"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

viernes, 7 de marzo de 2025

Las cábalas de Bilardo en el Mundial de México 86 (…y más allá)

“Al equipo le pido concentración. Un médico tiene que estar doce horas concentrado para que no se le muera el paciente. Yo pido noventa minutos nada más”.
Carlos Salvador Bilardo.

Carlos Salvador Bilardo, campeón del mundo en México 86 y subcampeón en Italia 90, recurría a una frase magnífica para definir el fútbol. Decía el Doctor: “El fútbol es lo más fácil que hay. El que inventó el color de las camisetas es un fenómeno. Si tengo tu misma camiseta, te la doy. Los del mismo color se la pasan entre ellos y patean al arco donde está el tipo que no almorzó con nosotros”.

Según Bilardo, eso es el fútbol. Lo más fácil que hay.

Lo que pasa es que hay un montón de aspectos más allá de la pelota y de a quién se la pasas que también acaban configurando el complejo universo de este magnífico deporte. Porque Bilardo fue de los primeros entrenadores en empaparse de vídeos de todos sus rivales. Porque adoptó una metodología de trabajo duro (la heredó de su maestro Osvaldo Zubeldía) a la que no estaban acostumbrados ni siquiera los futbolistas internacionales. Porque manejó un sinfín de conceptos tácticos para potenciar siempre el concepto de equipo. Porque preparó todos los detalles y entresijos que rodeaban los partidos y las concentraciones. Y todos esos aspectos, todos, también los controlaba a la perfección el Doctor. De hecho, les daba una importancia descomunal.

No sólo a las mañas, que manejaba unas cuantas.
También, y sobre todo, a las cábalas.
Porque el mundo del fútbol suele ser supersticioso.
Y Carlos Bilardo, que es fútbol en estado puro, lo era aún mucho más.

Aunque él nunca las llamaba cábalas ni supersticiones, sino costumbres. Y las definía como comportamientos que nacieron fruto del azar, pero que debían repetirse para seguir conservando la buena suerte que habían generado en un primer momento.

Juan Carlos Bilardo en la final del Mundial de México.
Foto: Peter Robinson. Getty Images.

Vamos, que si pasaba algo inusual a su alrededor y ganaba, forzaba la máquina para que el hecho inusual se convirtiera de repente en habitual.

Que se lo pregunten a los miembros de su selección en el Mundial de México 86.
Y a algunos futbolistas, técnicos y colaboradores más que se cruzaron con él en su largo camino futbolístico.

***

Pero vamos a empezar un poquito antes, con una anécdota que tiene mucho más de maña que de cábala, pero que descubre a la perfección el carácter de Bilardo y nos pone en situación.

Corría hacia su fin el mes de agosto de 1967 y Estudiantes de la Plata fue invitado al Trofeo Luis Otero de Pontevedra (Galicia). En aquella época estaban muy de moda y tenían mucha importancia los torneos de pretemporada, que permitían a los aficionados ver las nuevas incorporaciones de su equipo y de sus rivales y valorar su nivel ante la campaña que se avecinaba. En Europa, era el reencuentro de los aficionados con el fútbol tras el parón estival.

La presencia de Estudiantes de la Plata en Pontevedra fue todo un hito, pero más lo fue el desenlace del partido. Gallegos y platenses empataron a un gol y la prórroga no deshizo el empate. Así que, fieles a las costumbres de la época, el campeón del torneo veraniego se decidiría echando una moneda al aire.

El Narigón en su etapa de jugador de Estudiantes.

Y aquí es donde entra el Narigón, que se dirige a su capitán, Óscar Malbernat, y le dice: “Cacho, no importa lo que elijas. Cuando caiga la moneda al suelo, salga lo que salga, empezá a festejar y saltamos todos, nos tiramos al piso encima de la moneda y nos abrazamos”.

Dicho y hecho.

La moneda voló. Y el trofeo, evidentemente, también. En dirección a La Plata, faltaría más.

***

Esa época de Bilardo como futbolista del Pincha, en la que logró el Metropolitano y el Nacional del 67, el Metropolitano del 68, tres Copas Libertadores seguidas (1968, 69 y 70), la Intercontinental de 1968 ante el Manchester United y la Interamericana de 1969, le marcó profundamente como futbolista, como persona y como futuro técnico. Porque el Doctor se embebió de todas y cada una de las enseñanzas de un visionario del fútbol, Osvaldo Zubeldía.

El maestro Zubeldía introdujo las concentraciones, las pretemporadas y los entrenamientos dobles en una época en la que los futbolistas estaban acostumbrados a entrenar poco y disfrutar mucho. Y eso, junto con la asimilación de conceptos tácticos novedosos (fueron los primeros en tirar la línea del fuera de juego, por ejemplo) y el uso de la pizarra para todo tipo de jugadas de estrategia, fue la clave del éxito de Estudiantes que Bilardo adoptó cuando colgó las botas y se sentó en los banquillos.

Y es que estaba Zubeldía tan pendiente de los detalles y de sus futbolistas, que al finalizar un torneo argentino y clasificarse para la Copa, reunió a todos y les dijo: “A ver, ¿quién quiere casarse? O se casan ahora o durante el año ya no se casa nadie”. Se casaron siete. Entre ellos, Carlos Salvador Bilardo.

Zubeldía con los jugadores de Estudiantes de la Plata. 

Evidentemente, el Narigón heredó también algunas de las mañas de su maestro y muchas de sus cábalas. La primera, fundamental. Los futbolistas no comen pollo. ¿Por qué? No hay una explicación muy clara, más allá de que perdieron un partido después de haberse zampado uno y decidieron que nunca más. Que el pollo era “yeta”. Que era gafe. Que da mala suerte, vamos. Así que, a partir de ese instante, los futbolistas de Bilardo no comerían pollo en las concentraciones. Nunca.

***

Por supuesto, en el Mundial de México 86, el pollo no estaba en el menú de la albiceleste. En cambio, sí entraron en el menú unas nuevas rutinas, o costumbres, que los futbolistas fueron asumiendo con total naturalidad. Bueno, casi todos, porque a alguno le costó un poco más.

Por ejemplo, a Jorge Valdano: “A mí, la cábalas me incomodaban. Soy muy respetuoso con las personales, pero me molestan las colectivas. Al final del campeonato había tantas que aquello parecía una obra de teatro ensayada mil veces. La mía consistía en pensar en el partido. En los momentos previos me molestaba todo: cábalas y libros”.

La gran mayoría las tenían asumidas y perfectamente incorporadas. Como el Gringo Giusti: “El plantel se convirtió en una especie de secta en la que Carlos era el gurú. Hoy me resulta increíble que hiciéramos todo eso pensando que así íbamos a ganar un partido o un campeonato. El cuerpo técnico estaba tan compenetrado con las cábalas que no había ninguna posibilidad de romperlas u olvidarnos de alguna de las miles que teníamos”.

El Gringo Giusti celebra el pase ante Inglaterra.

Pero, ¿cuáles eran esas “costumbres” que todos fueron interiorizando con más o menos ganas? Vamos a detallar algunas.

Siempre tenían que tomar el mate a la misma hora, pasara lo que pasara.

En el bus, todos ocupaban siempre los mismos asientos. Sin excepción y sin cambios.

Washington Rivera, el jefe de prensa de la selección argentina, entraba siempre al vestuario antes de cada partido soltando una palabrota. Después, saludaba uno por uno a todos los futbolistas y salía del vestuario soltando por su boca el mismo exabrupto con el que había entrado. Todos los partidos del Mundial. Los siete que jugó Argentina.

A las cinco en punto de la tarde, ni un segundo arriba ni un segundo abajo, Carlos Bilardo llamaba por teléfono a su mujer. El Narigón lo justificaba así: “Hay que hacerlo. No sea cosa que la pelota pegue en el palo y se vaya para afuera”.

Tres días antes del debut de Argentina en el Mundial, dado lo estricto que era Bilardo con las comidas, unos cuantos futbolistas se las ingeniaron para escaparse a un centro comercial cercano y tomarse unas hamburguesas remojadas con una cervecita. Raúl Madero, el médico del equipo, los pilló y empezó a echarles la bronca, pero Bilardo, de buen humor, los dejó hacer. Eran el Negro Clausen, Burruchaga, el Cabezón Ruggeri, el Gringo Giusti y el Profe Echeverría. Ellos disfrutaron del ágape y Argentina venció.

Así que a partir de ese momento les tocó comer siempre lo mismo en ese mismo establecimiento antes de cada encuentro por orden expresa del Doctor. Eso sí, siempre los mismos protagonistas y nadie más. Pase lo que pase.

Ya sabéis, “no sea cosa que la pelota pegue en el palo y se vaya para afuera”.

Pero esto sólo es la punta del iceberg. 
Hay más… Muchas más.

***

Los integrantes de la selección argentina subían al micro que los llevaba al estadio el día de partido y cuando arrancaba, justo en ese instante, sonaba la primera nota del primero de los tres temas que iban a escuchar en el trayecto. Era “Total Eclipse of the Heart”, de Bonnie Tyler. Después venía “Eye of the Tiger”, de Survivor, y remataba la trilogía “Gigante Chiquito”, de Sergio Denis.

Las canciones sonaban así, en tirereta. Y tenían que escucharlas enteritas. Si veían que no les iba a dar tiempo, mandaban al conductor del autocar que aminorara la marcha o que, directamente, se parara en medio de la carretera. Porque cuando sonaba la última nota de la canción, el micro tenía que parar en la puerta de acceso al estadio.

¡Clac! Última nota de la canción.
¡Clac! Puerta del bus abierta.

Entrenamiento de Argentina en el Mundial de México 86.

Vamos, que a los dos policías motorizados que abrían el convoy argentino cada partido los llevaban por la calle de la amargura. Se llamaban Tobías y Jesús y casi formaban parte de la expedición argentina ya que, por más que quisieran escaquearse del servicio, no podían. Y es que Bilardo, una vez que Tobías y Jesús abrieron la comitiva el primer día y ganaron el partido, pidió que siempre fueran ellos dos quienes escoltaran el bus de Argentina.

De hecho, el día de la final del Mundial, la organización pretendía enviar más policías motorizados por seguridad y Bilardo montó en cólera. Tras un sinfín de tensas reuniones, y tras un tira y afloja interminable en el que el técnico amenazó con que ningún miembro de la expedición argentina se subiría al autobús para disputar la final, se aceptaron algunas de las exigencias de Bilardo: podían ir más policías con ellos, pero siempre detrás del autobús. Delante, a la vista de los jugadores, sólo irían Tobías y Jesús. Como siempre.

Y así llegaron al estadio Azteca el día más importante de su vida. El día de la final.
Como siempre.

Y después de haber escuchado enteritos los temas musicales de siempre.
Faltaría más.

***

¡Ah! y nadie entraba al vestuario hasta que no sonara el teléfono y lo atendiera el Tata Brown. ¿Por qué? Pues porque el día del debut de la selección argentina ante Corea del Sur, para sorpresa de todos, sonó un teléfono que había medio escondido en el vestuario. Nadie sabía quién llamaba, así que nadie lo cogía. Hasta que el bueno del Tata, harto de tanta insistencia que los estaba tensionando, descolgó.

—¡Hola! ¡Hola!—. Un silencio sepulcral retronaba al otro lado de la línea telefónica. —¡Ah, bueno! ¡Andá a la puta que te parió!—. Y el Tata colgó ante el asombro de todos.

Argentina venció 3 a 1 a Corea del Sur y, a partir de ese instante, el destino del Tata Brown como telefonista fantasma quedó sellado para siempre. Porque cada vez que los argentinos iban a entrar en su vestuario antes de cada partido, sonaba el teléfono. Entraba el Tata. Lo cogía. Evidentemente, no contestaba nadie. Y el defensa cumplía con el ritual.

—¡Hola! ¡Hola!—. Silencio sepulcral. —¡Ah, bueno! ¡Andá a la puta que te parió!—. Y colgaba.

El Tata Brown fue el autor del primer gol de la final ante Alemania.

Entonces entraban todos los futbolistas al vestuario, más tranquilos y sabiendo que alguien ya había puesto de su parte para que ganaran. Porque a nadie se le escapaba que esa llamada era un mandado de Bilardo, claro. Pero no falló en ningún partido. Jamás.

***

Tras el calentamiento y ya dispuestos para saltar al terreno de juego, el orden de salida también es innegociable. Abre la fila y salta el primero al terreno de juego Maradona, el capitán, seguido por el meta Pumpido, y cierra la fila Burruchaga. ¡Siempre! En todos y cada uno de los partidos.

El primero, Maradona. Después, Pumpido. Y el último, Burruchaga.

En esa fila está también Giusti, que el día del primer partido recibió un caramelo del médico del equipo porque la contaminación del aire y la altura te dejan la boca seca y va muy bien chuparlo. El centrocampista argentino llegó al centro del campo, hizo un agujerito en el césped y enterró el caramelo. Y Argentina ganó.

Así que todos los partidos salía Giusti chupando su caramelo hasta que lo enterraba en el centro del campo del Azteca antes de empezar cada uno de los siete duelos que disputó Argentina. Y ahí deben seguir ahora, descompuestos, todos los caramelos que enterró Giusti en un césped al que le hizo más agujeros que a un queso gruyere.

***

Sea como sea, cabuleros o no, creyentes de las costumbres o no, lo cierto es que Argentina ganó todos los partidos del Mundial de México excepto el empate a uno del segundo partido ante Italia, la defensora del título. Y se plantó en la final ante Alemania sin necesidad de disputar ni una sola prórroga, venciendo a Corea del Sur y Bulgaria, empatando con Italia y dejando en el camino a Uruguay, Inglaterra y Bélgica.

Seguro que contar en tus filas con el mejor jugador del mundo en un estado físico y mental óptimo y acompañado de un ejército de pretorianos absolutamente convencidos de que iban a ganar el Mundial ayuda y mucho.

Bilardo y Maradona protestan durante un partido.

Pero nunca está de más darle un empujoncito a la suerte.
O no tentarla, que casi viene a ser lo mismo.
Y Argentina, cargando a fuego con todas sus cábalas, ganó el Mundial y ofreció un espectáculo increíble.

***

Evidentemente, las costumbres acompañaron a Bilardo, y a los que les tocó en suerte ser sus pupilos, durante toda su larga carrera en los banquillos y sería demasiado costoso y prolijo enumerarlas todas, pero lo que pasó en el Mundial de Italia 90 es tan sumamente espectacular que merece un capítulo extra.

Ahí va…

30 de junio de 1990. Estadio Artemio Franchi de Florencia. Argentina y Yugoslavia acaban su encuentro de cuartos de final del Mundial de Italia como lo empezaron. Sin goles. Tampoco en la prórroga han sido capaces de perforar la portería rival y el semifinalista se decidirá en la tanda de penaltis.

En el arco argentino, Sergio Goycochea, que suplió a Nery Alberto Pumpido tras su gravísima lesión en el segundo partido del torneo, se mea encima. No le da tiempo a irse al vestuario, porque los penaltis están a punto de empezar. Así que se lo dice a los compañeros y éstos conforman una especie de piña para que el guardameta se alivie sin que su imagen dé la vuelta al mundo.

Una vez aliviado, Goycochea ve cómo Serrizuela pone por delante a los suyos antes de que a él le toque afrontar el primer disparo yugoslavo. Empieza su estrella, Stojkovic, que viene crecido tras hacer los dos tantos que eliminaron a España en octavos. Pero Goycochea vuela para detener su lanzamiento y poner ventaja a la albiceleste.

Aunque la alegría dura poco, porque el mismísimo Maradona y Troglio fallan el tercer y el cuarto lanzamiento para Argentina. A los yugoslavos les quedan dos penaltis por tirar. A los argentinos sólo uno y van empatados a dos en la tanda. Entonces Goyco se viste de superman y saca el disparo de Brnovic para que la albiceleste respire. Gustavo Dezotti marca el último penalti de Argentina y adelanta a los suyos. Tres a dos. La presión es ahora para Hadzibegic, que ve cómo Goycochea, aliviado y agigantado, se tira a su izquierda en una perfecta palomita y mete las manos para repeler el disparo.

Goycochea detuvo tres penaltis en los cuartos ante Yugoslavia.

Maradona y Argentina respiran aliviados mientras Goyco se pega un carrerón de cincuenta metros con los brazos en alto para celebrarlo con sus compañeros. No es para menos. Acaba de meter a Argentina en las semifinales de la Copa del Mundo. 

Y ante Italia.
Nada más y nada menos.

3 de julio de 1990. Estadio san Paolo de Nápoles. Italia y Argentina acaban de agotar los noventa minutos de juego y los treinta de propina de la prórroga sin poder decidir quién será el primer finalista del torneo. Los goles de Schillaci y de Caniggia han dejado el marcador igualado a uno. Argentina tendrá que recurrir de nuevo a los penaltis. Para Italia es la primera vez en el torneo.

Goycochea se dispone a ponerse bajo palos, pero, de repente, ve cómo sus compañeros le hacen un corrillo. Goyco no entiende nada. Entonces, se lo explican. Bilardo dice que tiene que orinar otra vez. Como ante Yugoslavia. Sergio no tiene ganas de mear, pero nadie se mueve del sitio. A mear por lo civil o por lo criminal.

Y Sergio Goycochea vuelve a orinar tapado por sus compañeros en medio de la cancha.

Y, efectivamente, vuelve a ser el héroe del partido al detener los dos últimos lanzamientos italianos. El de Roberto Donadoni y el de Aldo Serena.

Y el héroe lo volvió a hacer en las semifinales ante Italia.

Ha valido la pena forzar el pis. Porque Argentina volverá a disputar otra final de una Copa del Mundo cuatro años después de levantar la de México 86.

Lamentablemente para Argentina, para Sergio Goycochea y para Bilardo, la final no se fue hasta la tanda de penaltis, aunque faltó poco. Se decidió con un penalti, sí. Muy dudoso. Pero durante el tiempo reglamentario. Así que Goyco no pudo hacer pis y demostrar si la cábala daría resultado por tercera vez consecutiva.

Le faltó poco, pero esta vez no pudo detener el penalti de Brehme.

Para los argentinos hubiera sido maravilloso poder comprobarlo.

A los alemanes, en cambio, ya les va bien seguir viviendo con la incógnita.

lunes, 13 de enero de 2025

Enrico Albertosi y Dino Zoff, dos porteros legendarios para una sola portería

Durante prácticamente 20 años, los que van de 1963 a 1982, la portería italiana fue monopolizada por dos auténticos monstruos bajo los palos que la cerraron con candado y tiraron las llaves al río. Sólo ellos fueron capaces de encontrarlas y abrirlas, pese a que los años iban pasando y ambos se iban convirtiendo poco a poco en dos porteros veteranos. Pero nadie fue capaz de desbancarlos durante dos largas décadas.

A Enrico Albertosi (Pontremoli, 1939) y a Dino Zoff (Mariano del Friuli, 1942) les tocó vivir de todo, desde las catástrofes más señaladas de la Nazionale a los éxitos más recordados. Aunque ahí, en la cota de los éxitos, le tocó bastante más parte a Dino Zoff.

Albertosi fue el cancerbero que disputó el partido del siglo, la extraordinaria semifinal del Mundial de México 70 ante Alemania, pero también el que perdió la final de ese mismo torneo ante Brasil y, sobre todo, el que sufrió cuatro años antes, en el Mundial de Inglaterra 66, la deshonra de caer ante la desconocida Corea del Norte y volver a casa en medio del bochorno más absoluto.

Zoff, en cambio, al que le tocó en suerte “comerse” los dos tantos holandeses en el partido decisivo de la segunda fase del Mundial de Argentina 78, siempre estará en la retina de los aficionados italianos por ser el capitán que levantó, con 40 años bien cumplidos, la tercera Copa del Mundo de Italia, la del Mundial de España 82 en el estadio Santiago Bernabéu. Fue precisamente con ese triunfo memorable con el que cerró su era en la selección.

Justo al contrario que Albertosi, quien en ese mismo instante, a punto de cumplir los 43, purgaba sus culpas cargando con una bochornosa inhabilitación por el caso Totonero. El triunfo de la Italia capitaneada por Zoff le valió una amnistía y le permitió retirarse sobre los terrenos de juego, aunque fuera con el Elpidiense en la categoría C2, donde colgó los guantes en 1984. Zoff, en cambio, se retiró como un mito viviente el 2 de junio de 1983, cuando defendió por última vez la portería de la Juventus de Turín, el club en el que consiguió ser casi eterno.

Así, con la retirada de los dos gigantes, llegó por fin la hora de que otros guardametas más jóvenes siguieran sus pasos para intentar convertirse también en leyendas. Aunque Albertosi y Zoff habían dejado el listón muy alto y un enorme hueco en la portería italiana difícil de cubrir. Pero también una huella imborrable que algunos fueron capaces de seguir.

***

Dino Zoff nació y creció en Mariano del Fruili, un territorio que históricamente había pertenecido a Austria, a finales de febrero de 1942. Allí, en el seno de una familia de agricultores que debía ganarse la vida con esfuerzo, el chico se enamoró del fútbol y de los tres palos. Y era muy bueno, pero tenía un problema: era bajito y pequeño.

Su abuela, que cuando bajaba a Udine decía que iba “donde los italianos”, se empeñó en que creciera con una receta muy especial: comerse ocho huevos diarios. Y el joven Zoff, que había sido rechazado con 14 años por el Inter y la Juventus a causa de su poca estatura, apenas 1’60, se comió todos los huevos que su abuela le puso delante y creció. Vaya si creció… Hasta el 1’82 que le hizo convertirse en un auténtico gigante. Bajo palos y en la vida real.

Y lo fichó el Udinese.

Corría el mes de septiembre de 1961 y el joven Zoff, pese a todas las negativas recibidas, debutó en la Serie A sin haber cumplido aún los 20 años. Abandonó su trabajo de mecánico y lo apostó todo a convertirse en futbolista profesional.

Dino Zoff, 1964.

El camino hacia la gloria había comenzado. Aunque no lo pareciera, porque en su debut recibió cinco goles en Florencia, apenas disputó tres encuentros más en todo lo que restaba de campeonato y su equipo, el Udinense, acabó descendiendo a la Serie B al final de temporada.

Pero las cosas no son como empiezan, sino como acaban.
Y en el caso de Dino Zoff justo acababan de empezar.

***

Enrico Albertosi nació en el municipio de Pontremoli, en la Toscana, en noviembre de 1939. Allí empezó su pasión por el fútbol. Su padre jugaba de delantero en el Pontremolese, el equipo de aficionados del pueblo, y en los descansos de los partidos Enrico se ponía bajo palos a parar todo lo que le chutaban.

A los 15 años ya debutó en el equipo de su padre y pronto le ofrecieron la posibilidad de jugar en Spezia, que militaba en el campeonato regional. Su padre prefería que se quedara en Pontremoli para acabar sus estudios, pero su madre acabó convenciéndolo para que le dejaran al chico probar e intentar cumplir su sueño. Y así fue cómo Enrico Albertosi, al que todos llamaban Ricky, empezó a atisbar en el horizonte la posibilidad de ser futbolista profesional.

De hecho, tan sólo un año después de debutar en Spezia, la Fiorentina llamó a su puerta. Era el verano de 1958. Así que, con 19 años recién cumplidos, Ricky debutó en la Serie A con la Fiorentina. Fue el 18 de enero en la Ciudad Eterna y consiguió mantener la portería a cero ante la Roma. Pero no es oro todo lo que parece… y el camino hacia el éxito también sería empinado.

Enrico Albertosi, 1961.

Porque Albertosi, como más tarde le pasaría a Dino Zoff, tuvo que esperar su momento. Y es que la Fiorentina tenía al gran Giuliano Sarti como capitán y guardameta titular. Así que Albertosi sólo pudo jugar 30 partidos en sus cinco primeros torneos en Florencia. Hasta que Sarti fichó por el Inter de Milán de Helenio Herrera en la temporada 1963-64 y se convirtió en indiscutible en el marco viola.

Dicen que los buenos guisos se han de cocer a fuego lento.
Pues eso.

Cociéndose estaba Albertosi, quien, pese a ser suplente de Sarti, viajó a Chile como uno de los guardametas suplentes de Italia en el Mundial de 1962. Y allí, aunque no disputó ni un solo encuentro, vivió en primera persona la famosa Batalla de Santiago que, a la postre, supuso la eliminación de la Nazionale en la primera ronda de un Mundial vergonzoso. Los dos goles chilenos, sin embargo, los recibió Carlos Mattrel, el portero del Palermo.

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Ese mismo año de 1962, mientras Albertosi se reintegraba a la disciplina de la Fiorentina y volvía a vivir a la alargada sombra de Giuliano Sarti, Dino Zoff se hizo con la titularidad de la portería del Udinese en la Serie B. Jugó 37 partidos y encajó 48 tantos. El equipo no pudo lograr el ascenso, pero las actuaciones de Dino no pasaron desapercibidas y el AC Mantova no dudó en lanzarse a por su fichaje.

Así fue como el bueno de Dino Zoff aterrizó en Mantua en el verano de 1963 para defender los tres palos del club lombardo en la serie A. La leyenda se iba acercando poco a poco al encuentro de su destino.

Porque las cuatro temporadas de Dino en el Mantova fueron excepcionales (aunque el equipo sufrió bastantes decepciones) y despertaron el interés de los principales clubes italianos en contratarle. En cambio, en la selección italiana las cosas no serían tan fáciles. Porque por delante de Zoff caminaba con paso firme un tal Enrico Albertosi, dueño de la portería de la Fiorentina y, poco a poco, también de la Nazionale.

***

Y es que mientras Dino Zoff se hacía un nombre en la Serie A defendiendo la portería del Mantova, Enrico Albertosi se hizo definitivamente con la titularidad en la Fiorentina tras la marcha de Sarti al Inter de Milán en 1963. A partir de ese momento, el seleccionador Edmondo Fabbri siempre contó con él… aunque de suplente. Porque el guardameta titular en toda la fase de clasificación para el Mundial de 1966 fue William Negri, del Bologna, campeón del Scudetto en 1964.

El primer partido de la fase de clasificación para el Mundial lo jugó la Azzurra en Genova ante Finlandia. Los italianos vencieron con un rotundo 6 a 1 y bajo palos estaba Sarti. Fue el único encuentro que disputó el del Inter. Porque Fabbri le dio la titularidad a Negri en el resto de partidos de la fase de clasificación: en el empate sin goles en Polonia, en la victoria en Helsinki (0-2), en la paliza propinada a Polonia en Roma (6-1) y en la única derrota en la fase de grupos ante Escocia en Hamden Park (1-0).

La última jornada de la fase de clasificación enfrentaba a italianos y escoceses en Nápoles con la clasificación en juego al estar ambas selecciones empatadas a siete puntos. Era el 7 de diciembre de 1965, apenas un mes después de la derrota en Glasgow. Italia venció cómodamente a Escocia con tantos de Pascutti, Fachetti y Mora, pero la gran noticia estuvo en la portería: Negri se había lesionado de gravedad y Enrico Albertosi fue el meta titular.

El de Pontremoli se acababa de sacar un billete al Mundial de Inglaterra.

Mientras, Dino Zoff se mordía los guantes para combatir su frustración. Pese a sus grandes actuaciones no había podido el descenso del Mantova al finalizar la temporada 64-65. Y aunque su papel estelar en la serie B sí obtuvo el ansiado premio del ascenso, no le bastó para estar entre los elegidos para viajar a Inglaterra. Fabbri se había decidido por Albertosi como titular y Roberto Anzolin, de la Juventus, y Pierluigi Pizzaballa, de la Atalanta, para cubrirle las espaldas.

Zoff aún no lo sabía, pero esa ausencia le iba a venir muy bien. Porque no sabemos si con Dino bajo palos Corea del Norte hubiera derrotado a Italia en Middlesbrough, pero lo que sí sabemos es que nunca sería señalado por ello.

Albertosi no tuvo tanta suerte.

***

Y eso que 1966 había sido un año para enmarcar para Ricky. El gran guardameta viola había sido fundamental para que su equipo levantara la Copa de Italia tras dejar en el camino al Genova, al Palermo y al Catania en las primeras rondas, derrotar al Milan en cuartos de final y al Inter en semifinales y deshacerse del sorprendente Catanzaro en la prórroga de la final disputada en Roma el 19 de mayo de 1966. No fue el único título que levantaría Albertosi antes de partir hacia Inglaterra, ya que la Fiorentina consiguió también alojar en sus vitrinas la prestigiosa Copa Mitropa.

Pero en Inglaterra todo se iba a torcer de forma trágica. Y eso que Italia empezó muy bien el torneo, venciendo por dos goles a cero a Chile para vengarse de la derrota en la Batalla de Santiago de cuatro años atrás. De hecho, todo parecía ir sobre ruedas para los de Fabbri. Porque los soviéticos también vencieron a sus camaradas comunistas de Corea del Norte sin demasiados apuros (3-0) y nada hacía presagiar un descalabro de italianos y soviéticos, los máximos favoritos para clasificarse para los cuartos de final.

Sin embargo, en ese envite entre transalpinos y soviéticos que, en principio, dirimirían los dos primeros puestos del grupo, fueron los hombres de Fabbri los que salieron trasquilados. Un gol de Chislenko le dio a la Unión Soviética una victoria de prestigio ante la Azzurra que, de paso, metía directamente al equipo entrenado por Nikolai Morozov en los cuartos de final. Italia, en cambio, tendría que jugarse su pase en el último encuentro.

Aunque la verdad es que nadie en su sano juicio podía siquiera imaginar que la Nazionale se podía quedar fuera del Mundial. Porque le bastaba un mísero empate ante la debutante Corea del Norte, que había conseguido mantener vivas sus opciones de clasificación empatando a Chile en el último suspiro (1-1) y consiguiendo dos hitos de golpe: su primer tanto y su primer punto en un Mundial (y, de paso, el de la primera selección asiática).

Pero el fútbol es un misterio y puede pasar cualquier cosa.
O, como diría el mítico entrenador Vujadin Boskov, “el fútbol es imprevisible porque todos los partidos empiezan cero a cero”.
Así queda mucho más claro.

El caso es que el 19 de julio de 1966, en el Ayresome Park de Middelsbrough pasó todo lo que tenía que pasar para que el partido se convirtiera en un infierno para Italia. Y todo pasó en apenas 8 minutos. Primero, la lesión del capitán Giacomo Bulgarelli, que tuvo que abandonar el campo a falta de once minutos para el descanso. A Italia le tocó jugar con un futbolista menos, ya que no se permitían las sustituciones. Eso desconcertó a la Azzurra que, de repente, vio cómo la movilidad constante y la tremenda velocidad de los norcoreanos empezaban a ponerla en un aprieto.

Todo saltó por los aires a falta de tres minutos para el descanso, cuando el centrocampista Pak Doo Ik se encontró con un balón botando en la parte derecha del área italiana, armó la diestra y golpeó el balón con fuerza y cruzado, lejos del alcance de Enrico Albertosi, que se estiró sin éxito. Los aficionados se frotaban los ojos porque la debutante Corea del Norte se iba al descanso con ventaja ante la todopoderosa Italia.

Pak Doo Ik bate a Enrico Albertosi en el Mundial de Inglaterra 1966.

Tras el paso por los vestuarios, Corea del Norte se cerró y se encomendó a los guantes de Lee Chang Myung. Italia, con uno menos, no encontró resquicios en la defensa asiática y no supo contrarrestar con calidad el partido físico, de ida y vuelta y de desgaste que propusieron los esforzados coreanos. Así que los minutos fueron pasando hasta que el colegiado, el francés Pierre Schwinte, señaló el final del partido.

Increíblemente, la sorpresa se había consumado e Italia, una de las favoritas para pelear por levantar la Copa Jules Rimet, abandonaba el Mundial por la puerta de atrás derrotada por unos desconocidos norcoreanos.

El drama italiano no había hecho más que comenzar.

***

La expedición italiana cambió el plan de vuelo para aterrizar en Génova en lugar de hacerlo en Roma, pero eso no evitó que un gran número de tifosi recibiera al equipo a tomatazos. El seleccionador Fabbri se quedó más de una hora encerrado en el avión hasta que salió escoltado por los carabinieri. Inmediatamente fue cesado.

Ferruccio Valcareggi se hizo cargo de la selección con ganas de cambiar algunas cosas. Y poco a poco, fue haciéndolo. Lo primero que hizo fue cargarse al capitán Bulgarelli, el gran mediapunta del Bologna que jugó medio lesionado contra los norcoreanos y acabó abandonando el terreno de juego. Por lo que respecta a la portería, siguió contando con Albertosi, aunque reclutó nuevamente al veterano Sarti para lacausa. Pero, poco a poco, a medida que la fase de clasificación para la Eurocopa de 1968 se iba desarrollando, Albertosi recuperó la titularidad.

En el horizonte estaba la fase final de la Eurocopa que se disputaría en Italia, pero también en lontananza empezó a emerger la figura de un guardameta que había sido fichado del Mantova por el Nápoles en el verano de 1967 y cuya figura empezaba a agigantarse por momentos. Su nombre, Dino Zoff.

En la fase de grupos, que se alargó hasta diciembre de 1967, Albertosi fue el cancerbero indiscutible de la Azzurra, que se clasificó primera de grupo con solvencia por delante de Suiza, Rumanía y Chipre. Pero cuando llegaron los cuartos de final, a ida y vuelta, una lesión fortuita lo cambió todo.

Italia había sido emparejada con Bulgaria y en el partido de ida que se disputó en Sofía Albertosi chocó con un delantero búlgaro en el que sería el dos a uno momentáneo en el encuentro. Enrico tuvo que ser sustituido por Lido Vieri y el encuentro acabó con un reñido 3 a 2 a favor de los búlgaros.

En la vuelta, disputada en Nápoles dos semanas más tarde, el portero de Italia fue Dino Zoff. Y la Nazionale remontó el 3 a 2 en contra de la ida con un inapelable 2 a 0 que la clasificaba para la fase final que se disputaría en tierras transalpinas. Zoff había llegado para quedarse y ese torneo lo disputaría íntegro.

En Nápoles se enfrentaron Italia y la Unión Soviética en las semifinales de la Eurocopa en un partido igualadísimo que acabó sin goles. En la prórroga nadie fue capaz de batir a Zoff ni a Yashine, así que el pase a la final del torneo se resolvió con el lanzamiento de una moneda. Salió cara para Italia, que se mediría en el Olímpico de Roma a la temible Yugoslavia, que había dejado en el camino a Inglaterra en semifinales (1-0).

El 8 de junio de 1968 Italia disputaba por primera vez la final de una Eurocopa y lo hacía ante su público. Ferruccio Valcareggi siguió apostando por Zoff bajo palos, pero el guardameta no pudo hacer nada para impedir el tanto de Dzajic en la recta final del primer tiempo. Los italianos se lanzaron al ataque en la segunda mitad y obtuvieron la merecida recompensa con un gol de Domenghini que resultaría definitivo. El empate persistió tras la prórroga y hubo que disputar de nuevo la final dos días más tarde.

En el mismo estadio, pero con distintos protagonistas, ya que Valcareggi apostó en el centro del campo por el interista Mazzola y puso de delantero a Gigi Riva, del Cagliari. En la portería, seguía jugando Zoff. Y los italianos vencieron con tantos de Riva y Anastasi para levantar la primera Eurocopa de su historia.

Facchetti levanta la Copa de Europa de 1968 para Italia.

Albertosi participó también del título, aunque presenció todos los encuentros desde el banquillo.

Pero la vida da muchas vueltas… Quizá demasiadas.

***

Ese verano de 1968, la Fiorentina estaba pasando por problemas económicos y quería hacer caja con algunos de sus mejores jugadores y uno de los elegidos era Enrico Albertosi. El problema es que tampoco quería la directiva viola reforzar a rivales directos, así que decidió vender a Ricky al Cagliari, un club que no estaba entre los grandes de Italia. Y, claro, Albertosi, que quería jugar en el Milan, la Juve o el Inter, no se lo tomó demasiado bien. Aunque acató su destino y se marchó directamente a Cerdeña ese mismo verano de 1968 para compartir vestuario con Gigi Riva. 

Para colmo, esa misma temporada de 1968-69, la de la marcha de Albertosi, la Fiorentina ganó un Scudetto que se le resistía desde 1956. El segundo Scudetto de su historia.

Pero como no hay mal que por bien no venga, Albertosi se vengó la temporada siguiente, consiguiendo contra todo pronóstico vencer en la Serie A y, a la vez, ser el portero menos goleado del campeonato. En Cagliari no se lo podía creer nadie. Los sardos acababan de ganar su primer y único Scudetto gracias a las paradas de Albertosi y los goles de Riva.

Cagliari Calcio en la temporada 1970-71.

Ambos futbolistas harían las maletas rumbo a México para disputar el Mundial de 1970. Y allí, en tierras aztecas, Albertosi volvió a defender la portería de Italia en una Copa del Mundo… como cuatro años antes en Inglaterra.

Esta vez, el damnificado iba a ser Dino Zoff, que había alternado titularidades con Albertosi en la fase de clasificación y acabó viajando con el equipo para convertirse en un suplente de lujo.

Ricky, cerca de cumplir 31 años, se encaminaba hacia su tercer Mundial, el segundo consecutivo como titular.

Dino, a los 28, asistía por primera vez a la Copa del Mundo. De momento, le tocaba aprender y adquirir más experiencia.

***

Italia empezó el torneo como suele. Jugando al filo de la navaja pese a tener una de las mejores selecciones del torneo y ser la campeona de Europa. Valcareggi se empeñó en darle un tiempo cada uno a los dos mejores creadores italianos: el milanista Gianni Rivera y el interista Sandro Mazzola, porque creía firmemente que los dos juntos desequilibraban defensivamente al equipo. Solía empezar los partidos el interista y acabarlos el milanista, en un Mundial donde por primera vez en la historia se permitían dos cambios por equipo en cada partido. Sólo dos… no como ahora.

Era tal el debate entre los futboleros italianos en general, y entre milanistas e interistas en particular, todos enfurecidos a partes iguales con Valcareggi, evidentemente, que le pusieron nombre al sistema. La Stafeta, le llamaron.

Con Zoff y Albertosi, en cambio, no hubo polémica. Jugó Ricky y nadie dijo nada. Ya tenían bastante con Mazzola y Rivera.

El caso es que Italia fue avanzando con el paso renqueante de siempre en los inicios de los torneos importantes. Venció 1 a 0 a Suecia en el debut, con gol de Angelo Domenghini, y después empató a nada ante Uruguay y también ante Israel. Rivera, el milanista, Balón de Oro de 1969, no jugó ni un solo minuto en esos tres partidos y los tifosi trinaban. Pero Valcareggi como si oyera llover. Italia acabó primera de grupo y Albertosi no encajó ni un solo tanto. Misión cumplida. Arrivederci, amigos.

En cuartos de final, en cambio, Italia empezó a transformarse en la selección rocosa, competitiva y talentosa que suele ser cuando definitivamente toca. México, el anfitrión, era un escollo difícil que resistió bien los primeros 45 minutos, que acabaron con empate a uno. José Luis González había adelantado a los aztecas al batir por primera vez a Albertosi en el torneo, pero un gol en propia puerta de Guzmán dejó en tablas el marcador.

En el segundo tiempo, Valcareggi mandó a Rivera al terreno de juego, sustituyendo a Mazzola, faltaría más, y los italianos vencieron con rotundidad con un tanto del propio Rivera y dos más de Riva, el compañero de Albertosi en el Cagliari. Cuatro a uno y a las semifinales casi sin despeinarse.

Italia, subcampeona del Mundo en México 70.

Pero allí esperaba Alemania, la subcampeona del mundo, que venía haciendo un gran torneo y que se había vengado de Inglaterra dejándola en la cuneta en los cuartos de final tras un maravilloso encuentro que necesitó del tiempo extra para adjudicar un rival a Italia.

El encuentro que disputaron Italia y Alemania el 17 de junio de 1970 en el estadio Azteca ha pasado a la historia como “el partido de siglo”. Aunque quizá sería mejor hablar de la prórroga del siglo, porque todo lo bueno llegó en el tiempo extra. Antes, Italia se había avanzado a los ocho minutos con un disparo desde la frontal de Boninsegna y se había dedicado a nadar y guardar la ropa. Hasta que el lateral germano del AC Milan, Schnellinger, que no había marcado ni un solo gol con su selección y no marcaría ninguno más en sus 47 apariciones como internacional, decidió dar una vida extra a la Mannschaft en el último minuto.

La prórroga es historia del fútbol. Beckenbauer jugando elegantemente, como si nada, con el brazo en cabestrillo. Los futbolistas, reventados, jugando sin red y cometiendo errores producto del cansancio que vinieron muy bien al espectáculo. De estos errores, el bueno de Enrico Albertosi participó como el que más. Como un auténtico campeón.

Primero, el meta no se entendió con Fabrizio Poletti, que acababa de entrar al campo para dar más brío a Italia. El defensa intentó proteger el balón casi en la línea de gol para que Albertosi lo cogiera. El portero dudó y apareció un tal Torpedo Müller para aprovechar el regalo. En dos zarpazos, los germanos le habían dado la vuelta a la semifinal.

Pero, aunque no o pareciera, quedaba un mundo.

Porque los alemanes no andaban sobrados de fuerzas y cometieron también errores de bulto. El primero, cuatro minutos después, cuando Sigfried Held intentó controlar un centro de Domenghini dentro del área y dejó el balón franco para que el defensa Burgnich volviera a empatar el partido a placer. Aún se adelantarían los italianos con la primera parte de la prórroga agonizando, cuando Riva sacó la chistera para hacer un control antológico y un recorte en la frontal para lanzar un disparo seco que volvió a poner a los italianos por delante a falta de quince minutos. La azurra ya tocaba con las manos la final de la Copa del Mundo.

Pero entre Albertosi y Rivera se iban a encargar de darle emoción al encuentro. Sobre todo, Albertosi. El guardameta, que acababa de hacer un paradón descomunal en un remate de cabeza a quemarropa Uwe Seeler, decidió sacar rápido con la mano. Tan rápido, que su saque golpeó en la espalda de Poletti (el pobre estuvo también en todas las desgracias) y el balón le cayó al peligrosísimo Gerd Müller. El mismo Albertosi hubo de salir al quite y derribó al teutón para conjurar el peligro.

Parecía haber resuelto la situación, pero de esa falta, una especie de minicórner, llegó el empate alemán. Müller peinó un rebote en el centro del área y desvió la pelota hacia el segundo palo. Allí estaba Rivera, pegadito al poste, pero no fue capaz de sacar el balón de ahí y se metió en el fondo de las mallas. Podía haberla sacado con la mano, pero el instinto no le llegó. Y Albertosi se hartó de recriminárselo. Una y otra vez. Hasta que Rivera zanjó la cuestión con una frase memorable que cumplió al pie de la letra: “Tranquilo, Ricky, que ahora marco”.

Dicho y hecho.

Los italianos sacaron de centro y Rivera controló la pelota, avanzó y se encontró rodeado de alemanes, así que la tocó a un lado y acompañó la jugada. En la banda izquierda, la pelota le llegó a Boninsegna quien, cansado como estaba, aún tuvo fuerzas de encarar al defensor alemán, superarlo por fuera y avanzar hacia la línea de fondo. Cuando vio que se quedaba sin ángulo, echó la pelota rasa y atrás. Y allí apareció Rivera para rematar raso con su pierna derecha al lado contrario al que Maier se había vencido.

Cuatro a tres para la Azzurra y a la final contra Brasil.

Esa final, la primera que disputaba Italia desde 1938, no sólo dirimiría quién levantaría la Copa del Mundo de México 70, sino quién se la llevaría y se la quedaría en propiedad, ya que en las reglas del torneo se especificó que la Copa Jules Rimet se la quedaría la primera selección que ganara tres torneos. Brasil e Italia empataban con dos.

Pero la Copa Jules Rimet se la quedó la Brasil de los 5 Dieces, que con su Jogo Bonito apabulló a una Italia cansadísima. Enrico Albertosi no pudo hacer nada para evitar ninguno de los cuatro tantos con los que la canarinha castigó a la Azurra. Dino Zoff, desde el banquillo, mucho menos, claro.

El caso es que Brasil venció por 4 a 1 y Carlos Alberto levantó al cielo de México la Copa del Mundo para cerrar un torneo excepcional.

***

Tras el Mundial de México 70, ambos guardametas, Enrico Albertosi y Dino Zoff, siguieron compitiendo por defender los tres palos de la Azzurra. Valcareggi siguió confiando en Enrico en un primer momento, pero para un amistoso contra España en febrero de 1971 le dio la titularidad a Dino. A partir de ese instante, y pese a la derrota italiana (1-2), el portero del Nápoles fue el titular de la Nazionale, hasta que se lesionó poco antes de disputar los cuartos de final de la Eurocopa a doble partido contra Bélgica. Entonces regresó Albertosi, aunque no pudo evitar la derrota de Italia ante unos Diablos Rojos que consiguieron sacar un meritorio empate a cero de Milán para rematar su clasificación venciendo en Bruselas (2-1).

De hecho, el 21 de junio de 1972, Enrico Albertosi disputó un amistoso en Sofía ante Bulgaria que acabó en empate a uno. Fue la última vez que vestiría la Azzurra, ya que, pese a que volvió a viajar al Mundial de Alemania de 1974, ya lo hizo como suplente de Dino Zoff y no disfrutó de minutos.

Y es que la trayectoria de Dino Zoff a partir del Mundial de México fue extraordinaria. En el Nápoles jugó todos los partidos desde su debut con el equipo en la Serie A en septiembre de 1967 hasta la jornada 21ª de la temporada 1971-72, cuando se lesionó en el partido ante el Inter de Milán. Eso son 143 partidos ininterrumpidos defendiendo la portería napolitana. Esa lesión le mantuvo alejado de los terrenos de juego unas siete semanas y le privó de disputar la eliminatoria de cuartos de final de la Eurocopa de 1972 ante Bélgica. Pero no le impidió jugar la final de Copa ante el AC Milan el 5 de julio de 1972, el último encuentro defendiendo la portería de los partenopeos. Cayó el Nápoles por dos tantos a cero y el club consideró que había que meterle mano a la plantilla.

Así que llegó a un acuerdo con la Vecchia Signora para intercambiar sus porteros: Dino Zoff, a sus 30 años, haría el petate para trasladarse a Turín y vestir de bianconeri, mientras que Pietro Carmignani, de 27, se mudaría inmediatamente a Nápoles.

La Juventus ganó con el cambio.
Porque allí, en la Vecchi Signora, Dino Zoff se convertiría definitivamente en leyenda.
Aunque llegara al club con 30 años bien cumplidos y camino de los 31.

Dino Zoff en la Juve (1972).

Y es que la llegada de Zoff a la Juve supuso casi un antes y un después en la entidad turinesa. El Gigante Piamontés, nada más llegar, estableció un récord increíble: se mantuvo imbatido durante 903 minutos. Es decir, que no le hicieron un gol entre el 3 de diciembre de 1972 y el 18 de febrero de 1973. Evidentemente, ese año ganó su primer Scudetto con la Vecchia Signora. Y también alcanzó por primera vez la final de la Copa de Europa, donde caería ante el Ajax de Cruyff por un gol a cero.

Es curioso, pero Zoff inició su andadura en la Juve alcanzando (y perdiendo) la final de la Copa de Europa de 1972-73 y la cerró volviendo a disputarla (y a perderla) en 1983, esta vez ante el Hamburgo, de nuevo por un gol a cero.

Ésa, la Copa de Europa, fue la única asignatura pendiente de la Juventus de Dino Zoff, ya que en sus once años en la Vecchia Signora ganó seis Scudettos (72-73; 74-75; 76-77; 77-78; 80-81 y 81-82), además de levantar dos Copas de Italia (1979 y 1983) y la Copa de la UEFA de 1977.

El colofón a estos números que nos permite hacernos una idea de la profesionalidad, la perseverancia y el carisma de Zoff es que no se perdió ni un solo encuentro de liga con la Juventus en las once temporadas que permaneció en el club. Eso son 332 partidos de liga consecutivos defendiendo los palos de la Vecchia Signora. ¡Casi nada!

***

Mientras Zoff batía récords con la Juventus y cerraba con llave el marco de la Azzurra, la estrella de Albertosi se iba consumiendo poco a poco. Al Mundial de Alemania de 1974 fueron los dos, pero Ricky fue suplente. Aunque Italia no hizo un buen torneo y le tocó hacer las maletas tras una primera fase decepcionante. Los italianos empezaron derrotando sin problemas a la debutante Haití (3-1), pero no pudieron doblegar a Argentina (1-1) y terminaron cayendo ante una sorprendente Polonia (2-1) que los envió definitivamente a casa.

Eso precipitó la salida de Valcareggi de la selección, la breve estancia de Fulvio Bernardini y la llegada definitiva de Enzo Bearzot, que renovó la selección introduciendo savia nueva prácticamente con una única excepción: Dino Zoff, que seguiría bajo palos. Albertosi, en cambio ya no volvería a vestir la Azzurra, pese a convertirse por fin en el guardameta titular de uno de los grandes de Italia.

Y es que a la vuelta del Mundial de Alemania, Enrico Albertosi abandonó el Cagliari y fichó por el AC Milan. En el equipo lombardo protagonizó grandes actuaciones, pero los rossoneri no pudieron competir la liga a la Juventus de Dino Zoff. Ricky hubo de esperar cuatro años, hasta la temporada 78-79, para levantar su primer y único Scudetto con el Milan. Fue en la campaña posterior al Mundial de Argentina, al que acudió Dino Zoff como titular con Paolo Conti (de la Roma) e Ivano Bordon (del Inter) como escuderos.

Albertosi defiende la meta del AC Milan (1974-75).

En el Mundial de Argentina, Bearzot construyó un equipo joven y talentoso con nombres como Scirea (25), Gentile (24), Tardelli (23), Antonio Cabrini (20) o Paolo Rossi (21). El más veterano, y con bastante diferencia, era Dino Zoff, que ya tenía 36 años. Pero nadie le hacía sombra en la portería.

Los italianos debutaron con buen pie derrotando a otra selección joven y en proceso de cambio generacional: la Francia de Michel Platini. En el segundo encuentro ante Hungría confirmaron su buen momento con otra victoria (3-1) y en el partido que decidía el liderato del grupo ante Argentina sumieron a los de Menotti en una pequeña depresión tras derrotarles en el Monumental con un solitario gol de Bettega (1-0).

Sin embargo, en la segunda fase se notó la inexperiencia del bloque en los momentos más comprometidos. En un grupo con Alemania, Austria y Países Bajos, sólo la primera pasaría a la final, mientras que la segunda disputaría el tercer y cuarto puesto.

Italia empezó empatando sin goles ante Alemania, mientras Países Bajos, sin Cruyff, se daba un homenaje ante Austria (5-1). En el segundo encuentro, los de Bearzot lograron vencer a los austríacos con sufrimiento gracias a un gol de Paolo Rossi al cuarto de hora de juego y el empate a dos entre germanos y neerlandeses le daba a la Azzurra la posibilidad de pelear con Países Bajos el pase a la final del Mundial.

El 21 de junio de 1978, en el estadio Monumental de River, Italia se adelantó en el marcador a los 18 minutos de juego gracias a un gol en propia puerta de Brandts, que metió el pie de cualquier manera ante el inminente remate de Roberto Bettega, que encaraba totalmente solo a Pieter Schrijvers que, además se lesionó y tuvo que ceder su puesto a Jan Jongbloed.

Pero cuando todo parecía de cara para la Nazionale, Brandts decidió enmendar su error con un tremendo disparo desde la frontal del área que igualó la contienda y Arie Haan le dio definitivamente la vuelta al partido a falta de un cuarto de hora para el final. El futbolista del Anderlecht vio adelantado a Zoff y soltó un trallazo desde tres cuartos de campo que sorprendió totalmente a Dino.

Ese balón de Haan valió una final para Países Bajos y mandó a Italia al tercer y cuarto puesto, que después perdería ante Brasil (1-2).
Ese balón de Haan se le aparecería en sueños a Dino Zoff durante mucho tiempo.
Ese balón de Haan congeló el sueño de Italia de levantar una Copa del Mundo. Pero, aunque nadie podía adivinarlo entonces, más que congelarlo, sólo lo aplazó.

Exactamente, cuatro años.

Que se hicieron largos. Para ambos. Para Zoff y para Albertosi.

***

A la vuelta del Mundial de Argentina, la temporada 1978-79, Albertosi reverdeció viejos laureles y puso el candado a la portería del AC Milan para acabar rompiendo el ciclo triunfante de la Juventus de Turín en Italia ganando el Scudetto. Era el segundo de Albertosi, tras el que consiguió en el Cagliari, y el décimo de la historia de los rossoneri, que bordaron en su zamarra su primera estrella.

Zoff, criticado tras el Mundial, aguantó el chaparrón y no dejó que nadie la arrebatara la titularidad en la Vecchia Signora, con la que acabó levantando la Coppa de Italia, para no perder la costumbre de echarse siempre un trofeo a la boca.

Cuando parecía que la lucha entre Albertosi y Zoff por defender los tres palos de la Nazionale podría volver a producirse, todo dio un vuelto absoluto en la temporada 1979-80. Una temporada que concluiría con la disputa de la fase final de la Eurocopa en Italia. Una temporada que, finalmente, acabó marcada por el caso Totonero. Una temporada que acabó con el AC Milan, pese a acabar tercero, descendido a la Serie B y con su guardameta Enrico Albertosi sancionado a perpetuidad en primera instancia (aunque se le rebajaría la pena a 4 años de inhabilitación tras la apelación).

No fueron los únicos afectados por el escándalo de las apuestas más importante de la historia del fútbol italiano hasta la fecha.

La Lazio también fue descendida a la Serie B.
El Avellino, el Perugia y el Bologna comenzarían la siguiente campaña con 5 puntos menos.
Felice Colombo, presidente del AC Milan, destituido de su cargo e inhabilitado de por vida.
Tommaso Fabbretti, presidente del Bologna, inhabilitado durante un año.
Paolo Rossi, entonces delantero del Peruggia y delantero estrella de la selección italiana, inhabilitado durante tres años (que se convirtieron en dos tras la apelación).

Y un buen puñado de futbolistas más.

Como los laziales Massimo Cacciatori, Giuseppe Wilson, Bruno Giordano y Lionello Manfredonia; Stefano Pellegrini y Franco Córdova, del Avellino; Mauro Della Martira y Luciabi Zecchini, del Perugia; Petrini y Salvodi, del Bologna; Piergiorgio Negrisolo, del Pescara; Morini y Chiode, del AC Milan; y unos cuantos más con inhabilitaciones inferiores a una temporada.


Un desastre de proporciones bíblicas, vaya. 
La limpieza en el fútbol totalmente en entredicho con sus principales actores, los futbolistas y los dirigentes de los clubes, absolutamente señalados.

En ese clima enrarecido se enfrentaba Italia a su Eurocopa. La primera en la que ocho equipos disputaban la fase final divididos en dos grupos de cuatro. El campeón de cada grupo disputaría la final y los segundos clasificados pelearían por un simbólico e intrascendente tercer puesto.

Dino Zoff fue el portero titular de una Azzurra que no fue capaz de hacer un buen papel en casa ante los suyos. Italia empató sin goles en el debut ante España y derrotó con un solitario tanto de Tardelli a la temida Inglaterra, por lo que el choque ante Bélgica decidiría quién disputaría la final ante Alemania Federal.

A los Diablos Rojos, que habían derrotado a España y empatado con Inglaterra, les bastaba con un empate, mientras que los italianos necesitaban una victoria que no fueron capaces de lograr en el Olímpico de Roma.

El cero a cero final mandó a los italianos al tercer y cuarto puesto ante Checoslovaquia, mientras que los belgas no pudieron poner el broche de oro a su gran participación al caer en una final disputadísima ante la máquina germana.

El annus horribilis del fútbol italiano se había consumado.

Más para Enrico Albertosi que para Dino Zoff, como casi siempre.

Pero tras la tempestad, siempre llega la calma. Y los italianos, que se manejan a la perfección en los periodos convulsos, saben mucho de eso. Así que, aunque parecía imposible, tras el caos, una de las mayores gestas del fútbol italiano estaba a punto de producirse.

***

Así se plantó Italia en el Mundial de España de 1982. Con un AC Milan resurgiendo de sus cenizas tras su paso por el infierno de la Serie B y una Juventus que aprovechó para adjudicarse dos Scudettos más y coser su segunda estrella a su camiseta. Una Vecchia Signora en la que seguía bajo palos un incombustible Dino Zoff, quien a sus cuarenta tacos parecía vivir en una eterna juventud que sus detractores no acababan de asimilar. Unos detractores que, con el Mundial en ciernes, aparecían hasta de debajo de las piedras.

Pero Enzo Bearzot, el seleccionador italiano, no dio su brazo a torcer. Dino Zoff no sólo sería el portero titular, sino que luciría el brazalete de capitán en España y, además, también se subiría al avión Paolo Rossi, con su sanción recién cumplida y sin haber jugado apenas unos minutos en los dos últimos años.

La selección italiana en el Mundial de España 82.

La primera fase de Italia en el Mundial fue un despropósito, lo que dio gasolina a los críticos. La Azzurra fue incapaz de vencer a Polonia, Camerún y Perú y sólo el “gol average” le metió en la liguilla de cuartos de final en el último suspiro. Le salvaron los goles a favor, curiosamente. Porque empataron a cero con Polonia, pero a uno ante Camerún y Perú, así que cameruneses e italianos empataron a puntos, pero los transalpinos habían anotado y encajado dos tantos, mientras que los africanos sólo habían sido capaces de marcar un tanto (y otro en contra).

Así se metió Italia en la liguilla de cuartos. Jugando con fuego. Aunque, claro, por jugar con fuego le tocó el premio gordo: Argentina y Brasil.

Pero justo en ese preciso instante, cuando más necesitados estaban los italianos de la aportación de Rossi y Zoff, aparecieron ambos. La mejor Italia apareció ante Maradona, Kempes, Passarella y compañía para frustrar al astro en su primer Mundial y conseguir su primera victoria cuando nadie la esperaba ya. Tardelli y Cabrini adelantaron a la Azzurra y dejaron en anécdota el descuento de Passarella a falta de siete minutos para el final. El pase a las semifinales se lo jugarían brasileños e italianos. La samba contra el rigor.

Y, contra todo pronóstico, Paolo Rossi, inédito a esas alturas en el torneo, le hizo tres goles a la Brasil de Telé Santana, el mejor equipo del momento capitaneado por Sócrates, Falcao o Zico. Zoff cerró la sorprendente victoria con un paradón definitivo ante Oscar y el mundo contempló asombrado cómo la Azzurra se postulaba al título tras imponerse por tres a dos en un partidazo que pasaría a la historia como la Tragedia de Sarrià.

El resto, un paseo en barca. Una Italia renacida se merendó a la misma Polonia a la que no había podido vencer en la primera fase con otros dos tantos de Rossi (2-0) y a la campeona de Europa, Alemania Federal, en un partido que pasará a la historia por la intensa celebración de un Tardelli traspuesto tras hacer el dos a cero, por los saltos de aegría del presidente Pertini en el palco del Santiago Bernabéu y, sobre todo, por la mítica fotografía de un portero de cuarenta años levantado al cielo de Madrid la tercera Copa del Mundo para Italia cuarenta y cuatro años después.

Italia, Campeona del Mundo en 1982.

Fue el colofón a la extraordinaria carrera de un extraordinario guardameta que tenía claro que había nacido para vivir ese preciso momento.

***

Dino Zoff colgó los guantes el 2 de junio de 1983, al finalizar la temporada con la Juventus de Turín, el club en el que militó desde 1972 y con el que ganó seis Scudettos, dos Coppas de Italia y una Copa de la UEFA y con el que jugó (y perdió) dos finales de la Copa de Europa.

Defendió también 112 veces los tres paños de la Azzurra y en 59 ocasiones lo hizo con la cinta del capitán en su brazo izquierdo. Ganó la Eurocopa de 1968 y levantó en el Bernabéu la Copa del Mundo de 1982. Está considerado el tercer mejor portero de la historia del siglo XX, sólo por detrás del soviético Lev Yashine y el inglés Gordon Banks.

Seguramente, todos esos éxitos no hubieran llegado sin la presión que Enrico Albertosi, otro gigante de la portería, ejerció sobre él durante prácticamente toda su carrera.

Porque Albertosi, como Dino, acudió a cuatro Mundiales (dos como titular y dos como suplente) y vistió en 34 ocasiones los colores de la Azzurra.
Porque Albertosi también gozó de la oportunidad de pasar a la historia ganando un Mundial, aunque finalmente se le escapó con Zoff empapándose de todo desde el banquillo.
Porque Albertosi también vistió las camisetas de los equipos más granes de Italia y levantó dos Scudettos y tres Copas de Italia.
Porque Albertosi, como Zoff, se mantuvo en activo hasta sobrepasar los cuarenta años.

Porque, en definitiva, Enrico Albertosi y Dino Zoff fueron dos porterazos que libraron muchísimas batallas. 

Entre ellos y contra todos los demás. 
Y sobrevivieron. 
E incluso de algunas salieron victoriosos. 
Que no es poco.