"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

miércoles, 7 de septiembre de 2022

José Altafini, el goleador que cambió a la Brasil de Pelé por Italia para escribir su propia historia

José Altafini nació en una familia burguesa de Sao Paulo de origen italiano allá por el lejano verano de 1938. Pronto le dio por pegarle patadas a un balón y muy pronto también empezaron a llamarlo “Mazzola” en tierras brasileñas por su parecido físico con la estrella de la Lazio que falleció en el trágico accidente de avión de Superga de 1949, Valentino Mazzola, padre del legendario Sandro Mazzola, que posteriormente fue una estrella en el Inter de Milán y en la selección italiana.

Altafini es un caso atípico dentro del fútbol mundial y, especialmente, dentro del fútbol brasileño. Un futbolista de ataque que debutó muy joven en el Palmeiras y que a la edad de veinte años fue citado para la disputa del Mundial de 1958 en Suecia con la canarinha. 

Altafini defendió los colores de Brasil en el Mundial 58.

Era Altafini un delantero a la europea en Brasil, muy dotado técnicamente, pero también duro, peleón, respetuoso con el rigor táctico y un poco más alejado de la magia, la improvisación y el “ginga” que representaban en esa misma selección brasileña que obtuvo su primer Mundial los jóvenes Pelé y Garrincha.

De hecho, Altafini era uno de los delanteros titulares de la selección de Vicente Feola, que apostaba por un juego más a la europea, un poco más táctico y un poco más defensivo, hasta que se dio cuenta de que no podía dejar en el banco a los Pelé, Vavá o Garrincha por muy espontáneos que fueran si quería ganar el campeonato y sentó a Altafini en la parte decisiva de la Copa del Mundo de 1958 que acabaría levantando Brasil para empezar a escribir su leyenda futbolística como selección.

Seguramente en ese instante, José Altafini tomó la decisión más trascendental de su vida: mudarse a Italia a buscarse la vida, a demostrar en la liga más defensiva del mundo que era un atacante tan válido o más que los que jugaban en Brasil y le cerraban el paso en la selección que acababa de proclamarse campeona del mundo. 

Nunca quiso Altafini estar a la sombra de nadie y dejó Sao Paulo sin pensárselo para trasladarse a Milán en septiembre de ese mismo 1958, recién coronado campeón del mundo. Aunque ello le supusiera no volver a vestir jamás la camiseta verdeamarelha. 

Pero vayamos paso a paso...

***

Dos años antes del Mundial de Suecia, en 1956, un jovencísimo Altafini, con apenas dieciocho años, ficha por el Palmeiras para convertirse en su estandarte ofensivo. 


Altafini debutó muy joven en el ataque del Palmeiras.

En ese instante, el Campeonato Brasileño está repleto de talento en ataque en prácticamente todos sus equipos. 

En el Botafogo, un anárquico Garrincha manejaba todo el potencial ofensivo de su equipo desde el extremo. En Vasco de Gama, un jovencísimo Vavá empezaba a abrirse camino en las defensa rivales. En el Fluminense mandaba Didí desde el centro del campo. En el Sao Paulo la estrella seguía siendo el veterano Zizinho, superviviente del Maracanazo en 1950. En el Corinthians los goles los ponía Luizinho. 

Y en el Santos... en el Santos empezaba a abrirse paso con fuerza un joven que todavía no contaba con dieciséis años y que estaba llamado a ser O Rei. Se trataba de Pelé, que debutó en el primer equipo la temporada 56-57 haciendo cuarenta y un goles en el Campeonato Paulista que ganó su equipo y cinco más en el torneo interestatal Río-Sao Paulo, que también ganó el Santos. Altafini, con el Palmeiras le superó anotando siete que no sirvieron para que su equipo conquistara el título.

En plena carrera hacia el Mundial de 1958, Vicente Feola se los llevó a todos a Suecia menos a Zizinho y a Luizinho, que se cayó de la lista en el último momento para que entrara Pelé, con el consiguiente enfado de la afición del Timao, que incluso montó un partido amistoso contra la selección brasileña antes de acudir a la cita mundialista para convencer a Feola de que Luizinho tenía que ir a Suecia. 

Luizinho, estandarte del Timao, se quedó en casa.

Brasil ganó tres a uno y a Pelé lo molieron a palos, lesionándolo en una rodilla y haciendo peligrar su participación en el Mundial. Feola se lo llevó igualmente y dejó en casa a Luizinho pese a las protestas de toda la hinchada conrinthiana que, a medida que avanzaba el torneo, se fueron disipando poco a poco.

Altafini empezó jugando de titular en el Mundial de Suecia los dos primeros partidos ante Austria (venció la canarinha tres a cero con dos tantos suyos) y ante Inglaterra (partido que concluyó con un empate sin goles). 

En el tercer partido de la fase de grupos ante la Unión Soviética, Feola metió en el equipo a Pelé, a Garrincha y a Vavá y sacó del once a Altafini, a Joel y a Zagallo. Brasil ganó dos a cero con doblete de Vavá y se metió en los cuartos de final donde se enfrentaría a Gales.

En el partido contra los Dragones Rojos, Vicente Feola volvió a confiar en el talento de Altafini, que formó en la delantera junto a Pelé, Garrincha y Zagallo. El sacrificado esta vez fue Vavá y el goleador, Pelé, que anotó un auténtico golazo para doblegar la resistencia galesa y meter a Brasil en semifinales ante Francia. 

A partir de ese momento, Altafini ya no volvería a jugar.

Altafini pelea la pelota con el meta austríaco. Le hizo dos goles.

En la victoria ante los franceses por cinco a dos en semifinales y ante los suecos en la final por idéntico resultado jugarían en ataque Zagallo, Pelé, Garrincha y Vavá. Pelé hizo cinco tantos más (tres ante Francia y dos en la final ante Suecia), Vavá anotó otros tres (uno en la semifinal y dos en la final), mientras que el centrocampista Didí se estrenó como goleador en la semifinal ante Francia y Zagallo marcó el cuarto de su equipo en la final ante Suecia. 

Altafini, en cambio, nada más levantar la primera Copa del Mundo de la historia de Brasil, hizo las maletas rumbo al país de sus padres y eligió el Milán para afrontar una aventura en solitario que le convertiría en un ídolo en Italia y, a la vez, le privaría para siempre de alcanzar de nuevo la gloria en la Copa del Mundo

Aunque eso él aún no lo sabía.

***

El Milan ya era en 1958 un equipo muy potente y con tradición, que había dominado en campeonato italiano por primera vez en la primera parte de la década de los cincuenta gracias a los tres suecos que alineaba en su delantera: Gren, Nordahl y Liedholm. 

La delantera del AC Milan de los 50 tenía un nombre: Gre-No-Li.

Pero los suecos se fueron yendo poco a poco del equipo y el Milan se rearmó en 1955 con el fichaje de Schiaffino, el delantero uruguayo que había sido campeón del mundo en Brasil 50 protagonizando el mítico Maracanazo

De hecho, en la temporada 56-57 volvieron a ganar el Scudetto con la incorporación del también delantero Carlo Galli, atacante italiano que llegaría a marcar más de cien goles con el club. 

El equipo disputó la final de la Copa de Europa ese mismo año ante el Real Madrid y cayó por tres goles a dos con un tanto encajado en la prórroga. 

Tras ese encuentro, llegó Altafini para completar un equipo de ensueño que ganó otra vez el Scudetto y empezó a codearse definitivamente con los mejores en Italia y en Europa.

Altafini fichó por el AC Milan para hacerlo aún más grande en Italia.

Pero la reconstrucción total milanista tardó unos cuantos años más en producirse. 

El mejor rendimiento de Altafini como goleador llegó de la mano del nuevo entrenador, Nereo Rocco, fichado en la campaña 61-62 después de dos subcampeonatos consecutivos. También llegó “Il Bambino” Rivera, un joven de dicinueve años que estaba llamado a ser una de las más grandes figuras históricas del fútbol italiano.

En esa primera temporada de Rocco en el banquillo del Meazza, el Milan volvió a ganar el Scudetto y Altafini fue el máximo goleador con ventidós tantos que le sirvieron de tarjeta de presentación para el Mundial de Chile 62, donde defendería los colores de Italia tras haberse proclamado campeón del Mundo con Brasil cuatro años antes.

Pero en Chile las cosas no le fueron bien a Altafini ni a la selección italiana, que cayó en la primera fase tras caer primero ante Alemania y después en la Batalla de Santiago ante Chile. Garrincha, Vavá y Zagallo, excompañeros de Altafini, volvieron a levantar la Copa del Mundo con Brasil, un torneo que no pudo conquistar Pelé porque se lesionó en el primer encuentro ante Checoslovaquia y no pudo disputar ni un solo partido más.

La debacle italiana en Chile tuvo graves consecuencias para José Altafini y para el resto de oriundi que integraron la Nazionale (los argentinos Omar Sívori, Angelo Sormani y Humberto Maschio). 

Ninguno de ellos volvería a vestir la azzurra nunca más tras ese torneo.

Altafini y los argentinos Angelillo y Sívori con la Azzurra en 1962.

***

La espina se la quitó Altafini con el Milan al conseguir la primera Copa de Europa de su historia en la temporada 62-63. Además, el brasileño nacionalizado italiano se convirtió en el máximo goleador de la máxima competición continental europea con catorce dianas, un récord que se mantendría vivo hasta la eclosión de Messi y Cristiano Ronaldo medio siglo más tarde.

Casualidades de la vida, el final de Altafini en el Milan llegó por el fichaje de otro brasileño que decidió emular sus pasos y no permanecer a la sombra de Pelé en Brasil. Se trataba de Amarildo, que sustituyó a O Rei tras su lesión en el Mundial de Chile, se proclamó campeón del mundo haciendo un torneo extraordinario, pero acabó fichando también por el equipo rossonero tres años después. 

Su fichaje supuso el adiós de Altafini, que hizo las maletas rumbo a Nápoles en 1965. En Nápoles, el campeón del mundo del 58 siguió marcando goles durante cuatro temporadas más hasta que en 1972, a los treinta y cuatro años, fichó por la Juventus. En Turín obtuvo dos Scudettos más que sumar a su extenso palmarés. 

Y se retiró del fútbol italiano en 1976, con 38 años, anotando 216 goles en 458 partidos en una de las ligas más difíciles del mundo para un delantero.

Pero Altafini, a quien en la última época en Italia le llaman “el Abuelo”, no quiso dejar el fútbol todavía y siguió metiendo goles en Suiza durante 4 temporadas más para colgar las botas definitivamente a los cuarenta y dos años en 1980.

Altafini y Amarildo en el Milan. Ambos decidieron salir de Brasil.

Al final, tomó muchas decisiones arriesgadas en su vida que le marcaron para siempre. 

Él lo resumió así: “Jamás me he arrepentido de mis decisiones, pero, quizás, si volviera a nacer, actuaría de otra forma”. 

Sea como sea, con las decisiones que tomó, equivocadas o no, se ganó un sitio en el Olimpo del fútbol.

lunes, 5 de septiembre de 2022

El último partido de Jock Stein deja a Escocia a las puertas de la clasificación para el Mundial de México 86

10 de septiembre de 1985. Estadio Ninian Park, Cardiff. Las selecciones de Gales y Escocia se preparan para jugarse un puesto en la fase final del Mundial de México 86

Es la última jornada de un grupo igualadísimo que ha enfrentado a España, Escocia, Gales e Islandia por una plaza directa para México y otra que te envía a la repesca ante Australia, lo que en este momento es prácticamente una clasificación en diferido dada la diferencia entre las selecciones europeas y la oceánica.

España, Escocia y Gales empatan a seis puntos e Islandia está desahuciada. Los españoles cerrarán el grupo ante Islandia en Sevilla dos semanas más tarde, así que tienen asegurada la primera plaza con una victoria que parece sencilla (y más sabiendo de antemano el resultado de Cardiff).

Mark Hughes marca un golazo contra España que deja la clasificación abierta. 

Las cuentas para los dos archienemigos británicos están claras. 

El que gane, tiene asegurada la repesca y la clasificación directa si España no le hace muchos goles a Islandia. Si empatan, Escocia irá a la repesca y Gales se quedará fuera por diferencia de goles.

Ninian Park es un hervidero lleno a rebosar. 30.000 galeses y 14.000 escoceses llenan el estadio para animar a los suyos. 

Mike England, el seleccionador de Gales, dispone de todos sus hombres importantes y, evidentemente, los alinea a todos. Sobresalen los dos delanteros, el goleador del Liverpool Ian Rush y el delantero del Manchester United Mark Hughes, ambos letales en el área. 

A Jock Stein, el mítico seleccionador de Escocia, le falta toda la columna vertebral de su vigorosa escuadra, la flor y nata de la Tartan Army. Kenny Dalglish, Steve Archibald y Alan Hansen están lesionados y el mediocentro Graeme Souness, la cabeza pensante de Stein en el campo, está sancionado. 


Los once elegidos por Jock para representar a Escocia en Ninian Park. 

Con esos mimbres, el bueno de Stein había tomado una decisión a principios de semana que iba a pagar muy cara. Por sus problemas de corazón, tomaba unas pastillas que decidió no ingerir para estar totalmente centrado en el partido. No lo sabía nadie, ni siquiera su segundo aquella noche, el entrenador del Aberdeen, un jovencísimo Alex Ferguson. 

Pero no adelantemos acontecimientos.

***

Los galeses salieron a por todas y se pusieron por delante a los trece minutos, después de que la defensa escocesa despejase el enésimo centro galés al corazón del área y el balón le cayera a Mark Hugues, que la metió dentro para hacer estallar a los aficionados galeses, ausentes de una fase final de la Copa del Mundo desde 1958.

Hughes pone el uno a cero en el marcador y se cae el Ninian Park.

La pelota sobrevolaba el césped del Ninian Park al más puro estilo británico. Patadón desde la defensa en busca de la pelea de los delanteros, segunda jugada y tiro a portería o apertura a la banda para el centro desde los extremos. 

Así todo el rato: pim-pam-pum. 

Pero Escocia necesitaba algo más si quería empatar el partido y buscar la repesca, así que Stein decidió convertir su defensa de cuatro en una de tres y buscar tener más presencia en campo contrario. 

Pero ni por esas.

El susto se lo llevaron los suyos cuando en un centro sin aparente peligro al corazón del área, el que hacía aproximadamente 1.623 en apenas cuarenta y cinco minutos, el meta del Aberdeen Jim Leighton deja caer la pelota y está a punto de metérsela en su propia portería. 

En los vestuarios, el guardameta le confiesa a Jock Stein que es miope y juega con lentillas (cosa que nadie sabía, ni siquiera su entrenador Alex Ferguson). El portero había perdido una en un lance del juego y no traía lentillas de reserva, así que no veía ni un pimiento. 

Stein, perplejo y fuera de sí, golpea el techo del vestuario con furia, pero enseguida ordena el cambio. Saldrá el veterano Alan Rough a sacar las castañas del fuego. 

Jock Stein y Alex Ferguson en el banquillo de Ninian Park. 

Pero pierde uno a cero y ha agotado una bala. 

Ahora sólo le queda un cambio para tratar de cambiar el signo del partido.

Y Big Stein usa el cambio que le queda, la última decisión posible. Retira del terreno de juego a su jugador más técnico, el centrocampista Gordon Strachan, para sacar al verde a David Cooper, un extremo rápido y habilidoso con el que quiere invertir la tendencia, sorprender por banda y generar peligro con más centros al área. 

Y lo consigue. 

Porque Cooper no sólo es un quebradero de cabeza para los galeses, sino que cuando el colegiado señala penalti a falta de diez minutos para el final por mano dentro del área de un defensor gales, Cooper coge el balón sin temor. Lo pone en el punto de penalti y lo ejecuta sin miedo, raso, con pierna derecha y a la izquierda del portero galés, que se estira y logra tocar el balón, pero no puede evitar que se aloje en el fondo de su portería. 

David Cooper celebra el gol de penalti que empata el encuentro.

Los escoceses celebran el gol que les da la repesca mientras los galeses resoplan y se disponen a atacar sin descanso los últimos diez minutos que quedan de partido. Meten más de un susto a los escoceses, pero el partido está a punto de acabar.

De hecho, a falta de un minuto el árbitro pita y Stein cree que es el final del partido. Se levanta del banquillo para saludar al técnico galés cuando, de repente, se echa la mano al pecho y cae al suelo. Mike England, el seleccionador de Gales, es el primero que se da cuenta y avisa a los médicos, que se llevan a Stein a los vestuarios. 

En ésas, el partido se acaba y los jugadores escoceses celebran sobre el césped la virtual clasificación para el Mundial mientras los galeses se derrumban en el suelo. 

Entonces aparece Alex Ferguson para avisar a los jugadores de que el míster está pasando por problemas en el vestuario y les dice que se queden sobre el césped mientras tanto.

Ferguson espera preocupado mientras los jugadores celebran sin saber nada.

Media hora más tarde la tragedia se confirma. 

Jock Stein, de 62 años, ha muerto en el vestuario del Ninian Park de Cardiff y el fútbol se viste de luto. 

Al día siguiente, el diario británico The Sun titula en su portada: "Jock, una joya de hombre y también un genio como entrenador". La frase era de John Paton, el presidente del Glasgow Rangers, el rival más acérrimo del club de Stein, el Celtic.

Bob Paisley, ex entrenador del Liverpool, dijo de él: “Los escoceses le deben tanto que estoy seguro de que no lo olvidarán”. 

Efectivamente, no lo olvidaron. 

En 2002, Stein fue votado como el mejor entrenador escocés de todos los tiempos y se le concedió la entrada al Salón de la Fama del fútbol escocés en Hampden Park.

Y es que Stein fue el primer entrenador protestante del católico Celtic de Glasgow, que hacía un porrón de años que no ganaba la liga escocesa y que levantó nueve seguidas a los mandos de Jock Stein entre 1966 y 1975. 

El Celtic de Stein derrotó al Inter en Lisboa y ganó la Copa de Europa de 1967.

También levantó la primera Copa de Europa de un equipo británico en 1967, la única de la historia de los católicos, al derrotar en la final al favorito Inter de Helenio Herrera (2-1). Y disputó una segunda final contra el Feyenoord en 1970 que perdió en el último suspiro (2-1). 

Una auténtica institución del equipo verde de Glasglow que cogió la selección escocesa tras la eliminación en la primera ronda el Mundial de 1978 y la clasificó para la disputa de la Copa del Mundo de España 82 (también cayeron en la primera fase) y la dejó a las puertas del Mundial de México 86.

***

Quien remató la clasificación escocesa para México fue Alex Ferguson, su ayudante en Cardiff, que cogió las riendas de la selección en ese instante para los dos partidos de la repesca ante Australia. 

Esto dijo Ferguson sobre aquella fatídica noche: “No derramé ni una lágrima hasta después del vuelo desde Cardiff a Glasgow y hasta que salí por la autopista hacia Aberdeen. En el camino paré en un área de descanso y directamente me derrumbé. Para gente como yo, Jock fue el precursor de todos los logros y retos a los que teníamos que aspirar. Él nunca se quedaba con los elogios. Siempre se trataba de los jugadores y de lo magnífico que era el equipo. Esa generosidad lo dice todo de él. Para cualquier persona que busque mejorar su formación futbolística, Jock Stein era una universidad por sí solo”.

Al final, Escocia consiguió vencer a Australia por dos goles a cero en Glasgow y empató sin goles en tierras aussies para disputar la cita mundialista de nuevo. 

Escocia venció a Australia para estar definitivamente en México 86.

Pero en México, los de Ferguson cayeron en el llamado grupo de la muerte junto a Alemania, Dinamarca y Uruguay y no pudieron pasar de la primera fase al perder por la mínima ante daneses y alemanes y sacar un empate sin goles ante la garra charrúa.

También lograrían clasificarse para el Mundial de Italia 90, ya sin Ferguson en un banquillo que había abandonado para ocupar el del Manchester United y acabar convirtiéndose en una leyenda, pero después de esa cita las cosas se pusieron complicadas para la Tartan Army. 

Escocia no estuvo en Estados Unidos 94 y el último Mundial que disputó fue el de Francia 98 donde, como siempre, volvió a caer en primera ronda. Desde entonces, los escoceses no han vuelto a acudir a un Mundial jamás. Y ya han pasado casi 28 años. 

Sus rivales galeses, en cambio, rompieron su maleficio y se clasificaron para el Mundial de Catar... ¡64 años después! 

Aunque allí, en su regreso a una Copa del Mundo, los Dragones Rojos cayeron en la primera fase y no pudieron igualar su primera y única participación en Suecia 58, cuando dieron la campanada y se plantaron en los cuartos de final.

martes, 30 de agosto de 2022

El codazo de Tassotti a Luis Enrique, Baggio y Salinas dejan KO a la España de Clemente en EEUU 94

9 de julio de 1994. Foxboro Stadium de Boston. Italia vence a España por dos goles a uno en los cuartos de final del Mundial de Estados Unidos. Quedan apenas unos minutos de descuento. Jon Andoni Goikoetxea recoge un balón en la parte derecha del ataque español y la pone al segundo palo, en un intento a la desesperada de empatar un partido que parece perdido. 

Por allí aparece velocísimo Luis Enrique, con el lateral italiano Mauro Tassotti cosido a su camiseta. De repente, el italiano suelta el brazo y el asturiano se va al suelo. El árbitro húngaro Sandor Puhl levanta los brazos con grandes aspavientos. 

¡Sigan, sigan!

Un puñado de jugadores españoles se lanza a por el colegiado, le rodean formando un corrillo mientras Senén Costegoso, uno de los fisioterapeutas de la España de Clemente, intenta atender a un Luis Enrique totalmente desquiciado que sangra abundantemente por la nariz. 

El atacante tiene los huesos y los cartílagos de la nariz totalmente desplazados, pero no deja que le atiendan. Tira al suelo al bueno de Costegoso y corre desesperado en busca del árbitro. 

Luis Enrique, con el rostro ensangrentado, se dirige al árbitro Sandor Puhl.

No se puede creer el asturiano que el colegiado no sancione la acción con penalti y expulsión. Pero Sandor Puhl no quiere saber nada. Tiene delante un jugador con la nariz totalmente ensangrentada y no se digna ni a consultar a su asistente. 

Nada de nada. 

¡Sigan, sigan!

***

En Boston la mayoría de los aficionados presentes en el estadio iba con Italia, que acababa de disputar cuatro días antes el choque de octavos de final ante Nigeria. Pese al ruido ensordecedor de los tifosi, España se presenta al choque con un ligero favoritismo, ya que los de Clemente han ido de menos a más en el torneo y, también en octavos, arrollaron a una buena Suiza. 

Por el contrario, los italianos llegan a cuartos como suelen, con lo justo, sufriendo atrás y encomendándose a los Baggio, Dino y, sobre todo, Roberto, para ir avanzando en el torneo. El susto que les acaba de meter en el cuerpo Nigeria aún lo sienten los jugadores de la azzurra en todos los poros de su piel.

Pero en los cuartos de final de una Copa del Mundo Italia es mucha Italia. Una Italia que había sido campeona del mundo doce años antes y que venía de ser tercera en su Mundial, el de 1990

Mientras, España no es, a esas alturas, prácticamente nada en el contexto futbolístico mundial. Desde 1964, cuando los ibéricos ganaron su primera Eurocopa en el Bernabéu ante la Unión Soviética, España sólo ha conseguido dar lustre a su camiseta en 1984, cuando se plantó contra todo pronóstico en la final de la Eurocopa de Francia y la perdió por 2 a 0 ante la selección de Platini y compañía

En los Mundiales, nada de nada.

De hecho, los españoles vienen de ser una de las grandes decepciones en Italia 90, con una selección formada por la base de la Quinta del Buitre (Míchel, Martín Vázquez, Butragueño y Sanchís) en pleno apogeo y que se ve apeada en octavos de final con un gol de falta directa de Stoijovic en la prórroga. 

Después, agravó su crisis al no clasificarse para la Eurocopa de 1992, la que ganó sorprendentemente Dinamarca. 

España tropezó estrepitosamente camino a la Eurocopa de 1992.

En cambio, su selección olímpica se había colgado del cuello la medalla de oro en las Olimpiadas de Barcelona 92. 

Entonces, llegó Clemente, genio y figura, quien edificó su selección sobre esos jóvenes campeones olímpicos. Le otorgó un estilo propio a la Furia y se puso manos a la obra, con la intención de intentar invertir la tendencia perdedora con gran parte de la prensa en su contra. 

Lo consiguió. 
O no. 

Que la botella se puede ver siempre medio llena o medio vacía.

***

Javier Clemente se convirtió en seleccionador español en 1992, tras la destitución de un Vicente Miera que no fue capaz de clasificar al equipo para la Eurocopa del 92. Aunque el envite resultaba ya prácticamente una quimera cuando llegó. 

El técnico asturiano había sido elegido en abril de 1991, tras la salida de Luis Suárez del banquillo español, y, aunque no tuvo buenos resultados con la selección absoluta, sí consiguió guiar a la selección olímpica en su camino hacia la medalla de oro en las Olimpiadas de Barcelona 92. 

Kiko marca el gol que dio a España el oro olímpico en Barcelona 92.

Este hito lo consiguió Miera cuando Ángel María Villar, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, ya lo había destituido de la absoluta y había puesto al frente de la Furia a Javier Clemente, el controvertido entrenador vasco que había ganado dos ligas con el Athletic de Bilbao (1982-83, 1983-84), la Copa del 84 también con el Athletic y había alcanzado la final de la Copa de la UEFA con el Espanyol de Barcelona (1987-88).

El problema era que los medios de comunicación españoles se polarizaron en torno a su figura. El comunicador estrella del momento, José María García, defendiendo al nuevo entrenador y su forma de jugar a capa y espada junto al diario Marca, mientras que todo el Grupo Prisa, con la cadena Ser y el diario As a la cabeza y con José Ramón de la Morena y su programa radiofónico El Larguero como estilete, totalmente en contra del nuevo seleccionador, al que iban a intentar sacar de quicio siempre que pudieran.

Y pronto tuvieron ocasión de hacerlo, porque Clemente aguantó tres partidos de la fase de clasificación para el Mundial de Estados Unidos con la columna vertebral de Luis Suárez y Miera, es decir, la Quinta del Buitre, pero en cuanto empató esos tres choques sin goles entre septiembre y noviembre del 92 (ante Letonia en Riga, ante Irlanda del Norte en Belfast y ante la República de Irlanda en Sevilla) fulminó directamente a Butragueño, a Martín Vázquez y a Míchel y empezó a hacer una selección de autor con poco peso de los jugadores del Real Madrid.

Esa decisión, acompañada de una crisis de resultados que ponía en serio riesgo la clasificación para el Mundial y un estilo de juego muy rocoso y poco vistoso, supuso que se incrementara la campaña contra el seleccionador a la que Clemente respondía en primera persona en cada rueda de prensa retando y vetando una y otra vez a los periodistas que él consideraba enemigos personales. 

El técnico vasco, eso sí, adujo argumentos futbolísticos para dejar fuera a los jugadores madridistas. Aseguró que creía que la clasificación se la iban a jugar fuera de casa, en salidas complicadas donde hacía falta meter el pie y salir al contragolpe, ser veloces y precisos y Butragueño era un jugador que sólo se movía bien en el área y Míchel no metía el pie. Así que se los ventiló a los dos de una tacada y tiró para adelante. 

Patadón y tente tieso.

En un primer momento, Clemente aguantó a la Quinta del Buitre.

Clemente y su selección cogieron un poco de aire al vencer en casa por cinco goles a cero a Letonia y a Lituania, pero las críticas feroces volvieron tras la derrota ante Dinamarca, su gran rival en el grupo, el 31 de marzo en Copenhague por un gol a cero. Se llevaban siete partidos de la fase de clasificación y España era tercera con 9 puntos, producto de tres victorias, tres empates (todos sin goles) y una derrota. Encabezaba el grupo Irlanda con 11 puntos y la seguía Dinamarca, con 10. 

Fue un punto de inflexión, porque a partir de ese instante la España de Clemente iba a ganar todos los partidos que quedaban de la fase de clasificación en una recta final absolutamente increíble y, por momentos, agónica.

Una España rocosa atrás y demoledora en las transiciones se hizo fuerte en el grupo y le ganó tres a uno a Irlanda del Norte en Sevilla, cero a dos a Lituania en Vilna y uno a cinco a Albania en Tirana, fuera de casa, como quería Clemente. Pero aún faltaba lo más difícil: ganar los dos últimos partidos ante los rivales directos. 

Primera parada, Dublín, ante la República de Irlanda, que contaba con 17 puntos por los 15 de los de Clemente y que hacía un buen puñado de años que no perdía un partido oficial ante su público. 

Salió el técnico vasco con la línea defensiva del Valencia CF, Camarasa, Voro y Giner, completada con la presencia del barcelonista Albert Ferrer en el lateral derecho. El centro del campo lo blindó el vasco con Hierro y Nadal, escoltados por Goikoetxea y Caminero, con Luis Enrique y Salinas en ataque. 

Y el plan le funcionó a las mil maravillas, porque a los veintiseis minutos ya ganaba cero a tres con un tanto de Caminero y dos de Julio Salinas. John Sheridan redujo distancias mediada la segunda parte para dejar el marcador definitivo en un 1 a 3 claro y rotundo. 

Así contaba el Mundo Deportivo la importante victoria de España en Belfast.  

España había salvado el primer “match ball”, pero faltaba el último partido, en Sevilla, ante la Dinamarca de los hermanos Laudrup.

Esa última jornada era absolutamente decisiva. La República de Irlanda y España tenían 17 puntos y Dinamarca, 18. Solo dos de los tres irían al Mundial. El otro lo vería por televisión. Daneses y españoles jugaban entre ellos en Sevilla, mientras que los irlandeses se la jugaban en el Windsor Park de Belfast ante sus vecinos del Norte.

El ambiente en el Pizjuán era el de las grandes galas, pero el partido se iba a complicar muchísimo a los diez minutos, justo cuando Zubizarreta fue expulsado. 

El meta vasco cometió un error increíble y le dio el balón a su compañero en el Barcelona, Michael Laudrup, al que tuvo que derribar fuera del área inmediatamente para deshacer el entuerto. El portero abandonó el césped y Clemente sacó a Cañizares por Camarasa para jugar con diez jugadores los ochenta minutos restantes y otros cinco más de descuento. 

Pero entonces llegó la épica. 

España resistió en pie las embestidas danesas y Cañizares se mostró inexpugnable. El remate final lo puso Fernando Hierro con un soberbio testarazo que batió a Schmeichel y que metió a España en el Mundial de Estados Unidos. 

El cabezazo de Hierro y las paradas de Cañizares metieron a España en el Mundial.

La República de Irlanda empató contra Irlanda del Norte y Dinamarca, la actual campeona de Europa, se quedó sin pasaje al país de las oportunidades.

***

Ya en tierras americanas, la selección española se emparejó en un grupo con Corea del Sur, la Campeona del Mundo, Alemania, y la sorprendente Bolivia. 

Los de Clemente empezaron muy bien ante los surcoreanos, dominando y jugando a velocidad de vértigo, insistiendo con llegadas constantes por las bandas que supusieron los dos tantos de Salinas y Goikoetxea al poco de iniciarse el segundo tiempo. 

Parecía que todo estaba listo para sentencia, pero el partido había empezado a las dos de la tarde, la temperatura era extrema y España jugaba con diez por la expulsión de Nadal a los veinticinco minutos de la primera parte. 

Los asiáticos, sin nada que perder, se fueron al ataque en los minutos finales y consiguieron anotar el dos a uno a falta de cinco minutos para el final y empatar el encuentro con un tanto de Seo ya sobre la hora.

Los medios machacaron sin piedad al equipo de Clemente, que en la segunda jornada debía enfrentarse a la campeona del mundo, Alemania, en el Soldier Field de Chicago con la soga al cuello. 

Y ahí apareció el carácter ganador de la Furia, que consiguió empatar el partido más difícil del grupo para seguir vivos y depender de sí mismos ante Bolivia en la última jornada. Un centro chut precioso de Goikotxea (aunque nunca sabremos si su intención era el centro o el chut) ponía por delante a España al cuarto de hora de juego y los de Clemente tuvieron contra las cuerdas a Alemania. 

Pero a la salida de los vestuarios Klinsmann se inventó un gran remate de cabeza para empatar a uno. 

El marcador ya no se movería en Chicago.

Goikotxea marcó un golazo que puso contra las cuerdas a Alemania. 

El partido decisivo ante Bolivia iba a empezar a definirse con un penalti inexistente que el colegiado pitó a favor de España y que Guardiola convirtió para adelantar a los suyos a los diecinueve minutos. 

Después, el juego se fue espesando hasta que, mediada la segunda parte, Caminero sacó el frasco de las esencias para marcar el segundo gol y responder con el tercero al único tanto boliviano, obra de Erwin Sánchez. 

Al final, tres a uno y los de Clemente se verían las caras con Suiza en octavos de final.

Ante los helvéticos jugó la España de Clemente el mejor partido en el torneo. Solventó con clase y con aplomo un encuentro complicado gracias a un golazo de Hierro al cuarto de hora de juego. 

Después, Zubi sostuvo al equipo con dos buenas paradas en los momentos más duros y Luis Enrique remató la faena con el gol de la tranquilidad. 

Un penalti transformado por Txiqui Beguiristain puso el tres a cero definitivo en el JFK Stadium de Washington y metió a España en cuartos de final, donde se mediría a la indescifrable Italia de Arrigo Sacchi.

España celebra uno de los tres tantos que le hizo a Suiza en octavos. 

***

Una Italia que, fiel a su estilo, había sufrido en la primera fase y en octavos de final. 

Una Italia que había perdido por un gol a cero en su debut ante la República de Irlanda en un festival en las gradas del Giants Stadium de Nueva York, donde italoamericanos e irlandeses le dieron colorido a un encuentro que dejó a la azzurra en una situación más que complicada.

El segundo partido de Italia era contra Noruega, que le había ganado uno a cero a México en el primer choque. Para los de Sacchi era una auténtica final que, como casi siempre, resolvieron creciéndose ante todas las adversidades. La primera fue la expulsión de su portero, Gianluca Pagliuca, a los veintiún minutos de juego. 

Sacchi, ni corto ni perezoso, decidió quitar a su estrella, Roberto Baggio, para sacar al terreno de juego al portero suplente, Luca Marchegiani. Y, claro, la estrella no se lo tomó nada bien. 

Pero la cosa no quedó ahí. 

A los cuatro minutos de la segunda mitad abandonaba el campo lesionado en el menisco el capitán Franco Baresi. Si Sacchi decidía en ese instante montar un circo seguro que le crecían los enanos. 

Pero cuando peor pintaban las cosas para Italia marcó Dino Baggio ante unos sorprendidos noruegos que vieron cómo se les escapaba una oportunidad única de noquear a los transalpinos.

El otro Baggio, Dino, dio un triunfo importantísimo a Italia ante Noruega.

En el otro partido del grupo México le había ganado dos a uno a la Irlanda de Jack Charlton, así que la última jornada iba a decidirlo todo con los cuatro equipos empatados a tres puntos. 

Noruega contra la República de Irlanda y México contra Italia. 
Los dos partidos a las 12:30 de la mañana del 28 de junio de 1994. 

Massaro, que había sustituido en el descanso a Casiraghi, adelantó a Italia cuando solo llevaba dos minutos en el campo, pero Bernal empató nueve minutos después para México en un partido muy tenso. 

Con un gol en el otro partido, lo marcara quien lo marcara, Italia estaría eliminada por la diferencia de goles con México. 

Pero... Noruega y la República de Irlanda empataron sin goles y el grupo acabó con todas las selecciones empatadas a 4 puntos.

Pasó primera México con 4 puntos, 3 goles a favor y 3 en contra; Irlanda fue segunda con 4 puntos, 2 goles a favor y 2 en contra; Italia pasó como una de las mejores terceras con los mismos números que Irlanda y Noruega se fue a casa con los mismos 4 puntos por haber marcado tan solo un gol y recibir también uno. 

Una vez más, Italia acudía a los cruces plagada de dudas y con los deberes a medio hacer.

La sorprendente Nigeria se cruzaría con Italia en los octavos de final.  

Y en octavos esperaba la sensación del torneo, Nigeria, una selección fresca, atractiva, dinámica y llena de desparpajo que contaba en sus filas con el veteranísimo Yekini, escoltado por los jóvenes Amokachi, Amunike y Finidi, un auténtico puñal por su banda. Los africanos habían acabado primeros de grupo, aunque empatados a puntos con Argentina y Bulgaria, y ahora llegaba para ellos la hora de la verdad.

Lo cierto es que Nigeria sorprendió a Italia con un gol de Amunike a los veintinco minutos a la salida de un córner en el que, extrañamente, falló Maldini en el despeje y le dejó el balón claro al delantero nigeriano, que metió la cabeza para batir a Pagliuca. 

Clemente, junto con algún miembro más del cuerpo técnico español, se había acercado al Foxboro Stadium de Boston para ver el partido y todos se marcharon a falta de cinco minutos para el final con la sensación de que tendrían que preparar muy bien el partido de cuartos de final ante Nigeria. Cuando llegaron al hotel de concentración les informaron de que había ganado Italia en la prórroga. 

Clemente y los suyos no se lo podían creer.

¿Qué pasó? Pues pasó que a Italia no hay que darla nunca por muerta, sobre todo si en sus filas hay jugadores de la calidad de Roberto Baggio. 

Otro Roberto, Mussi, cogió una pelota en el vértice derecho del área que atacaba Italia, recortó a su par y dejó la pelota franca para el otro Roberto, Baggio, un poco más atrás del punto de penalti. El 10 italiano llegó, levantó la cabeza y golpeó la pelota rasa y ajustada al palo derecho de Rufai que, pese a la estirada, no pudo hacer nada para sacar un balón que llevaba veneno. 

Faltaban dos minutos para el final.

Y en la prórroga volvió a aparecer el 10 para meter una pelota maravillosa a la incorporación de Antonio Benarrivo, que le ganó la posición al defensa africano y sufrió un derribo claro dentro del área. Roberto Baggio no desperdició el regalo y puso el balón otra vez en la esquina derecha de la portería de Rufai para meter a su selección en cuartos de final. 

Baggio, tocado por la varita, volvió a sacar a Italia de un tremendo apuro.

Nigeria se iba a casa con la cabeza alta y con la sensación de no saber qué había hecho mal para tener que hacer las maletas. 

Así es el fútbol.

***

9 de julio de 1994. Foxboro Stadium de Boston. 

España salta al césped con una alineación curiosa. Clemente deja a Hierro en el banquillo y mete en el centro del campo a Alkorta, flanqueado por Bakero y Caminero, con Goikoetxea en la banda derecha y Sergi Barjuán en la izquierda, con Luis Enrique en punta de ataque. Detrás, una línea de cuatro formada por Nadal y Abelardo en el centro con Otero en el lateral izquierdo y Ferrer en el derecho. 

Javier Clemente sorprendió a todo el mundo con el once inicial ante Italia.

La posición de Alkorta, de pivote defensivo, es una especie de trampa, porque muchas veces la intercambia con Nadal, pero este esquema le sirve a España para plantearle problemas a Italia, que no sabe cómo superar esa barrera defensiva, y para amenazar a la contra con la velocidad de Goiko y Sergi por las bandas, la movilidad de Luis Enrique arriba y las apariciones por sorpresa de un Caminero tocado por la varita mágica en ese torneo.

Pero todo ese planteamiento se va al garete a los veinticinco minutos de partido, cuando Dino Baggio suelta un obús con su pierna derecha desde unos cuantos metros fuera de la frontal del área que hace inútil la estirada de Zubizarreta. El estadio estalla de júbilo y las banderas italianas ondean al viento. 

Italia se ha puesto por delante sin hacer demasiado. 
España tampoco ha hecho nada del otro mundo. 

Si acaso, a los puntos va ganando la azzurra, que ve refrendada su sensación con un gol que vale su peso en oro en un partido tan parejo.

Clemente le ordena entonces a Nadal que suba al centro del campo definitivamente y que sea Alkorta el que ocupe su sitio en el centro de la zaga. España, a la fuerza ahorcan, empieza a mandar en el partido, cosa lógica teniendo en cuenta el pasito atrás que siempre da Italia cuando se adelanta en el marcador. 

El primer tiempo acaba con ventaja italiana y el segundo empieza con la misma tónica de control español, pero sin hacer daño. 

Caminero intenta zafarse de la presión de Dino Baggio en el centro del campo.

Hasta que a los trece minutos de la segunda mitad Sergi corre como un gamo por su banda, hace una pared con Luis Enrique y suelta un pase raso en paralelo a la frontal del área, Otero intenta controlarlo en carrera, pero no puede y aparece Caminero desde la segunda línea para armar la pierna. Su remate golpea ligeramente en la pierna de Benarrivo y se eleva, imposible de detener para Pagliuca. 

Uno a uno y a empezar de nuevo con poco más de media hora por delante.

En ese instante, Javier Clemente, contra todo pronóstico, mueve ficha. Sergi deja su sitio en el campo a Julio Salinas. Ahora Salinas jugará en punta fijando a los centrales, mientras que Luis Enrique partirá desde la izquierda para hacer daño con su velocidad. 

Seis minutos más tarde, el vasco hace su segundo cambio: dentro Hierro, fuera Bakero. Y de ahí, hasta el final, a por todas con los que están, que entonces sólo se permitían dos cambios.

España empieza a ser mejor que una Italia fundida después de una prórroga ante Nigeria que afrontó con un jugador menos. Dominan los españoles y las pocas ocasiones corren también a su cargo, cuando llega una de las jugadas clave del partido. 

Nadal, desde el centro de la defensa, sale con el balón controlado y la cabeza alta. Ve el desmarque de Salinas entre los dos centrales italianos y le lanza un pase medido. Los dos defensores llegan tarde y Julio Salinas se encuentra, de repente, solo ante Pagliuca y con el balón botando en el punto de penalti. Mete la punta de su bota derecha abajo y el meta saca el balón de partido con el pie. 

El rebote le cae a Caminero en el borde del área, pero intenta driblar a un defensa, el control se le va largo y pierde la opción de un segundo remate franco. 

España acaba de perder el partido.

Pagliuca acaba de salvar el partido para Italia a los pies de Julio Salinas.

Es la reedición del gol de Cardeñosa en Argentina 78
El gol que, evidentemente, nunca fue gol. 
Como el de Salinas.

Pero el partido no acaba con el error del delantero vasco y tan solo un minuto más tarde Hierro se saca un zapatazo desde lejísimos para intentar sorprender a Pagliuca y el cancerbero italiano tiene que meter la manopla muy arriba para evitar el golazo que hubiera cavado de nuevo la tumba de Italia. 

Sólo era la antesala del gol italiano, claro está.

Porque apenas dos minutos más tarde un balón suelto cae botando en la zona defensiva española. Massaro salta para meter justo a tiempo su bota izquierda y cambiar el juego a la derecha. Los dos centrales españoles han ido a morder a Massaro y han dejado solo, libre de marca, a Roberto Baggio en la derecha del ataque transalpino. 

El astro controla la pelota, encara a Zubizarreta, lo dribla y cruza el esférico a gol ante la desesperación de Abelardo, que se arrastra por el césped en un intento vacuo de sacar el balón.

No llega. 

Baggio dribla a Zubizarreta y marca el gol de la victoria italiana.

Dos a uno para Italia a falta de dos minutos para el final. 

No han pasado ni cinco minutos del fallo de Salinas. Faltan apenas otros cinco para que Tassoti estampe un codazo en la cara de Luis Enrique dentro del área, le desplace los huesos y cartílagos de la nariz y le deje la cara hecha unos zorros en los morros del colegiado. 

Ni por esas. 
España se va a casa. 

Luis Enrique, desesperado, le muestra la nariz rota a Sandor Puhl.

Italia sigue adelante. 

Llegará a la final y la peleará ante Brasil, la de Romario y Bebeto, aunque el destino le jugará una mala pasada y perderá en los penaltis con los errores de Baresi, que llegó a tiempo para la gran final después de perderse todo el torneo por la lesión de menisco, y de Roberto Baggio, el genio que les había llevado hasta allí.

***

Por increíble que parezca, la FIFA tomó dos decisiones prácticamente incompatibles a raíz de ese encuentro. 

Por primera vez, el organismo que rige los destinos del fútbol mundial actuó de oficio ante una acción no sancionada por el colegiado en el terreno de juego y castigó a Tassotti con ocho partidos de sanción que le impidieron disputar la semifinal ante Bulgaria y la final ante Brasil y, a la postre, supuso su adiós a la azzurra, porque en ese instante ya tenía treinta y cuatro años y no volvió a ser convocado nunca más.

Después, en un alarde de incoherencia absoluta, o quién sabe, quizá para burlarse del común de los mortales que no tiene la suficiente inteligencia como para comprender las razones e inspiraciones que mueven a tamaña institución, designó a Sandor Puhl, el árbitro que no había visto una agresión que podía haber cambiado el resultado de los cuartos de final de un Mundial, para arbitrar la final de la Copa del Mundo entre Brasil e Italia. 

Sandor Puhl fue designado por la FIFA para arbitrar la final del Mundial 94.  

Increíble, pero cierto. 
Ver para creer. 
De mear y no echar gota. 
Para ese viaje no se necesitaban tantas alforjas. 
Y si no te gusta, no mires.

O no escuches, que es lo que trató de hacer Julio Salinas desde aquel día, cuando en muchos campos de España los aficionados adaptaron afinadas melodías con letras tan afiladas como: “Delante del portero, Salinas fallará. Delante del portero, Salinas fallará. ¡La-ra-la-lá, la-ra-la-ra-la-rá, la-lá! ¡Salinas fa-lla-rá!”. 

Y, como los pimientos del Padrón, que unos pican y otros no, Salinas a veces fallaba y otras no. 

Cosas del fútbol.

Salinas se lamenta mientras los italianos celebran el gol de la victoria. 

El que siguió partiéndose la cara con los medios de comunicación día sí día también fue Javier Clemente, que jugó su mejor torneo en la magnífica Eurocopa de Inglaterra en 1996 y cayó estrepitosamente en la primera fase del Mundial de Francia en 1998 con una gran generación de jugadores que no esperaba tal debacle. 

Aún así, en un clima enrarecido y tenso, siguió un poco más al frente de la selección española, hasta que una derrota ante Chipre en uno de los primeros partidos de la fase de clasificación para la Eurocopa de 2000 dio con sus huesos en la calle. 

Javier Clemente estaba sentenciado tras la derrota en Chipre.

Eso sí, el técnico se despidió, como siempre, a su manera, diciendo que él no había dimitido, ni tampoco lo habían echado.

Paradojas de la vida. 
Paradojas de Clemente.