partido empezó con Mandzukic metiéndose un gol en propia puerta que enmendó Perisic culminando una jugada típica suya, dentro del área, zafándose de contrarios y rematando con fe, fuerza y mucha calidad para empatar el encuentro. Sin embargo, un penalti por manos del mismo Perisic dentro de su área lo convirtió Griezmann en el 2 a 1 con el que se llegó al descanso.

Tras la reanudación, los croatas se lanzaron a por el partido en un ejercicio valiente y poético que fulminó primero Lloris con un par de paradas previas al golazo de Pogba que casi sentenciaba la final a los trece minutos de la segunda parte. La cuestión la zanjaría Mbappé con otro golazo a falta de veinticinco minutos para el final. Y aunque Lloris quiso darle a Croacia lo que antes le quitó intentando un recorte ante Mandzukic que le salió mal y permitió al croata recortar distancias y resarcirse de su gol en propia puerta.

Al final, 4 a 2 y Hugo Lloris levantaba al cielo de Moscú la segunda Copa del Mundo de Francia en un campeonato casi perfecto en el que la selección del Gallo demostró ser la más fuerte y la más contundente en las dos áreas. Aunque la contundencia en el área contraria no le correspondiera al 9, Giroud, que se marchó de Rusia sin marcar un solo gol pero con la Copa del Mundo debajo del brazo.

Giroud levanta la Copa del Mundo en 2018.

***

El premio de levantar la Copa del Mundo debería ser más que suficiente, pero en el mundo del fútbol hay que sacarle siempre punta a todo y, por eso, Olivier Giroud fue prácticamente vilipendiado por los aficionados, que no por sus técnicos ni por sus compañeros, que siempre han sido conscientes de su gran papel en la Copa del Mundo.

Las críticas se volvieron aún más enconadas con la presumible vuelta de Karim Benzema, el delantero del Real Madrid, expulsado de la selección del Gallo por el affaire con su compañero Valbuena. 

Benzema, que previamente había elogiado el papel de Giroud en la consecución del título mundial, llegó a decir en un directo en Instagram que compararlo a él con Giroud era como comparar un Fórmula 1 con un kart. Y, por si no había quedado suficientemente claro, añadió que él era el Fórmula 1 en ese caso.

Y el caso es que Karim Benzema volvió a la selección francesa para la fase final de la Eurocopa de 2020, disputada en 2021 a causa de la pandemia. Y fue titular en detrimento de Olivier Giroud. 

Y jugó muy bien. 

Pero Francia cayó en octavos de final ante Suiza en los penaltis y se fue para casa mucho antes de lo que todos esperaban.

Un año y pico después, Benzema ganaba el Balón de Oro tras un año magnífico con el Real Madrid y se apuntaba al Mundial de Catar, donde su selección defendería el título obtenido en Rusia cuatro años antes. 

Pero, caprichos del destino, una lesión apartaba a Karim de la cita mundialista pocos días antes del debut y Giroud volvía a ser la referencia del Gallo en la punta del ataque. 

El 9 de la Campeona del Mundo. 

Y las tornas volverían a girar.

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Porque cuatro años después de levantar la Copa del Mundo en Rusia, y tras la disputa del primer encuentro del Mundial de Catar ante Australia (4-1), Olivier Giroud se quitó la espina y anotó dos golazos para convertirse en el máximo goleador de la historia de los Bleus con 51 goles en 115 encuentros. 

Los mismos que un tal Thierry Henry en ese instante. 

Después anotaría el gol que abría la lata ante Polonia en octavos de final (3-1) y rubricaría el pase a semifinales de su selección con el tanto que deshacía el momentáneo empate a uno ante Inglaterra (2-1) y que echaría a los Pross del Mundial. 

Giroud celebra su gol en los cuartos de final ante Inglaterra.

En las semifinales ante Marruecos el palo le privó de otro gol. 

En definitiva, cuatro dianas en seis partidos en Catar después de quedarse seco en Rusia cuatro años atrás.

Así que además de esas 53 dianas que le convierten en el máximo goleador de la historia de la selección gala, desde que metió su primer gol con el Grenoble Foot 38 en la segunda División francesa un lejano marzo de 2006 hasta ahora mismo, hay que sumarle 260 goles en partidos oficiales con sus clubes: 2 con el Grenoble Foot, 14 con el Istres, 38 con el Tours, 25 con el Montpellier, 105 con el Arsenal, 39 con el Chelsea y, hasta hoy, 23 con el AC Milan en menos de temporada y media.

No está nada mal para ser el 9 al que todos difamaron cuando levantó la Copa del Mundo sin convertir ni un solo tanto. 

No está nada mal, pero que nada mal, para el que todos apodaban el 9 sin gol.

Pero como además Giroud es un tipo coherente, es totalmente consciente que todos esos goles que ha marcado en el torneo no le sirven de consuelo ni le llenan de felicidad después de que Francia se marchara finalmente de Catar sin ganar de nuevo la Copa del Mundo

Porque, con total seguridad, Olivier Giroud preferiría volver atrás, quedarse otra vez en blanco, sin marcar un solo tanto como cuatro años antes, soportar de nuevo las burlas y los memes, pero haber estampado en el pecho de la camiseta del Gallo la tercera estrella de campeón del mundo que ahora luce con orgullo la albiceleste de Argentina.

lunes, 9 de mayo de 2022

Mekhloufi, la estrella que renunció al Mundial 58 con Francia para "luchar" por la independencia de Argelia

El 8 de mayo de 1945 la Alemania nazi capitulaba. Todo el mundo celebraba en la calle en fin de la guerra más destructiva de la historia. Sobre todo en París. Pero también salieron a manifestarse en la otra orilla del Mediterráneo, en Sétif, Argelia, colonia francesa desde 1830 y donde empezaban a llegar soldados argelinos que habían defendido (y liberado) Francia del yugo de los nazis.

En la plaza de Sétif, algunos argelinos aprovecharon la manifestación para mostrar proclamas a favor de la independencia del país. Y las fuerzas del orden de la colonia reaccionaron con contundencia. Con contundencia y con una desproporción inusitada. Tanto, que la reacción de los manifestantes fue desesperada y las revueltas y enfrentamientos duraron ocho días y se cobraron la vida de miles de personas, la mayoría inocentes que pasaban por allí.

El gobierno francés tiró por la calle del medio y quiso sofocar la revuelta de manera rápida y convincente, lo que se tradujo en una represión brutal y absoluta. Envió al general Duval al terreno, que ordenó el ataque sobre las poblaciones de Guelma, Kheratta y Sétif y generó una auténtica masacre que acallaría a los nacionalistas argelinos durante unos cuantos años, pero que, a la larga, fue la primera piedra en el camino de la guerra de Argelia que comenzaría en 1954 y acabaría en 1962 con la independencia del país africano.

La masacre de Sétif se quedó permanentemente grabada en la retina de un niño de 9 años que vivía en la ciudad y al que siempre se le podía ver pegado a una pelota de fútbol. Su nombre, Rachid Mekhloufi.

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Con el paso del tiempo, el niño Rachid se fue convirtiendo en un gran jugador y despertó el interés de un ojeador francés que se quedó prendado de su velocidad, habilidad, desparpajo y manejo de la pelota cuando apenas contaba con 18 años. Se puso en contacto el ojeador con el entrenador del Saint Ettienne, Jean Snella, y decidieron hacerle una prueba. Una semana más tarde, el joven Rachid Mekhloufi debutaba con el Saint Ettiene en un amistoso ante el Grenoble y se quedaba definitivamente en el equipo formando pareja de ataque con el camerunés Eugène N’Jo Léa. Esa dupla iba a cambiar la historia de Les Verts.

Rachid Mekhloufi. Archivo del AS Saint Etienne (ASSE).

De hecho, la temporada 1955-56, la segunda en el club, el atacante magrebí hizo 21 goles y fue el segundo máximo goleador de la liga tras el mítico Cisowsky, el delantero del RC París. Pero lo mejor estaba aún por llegar, ya que la siguiente campaña, la 56-57, contra todo pronóstico, Les Verts se colarían entre los favoritos a ganar el campeonato y, tras una enconada lucha con el Lens, conquistarían la primera liga francesa de su historia.

El portero era Claude Abbes, que defendería la portería francesa en el Mundial del 58, y los mejores jugadores eran los centrocampistas defensivos René Domingo y René Ferrier y el medio ofensivo Jean Oleksiak. 

Pero Mekhloufi era la estrella de ese equipo junto con el mencionado N’Jo Léa. Jugaba el argelino de media punta, aunque podía ocupar perfectamente la punta del ataque cuando era necesario, aunque partiendo por detrás del delantero era un jugador espectacular y casi imparable. Rápido y a la vez elegante, con una técnica exquisita y una facilidad impresionante manejar al equipo y para marcar goles desde cualquier posición.

AS Saint Etienne 1956-57. Archivo ASSE Stat.

Pero a la vez que el joven se convierte en un personaje admirado y respetado en Francia, en Argelia estalla definitivamente la guerra. El movimiento por la independencia argelina se ha puesto en marcha y el gobierno francés, que acaba de perder Indochina, no piensa ceder en su colonia más grande, más importante y más cercana. El conflicto es ensordecedor, cruel, sanguinario y se ceba especialmente en la población civil desde el primer momento. A cada atentado del Frente de Liberación Nacional responde el ejército francés con acciones de represión durísimas que se cobran miles de vidas. La batalla en las calles es sangrienta y atroz.

Mientras, Mekhloufi sigue marcando goles en la Metrópoli, aunque no acaba de entender cómo es posible que en Argelia los “pied noir” lo trataran como un un ciudadano de segunda, mientras que ahora en Francia lo consideran un auténtico héroe nacional. Y esos que a él, argelino de nacimiento y de corazón, lo consideran un francés más porque es un gran jugador de fútbol, permiten, comprenden y alientan que las autoridades y el ejército masacren a sus amigos y conocidos en Argelia utilizando los peores métodos posibles.

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Con todo este mar de fondo agitándolo en el plano personal, el jugador es llamado por la selección de Francia varias veces y disputa un torneo militar en Argentina en 1957 que la selección del Gallo consigue ganar. El Mundial de Suecia 58 está a la vuelta de la esquina y Mekhloufi es seleccionado para una concentración previa a la cita mundialista junto con otras estrellas francesas como Kopa y Fontaine, y junto a otro jugador argelino, el defensa Mustapha Zitouni.

Con la selección francesa preparándose para el Mundial, el Frente de Liberación Nacional argelino decide emprender una iniciativa innovadora y sorprendente: crear una selección que represente la causa argelina por el mundo para que todos sepan lo que pasa en el país a través del fútbol. En definitiva, crear de la nada un equipo que se convierta en el embajador de Argelia en el mundo.

Pero para que esta idea tenga éxito necesitan que participen los jugadores argelinos más importantes, con Mekhloufi a la cabeza. Casi todos juegan en la liga francesa y se ganan muy bien la vida jugando al fútbol a nivel profesional, pero, sorprendentemente, casi todos deciden dar el sí a la selección del Frente de Liberación y dejar de jugar para sus clubes para embarcarse en una aventura incierta.

Mekhloufi y Zitouni, los dos internacionales concentrados con Francia para el Mundial de 1958, se escapan de la concentración en abril de 1958 y se unen al equipo. Cuentan que a Mekhloufi lo pararon unos gendarmes en la frontera con Suiza y que se temió lo peor, pero los agentes no sabían nada de los planes del jugador y solamente lo saludaron efusivamente diciendo: “Tú eres el Diez del Saint Ettienne”. Y así es como Mekhloufi sale de Francia y la selección del Frente de Liberación argelino echa a rodar por el mundo.

“Los 11 de Argelia”, “el 11 de la Libertad” o “los Fennecs”, que así es como acabarían llamando popularmente a los integrantes de la selección argelina, eran 33 futbolistas del país magrebí que habían hecho algo realmente valiente: habían decidido frenar sus carreras profesionales para reivindicar la situación y la causa de su país. Y esos jugadores recorrieron el mundo durante 3 años enfrentándose a combinados de otros países.

La FIFA no sólo no reconoció a una selección que no representaba ningún estado, sino que intentó por todos los medios evitar que las selecciones que formaban parte de la organización jugaran contra ellos. Peses a todo, los argelinos disputaron en tres años 90 partidos para popularizar la causa de la independencia. El debut fue contra Marruecos, a la que vencieron por dos goles a cero el 9 de mayo de 1958, y, a partir de ese instante, jugaron contra todas las selecciones que pudieron: Túnez, China, Irak, Bulgaria o la mismísima Yugoslavia, a la que vencieron con un rotundo 6 a 1.

Selección del Frente de Liberación Nacional en 1960.

En su gira por el mundo los argelinos ganaron 65 partidos, empataron 13 y perdieron otros 13, pero, al margen de los números, ese equipo asociado al Frente de Liberación Nacional argelino dio la imagen por todo el mundo de que su causa era justa y tuvo una repercusión inmensa.

Finalmente, en 1961, el equipo se disolvió definitivamente. Varios de sus integrantes fueron llamados a filas y, además, empezaron las negociaciones entre Francia y Argelia para sellar una independencia que se produjo, finalmente, el 18 de marzo de 1962 cuando se firmaron los acuerdos de Evian.

***

En ese momento, Mekhloufi tenía 26 años y, una vez obtenida la tan deseada independencia, tenía que rehacer su vida. Así que decidió probar suerte en Suiza y fichó por el Servette, entonces entrenado por Jean Snella, el técnico que lo fichó para el Saint Ettienne. Allí se volvió a poner en forma y, de paso, ganó la liga anotando 13 goles en 19 partidos.

Y fue entonces cuando regresó, también junto a Snella, al club en el que empezó todo, el equipo de su vida. El Saint Ettienne acababa de levantar la Copa de Francia de 1962, pero, a la vez, había descendido a Segunda División. Mekhloufi, que había nacido futbolísticamente allí, regresó para sacarlo del hoyo. Pero se había marchado francés y ahora volvía argelino, lo que parecía una auténtica losa en aquel momento. En ese contexto hostil, Mekhloufi pronto cambiaría los pitos y los gritos por aplausos.

Les Verts se rearman en segunda división con George Beretta, Aime Jacquet, Robert Herbin y el hijo pródigo, Rachid Mekhloufi, y suben sin problema a Primera División la temporada 62-63. Y entonces llega el milagro inconcebible: ese equipo recién ascendido gana la Liga Francesa en la temporada de su retorno para reescribir de un plumazo la historia del fútbol francés.

Ese año de 1963 es especialmente maravilloso para Rachid porque, además de sus triunfos en Saint Ettienne, viste por primera vez la camiseta oficial de Argelia, ya aceptada por la FIFA como selección. Debuta en un amistoso ante Checoslovaquia en Orán el 28 de febrero de 1963 en un encuentro que acaba con victoria de los zorros del desierto por 4 a 1. Mekhloufi marcó dos tantos ese día.

Después de ganar la liga 1963-64, Les Verts sucumben al fútbol del Nantes, que se lleva dos torneos consecutivos, antes de que el conjunto liderado en ataque por Mekhloufi se convierta definitivamente en un equipo de leyenda. La temporada 1966-67 el Saint Ettienne desbanca al Nantes para ganar el campeonato con Mekhloufi nombrado el mejor jugador de la liga.

Mekhloufi recibe el trofeo al mejor jugador en 1966-67. 
Archivo de Michel Renner / Le Progrès.

Pero la siguiente, la última temporada del argelino con Les Verts, fue la guinda a toda su carrera deportiva, ya que ganó la liga y la Copa de Francia tras derrotar en la final al Girondins de Burdeos con dos tantos suyos.

Rachid Mekhloufi se marchó de Les Verts habiendo disputado 133 partidos y marcado 149 goles antes y después de su experiencia en la selección del Frente de Liberación argelino y lo hizo con la satisfacción de haber puesto las bases de un equipo grandioso que aún ganaría dos ligas consecutivas más y asombraría a Europa a mediados de los 70 con un fútbol fantástico que le dejó a las puertas de ganar la Copa de Europa. 

Rachid Mekhloufi. Cuenta oficial X del ASSE Stat.

Pero eso sería más adelante, ya sin Rachid, que fichó en el verano del 68 por el Bastia, que acababa de ascender a Primera División, para cerrar su época gloriosa de futbolista anotando 20 goles más en las dos campañas que estuvo en el equipo. En 1970, ya con 34 años, colgó las botas para iniciar su periplo por los banquillos (de hecho, ya había ejercido como entrenador del Bastia en esta última etapa de jugador).

***

Y el banquillo que más alegría y orgullo le produjo fue el de su selección, Argelia, con la que disputó el Mundial al que renunció a jugar con Francia, aunque esta vez su papel sería el de dar órdenes a sus jugadores en vez de generar el peligro, mover la pelota y marcar goles en el verde.

En 1982, Argelia se clasificó por primera vez en su historia para la fase final de un Mundial, el de España 82, y en el banquillo se sentaría Mekhloufi para conducir a una impresionante generación de futbolistas que acabó sorprendiendo a todo mundo.

Guendouz, Djamel Zidane, Belloumi, Mansouri, Salah Assad o Rabah Madjer eran los nombres más conocidos de una selección semidesconocida que jugaba de maravilla, con un fútbol alegre y ofensivo que ponía siempre de su parte al espectador neutral. El bautismo mundialista de la Argelia de Mekhloufi fue ante la vigente campeona de Europa, Alemania, el 16 de junio de 1982 en el Molinón de Gijón.

Selección de Argelia en el Mundial de España 82.

Allí los Zorros del Desierto se impusieron por dos a uno a los teutones con un fútbol vertical y veloz que dejó a los europeos sin respuesta. Y es que cada balón perdido por los alemanes acababa en una jugada de peligro para la meta de Schumacher. Los magrebís se adelantaron a los 8 minutos de la segunda parte en una jugada a base de paredes entre Djamel Zidane y Belloumi que acabó con un remate de Belloumi que despejó hacia atrás y con apuros Schumacher. Allí apareció de la nada Rabah Madjer para coger el rechace y meterlo en la red.

Trece minutos más tarde, y después de sufrir mucho, los alemanes empataron el partido en una jugada muy elaborada que acabó con un centro desde la izquierda que Rumennigge, más listo que nadie, remató en el área pequeña.

Pero cuando parecía que, como no podía ser de otra manera, los alemanes remontarían el choque, llegó la sorpresa definitiva. Los argelinos sacaron de centro y, sin apenas inmutarse, empezaron a mover la pelota de un lado a otro del campo sin que ningún jugador alemán fuera capaz de tocarla. El balón llegó a la banda izquierda y el centro raso y fuerte al corazón del área lo cazó Belloumi para volver a adelantar a los Zorros del Desierto, que ganarían en su debut en un Mundial a la campeona de Europa.

Pero ese equipo vistoso, desenfadado y desacomplejado cayó ante Austria cinco días más tarde por dos a cero y se vio obligado a jugársela en el último partido de la primera fase ante Chile. Y cumplieron los pupilos de Mekhloufi, que vencieron por tres goles a dos con un doblete de Salah Assad y otro tanto de Bensaoula en apenas 35 minutos. Los chilenos recortaron marcando dos goles en la segunda mitad, pero quedaron apeados del torneo, mientras que los Zorros del Desierto habían de esperar el resultado entre Alemania y Austria, que jugaban un día después en Gijón.

El saludo entre capitanes acabó en abrazo.

Alemanes y austriacos protagonizaron entonces la llamada Vergüenza de Gijón, un simulacro de partido que acabó a los 10 minutos cuando Hrubesch hizo el uno a cero para Alemania que clasificaba a ambas selecciones para la liguilla de cuartos de final. Mekhloufi y sus pupilos no se podían creer semejante bochorno, pero les tocó hacer las maletas. 

Y así acabó la histórica participación de Argelia en su primer Mundial, de la mano del mejor jugador argelino de su historia, en un esperpento burdo y grotesco protagonizado por dos selecciones, Austria y Alemania, que siempre habían honrado el fútbol y que mancharon su gran historia una tarde de junio en Gijón. Los de Mekhloufi, en cambio, salieron de España con la cabeza bien alta y con ganas de seguir haciendo historia.

***

No pudieron conseguirlo en el Mundial de México 86, ya de la mano de un nuevo seleccionador, el mítico Rabah Saadane, donde caerían de nuevo en la primera fase, y tampoco en Sudáfrica en 2010, mundial para el que se clasificaron después de una travesía en el desierto que duró 24 años y para el que hubieron de recurrir de nuevo a Saadabe.

Pero cuatro años más tarde, en Brasil 2014, los Zorros del Desierto, entrenados por el bosnio Vasha Halilhodzcic y capitaneados por Sofiane Feghouli, consiguieron superar la primera fase por primera vez en su historia. Empezaron cayendo por 2 a 1 ante Bélgica en un partido en el que se mantuvieron muchos minutos por delante del combinado europeo, pero se resarcieron ganando a Corea del Sur por 4 a 2 y concluyeron con un empate a uno ante Rumanía que les daría la ansiada clasificación. 

En esos históricos octavos de final esperaba Alemania en lo que parecía una poética venganza de lo sucedido en el 82. Pero a veces el fútbol, que tantas veces escribe historias grandiosas y mágicas, se conforma con lo prosaico y los argelinos no pudieron vencer a Alemania, que acabaría levantando su cuarta Copa del Mundo. 

Eso sí, vendieron muy cara su derrota y estuvieron a punto de dar la sorpresa en un partido inolvidable que acabó sin goles y que los teutones resolvieron en la prórroga, en la que se impusieron por dos goles a uno. 

Una vez más, Argelia había puesto en pie a los amantes del fútbol. 

Como hacía Mekhloufi en cada partido cuando jugaba.