"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

viernes, 6 de octubre de 2023

Los milagros de Fritz Walter

El final del verano de 1945 está siendo fresco en el valle de Tisza, en la frontera entre Ucrania y Rumanía. Una mañana desapacible de agosto, un convoy se detiene en el campo de prisioneros de Marmaros-Sziget. Viene cargado de soldados alemanes capturados con destino a Rusia. En realidad, el destino final es Siberia. El gulag. Trabajo extenuante. Frío extremo. Inanición. Enfermedades. Brutalidad. Y, casi con total seguridad, la muerte.

Del tren van bajando a trompicones los prisioneros, mientras algunos de los guardias, los que no se encargan de vigilarlos en ese momento, echan un partido de fútbol para matar el tiempo. Entre los que se bajan del tren hay un joven de 25 años que mira absorto cómo juegan sus presumibles carceleros en un campo de fútbol que ellos mismos han adecentado pintando rayas en el suelo y construyendo porterías con palos de madera. 

Tren de prisioneros con destino a Siberia.

En ese instante, la pelota sale despedida del terreno de juego en dirección al prisionero que, ni corto ni perezoso, la controla sin dejarla caer y le da unos cuantos toques antes de devolvérsela con precisión milimétrica. Los guardias se miran entre ellos y lo llaman. ¡Calienta que sales! Bueno, sin calentar. ¡A jugar!

El prisionero alemán, que arrastra las secuelas de una malaria desde hace unos meses, tiene una clase increíble. Domina el juego como nadie. Y eso que juega con el freno de mano echado. Y no está en condiciones ni físicas ni psicológicas. Aún así, un par de guardias no dejan de mirarlo constantemente. El joven alemán aún no sabe si eso es bueno o malo. Y sigue jugando. En un instante, para bien o para mal, saldrá de dudas.

En el tiempo de descanso, los guardias que tanto lo miraban se acercan a él. Son soldados húngaros del Ejército Rojo. Uno de ellos le habla directamente. “Te conozco. Budapest. 1942. Hungría 3- Alemania 5. Marcaste dos goles. Tú eres Fritz Walter”. Y le da la mano. Fritz Walter se la estrecha también y todos siguen jugando el partido que se ha quedado a medias. Un partido que sería el más importante de la vida de Fritz Walter. Un partido que supondría su salvación.

Porque al día siguiente el tren sigue su camino hacia el gulag, pero Fritz Walter no va en el convoy. El soldado húngaro del Ejército Rojo ha embaucado a su superior, un comandante soviético, al que le aseguró que el futbolista era austríaco, que le había pillado la guerra por casualidad y que no había disparado un solo tiro. Finalmente, el comandante ha tachado el nombre de Fritz Walter de la lista de los condenados al gulag siberiano. El futbolista alemán se queda en el campo de prisioneros y a finales de ese mismo año de 1945 vuelve a Kaiserslautern, su ciudad natal.

Un auténtico milagro. Un milagro que permitió a Fritz Walter salvar su vida para protagonizar nueve años más tarde otro mucho más reconocido: el Milagro de Berna. El destino depararía que ese segundo milagro futbolístico se produjese ante Hungría, la patria del soldado que le salvó la vida.

Pero… empecemos por el principio.

***

Fritz Walter nació en Kaiserslautern en 1920, apenas concluida la Primera Guerra Mundial, y muy pronto se vio seducido por el fútbol, como sus otros dos hermanos Ottmar y Ludwig. Empezó a jugar desde muy niño, a los 8 años entró en la escuela de fútbol del Kaiserslautern y con apenas 17 debutó en el primer equipo jugando de delantero, aunque pronto iba a reconvertirse definitivamente en centrocampista. Uno de los mejores centrocampistas de la historia del fútbol alemán.

El joven Fritz con la zamarra del Kaiserslautern.

Fritz consiguió que el Kaiserslautern, un equipo de la zona media de la liga Gaulida Südwest, una de las competiciones regionales alemanas en plena época de semiprofesionalismo, peleara por el título allá por 1939 ante rivales de enjundia como el Kicker Offenbach y el Wormatia Worms.

Pero con el inicio de la Segunda Guerra Mundial todo cambió. Las ligas regionales se paralizaron y sólo la Mannschaft siguió jugando partidos. Fue precisamente en ese periodo cuando el seleccionador Sepp Herberger llamó a Fritz Walter a la selección. El centrocampista debutó en un partido amistoso ante Rumanía disputado el 14 de julio de 1940. En Frankfurt, ante 35.000 espectadores, Alemania vencía por 9 a 3 y Fritz Walter anotaba tres tantos en su primer encuentro como internacional.

Mientras, la guerra asolaba el mundo. Pero Herberger consiguió convencer a los jerifaltes nazis de que la pelota siguiera rodando un poco más y de que la selección alemana continuara compitiendo. Y lo cierto es que no le costó mucho trabajo convencerlos, porque en el Ministerio de Propaganda del Tercer Reich ya se habían dado cuenta de que al “pueblo alemán” le importaba más una victoria de la selección alemana de fútbol que la conquista de una ciudad del Este de Europa. 

Así que organizaron más de 30 partidos ante selecciones de países aliados o neutrales en el período que va desde 1939 a 1942 y los jugadores de la Mannschaft recibieron permisos especiales para volver del frente o, en algunos casos, ni siquiera pisarlo. Aunque el mundo ardiera como si se tratara del mismísimo infierno.

España se enfrentó a Alemania en Berlín en 1942.

Fritz Walter jugó 24 de esos amistosos. Y anotó 19 tantos. Entre ellos los dos que, efectivamente, le hizo a Hungría en Budapest en 1942. Hasta que llegó el día que los nazis decidieron cerrar el chiringuito y enviar al frente a los futbolistas de manera definitiva y sin discusión posible. La sorprendente derrota ante Suiza (0-2) el 20 de abril de 1942 en un partido disputado para celebrar el cumpleaños de Adolf Hitler fue la antesala de la disolución de la Mannschaft.

Los jugadores recibieron un ultimátum. Jugarían un partido grande más ante la neutral Suecia, considerada una de las mejores selecciones de Europa en ese instante. Así, el 20 de septiembre de 1942, el estadio Olímpico de Berlín reunió a 100.000 aficionados alemanes para presenciar un encuentro que pretendía consolidar la supremacía futbolística alemana ante el coloso sueco. Pero los germanos cayeron por dos tantos a tres en un partido extraordinario del combinado escandinavo que silenció Berlín.

Tras la derrota, los nazis llegaron a la conclusión de que el fútbol servía de propaganda y de opio para el pueblo sólo si ganaban, porque las derrotas daban mala prensa, desmoralizaban a la gente y generaban críticas. Así que se acabó. La selección alemana se desmantelaba definitivamente y los jugadores se incorporaban a filas inmediatamente ¿Por necesidades de la guerra? También. Pero, sobre todo, porque habían perdido dos partidos.

Fritz Walter con la selección alemana en 1942.

***

Así que con 22 años recién cumplidos, Fritz Walter fue enviado al frente italiano. Pero no estaría allí mucho tiempo. Porque Sepp Herberger, el seleccionador alemán, movería cielo y tierra para que su futbolista predilecto pudiera seguir jugando al fútbol y habló con el mayor Hermann Graff, un famoso piloto de combate loco por el fútbol que montó un equipo de la Luftwaffe y organizó partidos allá por donde iba. 

El equipo se llamaba Rote Jäger (“Cazadores Rojos”) y Graff no dudó en reclamar a Fritz Walter para su regimiento de paracaidistas, es decir, para su equipo de fútbol. Por supuesto, pronto se convertiría en la estrella de un equipo que acabo siendo dirigido desde el banquillo por el mismísimo seleccionador Herberger.

Los Rote Jäger jugaron 34 partidos en 15 meses. Ganaron 30, perdieron 3 y empataron uno. Llenaron allá donde jugaron en plena guerra. Pero su aventura se acabó en el noviembre de 1944, cuando las autoridades nazis disolvieron todos los clubes deportivos militares ante el avance inexorable de las tropas aliadas.

Rote Jäger, el equipo de los Cazadores Rojos.

Y la suerte de los Rote Jäger se truncó definitivamente en enero de 1945 cuando el ejército soviético inició la ofensiva que le iba a abrir de par en par las puertas de Berlín. En esa ofensiva la escuadrilla de Hermann Graff fue destrozada por completo. Y los supervivientes, entre ellos Fritz Walter, fueron capturados y encerrados en campos de prisioneros. 

El futbolista fue a parar a un campo controlado por los norteamericanos, donde contrajo una malaria que le dejó secuelas. A consecuencia de ella, Fritz Walter odiaba los días de sol, que le provocaban continuos mareos y náuseas, y prefería el frío y la lluvia para jugar al fútbol. Por eso en Alemania, cuando un partido de fútbol se juega en condiciones meteorológicas adversas se dice que hace el tiempo de Fritz Walter.

Pero cuando el control del campo de prisioneros recayó sobre los soviéticos, éstos decidieron vaciarlo e ir llenando trenes de soldados alemanes con destino al gulag de Siberia. El futuro inmediato de Fritz Walter se oscurecía totalmente cuando le tocó subir a uno de esos trenes con final de trayecto en una muerte casi segura.

Sin embargo, el destino tenía otros planes para él.

Y se encontró con los magiares salvadores.

Se encontró con su primer milagro.

***

Fritz Walter regresó a Kaiserslautern a finales de 1945. La ciudad estaba destrozada y los aliados habían decidido disolver todos los clubes de fútbol durante el llamado proceso de desnazificación. Pero la medida duró apenas unos meses. En la zona de dominio francés, a la que pertenecía la ciudad, se creó la Oberliga Südwest, heredera de la antigua Gaulida Südwest, ya en noviembre de 1945. En el resto de lo que sería a partir de ese instante la República Federal Alemana se crearían tres ligas regionales más. El fútbol era una de las pocas cosas que habían sobrevivido a la guerra.

Así que Fritz Walter volvió a calzarse las botas y a enfundarse la camiseta del Kaiserslauten, el único club para el que jugó en su larga carrera futbolística. Y ganó con su equipo la Oberliga Südwest desde 1947 hasta 1957, con la única excepción de la temporada 1951-52, en la que fueron segundos tras el FC Saarbrücken. 

Y ganó dos Bundesligas, la de 1951 y la de 1953. Y renunció a ofertas muy suculentas del Nancy primero y del Atlético de Madrid después. Pero, tras consultarlo con Sepp Herberger, se quedó en Alemania, en su casa, donde su gesto fue recompensado con la propiedad de un cine y una lavandería en su ciudad natal.

Fritz Walter recoge el trofeo de la Bundesliga de 1953.

Pero mientras el fútbol de clubes iba recuperándose tras la debacle, la selección alemana sufría uno de los peores periodos de su historia. De entrada, donde antes hubo una sola selección, ahora se conformarían tres: la selección del Sarre, la RDA y la RFA. Además, la FIFA las castigó y no les permitió disputar la fase de clasificación para el Mundial de Brasil de 1950.

Sin embargo, el mítico Sepp Herberger no desfallecía. Seguía siendo el seleccionador, ahora de la República Federal Alemana, y comenzó a ver todos los partidos de las ligas regionales y a buscar futbolistas debajo de las piedras para asentar una base que permitiera a la Mannschaft participar en el Mundial de Suiza de 1954. 

Herberger sólo tenía clara una cosa: el equipo giraría en torno a Fritz Walter, aunque ya tuviera 33 años. Bueno, dos. Porque también sabía que tendría que trabajar muy duro para levantar la moral de un grupo derrotado psicológicamente y muy mermado físicamente si quería clasificarse para el Mundial y después competirlo.

En agosto de 1953 la RFA debutó en la fase de clasificación de la Copa del Mundo de Suiza ante Noruega. Los alemanes empataron en Oslo con un tanto de Fritz Walter (1-1). Habían salvado el primer envite, pero aún les quedaba mucho camino por recorrer. En noviembre, la Mannschaft recibía a sus paisanos del Sarre en Stuttgart y ahí estaba la clave de la clasificación. La RFA batió al Sarre con dos goles de Morlock y otro de Schade y cerró su pase al Mundial con dos victorias más ante Noruega en Hamburgo (5-1) y ante el Sarre de nuevo en Saarbrücken (1-3).

Al final, el viejo zorro de Herberger había conseguido lo más difícil, meter a una Alemania convaleciente en el Mundial de Suiza. Aunque entonces ni siquiera los más optimistas pudieran soñarlo, la historia del idilio de Alemania con la Copa del Mundo acababa de comenzar. Se estaba gestando el Milagro de Berna.

***

En abril de 1954, la Mannschaft disputó su único amistoso antes del Mundial. Lo hizo en territorio mundialista, ante la anfitriona, con la base de futbolistas que dos meses más tarde disputarían el torneo. Los alemanes fueron invitados para la inauguración del St. Jakob Stadium en Basilea, una de las sedes mundialistas, y allí demostraron que no tenían la intención de ir al Mundial de paseo. Los de Herberger se impusieron por 1 a 3.

Pese a que los resultados previos no eran malos, en Alemania no eran optimistas. Los medios de comunicación despidieron al equipo con un titular: “A Suiza en busca de un milagro”. Y mira por donde, el milagro se produciría. Y los alemanes que se quedaron en casa pudieron verlo en televisión porque fue el primer Mundial televisado de la historia.

Herberger con los seleccionados de Alemania para el Mundial 54.

Ya en el torneo, la RFA cayó en el grupo con la gran favorita Hungría, Turquía y Corea del Sur, pero un sistema novedoso hizo que sólo se tuviera que enfrentar a dos rivales: Turquía y Hungría. Por su parte, turcos y húngaros no se medirían entre sí y jugarían contra Corea del Sur además de contra los germanos. Se clasificaban las dos selecciones con más puntos en esos dos choques, pero en caso de empate a puntos (los goles no contaban), se jugaría un partido de desempate entre los equipos inmiscuidos.

Los de Herberger, comandados por Fritz Walter, batieron con facilidad a Turquía pese al tanto inicial de Suat (4-1), mientras los Mágicos Magiares se daban un festín ante Corea del Sur (9-0). En la segunda jornada, los turcos también batieron a los surcoreanos (7-0), mientras Herberger reservaba a cinco de sus titulares en el choque ante Hungría previendo que el partido llegaba demasiado pronto y guardándose un as en la manga por si se cruzaban más adelante.

Alemania cayó con estrépito (8-3) ante los favoritos a llevarse la Copa del Mundo y hubo de disputar un partido de desempate ante Turquía para dirimir quién acompañaría a Hungría a los cuartos de final. Sería Alemania, ahora ya con todos los titulares sobre el césped, quien barrería literalmente a los otomanos para meterse en las eliminatorias (7-2). El sueño, aunque lejano, seguía muy vivo.

La selección germana creció a medida que avanzaba el torneo, jugando cada vez mejor encomendados todos a la batuta de Fritz Walter, a la seguridad de Toni Turek bajo palos y a la pólvora arriba de Morlock, de Ottmar Walter (hermano de Fritz) y al descubrimiento del joven Helmut Rahn, que se hizo un hueco en el ataque de los de Herberger.

Fritz Walter en acción durante el torneo.

También la suerte influye. Y, en este caso, a la RFA le cayó una buena pizca. Porque los cruces fueron por sorteo, no se contemplaron las posiciones de las selecciones en la primera fase, y mientras que a Alemania le tocó en suerte Yugoslavia, a los magiares les cayó Brasil. 

Los de Herberger ganaron 2 a 0 en un choque áspero y duro, mientras que Hungría protagonizó una auténtica guerra con los brasileños que pasaría a la historia como la batalla de Berna. Pasaron los magiares, que vencieron a los subcampeones del mundo por 4 a 2, pero se llevaron golpes y palos (y los dieron también) por todos lados.

En semifinales, Alemania se mediría a su vecina Austria en un duelo que parecía parejo a priori, pero que resultó ser un paseo militar para Fritz Walter y sus compañeros. Los austríacos venían de dejar en la cuneta a Suiza en un partido extraordinario y extenuante que aún hoy ostenta el récord de goles marcados en un encuentro en toda la historia de los Mundiales. El 7 a 5 final para Austria fue una oda al fútbol de ataque, pero los austríacos acabaron pagando el esfuerzo cuatro días más tarde.

Un gol de Schäfer en la primera mitad daba ventaja a Alemania, aunque el partido estaba todavía muy abierto para la segunda parte. Pero fue entonces cuando los austríacos se vinieron abajo definitiva y estrepitosamente.

A los dos minutos de la reanudación, Fritz Walter puso un centro desde la esquina al corazón del área y Morlock se elevó majestuosamente entre dos defensas para hacer el dos a cero. Probst mantuvo con vida a los austríacos al marcar el dos a uno con un disparo desde la frontal del área, pero sólo fue un espejismo… 

Porque tres minutos más tarde Morlock fue derribado cuando encaraba al meta austríaco y Fritz Walter transformó la pena máxima para poner el 3 a 1 en el marcador. A los pocos minutos, el “16” alemán volvería a poner un centro magistral desde la esquina, aunque esta vez a la cabeza de su hermano Ottmar, que hizo el 4 a 1. 

Ottmar Walter marcó dos tantos ante Austria.

La semifinal la cerrarían de nuevo los dos hermanos: Fritz Walter anotando el quinto de nuevo desde el punto de penalti y Ottmar cabeceando un centro desde la derecha para dejar el marcador en un clamoroso 6 a 1.

La RFA, el equipo desmoralizado y vencido que parecía que no iba a Suiza a jugar un Mundial, sino a un matadero, había llegado al último partido. El equipo de Herberger, comandado por Fritz Walter, se había metido contra todo pronóstico en la final del torneo.

***

Y allí esperaban de nuevo los Mágicos Magiares. Esos que habían derrotado a Alemania en la primera fase por 8 a 3. Esos artistas que no perdían un partido desde 1952. Un equipazo que había sido capaz de batir a las dos grandes potencias sudamericanas, los finalistas del Mundial anterior, uno detrás de otro. Primero, Brasil. Después, la campeona Uruguay. Una escuadra imparable que había llegado a la final anotando… ¡¡25 goles en 4 partidos!! 

Pero en el fútbol los milagros existen. 
Y la final del Mundial 54 fue uno de ellos: el Milagro de Berna.

El saludo entre capitanes antes del Milagro.

La verdad es que para que se produjera tuvieron que darse antes otros pequeños milagros que, sumados, se convirtieron en el llamado Milagro de Berna.

Por ejemplo, que Puskás llegara muy, muy justito al partido, tras lesionarse precisamente ante Alemania en el partido “intrascendente” de la primera fase.

O que tras unos cuantos días seguidos de sol y calor en Berna, de repente lloviera a cántaros y la final se disputara con “el tiempo de Fritz Walter”, el jugador que prefería jugar con lluvia.

O que el campo estuviera impracticable, pero los alemanes dispusieran de unas botas de fútbol fabricadas por Adi Dassler con unos tacos de quita y pon de diferentes medidas que les permitieron mantenerse en pie sobre un auténtico patatal.

O que los palos cuadrados de Berna repelieran los balones húngaros hacia fuera y los que no los atajara un Toni Turek tocado por la varita mágica.

O que el extremo Helmut Rahn, que había ido convocado a última hora y llegó al torneo como suplente, acabara  convenciendo al entrenador para disputar la final y hacer los dos últimos goles que le dieron la vuelta al marcador. 

O que en un último ataque a la desesperada marcara Puskás, pero el árbitro anulara el tanto por un fuera de juego milimétrico que hoy diríamos que no fue.

O que un soldado húngaro salvara del Gulak nueve años antes al capitán y motor de la Mannschaft en el Mundial de Suiza de 1954.

Una coctelera agitada con pequeños milagros en proporciones perfectas que posibilitaron el Milagro de Berna.

***

Varias generaciones alemanas crecieron escuchando en casa el relato del partido que hizo el locutor Herbert Zimmermann y que se distribuyó en vinilos por todo el país. Padres, madres e hijos lo escuchaban juntos con devoción en sus casas aún sin creerse del todo que habían sido campeones del mundo derrotando a los Mágicos Magiares.

Y Fritz Walter, el capitán que levantó la primera Copa del Mundo de la historia de la Mannschaft, se convirtió en un ídolo en toda Alemania.

Fritz Walter sostiene en su mano la Copa del Mundo de 1954.

Un jugador que no sólo fue capaz de guiar a su selección hacia el triunfo ante uno de las mejores selecciones de la historia, sino que puso las bases de la devoción por el fútbol en un país devastado por la guerra que, a partir de ese momento, empezó a recuperar la autoestima agarrándose a la tabla de salvación que le proporcionó el deporte rey.

Un jugador al que la guerra le arrebató sus mejores años como futbolista, pero al que un milagro le permitió regresar a casa indemne para propiciar otro que pasaría a la historia.

Un jugador que nunca olvidó que debía la vida a un soldado húngaro amante del fútbol que seguramente lloró desconsolado la derrota de sus Mágicos Magiares, a la vez que se sentía orgulloso de ese soldado alemán al que salvó de una muerte casi segura un frío día de finales de agosto de 1945.

martes, 5 de septiembre de 2023

Jan van Beveren, la pieza que le faltó al engranaje de la Naranja Mecánica

Jan van Beveren tenía 26 años recién cumplidos cuando estaba a punto de comenzar el Mundial de Alemania 74. Estaba considerado el mejor portero holandés del momento. De hecho, para muchos, aún hoy es el mejor portero neerlandés de la historia, un peldaño por delante del mítico Van Breukelen y también de Edwin van der Sar. 

El joven Jan van Beveren en 1967.

Prototipo de lo que después sería la escuela de guardametas holandeses, el joven Jan era alto y espigado. Tenía una enorme seguridad en el juego aéreo, una colocación extraordinaria, una gran técnica y unos reflejos felinos que habían salvado goles cantados en contra de su Sparta de Rotterdam primero, su PSV Eindhoven después y de la selección holandesa siempre, de la cual era titular indiscutible desde su debut en 1967 sin haber cumplido aún los 20 años.

Pero Jan tenía también un carácter fuerte, complicado y bastante especial. Era de esos que no se callan nada y que no les importa enfrentarse a todo y a todos si consideran que hay un buen motivo para hacerlo. Un carácter que chocaba directamente con la estrella del equipo, que era prácticamente de su misma edad, el mítico Johan Cruyff. 

Van Beveren vuela para defender la portería del Sparta en 1967.

Por eso, a finales de 1969, cuando la selección neerlandesa cayó contra todo pronóstico ante Bulgaria camino al Mundial de México 70, el guardameta no se mordió la lengua y acusó a algunos de sus compañeros de no tomarse en serio el combinado nacional y de preocuparse sólo por el dinero.

Esto dijo textualmente: “No nos hemos clasificado porque algunos jugadores han olvidado la importancia del torneo, se han dedicado a hablar únicamente de dinero y han carecido del compromiso adecuado. Ha sido una gran decepción”.

Mensaje claro para el buen entendedor. 

Porque en esa selección holandesa preludio de la Naranja Mecánica el que empezaba a negociar las primas de los jugadores era Johan Cruyff y los que gozaban de ciertos “privilegios”, como llegar tarde a las concentraciones y a los entrenamientos, jugar sólo los parridos amistosos que les convenían, anteponer sus negocios personales a la selección o fumar en el vestuario, eran las incipientes estrellas del Ajax, la camarilla del Flaco que empezaba a copar la selección, y, en menor medida, algunos futbolistas de renombre del Feyenoord como Willen van Hanegem. 

Así que Jan fue claro, directo y rotundo. 
Así que Jan se escondió poco o nada. 
Así que Jan no hizo precisamente amigos aquel día. 
Así que Jan se le atragantó a más de un compañero. 

Y lo acabaría pagando caro.

Aún así, sus actuaciones en el Sparta de Rotterdam y después, a partir de 1970, en el PSV Eindhoven, le permitieron seguir defendiendo los tres palos de la Oranje de cara a la clasificación para el Mundial de Alemania de 1974. 

Once de Países Bajos que derrotó a Noruega camino al Mundial 74. 

Una clasificación que se les atragantó a los pupilos de Frantisek Fadrhonc en un grupo donde realmente sólo competían contra sus vecinos belgas. Ambos, belgas y holandeses, despacharon con absoluta solvencia sus choques ante Islandia y Noruega y empataron sin goles en Amberes.

Así que el último partido de la fase de clasificación entre neerlandeses y belgas sería totalmente decisivo. Un empate en Ámsterdam le valía a los tulipanes (tenía mejor diferencia de goles), mientras que los Diablos Rojos necesitaban la victoria sí querían estar en Alemania.

Van Beveren no pudo jugar ese partido decisivo el 18 de noviembre de 1973. El portero se había lesionado en la ingle en el choque ante los belgas en Amberes y su puesto bajo palos lo ocupó Piet Schrijvers, guardameta del Twente que a final de temporada ficharía por el Ajax de Ámsterdam. 

El partido fue tenso y disputado, pero nadie fue capaz de hacer un gol en 89 minutos. Hasta que los belgas dispusieron de su última oportunidad. Van Himst bota una falta desde la parte izquierda del ataque con el exterior de su pierna derecha y los neerlandeses salen en tromba a tirar un fuera de juego suicida. Por detrás entra libre de marca Jan Verheyen con tiempo suficiente para poner el interior del pie y mandar el balón al fondo de las mallas de un sorprendido Schrijvers que se había quedado a media salida. 

El estadio enmudeció de repente durante los pocos segundos que tardó el árbitro soviético Pavel Kazakov en levantar el brazo y anular el gol por un fuera de juego inexistente que los belgas protestaron sin ningún éxito. 

Por un pelo, Holanda volvía a jugar la fase final de un Mundial… ¡36 años después!

***

Tras la agónica clasificación para el Mundial, la Federación Holandesa decidió poner la selección en manos de Rinus Michels, en ese instante entrenador del FC Barcelona, con el que acababa de ganar la Liga en el increíble debut de Johan Cruyff en la competición española. 


Johan Cruyff y Rinus Michels en el FC Barcelona.

Michels era un auténtico ídolo en Holanda tras haber sido capaz de transformar el Ajax de Ámsterdam, luchando por no descender en la Liga Neerlandesa a su llegada en 1965, en un equipo temible en Europa que jugaba un fútbol ofensivo, rápido, técnico y espectacular. Michels había hecho debutar a los jóvenes Cruyff y Neeskens en el Ajax y con ellos llegó a su primera final de la Copa de Europa en 1969 (la perdió contra el Milan), con ellos ganó 4 Ligas y 3 Copas en 6 temporadas y, finalmente, la ansiada Copa de Europa en 1971. El técnico neerlandés que puso de moda el fútbol total se comprometió a conducir a su selección en el Mundial compaginando el cargo con el de entrenador del Barça.

En mayo de 1974, a la conclusión de la liga, Rinus Michels se incorporó definitivamente a la selección holandesa y empezó a confeccionar una lista de cara a decidir definitivamente qué futbolistas disputarían el Mundial a Alemania. Entre los convocados está el guardameta Jan van Beveren, en la recta final de la recuperación de su lesión en la ingle que le había mantenido fuera de la portería del PSV y de la selección durante buena parte de la temporada. Pero Cruyff, Neeskens y el clan de los jugadores del Ajax no iban a ponérselo fácil. Nada fácil.

Así, el 23 de mayo de 1974, el seleccionador había concertado un partido amistoso contra el Hamburgo. Michels se reunió con van Beveren y le dijo que iba a ser titular en el partido, pero el meta, que no quería precipitarse con su lesión, le pidió jugar sólo media parte. El técnico se negó. O el portero jugaba el partido entero o se iba para casa inmediatamente. No había más que decir. 

Cruyff y Michels tras el Holanda-Hamburgo que Van Beveren se negó a jugar.

Y Jan, que podía haberse tragado el orgullo y haberlo intentado, no lo hizo. Y ese mismo día tuvo que abandonar la concentración. Inmediatamente, Cruyff le dejó un recadito en los medios tachándolo de soberbio y de arrogante.

Mientras, en Ámsterdam, Jan Jongbloed disfrutaba de unas merecidas vacaciones tras una buena temporada en el FC Ámsterdam, heredero del mítico DWS. A sus 34 años las había visto de todos los colores y en ese instante sólo pensaba en descansar un poco, en trabajar en un estanco de su propiedad, en sacar un poco de tiempo para pescar, su otra gran pasión, en disfrutar del Mundial por la tele y en cargar pilas para la siguiente temporada, en la que su equipo disputaría la Copa de la UEFA tras un meritorio quinto puesto en el campeonato holandés.

Entonces sonó el teléfono.
Era Rinus Michels.
Jan Jongbloed se frotó los ojos y se pellizcó los brazos varias veces. No se podía creer.
La prensa neerlandesa, tampoco.

Porque Jongbloed era el portero de un equipo modesto, el DWS, y siempre había jugado allí desde que debutara en 1959 con apenas 19 años. Tres años después fue convocado con la selección holandesa por primera y única vez. 

Fue el 26 de septiembre de 1962 en un partido amistoso ante Dinamarca. Se sentó en el banquillo y Piet Lagarde, el cancerbero del DHC Delft, ocupó su sitio bajo los palos. En el minuto 85, con Dinamarca ganando por 3 goles a 1, Lagarde se rompió la clavícula y Jongbloed saltó al terreno de juego para debutar en la Oranje con cinco minutos de encuentro por delante. Aún le dio tiempo a recibir un gol. Después, el silencio. Doce años habían pasado desde entonces.

El elegido para sustituir a Van Beveren fue Jan Jongbloed. 

Sin embargo, el 26 de mayo de 1974 el meta Jan Jongbloed, a sus 34 años, redebutada con la Oranje ante Argentina en un amistoso que los tulipanes ganaron por un contundente 4 a 1. Jongbloed jugó más de líbero que de portero y tocó más balones con los pies y con la cabeza que con las manos. A Rinus Michels y a Johan Cruyff les encantó lo que vieron en ese partido y en los entrenamientos que vinieron después.

Así que a Jan Jongbloed, con la aquiesciencia de la estrella holandesa, lo volvió a llamar Michels para decirle que entraba directamente en la lista de 22 convocados para el Mundial junto al portero del Feyenoord Eddy Treijtel, campeón de liga, y el meta del Twente Schrijvers, segundo en liga y sustituto de Van Beveren en la fase de clasificación cuando se lesionó. 

Nadie en Holanda se lo podía creer. Hasta el punto de que la prensa criticaba que fuera al Mundial como tercer portero un “viejo” de 34 años. Un tercer portero que no había jugado en ninguno de los equipos grandes neerlandeses. Un tercer portero sin apenas pedigrí.

Los elegidos para representar a Países Bajos en el Mundial 74.

El caso es que los periodistas aún no lo sabían, ni Jongbloed probablemente tampoco, pero no iba a ser el tercer portero… 

¡Iba a ser el guardameta titular de la Naranja Mecánica en la Copa del Mundo!

***

El 15 de junio de 1974 debuta Holanda en un Mundial 36 años después. Se enfrentan a Uruguay en Hannover. Saltan al césped y el que encabeza el equipo es Johan Cruyff, con el 14 a la espalda y la cinta de capitán. Es el único del equipo que ha podido elegir el número de su camiseta. El resto, llevan a la espalda el número que les ha correspondido por orden alfabético. Tras Cruyff, con una camiseta amarilla que duele a la vista, con el ocho en la espalda y sin guantes, salta Jongbloed al terreno de juego. Su misión: ser el líbero de la Naranja Mecánica y, si acaso, después, intentar que no le metan ningún gol.

Sus compañeros presionan arriba y van con todo, así que él tiene que jugar lejos de su portería, atento a los balones en largo de los uruguayos. El experimento sale a la perfección y los neerlandeses se imponen claramente por dos goles a cero, lanzando un mensaje claro al mundo: son los favoritos para ganar la Copa del Mundo. 

Jongbloed celebra uno de los goles de Países Bajos a Uruguay. 

Pese a que se han dejado en casa al mejor portero holandés y han dejado en el banquillo a los otros dos mejores. Cruyff no tiene problemas. Felicita públicamente a Jongbloed y asegura que la toca con el pie mucho mejor que algunos futbolistas con los que ha jugado.

La Naranja Mecánica avanza con paso firme en el torneo. Empata sin goles ante Suecia y remata su clasificación a la segunda fase con una goleada ante Bulgaria (4-1) en la que Jongbloed encaja su primer gol en el Mundial que, además, es un tanto en propia meta de Krol, el defensa del Ajax. 

No volverá a encajar ni uno más hasta la final, porque la segunda fase de los neerlandeses es sencillamente impresionante. 

Los de Michels vuelven a barrer a Argentina con dos goles de Cruyff (4-0), noquean a la sorprendente RDA (2-0) y se permiten el lujo de prácticamente bailar a Brasil en el partido que decide quién será el finalista del torneo (2-0). 


Los holandeses tardan apenas un minuto y medio en plantarse en el área alemana sin que ni un solo futbolista teutón haya tocado el balón y Cruyff es derribado. Penalti y gol de Neeskens. Parece que la final se va a convertir en un paseo militar de la Naranja Mecánica, pero Alemania se recompone y se acerca poco a poco a la meta de Jongbloed, que no vive tan lejos de su portería como en otros encuentros.

A los 25 minutos de encuentro, penalti para Alemania. Breitner lo lanza con la pierna derecha. Fuerte, raso, a la derecha de un Jongbloed que ni se tira. Sale un metro hacia delante mientras observa cómo la pelota se introduce en su portería.

A falta de dos minutos para el final de la primera mitad, los germanos vuelven a pisar el área holandesa. Müller se revuelve dentro del área y saca un remate raso, flojo, pero bien colocado a la cepa del poste derecho del meta neerlandés. De nuevo, Jongbloed no tiene tiempo de ir al suelo y acompaña con la mirada una pelota que besa las mallas y se convierte en el 2 a 1 para los anfitriones.

Jongbloed ve cómo la pelota de Müller besa el fondo de las mallas. 

Es un ejercicio demagógico y de historia ficción elucubrar con la posibilidad de que Jan van Bareven hubiera detenido esos dos disparos, pero hay quien piensa que sí hubiera podido hacerlo. Hay quien piensa que Alemania tenía a Maier, un portero de primerísimo nivel que salvó a su equipo cuando lo necesitó en la final y Holanda tenía uno igual de bueno en casa, viendo el torneo por la televisión. 

También hay quien dice que la final la resolvió Gerd Müller, un delantero centro con un instinto goleador superlativo que resolvió en un momento de inspiración. Pero Holanda tenía también otro depredador del gol en casa: el futbolista del PSV Willy van der Klujlen, otro que no se calló y también fue borrado de la convocatoria.

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Tras el Mundial, Rinus Michels dejó la selección y se quedó sólo a los mandos del FC Barcelona, mientras que los destinos de la Oranje los condujo Geortge Knobel. En un primer momento, y con la clasificación para la Eurocopa de 1976 en el horizonte, el nuevo seleccionador heredó los jugadores que habían disputado el Mundial de Alemania y Jongbloed siguió defendiendo los palos neerlandeses en los primeros partidos de la fase de clasificación. 

Mientras, Van Beveren ya había dicho públicamente que renunciaba a la selección, aunque pronto se desdijo de sus palabras y se puso a disposición del nuevo seleccionador.

Así las cosas, Jongbloed jugó ante Finlandia en Helsinki (1-3) y ante Italia en Rotterdam (3-1), pero para el encuentro ante los fineses en casa, Geortge Knobel volvió a convocar a Van Beveren y al goleador Van der Kuijlen, que se estaban saliendo en el PSV Eindhoven. Ambos fueron titulares y Van der Kuijlen hizo tres goles en una victoria holgadísima de los tulipanes (4-1). Era el 3 de septiembre de 1975 y parecía que los holandeses podían volver a convivir todos juntos en armonía, pero nada más lejos de la realidad.

Países Bajos visitó Polonia inmersa en un gran caos interno. 

Apenas una semana más tarde, Holanda tenía que visitar Polonia y los jugadores del PSV reclamaron un mayor protagonismo en las alineaciones atendiendo a los méritos deportivos. Van de Beveren pedía más minutos para los gemelos René y Willy Van de Kerkhof, que apenas jugaban, y a Van der Kuijlen, habida cuenta que habían ganado la liga pasando por encima del Ajax y del Feyenoord.

Para acabarlo de arreglar, Cruyff y Neeskens llegaron un día más tarde que sus compañeros a la concentración (venían de Barcelona) y el goleador Van der Kuijlen no tuvo pelos en la lengua cuando los vio aparecer en el entrenamiento: “¡Vaya, aquí llegan los reyes de España!”, dicen que exclamó ante el resto de convocados.

El caso es que la visita de Holanda a Polonia acabó en desastre, con una tremenda victoria polaca (4-1) en la que el meta Van Bereven no estuvo nada afortunado. Tampoco ninguno de sus compañeros, pero él no tuvo reparos en dar la cara ante los medios de comunicación: “No jugué bien y cometí errores”, confesó ante los periodistas.

Un mes más tarde era Polonia la que visitaba Ámsterdam y Holanda era un auténtico polvorín. Cruyff exigió a Van Beveren una disculpa que no obtuvo y el guardameta y el atacante abandonaron la concentración. 

Van Beveren y Van der Kuijlen abandonan la concentración.

Los hermanos Van de Kerkhoff sí se quedaron. Y volvió Jongbloed, aunque esta vez le tocó ver el partido desde el banquillo. Holanda venció por tres goles a cero al día siguiente y los culpables quedaron perfectamente identificados. Para el gran público, los dos jugadores del PSV eran poco menos que unos traidores.

Holanda se clasificó para la fase final de la Eurocopa tras derrotar a Bélgica en los cuartos de final a doble partido, pero cayó contra pronóstico contra Checoslovaquia en semifinales (3 a 1) y acabó tercera al vencer en la final de consolación a Yugoslavia (3-2). El portero titular de Holanda fue Schrijvers, del Ajax, escoltado por Jan Ruiter, el guardameta del Anderlecht belga.

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El resultado en la Eurocopa le costó el puesto a Geortge Knobel al frente de la selección y entró en su lugar Jan Zwartkruis, hasta el momento segundo de Knobel y entrenador de porteros. El reto era clasificar a la Naranja Mecánica para el Mundial de Argentina 78 y lo cierto es que el técnico de Gelderland vivió una de las fases de clasificación más placenteras de la historia de la selección neerlandesa, ganando cinco de los seis partidos que disputó en un grupo bastante sencillo que compartía con Irlanda del Norte, Bélgica e Islandia.

En los partidos de clasificación volvió a la selección Jan van Beveren, aunque el ambiente siguió sin ser bueno y el mítico guardameta, que sería una pieza fundamental para el triunfo del PSV en la Liga Neerlandesa y en la obtención de la primera Copa de la UEFA de su historia, volvería a dejar la selección y renunciaría públicamente a disputar el Mundial de Argentina.

No sería el único. 

Los elegidos por Ernst Happel para el Mundial de 1978.

Tampoco fue Willen van Hanegem, en plena pelea con un compañero de equipo. Ni Johan Cruyff, que también renunció a disputar el Mundial por razones que nunca quedaron del todo aclaradas. 

Se dijo que no iba para protestar contra la Dictadura del general Videla en Argentina. Algunos apuntaron que no fue por desavenencias con Adidas, la marca que vestía a la selección holandesa. Otros que necesitaba un descanso después de muchos años a un nivel altísimo y a sus 31 años ya no se veía con fuerzas de conducir a su selección en el Mundial. Y, al final, parece ser que pesó mucho más un atraco a mano armada que sufrió en su propia casa de Barcelona con su mujer y sus hijos delante y que decidió no ausentarse de su familia por temor a un secuestro.

Tampoco estaría en el Mundial el seleccionador, Jan Zwartkruis, porque la Federación Neerlandesa había fichado al gren Ernst Happel, finalista de la Copa de Europa de ese año con el sorprendente Brujas, para que se hiciera cargo de una nueva reedición de la Naranja Mecánica.

Con estos mimbres, el técnico austríaco confeccionó una lista en la que volvía a entrar Jan Jongbloed de portero… ¡a los 38 años! Le acompañaban en la lista el sempiterno suplente Piet Schrijvers y Pim Doesburg, el portero del Sparta de Rotterdam. 

Schijvers, que había sido el titular durante prácticamente toda la fase de clasificación, vio de nuevo como Jongbloed saltaba al césped sin guantes, con su camiseta amarilla con el 8 a la espalda en el debut de Holanda en el Mundial 78 ante Irán (3-0). También lo hizo en el empate sin goles ante Perú y en la sorprendente derrota ante Escocia (2-3) que casi deja fuera de la segunda fase a la Naranja Mecánica.

Jongbloed encaja el primer gol ante Escocia en el Mundial 78.

Ernst Happel decidió entonces darle la oportunidad al guardameta del Ajax en la segunda fase y sentar a Jongbloed. Schijvers, por fin, iba a tener su oportunidad en un Mundial. 

Y respondió perfectamente en la clarísima victoria holandesa ante Austria (5-1) y en la “venganza” ante Alemania que acabó en empate a dos y dejaba a la Naranja Mecánica con pie y medio en su segunda final consecutiva de una Copa del Mundo. 

El último obstáculo era Italia. 
Pero ante Italia sufrió Schijvers la cara negra del fútbol. 

A los 18 minutos de partido Italia trianguló y Benetti dejó a solo a Bettega ante la salida a la desesperada del guardameta neerlandés. Pero Ernie Brandts llegó por detrás, metió el pie y acabó marcando en su propia portería. Además, cayó encima de Schijvers, que se lesionó. 

Tres minutos después saltaba Jongbloed al terreno de juego. 

El mismo Brandts batió a Dino Zoff para hacer el empate para Holanda a los cinco minutos de la segunda parte y Arie Hand daría la victoria a la Naranja Mecánica, que volvía a disputar la final de un Mundial de nuevo. 

Esta vez no estaría Cruyff. Pero bajo palos sí volvería a estar Jan Jongbloed.

Y Holanda, como cuatro años atrás, volvió a caer en la final ante la anfitriona

Y como cuatro años atrás, se discutió mucho sobre si Jongbloed pudo hacer algo más en los goles argentinos. En el primero de Kempes, sobre todo. Pero también en el segundo, que el Matador convirtió en la prórroga llevándose todos los rechaces. Y en el tercero, de Daniel Bertoni, en el que se empujaron él y Kempes antes de que el remate del número cuatro argentino se metiera en la portería de Jan Jongbloed para poner el 3 a 1 definitivo en el marcador y volver a dejar a Holanda a las puertas de la gloria. 

Kempes celebra el 1 a 0 con Jongbloed en el suelo.

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Pese a las dos finales perdidas, la Naranja Mecánica pasó a la historia como uno de los mejores equipos de la historia y revolucionó el fútbol en la década de los 70 de la mano de Michels y Cruyff. 

Pero… ¿qué hubiera pasado si, además, hubieran contado con los futbolistas más críticos con Cruyff y su entorno? ¿Hubiera venido la gloria y la posteridad de una generación de futbolistas que cambió la historia del fútbol para siempre acompañadas de títulos? 

Nunca lo sabremos.

Jan Van Beveren jamás disputó un Mundial ni una Eurocopa. 

Lo que sí sabemos es que Jan Beveren, uno de los mejores porteros del mundo del momento, referente en el PSV Eindhoven, ganador de 3 Eredivisies, 2 Copas Neerlandesas y una Copa de la UEFA, apenas jugó 32 partidos con su selección y nunca disputó una fase final de un Mundial ni de una Eurocopa. De hecho, acabó sus días como profesional en la Liga Norteamericana, donde se quedó definitivamente a vivir, huyendo de su país natal.

A la historia pasaría Jan Jongbloed como el portero de la mítica Naranja Mecánica, un guardameta peculiar que jugaba mejor con los pies que con las manos, que redebutó en la selección a los 34 años y que vistió en 24 ocasiones la zamarra neerlandesa, 12 de ellas en la fase final de una Copa del Mundo, incluyendo dos finales.

Jongbloed ya no volvió a la selección tras la final del Monumental, pero seguiría jugando en la Liga Neerlandesa hasta su retirada en 1986, cuando sufrió un ataque al corazón en un partido con 48 años ya cumplidos. 

Jan Jongbloed en 1984.

A día de hoy, con 707 partidos disputados, es el jugador con más encuentros a sus espaldas de la historia de la Eredivisie.

Así es la vida. Así es el fútbol
Caprichosos ambos.

viernes, 28 de julio de 2023

Alf Ramsey "inventa" el 4-4-2 y fulmina los extremos para llevar a Inglaterra a la gloria en 1966

A la conclusión del Mundial de Brasil de 1950 la selección de Inglaterra regresó a casa con una sensación de extrañeza, incredulidad, sorpresa e impotencia exacerbada. El equipo entrenado por Walter Winterbottom, que había accedido al cargo cuatro años antes con la clara intención de disputar por primera vez la Copa del Mundo de fútbol, cayó humillado por Estados Unidos (0-1), un equipo prácticamente amateur que derrotó a los inventores del fútbol en Belo Horizonte con un tanto de Joe Gaetjens, y certificó su regreso a casa con otra derrota ante España (0-1), que venció también a los pross con un gol de Telmo Zarra en Maracaná.

Esa selección que regresó a casa avergonzada y cariacontecida estaba capitaneada por Billy Wright, el centrocampista de los Wolves, pero tenía en sus filas a futbolistas de la calidad de Tom Finney, Jimmy Mullen, Stan Mortensen, Wilf Mannion, Roy Bentley e incluso Stanley Matthews, que llegó al torneo ya con 36 años cumplidos. Además de todos estos nombres, también jugaba en esa selección el mítico Alf Ramsey, baluarte defensivo del Tottenham. Ramsey no se podía explicar lo sucedido en Brasil. No entendía cómo Inglaterra había hecho un papel tan triste y lamentable en su estreno en la Copa del Mundo.

El diario Marca relata la derrota de Inglaterra ante Estados Unidos.

Tampoco lo entendían los medios de comunicación ingleses. De hecho, el Times de Londres lo contó así, a modo de epitafio: “En conmovido recuerdo al fútbol inglés que murió en Río de Janeiro el 2 de julio en 1950, entre profundos lamentos de un círculo de amigos y simpatizantes. Descanse en paz. El cadáver será incinerado y las cenizas llevadas a España”.

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Pero, pese a no entenderlo, tampoco pareció que los ingleses reflexionaran en exceso sobre su fracaso, que atribuyeron al largo viaje, al desconocimiento de los rivales, a la humedad existente, al césped de los estadios, a la forma de los postes de las porterías y demás zarandajas. Sobre todo, porque tres años más tarde, el 25 de noviembre de 1953, en un partido amistoso disputado en Wembley entre Inglaterra y Hungría, el seleccionador Winterbottom volvió a utilizar el mismo esquema táctico del Mundial de Brasil 50 y prácticamente los mismos jugadores.

Al meta Gil Merrick lo protegían en defensa Bill Eckersley, Alf Ramsey y el capitán Billy Wright. En el centro del campo, Harry Johnston y Jimmy Dickinson actuaban un poco más retrasados, mientras que Ernir Taylor y Jackie Sewell hacían de interiores. Arriba estaba Stan Mortensen de delantero centro y Stanley Matthews y George Robb en los extremos. Una WM clásica con seis supervivientes del Mundial para enfrentarse a la Campeona Olímpica de 1952, los Mágicos Magiares de Gustav Sebes.

Evidentemente, los ingleses, que nunca habían perdido en Wembley ante una selección no británica, no se habían preocupado de saber quiénes eran esos chicos húngaros que llevaban 23 partidos seguidos sin perder, que acababan de ganar las Olimpiadas de fútbol y que se preparaban a conciencia para el Mundial de Suiza que se celebraría apenas sietes meses más tarde. Los ingleses no concebían entonces que una selección no británica fuera capaz siquiera de hacerles sombra en su propia casa.

Los magiares saltaron al césped de Wembley con los dorsales cambiados, en una época en la que cada número solía indicar una posición en el campo, y, además, su técnico decidió también cambiar el sistema, ya de por sí modificado respecto de la clásica WM que los ingleses defendían y representaban. Le dijo Sebes a Hidegkuti, su delantero centro, que retrasara su posición y se viniera al centro del campo a recibir, para empezar a crear juego, sacar a los defensas de su zona y permitir las incorporaciones de los dos interiores húngaros: Puskas y Kocksis. 

Los Mágicos Magiares que tomaron Wembley en 1953.

Al minuto de juego ya ganaban los magiares por un gol a cero. Y sí, lo marcó Hidegkuti llegando desde atrás y lanzando un obús a la escuadra del meta inglés. Los de Wintterbottom empataron en una contra doce minutos más tarde, pero tan sólo fue un espejismo. Los húngaros llegaban una y otra vez a las inmediaciones del área inglesa y anotaron tres tantos más en un santiamén (otro de Hidegkuti y dos de Puskas) para ponerse uno a cuatro en el sagrado templo del fútbol, donde los espectadores se frotaban los ojos incrédulos sin acabar de entender qué estaba pasando sobre el terreno de juego.

Stan Mortesen hizo el segundo gol inglés poco antes del descanso, pero tras la reanudación los húngaros siguieron a lo suyo: más rápidos, más eléctricos, más técnicos, ocupando espacios por sorpresa, atacando todos y defendiendo todos también. Y Kocksis y Hidegkuti hicieron dos goles más para poner el marcador en un inapelable 2 a 6. 

Un resultado que maquillaría Alf Ramsey al transformar un penalti (bastante riguroso) mediada la segunda parte. Además del 3 a 6 final, ya de por sí esclarecedor, los datos no engañan: los magiares chutaron 35 veces entre los tres palos por 5 de los futbolistas ingleses. ¡Dispararon siete veces más que los Pross jugando fuera de casa!

El caso es que el revolcón fue de órdago y, pese a ser un partido amistoso, la noticia dio la vuelta al mundo. No era para menos, porque se trataba de la primera derrota inglesa de la historia en su templo de Wembley ante una selección de fuera de las islas.

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Alf Ramsey, que aún le daba vueltas a los que había pasado en Brasil ante Estados Unidos y España, ahora ya sí que no sabía dónde meterse. Y lo cierto es que no se metió en ningún sitio, porque no volvió a ser convocado con la selección de Inglaterra. Como tampoco Bill Eckersley, Harry Johnston y George Robb. Alf Ramsey había disputado 32 encuentros con la camiseta de los Tres Leones.

Al menos, como no hay mal que por bien no venga, el bueno de Ramsey se evitó el disgusto de la revancha, ya que los ingleses viajaron a Budapest en el mes de mayo de 1954, apenas un mes antes del Mundial, y cayeron de nuevo estrepitosamente, esta vez por 7 tantos a 1.

Y también esquivó la segunda participación sin premio de Inglaterra en la Copa del Mundo, cuando cayó en cuartos de final ante Uruguay por cuatro goles a dos en Suiza 1954, un Mundial que pasará a la historia por la sorprendente derrota de los Mágicos Magiares ante la Alemania de Herberger en el llamado el Milagro de Berna.

La Garra Charrúa apeó a Inglaterra del Mundial de Suiza en cuartos de final. 

Estas derrotas en la selección hicieron reflexionar a Alf Ramsey, que colgó las botas en el verano de 1955, a los 35 años, e inmediatamente dio el salto a los banquillos. Se puso a entrenar al Ipswich Town, que entonces militaba en Tercera División, y lo fue moldeando a su gusto. 

Con muy poco presupuesto que gastar, cuando se percató de que no tenía buenos extremos en el equipo, decidió darle un vuelco a la táctica y empezó a gestar un 4-4-2 que nadie había usado nunca en Inglaterra hasta ese momento, aunque sí lo ponía en práctica el Dinamo de Kiev de Viktor Maslov al otro lado del Telón de Acero. Esa decisión le trajo problemas con los más puristas, es decir, casi con todo el mundo, que no entendían cómo Ramsey prescindía de los extremos en la tierra de Stanley Matthews y Tom Finney.

Pero su Ipswich Town ascendió peldaño a peldaño hasta llegar a la Primera División de la Liga Inglesa y, además, en su primera temporada en la élite, la 1961-1962, levantó el título de Liga. Ramsey se empezaba a convertir en una especie de tótem de los banquillos y recibía una llamada que le iba a cambiar la vida. A la vuelta del Mundial de Chile de 1962, Winterbottom dimitía como seleccionador inglés tras 139 partidos sentado en el banquillo de la selección de los Tres Leones y la Federación le ofrecía el puesto a Alf Ramsey.

Y así fue cómo el defensa que estuvo sobre el césped en los desastres más descomunales de los Pross se hacía cargo de la selección de cara a la Copa del Mundo más importante de su historia, la que se celebraría en Inglaterra cuatro años más tarde. Ramsey, optimista como pocos, declaró desde el primer día que Inglaterra levantaría la Copa del Mundo en Wembley en 1966. Tenía mucho trabajo por delante… pero sabía perfectamente por dónde empezar.

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Y comenzó convenciendo a la Federación de que él tenía mando en plaza, es decir, que elegía a los seleccionados y, por supuesto, las tácticas con las que jugaría el equipo. Que sería el máximo responsable de la selección a todos los niveles. Y es que hasta ese instante, el seleccionador estaba supeditado a un comité de expertos que aprobaba los futbolistas convocados y las tácticas utilizadas y el margen de decisión del seleccionador inglés era bastante estrecho y limitado. 

Con eso tuvo que lidiar Winterbottom los 16 años que se mantuvo en el cargo. Y eso cambió totalmente Alf Ramsey nada más llegar a la selección, porque la Federación tuvo que aceptar que el seleccionador fuera totalmente y absolutamente independiente.

Como antes en el Ipswich, Ramsey pronto se dio cuenta de que la hornada de extremos del fútbol inglés no era especialmente buena y decidió probar primero poniendo a gente muy buena en posición de extremos aunque no lo fueran, como Bobby Charlton y Peter Thompson, en un 4-2-4 clásico, que era el sistema que había popularizado la selección brasileña en 1958 y en 1962 y con el que había ganado el torneo las dos ocasiones.

En el verano de 1964, en un cuadrangular disputado en América ante Brasil, Portugal y Argentina llamado Copa de Naciones y organizado por la Confederación Brasileña de Fútbol para conmemorar su 50º aniversario, Alf Ramsey se dio cuenta definitivamente de que con ese sistema no podría postularse como candidato al título en la Copa del Mundo que se celebraría dos años más tarde.

Inglaterra cayó 5 a 1 ante Brasil en el partido inaugural, empató con Portugal (1-1) y en el último encuentro ante Argentina se encontró con que el seleccionador de la albiceleste, al que le bastaba el empate para ganar el torneo, quitó a un delantero para meter a un centrocampista en labores de contención, se encerró y acabó ganando el partido, y la Copa de Naciones, en una contra (1-0). 

Argentina gana la Copa de Naciones de 1964.

Ese día Ramsey decidió modificar su sistema dijeran lo que dijeran y le pesara a quien le pesara.

Y es que ese 4-2-4 clásico con Charlton y Thompson pegados a la cal y Jimmy Greaves y Johnny Byrne en punta de ataque funcionaba muy bien cuando Inglaterra tenía el balón, pero al equipo le costaba horrores recuperar el esférico porque había cuatro jugadores que no tenían mentalidad defensiva y no ocupaban bien los espacios. 

Fue entonces cuando Alf Ramsey recurrió a Nobby Stiles, “el Carnicero”, un centrocampista especialmente sacrificado que le guardaba las espaldas a Bobby Charlton en el Manchester United. Ramsey decidió ponerlo de pivote defensivo por delante de la línea de cuatro para darle equilibrio al centro del campo y lo acompañó con una línea de tres centrocampistas de los cuales nadie jugaría abierto en banda, sino que las dejarían libres para la incorporación de los dos laterales. 

Alan Ball y Martin Peters serían los interiores y Bobby Charlton el organizador, con libertad absoluta por delante de su compañero Stiles. 

Arriba, de momento, Roger Hunt y Jimmy Greaves.

Alf Ramsey había pasado en tres años del 4-2-4 al 4-4-2, aunque con la variante de Bobby Charlton, cuya libertad convertía realmente el sistema en un 4-3-1-2. Así que, definitivamente, los inventores del fútbol parecía que iban a disputar e intentar ganar su Mundial sin extremos.

Ver para creer.

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Pese a todo, la gran revolución de Ramsey llegó en los cuartos de final del torneo, porque en la fase de grupos, el técnico aún no había decidido dar el giro copernicano completo y jugó con un 4-3-3 más clásico con extremos. El centro del campo lo conformaban Stiles, Peters y Charlton y arriba Greaves y Hunt tenían un sitio fijo y los acompañó John Connelly en el primer encuentro, Terry Paine en el segundo e Ian Callaghan en el tercero.

Los ingleses sufrieron más de lo que se esperaba. Inauguraron el campeonato con un empate sin goles ante Uruguay que dejó un amargo sabor de boca a unos aficionados que no las tenían todas consigo. Sin embargo, en la segunda jornada ante México los anfitriones vencieron con cierta comodidad (2-0) con un disparo durísimo de Bobby Charlton desde el borde del área en la recta final de la primera parte y con la sentencia de Roger Hunt en boca de gol tras un rechace del portero a falta de un cuarto de hora para el final. Y volvieron a vencer sin muchos sobresaltos (2-0) a una Francia desastrosa en defensa y portería con un doblete de Hunt tras sendos errores de la zaga y el portero galo.

En cuartos de final, el encuentro ante Argentina tenía visos de revancha tras la derrota en la Copa de Naciones del 64. Y ahí fue donde Alf Ramsey decidió apostar totalmente por el 4-4-2. El técnico introdujo en el once a Geoff Hurst por primera vez en el torneo en sustitución de Jimmy Greaves, la estrella del Tottenham, que había acabado el encuentro ante Francia con molestias tras un golpe en el mentón. 

Lo que son las cosas, el máximo goleador de la Liga Inglesa y una de las estrellas del campeonato ya no volvería a jugar en todo el torneo (hay que recordar que no se permitían cambios todavía) y Geoff Hurst se convertiría en el héroe del Mundial con sus tres tantos ante Alemania Federal en la final.

Ante Argentina el planteamiento de Ramsey fue quitar el extremo que solía acompañar a Hunt y Greaves y reforzar el centro del campo. Formó con Stiles por delante de la defensa y con Alan Ball, Martin Peters y Bobby Charlton completando la medular. Arriba, el intocable Roger Hunt y la novedad de Geoff Hurst para reemplazar a Greaves. Y fue precisamente Hurst quien hizo bueno el planteamiento al anotar de cabeza el gol de la victoria a falta de doce minutos para el final ante una selección albiceleste que llevaba tres cuartas partes del partido jugando con un jugador menos por la polémica expulsión de su capitán Antonio Rattín que, a la larga, propició la invención de las tarjetas amarillas y rojas.

Antonio Rattín no quiere salir del terreno de juego.

Ramsey ya no cambiaría su plan en lo que quedaba de Copa del Mundo. Ante la Portugal de Eusébio en semifinales volvieron a jugar los mismos once que derrotaron a Argentina y con el mismo sistema, un 4-4-2 sin extremos. 

Eso permitió que Bobby Charlton fuera una amenaza permanente durante todo el partido y decantara la semifinal para el once de los Tres Leones con su calidad y sus dos goles entrando desde atrás. Eusébio recortó distancias de penalti a falta de cinco minutos para el final, pero era demasiado tarde: la selección de Ramsey se metía en la final de su torneo con una idea de juego nueva, práctica y, precisamente por eso, convincente.

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La final ante Alemania paralizó a todo un país que se volcó con los suyos. 97.000 aficionados llenaron las gradas de Wembley y 32 millones de personas vieron el partido por televisión en el Reino Unido. Ese día grande para Inglaterra, “el Carnicero” Stiles, que había sido monaguillo en una parroquia católica de Manchester, como cada domingo a las siete de la mañana, acudió a oír misa y se llevó con él a Alan Ball, el más joven de todo el plantel. Después, por la tarde, ya en el estadio, se quitó la dentadura postiza, como hacía antes cada partido, para disputar el partido más importante de la historia de la selección inglesa.

Ese día, Ramsey, fiel a sus principios tanto o más que Stiles, volvió a apostar por los mismos once futbolistas que derrotaron a Argentina y Portugal y por el mismo sistema que tan buenos resultados le había dado al equipo. Enfrente, Helmut Schön tampoco hizo cambios y dispuso a sus hombres en un 4-2-4 con el joven Beckenbauer y Wolfgang Overath sosteniendo el centro del campo germano.

Los alemanes empezaron mejor, menos nerviosos y menos presionados pese a tener a todo un estadio en contra. Y a los doce minutos de partido se pusieron por delante y enmudecieron Wembley con un tanto de Helmut Haller. Pero los pupilos de Ramsey reaccionaron pronto y lograron empatar la final seis minutos más tarde con un cabezazo de Geoff Hurst, incomprensiblemente solo entre los dos centrales alemanes

En una segunda mitad tensa y sin demasiadas ocasiones, Martin Peters puso el grito de júbilo en la grada a poco menos de un cuarto de hora para el final del partido. El joven centrocampista aprovechó un rechace al aire de Höttgges para entrar en el área y rematar sin dejar caer la pelota para poner a Inglaterra por delante. 

Los ingleses tocaban la Copa del Mundo con la yema de los dedos ante su gente. 
Sólo faltaban 12 minutos.
Pero sobró uno. 

Porque Alemania peleó el empate a base de empuje y lo consiguió en una jugada llena de carambolas a un minuto del final. Beckenbauer disparó a puerta con potencia una falta lejanísima que rebotó en la barrera. El balón le cayó a Sigfried Hell dentro del área y volvió a rematar a puerta. Jack Charlton se cruzó y tocó el balón, que cayó a la espalda de un Uwe Seeler que ya tenía la caña preparada, pero afortunadamente para el atacante germano a su espalda apareció el defensa Weber para tirarse con todo y mandar la final a la prórroga.

Los ingleses protestan, pero el gol de Wolfgang Weber sube al marcado.

En la prórroga, ya saben, ganó Inglaterra con el gol más polémico de la historia de los Mundiales. Aunque, justo es decirlo, los de Ramsey salieron mucho mejor que los alemanes y tuvieron un par de ocasiones en las que el portero Tilkowoski hubo de intervenir para salvar a los suyos. Sin embargo, en el minuto once del tiempo extra no pudo hacer nada para evitar que los anfitriones se pusieran por delante. Si acaso podía haberlo hecho el árbitro de la contienda, el suizo Gottfried Dienst, que dio por bueno un tanto que aún hoy se discute si entró o no.

La jugada Bobby Charlton con un pase largo a Alan Ball, que ganó la línea de fondo y se sacó un centro buenísimo al corazón del área germana. Allí apareció Geoff Hurst como una exhalación, llegó antes que su par, controló con la derecha, se dio media vuelta y soltó un tremendo derechazo en el larguero que botó en la línea de cal. 

El árbitro dio el gol por válido tras consultar con el juez de línea pese a las protestas alemanas. Después, con el tiempo cumplido, Bobby Charlton le metió un balón en profundidad al goleador inglés para que anotara el cuarto tanto (el tercero de su cuenta) y cerrara definitivamente la final.

Cuando el colegiado pitó el final, toda Inglaterra celebró un triunfo histórico que su seleccionador había vaticinado nada más acceder al cargo tres años atrás. Los futbolistas ingleses levantaron al cielo de Wembley la Copa del Mundo mientras Ramsey se quedaba en un segundo plano del que lo sacaron sus propios futbolistas para hacerlo partícipe de una fiesta que él más que nadie había merecido por su apuesta sin fisuras por un sistema nuevo en el que muy pocos creían.

Los futbolistas ingleses celebran el título mundial sobre el césped.

Si acaso, sus futbolistas, a los que acabaron apodando los “Wingless Wonders”, “Maravilla sin extremos”. Esos que acabaron creyendo a pies juntillas en el método de su entrenador para formar un equipo mítico que puso por delante al colectivo sobre las individualidades y la forma de ver el fútbol de cada uno de ellos. No había para menos, porque de los once que saltaron al estadio de Wembley a disputar la final ante Alemania, ocho habían debutado en los apenas tres años que Ramsey llevaba al frente de los Tres Leones.

Gordon Banks, el mítico portero del Leicester, considerado el mejor de Inglaterra, acudió a una de las primeras convocatorias de Ramsey, cuando estaba formando la que sería su selección ideal. Tras acabar un partido amistoso, en la despedida de los jugadores, el meta saludó a Ramsey y le dijo amablemente, sin doble intención: “¡Hasta el próximo partido!”. Ramsey le miró muy serio y le contestó: “¿Ahora usted se elije a sí mismo? Creía que era yo el que elegía”. Los futbolistas se miraron entre ellos asombrados, pero captaron claramente la idea. Si Ramsey le decía eso al mejor portero inglés, estaba claro que nadie tenía el puesto en la selección asegurado.

Bobby Moore, el capitán de la selección y del West Ham, y para muchos el mejor defensa de la historia de Inglaterra, se había operado de un cáncer testicular en noviembre de 1964, pero no se lo dijo a nadie. Se pasó más de tres meses sin jugar y a los periodistas les dijo que tenía problemas en el pubis y que no podría volver a jugar a fútbol hasta estar definitivamente curado. Todo esto se supo tras la muerte del futbolista en 1993. Era uno de los fijos de Ramsey desde el principio.

Nobby Stiles, “el Carnicero” para muchos, “Nosferatu” para otros, y “el Drácula inglés” para algunos más, había nacido en un sótano del barrio de Collyhurst de Manchester durante los bombardeos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Y no sólo era desdentado, sino que también era miope. Tanto, que le decía a Bobby Charlton, su compañero también en el Machester United, que no se alejara de él más de quince yardas que si no ya le vería. Hasta que su entrenador, Matt Busby, le consiguió con unas buenas lentillas y se acabó el problema. Su imagen bailando con la Copa del Mundo en una mano y la dentadura postiza en la otra dio la vuelta al mundo. Sin él, sin su sacrificio en esa posición de líbero por delante de la defensa, hubiera sido imposible alzar el trofeo para Inglaterra.

Nobby Stiles en el Mundial de 1966.

Como lo hubiera sido sin Bobby Charlton, el capitán de los Diablos Rojos y ánima mater de la selección de Ramsey, fue uno de los supervivientes del Desastre de Múnich, el accidente aéreo que sufrió el Manchester United a su regreso del partido de Copa de Europa ante el Estrella Roja el 6 de febrero de 1958 y que se cobró la vida de 23 personas (8 futbolistas, 3 miembros del cuerpo técnico, 8 periodistas, 1 aficionado y 3 miembros de la tripulación). Ocho años después levantaba la Copa del Mundo y diez después la Copa de Europa con el Manchester United. En honor y en recuerdo de los que perdieron la vida en el accidente.

Martin Peters, el centrocampista del West Ham, recibió, como todos sus compañeros, dos entradas para la final para que la familia pudiera asistir al partido. El jugador se las vendió a un revendedor mientras sus padres veían el partido en la televisión. Claro que las cosas no son como ahora, porque el futbolista cobraba 100 libras a la semana en su club.

Jackie Charlton, “la Jirafa”, el hermano aguerrido de Bobby que jugó toda su vida en el Leeds, se hizo con un puesto en la defensa de los campeones junto a Moore, del que decía que no parecía un defensa inglés porque nunca gritaba y salía del campo siempre sonriente. A Jackie lo hizo debutar Ramsey con los Tres Leones en 1965 cuando estaba a punto de cumplir 30 años. 

Jack le preguntó directamente al técnico por qué lo había elegido. Ramsey, con franqueza y sencillez, le respondió que él no seleccionaba necesariamente a los mejores futbolistas, sino a los mejores futbolistas para su sistema. El bueno de Jack, un año después, era Campeón del Mundo jugando todos los partidos .

Así era el grupo que Ramsey había confeccionado durante la preparación del Mundial. Buenos futbolistas. Buenísimos futbolistas. Pero, sobre todo, los mejores jugadores para poner en práctica la idea de su técnico y plasmarla sobre el terreno de juego.

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A Ramsey le sirvió todo ese trabajo arduo de cohesión del grupo y de aprendizaje del nuevo sistema para conseguir la única Copa del Mundo de la historia de Inglaterra (hasta ahora) y para recibir, años más tarde, el título de Sir. 

También le sirvió para mantenerse como seleccionador en la Eurocopa del 68, donde disputó las semifinales del torneo y cayó ante Yugoslavia, y en el Mundial del 70, donde los alemanes se vengaron de la derrota en la final apeándolos de la Copa del Mundo en los cuartos de final tras un partido épico cuando los Tres Leones vencían por cero a dos a falta de veinte minutos para el final. Cayeron 3 a 2.

Müller marca el gol que elimina a Inglaterra del Mundial de México.

Aún dirigiría Ramsey a la selección de los Tres Leones en la fase de clasificación para la Eurocopa del 72, donde volvieron a caer en cuartos de final a doble partido ante Alemania. En Wembley los germanos dejaron la eliminatoria sentenciada venciendo por 1 a 3 y la superaron definitivamente dos semanas más tarde con un empate a cero en Berlín.

De hecho, tras la derrota ante Alemania en Wembley, el mítico periodista y escritor escocés Hugh McIlvanney escribió: “El fútbol timorato y aburrido era apenas soportable cuando propiciaba victorias, ahora que provoca derrotas solo puede haber una consecuencia”. Y la hubo, sólo que un poquito más adelante. Concretamente, dos años más adelante.

Porque la estrella del seleccionador que había conseguido que Inglaterra levantara la Copa del Mundo estaba empezando a apagarse. Y se apagó definitivamente en la fase de clasificación para el Mundial de Alemania 74, cuando Inglaterra, por primera vez en su historia desde que se dignó a participar allá por 1950, se quedó fuera de la Copa del Mundo. Polonia fue su verdugo en Wembley y quien provocaría la destitución de Alf Ramsey tras haber dirigido a Inglaterra en 119 partidos.

El innovador técnico inglés cayó víctima de su propio sistema. Un sistema que no era capaz de volver a rediseñar, mientras que otras selecciones como Holanda, Alemania o la misma Polonia habían perfeccionado, evolucionado y modernizado. Un sistema de juego que empezó a verse obsoleto y a cuestionarse muchísimo cuando los resultados dejaron de llegar. Alf Ramsey era consciente de ello y ya muchas veces había declarado que le pagaban por ganar partidos, nada más. Por eso, cuando dejó de ganarlos, lo echaron.

Alf Ramsey en noviembre de 1969.

Tras la derrota en casa ante Polonia que dejaba a Inglaterra fuera del Mundial de 1974, el comité llamó a Alf Ramsey para destituirlo. El técnico lo contó con estas palabras: “Fue la media hora más abrumadora de mi vida. Estaba de pie en una sala llena de miembros del comité que me miraban. Me sentía como si me estuvieran sometiendo a juicio. Pensé que me iban a colgar”. Quizá por eso recogió sus trastos y se fue sin hacer demasiado ruido.

Y así acabó la historia en la selección de Inglaterra del único técnico que ha llevado a los inventores del fútbol a levantar la Copa del Mundo.