"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano
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viernes, 28 de julio de 2023

Alf Ramsey "inventa" el 4-4-2 y fulmina los extremos para llevar a Inglaterra a la gloria en 1966

A la conclusión del Mundial de Brasil de 1950 la selección de Inglaterra regresó a casa con una sensación de extrañeza, incredulidad, sorpresa e impotencia exacerbada. El equipo entrenado por Walter Winterbottom, que había accedido al cargo cuatro años antes con la clara intención de disputar por primera vez la Copa del Mundo de fútbol, cayó humillado por Estados Unidos (0-1), un equipo prácticamente amateur que derrotó a los inventores del fútbol en Belo Horizonte con un tanto de Joe Gaetjens, y certificó su regreso a casa con otra derrota ante España (0-1), que venció también a los pross con un gol de Telmo Zarra en Maracaná.

Esa selección que regresó a casa avergonzada y cariacontecida estaba capitaneada por Billy Wright, el centrocampista de los Wolves, pero tenía en sus filas a futbolistas de la calidad de Tom Finney, Jimmy Mullen, Stan Mortensen, Wilf Mannion, Roy Bentley e incluso Stanley Matthews, que llegó al torneo ya con 36 años cumplidos. Además de todos estos nombres, también jugaba en esa selección el mítico Alf Ramsey, baluarte defensivo del Tottenham. Ramsey no se podía explicar lo sucedido en Brasil. No entendía cómo Inglaterra había hecho un papel tan triste y lamentable en su estreno en la Copa del Mundo.

El diario Marca relata la derrota de Inglaterra ante Estados Unidos.

Tampoco lo entendían los medios de comunicación ingleses. De hecho, el Times de Londres lo contó así, a modo de epitafio: “En conmovido recuerdo al fútbol inglés que murió en Río de Janeiro el 2 de julio en 1950, entre profundos lamentos de un círculo de amigos y simpatizantes. Descanse en paz. El cadáver será incinerado y las cenizas llevadas a España”.

***

Pero, pese a no entenderlo, tampoco pareció que los ingleses reflexionaran en exceso sobre su fracaso, que atribuyeron al largo viaje, al desconocimiento de los rivales, a la humedad existente, al césped de los estadios, a la forma de los postes de las porterías y demás zarandajas. Sobre todo, porque tres años más tarde, el 25 de noviembre de 1953, en un partido amistoso disputado en Wembley entre Inglaterra y Hungría, el seleccionador Winterbottom volvió a utilizar el mismo esquema táctico del Mundial de Brasil 50 y prácticamente los mismos jugadores.

Al meta Gil Merrick lo protegían en defensa Bill Eckersley, Alf Ramsey y el capitán Billy Wright. En el centro del campo, Harry Johnston y Jimmy Dickinson actuaban un poco más retrasados, mientras que Ernir Taylor y Jackie Sewell hacían de interiores. Arriba estaba Stan Mortensen de delantero centro y Stanley Matthews y George Robb en los extremos. Una WM clásica con seis supervivientes del Mundial para enfrentarse a la Campeona Olímpica de 1952, los Mágicos Magiares de Gustav Sebes.

Evidentemente, los ingleses, que nunca habían perdido en Wembley ante una selección no británica, no se habían preocupado de saber quiénes eran esos chicos húngaros que llevaban 23 partidos seguidos sin perder, que acababan de ganar las Olimpiadas de fútbol y que se preparaban a conciencia para el Mundial de Suiza que se celebraría apenas sietes meses más tarde. Los ingleses no concebían entonces que una selección no británica fuera capaz siquiera de hacerles sombra en su propia casa.

Los magiares saltaron al césped de Wembley con los dorsales cambiados, en una época en la que cada número solía indicar una posición en el campo, y, además, su técnico decidió también cambiar el sistema, ya de por sí modificado respecto de la clásica WM que los ingleses defendían y representaban. Le dijo Sebes a Hidegkuti, su delantero centro, que retrasara su posición y se viniera al centro del campo a recibir, para empezar a crear juego, sacar a los defensas de su zona y permitir las incorporaciones de los dos interiores húngaros: Puskas y Kocksis. 

Los Mágicos Magiares que tomaron Wembley en 1953.

Al minuto de juego ya ganaban los magiares por un gol a cero. Y sí, lo marcó Hidegkuti llegando desde atrás y lanzando un obús a la escuadra del meta inglés. Los de Wintterbottom empataron en una contra doce minutos más tarde, pero tan sólo fue un espejismo. Los húngaros llegaban una y otra vez a las inmediaciones del área inglesa y anotaron tres tantos más en un santiamén (otro de Hidegkuti y dos de Puskas) para ponerse uno a cuatro en el sagrado templo del fútbol, donde los espectadores se frotaban los ojos incrédulos sin acabar de entender qué estaba pasando sobre el terreno de juego.

Stan Mortesen hizo el segundo gol inglés poco antes del descanso, pero tras la reanudación los húngaros siguieron a lo suyo: más rápidos, más eléctricos, más técnicos, ocupando espacios por sorpresa, atacando todos y defendiendo todos también. Y Kocksis y Hidegkuti hicieron dos goles más para poner el marcador en un inapelable 2 a 6. 

Un resultado que maquillaría Alf Ramsey al transformar un penalti (bastante riguroso) mediada la segunda parte. Además del 3 a 6 final, ya de por sí esclarecedor, los datos no engañan: los magiares chutaron 35 veces entre los tres palos por 5 de los futbolistas ingleses. ¡Dispararon siete veces más que los Pross jugando fuera de casa!

El caso es que el revolcón fue de órdago y, pese a ser un partido amistoso, la noticia dio la vuelta al mundo. No era para menos, porque se trataba de la primera derrota inglesa de la historia en su templo de Wembley ante una selección de fuera de las islas.

***

Alf Ramsey, que aún le daba vueltas a los que había pasado en Brasil ante Estados Unidos y España, ahora ya sí que no sabía dónde meterse. Y lo cierto es que no se metió en ningún sitio, porque no volvió a ser convocado con la selección de Inglaterra. Como tampoco Bill Eckersley, Harry Johnston y George Robb. Alf Ramsey había disputado 32 encuentros con la camiseta de los Tres Leones.

Al menos, como no hay mal que por bien no venga, el bueno de Ramsey se evitó el disgusto de la revancha, ya que los ingleses viajaron a Budapest en el mes de mayo de 1954, apenas un mes antes del Mundial, y cayeron de nuevo estrepitosamente, esta vez por 7 tantos a 1.

Y también esquivó la segunda participación sin premio de Inglaterra en la Copa del Mundo, cuando cayó en cuartos de final ante Uruguay por cuatro goles a dos en Suiza 1954, un Mundial que pasará a la historia por la sorprendente derrota de los Mágicos Magiares ante la Alemania de Herberger en el llamado el Milagro de Berna.

La Garra Charrúa apeó a Inglaterra del Mundial de Suiza en cuartos de final. 

Estas derrotas en la selección hicieron reflexionar a Alf Ramsey, que colgó las botas en el verano de 1955, a los 35 años, e inmediatamente dio el salto a los banquillos. Se puso a entrenar al Ipswich Town, que entonces militaba en Tercera División, y lo fue moldeando a su gusto. 

Con muy poco presupuesto que gastar, cuando se percató de que no tenía buenos extremos en el equipo, decidió darle un vuelco a la táctica y empezó a gestar un 4-4-2 que nadie había usado nunca en Inglaterra hasta ese momento, aunque sí lo ponía en práctica el Dinamo de Kiev de Viktor Maslov al otro lado del Telón de Acero. Esa decisión le trajo problemas con los más puristas, es decir, casi con todo el mundo, que no entendían cómo Ramsey prescindía de los extremos en la tierra de Stanley Matthews y Tom Finney.

Pero su Ipswich Town ascendió peldaño a peldaño hasta llegar a la Primera División de la Liga Inglesa y, además, en su primera temporada en la élite, la 1961-1962, levantó el título de Liga. Ramsey se empezaba a convertir en una especie de tótem de los banquillos y recibía una llamada que le iba a cambiar la vida. A la vuelta del Mundial de Chile de 1962, Winterbottom dimitía como seleccionador inglés tras 139 partidos sentado en el banquillo de la selección de los Tres Leones y la Federación le ofrecía el puesto a Alf Ramsey.

Y así fue cómo el defensa que estuvo sobre el césped en los desastres más descomunales de los Pross se hacía cargo de la selección de cara a la Copa del Mundo más importante de su historia, la que se celebraría en Inglaterra cuatro años más tarde. Ramsey, optimista como pocos, declaró desde el primer día que Inglaterra levantaría la Copa del Mundo en Wembley en 1966. Tenía mucho trabajo por delante… pero sabía perfectamente por dónde empezar.

***

Y comenzó convenciendo a la Federación de que él tenía mando en plaza, es decir, que elegía a los seleccionados y, por supuesto, las tácticas con las que jugaría el equipo. Que sería el máximo responsable de la selección a todos los niveles. Y es que hasta ese instante, el seleccionador estaba supeditado a un comité de expertos que aprobaba los futbolistas convocados y las tácticas utilizadas y el margen de decisión del seleccionador inglés era bastante estrecho y limitado. 

Con eso tuvo que lidiar Winterbottom los 16 años que se mantuvo en el cargo. Y eso cambió totalmente Alf Ramsey nada más llegar a la selección, porque la Federación tuvo que aceptar que el seleccionador fuera totalmente y absolutamente independiente.

Como antes en el Ipswich, Ramsey pronto se dio cuenta de que la hornada de extremos del fútbol inglés no era especialmente buena y decidió probar primero poniendo a gente muy buena en posición de extremos aunque no lo fueran, como Bobby Charlton y Peter Thompson, en un 4-2-4 clásico, que era el sistema que había popularizado la selección brasileña en 1958 y en 1962 y con el que había ganado el torneo las dos ocasiones.

En el verano de 1964, en un cuadrangular disputado en América ante Brasil, Portugal y Argentina llamado Copa de Naciones y organizado por la Confederación Brasileña de Fútbol para conmemorar su 50º aniversario, Alf Ramsey se dio cuenta definitivamente de que con ese sistema no podría postularse como candidato al título en la Copa del Mundo que se celebraría dos años más tarde.

Inglaterra cayó 5 a 1 ante Brasil en el partido inaugural, empató con Portugal (1-1) y en el último encuentro ante Argentina se encontró con que el seleccionador de la albiceleste, al que le bastaba el empate para ganar el torneo, quitó a un delantero para meter a un centrocampista en labores de contención, se encerró y acabó ganando el partido, y la Copa de Naciones, en una contra (1-0). 

Argentina gana la Copa de Naciones de 1964.

Ese día Ramsey decidió modificar su sistema dijeran lo que dijeran y le pesara a quien le pesara.

Y es que ese 4-2-4 clásico con Charlton y Thompson pegados a la cal y Jimmy Greaves y Johnny Byrne en punta de ataque funcionaba muy bien cuando Inglaterra tenía el balón, pero al equipo le costaba horrores recuperar el esférico porque había cuatro jugadores que no tenían mentalidad defensiva y no ocupaban bien los espacios. 

Fue entonces cuando Alf Ramsey recurrió a Nobby Stiles, “el Carnicero”, un centrocampista especialmente sacrificado que le guardaba las espaldas a Bobby Charlton en el Manchester United. Ramsey decidió ponerlo de pivote defensivo por delante de la línea de cuatro para darle equilibrio al centro del campo y lo acompañó con una línea de tres centrocampistas de los cuales nadie jugaría abierto en banda, sino que las dejarían libres para la incorporación de los dos laterales. 

Alan Ball y Martin Peters serían los interiores y Bobby Charlton el organizador, con libertad absoluta por delante de su compañero Stiles. 

Arriba, de momento, Roger Hunt y Jimmy Greaves.

Alf Ramsey había pasado en tres años del 4-2-4 al 4-4-2, aunque con la variante de Bobby Charlton, cuya libertad convertía realmente el sistema en un 4-3-1-2. Así que, definitivamente, los inventores del fútbol parecía que iban a disputar e intentar ganar su Mundial sin extremos.

Ver para creer.

***

Pese a todo, la gran revolución de Ramsey llegó en los cuartos de final del torneo, porque en la fase de grupos, el técnico aún no había decidido dar el giro copernicano completo y jugó con un 4-3-3 más clásico con extremos. El centro del campo lo conformaban Stiles, Peters y Charlton y arriba Greaves y Hunt tenían un sitio fijo y los acompañó John Connelly en el primer encuentro, Terry Paine en el segundo e Ian Callaghan en el tercero.

Los ingleses sufrieron más de lo que se esperaba. Inauguraron el campeonato con un empate sin goles ante Uruguay que dejó un amargo sabor de boca a unos aficionados que no las tenían todas consigo. Sin embargo, en la segunda jornada ante México los anfitriones vencieron con cierta comodidad (2-0) con un disparo durísimo de Bobby Charlton desde el borde del área en la recta final de la primera parte y con la sentencia de Roger Hunt en boca de gol tras un rechace del portero a falta de un cuarto de hora para el final. Y volvieron a vencer sin muchos sobresaltos (2-0) a una Francia desastrosa en defensa y portería con un doblete de Hunt tras sendos errores de la zaga y el portero galo.

En cuartos de final, el encuentro ante Argentina tenía visos de revancha tras la derrota en la Copa de Naciones del 64. Y ahí fue donde Alf Ramsey decidió apostar totalmente por el 4-4-2. El técnico introdujo en el once a Geoff Hurst por primera vez en el torneo en sustitución de Jimmy Greaves, la estrella del Tottenham, que había acabado el encuentro ante Francia con molestias tras un golpe en el mentón. 

Lo que son las cosas, el máximo goleador de la Liga Inglesa y una de las estrellas del campeonato ya no volvería a jugar en todo el torneo (hay que recordar que no se permitían cambios todavía) y Geoff Hurst se convertiría en el héroe del Mundial con sus tres tantos ante Alemania Federal en la final.

Ante Argentina el planteamiento de Ramsey fue quitar el extremo que solía acompañar a Hunt y Greaves y reforzar el centro del campo. Formó con Stiles por delante de la defensa y con Alan Ball, Martin Peters y Bobby Charlton completando la medular. Arriba, el intocable Roger Hunt y la novedad de Geoff Hurst para reemplazar a Greaves. Y fue precisamente Hurst quien hizo bueno el planteamiento al anotar de cabeza el gol de la victoria a falta de doce minutos para el final ante una selección albiceleste que llevaba tres cuartas partes del partido jugando con un jugador menos por la polémica expulsión de su capitán Antonio Rattín que, a la larga, propició la invención de las tarjetas amarillas y rojas.

Antonio Rattín no quiere salir del terreno de juego.

Ramsey ya no cambiaría su plan en lo que quedaba de Copa del Mundo. Ante la Portugal de Eusébio en semifinales volvieron a jugar los mismos once que derrotaron a Argentina y con el mismo sistema, un 4-4-2 sin extremos. 

Eso permitió que Bobby Charlton fuera una amenaza permanente durante todo el partido y decantara la semifinal para el once de los Tres Leones con su calidad y sus dos goles entrando desde atrás. Eusébio recortó distancias de penalti a falta de cinco minutos para el final, pero era demasiado tarde: la selección de Ramsey se metía en la final de su torneo con una idea de juego nueva, práctica y, precisamente por eso, convincente.

***

La final ante Alemania paralizó a todo un país que se volcó con los suyos. 97.000 aficionados llenaron las gradas de Wembley y 32 millones de personas vieron el partido por televisión en el Reino Unido. Ese día grande para Inglaterra, “el Carnicero” Stiles, que había sido monaguillo en una parroquia católica de Manchester, como cada domingo a las siete de la mañana, acudió a oír misa y se llevó con él a Alan Ball, el más joven de todo el plantel. Después, por la tarde, ya en el estadio, se quitó la dentadura postiza, como hacía antes cada partido, para disputar el partido más importante de la historia de la selección inglesa.

Ese día, Ramsey, fiel a sus principios tanto o más que Stiles, volvió a apostar por los mismos once futbolistas que derrotaron a Argentina y Portugal y por el mismo sistema que tan buenos resultados le había dado al equipo. Enfrente, Helmut Schön tampoco hizo cambios y dispuso a sus hombres en un 4-2-4 con el joven Beckenbauer y Wolfgang Overath sosteniendo el centro del campo germano.

Los alemanes empezaron mejor, menos nerviosos y menos presionados pese a tener a todo un estadio en contra. Y a los doce minutos de partido se pusieron por delante y enmudecieron Wembley con un tanto de Helmut Haller. Pero los pupilos de Ramsey reaccionaron pronto y lograron empatar la final seis minutos más tarde con un cabezazo de Geoff Hurst, incomprensiblemente solo entre los dos centrales alemanes

En una segunda mitad tensa y sin demasiadas ocasiones, Martin Peters puso el grito de júbilo en la grada a poco menos de un cuarto de hora para el final del partido. El joven centrocampista aprovechó un rechace al aire de Höttgges para entrar en el área y rematar sin dejar caer la pelota para poner a Inglaterra por delante. 

Los ingleses tocaban la Copa del Mundo con la yema de los dedos ante su gente. 
Sólo faltaban 12 minutos.
Pero sobró uno. 

Porque Alemania peleó el empate a base de empuje y lo consiguió en una jugada llena de carambolas a un minuto del final. Beckenbauer disparó a puerta con potencia una falta lejanísima que rebotó en la barrera. El balón le cayó a Sigfried Hell dentro del área y volvió a rematar a puerta. Jack Charlton se cruzó y tocó el balón, que cayó a la espalda de un Uwe Seeler que ya tenía la caña preparada, pero afortunadamente para el atacante germano a su espalda apareció el defensa Weber para tirarse con todo y mandar la final a la prórroga.

Los ingleses protestan, pero el gol de Wolfgang Weber sube al marcado.

En la prórroga, ya saben, ganó Inglaterra con el gol más polémico de la historia de los Mundiales. Aunque, justo es decirlo, los de Ramsey salieron mucho mejor que los alemanes y tuvieron un par de ocasiones en las que el portero Tilkowoski hubo de intervenir para salvar a los suyos. Sin embargo, en el minuto once del tiempo extra no pudo hacer nada para evitar que los anfitriones se pusieran por delante. Si acaso podía haberlo hecho el árbitro de la contienda, el suizo Gottfried Dienst, que dio por bueno un tanto que aún hoy se discute si entró o no.

La jugada Bobby Charlton con un pase largo a Alan Ball, que ganó la línea de fondo y se sacó un centro buenísimo al corazón del área germana. Allí apareció Geoff Hurst como una exhalación, llegó antes que su par, controló con la derecha, se dio media vuelta y soltó un tremendo derechazo en el larguero que botó en la línea de cal. 

El árbitro dio el gol por válido tras consultar con el juez de línea pese a las protestas alemanas. Después, con el tiempo cumplido, Bobby Charlton le metió un balón en profundidad al goleador inglés para que anotara el cuarto tanto (el tercero de su cuenta) y cerrara definitivamente la final.

Cuando el colegiado pitó el final, toda Inglaterra celebró un triunfo histórico que su seleccionador había vaticinado nada más acceder al cargo tres años atrás. Los futbolistas ingleses levantaron al cielo de Wembley la Copa del Mundo mientras Ramsey se quedaba en un segundo plano del que lo sacaron sus propios futbolistas para hacerlo partícipe de una fiesta que él más que nadie había merecido por su apuesta sin fisuras por un sistema nuevo en el que muy pocos creían.

Los futbolistas ingleses celebran el título mundial sobre el césped.

Si acaso, sus futbolistas, a los que acabaron apodando los “Wingless Wonders”, “Maravilla sin extremos”. Esos que acabaron creyendo a pies juntillas en el método de su entrenador para formar un equipo mítico que puso por delante al colectivo sobre las individualidades y la forma de ver el fútbol de cada uno de ellos. No había para menos, porque de los once que saltaron al estadio de Wembley a disputar la final ante Alemania, ocho habían debutado en los apenas tres años que Ramsey llevaba al frente de los Tres Leones.

Gordon Banks, el mítico portero del Leicester, considerado el mejor de Inglaterra, acudió a una de las primeras convocatorias de Ramsey, cuando estaba formando la que sería su selección ideal. Tras acabar un partido amistoso, en la despedida de los jugadores, el meta saludó a Ramsey y le dijo amablemente, sin doble intención: “¡Hasta el próximo partido!”. Ramsey le miró muy serio y le contestó: “¿Ahora usted se elije a sí mismo? Creía que era yo el que elegía”. Los futbolistas se miraron entre ellos asombrados, pero captaron claramente la idea. Si Ramsey le decía eso al mejor portero inglés, estaba claro que nadie tenía el puesto en la selección asegurado.

Bobby Moore, el capitán de la selección y del West Ham, y para muchos el mejor defensa de la historia de Inglaterra, se había operado de un cáncer testicular en noviembre de 1964, pero no se lo dijo a nadie. Se pasó más de tres meses sin jugar y a los periodistas les dijo que tenía problemas en el pubis y que no podría volver a jugar a fútbol hasta estar definitivamente curado. Todo esto se supo tras la muerte del futbolista en 1993. Era uno de los fijos de Ramsey desde el principio.

Nobby Stiles, “el Carnicero” para muchos, “Nosferatu” para otros, y “el Drácula inglés” para algunos más, había nacido en un sótano del barrio de Collyhurst de Manchester durante los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Y no sólo era desdentado, sino que también era miope. Tanto, que le decía a Bobby Charlton, su compañero también en el Machester United, que no se alejara de él más de quince yardas que si no ya le vería. Hasta que su entrenador, Matt Busby, le consiguió con unas buenas lentillas y se acabó el problema. Su imagen bailando con la Copa del Mundo en una mano y la dentadura postiza en la otra dio la vuelta al mundo. Sin él, sin su sacrificio en esa posición de líbero por delante de la defensa, hubiera sido imposible alzar el trofeo para Inglaterra.

Nobby Stiles en el Mundial de 1966.

Como lo hubiera sido sin Bobby Charlton, el capitán de los Diablos Rojos y ánima mater de la selección de Ramsey, fue uno de los supervivientes del Desastre de Múnich, el accidente aéreo que sufrió el Manchester United a su regreso del partido de Copa de Europa ante el Estrella Roja el 6 de febrero de 1958 y que se cobró la vida de 23 personas (8 futbolistas, 3 miembros del cuerpo técnico, 8 periodistas, 1 aficionado y 3 miembros de la tripulación). Ocho años después levantaba la Copa del Mundo y diez después la Copa de Europa con el Manchester United. En honor y en recuerdo de los que perdieron la vida en el accidente.

Martin Peters, el centrocampista del West Ham, recibió, como todos sus compañeros, dos entradas para la final para que la familia pudiera asistir al partido. El jugador se las vendió a un revendedor mientras sus padres veían el partido en la televisión. Claro que las cosas no son como ahora, porque el futbolista cobraba 100 libras a la semana en su club.

Jackie Charlton, “la Jirafa”, el hermano aguerrido de Bobby que jugó toda su vida en el Leeds, se hizo con un puesto en la defensa de los campeones junto a Moore, del que decía que no parecía un defensa inglés porque nunca gritaba y salía del campo siempre sonriente. A Jackie lo hizo debutar Ramsey con los Tres Leones en 1965 cuando estaba a punto de cumplir 30 años. 

Jack le preguntó directamente al técnico por qué lo había elegido. Ramsey, con franqueza y sencillez, le respondió que él no seleccionaba necesariamente a los mejores futbolistas, sino a los mejores futbolistas para su sistema. El bueno de Jack, un año después, era Campeón del Mundo jugando todos los partidos .

Así era el grupo que Ramsey había confeccionado durante la preparación del Mundial. Buenos futbolistas. Buenísimos futbolistas. Pero, sobre todo, los mejores jugadores para poner en práctica la idea de su técnico y plasmarla sobre el terreno de juego.

***

A Ramsey le sirvió todo ese trabajo arduo de cohesión del grupo y de aprendizaje del nuevo sistema para conseguir la única Copa del Mundo de la historia de Inglaterra (hasta ahora) y para recibir, años más tarde, el título de Sir. 

También le sirvió para mantenerse como seleccionador en la Eurocopa del 68, donde disputó las semifinales del torneo y cayó ante Yugoslavia, y en el Mundial del 70, donde los alemanes se vengaron de la derrota en la final apeándolos de la Copa del Mundo en los cuartos de final tras un partido épico cuando los Tres Leones vencían por cero a dos a falta de veinte minutos para el final. Cayeron 3 a 2.

Müller marca el gol que elimina a Inglaterra del Mundial de México.

Aún dirigiría Ramsey a la selección de los Tres Leones en la fase de clasificación para la Eurocopa del 72, donde volvieron a caer en cuartos de final a doble partido ante Alemania. En Wembley los germanos dejaron la eliminatoria sentenciada venciendo por 1 a 3 y la superaron definitivamente dos semanas más tarde con un empate a cero en Berlín.

De hecho, tras la derrota ante Alemania en Wembley, el mítico periodista y escritor escocés Hugh McIlvanney escribió: “El fútbol timorato y aburrido era apenas soportable cuando propiciaba victorias, ahora que provoca derrotas solo puede haber una consecuencia”. Y la hubo, sólo que un poquito más adelante. Concretamente, dos años más adelante.

Porque la estrella del seleccionador que había conseguido que Inglaterra levantara la Copa del Mundo estaba empezando a apagarse. Y se apagó definitivamente en la fase de clasificación para el Mundial de Alemania 74, cuando Inglaterra, por primera vez en su historia desde que se dignó a participar allá por 1950, se quedó fuera de la Copa del Mundo. Polonia fue su verdugo en Wembley y quien provocaría la destitución de Alf Ramsey tras haber dirigido a Inglaterra en 119 partidos.

El innovador técnico inglés cayó víctima de su propio sistema. Un sistema que no era capaz de volver a rediseñar, mientras que otras selecciones como Holanda, Alemania o la misma Polonia habían perfeccionado, evolucionado y modernizado. Un sistema de juego que empezó a verse obsoleto y a cuestionarse muchísimo cuando los resultados dejaron de llegar. Alf Ramsey era consciente de ello y ya muchas veces había declarado que le pagaban por ganar partidos, nada más. Por eso, cuando dejó de ganarlos, lo echaron.

Alf Ramsey en noviembre de 1969.

Tras la derrota en casa ante Polonia que dejaba a Inglaterra fuera del Mundial de 1974, el comité llamó a Alf Ramsey para destituirlo. El técnico lo contó con estas palabras: “Fue la media hora más abrumadora de mi vida. Estaba de pie en una sala llena de miembros del comité que me miraban. Me sentía como si me estuvieran sometiendo a juicio. Pensé que me iban a colgar”. Quizá por eso recogió sus trastos y se fue sin hacer demasiado ruido.

Y así acabó la historia en la selección de Inglaterra del único técnico que ha llevado a los inventores del fútbol a levantar la Copa del Mundo.

jueves, 26 de enero de 2023

La expulsión de Rattín desencadena la invención de las tarjetas en el fútbol

23 de julio de 1966. Noventa mil espectadores abarrotan el mítico estadio de Wembley para contemplar el cruce de cuartos de final del Mundial 66 que enfrentaba a Inglaterra y Argentina con arbitraje del alemán Rudolf Kreitlein, de 46 años y sastre de profesión.


El encuentro se presenta caliente, caliente. Argentina se ha clasificado para los cuartos de final tras derrotar a España por dos a uno, empatar sin goles ante Alemania Federal y volver a vencer ante Suiza en el tercer encuentro (2-0). Pero en el partido ante Alemania los argentinos se emplearon con bastante dureza, sobre todo Perfumo y Albrecht, que acabó expulsado por propinar un patadón tremendo al alemán Wolfgang Weber. El público inglés se posicionó entonces en contra de Argentina en cada estadio.

Argentina y Alemania se las tuvieron tiesas en la primera fase.

Pero para acabarlo de arreglar, el señor Ramsey, entrenador de Inglaterra, echó más leña al fuego cuando supo que el rival en los cuartos de final sería la albiceleste. “Los argentinos son todos unos animales”, soltó sin más en una rueda de prensa. 

Y los medios ingleses se encargaron de darle la razón a su técnico repitiendo hasta la saciedad en la televisión la patada de Albrecht contra Weber. 

Así que a nadie le extrañó que todo el estadio cantara “¡Animales, animales, animales!” a voz en grito desde el mismo pitido inicial.

A los 35 minutos de encuentro, el público se percata de que algo raro está pasando sobre el césped. El colegiado alemán le hacía claramente con la mano el gesto de salir del terreno de juego al capitán de la albicelete, el mediocentro de Boca Júniors Antonio Rattín, el Rata. Pero el futbolista no sólo no le hacía caso, sino que se mantenía ante él, gesticulando, sin moverse del sitio. 

Al parecer, el futbolista se había dirigido al árbitro en tono despectivo y éste no dudó en mostrarle el camino hacia los vestuarios haciendo gestos con las manos. Pero Rattín, espabilado y furioso, decidió no moverse del campo mientras sus compañeros intentaban intervenir en la trifulca y los ingleses quedaban en un segundo plano, casi apartándose.

Rattín se planta ante el árbitro sin intención de marcharse.

Al trencilla alemán se lo llevaban los demonios y hacía por entenderse. Gritaba “¡Fuera!” a pleno pulmón en alemán y en inglés, a la vez que seguía señalando como un poseso el camino a los vestuarios con el brazo izquierdo extendido. 

Pero Rattín no se movía. Insistía en pedir la presencia de un intérprete para saber el por qué de la decisión del árbitro. Con un par... 

Estuvo el capitán argentino diez minutos largos en el terreno de juego haciéndose el sordo, el sueco, el despistado y el bravo hasta que no tuvo más remedio que salir del campo. Y no tuvo más remedio porque entraron cuatro Bobbies a por él para sacarlo y no traían ningún intérprete. 

Jack Charlton espera sentado a que Rattín se decida a salir del campo.
Foto: Central Press / Getty Images. 

Eso sí, el espigado y larguirucho capitán argentino salió con la cabeza arriba y la mirada desafiante, con parsimonia y abarcando con la vista toda la tribuna de donde le llegaban todo tipo de gritos, insultos e improperios.

Cuenta la leyenda que Rattín se sentó en la alfombra roja que había puesta para que la Reina accediera al palco de autoridades mientras los espectadores le gritaban “¡Animal, animal, animal!”, pero esa imagen del capitán argentino nadie la ha visto por televisión ni en fotografías ni nada. 

La que sí se puede ver es la del 10 de la albiceleste rodeando el campo por fuera de los límites del terreno de juego y cómo se para a la altura del banderín del córner y estruja la banderola, una réplica de la bandera inglesa, entre las protestas, gritos y alaridos de los aficionados presentes en el estadio.

El colegiado Rudolf Kreitlein manifestó después del partido que, pese a que no lo entendía, el futbolista le había mirado mal y que esa mirada era un insulto y por eso lo expulsó. Y es que, a veces, hay miradas que matan.

Al colegiado no le gustó la mirada de Rattín.

El Rata, en cambio, cuenta que el colegiado alemán estaba pitando mal, cobrando faltas continuamente en contra de Argentina y que él tenía la consigna de pedirle al colegiado un intérprete para que le explicara qué había pitado. Se ve que el árbitro se cansó de tanta protesta y lo expulsó. 

Aunque a Pelé le habían dado mil patadas en los dos partidos que disputó con Brasil en el torneo ante Bulgaria y Portugal y ningún árbitro expulsó a sus defensores. O el mismísimo medio defensivo inglés Stiles, que se dedicó a magullar a la estrella rival en cada partido y ni siquiera le advirtieron. 

Pero así es el fútbol.

Tras la eterna salida de Rattín del terreno de juego se disputaron los diez minutos que restaban para el final de la primera parte y el marcador no se movió. Pero en el minuto 32 de la segunda mitad, con Argentina jugando con uno menos ya cuarenta minutos largos, Geoff Hurst, el delantero del West Ham que pasaría a la historia por su triplete en la final ante Alemania, inauguró su cuenta goleadora en el torneo con un tanto que clasificaba a Inglaterra.

Los de Alf Ramsey vencerían a la Portugal de Eusébio en semifinales (2-1) (los lusos habían eliminado en cuartos, con muchísimos problemas, a la sorprendente Corea del Norte) y derrotarían también a Alemania Federal en una de las finales más polémicas de la historia de los Mundiales (4-2) para levantar su primera (y de momento única) Copa del Mundo.

Mientras, los argentinos ya se habían marchado a casa donde fueron recibidos casi como héroes. Los periódicos hablaban de robo y la gente se sentía orgullosa de su equipo. Un equipo, por cierto, en el que no confiaban nada cuando partieron camino de Inglaterra.

Cosas del fútbol.

***

Pero el partido entre Inglaterra y Argentina iba a traer cola. Al presidente de la FIFA en 1966, el inglés sir Stanley Rous, que había sido árbitro en su juventud, no le gustó nada la polémica salida del campo del capitán de la albiceleste y puso deberes al colectivo arbitral. 

Había que inventar un nuevo sistema disciplinario que todo el mundo entendiera sin necesidad de las palabras, sin tener que recurrir ni a gestos ni a intérpretes de diferentes idiomas. Era necesario que los futbolistas supieran cuándo eran advertidos y cuándo tenían que abandonar el terreno de juego sin rechistar.

Entonces entró en juego Ken Aston, excolegiado internacional, miembro de la comisión de arbitraje de la FIFA durante el Mundial y amigo de sir Rous. Aston fue el trencilla que arbitró la Batalla de Santiago entre Chile e Italia en el Mundial de 1962, una auténtica vergüenza de partido que el señor Aston no sólo no supo controlar, sino que fue uno de los factores necesarios y añadidos para que se multiplicaran las trifulcas.

Ken Aston en su actuación más memorable: la Batalla de Santiago.

El caso es que Ken Aston, que ya sabía cómo podía resultar de complicado expulsar a un jugador del terreno de juego sin ayuda de la policía, tuvo un momento de inspiración al volante de su coche. Conducía tranquilamente cuando se acercó a un semáforo que pasó del verde al ámbar y del ámbar al rojo ante el que se detuvo. Faltaría más. Allí parado llegó a la conclusión que unas tarjetas de colores, amarillas y rojas, podrían servir para impartir justicia entre los jugadores. La amarilla era un aviso de calma. La roja, la expulsión.

A su amigo sir Stanley Rous la idea le pareció extraordinaria y decidió tomar dos medidas: nombrar a Ken Aston Presidente del Comité de Árbitros de la FIFA y empezar a utilizar las tarjetas en el próximo Mundial, el de México 70.

De hecho, en el mismísimo partido inaugural del Mundial de México, el árbitro alemán Kurt Tschenscher tuvo el honor de mostrar la primera tarjeta amarilla de la historia. Corría el minuto 30 del encuentro que disputaban México y la Unión Soviética en el estadio Azteca cuando el colegiado se dirigió a Kakha Asatiani, centrocampista georgiano de la URSS, y le amonestó tras una falta. 

Un minuto más tarde, su compañero Nodiya vio la segunda. En total, en ese primer encuentro, el árbitro germano mostró cinco amarillas (cuatro a los soviéticos y una a los mexicanos). 

No está mal para empezar, aunque en todo el torneo ningún colegiado hubo de recurrir a la cartulina roja.

***

Para ver la primera roja de la historia en una Copa del Mundo habría que esperar cuatro años más, al Mundial de Alemania 74. Fue en el partido de la primera fase entre Alemania Federal y Chile. 

El atacante chileno Carlos Caszely, que ya había visto la tarjeta amarilla con anterioridad, vio a los 22 minutos de la segunda mitad cómo su marcador, Berti Vogts, se tiraba al suelo a por él y le rebañaba la pelota en una entrada que parecía falta y que el árbitro no pitó. Inmediatamente se lanzó a por él con los dos pies por delante y le golpeó por detrás sin llegar al balón. El colegiado turco Dogan Babacan no lo dudó y le mostró al futbolista chileno la primera tarjeta roja de la historia de los Mundiales.

Curioso. Esa primera roja se la llevó un delantero elegante con fama de jugador limpio y poco agresivo por una reacción violenta ante la entrada de un marcador durísimo al que apodaban “el Terrier” por la contundencia, la persistencia y la intensidad de sus marcajes.

El mundo al revés. 

Aunque nunca dijo Ken Aston que su invento fuera justo, sólo era un método para que los futbolistas supieran claramente cuándo estaban advertidos y cuando tenían que abandonar el terreno de juego expulsados. 

Para que no se repitiera lo vivido con Antonio Rattín, vamos.

Rattín y Kreitlein cara a cara. 

¡Y dio resultado! Porque hoy, 53 años después de la gran ocurrencia de Kenneth George Aston, las tarjetas mantienen toda su vigencia en el fútbol y siguen siendo el elemento clave con el que cuentan los árbitros para impartir su particular justicia, conviviendo en armonía con las nuevas tecnologías como el VAR, la línea de gol o el fuera de juego semiautomático.

Y es que hay cosas que nunca pasan de moda. 
Porque lo simple, casi siempre, suele ser lo más efectivo. 
Que se lo pregunten a Rattín, que sigue sin entender su expulsión.

jueves, 23 de junio de 2022

Corea del Norte humilla a Italia en el Mundial de Inglaterra 66

"Los italianos pierden las guerras 
como si fueran partidos de fútbol 
y los partidos de fútbol 
como si fuesen guerras".
Winston Churchill

El 19 de julio de 1966, el estadio de Ayresome Park de Middlesbrough se preparaba para el último partido del grupo D, un choque, en principio, desigual, que enfrentaba a Italia y a la debutante y desconocida Corea del Norte. El vencedor acompañaría a la Unión Soviética rumbo a los cuartos de final, mientras que el que perdiera haría las maletas y cogería el avión para volver a casa. 

Nadie antes del encuentro pensaba que la sorpresa fuera posible. 

Ni siquiera los norcoreanos, que no tenían alojamiento previsto más allá de la fase de grupos. Pero el fútbol es un misterio y los casi 18.000 espectadores que se dieron cita en el Ayresome Park estaban a punto de presenciar una de las sorpresas más grandes de la historia de la Copa del Mundo.

Italia y Corea del Norte momentos antes del inicio del choque decisivo.

***

A Italia la entrenaba Edmondo Fabbri y se había presentado en el torneo con una selección joven y muy talentosa que tenía la obligación de lavar la imagen transalpina después del fracaso de Chile 62, cuando hicieron las maletas en la primera fase con la vergonzosa carga de la Batalla de Santiago también dentro.

Enrico Albertosi, el portero de la Fiorentina; Facchetti, el lateral izquierdo del Milan y uno de los mejores de Europa en ese momento; Bulgarelli, el capitán de la selección y del Bolonia y uno de los mejores triquartistas del calcio; Gianni Rivera, atacante del Milan, campeón de Europa en 1963 y Balón de Plata por detrás de Yashine en 1964, o Sandro Mazzola, delantero del Inter de Milan, conformaban un equipo temible que, para más inri, jugaba al ataque y tenía a los futbolistas de más calidad siempre sobre el terreno de juego. 

Así que nada hacía pensar que los de Fabbri fueran a tropezar ante unos desconocidos norcoreanos que se habían presentado en el torneo por primera vez en la historia merced a un cúmulo de circunstancias.

Y es que para el Mundial de 1966 la FIFA había decidido repartir las plazas entre los distintos continentes de la siguiente manera: diez para Europa (contando a la anfitriona Inglaterra), cuatro para Sudamérica (contando a la campeona Brasil), una para Centroamérica y Caribe y una a repartir entre África, Asia y Oceanía. Es decir, que después de disputarse una fase de clasificación extenuante, los campeones africanos, asiáticos y oceánicos habían de jugarse entre ellos una sola plaza para poder estar en el Mundial. 

Entonces, los africanos, con la doble Campeona de África, Ghana, a la cabeza de la rebelión, decidieron plantarse. Y también lo hicieron la mayoría de las selecciones asiáticas y oceánicas, que consideraban los cupos planteados por la FIFA como una ofensa, una vergüenza y un desprecio a sus federaciones. 

Un boicot en toda regla que daría sus frutos porque para el Mundial de México 1970 África tendría una plaza asegurada y Asia, otra.

Los Blacks Stars de Ghana fueron campeones de África en 1963 y 1965.

Pero para el Mundial del 66 solo Corea del Norte y Australia se apuntaron a la fase de clasificación y la FIFA dictaminó que jugarían entre ellas una eliminatoria a doble partido en terreno neutral. Los dos encuentros se jugaron en Camboya y ambos se los llevó el combinado norcoreano, que venció por seis a uno y por tres a uno a los “socceroos” para meterse directamente, y por primera vez, en la fase final de una Copa del Mundo.

A los norcoreanos no los conocía nadie entonces. 

Tras la II Guerra Mundial, Corea había quedado dividida por el paralelo 38 entre la República de Corea (Corea del Sur) y Corea del Norte. Capitalista la primera y comunista la segunda. Bajo influjo americano la del Sur y en la órbita soviética la del Norte. 

Y, claro, la cosa no podía ir bien. 

Y llegó la guerra de Corea (1950-53), un conflicto sangriento que se cobró la vida de más de tres millones de civiles, que refrendó definitivamente la partición y que apartó un poco más a Corea del Norte de los ojos del resto del mundo.

La selección norcoreana se presentaría en Inglaterra con un equipo conformado por jóvenes militares, ya que nadie que no formara parte del Ejército podía ser elegido para la selección nacional. 

Así que el método estaba claro: a los mejores jugadores de fútbol se les daba un grado en el Ejército o a los militares que mejor jugaban al fútbol se los incluía en la selección. Y todo arreglado a mayor gloria del Líder Supremo. Pero es que ni ese detalle se sabía siquiera en Occidente, ya que durante muchos años se especuló con que Pak Doo Ik, el autor del tanto que eliminó a Italia, era odontólogo. 

Pero no adelantemos acontecimientos...

***

El sorteo, caprichoso como siempre, deparó un grupo formado por la Unión Soviética, Italia, Chile y Corea del Norte. Así que Middlesbrough acogería de una tacada un partido entre dos equipos comunistas, el maestro y el discípulo, y también la reedición de la Batalla de Santiago entre Chile e Italia que, afortunadamente, esta vez no fue tal.

El grupo lo abrieron los norcoreanos ante los soviéticos y los subcampeones de Europa vencieron con comodidad por tres a cero en un partido en el que los debutantes asiáticos pagaron cara su inexperiencia en este tipo de competiciones internacionales. 

Los norcoreanos, animosos, pequeños, ágiles e infatigables, no dejaron de correr en todo el partido, aunque les sirvió de poco ante el potencial físico, técnico y táctico de los soviéticos. Malofeyev abrió y cerró la cuenta, mientras que el segundo tanto lo marcó Banishevski.

Los italianos, por su parte, se vengaron de los chilenos ganándoles claramente por dos a cero con tantos de Mazzola y Barison, para dejar claro que soviéticos y transalpinos eran los auténticos y únicos candidatos a pasar a los cuartos de final y meterse así en la lucha por el título.

En la segunda jornada, donde se dirimía precisamente el liderato del grupo, un gol de Chislenko le dio a la Unión Soviética una victoria de prestigio ante la Azzurra, lo que metía al equipo entrenado por Nikolai Morozov directamente en los cuartos de final. 

Los capitanes de Corea del Norte y Chile se saludan antes del partido.

Y más, después de que Chile se dejase empatar el partido en el minuto ochenta y ocho ante una Corea del Norte que ya se había expulsado del todo los nervios del debut y empezaba a sorprender a los aficionados.

Bajo una fina lluvia, los norcoreanos corrían y corrían y corrían sin parar y miraban siempre hacia adelante para intentar empatar el encuentro y mantener viva la llama de la clasificación. Los chilenos, que trataban de sentenciar, no acababan de imponer su superioridad técnica. 

Pero, a falta de dos minutos, los asiáticos colgaron un balón al centro del área que un defensa despejó sin contemplaciones. El rebote lo volvió a meter dentro un jugador asiático y esta vez el despeje chileno lo empalmó desde la frontal sin miramientos el delantero y capitán Pak Seung Zin para batir al meta de la Roja, empatar el encuentro y convertirse en el primer asiático en anotar un gol en la Copa del Mundo.

A esas alturas del torneo, el público local ya se había hecho seguidor de un equipo sin seguidores (al parecer sólo habían acudido doce norcoreanos al torneo invitados por el régimen después de ganar su pasaje en un sorteo) y al acabar el encuentro, un marinero inglés saltó al terreno de juego para levantar el brazo del goleador asiático. 

La imagen se convirtió en icónica y dio la vuelta al mundo.

Un marinero saltó al césped para homenajear a Pak Seung Zin.

Con el inesperado empate norcoreano, el último choque ante Italia se convirtió en una final, ya que si los asiáticos ganaban el partido, pasarían a cuartos de final. A Italia le bastaba un empate suponiendo que los soviéticos derrotaran a Chile en el partido que cerraba el choque al día siguiente (así fue, la Unión Soviética ganó 2 a 1).

En Ayresome Park el público ya iba claramente con Corea del Norte y animaba en cada acción a los asiáticos mientras los italianos ponían cerco a la meta defendida por Lee Chang Myung y tenían a los debutantes a su merced, totalmente contra las cuerdas en una primera media hora abrumadora. 

Pero, de repente, en poco más de ocho minutos todo saltó por los aires.

Primero llegó la lesión de Bulgarelli, que estaba jugando tocado y tuvo que abandonar el campo a falta de once minutos para el descanso. Los italianos tuvieron que jugar con uno menos a partir de ese momento, ya que en esa época no estaban permitidas las sustituciones (eso cambiaría cuatro años más tarde en el Mundial de México 70, donde también se instauraría por primera vez el uso de las tarjetas amarillas y rojas). 

Esa acción desconcertó a la azzurra que, de repente, empezó a sentirse incómoda ante la movilidad constante y la tremenda velocidad de los norcoreanos.

Los asiáticos aprovecharon el momento y a falta de tres minutos para el descanso pusieron el partido patas arriba. Una combinación en la parte derecha del ataque norcoreano acabó con el balón botando en la parte derecha de la frontal del área. El atacante Pak Doo Ik no se lo pensó dos veces, armó la pierna derecha y golpeó el balón con fuerza y cruzado, lejos del alcance de Albertosi. 

Corea del Norte acababa de adelantarse en el marcador y se iba al descanso con ventaja ante la todopoderosa Italia.

A la vuelta de los vestuarios, Corea del Norte se cerró y se encomendó a los guantes de Lee Chang Myung. Italia, con uno menos, no encontró resquicios en la defensa asiática y no supo contrarrestar con calidad el partido físico, de ida y vuelta y de desgaste que propusieron los esforzados coreanos. 

Así que los minutos fueron pasando hasta que el colegiado, el francés Pierre Schwinte, señaló el final del partido. 

La azzurra había recibido de su propia medicina. 

Corea del Norte celebra el triunfo ante Italia y el pase a cuartos.

El cerrojazo norcoreano dio sus frutos y sumió a Italia en una depresión profunda, a la vez que consumaba una de las sorpresas más tremendas de la historia de la Copa del Mundo.

***

Mientras los italianos eran recibidos a tomatazos en Genova, donde aterrizaron en un vuelo que trataron que fuera secreto para evitarse el bochorno, los norcoreanos hubieron de recurrir a la bondad de una congregación religiosa en Liverpool que les ofreció alojamiento en sus instalaciones para disputar el partido de cuartos de final ante la Portugal de Eusébio, la otra selección sorprendente del torneo que acababa de eliminar a Brasil, la actual campeona.

En Italia los medios de comunicación no escatimaron ni una sola crítica hacia la selección y la propia federación decidió prohibir la entrada de extranjeros en el calcio después del fracaso de la azzurra (al que había que sumar el de Chile 1962) para intentar potenciar y salvaguardar al combinado nacional. 

Mientras tanto, Corea del Norte intentaba en Godison Park prolongar su sueño y transformaba en pesadilla el de los lusos. 

A los veinticinco minutos de partido ganaban 3 a 0 con goles de Pak Seung Zin, Li Dong Woon y Yang Seung Kook. 

Nadie se lo podía creer, pero los asiáticos, tras tumbar a Italia, estaban a un paso de meterse en semifinales y medirse a Inglaterra. 

Eusébio no lo permitió. 

La Portugal de Eusébio acabó con el sueño de Corea del Norte.

El astro del Benfica anotó dos tantos antes del descanso para respirar con más tranquilidad y otros dos mediada la segunda parte para remontar el choque y bajar a los norcoreanos de la nube. 

José Augusto puso el 5 a 3 definitivo a falta de diez minutos en el que fue, sin duda, uno de los mejores encuentros del Mundial de Inglaterra y, desde luego, el más emocionante.

***

La actuación norcoreana en el Mundial fue tan sorprendente, que los rumores sobre cómo había sido posible su gesta se multiplicaron desde el primer minuto por toda Europa con la intención de intentar explicar lo inexplicable o, al menos, ir cerrando los huecos que dejaba una historia increíble.

Desde Italia, en un intento de abochornar aún más a los jugadores de la azzurra, se dijo que los mejores profesionales europeos habían caído eliminados con el gol de un dentista y se inventaron profesiones inverosímiles para unos jugadores a los que tildaron de amateurs. 

En parte era cierto, porque todos eran militares, algunos futbolistas y prácticamente ninguno profesional (entendiendo el profesionalismo a la europea), pero, desde luego, el goleador Pak Doo Ik no había hecho un empaste en su vida.

Lo cuenta él mismo en un documental realizado por Daniel Gordon en 2002, “The Game of Their Lives”, donde se reunieron algunos de los héroes norcoreanos de 1966: “Después de la guerra de Corea trabajé como obrero en una imprenta. Mientras, empecé a jugar al fútbol. En 1957 fui llamado para el equipo de Pyongyang y me hice profesional. Tenía 20 años. En 1959 me eligieron para la selección”.

Vamos, que de dentista, nada. Futbolista que, por serlo, ya era cabo en el ejército. De hecho, fue ascendido a sargento tras su brillante participación en el torneo. Poco después, se retiró de fútbol (y también del ejército) para ser profesor de Gimnasia, su auténtica vocación. Años después sería nombrado seleccionador y lo cierto es que es una celebridad en el país.

Los futbolistas norcoreanos llegaron muy lejos en Inglaterra 66.

El otro gran rumor cuenta que los italianos se quejaron a la FIFA antes de marcharse del Mundial por la puerta de atrás acusando al seleccionador asiático de cambiar a los once jugadores en el descanso de cada partido aprovechando su parecido físico y la incapacidad de los europeos para reconocerlos. En fin...

Pero el súmmum es la historia que circula sobre que los jugadores fueron castigados severamente al volver al país por el Líder Supremo, llegando incluso a encerrar a algunos de ellos en un gulag. 

¿Por qué? 

Pues porque se pegaron una juerga importante en un pub después de la victoria ante Italia donde no faltaron ni alcohol ni mujeres, algo imperdonable por lo que suponía para la imagen de Corea del Norte en el mundo.

Parece ser que todas estas historias son grandes bulos. Todas ellas.

***

En realidad, los jugadores fueron recibidos como héroes a su vuelta al país e incluso hoy son considerados ídolos por sus compatriotas. 

Tampoco es extraño, porque Corea del Norte en 1966 fue la primera selección asiática que se clasificó para los cuartos de final de una Copa del Mundo, un hito sólo superado, treinta y seis años después, por sus vecinos de Corea del Sur en el Mundial 2002, cuando llegaron a semifinales y acabaron cuartos en un torneo marcado por la polémica.

De hecho, Corea del Norte habría de esperar 44 años para disputar otra fase final de una Copa del Mundo. Lo hizo en Sudáfrica 2010 y no pudo ni acercarse siquiera a la gesta de Inglaterra 1966. 

Compartir grupo con Brasil, Portugal y Costa de Marfil tampoco ayudó. 

Y ahí sí es más probable que el Líder Supremo no estuviera especialmente contento con el papel de sus jugadores.

Pero eso es otra historia...

jueves, 17 de marzo de 2022

Eusébio, la Pantera Negra que rugió en Inglaterra 1966

26 de julio de 1966. Londres. Estadio de Wembley. 94.000 espectadores enfervorizados gritan y se abrazan celebrando el triunfo de la selección inglesa que mete a los pupilos de Alf Ramsey en la final de la Copa del Mundo por primera vez en su historia. 

Sobre el césped, el número 13 de Portugal llora a lágrima viva. Sus compañeros no encuentran la manera de consolar al jugador que ha llevado a los lusos por primera vez en su historia a participar en un mundial y que les ha dejado, con sus goles, a las puertas de la gloria. A un solo paso de disputar la gran final. El número 13 de Portugal es la Pantera Negra. Su nombre es Eusébio.

Eusébio se marcha entre lágrimas tras la eliminación de Portugal.
Fotografía: PA Wire/Press Association Images/Cordon Press.

Eusébio da Silva Ferreira nació en 1942 en Lourenço Marques, hoy Maputo, capital de Mozambique, que en aquel tiempo era una provincia portuguesa de ultramar. Muy pronto empezó a golpear pelotas de trapo, de papel o del material que fuera en cualquier rincón del barrio. 

Con 17 años ya jugaba en el Sporting de Lourenço Marques. Era un interior de muchísimo recorrido, velocísimo, con un disparo potentísimo y una habilidad innata para encontrar los espacios y atacarlos. Había marcado en Lorenço Marques 77 tantos en tan solo 42 partidos y muy pronto su fama llegó a la Metrópoli.

***

Diciembre de 1960. Eusébio estaba a punto de cumplir 18 años. El Benfica, club donde ya jugaba su paisano Mário Coluna, le puso a su madre y a su hermano un contrato encima de la mesa que no podían rechazar para hacerse con los servicios del prometedor atacante.

Y entonces, se lio el quilombo. La versión portuguesa del caso Di Stéfano.

El Benfica hizo volar a Eusébio desde Mozambique con un nombre falso, Ruth Malosso, porque el Sporting de Portugal sostenía que tenía derecho de tanteo sobre todos los jugadores procedentes del Sporting Lourenço Marques, una especie de filial del equipo lisboeta que incluso vestía sus mismos colores. 

El jugador aterrizó en el aeropuerto de Lisboa el 17 de diciembre y, tras una breve estancia en la capital, se esfumó. 

Se lo tragó la tierra. 

Desapareció del mapa.

Y es que el Benfica, para evitar que los representantes del Sporting tuvieran ningún tipo de contacto con él, lo mandó a un hotel del Algarve, sin que nadie lo supiera, acompañado por un preparador del club. Estuvo oculto dos semanas. Entrenando.

Finalmente, el 13 de mayo de 1961, tras cinco largos meses de disputas judiciales, el Benfica ganó en los tribunales y pudo tramitar su ficha con el beneplácito de la Federación Portuguesa, previo pago unos 450.000 escudos portugueses a su club de origen.

Eusébio se convirtió en la gran esperanza del Benfica.

***

A Eusébio no le dio tiempo a disputar la célebre final de la Copa de Europa del 61, la de Berna, la de los palos cuadrados, la que el Benfica le ganó al FC Barcelona por 3 a 2 para obtener su primer entorchado continental. Pero sí pudo debutar en el último partido de Liga de la temporada 1961 ante el Vitoria de Setúbal, donde el joven anotó un tanto.

Pese a todo, Eusébio no tardó demasiado tiempo en estar en boca de todos. En septiembre de ese mismo año de 1961, en el Torneo de París que enfrentó al Santos y al Benfica, Eusébio esperaba su oportunidad en el banquillo mientras los once que ganaron la final de Berna se medían a Pelé y compañía. Los brasileños les dieron un buen baño y para cuando Eusébio saltó al césped el Benfica ya perdía 4 a 0 y recibió un quinto tanto nada más salir él.

Pero el joven atacante mozambiqueño marcó 3 goles en apenas 20 minutos. Y fue Pelé quien cerró la cuenta para que los brasileños acabaran ganando por 6 a 3. Al día siguiente la foto de Eusébio aparecía en la portada del diario L’Equipe. Aquel fue el primer día que el mundo del fútbol escuchó los rugidos de la Pantera Negra. 

Pronto esos rugidos serían mucho más nítidos.

O Rey Pelé y la Pantera Negra del Benfica. 

Apenas un mes más tarde, el 8 de octubre de 1961, Eusébio debutó con la selección de Portugal en un partido de clasificación para el Mundial de Chile 62, y, aunque marcó un tanto, el equipo cayó en Luxemburgo por 4 a 2 y dijo adiós a sus posibilidades de estar en tierras andinas. 

Volvieron a caer de nuevo en Wembley ante Inglaterra para confirmar definitivamente que no estarían en el Mundial, pero Eusébio jugó un partidazo que sorprendió a todos, pese a la derrota. Al final, serían los ingleses quienes se clasificarían para la fase final de la Copa del Mundo .

La figura de Eusébio seguía agigantándose y en Europa ya era realmente temido, tanto él como su equipo. En 1962, un año después de Berna, el Benfica volvía a plantarse en la final de la Copa de Europa, esta vez con Eusébio como protagonista y con un papel determinante. Enfrente estaba, esta vez, el Real Madrid, con 5 de las 6 copas disputadas hasta el momento en sus vitrinas. 

Y los madridistas se adelantaron con dos tantos de Puskas que Aguas y Cavem lograron contrarrestar. El magiar volvió a marcar el 3 a 2 para el Madrid, para irse con ventaja al descanso, pero tras el paso por vestuarios los portugueses remontaron el choque para revalidar su título de campeones de Europa. El Benfica ganó 5 a 3 con dos tantos de Eusébio quien, con apenas 20 años, ya estaba considerado uno de los mejores atacantes de Europa.

En este contexto, el Benfica de Eusébio se convirtió en el mejor equipo de Europa del momento, sucediendo al Real Madrid en el trono europeo, sólo que, al contrario que los blancos, no pudieron refrendarlo con más títulos. 

Once del Benfica que ganó la final de la Copa de Europa de 1962.

Quizá fuera la maldición de Bela Guttmann, el entrenador que forjó ese magnífico equipo de las Águilas y que fue despedido después de pedir un aumento de sueldo. “El Benfica nunca volverá a ganar una Copa de Europa sin mí”, fueron las palabras que completan la maldición más conocida (y más efectiva) del mundo del fútbol. 

El caso es que ese Benfica liderado en ataque por la Pantera Negra volvió a llegar a la final de la Copa de Europa de 1963, pero esta vez la perdió ante el Milan después de adelantarse en el marcador con un tanto del mozambiqueño.

En la Copa de Europa de 1965, el Benfica volvió a llegar a la final, después de dejar en el camino al Real Madrid con una contundente victoria en La Luz por 5 tantos a 1 con un Eusébio estelar y desatado. Dicen quienes lo vieron que fue el mejor partido de la Pantera. 

Pero la final la volvieron a perder. 

Esta vez contra el Inter de Milan de Helenio Herrera en el mismísimo estadio de San Siro, con el central del Benfica jugando de portero después de la lesión del cancerbero y poniendo cerco a portería interista. Al final el 1 a 0 a favor de los neroazzurros privó al Benfica, y a Eusébio, de una nueva Copa de Europa. 

Pero ese año, el jugador mozambiqueño recibió nada más y nada menos que el Balón de Oro, colofón a una campaña nuevamente extraordinaria con el título de Liga, el de Copa y siendo finalista de la Copa de Europa.

Eusébio ofrece a los aficionados del Benfica el Balón de Oro.

***

El Mundial de Inglaterra de 1966 se acercaba. Y Portugal, por primera vez en su historia, estaría presente en la cita más importante del fútbol de selecciones. Y lo harían con uno de los mejores jugadores del mundo en sus filas.

Portugal había compartido el grupo de clasificación con Checoslovaquia, Rumanía y Turquía y sólo el campeón iba a Inglaterra. Los lusos acabaron primeros ganando cuatro partidos, empatando contra Checoslovaquia en la penúltima jornada y perdiendo un intrascendente choque ante Rumanía con la clasificación ya certificada.

Pero en Inglaterra, el sorteo no fue benévolo con los ibéricos. La selección entrenada por Otto Gloria cayó en el grupo de la muerte junto a Bulgaria, Brasil y Hungría. Pese a todo, las cosas empezaron bien para los portugueses, que doblegaron a los húngaros por tres tantos a uno. Los brasileños también ganaron, pero, en su caso, la felicidad de la victoria se vio empañada por la lesión de su buque insignia, Pelé, atropellado una y otra vez por los defensores búlgaros.

En el segundo partido del grupo, los portugueses remataron la faena derrotando por tres goles a cero a los búlgaros, con la primera diana de Eusébio en el torneo. En cambio, los brasileños cayeron derrotados ante Hungría sin la participación de un Pelé lesionado.

En el partido que cerraba el grupo, los brasileños estaban obligados a vencer a Portugal para seguir adelante en el torneo, mientras que los portugueses podían jugar más tranquilos con cuatro puntos en el zurrón. Con un empate estaban virtualmente clasificados. 

El duelo entre Pelé y la Pantera Negra fue muy descafeinado. El astro brasileño jugó lastrado por la lesión de rodilla que había sufrido ante Bulgaria y, después de múltiples entradas de los zagueros lusos, de múltiples visitas a la banda a ser atendido por los servicios médicos y de una última entrada de Morais, siguió renqueando por el campo, cojeando, porque en esa época no había cambios. 

En esas, primero Simoes y después Eusébio pusieron por delante a Portugal y el gol de Rildo sólo generó un poco de incertidumbre hasta el definitivo tres a uno de Eusébio que envió a los brasileños, los actuales campeones, a casa

La Pantera Negra marcó dos goles para mandar a casa a Brasil.

Hungría y Portugal seguían adelante.

Los cuartos de final iban a deparar un choque inédito en la Copa del Mundo entre dos selecciones debutantes en el torneo. La Portugal de Eusébio, que había ganado sus tres partidos de la primera fase, ante la sorprendente Corea del Norte, que había vencido a Italia por un gol a cero para clasificarse como segunda de grupo y enviar a los transalpinos de vuelta a casa en una de las sorpresas más descomunales de la historia de los mundiales. La Unión Soviética había sido la primera del grupo de italianos y norcoreanos y eliminó también a los húngaros en cuartos para acceder a las semifinales.

El 23 de julio, en el estadio Goodison Park, de Liverpool, norcoreanos y portugueses saltaron al campo conscientes de que jugaban un partido para la historia. E increíblemente, al minuto de encuentro, Pak Sung Jin hizo el primer gol. Los portugueses, atónitos, asistieron a una exhibición asiática que culminó con dos goles más. Habían pasado 25 minutos de partido y Corea del Norte goleaba por 3 a 0 a Portugal. Ver para creer.

Pero entonces emergió la figura de la Pantera Negra en el partido más recordado de toda su carrera. A los dos minutos del tercer gol coreano, Coluna vio el desmarque de Eusébio y le envió un balón en profundidad que el mozambiqueño transformó en el 3 a 1. 

Y a falta de un minuto para acabar el primer acto, puso en la escuadra un penalti que le habían hecho a él. 3 a 2 para Corea del Norte al descanso. 

Ya llovía menos.

Los goles de Eusébio arreglaron el desaguisado ante Corea del Norte.

A la salida de los vestuarios, Portugal se convirtió en un vendaval y Eusébio clavó de volea la pelota en la portería norcoreana para empatar a tres. Unos cuantos minutos más tarde, la Pantera se metió entre dos defensores en el área y lo derribaron claramente. El penalti lo volvió a ejecutar Eusébio para remontar el encuentro. 

Aún marcaría José Augusto de cabeza el tanto que finiquitaba el choque: cinco a tres para Portugal y a disputar la semifinal del Mundial contra Inglaterra tres días después.

Sin embargo, nada más acabar el encuentro de cuartos de final, los portugueses empezaron a perder la semifinal. Según las normas del torneo, las semifinales se jugarían en la sede del equipo que mejor resultados hubiera obtenido durante el campeonato. Y entre Portugal e Inglaterra, el equipo que mejor coeficiente tenía era Portugal. 

Así que la semifinal ante los anfitriones debería haberse jugado en Goodison Park, en Liverpool, en el estadio del Everton. Pero la Federación Inglesa llamó a la Portuguesa y les convenció de jugar en Wembley, de donde la selección de Alf Ramsey no se había movido en todo el Mundial. Los jugadores lusos no querían ni oír hablar del cambio, y más después de haber jugado cuatro partidos en Liverpool y haberlos ganado todos, pero su propia federación lo aceptó (nadie sabe a ciencia cierta por qué) y el choque cambió de escenario para disputarse en Wembley.

Y en Wembley, ante 94.000 espectadores vociferantes, Eusébio sufrió el marcaje al hombre de Nobby Stiles, un arbitraje permisivo de Pierre Schwinté y un partido memorable de Bobby Charlton, que marcó un golazo en el minuto 30 de partido y otro a tan sólo 10 para el final para poner a los ingleses a un paso de la final de la Copa del Mundo. 

Eusébio recortó distancias a falta de 7 minutos transformando un penalti por manos de Jack Charlton. Era su octavo gol en el torneo, pero no sirvió para llevar a Portugal a la final y tampoco para ahogar su llanto cuando sonó el pitido del colegiado.

Eusébio marcó de penalti un gol que no le bastó a Portugal.

El tercer y cuarto puesto ante la Unión Soviética sirvió para confirmar la mejor clasificación de Portugal en la historia de los mundiales, para que Eusébio confirmara la Bota de Oro con otro gol más (hizo nueve en seis partidos) y para que recibiera el título honorífico de mejor jugador del campeonato.

***

Curiosamente, ese Mundial lo alejó del millonario contrato que le proponía el Inter de Milán. Dos años atrás, la Juventus de Turín había intentado fichar a Eusébio, pero el mismísimo presidente de Portugal se reunió con el jugador para pedirle que se quedara, al menos, hasta pasado en Mundial de Inglaterra. 

Una vez concluido el torneo, el que vino a por él fue el Inter y, esta vez, el Benfica no tenía más remedio que dejarlo salir. Pero la eliminación de Italia de la Copa del Mundo ante los norcoreanos supuso tal trauma en el país que la federación cerró las fronteras y prohibió el fichaje de extranjeros por considerar que se estaba perjudicando claramente el nivel de la selección italiana.

Y así fue como Eusébio se quedó en el Benfica. 

Y así fue como Eusébio siguió marcando goles con las Águilas. 

Y así fue cómo Eusébio volvió a pisar el estadio de Wembley para disputar la final de la Copa de Europa de 1968 ante el Manchester United. 

Y así fue cómo Eusébio volvió a ser marcado “férreamente” por Nobby Stiles. 

Y así fue cómo Eusébio volvió a perder en Wembley, donde nunca ganó. 

Y así fue cómo Eusébio y el Benfica volvieron a sufrir la maldición de Guttmann y volvieron a perder otra final de Copa de Europa. La tercera.

El United derrotó 4 a 1 al Benfica en la final de la Copa de Europa de 1968.

La Pantera Negra se marchó del club encarnado a los 33 años y cuando ya no podía ofrecer más a su equipo del alma, con la rodilla izquierda echa cisco, después de seis operaciones. Con el cuadro lisboeta marcó 471 goles en 440 partidos y ganó 11 Ligas, 5 Copas y 2 Copas de Europa. Ganó el Balón de Oro en 1965 y las Botas de Oro Europeas de 1968 y 1973.

Y se fue a hacer las Américas. Primero, a Estados Unidos. Después, a Canadá. De vuelta a Estados Unidos. Y después, a México. El físico ya no le acompañaba, pero la Pantera no se quería retirar. Tenía 38 años y volvió a Portugal, donde cerró su periplo como jugador en un par de equipos modestos. Finalmente, en 1979, el astro se retiró. Y dejó una huella imborrable en los seguidores del Benfica, en los portugueses y en todos los amantes al fútbol.

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La Pantera sembró las bases de la grandeza de la selección portuguesa y marcó una época codeándose con los mejores jugadores del mundo. Aún le daría tiempo a ver cómo Portugal le ganaba la semifinal de la Eurocopa de 2004 a Inglaterra en tierras lusas y desde el punto de penalti para vengarse de la derrota del 66. 

Eusébio felicita a Ricardo tras la victoria ante Inglaterra.

Pero también vio cómo los griegos impedían que Portugal se llevara la gloria en la final.

Eusébio murió el 5 de enero de 2014, a punto de cumplir los 72 años, y sin tiempo para ver cómo esa gran selección que él contribuyó a crear ganaba la primera Eurocopa de su historia, aunque no fuera ante Inglaterra, sino ante Francia y en terreno francés.