"El triunfo final en el campeonato es un nuevo amanecer donde las palabras enamoran a la pelota"

martes, 19 de febrero de 2008

El plus del anfitrión

Durante muchos años, la condición de organizador de una Copa del Mundo era sinónimo de hacer un grandísimo torneo, de ser uno de los rivales a batir, de convertirse en la selección a la que nadie se quiere enfrentar; aunque también ha sido siempre motivo de presión añadida, sobre todo para las grandes potencias futbolísticas (dígase Brasil en 1950 con Maracanazo incluido, o los más recientes fracasos de Alemania en 2006 o Italia en 1990). Sea como sea, los anfitriones siempre son más favoritos que el resto.

Y esta máxima se cumplió a rajatabla en las dos primeras ediciones de la competición. En 1930, Uruguay fue el anfitrión y el ganador de la Copa, aunque a la condición de local había que añadir un potencial enorme certificado dos años atrás, en 1928, en los Juegos Olímpicos de Amsterdam ante el mismo futuro rival. Y es que fueron sus vecinos argentinos los que los desafiaron en la final, pero no pudieron con una selección que era consciente de que debía ratificar su condición de número uno del mundo ante su público y ante su vecino grande. Los uruguayos fueron los primeros campeones de la Copa del Mundo y los primeros, como no podía ser de otra manera, que ganaron en casa.

En 1934, en Italia, el campeón no se presentó (como reacción a la negativa de la mayoría de países europeos a participar en la primera Copa del Mundo). Uruguay se convirtió en el primer y único campeón de la historia que no ha defendido su título.
Esto merece una explicación. Desde los inicios de la Copa del Mundo, los campeones y los anfitriones eran invitados directamente, sin pasar por la fase de clasificación. Eso conllevaba una serie de beneficios que, a su vez, podían ser un arma de doble filo: por un lado, no tenían que pelear la clasificación y la preparación era a base de amistosos y sin presión, pero, por otro, esa falta de tensión podía jugar malas pasadas si el equipo no era lo suficientemente competitivo. Con estas premisas se compitió hasta el Mundial de Corea de 2002, donde la FIFA decidió que el campeón también se debería jugar la clasificación. De hecho, Brasil ha sido la única selección que, siendo campeona del Mundo, se ha jugado su pase al Mundial como todas las demás. La siguiente será Italia.
Pero volvamos a 1934. Entonces, los anfitriones italianos eran el gran coco. Italia era el enemigo a batir: no había campeón; Mussolini mandaba en Italia y quería una victoria que ratificara la superioridad italiana sobre el resto del mundo; además, los italianos reunieron un grupo repleto de argentinos nacionalizados (Orsi, Monti...) basándose en sus ancestros. E Italia ganó, como se sospechaba.
Fue en 1938 cuando se rompió el monopolio de los anfitriones. Francia organizó el torneo, pero cayó en cuartos de final y la Copa se volvió a ir hacia Italia, esta vez con menos sospechas que cuatro años atrás.
En 1950, tras el parón de la guerra mundial, el Mundial se fue a Brasil. Y los cariocas cayeron en Maracaná ante Uruguay cuando les bastaba el empate en la primera y única no final de una Copa del Mundo. El anfitrión llegó a la final, pero no ganó. Tal cosa volvió a suceder ocho años más tarde, en Suecia, con Brasil como feliz protagonista, pero desde entonces no ha vuelto a suceder nunca en la Copa del Mundo: cada vez que un organizador ha llegado a la final del Mundial, la ha ganado.

Además de Uruguay en 1930 e Italia en el 34, ganaron "sus mundiales" Inglaterra (66), Alemania (74), Argentina (78) y Francia (98).


Qué se lo cuenten a los holandeses, capaces de llegar a la final de un Mundial en dos torneos consecutivos y con el mal fario de medirse en ambas finales a los anfitriones, que acabaron dándole una gran alegría a los suyos para decepción de los tulipanes. Fue en 1974 de la mano de Cruyff y ante Alemania y en 1978 ante Argentina, ésta vez sin Cruyff.
En el camino se quedaron anfitriones menos glamourosos, pero no nos engañemos: casi todos ellos tuvieron una actuación muy superior a su potencial ante su hinchada. Sólo cabe una excepción: España en el Mundial'82.
A los hechos nos remitimos:

Francia, que no era un potencia en 1938, llegó a cuartos de final, donde cayó ante Italia, a la postre campeona.
Suiza, en el 54, logró la mejor clasificación de su historia platándose en cuartos de final y cayendo en un partido épico ante Austria (7 a 5). En la fase de grupos fue primera por delante de Inglaterra.
Suecia, en el 58, fue subcampeona del Mundo y sólo cedió ante un Brasil inmenso.
Chile, en el 62, fue tercera. Dejó en el camino a Italia en la primera fase y a la URSS de Yashine en cuartos, para ceder en semifinales ante Brasil, futuro campeón.
México, en el 70 y en el 86, se plantó en cuartos de final.
Corea, en el 2002, fue cuarta y Japón se metió en cuartos de final.

En fin, que ser anfitrión es un lujo, ¿o no? Lo sabremos en Sudáfrica.

PD. Una curiosidad más: Italia, Francia y Alemania han organizado dos mundiales. Ganaron uno y perdieron otro. Brasil ya perdió el suyo en 1950, ¿le toca ganar el de 2016?

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