"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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jueves, 11 de mayo de 2023

La batalla de Florencia entre Italia y España en 1934

A las puertas del verano de 1934 se disputa en Italia la segunda Copa del Mundo de la historia. Mussolini ha desplegado toda su “autoridad” para conseguir que el Mundial se juegue en Italia, aunque la campeona Uruguay no se pliega a los designios del Duce ni de la FIFA ni de nadie y decide no acudir tras el boicot casi total de los europeos al primer Mundial disputado cuatro años antes en tierras sudamericanas. 

Al Duce eso no le importa. Un rival menos para Italia. Porque la consigna de Mussolini es clara: no se trata de que Italia dispute su primera Copa del Mundo, si no de que gane su primera Copa del Mundo.

Cartel del Mundial de 1934. 

La ardua tarea recae en los hombros de Vittorio Pozzo, que conforma una gran selección ayudado por los “oriundi”, una serie de grandes jugadores nacionalizados expresamente para ayudar a la azzurra a levantar su primera Copa del Mundo. Son los argentinos Luis Monti, Raimundo Orsi, Attilio Demaría y Enrique Guaita. Pero en ese equipo también juega Giusseppe Meazza, uno de los mejores jugadores del momento, y arriba está el delantero del Bolonia Schiavo, al que se le caen los goles de los bolsillos. Pozzo consigue hacer de la selección un equipo temible, ordenado, generoso en el esfuerzo y muy trabajado tácticamente que mete miedo a los rivales. Porque además juega en casa y… se nota.

La azzurra tenía muy claro quién sería su principal rival para levantar la Copa del Mundo: el Wunderteam de Meisl, es decir, Austria, que contaba en sus filas con el mago Sindelar y el ariete Josef Bican. Lo que quizá no esperaba es la sorpresa que se iba a encontrar en los cuartos de final tras el paseo triunfal del partido de octavos ante Estados Unidos (7-1), la España de García Salazar, capitaneada por el portero Zamora.

Los españoles han dejado en la cuneta a Brasil venciendo con claridad por 3 tantos a 1 a una selección que llegó a Europa sin algunos de sus mejores jugadores, pero que contaba en sus filas con un joven llamado Leónidas que, por cierto, fue el autor del único tanto brasileño y que estaba llamado a ser una de las estrellas de la siguiente Copa del Mundo, la de Francia 1938

Once de España que derrotó a Brasil en el Mundial de Italia.

No fue tan sorprendente la victoria española como la forma en la que se produjo, ya que los pupilos de García Salazar jugaron un primer tiempo excelso y se marcharon al descanso con un rotundo 3 a 0 y una sensación de abrumadora superioridad.

España sería el rival de Italia en los cuartos de final. Vittorio Pozzo no estaba muy tranquilo. No le gustaba el rival, correoso, ordenado y con talento. Agresivo en defensa y rápido en ataque. Y con jugadores con personalidad y experiencia en todas las líneas. 

La Domenica Sportiva informa de la victoria española.

Pese a ello, ni un solo tifosi de la época pensaba que los ibéricos pudieran ser un gran obstáculo para la azzurra. Si acaso una buena piedra de toque para enfrentarse a Austria en semifinales. 

Como siempre, la realidad estaba a punto de manifestarse en toda su intensidad.

***

31 de mayo de 1934. Estadio Giovanni Berta de Florencia. Treinta y cinco mil espectadores se agolpan en el recinto para presenciar cómo los hombres de Vittorio Pozzo se clasifican para las semifinales de la Copa del Mundo. 

Los dos porteros y capitanes de ambas escuadras, Combi por los italianos y el Divino Zamora por los españoles, intercambian banderines y se estrechan la mano en el centro del campo bajo la atenta mirada del colegiado de la contienda, el belga Louis Baert. 

Saludo entre capitanes antes de la batalla.

Los futbolistas, alegres, sonríen a la cámara. 
Será la última vez que lo hagan en toda la tarde.

Desde que el balón echa a rodar ya se ve que el partido no será ni mucho menos fácil para la azzurra. Los hombres de Pozzo se las ven y se las desean para contener una delantera que juega a mucha velocidad y, a la vez, no rehúye nunca el choque. 

El delantero centro es el Tanque Lángara, futbolista vasco del Oviedo al que le basta media ocasión para hacer gol y que las pelea todas. Pero, además, está escoltado por Gorostiza, Iraragorri, Lafuente y Luis Regueiro, todos ellos vascos también, los tres primeros del Athletic y el último del Real Madrid. Mucha pólvora arriba que contiene por detrás Jacinto Quincoces, un auténtico fortín en defensa protegiendo a Zamora. La manija del juego la llevaba el gran centrocampista del Athletic José Muguerza.

Los italianos se vieron sorprendidos y un poco atenazados en los primeros compases del encuentro y, además, vieron cómo los españoles rubricaban su mejor puesta en escena adelantándose en el marcador a la media hora de juego. Antes, unos cuantos choques entre Doble Ancho Monti y Cilaurren, Doble Ancho de nuevo e Iraragorri, el Chato de Galdácano, que reclamó un penalti que no le iban a conceder ni aunque se lo hicieran diez veces. También hubo tiempo para que Quincoces sacara bajo palos la mejor ocasión italiana en toda la primera mitad. 

El caso es que el “oriundi” Monti volvió a arrollar al Chato de Galdácano, que quedó tendido en el terreno de juego, y Lángara, espabilado como pocos, puso la pelota rápidamente en juego metiéndole un pase medido a Regueiro. El irundarra la empalmó de primeras y batió a un desconcertado Combi para silenciar completamente el estadio Giovanni Berta. Habían transcurrido 30 minutos de juego y la Italia de Pozzo se veía por debajo en el marcador por primera vez en el torneo.

Desde ese mismo instante, los italianos se lanzaron en pos del empate con un juego muy físico y aguerrido que trató de encerrar a los españoles en su campo a base de empuje, fuerza y poderío físico. 

Zamora sufrió de lo lindo durante el partido.

El premio lo obtuvieron al filo del descanso, apenas a un minuto para la conclusión de la primera mitad, aunque cuentan las crónicas que el tanto no debería haber subido al marcador. Meazza centró desde la banda, Zamora salió a por la pelota y recibió dos puñetazos de Schiavio en su salida. El Divino no pudo llegar al balón y Ferrari lo empujó al fondo de las mallas para empatar el encuentro y que la azurra respirara un poco más tranquila.

Así lo contaba Zamora pocos días después de su regreso a España: “Vi el pase a Ferrari y fui a interceptarlo, pero antes de que pudiera hacerlo me alcanzó Schiavio con dos soberbios puñetazos y así Ferrari pudo rematar a placer. Para el árbitro no había ninguna duda, y ya iba a anularlo cuando los italianos le trajeron a los jueces de línea, y éstos le convencieron para que diera validez al tanto”.

Sea como sea, el belga Baert señaló finalmente el centro del campo. Así que uno a uno y todos a la caseta a refrescarse.

El paso por los vestuarios no sólo no calmó los ánimos de los dos contendientes, sino que elevó aún más el tono de la disputa tras el polémico final de la primera mitad. Entonces los italianos se pusieron bravos y cortaron de raíz cualquier incursión española con codazos, patadas y empujones que el árbitro belga no vio en ningún momento. 

La pelea por cada balón fue titánica durante todo el choque. 

Detrás, España se sostenía en Quincoces y Cilaurren, que no eran tampoco hermanitas de la caridad ni repartidores de besos y abrazos. Así que el partido se convirtió en una batalla de la que los visitantes hubieran podido salir victoriosos si el árbitro de la contienda no hubiera anulado un extraordinario gol de Lafuente que volvió a dejar helado a todo el estadio. El delantero del Athletic se fue de medio equipo italiano y batió a Conti en su salida mientras el señor Louis Baert lo anulaba sin pensárselo… ¡por fuera de juego!

Así lo contaba Quincoces a su vuelta a los diarios españoles: “En la segunda parte Lafuente hizo un jugadón, se escapó de los defensas italianos arriesgando la pierna y en jugada personal marcó el 2 a 1. Aquí llegó nuestra sorpresa porque el árbitro lo anuló porque quiso. Cuando nos comentó que había sido fuera de juego nos pusimos a reír. ¡Lafuente había hecho la jugada él solo, sin apoyo de ningún compañero!”.

De ahí hasta el final las patadas y tarascadas se sucedieron sin tregua y ninguna de las dos selecciones fue capaz de desnivelar el marcador.  

El partido se fue a la prórroga con los jugadores exhaustos y, en algunos casos, con golpes, magulladuras y lesiones, pero en el tiempo extra tampoco hubo goles. 

Portada del diario La Voz tras el empate de España.

Así pues, el choque de cuartos de final debería repetirse veinticuatro horas más tarde en el mismo escenario.

***

El recuento de bajas para el partido de desempate fue espeluznante. España perdió a siete jugadores por lesión e Italia a cuatro. El meta Zamora tenía dos costillas rotas y Ciriaco, Fede, Lafuente, Iraragorri, Gorostiza y Lángara tampoco estaban en condiciones de saltar al terreno de juego. España perdía a cuatro de sus cinco delanteros titulares, al portero y a un defensa. Por Italia no pudieron jugar tampoco por lesiones y golpes su goleador Schiavio, el centrocampista juventino Giovanni Ferrari, el interista Castellaci y el fiorentino Pisciolo.

Once de Italia para el partido de desempate.

García Salazar, el seleccionador español, conforma un once totalmente novedoso con el joven Juan Nogués bajo palos, Quincoces y Zabalo en defensa, Cilaurren, Lecue y Muguerza en el centro del campo y arriba Bosch, Campanal, Chacho, Regueiro y Ventolra. Pero el equipo le dura apenas tres minutos, cuando Bosch cae lesionado tras una entrada de Monti y abandona el terreno de juego dejando a España con diez.

Ocho minutos más tarde, Meazza adelanta a los italianos a la salida de un córner. Bueno, en realidad, a la salida del séptimo córner seguido lanzado por la azzurra. Un saque de esquina en el que Demaría placa al portero del Barça, el debutante Nogués, mientras Meazza remata sin oposición. El árbitro, que ahora es el suizo René Mercet auxiliado por los mismos asistentes del encuentro anterior, concede el tanto mientras los ibéricos protestan airadamente.

Meazza anota el tanto de la victoria italiana.

Los españoles intentaron buscar el empate con un jugador menos y trataron de encerrar a los italianos en su área, pero la contundencia de los defensas Monzoglio y Allemandi y el refuerzo de Monti les impidieron concretar sus ocasiones. El bueno de Bosch volvió al terreno de juego a los treinta minutos para intentar compensar la inferioridad numérica, pero no podía prácticamente ni correr. 

Por si acaso, los italianos seguían jugando duro y el siguiente en lesionarse fue Chacho, que se quedó en el campo cojeando tras una dura entrada. Después sería Quincoces quien se llevaría un tremendo golpe en el costado que le dejaría también pululando sobre el campo.

Pese a todo, los de García Salazar vendieron muy cara su derrota. Tanto, que le tocó intervenir al colegiado Mercet para que las cosas no acabaran saliéndose de madre. Lo hizo cuando anuló un gol de Regueiro por un fuera de juego de Campanal que sólo vio él. Más que nada porque cuentan las crónicas que el sevillista y debutante Campanal iba por detrás de Regueiro en la jugada.

Los italianos, a esas alturas del partido, se esforzaban más en mantener su ventaja que en agrandarla, tras dos partidos jugados a cara de perro. Los españoles lo intentaron, pero no pudieron sobreponerse a tanta adversidad. Porque finalmente Bosch no resistió más y hubo de abandonar el terreno de juego y, a la vez, Quincoces requería asistencia en la banda cada poco por el golpe que había recibido en la espalda. Al final, René Mercet dio el choque por concluido entre la alegría y el alivio de la grada y la rabia e impotencia de los jugadores visitantes.

El once de España a la conclusión del encuentro.

En ese instante, los jugadores de Italia se dirigieron al centro del campo y saludaron al público con el brazo en alto, haciendo el saludo fascista. Los jugadores españoles, ya en la banda, devolvieron el saludo a mano alzada, pero a modo de burla y dirigiéndose al árbitro de la contienda, el suizo René Mercet, que se encontró con una suspensión de su federación nada más llegar a casa que le impidió volver a arbitrar partidos internacionales en su vida.

***

Los futbolistas de García Salazar hicieron las maletas y volvieron a casa, mientras que los de Pozzo siguieron adelante en su camino hacia la conquista de la Copa del Mundo, que finalmente lograrían tras deshacerse de la temible Austria en semifinales (1-0) y batir a Checoslovaquia en una final emocionantísima que acabó con empate a uno y que decantó Schiavio del lado italiano con un gol histórico a los cinco minutos de la prórroga (2-1).

Cuando los futbolistas españoles regresaron a casa se encontraron con que el periódico la Voz había iniciado una campaña entre los aficionados para recaudar fondos y crear unas medallas de oro para los héroes de Florencia. 

La Voz quiere homenajear a los futbolistas.

A los dos días ya habían conseguido la cantidad de dinero que necesitaban y el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, les entregó a los jugadores unas medallas que simbolizaban el respeto que se habían ganado entre los aficionados por haber peleado hasta el final en unas condiciones totalmente adversas en su primera participación en una Copa del Mundo. 

Muchos de esos jugadores que pasarían por una guerra, por el exilio algunos y por una tremenda postguerra otros, conservaron sus medallas hasta su muerte, con el recuerdo de uno de los partidos más memorables de la historia de la Copa del Mundo que jamás olvidarían.

Recibimiento de los jugadores a su llegada a Barcelona.

Ése primer enfrentamiento entre Italia y España en un Mundial acabó con victoria azzurra. Y fue casi profético, porque España no fue capaz de ganarle a Italia ni un solo partido oficial en los siguientes 78 años. Eliminó a la azzurra en la Eurocopa de 2008, sí, pero empatando el encuentro sin goles y venciendo en la tanda de penaltis. Y eso no cuenta como victoria.

La que sí cuenta fue la de la final de la Eurocopa de 2012 disputada en Kiev. Allí rompió España su maleficio venciendo a Italia por primera vez en partido oficial desde la batalla de Florencia de 1934. Y lo hizo a lo grande, doblegando a los transalpinos por un contundente 4 a 0 para levantar la tercera Eurocopa de su historia. 

Aunque ése fue, a la vez, el principio del fin de la hegemonía de la selección española en Europa y en el mundo. Las primeras palabras del párrafo final de la página más brillante que ha escrito España en la historia del fútbol.

Pero como las casualidades no existen y casi nunca vienen solas, en ese Mundial hubo otro primer enfrentamiento entre España y Brasil. Los ibéricos vencieron a los brasileños en ese primer duelo, pero nunca jamás han vuelto a ganar a la canarinha en una Copa del Mundo. 

C’est la vie.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Luis Monti, el futbolista que estuvo a punto de morir dos veces

Luis Monti es el único futbolista de la historia que ha disputado dos finales de la Copa del Mundo con dos selecciones diferentes. Jugó y perdió con la albiceleste la final del primer Mundial, la que se disputó en Montevideo entre Uruguay y Argentina en 1930 (4-2). Y jugó y ganó la final del Mundial de Italia 1934, la que enfrentó a Italia y Checoslovaquia en Roma y que ganaron los de Vittorio Pozzo en la prórroga con el tanto decisivo de Angelo Schiavio (2-1).

Cuentan que en las dos finales Luis Monti fue amenazado de muerte. En la primera, si ganaba lo matarían a él y a toda su familia. Y perdió. En la segunda, Mussolini dejó claro a los jugadores de la azzurra al principio del torneo, durante y justo antes de la final, que se trataba de ganar o morir. Ganaron. Con el miedo en el cuerpo y el sudor helado recorriendo todos los poros de su piel. Pero ganaron.

***

A Luis Monti le apodaban “Doble ancho” desde que debutara en Huracán allá por 1921. Por su imponente físico, que recordaba claramente a un armario ropero de dos cuerpos. Era un jugador duro, fuerte, expeditivo, aguerrido y sacrificado, pero también era tácticamente soberbio y muy bien dotado técnicamente, por lo que era el medio centro perfecto en la época para controlar los ataques adversarios y salir siempre jugando desde atrás.

Monti se ganó muy pronto un sitio en el once de la albiceleste, con la que debutó en 1924 tras su aterrizaje en San Lorenzo de Almagro, donde se convirtió en uno de los primeros ídolos del Ciclón, con el que ganó tres campeonatos argentinos mediada la década de los veinte.

Monti defendiendo los colores de San Lorenzo. 

Y, claro, con la selección pronto empezó a destacar. Ganó el Sudamericano de 1927 y fue el capitán del equipo que se colgó la plata olímpica un año más tarde tras caer en la final contra la Garra Charrúa. Esa final ante los vecinos orientales acrecentó más si cabe una rivalidad salvaje que tendría continuidad en la primera Copa del Mundo de la historia, celebrada en Uruguay en 1930. 

En ese torneo, Monti ya era una de las estrellas de la albiceleste junto a Carlos Peucelle y Guillermo Stábile.

La albiceleste debutó en el Mundial de Uruguay con un triunfo por la mínima ante Francia. El único gol del encuentro y el primero de Argentina en la Copa del Mundo lo metió Monti de falta directa. Aún anotaría el centrocampista el primer tanto argentino en las semifinales antes los Estados Unidos (6-1), para marcar un hito histórico que se vería empañado más tarde, en la final que disputarían argentinos y uruguayos en el estadio Centenario de Montevideo.

Cuentan las crónicas que los jugadores de la selección argentina habían sido hostigados por los aficionados charrúas durante todo el torneo, plantándose en la puerta de su hotel hasta altas horas de la madrugada para impedirles descansar y abucheándolos si se los encontraban por la calle. Parece ser que con Monti llegaron un poco más lejos y le enviaron anónimos amenazando con matarlos a él y a su madre si Argentina ganaba la final del Mundial.

El día de la gran cita Monti no fue el tipo duro y rocoso de siempre. Algunos compañeros cuentan que al descanso, con 1 a 2 en el marcador a favor de la albiceleste, el centrocampista andaba como un fantasma en el vestuario, descompuesto y con el rostro desencajado. 

Monti con la albiceleste en el Mundial de 1930.

El caso es que Uruguay remontó el partido en la segunda mitad para levantar ante su público la primera Copa del Mundo de la historia (4 a 2) y en Argentina la tomaron con Monti. Al que fuera un auténtico ídolo de ese primer fútbol a caballo entre el amateurismo y el profesionalismo lo tildaron los medios de arrugado, de cobarde y de cagón y se cebaron con él de tal manera que no tuvo muchas dudas a la hora de aceptar una oferta de la Juventus de Turín en 1931 para mudarse a tierras transalpinas.

***

Italia había sido escogida como sede para la celebración del Mundial de 1934 y Mussolini estaba obsesionado con ganar ese torneo. El Duce había vislumbrado el poder del fútbol entre las masas y quería aprovecharlo. Así que desde la Federación Italiana, con mandato expreso del Jefe del Estado, se intentó confeccionar el mejor equipo posible desde muy pronto y una de las decisiones que se tomaron fue la de convencer a los mejores jugadores para traerlos a la Liga Italiana y convertirlos en oriundi. Nacionalizarlos, vaya, y que jugaran para la azzurra a las órdenes de Pozzo.

Fue en ese contexto como Luis Monti fue contratado por la Juventus de Turín. Así que Doble Ancho se vistió de bianconero para la campaña 1931-32 y ese mismo año de 1932 ya debutó con la selección italiana. También lo harían sus compatriotas argentinos Raimundo Orsi, Attilio de María y Enrique Guaita y el brasileño Anfilogino Guarisi.

Monti llegó a Turín con 30 años, pasado de peso y con problemas físicos a causa de las lesiones. De hecho, los aficionados de la Vecchia Signora, al verlo en el equipo, se preguntaban en voz alta si ése era el gran Monti del que tanto habían oído hablar o si les habían engañado y les habían enviado a otro. Pronto saldrían de su error. Justo el tiempo que tardó Monti en volver a ponerse como un toro. De hecho, la Juventus enganchó un ciclo triunfal con Monti en el equipo que le llevó a dominar el fútbol italiano con puño de hierro entre 1931 y 1935.

La Juventus de Turín, con Monti, en la temporada 1931-32.

Luis Monti, por los años y por un físico mermado por las lesiones, pasó a jugar en posiciones más retrasadas y en la selección de Pozzo se convirtió en una pieza indispensable para el engranaje defensivo del equipo y para sacar el balón rápido en ataque hacia el gran Giuseppe Meazza, del Inter de Milán, y el indetectable Angelo Schiavio, del Bologna. 

Y es que Vittorio Pozzo había reformulado el concepto de la WM clásica para convertirla en una MM, una WW o un 2-3-2-3. Los italianos le llamaban Il Método, y era una especie de embrión de lo que más tarde sería el catenaccio. Pozzo obligó a los dos marcadores a abrirse y adelantó la posición del tercer central para colocarlo justo por delante de los centrales, escoltado por otros dos interiores para controlar mejor el centro del campo. Ese central adelantado en la Italia de Pozzo era Doble Ancho.

El problema es que Monti, duro de pelar en todos los encuentros y en todas las canchas excepto en la final del Mundial de 1930, en un partido en el que la Vecchia Signora se jugaba el título de 1932 ante el Bologna, no dudó en pisotear la rodilla de Angelo Schiavio cuando el delantero estaba en suelo. Schiavio, el mejor goleador italiano del momento, se tuvo que retirar totalmente roto, insultando a Doble Ancho con todos los adjetivos posibles y prometiendo venganza. La Juventus remontó ese partido ante 10 hombres para ganar el Scudetto y Monti se ganó un enemigo eterno en la figura de Schiavio.

Pero entonces llegó Pozzo, que sólo tenía en mente ganar el Mundial y que no quería prescindir de ninguno de los dos futbolistas, los convocó a ambos y, ante la sorpresa de todos los seleccionados, les obligó a compartir habitación en la concentración de la azzurra. Dicen que la tensión duró unos cuantos días, pero a partir de ahí se hicieron amigos para siempre.

Monti en el Mundial de 1934.

En esas estaban, preparándose para un Mundial en el que no estaría Uruguay, la campeona del Mundo, como represalia por la ausencia de la mayoría de selecciones europeas en el Mundial anterior celebrado en su tierra. Pero sí estaría la Austria de Sindelar y Bican, el Wunderteam, y también Hungría, Checoslovaquia o España, huesos duros de roer para una azzurra que tenía la presión y la responsabilidad de ganar la Copa del Mundo ante su público. 

Y más cuando Mussolini apretó las tuercas a los responsables de la Federación Italiana de Fútbol recordándoles que para él no cabía otra cosa que la victoria. Así le transmitió el mensaje a Giorgio Vaccaro, el presidente de la Federación:

—No sé cómo lo hará, pero Italia debe ganar este torneo—. Mussolini, sin pelos en la lengua.
—Haremos todo lo posible, se lo prometo—. Que responde Vaccaro intentando salir airoso del apuro. Pero Benito lo ató en cortito.
—No me ha entendido bien, general. Italia debe ganar este torneo. ¡Es una orden!—. Ahora, sí. Clarísimo. Al pan, pan, y al vino, vino.

***

El debut de Italia en su Mundial fue plácido, ya que el enfrentamiento ante Estados Unidos resultó ser casi un entrenamiento para los transalpinos. El choque acabó con victoria de los anfitriones por 7 goles a 1 sin prácticamente despeinarse, pero en el horizonte de los cuartos de final se oteaba a la selección española, capitaneada por Zamora en la portería y con Lángara como gran estrella en ataque, bien secundado por Gorostiza, Regueiro y Lafuente.

En Florencia, Monti se vistió de gladiador y se cargó a medio equipo español. Aún así, Luis Regueiro adelantó a los españoles y Ferrari empató para Italia antes del descanso en una jugada en la que el portero español recibió dos puñetazos, el árbitro belga Louis Baert hizo amago de anular el tanto, pero decidió darlo por válido ante el estupor de los españoles y el júbilo de los 35.000 aficionados italianos presentes en el estadio. Ni en la segunda mitad ni en la prórroga se movió el marcador, así que se habría de jugar un segundo partido de desempate en el mismo estadio.

En ese segundo partido que decidiría quien se metía en semifinales, no pudieron jugar con España Zamora, con dos costillas rotas, Ciriaco, Fede, Gorostiza, Iraragorri, Lafuente y Lángara. Doble Ancho, que a partir de ese día fue apodado también el León Azul y el Terror, sí saltó al césped del Giovanni Berta de Florencia. 

Y lo hizo dejando claro quién mandada allí, tras enviar a los vestuarios a Bosch tras dos entradas durísimas y noquear minutos más tarde a Quincoces. Como no se permitían cambios, España jugó con nueve hombres y no pudo contrarrestar el polémico tanto que Meazza había anotado a los once minutos de partido y que clasificaría a Italia para las semifinales ante el Wunderteam austríaco. Un rival menos, un respiro más.

La selección italiana que se midió a España realiza el saludo fascista.

Esto dijo Raimundo Orsi, uno de los oriundi que disputó aquel encuentro: “Menos mal que ganamos ese partido. Mejor dicho, ganó Monti. Les pegó a todos, creo que hasta al seleccionador español. Para colmo, el árbitro no vio nada en el gol de Meazza, que había hecho una falta grande como una casa, y los españoles lo querían matar. Pero eligió bien. Si lo anulaba lo iban a matar los italianos”. Más claro, agua.

***

En las semifinales, unos austríacos cansados tras dos partidos complicados ante Francia (3-2) y Hungría (2-1) no pudieron resistir ante la potencia italiana. Doble Ancho se pegó a la estrella austríaca Sindelar y no le dejó respirar en todo el encuentro. Guaita hizo el resto anotando el tanto que metía a la azzurra en la final de su torneo. Enfrente, Checoslovaquia. Y justo al lado, recordando a los futbolistas italianos que habían de ganar sí o sí, Mussolini.

Porque el Duce volvió a entrar en escena y, aparte de cenar con el árbitro sueco Ivan Eklind que pitó la semifinal ante Austria y que, curiosamente, también arbitraría la finalísima ante Checoslovaquia, quiso aumentar la motivación de sus hombres con un discursito previo a la final en el que les recordaba que se trataba de vencer o morir, así, sin más. 

Algo parecido a esto cuentan que les dijo: “Señores, si los checoslovacos son correctos, seremos correctos. Pero si nos quieren ganar de prepotentes, el italiano debe dar el golpe y el adversario, caer. Buena suerte para mañana, y no se olviden de mi promesa”. La promesa era un telegrama anterior de Benito a los jugadores que sólo decía: “Vencer o morir”.

Al descanso, checoslovacos e italianos empatan a cero. El Duce considera necesario recordar su promesa y baja al vestuario a hablar con Vittorio Pozzo. “Que Dios le ayude si llega a fracasar”, le espeta al seleccionador. Y lo cierto es que el fracaso estuvo muy, muy cerca, porque a falta de veinte minutos para el final del encuentro Checoslovaquia se adelanta en el marcador con un gol de Puc que deja helado a todo el estadio y totalmente groguis a los futbolistas italianos. 

Doble Ancho entonces se encomienda al Altísimo, a todos los santos y a todos los dioses paganos. Habla con todos los futbolistas uno por uno, los anima y los levanta. Hay que empatar como sea. Y la tragedia sobrevuela Roma durante 10 larguísimos minutos, los que tarda Orsi en empatar la final cuando casi expiraba. Vida extra para Italia.

Y esa vida extra no la iban a desaprovechar los transalpinos, que derrotaron a Checoslovaquia con un tanto de Schiavio a los cinco minutos del primer tiempo de la prórroga. El gran ariete del Bologna había sacado fuerzas de la nada para regatear al defensa checo Josef Ctyroky y batir al gran Planicka con un remate ajustado al palo.

El gol hizo estallar de júbilo a todo el estadio mientras los futbolistas italianos se encargaron de resistir el resto de la prórroga para levantar por primera vez en su historia una Copa del Mundo y, de paso, evitarse un tremendo mal trago. 

Italia celebra su primera Copa del Mundo en 1934.

***

Tras el Mundial, a Monti aún le quedaron unos años de fútbol en la Juventus, con la que ganó la Copa de Italia en 1939, pero a partir de 1936 ya no vestiría más la casaca de la azzurra y no disputó el Mundial de Francia 1938 que, ya sin ningún oriundi, volvió a ganar la Italia de Pozzo

Tras su retirada, Doble Ancho entrenó un puñado de equipos en Italia antes de regresar definitivamente a Argentina para seguir ejerciendo como técnico unos cuantos años más.

Siempre que podía, resumía su experiencia en los Mundiales con una frase que ha pasado a la posteridad: “Si en Uruguay ganaba, me mataban y si en Italia perdía, me fusilaban”. Por suerte para él, hizo en cada uno de los dos casos lo que se le pidió. 

O simplemente pasó así... 

El caso es que Monti vivió hasta 1983, cuando, con 82 años, no pudo sobrevivir a un infarto. Ese día, entre los múltiples mensajes de condolencia, su familia recibió un telegrama desde Bologna. Era de Angelo Schiavio, el enemigo que se convirtió en amigo y que con su gol les salvó la vida a todos.

lunes, 4 de julio de 2022

Josef Bican, la leyenda olvidada del máximo goleador de la historia

En el zoo de Praga, una instalación que ocupa cuarenta y cinco hectáreas al norte de la capital bohemia, un señor alimenta con mimo a algunos animales. Estamos a mitad de la década de los setenta. El empleado está dando de comer a los caballos de Przewalsk, una especie en peligro de extinción que encuentra en Praga una posibilidad de recuperación.

Un visitante se acerca de la mano de su hijo. Siempre les han encantado los caballos y verlos de cerca les apasiona. Cuando llegan a la altura del trabajador, el hombre suelta la mano de su hijo y lo mira descaradamente, le suenan de algo sus facciones, quizá le recuerden a alguien que conoce o conoció. No lo sabe con seguridad.

De repente, otro empleado del zoo se acerca y lo saluda por su cariñoso apodo.

"¡¿Cómo va eso, Pepi?!", le dice.

Al visitante se le quitan todas las dudas de golpe, a la vez que se le abre mucho la boca en un gesto que no puede acabar de controlar. Su hijo lo mira sorprendido.

"¿Quién es ese señor, papá?", le pregunta.

El padre no responde enseguida. 

Está asimilando que tiene ante sí a Josef Bican, Pepi, para muchos el máximo goleador de la historia del fútbol y un auténtico mito en tierras danubianas, especialmente en Chequia, Eslovaquia y Austria.

Josef Bican, la leyenda olvidada.

***

Josef Bican nació el 25 de septiembre de 1913 en Viena, ciudad a la que se había mudado su familia procedente de Praga tan sólo unos pocos años antes. Entonces la ciudad era la capital de un Imperio Austro Húngaro que estaba a punto de caer como un castillo de naipes. Lo haría en 1918, con el fin de la Gran Guerra, dejando en su lugar los nuevos estados de Austria, Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia.

En las calles del humilde barrio de Quellenstrasse, el pequeño Pepi, que así le llamaban cariñosamente sus conocidos, le daba patadas a una pelota de trapo. Casi siempre descalzo, para no desgastar las zapatillas y porque la familia no podía permitirse comprar unas botas. 

La pasión por la pelota la heredó de su padre, Frantisek Bican, quien jugó en el Hertha de Viena antes de la guerra, sobrevivió al conflicto y siguió jugando al fútbol, con la mala fortuna de sufrir un mal golpe en un encuentro que le destrozó el riñón y acabó provocándole la muerte en 1921, cuando Josef sólo tenía 8 años. 

Pero ni siquiera esta terrible experiencia alejó a Pepi del fútbol. 
Si acaso, lo acercó todavía más.

Dicen y escriben quienes lo vieron que el chico era un futbolista excelente, un jugador muy completo, muy fuerte y muy rápido. Rapidísmo. Se dice que corría los 100 metros en 10,8 segundos, tan sólo 3 décimas por encima del récord del mundo del hectómetro en aquella época. 

También destacan su excelente manejo del balón, delicado, suave, preciso, y una facilidad increíble para leer el juego en toda su dimensión. Y además tenía un buen remate de cabeza y era ambidiestro, hasta el punto de lanzar los penaltis con cualquiera de las dos piernas.

Esta joya empezó jugando a los 12 años en la cantera del Hertha de Viena, el equipo de su padre, y compaginaba estos partidos con otros en los que jugaba con equipos de las empresas Farbenlutz y Schustek en las que empezaba a trabajar. 

Hasta que el Rapid de Viena lo fichó con apenas 16 años. 
Del juvenil al amateur y de ahí al equipo profesional en unos cuantos meses.

La ascensión de Bican fue meteórica. Tanto, que debutó en partido oficial con el Rapid de Viena en 1931, en un partido que les enfrentaba al Austria de Viena, el equipo del mago Sindelar. La prensa de la época vendió el partido como el del choque generacional, el maestro Sindelar contra el alumno Bican. 

Ganó el equipo de Sindelar por cinco goles a tres. 
Pero todos los tantos del Rapid, los tres, los marcó Josef Bican. 

Esa primera temporada en el primer equipo del Rapid de Viena anotó ocho tantos en diez partidos de liga y cinco más en cuatro partidos de Copa. 

El equipo verdiblanco había encontrado el complemento perfecto a su otra gran estrella, el delantero Franz Binder, Bimbo, que jugó toda su carrera en el Rapid y se convirtió en el máximo goleador de su historia.

Franz Binder, Josef Bican y Matthias Sindelar con la selección austríaca.

***

Pepi siguió marcando goles para el Rapid de Viena y jugando fabulosamente bien al fútbol, por lo que Hugo Meisl lo hizo debutar con el Wunderteam en 1933. Fue el 29 de noviembre, en Hampden Park, en la primera visita al estadio escocés de una selección no británica. El choque acabó con empate a dos y Bican no marcó, pero sí lo hizo diez días más tarde en Ámsterdam ante Holanda, cuando se estrenó como goleador con Austria. 

Evidentemente, Meisl se lo llevó al Mundial de Italia en 1934, donde los austríacos eran uno de los máximos favoritos para conquistar la segunda Copa del Mundo de la historia.

En Italia, el Wunderteam no pudo alzar la Copa del Mundo, aunque conseguiría la mejor clasificación de su historia. Se emparejó con Francia en la primera eliminatoria. Los galos se adelantaron en el marcador, pero un gol del indetectable Sindelar llevó el partido a la prórroga. Ahí, Shall primero y Bican después dejaron en intrascendente el gol de penalti de Verriest cuando el tiempo extra languidecía. Austria se clasificó para los cuartos de final y Bican anotaba su primer y único tanto en una Copa del Mundo.

En cuartos de final el partido ante Hungría fue duro, tenso y difícil, pero volvió a caer del lado austríaco (2-1) y el Wunderteam se citaba contra Italia en las semifinales del torneo. 

Pero contra el equipo de Pozzo los austríacos no pudieron vencer. Demasiados obstáculos que superar: un equipo físico y muy bien ordenado tácticamente, un público hostil, Mussolini moviendo los hilos para beneficiar a su selección y un arbitraje parcial fueron demasiada montaña para escalar. Vencieron los transalpinos con el solitario gol de Guaita a un exhausto Wunderteam. 

El Wunderteam de Meisl volvió de Italia con el cuarto puesto.

Italia jugaría y ganaría la final del Mundial ante Checoslovaquia (2-1), mientras que Austria caería en el partido por el tercer y cuarto puesto ante sus vecinos alemanes (3-2).

***

A la vuelta de la Copa del Mundo, Bican conseguiría por fin el título de liga con el Rapid de Viena en la temporada 1934-35 pero, curiosamente, ése sería el cierre triunfal a su paso por el equipo verdiblanco. Por desavenencias con la directiva, Pepi se marchó al mayor rival del momento, el Admira Viena, con el que ganó dos ligas consecutivas (1935-36 y 1936-37) y conformó un equipo realmente temible.

Pero en ese instante, la vida de Josef Bican iba a dar un vuelco cuando decidió trasladarse a Sedlice (Checoslovaquia), el pueblo natal de sus abuelos. Familiar como era desde siempre, y más con la temprana muerte de su padre, no dudó un instante en mudarse a la tierra de sus ancestros para poder cuidar de su abuela. 

Nada más llegar, fichó por el Slavia de Praga, equipo con el que haría historia.

Bican fichó por el Slavia tras su regreso a Praga.

Atrás quedaban 71 goles en 63 encuentros con el Rapid de Viena y otros 24 en 31 partidos con el Admira. A esos habría que sumar los 14 tantos que marcó con la selección austríaca 19 partidos (entre oficiales y amistosos). 

Y ahí se quedaría su marca, porque Josef Bizan se nacionalizó checoslovaco y se enfundó la camiseta de su nueva selección, y más viendo que Alemania estaba a un solo paso de anexionar Austria y reclamaba que los mejores austriacos jugaran el Mundial de 1938 con la Mannschaft

Porque Bican, de origen bohemio, tenía muy claro que no jugaría nunca para la Alemania nazi. Odiaba los totalitarismos y, si podía, los combatía, aunque fuera a través del fútbol.

Lo que aún no sabía es que tampoco jugaría nunca un Mundial con Checoslovaquia, ya que un error burocrático no le permitió nacionalizarse a tiempo para la disputa del torneo en tierras francesas, aunque él ya había debutado en un puñado de partidos con la selección y ya había hecho unos cuantos goles.

Checoslovaquia, finalmente, asistió al Mundial de Francia a defender el segundo puesto obtenido cuatro años antes, pero no pudo pasar de cuartos de final. El partido ante Holanda acabó sin goles, pero en la prórroga los checoslovacos hicieron tres para pasar a cuartos, donde esperaba la Brasil de Leónidas, Tim y Brandao. 

El choque entre brasileños y checoslovacos acabó en empate a uno. Fue duro y violento y pasó a la historia con el nombre de la Batalla de Burdeos. 

En el partido de desempate los brasileños impusieron su calidad para vencer por dos a uno con la aportación sensacional de su estrella Leónidas. 

Planicka se estira en el partido decisivo de Checoslovaquia ante Brasil.

Checoslovaquia, sin Bican, volvía a casa, mientras que los brasileños pagarían con creces la osadía de no alinear a Leónidas ante Italia en semifinales (2-1) y acabaron terceros tras derrotar a Suecia (4-2) en la final de consolación.

Al poco de acabar el Mundial, Hitler invadió los Sudetes y dividió Checoslovaquia en dos partes: el protectorado de Bohemia y Moravia por un lado y la República de Eslovaquia por el otro. En ese lapso de tiempo, el bueno de Bican estrenó la camiseta de otra nueva selección, la tercera para él, la de Bohemia y Moravia, con la que disputó seis encuentros y anotó nueve tantos. 

De esos partidos, el más recordado por Pepi fue el que disputó en noviembre de 1939 ante la Alemania nazi, porque acabó en empate a cuatro con tres tantos suyos.

A la conclusión de la guerra, Pepi volvería de nuevo a vestir la camiseta de la selección checoslovaca, con la que acabó disputando un total de deiciséis partidos y anotó dieciocho goles, aunque, por desgracia, sin la posibilidad de disputar ningún torneo internacional en una época de dura postguerra. 

Bican es el capitán de Checoslovaquia ante Polonia en 1947.

Cuando volvió la Copa del Mundo a Brasil en 1950, Bican ya tenía 37 años y se acababa de despedir de una selección que, además, decidió no disputar el torneo.

***

El caso es que en el Slavia de Praga encajó como un guante desde su llegada en la temporada 1937-38 y firmó unos registros goleadores prácticamente irrepetibles desde el primer día que se enfundó la casaca rojiblanca. 

En sus dos primeras campañas anotó 61 goles y se convirtió en el máximo goleador del torneo, título que conseguiría tres veces consecutivas más, aunque el equipo no pudo levantar el título de liga. 

Eso vendría más tarde, a partir de 1940, cuando el conjunto sesivaní, como se le conoce al Slavia, iba a dominar con puño de hierro el campeonato sustentado en los goles de Pepi. Cuatro ligas seguidas desde 1940 a 1943 y otra más en 1947 convirtieron al equipo de la burguesía de Praga en una auténtica leyenda.

Josef Bican metió goles de todos los colores con el Slavia de Praga.

Para entonces, el nuevo régimen comunista que se estableció en Checoslovaquia ya tenía a Bican y a su equipo entre ceja y ceja. Al equipo porque siempre había representado a la burguesía de Praga en claro contraste con el Sparta, que era el club de los obreros. Al jugador porque nunca ocultó que era absolutamente contrario a los totalitarismos y que no quería saber nada ni del fascismo ni del comunismo. 

Además, Pepi había renunciado a fichar por la Juventus de Turín creyendo que Italia acabaría adoptando el régimen comunista después de la guerra. 

Se equivocó. El comunismo estaba justo en la puerta de su casa. 

Así que, cuando llegó el nuevo régimen, el futbolista decidió no afiliarse al partido. Y el partido decidió que un ídolo de masas que no comulgaba con sus ideas no era un buen ejemplo para el pueblo. Y se lo hizo pagar.

En 1948, el ejército había fundado un nuevo club de fútbol, el ATK Praga, más tarde Dukla Praga, que estaba condenado a ganar todos los torneos en los que participara sí o sí. Ese año, por si acaso, Bican salió del Slavia por la puerta de atrás y fichó por el Zelezarny Viktovice, el club de la industria del acero de Ostrava, entonces en Segunda División.

Y, por increíble que parezca, Pepi volvió a triunfar. Anotó 40 goles en 21 partidos y el equipo ascendió a Primera. El Zelezarny era recibido en todos los estadios al grito de “Bican, Bican”, mientras las autoridades se mesaban las barbas, los bigotes y los cabellos. Todo en uno. 

La campaña siguiente, Pepi volvió a ser el máximo goleador de la primera división jugando en el recién ascendido Zelezarny Viktovice que, evidentemente, conservó la categoría, aunque Bican volvió a Segunda División para jugar con el Skoda Hradec Králové.

El motivo era simple. 
Demasiado ruido. 

Los dirigentes lo querían lejos de Praga (la propaganda lo tildaba directamente de “burgués austríaco” en tono despectivo) y el secretario del Hradec Králové trabajaba de contable en la planta de Skoda, así que le ofreció trabajo a Bican en la fábrica, donde se ocupó también de la educación de los aprendices. 

Y compaginó las dos cosas con ser entrenador y jugador del Hradec Králové. De repente, el equipo, como antes hiciera el Zelezarny Viktovice, llenaba todos los campos donde jugaba porque todo el mundo quería ver y ovacionar al gran Bican que, una vez más, no decepcionó: marcó 60 goles en 34 partidos.

A la conclusión de esa temporada volvería al Slavia para cerrar el ciclo y colgar las botas en el equipo de su vida. Entonces, ya en 1953, al equipo le habían cambiado el nombre. Ahora era el Dynamo de Praga. Y ahí que llegó Pepi para ser entrenador-jugador. Al régimen ya no le importaba demasiado lo que hiciera el Slavia porque ya no era rival para el Dukla Praga, que ganó ese mismo año la primera de sus ocho ligas entre 1953 y 1966.

Josef Bican aguantó tres campañas más como entrenador-jugador antes de retirarse a los 42 años con un registro estratosférico: once temporadas en el Slavia en las que marcó 534 goles en 271 partidos y ganó cinco ligas, tres copas y una Copa Mitropa (el germen de la Copa de Europa en los países del Este, el equivalente a la Copa Latina en el Sur del Continente). 

Pepi regresó al Slavia de Praga en 1953 para seguir marcando goles.

Pepi había ganado la última liga con el Slavia en la temporada 1946-47 y el club no volvería a ganar ni una sola liga más en todo el periodo comunista de Checoslovaquia. Volvió a levantar el título cuando el país se había dividido de nuevo en la República Checa y Eslovaquia. 

Fue en la temporada 1995-96. 
Habían pasado cuarenta y nueve años desde el último título.

***

Al final, Josef Bican se pasó diecinueve años dándole patadas a un balón. Casi siempre, para meterlo en el fondo de las mallas. La Rec.Sport.Soccer Statistics Foundation (RSSSF) le atribuye un total de 805 goles en 530 partidos que le convierten en el segundo máximo goleador de la historia del fútbol. 

El primero, a partir de marzo de 2022, es Cristiano Ronaldo, a quien le sumaban entonces 815 goles, aunque en 1121 partidos (¡¡más del doble que Pepi!!). El tercero sería Messi, con 769 en 974 partidos, y el cuarto Pelé, 769 goles en 815 partidos (48 tantos menos que Bican y 285 partidos más). 

Además, hemos de tener en cuenta que esta lista sólo contabiliza los goles marcados en partidos oficiales y no en los amistosos, que antes eran muchos más que ahora. 

Si así fuera, Pepi sumaría 1.468 goles en 918 partidos. 
Una cifra prácticamente inalcanzable.

La Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS) maneja otros registros, porque solo cuenta los goles marcados en partidos de la máxima categoría, o sea, de la primera división de cada uno de los países. 

Así, la suma de Pepi asciende a 518 goles. 

Sea como sea, su promedio de goles por partido está en cualquiera de los casos en torno al 1’5, lo que supone el mejor de toda la historia del fútbol (el de Cristiano Ronaldo se queda en 0’73, el de Messi en 0’79 y el de Pelé en 0’97). 

Josef Bican a punto de marcar con la selección de Checoslovaquia.

Eran otros tiempos, otro fútbol y otros jugadores, pero los números son los que son. 
Y son números de una auténtica leyenda, quizá desconocida, pero leyenda.

***

Tras la retirada definitiva, compaginó el entrenamiento de diversos equipos con otros oficios tan distintos como conductor de autobuses o empleado del zoológico de Praga. Como desafecto al régimen no tenía derecho a un trabajo administrativo y se tuvo que buscar la vida. 

Como todos. 

Porque Bican fue uno de los goleadores más importantes de la historia, sí, pero también un tipo honesto, honrado y trabajador que se ganó en el campo y fuera de él el respeto y la admiración de la gente.

Mientras duró el régimen comunista en Checoslovaquia, el reconocimiento a los méritos de Bican no fue posible. Era un personaje defenestrado por el régimen y sólo se recordaba de puertas para adentro, en un rincón oculto de la memoria de quienes lo vieron jugar, lo aclamaron y lo disfrutaron, pero con la caída del Telón de Acero todo cambió. 

Y cambió tanto que el 8 de abril de 1998 la astrónoma checa Lenka Kotková, gran descubridora de asteroides, bautizó la roca galáctica 10634, descubierta en el Observatorio de Ondřejov, con el nombre de Josef Bican, que se convirtió, literalmente, en el primer galáctico. Bastante antes de que Florentino Pérez los hiciera famosos fichándolos para el Real Madrid.

A Josef Bican le dio tiempo a contemplar estas muestras de cariño, pero poco, porque murió en diciembre de 2001, a los 88 años, de un ataque cardíaco.

***

En la primera década del siglo XXI, un señor recorre con aire sosegado el cementerio Vyšehrad de Praga de la mano de su hijo. Allí reposan los restos de personajes célebres de Praga como el premio Nobel de Química Jaroslav Heyrovský, el escritor Jan Neruda o el pintor Alfons Mucha. 

El niño lleva en su mano un ramo de flores. Los dos, padre e hijo, se paran finalmente ante una tumba.  Honran la memoria del que allí descansa en un respetuoso silencio. 

El rito concluye con el niño depositando las flores en su tumba. Son rojas y blancas. De los colores del Slavia de Praga. 

Tumba de Josef Bican en el cementerio de Praga.

Y el mausoleo es el de Josef Bican, Pepi, el gran goleador de la escuela danubiana. 

Porque uno no se acaba de ir del todo si tiene quien le recuerde.

jueves, 5 de mayo de 2022

El Wunderteam de Meisl y Sindelar se queda sin corona en Italia 34

En un café de Viena, a principios de los años 20, después del desastre que supuso para el mundo la Gran Guerra, dos tipos ya curtidos en mil batallas se sientan al calor de un par de tazas de té. Tienen ambos pinta de despistados, de quien está, pero no está, atento a veces al otro y las más de las veces con la mirada ausente, más pendientes de sus propios pensamientos y reflexiones. Ambos cubren sus cabezas con un elegante bombín. Y las reflexiones que les perturban tienen que ver con el fútbol.

Uno nació en Malesov, un pequeño pueblo que hoy forma parte de la República Checa, pero que en 1886, año de su nacimiento, pertenecía al extinto Imperio Austrohúngaro. El otro es inglés, de origen irlandés, y nació en Nelson, una localidad del condado de Lancashire, apenas cuatro años antes que su acompañante. 

A los dos les une una pasión desmedida por un deporte en auge que está empezando a enfervorizar a las masas: el fútbol. 

¿Sus nombres? El inglés, Jimmy Hogan. El austríaco, Hugo Meisl.

Jimmy Hogan revolucionó el fútbol a principios de siglo XX.

Hugo Meisl fue el mejor discípulo de Jimmy Hogan.

Sobre los hombros del segundo, y en gran parte gracias al primero, recae el honor de haber construido uno de los equipos más admirables de la historia del fútbol, una selección innovadora en el estilo de juego y revolucionaria en lo táctico, que apostó por bajar la pelota al suelo y jugar el balón al pie, con cambios constantes de posición de sus jugadores y una velocidad de ejecución extremadamente alta para la época. 

Se trata del “Wunderteam”, el equipo maravilla, que asombró al mundo a finales de la década de los 20 y, sobre todo, durante la primera mitad de los años 30.

Una selección que, como muchos de esos grandes equipos que han cambiado la historia del fútbol, se quedó sin corona. Como los Mágicos Magiares húngaros en 1954, la Naranja Mecánica de 1974 y 1978 o la Brasil de Telé Santana de 1982. La Austria de Hugo Meisl fue la primera selección que escribió su nombre en esa ilustre lista de grandes campeones que realmente nunca lo fueron.

Y es que esa Austria de Meisl se mantuvo prácticamente dos años imbatida (entre principios de 1931 y finales de 1932) y se presentó en la Copa del Mundo de Italia de 1934 como una de las principales favoritas a llevarse el título. Las victorias que avalaban esa candidatura no eran moco de pavo. 

Los austriacos habían goleado a Escocia por 5 a 0 en el primer encuentro que perdieron los británicos fuera de las islas en su historia. También habían barrido a Alemania en Berlín (0-6) y nuevamente en Viena (5-0) y habían avasallado a sus vecinos de Hungría (8 a 2) antes de llegar al Mundial. 

Pero en Italia, las cosas no saldrían como esperaban…

La selección de Austria que compitió en el Mundial de Italia de 1934.

¿Cuáles fueron los orígenes de esta Austria maravillosa que ha pasado a la historia como el “Wunderteam”? ¿Quién la creó y hasta dónde llegó en su propuesta estética e innovadora en el mundo del fútbol? ¿Por qué aún recordamos, en pleno siglo XXI, a aquel equipo que no levantó ningún trofeo? 

Será mejor empezar por el principio.

***

En las décadas 20 y 30 del siglo pasado, el fútbol en Austria era casi una religión. De hecho, en aquella época, tras Gran Bretaña, Austria era la nación con mayor afición al fútbol. Unos aficionados preferentemente burgueses que empezaban a tener conocimientos suficientes como para empezar a reclamar una evolución en el juego, una manera distinta de practicarlo más acorde a su modo de ver la vida y de disfrutar de la vida.

De ahí saldría la Escuela Danubiana que, en realidad, hundía sus raíces en Escocia, en lo que había sido conocido a fines del siglo XIX como el “Combination Game” (Juego de Asociación). A diferencia de Inglaterra, donde se practicaba el “Kick and Rush” (Juego Directo), la Austria de Hugo Meisl se vería fuertemente influenciada por la esencia del pase y el dominio de la técnica por encima de la fuerza que habían pregonado algunos equipos escoceses. Y la persona clave para que todo esto pasara fue el inglés Jimmy Hogan.

Hogan había sido un jugador de poca fortuna antes de la Gran Guerra, pero, en cambio, se había convertido en un experto en el juego, a base de analizar y corregir con obsesión casi enfermiza sus propios fallos y los de sus compañeros en su época de jugador. Su capacidad de análisis y su perfeccionismo le convirtieron en un técnico revolucionario para la época. 

Y, como apuntábamos, muy pronto se desligó de la filosofía inglesa del juego directo para apostar con fervor por el juego a ras de suelo y el fútbol creativo y asociativo, el del pase corto y al pie, con lo que empezó a preocuparse (y a obsesionarse) por la calidad técnica de los jugadores y por cómo enfocar esa técnica individual en beneficio de todo el colectivo.

En una gira de pretemporada de su equipo, el Bolton, por Holanda, el británico quedó prendado de la técnica individual de los jugadores del equipo holandés al que se enfrentaron, el Dordrecht, al que vencieron los ingleses por diez tantos a cero, y se le metió entre ceja y ceja que tenía que entrenar a ese grupo de futbolistas tan buenos individualmente, pero tan sumamente limitados en lo colectivo. 

Así que poco más tarde, en 1910 y con sólo 28 años, se trasladó a Holanda para entrenar al Dordrecht. Empezaba así una trayectoria como entrenador que en el continente le convertiría en un mito, mientras que en sus Islas lo convertiría en una especie de proscrito, un traidor que había manchado la esencia del fútbol.

Hogan confeccionó una selección holandesa que derrotó a Alemania en 1910.

Finalizado su periplo en los Países Bajos y con ganas de seguir jugando al fútbol un poco más, volvió al Bolton como jugador, aunque pronto haría de nuevo las maletas para buscar trabajo como técnico en el continente. 

Intentó buscarse las habichuelas en Austria y entró en contacto con la Federación, donde conoció a un hombre llamado Hugo Meisl, que, por aquel entonces, era el secretario de la Federación Austriaca de Fútbol. Nuestros dos personajes pronto encajaron y se unieron para darle una vuelta de tuerca al fútbol austriaco y, en general, a todo el fútbol europeo.

Juntos, Hogan como seleccionador y Meisl como coordinador, emprendieron el cambio en la selección de Austria, con la mente puesta en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1916. Hoogan apostaba por el perfeccionamiento del control y del pase, por la velocidad de movimiento de pelota del equipo, más que por las acciones individuales y, desde luego, mucho más que por el juego en largo sin sentido. 

No pensaba cambiar el sistema imperante de la época, la famosa Pirámide o 3-2-5, pero sí hacer que el juego fluyera y que la pelota se moviera rápidamente y sus jugadores también, con constantes cambios de posición. 

Cuando todo parecía funcionar, el estallido de la Primera Guerra Mundial dio al traste con los planes de los dos innovadores para la selección austriaca. Evidentemente, los Juegos Olímpicos de 1916 se cancelaron. 

Meisl fue reclutado por el ejército del Imperio Austrohúngaro y Hogan emigró a Hungría para hacerse cargo del banquillo del MTK Budapest.

Jimmy Hogan se hizo cargo del banquillo del MTK Budapest.  

Los caminos de los dos amigos se separaron momentáneamente, pero la semilla ya había germinado y, a la conclusión de la Gran Guerra, Meisl pondría en práctica los métodos que Hogan seguía aplicando en Hungría para convertir a Austria en una de las mayores potencias futbolísticas de la primera mitad de la década de los 30. Por su parte, las ideas de Hogan empezaron a triunfar en tierras magiares y supusieron el germen del equipo que 20 años después asombraría al mundo: la Hungría de Gusztáv Sebes.

Así pues, Meisl volvió a la selección austriaca y fue formando a los jugadores seleccionados en esa idea futbolística que había aprendido del británico. Fue conformando una selección totalmente impregnada de ese nuevo concepto futbolístico que se forjaría en la parte final de la década de los 20 para convertirse en un auténtico equipazo en los primeros años 30. 

Una forma de jugar que empezaba a tener ingredientes de lo que más tarde se conocería como fútbol total: presión alta en campo contrario a la salida del balón, movimiento constante de sus futbolistas y una querencia admirable por el fútbol de ataque basado en el balón al pie, en una técnica impoluta en el control y el pase de los futbolistas y todo al servicio del equipo, priorizando los pases milimétricos y las paredes sobre la aventura de los regates.

Los encargados de plasmar en el campo estas nuevas ideas eran unos jugadores fantásticos.
Bajo palos, Peter Platzar. En defensa, Karl Sesta y Franz Cisar. El capitán Smistik, que no solo se dedicaba a cortar el juego del equipo rival, sino que manejaba el timón en el centro del campo, a los mandos. Arriba se encargaban de generar ocasiones y materializarlas los delanteros Karl Zischek, Johann Horvath y Anton Schall, pero, sobre todo, Josef Bican, un goleador impresionante. 

Y por encima de todos estos artistas figuraba Matthias Sindelar, apodado el hombre de papel y el Mozart del fútbol. Era el líder del equipo y se suponía que también el delantero centro, pero, en realidad, fue el primero que puso en práctica eso de ser un falso nueve.

Delgado, espigado y elegante, venía Sindelar de la posición de delantero centro a buscar la pelota en tres cuartos de campo, dejando sin marca a los centrales, y con una calidad impresionante surtía de balones a sus compañeros de ataque, además de hacer un montón de goles. Un precursor del mediapunta en los inicios de los años 30 que sorprendió a todos los amantes al fútbol.

El hombre de papel debutó con la selección de Austria a los 23 años, en 1926, en un encuentro con morbo ante la nueva vecina: Checoslovaquia. Sindelar hizo ese día el primer tanto de los 27 que marcaría en 44 partidos con su selección. Austria ganó 2 a 1 y el Mozart del fútbol ya no saldría más de los onces de Meisl.

Matthias Sindelar, el Mago del balón.

En 1930, el primer mundial de la historia se iba a disputar en Uruguay, pero Austria, como casi todas las selecciones europeas, renunció a jugarlo alegando el largo viaje a tierras sudamericanas y los gastos que acarrearía. 

Así que, mientras la Garra Charrúa se convertía en el primer campeón del mundo, en Europa era Austria la que llevaba la voz cantante. 

El equipo de Meisl jugó 31 partidos entre 1931 y 1934 y metió ¡¡102 goles!! 
Ganó 26 encuentros, empató 3 y perdió tan solo 2 antes del Mundial de Italia 34.

Y fue precisamente una de esas derrotas la que catapultó al equipo a la fama. 42.000 personas presenciaron en Stamford Bridge un partido que acabó con victoria de Inglaterra por cuatro a tres en diciembre de 1932. 

Pero el mundo entero se enteró de cómo jugaba ese equipo alpino y no se lo podía creer. Sindelar hizo un partido extraordinario, anotó un tanto y movió los hilos del ataque de su equipo, siempre indetectable. Karl Zischek hizo los otros dos goles. 

A su regreso a Austria, la selección fue recibida por una gran cantidad de aficionados en Viena. Curiosamente, una derrota confirmó el estilo de los de Meisl, que ya no estaban dispuestos a jugar de otra manera.

Austria demostraró en Stamford Brigde cómo se jugaba a fútbol.

***

Pero llegó el Mundial de 1934 en Italia, en un clima enrarecido por las presiones de Mussolini para que la azurra ganara el campeonato ante su gente. Los austríacos eran uno de los grandes favoritos, dada la ausencia del campeón Uruguay, junto a Hungría y, evidentemente, a Italia. De hecho, los pupilos de Meisl habían ganado a los transalpinos en un amistoso disputado en Turín por dos goles a cuatro. Pero la Copa del Mundo son palabras mayores.

Mientras los italianos se deshicieron sin problemas de la bisoña selección de Estados Unidos en la primera ronda eliminatoria (7-1), los austríacos necesitaron de una prórroga para batir a Francia. 

Los galos se habían adelantado en el marcador con un tanto de Jean Nicolas a los 18 minutos y, aunque Sindelar empató al borde del descanso, nadie fue capaz de desequilibrar el marcador en la segunda mitad. Ya en la prórroga, ante el cansancio de los franceses, el talento austriaco se tradujo en los goles de Toni Schall y Josef Bican, que sellaron el pasaporte a cuartos de final pese al último tanto del francés Verriest cuando la prórroga se acababa.

En cuartos de final se cruzaron dos de los grandes favoritos. 

Austria y Hungría lucharon por una plaza en semifinales que se llevaron los de Meisl al vencer por dos goles a uno con tantos de Horvath y Zischek. Sarosy anotó el tanto que metía el miedo en el cuerpo a los austriacos a falta de media hora para acabar el partido, pero el marcador ya no se movería más. 

Austria y Hungría protagonizaron uno de los partidos más tensos del Mundial.

El partido fue muy duro y los austriacos acabarían pagándolo caro, ya que perderían por lesión a Johann Horvath, jugador incansable que daba equilibrio al equipo y que no podría jugar la semifinal.

Y en la semifinal Austria se mediría a Italia, que necesitó de un arbitraje lamentable en Florencia para empatar ante España y de otro más en el partido de desempate que acabó con una polémica victoria italiana por un gol a cero. 

La batalla de Florencia quedó para los anales de la historia.

Pero en el partido más esperado del campeonato la suerte le fue esquiva a los de Meisl desde antes del inicio del partido. Un día de perros, un diluvio, un terreno de juego enfangado y en pésimas condiciones es lo que se encontraron los artistas austriacos el 3 de junio de 1934 a las cuatro y media de la tarde en Milán. 

Y todo ese cóctel perjudicaba a Austria, que solía jugar el balón por el suelo, y beneficiaba a Italia, más fajadora, más bregada, más física. 

Y los italianos lo aprovecharon, claro.

Pozzo envió al medio centro argentino (nacionalizado italiano especialmente para el torneo) Luis Monti a perseguir a Sindelar por todo el terreno de juego y cumplió el encargo a rajatabla. El hombre de papel no pudo desplegar su juego en ningún momento con Monti (subcampeón del mundo con Argentina en 1930) soplándole constantemente en el cogote. 

A partir de esa defensa empezó Italia a ganar el partido. 

Y se lo llevó finalmente con un tanto de otro argentino nacionalizado, Guaita, que anotó a los diecinueve minutos de encuentro un gol muy protestado por los austriacos, que aseguraban que Meazza había cometido falta sobre su portero Platzer. El tanto subió el marcador y los italianos jugaron a conservar su ventaja. 

Momento en el que Guaita hace el gol de la victoria para Italia.

Tuvieron un buen puñado de ocasiones los de Meisl, pero los italianos resistieron gracias a su equilibrio defensivo y a las paradas de Combi y accedieron a la gran final: allí ganaron a Checoslovaquia en la prórroga por 2 a 1 para alzar su primera Copa del Mundo. 

Austria no se levantó del mazazo que supuso la derrota en semifinales y también cayó por 3 a 2 ante Alemania en el partido por el tercer y cuarto puesto.

***

Dos años más tarde, en las Olimpiadas de Berlín de 1936, Austria volvería a tener otra oportunidad para demostrar que con su fútbol vistoso y ofensivo podían llevarse la medalla de oro. Evidentemente, no eran los mismos futbolistas que disputaron el Mundial, ya que a los Juegos no podían ir los profesionales, pero la idea futbolística era exactamente la misma. 

De hecho, el seleccionador de Austria en aquellas Olimpiadas fue Jimmy Hogan, que aterrizó en la selección alpina de la mano de su amigo Meisl y la puso en la final, donde se encontró, de nuevo, con la Italia de Pozzo. 

El partido por el oro acabó con empate a uno. 

Pero nada más comenzar la prórroga, Annibale Frossi, que ya había hecho el uno a cero durante el tiempo reglamentario, consiguió el gol de la victoria para la azzurra. 

Los de Meisl y Hogan volvían a quedarse sin premio por culpa del mismo rival: Italia.

La selección italiana saluda al público en Berlín tras ganar el oro.

***

Esos Juegos Olímpicos serían el último gran torneo que disputaría el “Wunderteam”. En febrero de 1937, Hugo Meisl moría en Viena a los 55 años, dejando huérfano a un equipo extraordinario y ya un poco envejecido al que el Tercer Reich le daría la puntilla definitiva.

La Alemania de Hitler se anexionó Austria el 12 de marzo de 1938, consumando el llamado Anchsluss ante la pasividad de toda la comunidad internacional, y la selección austriaca dejó de existir como tal hasta el final de la segunda guerra mundial.

Los nazis organizaron en Viena un partido de fútbol el 3 de abril de 1938 entre Alemania y Austria para celebrar el Anchsluss, en el que sería el último encuentro de esa gran selección, porque en el mundial de Francia, que estaba a la vuelta de la esquina, sólo jugaría Alemania (integrada también por algunos de los austriacos seleccionados por el entrenador Herberger).

En el partido del Anchsluss, los austriacos jugaron una primera parte bastante calmada, con sus típicas combinaciones y su juego elegante y preciso, pero sin muchas ganas de dar rienda suelta a su puntería, como si no quisieran ganar en un estadio repleto de gerifaltes nazis. 

Pero en la segunda mitad, los talentosos jugadores alpinos se decidieron a atacar con más intensidad, el Mozart del fútbol empezó su particular recital y los austriacos se impusieron con claridad por dos tantos a cero. Uno de ellos fue obra de Sindelar en su último partido con la selección.

Sindelar venció en su último partido con Austria.

A partir de aquí, se escribe la leyenda. 

Se dijo durante mucho tiempo que Matthias Sindelar celebró su gol con un baile en las mismísimas narices de los nazis presentes en el estadio. Algunos aseguraron incluso que Hitler estaba presente, pero está documentado que realmente se encontraba en Graz dando un discurso para celebrar la anexión. 

El caso es que no hubo tal baile por parte de Sindelar, simplemente un gol que celebró de manera más o menos normal. O eso escribe Camilo Francka en su libro “Matthias Sindelar, una historia de fútbol, nazismo y misterio” después de bucear durante más de un lustro en la vida del genial futbolista austriaco para elaborar su obra.

Todas las especulaciones vienen porque el Mozart del fútbol se negó a vestir la camiseta alemana. Y eso es totalmente cierto. El mismísimo seleccionador alemán, Sepp Herberger, confirmaría que se había reunido con él en dos ocasiones y en ambas le dio una negativa rotunda y clara a vestir la casaca alemana. Entre lesión y lesión (no sabemos si reales o fingidas) y la argumentación de que se retiraba, el futbolista eludió jugar con la Mannschaft. 

Una decisión que le granjeó la admiración de muchos de sus compatriotas y que lo convirtió en un ídolo entre la oposición austriaca a la anexión, a la vez que lo ponía en el ojo del huracán ante los nazis.

El caso es que Alemania se presentó en el Mundial de Francia de 1938 con algunos refuerzos austriacos como el portero Raftl, el defensa Schmaus o el centrocampista Wagner, pero no le sirvió de nada. 

Los germanos sufrieron para empatar contra Suiza en la primera ronda y acabaron cayendo en el partido de desempate disputado el 9 de junio por 4 a 2. Los helvéticos seguían adelante mientras los teutones volvían a casa a las primeras de cambio. 

Alemania cayó contra Suiza en su debut en el Mundial de 1938.

Al final, el Mundial volvería a ganarlo Italia, derrotando en la final por 4 a 2 a la otra gran selección de la Escuela Danubiana, Hungría.

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Apenas siete meses más tarde, el 23 de enero de 1939, un amigo de Sindelar, Gustav Hartmann, se dirigió a la casa que el futbolista compartía con su novia, la italiana Camilla Castagnola. No le abrieron la puerta y, alarmado, alertó a las autoridades. Se notaba un olor extraño en la vivienda. Cuando consiguieron forzar la puerta y entrar, Matthias y Camilla estaban muertos. La causa oficial: inhalación de monóxido de carbono por culpa de la mala combustión de una estufa.

Las especulaciones sobre la muerte del Mozart del Fútbol se sucedieron. Se dijo que había sido un asesinato ordenado por los nazis por su papelón en el Partido del Anschluss y por su negativa a disputar el Mundial de Francia con la selección alemana. 

También se especuló con que Sindelar y su pareja se hubieran suicidado en un acto patriótico tras ver en qué se había convertido su país con la anexión nazi. Hubo quien aseguró que el suicidio se había producido por la constante persecución a la que se veían sometidos por las nuevas autoridades nazis. 

Incluso se adujo que ambos eran judíos (Sindelar no lo era, era católico y de familia católica y practicante) y él un declarado antinazi (esto resulta mucho más difícil de saber).

Lo cierto es que Camilo Francka, el autor de “Matthias Sindelar, una historia de fútbol, nazismo y misterio”, ha negado la mayoría de estas especulaciones. Dice el autor que Sindelar no sólo no estaba siendo perseguido por los nazis, sino que lo consideraban un alemán más. 

De hecho, Matthias había adquirido un café en Viena pocos meses antes de su muerte aprovechándose de la legislación antisemita que los nazis aplicaron también en Austria, es decir, que compró la propiedad a su propietario judío que había sido obligado a venderla para que los negocios austriacos quedaran en manos arias. 

Apunta Francka que parecía difícil pensar en el suicidio de una persona que estaba a punto de abrir un negocio en el que había depositado muchas esperanzas. Así que el autor se abona a la tesis de que fue un accidente (asegura que bastante común en la época), bastante bien documentado por las autoridades que se presentaron en su domicilio el día de autos y por una autopsia hecha a los tres días de su muerte que especificó la inhalación de monóxido de carbono como única causa del deceso.

Sea como fuere, más de 15.000 personas salieron a la calle a acompañar el féretro del mejor futbolista que ha dado Austria en toda su historia camino del Cementerio Central de Viena, donde reposaría en el mismo espacio que otros artistas tan grandes y tan universales como Beethoven o Strauss. 

Mausoleo de Matthias Sindelar en Viena.

El Mozart del Fútbol, el mejor futbolista austriaco de todos los tiempos y uno de los mejores del mundo en su época, es también un icono universal, como su “Wunderteam”, y pasará a la historia como uno de los grandes que revolucionó, modernizó y engrandeció con su arte y su genialidad este precioso deporte.