"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

viernes, 16 de septiembre de 2022

De Romario a Ronaldo: la dolorosa caída de Brasil en Francia 98

La concentración de Brasil en Lesigny (Francia) es un hervidero de periodistas, aficionados, jugadores y cuerpo técnico. El seleccionador brasileño, Mario Zagallo, ha esperado al último momento para dar la lista definitiva. 

Es el 3 de junio de 1998 y falta tan sólo una semana para el debut de Brasil en el Mundial de Francia 98. La expectación es máxima porque el nombre que baila, la plaza que está en el aire y por la que se convoca esa rueda de prensa es ni más ni menos que la de Romario Da Souza Faria, el héroe del 94, que arrastra una lesión desde principios de mayo y nadie sabe qué pasará con él.

El cuerpo técnico de la selección ya cuenta con los últimos diagnósticos médicos y, como ha venido haciendo hasta llegar hasta aquí, decidirá sobre esa base y aguantará el chaparrón. 

Porque Mario Zagallo y Zico, otro mito viviente que es el segundo de a bordo, ya han tenido bastantes problemas para seleccionar a los veintidós jugadores que ahora están concentrados en Lesigny a la espera de lo que pase con Romario. 

Zico y Zagallo, dos leyendas brasileñas, estaban condenados a entenderse. 

También han tenido Zagallo y Zico algunas desavenencias porque se comenta que la presencia del segundo le ha sido impuesta al seleccionador por la Confederación Brasileña y no siempre coinciden ambos en sus preferencias. Así que las cosas las resuelven con pequeñas concesiones que no siempre benefician al grupo.

Por ejemplo, Bebeto, el delantero que hizo dupla con Romario y colaboró con sus goles a que Brasil levantara la Copa del Mundo de 1994, no es santo de la devoción de Zagallo, que cree que a sus treinta y cuatro años ya lo ha dado todo por la Canarinha. Sin embargo, Zico lo considera imprescindible. 

O Dunga, el capitán del 94 y también del 98, que es imprescindible para Zagallo, mientras que Zico prescindiría de él sin dudarlo. 

Los dos jugadores están en la lista de los veintidós que defenderán la verdeamarelha en Francia.

El que no está es Mauro Silva, otro de los campeones del 94. El centrocampista del Deportivo de la Coruña tuvo un problema con Zagallo cuando renunció a jugar un partido amistoso con la selección. El seleccionador le hizo la cruz y no se lo llevó al Mundial. 

Tenía entonces treinta años, justo los mismos que el jugador que el míster eligió para sustituirlo: César Sampaio. La diferencia es que Sampaio jugaba a las órdenes de Carles Rexach en el Yokohama Marinos japonés, un liga un pelín menos exigente que la española. Pues no sólo fue convocado, sino que fue titularísimo durante todo el torneo (y estuvo a un gran nivel, por cierto).

De hecho, con este tipo de decisiones se erosionó un poco un grupo que se había paseado literalmente en la Copa América de 1997 celebrada en Bolivia. La quinta Copa América de Brasil en su historia y la primera ganada fuera de su territorio. No está de más recordarlo, sobre todo para los que aseguran que es fácil ganar la Copa América.

Pues esa Brasil del 97 solía jugar con Romario y Ronaldo arriba, con Dunga, Flavio Conciençao, Denilson y Leonardo en el centro del campo y con Cafú, Roberto Carlos, Gonçalves y Aldair protegiendo a Taffarel. Por si acaso, ahí estaban en la recámara Mauro Silva, Djalminha, Edmundo, Ze María o Ze Roberto. 

Alineación típica de Brasil en la Copa América 97 celebrada en Bolivia.


Un equipazo que se fue desmembrando poco a poco por obra y gracia de las decisiones de Zagallo y Zico de cara al Mundial del 98.

Pero el problema ese famoso 3 de junio de 1998, al filo de la hora en que la FIFA permitía dar la lista definitiva para el Mundial, era única y exclusivamente Romario.

***

La tensión se corta con un cuchillo cuando aparece Mario Zagallo junto a Lidio Toledo, el jefe de los servicios médicos de la Canarinha, y también O Baixinho. De repente se hace el silencio. Y estalla la bomba que todos esperaban: Romario rompe a llorar y él mismo anuncia su vuelta a casa por culpa de una lesión que no se ha curado y que le mantendrá de baja un mes más. 

Al menos, eso es lo que dice Lidio Toledo, el mismo médico que apenas cinco días antes aseguraba que Romario llegaría de sobra a la fase final de la Copa del Mundo. 

Uno de los dos diagnósticos no fue correcto.

Romario anunció entre lágrimas que no estaría en el Mundial de Francia.

Romario se marcha rápidamente entre lágrimas y el seleccionador aprovecha para anunciar el sustituto del delantero en la convocatoria que, curiosamente, no será delantero. Porque Zagallo considera que con Ronaldo, Bebeto y Edmundo, más la posibilidad de alinear a Denilson en punta, tiene más que suficiente. 

El elegido es el centrocampista Emerson, de veintidóa años, que juega en el Bayer Leverkusen y que ya vuela hacia Lesigny para incorporarse a la concentración.

El equipo se encierra ajeno a los comentarios que se suceden en los medios de comunicación de Brasil (y de medio mundo). 

El debate estaba muy abierto. 

Zagallo, aconsejado por Zico, había decidido que ningún jugador mínimamente tocado estaría en Francia, así que no esperaron a Juninho ni a Marcio Santos, que se quedaron fuera de la lista con anterioridad. 

Como no esperaron a Romario. 

Tampoco quisieron llevar a Djalminha que había hecho un temporadón en el Deportivo de la Coruña y estaba perfectamente bien, y ni se plantearon la posibilidad de llamar a otros delanteros como Sonny Anderson (del FC Barcelona), Müller (del Santos), Elber (del Bayern de Múnich) o Donizete (del Vasco de Gama) para cubrir la baja de “O Baixinho”. 

Djalminha estuvo en Bolivia 97, pero Zagallo lo descartó para el Mundial. 

Sí estarían los jugadores del Barcelona Giovanni y Rivaldo, y finalmente, como ya hemos apuntado, también Bebeto, muy criticado en Brasil por su rendimiento reciente en el Botafogo y en la selección.

***

Pero al margen de las inevitables polémicas, lo cierto es que Brasil tiene una nómina larguísima de grandes jugadores que debería servir para defender la corona conseguida en Estados Unidos en 1994 con toda la solvencia del mundo, aunque los rivales en esta edición no son moco de pavo.

Está la anfitriona, Francia, dirigida por Aime Jacquet, que cuenta con mucha calidad de centro del campo hacia adelante con Zidane, Pires, Henry, Djorkaeff, Guivarch o un jovencísimo Trezeguet, y que, además, atrás es un auténtico cerrojo con Deschamps, Karembeu o Petit en el centro y Blanc, Desailly, Thuram o Lizarazu en la línea defensiva.

Francia, anfitriona del torneo, era una de las candidatas a destronar a Brasil.

No es la única candidata a quitarles el cetro a los brasileros. También llega metiendo miedo la Argentina de Passarella, incluso con todos sus problemas internos a cuestas y bajas tan destacadas como Redondo o Canniggia. Pero la lista de estrellas es grande y un equipo que junte a Batistuta, el Piojo López, Burrito Ortega, la Brujita Verón o el Cholo Simeone tiene que ser aspirante a todo a la fuerza. 

Sí o sí. 

Al menos sobre el papel.

Está con confianza una Holanda estratosférica con muchísimo talento de tres cuartos de campo hacia adelante bien mezclado por el gran Guus Hiddink. Con Bergkamp y Kluivert como puntas de lanza, secundados por Overmars, Seedorf, Davids, Cocu, los hermanos De Boer y el portero Van der Sar son también una escuadra temible.

Está Inglaterra, sin Paul Gascoigne, pero con Beckham, Paul Ince, Paul Scholes, Allan Shearer y un jovencísimo Michael Owen que apunta a estrella mundial. A los pross los dirige Glenn Hoddle y vienen con hambre de gloria después de haberse perdido el Mundial de Estados Unidos cuatro años antes.

Está Alemania, que es la actual campeona de Europa. La dirige Berti Vogths y tiene aún en Matthäus a su principal referente, aunque ahora juega de defensa. Los Klinsmann, Bierhoff, Andreas Möller o Christian Ziege son un seguro de vida y de fiabilidad en este tipo de torneos y hay que tenerlos también muy en cuenta.

También está Italia, subcampeona del mundo en Estados Unidos 94 y a la que dirige ahora Cesare Maldini. Los italianos tienen a Roberto Baggio, la estrella del anterior torneo, aunque en una versión inferior, pero cuentan también con una defensa férrea comandada por Maldini, Cannavaro y Costacurta, con un centro del campo que dirigen Albertini y Del Piero y la pólvora de Vieri arriba. 

No es mala tarjeta de presentación.

Italia, la subcampeona del mundo, quería volver a pelear por la Copa.

Pero Brasil es la favorita entre todas las favoritas. 
Es la candidata entre todas las candidatas. 
Es el rival a batir. 

Al menos, antes de que el balón eche a rodar, que cuando ruede ya pondrá a cada uno en su sitio.

***

Y el 10 de junio echa definitivamente a rodar la pelota con la puesta de largo de la Canarinha, que abre el torneo (entonces era el campeón, y no el anfitrión, quien jugaba el partido inaugural) ante una aparentemente débil Escocia

Y a la Verdeamarelha se le puso todo de cara muy pronto, a los cinco minutos, cuando César Sampaio remató en el primer palo un saque de esquina para abrir el marcador. Era el uno a cero y parecía que el partido ya estaba en el zurrón de los brasileños. 

Pero el mismo Sampaio decidió darle emoción al encuentro con un penalti tontísimo en una jugada sin aparente peligro, al derribar al escocés Gallacher cuando buscaba un balón al que no podía llegar jamás dentro del área. Era el minuto treinta y ocho de partido y John Collins empataba el encuentro.

A Zagallo no le gustó lo que vio en el terreno de juego y decidió quitar a Giovanni para meter a Leonardo. Pero el equipo no mejoraba y Zagallo sacó del campo también a Bebeto a los diecisiete minutos del segundo tiempo para que entrara el bético Denilson. 

Dos minutos después, Cafú se metió hasta la cocina escocesa e intentó elevar la pelota por encima del portero. El meta escocés repelió el balón, pero se estrelló en la espalda de Tom Boyd para acabar en el fondo de las mallas. 

Y con ese tanto en propia puerta solventó una gris Brasil su debut en la Copa del Mundo de Francia 98.

Sampaio celebra su primer gol en un Mundial. Se lo hizo a Escocia en el debut.

Para el segundo partido ante Marruecos, Giovanni se quedó directamente en el banquillo y entró Leonardo. De hecho, el jugador del Barça no volvería a disputar ni un solo minuto en todo el torneo. 

Los brasileños, esta vez sí, se impusieron cómodamente. Ronaldo metió su primer gol en un Mundial a los nueve minutos de partido y Rivaldo puso la puntilla a unos combativos marroquíes en el descuento del primer acto. Nada más volver de los vestuarios, Bebeto anotó el tercero que dejaba a Brasil automáticamente clasificada para los octavos de final. 

Había ganado sus dos partidos, mientras que el gran rival del grupo, Noruega, sólo había podido empatar a dos contra Marruecos y a uno ante Escocia.

Pero el partido ante los noruegos, aunque no supuso ningún trauma para Brasil porque tenía la primera plaza asegurada, fue un serio toque de atención que tuvo el daño colateral de eliminar a una buena Marruecos. Porque los magrebíes se deshicieron de Escocia con un contundente tres a cero, pero no esperaban que Noruega venciera a la Canarinha. 

Pero lo hizo remontando el uno a cero que marcó Bebeto a falta de tan solo doce minutos para el final. Primero marcó Tore André Flo para empatar el choque a falta de siete minutos y cinco minutos más tarde Rekdal transformó un penalti que clasificó a Noruega para los octavos de final y mandó a Marruecos a casa. 

Rekdal marca el penalti que le da la victoria a Noruega ante Brasil.

Brasil, como primera de grupo, se mediría a la Chile de Salas y Zamorano en un encuentro que se preveía difícil para los campeones del mundo.

Sin embargo, en el Parque de los Príncipes de París, Brasil no tuvo rival. César Sampaio, el mediocentro defensivo, volvió a vestirse de goleador aprovechando la movilidad de Ronaldo y Bebeto arriba que dejaba mucho espacio para sus incorporaciones desde atrás y marcó dos goles. 

El primero, a los once minutos. 
El segundo, a los veintisiete. 

Para cuando Ronaldo hizo el suyo de penalti en el descuento del primer acto, el partido ya estaba más que solventado. 

Tras la reanudación, Marcelo Salas maquilló el resultado con un tanto que fue respondido casi al instante de nuevo por Ronaldo, que puso la guinda a una gran actuación y dejó el marcador en cuatro a uno. 

Ronaldo cerró el marcador ante Chile con un segundo tanto precioso.

En cuartos de final esperaban los daneses, que habían vapuleado a Nigeria en octavos (1-4).

De los favoritos, sólo Inglaterra se había ido para casa después de caer en la tanda de penaltis ante Argentina. El resto seguía adelante, aunque Italia y Francia se verían las caras en cuartos y Argentina y Holanda también. 

Alemania parecía más afortunada por su cruce con Croacia, pero nada más lejos de la realidad.

***

El 3 de julio de 1998 se vivió en Nantes uno de los mejores partidos de la Copa del Mundo de 1998. Dinamarca saltó al césped sin ningún tipo de complejo y sorprendió a la Verdeamarelha con un tanto de Jorgensen cuando no se llevaban aún dos minutos de partido. 

Los daneses sacaron rápidamente una falta en corto hacia Bryan Laudrup, que se metió en el área, ganó la línea de fondo con la pelota cosida a su pie izquierdo y la dejó atrás para que Jorgensen hiciera enmudecer a toda la torcida brasileira con un remate raso ajustado al palo derecho de Taffarel.

El conato de rebelión danesa lo sofocó Bebeto ocho minutos más tarde, cuando recibió un magistral pase de Ronaldo, aguantó con la pelota controlada la llegada de dos defensores daneses y soltó un latigazo raso y ajustado al palo desde la frontal del área que batió a Peter Schemeichel en su salida pese a su gran estirada.

Bebeto celebra el tanto del empate de Brasil frente a Dinamarca.

A los veinticinco minutos de un juego intenso y veloz, Ronaldo volvió a aparecer entre líneas para inventarse un pase a Rivaldo en la parte izquierda del ataque que el delantero del Barcelona alojó con un toque preciso de su pierna izquierda en el fondo de las mallas. 

De momento, Brasil había sofocado el incendio y se marchaba al descanso con ventaja.

Pero los nórdicos no habían dicho la última palabra y, a los cuatro minutos de la reanudación, el pequeño de los Laudrup igualó la contienda aprovechando un intento de despeje acrobático de Roberto Carlos. El lateral no acertó a despejar y la pelota quedó botando alta dentro del área. Bryan Laudrup la bajó con el abdomen y la enganchó con total naturalidad para ponerla en la escuadra de Taffarel. 

Dos a dos y a seguir.

El pequeño de los Laudrup celebró así el empate momentáneo ante Brasil.

Hasta que nueve minutos más tarde, Rivaldo hizo una de las suyas. 

Cogió la pelota en tres cuartos de campo, avanzó conduciendo la pelota pegada a su pie izquierdo y aprovechó los desmarques de Ronaldo y Bebeto que le dejaron el hueco para soltar un latigazo que se metió raso y pegado al palo de la meta danesa. 

Tres a dos para los campeones del mundo con media hora por delante.

Rivaldo sacó de un apuro a Brasil marcando el tres a dos ante Dinamarca.

Zagallo quitó primero a Bebeto para dar entrada a Denilson y después metió en el campo a Emerson por Leonardo para controlar el resultado. Aún así, los daneses metieron el miedo en el cuerpo a los brasileños: Helveg tuvo una oportunidad clarísima para empatar a falta de trece minutos y Rieper estrelló su cabezazo en el larguero cuando sólo quedaba uno. 

El partido acabó con Dinamarca volcada al ataque y Brasil recurriendo a la contra en todo el tiempo de descuento, pero el marcador ya no se movería más.

Así que los de Zagallo se metían en semifinales, donde se encontrarían con una Holanda desmelenada que acababa de eliminar a la Argentina de Passarella con una obra de arte de Bergkamp en el descuento.

Dinamarca y Brasil ofrecieron uno de los mejores partidos del torneo.

Unas semifinales en las que no estaría Italia, que había caído en los penaltis tras empatar a cero con la anfitriona Francia. 

Unas semifinales donde tampoco estaría Alemania, que se había marchado a casa empujada por la revelación del torneo, la Croacia de Suker, Boban, Jarni, Vlaovic y Prosinecky, que se vería las caras con los galos por un puesto en la final.

***

La Holanda de Guus Hiddink acudió a su cita con la historia con el once de gala. 

Aún tenían los aficionados holandeses muy presente la eliminación en cuartos de final ante Brasil en el Mundial de Estados Unidos 94, cuando Branco deshizo el empate a dos con un lanzamiento lejanísimo de falta que mandó a los tulipanes para casa. Esta vez el choque de titanes tenía el premio de la disputar la final del Mundial.

Hiddink dispuso su esquema habitual con Van der Sar en la portería y tres centrales en la línea defensiva (Reizzigger, Stam y Frank de Boer). En el centro del campo jugaban Cocu, Jonk y Ronald de Boer con Davids y Zenden abiertos en las bandas como extremos y arriba la clase de Kluivert y Bergkamp.

Guus Hiddink había conformado una selección temible y capaz de todo.

Zagallo, pese al toque de atención de los daneses en octavos, no cambió nada. 

Bueno, sí. 

Cafú cumplía ciclo de amonestaciones y el lateral derecho lo ocupó Zé Carlos, que debutaba con la selección en el Mundial porque no había disputado ni un solo minuto. 

El resto, los mismos de todo el torneo.

El partido empezó con Holanda llegando más por las bandas y acercándose con más peligro a la meta de Taffarel, aunque poco a poco los de Zagallo fueron equilibrando las llegadas gracias a los movimientos de Ronaldo, con y sin balón, y a la entrada de Roberto Carlos y Cafú por las bandas. 

Las ocasiones no era clarísimas, pero el peligro se mascaba. Primero remató Bebeto de cabeza alto, imponiéndose entre los dos centrales. Después fue Kluivert quien puso en apuros a Taffarel con otro remate con la testa que se fue arriba. Zé Carlos, debutante y falto de ritmo sufría con las entradas por bandas de Zenden, pero Rivaldo contrarrestaba poniéndole un balón a Bebeto al que el delantero no llegó por muy poco.

Kliuvert fue una pesadilla para la zaga brasileña durante todo el partido.

El partido estaba eléctrico y bonito cuando llegó el descuento del primer tiempo. La tuvo Kluivert, en un remate de cabeza muy forzado que volvió a irse por encima del larguero. Pasaban dos minutos de la hora y era el momento de marcharse a los vestuarios. Zagallo se marchó mirando al suelo, mientras que los jugadores brasileños tampoco parecían muy satisfechos con la primera mitad.

Pero nada más volver del descanso, Ronaldo lo puso todo patas arriba. Rivaldo vio el desmarque de O Fenomeno y le tiró un pase fuerte, por el suelo, que encontró a Ronaldo corriendo en su busca en el corazón del área con Cocu colgado de su camiseta. Con la potencia que le caracterizaba, Ronaldo aguanto la embestida de Cocu, controló y la metió en el fondo de la portería de Van der Sar. 

Ronaldo celebra el gol que adelanta a Brasil y que, de momento, vale una final.

No había pasado más que un minuto de la segunda mitad y Brasil se adelantaba.

Holanda se lanzó al ataque con todo y Tafarell hubo de emplearse a fondo para repeler un remate de cabeza a bocajarro de Bergkamp que Roberto Carlos envió definitivamente a córner. 

Pero las contras de Brasil eran letales y Ronaldo estuvo a punto de batir de nuevo a Van der Sar en una entra por la banda derecha a la que le faltó llegar un poco más fresco al remate para definir. Llegó justito y estrelló el remate contra el cuerpo de un valiente Van der Sar.

Ronaldo estuvo a punto de volver a batir a Van der Sar.

A esas alturas de partido, todas las cartas estaban ya sobre la mesa. Kluivert y Bergkamp eran un peligro constante tanto por el suelo como en el juego aéreo y los centrocampistas holandeses no dudaban tampoco en intentar chutar de lejos a la mínima ocasión. 

Zagallo, entonces, hizo su cambio habitual: fuera Bebeto y dentro Denilson. Faltaban veinte minutos de partido. Hiddink había sido más valiente (es verdad, iba perdiendo), porque un cuarto de hora antes ya había quitado al defensa Reizzigger para meter al centrocampista Aron Winter. 

Pura valentía de la escuela holandesa de siempre.

Pero el que pudo sentenciar la semifinal fue Ronaldo. Los centrocampistas holandeses perdieron la pelota en el centro del campo y los brasileros jugaron en largo para su veloz delantero. Nadie cerraba y Ronaldo llegó con ventaja para encarar a Van der Sar. Increíblemente, se le nubló la vista, no fue rápido a la hora de decidir qué hacer y llegó Davids por detrás para impedir un gol cantado metiendo la puntera que hubiera cerrado el partido casi definitivamente.

Holanda seguía intentándolo con disparos lejanos y centros para remates poco claros cuando Rivaldo tuvo otra clarísima. Denilson hizo una bicicleta en el vértice izquierdo del ataque y metió un balón envenenado y raso al corazón del área. El balón rebotó en un defensa y le llegó a Rivaldo, que se había caído al suelo. Desde allí remató contra el cuerpo de Van der Sar.

Luego la tuvo Kluivert en un contragolpe precioso conducido por Winter que le cruzó la pelota a la entrada en carrera de la gacela holandesa por la parte contraria del área. El atacante llegó libre de marca, pero el balón le botó delante y su lanzamiento se fue alto en la ocasión más clara de Holanda en toda la segunda parte.

Hasta que, al final, tanto va el cántaro a la fuente que se rompe. 

A falta de tres minutos para el final, Ronald de Boer se fue por banda derecha y sacó un centro perfecto al corazón del área donde se encontraba Kluivert, solo entre los dos centrales, que saltó y cabeceó girando el cuello, como marcan los cánones, para mandar el partido a la prórroga. 

Kluivert mandó el partido a la prórroga con un tremendo cabezazo.

Aunque casi no llegan, porque los holandeses siguieron con la inercia de atacar y atacar y atacar y dispusieron de dos ocasiones más ante una Brasil grogui. Pero nadie marcó, así que se jugaría media hora más con la norma del gol de oro. Si alguien marca, gana. Si no marca nadie, a los penaltis.

En la primera parte de la prórroga empezó mejor Brasil, cómodo en su papel de esperar a los holandeses y salir veloces a la contra con Ronaldo, sobre todo, pero también con la chispa de Rivaldo y la llegada sorpresa de Roberto Carlos. Aún así, Holanda se fue entonando y Patrick Kluivert dispuso de otro disparo franco que se fue por muy poco lamiendo el palo de Taffarel. 

En la segunda parte del tiempo extra las fuerzas ya no eran las mismas y el miedo a perder también apareció en los dos contendientes, así que, sin hacerse demasiado daño, asomó la tanda de penaltis como resolución a un gran partido de fútbol.

Los brasileños contemplan la tanda de penaltis con nerviosismo.

Y desde los once metros, una vez más, la suerte iba a ser esquiva con Holanda. 

Ronaldo, Frank de Boer, Rivaldo, Bergkamp y Emerson convirtieron sus lanzamientos. 

Y le llegó el turno a Cocu, que había hecho un campeonato soberbio. 

Colocó la pelota y golpeó con la izquierda al palo izquierdo de Taffarel, quien, cual gato montés, se estiró hacia ese palo y despejó el lanzamiento del centrocampista holandés. 

Dunga no falló el suyo y en los pies de Ronald de Boer estaba la posibilidad de que Brasil lanzara el quinto para ganar o no. Ronald de Boer lo centró demasiado y Taffarel volvió a detener el disparo para convertirse en el héroe de su equipo y meter a la Canarinha en la final. 

Taffarel volvió a ser decisivo para Brasil en una tanda de penaltis.

Los holandeses, mientras tanto, caían derrumbados sobre el césped otra vez. 

El fútbol. 

La vida.

***

El 12 de junio de 1998 se celebra la final del Mundial entre Francia y Brasil en el Stade de France. Los anfitriones contra los actuales campeones. La Francia multicultural de Jacquet contra la Brasil de Zagallo encabezada por un joven Ronaldo. 

La primera final de un Mundial de los franceses contra las cuatro estrellas de campeones del mundo que los brasileños llevan estampadas en las camisetas. 

Un país entero vibrando con una selección en la que no creían contra una torcida que lleva viviendo el fútbol samba casi desde su creación.

Pero ese mismo día que esperan con ansia los dos equipos y sus dos aficiones, sucede un hecho que lo cambiará todo. 

Después de almorzar, Ronaldo se echa un rato en su habitación y sufre una convulsión. Está a punto de perder la vida, porque pierde la consciencia unos segundos, tiene una retracción de la mandíbula y puede ahogarse con su propia lengua. Echa espuma por la boca. Los músculos faciales se le contraen. 

Él, inconsciente, no se entera prácticamente de nada. 

Sus compañeros, en cambio, que no habrían de enterarse, se enteran de todo. Y la concentración brasileña se tiñe de oscuridad. Nadie sabe qué le ha pasado al joven astro brasileño y, sobre todo, cuál es su estado real.

A Ronaldo lo llevan en una ambulancia a un hospital de París a hacerle todo tipo de pruebas. En el trayecto él dice sentirse bien y le mete prisa al conductor porque no quiere perderse la final. 

A escasas horas del inicio del choque definitivo, el astro está absolutamente descartado. Zagallo le dice a Edmundo que él será de la partida y jugará en punta junto a Bebeto.

Pero los resultados de las pruebas que le practican a Ronaldo en el hospital no arrojan ningún resultado negativo y el delantero se presenta en el estadio, se viste con la camiseta verdeamarelha con el nueve a la espalda y le dice a Zagallo que está bien y quiere jugar. 

Zagallo le pregunta a Lidio Toledo, el jefe de los servicios médicos, que no sabe dónde meterse. Toledo le dice a Zagallo que la convulsión ha pasado, que las pruebas que le han hecho en el hospital son negativas y que si el jugador quiere jugar, él no puede impedirlo.

Zagallo decide entonces que Ronaldo sea el delantero titular de Brasil en la final.

Ronaldo junto a Leonardo en el momento en que suenan los himnos.

Desde que el árbitro Mar Belqola silba para empezar el partido hasta que pita el final, Francia se muestra superior a Brasil. Le gana en presión, en contundencia, en ganas, en precisión, en mordiente y, espoleados por su público, se ponen por delante en dos remates de cabeza de Zidane a la salida de un córner. 

El primero, en el minuto veintisiete. 

El segundo, en el descuento del primer tiempo. 

Zidane celebra uno de los goles que marcó en la final del Mundial 98.

Los jugadores brasileños parecen fantasmas que pululan sobre el césped del Stade de France. Sobre todo Ronaldo, que no es capaz de echar una carrera en condiciones ni de soportar un choque con un defensa. Ni siquiera es capaz de frenarse yendo casi a cámara lenta al encuentro del meta Barthez. 

Algunos compañeros como Roberto Carlos, Gonçalves o Zé Roberto aseguran que temieron por su vida ese día. Todos habían visto cómo convulsionaba y no las tenían todas consigo.

Pero Ronaldo juega todo el partido.

De hecho, Zagallo quita en el descanso a Leonardo para meter a Denilson. Le hace responsable de los dos goles porque, en teoría, debía haber marcado a Zidane en los dos saques de esquina que acaban en gol. 

Un cuarto de hora después, salta al campo Edmundo, con dos a cero abajo, pero quita a Sampaio. 

Y Zagallo no agota el cambio que le queda. 

Francia sí hace los tres y tampoco acusa en exceso la expulsión de Desailly por doble amarilla a falta de casi veinticinco minutos para el final. 

Petit anota el tercero en el descuento para delirio de la grada y de todo el país y el partido acaba con Ronaldo llorando tumbado sobre el césped, inconsolable, mientras Deschamps levanta al cielo de París la primera Copa del Mundo para Francia. 

Bebeto se acerca a un Ronaldo destrozado en un momento de la final.

***

Brasil, que tras la derrota en Maracaná en 1950 en la primera final de un Mundial que disputó, no ha perdido ni una sola de las cuatro que ha jugado (1958, 1962, 1970, 1994), muerde el polvo ante unos anfitriones muy superiores. 

Y, curiosamente, el chico que los metió en ella con sus goles y con su espectacular fútbol de vértigo y precisión que le ha llevado a ganar el Balón de Oro del Mundial es, a ojos de todos los aficionados brasileños, el responsable de la derrota por haber jugado en esas condiciones. 

¿Por qué no se negó en redondo el médico del equipo ante la petición del jugador de disputar la final después de haber tenido una convulsión apenas unas horas antes? 

¿Por qué no tuvo arrestos el seleccionador brasileño para dejarlo en el banquillo o en la grada? 

¿Y si a Ronaldo le hubiera pasado algo todavía más grave?

El caso es que, al final, el chico que fue campeón del mundo en Estados Unidos pese a no disputar ni un solo minuto en el torneo, ese chico, había llevado a su selección a la final cuatro años después y una desgracia no sólo le hizo perderla, sino que podía haberle costado la vida. 

Ronaldo, de espaldas, no quiere ni mirar. Cuatro años más tarde volverá.

Pero el fútbol, precisamente como la vida, casi siempre ofrece una revancha y Ronaldo sólo tuvo que esperar cuatro años más para cumplir la suya. 

Cuatro largos años de calvario con las lesiones que acabaron de la mejor manera posible: con el fútbol devolviéndole a O Fenomeno lo que merecía en el Mundial de Corea y Japón de 2002. 

Pero ésa será otra historia...

martes, 13 de septiembre de 2022

Paul Gascoigne, la estrella de los años 90 que se convirtió en un juguete roto

Estadio Delle Alpi de Turín. 4 de julio de 1990. Semifinales de la Copa del Mundo. Alemania e Inglaterra empatan a un gol y el partido se ha ido a la prórroga. Los ingleses volvían a las semifinales de un Mundial 24 años después, por segunda vez en su historia, mientras que los alemanes disputan sus terceras semifinales consecutivas (las novenas de su historia en ese momento).

En las dos ediciones anteriores los alemanes alcanzaron la final, pero en esta ocasión, pese al cartel de favoritos que llevan colgado al cuello desde el inicio del torneo, el partido se les ha atragantado.

Inglaterra le ha tomado totalmente la medida a Alemania en la semifinal.

Los de Bobby Robson tienen casi contra las cuerdas a los teutones, aunque los de Beckenbauer no le pierden la cara al partido en ningún momento y devuelven cada golpe.

Al palo los ingleses.
Al palo los alemanes.

De repente, a los ocho minutos de la primera parte de la prórroga, sucede algo aparentemente normal que después se convertiría en una de las imágenes más recordadas de la historia de los mundiales. 

Paul Gascoigne, el talentoso, creativo y díscolo centrocampista inglés pugna por una pelota con Matthäus en el centro del campo. El control se le va largo y el inglés sigue corriendo tras el balón cuando ve aparecer al alemán Thomas Berthold corriendo como una flecha hacia el esférico. 

Gazza, irrefrenable, se lanza a por el balón con los dos pies por delante y el alemán, cuando lo ve llegar como un tren de mercancías, rueda por el suelo como una peonza. Gascoigne se agacha a preguntarle si está bien. El colegiado brasileño José Ramiz Wrigth, que está junto a ellos, no tiene piedad y, severo, le muestra la amarilla sin titubear.

En ese justo instante el centrocampista es consciente de lo que acaba de pasar: si Inglaterra se clasifica para la final del Mundial, él no la podrá jugar. Se echa a llorar de forma desconsolada, mientras el delantero Gary Lineker intenta consolarlo sin conseguirlo, se gira hacia el banquillo y con gestos parece decir, “está roto”. 

La imagen de Gascoigne, uno de los mejores jugadores del torneo, y uno de los más locos también, llorando a lágrima viva sobre el césped y con la semifinal aún en juego da la vuelta al mundo.

Gascoigne no puede contener las lágrimas tras recibir la tarjeta amarilla.

Así narró él mismo la jugada un tiempo después en “The Guardian”:

“Tenía la pelota en el círculo central y me abrí camino hacia adelante. Entonces, mientras Matthäus intentaba quitármela, la adelanté fuera de su alcance, pero me sobrepasó. Tuve que estirarme cuando Berthold se cruzó. Estaba dando el 110%. Era la semifinal del Mundial y no quería darles nada gratis. Hasta el día de hoy, honestamente, no creo que lo haya tocado. Pero se desplomó, rodando como en agonía. Me agaché para asegurarme de que estaba bien y en ese momento no pensé que estaba en problemas. Entonces todo pasó a cámara lenta”.

Y sigue el protagonista relatando unos hechos que le marcaron para siempre:

“De repente no puedo oír nada. El mundo se detiene alrededor del tipo de negro. Mis ojos siguen su mano que va hasta el bolsillo y luego sale con la tarjeta. Ahí está, levantada sobre mi cabeza. Miré a la multitud, miré a Lineker​. Y no pude contenerme. En ese momento sólo quería que me dejaran en paz. No quería hablar con nadie ni ver a nadie. Mi labio inferior parecía la paleta de un helicóptero. Estaba devastado”.

Y lo cierto es que el fenomenal centrocampista inglés se fue del partido justo en ese mismo instante en que vio la tarjeta amarilla firme al viento sobre la mano levantada del colegiado. Robson, que tenía un cambio aún por hacer, dudó si quitar o no al jugador del Tottenham, pero acabó dejándolo sobre el terreno de juego. 

Gascoigne cierra los ojos cuando es consciente de lo que supone la amarilla. 

Al final, Gascoigne ni siquiera se postuló para lanzar uno de los penaltis de la tanda que decidiría quien jugaría la final del Mundial.

Apenas unos minutos después, las lágrimas de Gascoigne se convirtieron en el llanto de todos los ingleses cuando “los Tres Leones” cayeron en la tanda de penaltis. 

Definitivamente, ni Gazza ni ninguno de sus compañeros disputaría la final ante la Argentina de Maradona y Bilardo. Sería la Alemania conducida sobre el césped por Lothar Matthäus y desde el banquillo por Franz Beckenbauer quien se presentaría en el Olímpico de Roma para acabar levantando la tercera Copa del Mundo de su historia.

Paul Gascoigne tendría que esperar... pero la paciencia no se encontraba entre las virtudes del centrocampista inglés. 

Y un poco de razón tenía porque, pese a que contaba tan sólo con veintitrés años en aquella famosa semifinal y ya estaba considerado casi una estrella del fútbol mundial, ese encuentro sería el último que jugaría el “Bad Boy” inglés en una Copa del Mundo, aunque ni él, ni nadie, pudiera imaginarlo entonces.

Gascoigne se marcha llorando. Será su última aparición en un Mundial.

Y lo cierto es que desbordaba talento. Tenía regate, visión de juego, desborde, calidad y llegada. Y coraje, fuerza y capacidad de sacrificio también le sobraban. El problema es que, por sobrarle, le sobraban muchísimas más cosas. 

Y ya lo había demostrado con creces bastante antes.

***

Paul Gascoigne nació en Gateshead, justo al lado de Newcastle, en 1967 en el seno de una familia de clase obrera. Era el segundo de cuatro hermanos y creció jugando al fútbol en la calle, a la vez que luchaba por sobrevivir en un entorno duro y complicado. Le tocó presenciar la muerte de su mejor amigo y vivir las consecuencias del alcoholismo de algunos miembros de su familia en un ambiente de desempleo y precariedad. También se enfrentó a unos cuantos arrestos. 

Pero el chico era un fenómeno jugando a la pelota y el Newcastle lo fichó en 1980, con trece años, para sus categorías inferiores. Los técnicos pensaron al verlo jugar que estaban ante una de los mejores jugadores ingleses del momento, el nuevo Bobby Charlton y el futbolista más talentoso desde George Best, que se dice pronto. 

Lo que quizá no imaginaron es que también estaban ante uno de los tipos más polémicos y problemáticos jugadores del fútbol inglés. Sea como sea, el pack iba al completo y el Newcastle se quedó con las dos partes y lo hizo debutar en la Premier en 1985 con tan solo dieciocho años.

Paul Gascoigne debutó con el Newcastle con apenas 18 años.

Ese joven Gascoigne ya empezó a dar muestras en con las urracas de su calidad como jugador y, a la vez, su particular carácter. En esos primeros años como profesional existía la costumbre de que el recién llegado limpiara las botas de alguno de los veteranos. A Gascoigne le tocó limpiar en las urracas las de Kevin Keegan y el joven futbolista se las perdió. Abrumado, no sabía cómo decírselo a su compañero, que acabó diciéndole que no se preocupara porque ya estaban bastante gastadas.

En ese Newcastle también coincidió con Gary Lineker. 

El delantero vivía en un barrio donde era complicado aparcar si no tenías garaje propio, así que al señor Gascoigne no se le ocurrió nada mejor que salir todos los días a escape del entrenamiento con su coche y aparcárselo en la puerta a Lineker. 

Cuando el atacante llegaba, al no tener sitio, no le quedaba más remedio que dar vueltas y más vueltas por el barrio hasta encontrar aparcamiento. Mientras, Gascoigne apuraba sus pintas en cualquier pub y recogía su coche al día siguiente. Hasta que Lineker, harto, le leyó definitivamente la cartilla... 

Así era Gascoigne cuando aún era un debutante imberbe que compartía vestuario con glorias internacionales.

Vinnie Jones, otro pieza, intenta desestabilizar a Gascoigne.

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Pese a sus extravagancias y los continuos toques de atención, los grandes de Inglaterra se lo rifaban y tres temporadas después fichaba por el Tottenham por dos millones de libras, un récord en la época. Los Spurs no dudaron en darle galones y una ficha de estrella (con casa incluida para toda la familia), aunque las negociaciones con el jugador fueron también un pelín peliagudas. 

Cuentan que cuando Gascoigne fue a reunirse con los directivos de los Spurs, pidió al club alojarse en un hotel bastante glamuroso para él y unos cuantos amigos del barrio que lo acompañaban. Los miembros de la curiosa comitiva, incluido Gazza, se pasaron tres días en el hotel totalmente borrachos y destrozaron las habitaciones, por lo que el presidente del club tuvo que ir al hotel a abroncarlos personalmente. 

Los amigos del incipiente crac se marcharon y Gascoigne le dijo al presidente con total tranquilidad: “A los chicos y a mí nos gustaría darle las gracias por los tres mejores días de nuestra vida”. 

Ante eso, el presidente esbozó una ligera sonrisa y estrechó la mano de su nuevo jugador.

Gascoigne se convirtió en un ídolo de los Spurs.

En Tottenham le esperaba el entrenador Terry Venables, quien nada más aterrizar le prometió que lo haría internacional con Inglaterra. Y Gazza se fue convirtiendo en una estrella del fútbol británico a pasos agigantados a la vez que reafirmaba continuamente su condición de chico malo. 

Fútbol y borracheras (y escándalos) casi a partes iguales. 

Pero lo cierto es que jugó al fútbol a un nivel superlativo y Bobby Robson, el seleccionador inglés, acabó rindiéndose a la evidencia y lo citó para un amistoso en marzo de 1989 ante Dinamarca. 

De ahí al Mundial de Italia ya fue uno de los fijos en un equipo que, por primera vez en mucho tiempo, sobre todo después del fiasco de México 86, apostó por la calidad individual de jugadores como Gascoigne o Chris Waddle por encima de la estructura férrea de equipo que siempre les había caracterizado como selección.

La apuesta dio resultado, pero el camino estuvo lleno de obstáculos. El primer partido ante Irlanda acabó en empate a uno. En el segundo, Holanda e Inglaterra acabaron empatando sin goles. 

Inglaterra lo pasó mal en el llamado Grupo de la Muerte de Italia 90.

Así que, como bastaba con ganar a Egipto en el encuentro que cerraba el grupo, Gascoigne, Chris Waddle y el capitán Bryan Robson decidieron celebrarlo con unas pintas. 

Para que el gran Bobby Robson no los pillara, se las hicieron en la habitación de Gazza. A medida que la pequeña fiesta se desmadró, Gascoigne se puso a saltar como un poseso encima de una de las camas. 

El resultado: la cama se rompió y cayó sobre el pie de Bryan Robson, que se fracturó un dedo. A la prensa se le dijo que el jugador había recaído de una lesión en el talón de Aquiles y a otra cosa. 

Bryan Robson se fracturó un dedo y quedó sin Mundial. 

Evidentemente, el capitán ya no pudo disputar ni un minuto más en toda la Copa del Mundo.

Después de la victoria ante Egipto, a los chicos de Robson les esperaba Bélgica en los octavos de final. Fue el día que David Platt se sacó un golazo de la chistera en el minuto 119 de encuentro para meter a los “Three Lions” en cuartos de final. 

Pero también fue el día que Gascoigne se cargó con una amarilla tontísima por una entrada a Enzo Scifo a falta de tres minutos para el final del tiempo reglamentario. Antes, Gascoigne había rodado por el suelo burlándose de Scifo cuando éste había exagerado una falta. 

El karma. 
Porque sin esa tarjeta no hubiera habido lágrimas en las semifinales ante Alemania.

***

A la vuelta del Mundial de Italia, la Gazzamania en Inglaterra era una realidad y el jugador correspondió con un rendimiento superlativo en el terreno de juego que aderezó con otras salsas tales como ser protagonista de dos videojuegos o grabar un par de canciones junto a un grupo de moda. 

Paul Gascoigne aprovechó su popularidad para grabar un disco.

Una definición del diario “Mirror” en plena época de esplendor de Gazza es especialmente esclarecedora: “Hay tres tipos de personas. Las que son incorregibles y las que no. Después está ese chico gordito que juega al fútbol... Paul Gascoigne”.

En el césped, como siempre, las genialidades y las desgracias (más o menos fortuitas) iban de la mano casi a partes iguales. En las semifinales de la FA Cup de 1991, con un acuerdo ya firmado con la Lazio, Tottenham y Arsenal se enfrentan en un partido histórico. Gascoigne mete a los suyos en la final con un auténtico golazo que da la vuelta al mundo. 

En la final contra el Nottingham Forest, Gascoigne se lesiona de gravedad en el ligamento cruzado intentando hacerle una entrada alevosa a un rival y, en pleno proceso de recuperación, una pelea en un pub le agrava la lesión. 

Gazza se pasa dieciséis meses sin jugar. 
Puro Gascoigne.

Pese a ello, en el verano de 1992, la Lazio pone cinco millones y medio de libras esterlinas encima de la mesa para ficharlo. 

Paul Gascoigne fue uno de los grandes fichajes de la Lazio en 1992-93. 

En el Calcio, Gascoigne se disolvió como un azucarillo en un fútbol extremadamente exigente en cuanto a entrenamientos, conceptos tácticos, preparación física y profesionalidad. 

Estaba la Lazio hecha a golpe de talonario con jugadores de la talla de Aaron Winter, David Fuser, Signori, Chamot, Boksis y el propio Gazza, entrenados todos por el mítico guardameta italiano Dino Zoff

Pero Gascoigne no acabó nunca de acoplarse al fútbol italiano.

Él mismo cuenta en su autobiografía que todo eran controles físicos y médicos, cables, electros, análisis de sangre, control de peso y correr, correr y correr en los entrenamientos. 

Un día, el bueno de Dino Zoff vio tan reventado a Gascoigne que le dio cinco días de vacaciones. Paul le dijo que él no sabía estar de vacaciones, que era mejor que no se las concediera, pero el entrenador le dijo que lo mejor para él era que se las cogiera para descansar. 

Gazza volvió a los entrenamientos al sexto día con cinco quilos de más y en la boca un susurrado, “Te lo dije, Dino”.

Paul Gascoigne en el banquillo lazial junto a un Dino Zoff impotente.  

Finalmente, Zoff fue despedido antes de acabar la temporada 1993-94 y la llegada de Zeckman primero y Di Matteo después al banquillo lazial supuso el ostracismo casi definitivo de Gazza en el equipo. 

La puntilla se la dio un juvenil en un entrenamiento. Se llamaba Alessandro Nesta y en una entrada fortuita le produjo una fractura. 

Entre las lesiones, un estilo de vida disoluto y la total inadaptación al fútbol italiano, la aventura de Gascoigne en la Lazio tocó a su fin tres temporadas después, pero su nuevo destino le iba a proporcionar una nueva oportunidad para seguir siendo una estrella del fútbol: el Glasgow Rangers.

***

En el equipo protestante Gazza cae de pie. En su ambiente, el jugador recupera prácticamente el nivel del Tottenham y se convierte en el ídolo del Rangers y el personaje más odiado por los seguidores del Celtic. 

Gascoigne recuperó su mejor fútbol en el Rangers.

Claro que Gascoine contribuyó con una de sus más famosas salidas de tono cuando marcó un gol en el clásico por excelencia escocés, el “Old Firm”, y se le ocurrió celebrarlo haciendo como si tocara la flauta. 

Puede parecer un gesto banal, pero no lo era: Gascoine imitaba las que se tocaban en las marchas protestantes y anticatólicas de la Orden de Orange. Esas marchas habían sido siempre motivo de polémica, conflictos y disturbios en una Irlanda en plena ebullición. Paul lo hizo para ofender a los católicos del Celtic y, claro, se lio parda, aunque lo cierto es que el futbolista no parecía ser del todo consciente del melón que estaba abriendo con ese gesto.

La afición del Celtic, evidentemente, declaró a Gascoigne el personaje más anormal y más odiado de Escocia, mientras los hinchas del Rangers casi lo elevaron a la categoría de Dios. 

Al final, Gascoigne recibió amenazas de muerte por carta y por teléfono durante mucho tiempo y un cursillo rápido de la policía para aprender a mirar en los bajos del coche con un espejo por si atentaban contra él. 

No pasó nada y poco a poco fue pasando el tiempo, mientras él compaginaba las dos o tres cosas que mejor sabía hacer: jugar al fútbol, cerrar pubs y provocar a quien se le pusiera por delante una noche de drogas y borracheras.

También pagó la selección inglesa las ganas que le tenían los escoceses, al menos la mitad, al futbolista del Rangers y cada vez que iban a jugar a Glasgow se encontraban con una afición enfervorizada que cantaba a pleno pulmón. “Es gordo, es redondo... y está siempre en el suelo...”. Hay una pausa dramática en la que algún incauto puede llegar a pensar que se refieren al balón. Entonces, concluyen su cántico: ¡Es Paul Gascoigne! ¡Paul Gascoigne! ¡Paul Gascoigne!”. 

Todo juntito sonaría así: “Es gordo, es redondo y está siempre en el suelo... ¡Es Paul Gascoigne! ¡Paul Gascoigne! ¡Paul Gascoigne!”.


Paul Gascoigne en un encuentro ante Escocia en la Eurocopa de 1996.

Porque Gascoigne recuperó en Glasgow la pasión por el fútbol, se reencontró con la pelota y se ganó a pulso su vuelta a la selección de Inglaterra. Y llegó a tiempo para la disputa de un torneo único: la Eurocopa de Inglaterra de 1996. 

Venables era ahora el seleccionador y no dudó en llamar a su antiguo discípulo.

Y Gazza volvió a ser uno de los mejores con un golazo a Escocia en la primera fase incluido. Pero Alemania volvió a cruzarse en el camino de Inglaterra. 

En las semifinales, como en Italia 90. 
Con el partido empatado a uno, como en Italia 90. 
Con los penaltis en el horizonte, como en Italia 90. 

Aunque esta vez, Gascoigne sí lanzó uno: el cuarto de su equipo. 

Y, como en Italia 90, Inglaterra cayó de nuevo en la muerte súbita. 

Andreas Möller bate a Seaman en el penalti decisivo que clasifica a Alemania.

Y, como en Italia 90, Alemania volvió a levantar la Copa.

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Cuando acabó el torneo, Gascoigne regresó a Glasgow y siguió en el Rangers hasta el verano de 1998, con el Mundial de Francia en el horizonte. Ahora, Inglaterra estaba entrenada por Glenn Hoddle, antiguo compañero de Gazza en la selección que, en un primer momento, siguió contando con él.

Sin embargo, un Gascoigne menos inspirado en lo futbolístico y más dedicado a sus cosas personales volvió a hacer de las suyas. Primero aparecieron las imágenes de su mujer en los tabloides ingleses con marcas de golpes en la cara y se destaparon los malos tratos que había recibido por parte del futbolista. 

Y ahí los aficionados ya no estaban por la labor de reírle las gracias a Gazza. El futbolista intentó una reconciliación con su mujer y también justificarse ante los medios, pero no consiguió la absolución que tanto deseaba.

Aún así, Glenn Hoddle siguió contando con él hasta prácticamente el último instante antes de dar la lista para el Mundial de Francia 98. Fue entonces cuando llegó el momento de su caída. La prensa destapó unas imágenes de Gascoigne totalmente borracho en un pub unas horas después de jugar un partido con la selección. 

Nada nuevo bajo el sol, ya que el futbolista era un enamorado de las pintas y los pubs, salvo que en esta ocasión aún iba ataviado con la casaca de los “Three Lions” con la que había disputado el encuentro y, claro, todo estalló. 

Hoddle dio la lista definitiva en la que Gascoigne no estaba incluido y el futbolista intentó agredir al seleccionador. 

Hoddle se cargó a Gazza de la selección tras otro de sus escándalos. 

Gazza nunca volvería a vestir la camiseta de los pross cincuenta y siete encuentros y diez goles después. 

A partir de ahí, la caída del “Bad Boy” fue directamente en picado.

Gascoigne salió del Rangers en el verano de 1998 y pasó por el Middlesbrough, donde permaneció tres temporadas seguidas. Lo que más recordado de su estancia es que se las ingenió para conducir el bus del Middlesbrough totalmente borracho y acabó empotrándolo. 

Los empleados del club lo descubrieron destrozado al día siguiente. 
Una gesta, vaya.

Aún jugaría en el Everton en la Premier y en el Burnley en la segunda división, hasta que el verano de 2002 dijo adiós a Inglaterra. 

Probó suerte en Washington DC, pero la sociedad norteamericana no aceptó a un futbolista con su pasado y se fue a jugar a China. 

Gazza marcó en su debut con el Gansu Tianma, pero pronto regresó a casa. 

La aventura asiática duró apenas tres meses y cuatro partidos y volvió a casa para cerrar definitivamente su periplo como futbolista en el modestísimo Boston United, donde colgó las botas en 2005.

***

Ya alejado de los terrenos de juego, a Gascoigne solo le quedaban los pubs, el alcohol y las drogas y no pudo salir de ese círculo vicioso durante un montón de años en los que su presencia en los medios de comunicación era siempre a causa de peleas, broncas, borracheras o escenas hilarantes y grotescas protagonizadas por un personaje que, sin fútbol, vivía totalmente fuera de la realidad.

Estuvo a punto de morir varias veces por culpa de sus excesos. Lo detuvieron en unas cuantas ocasiones. Intentó rehabilitarse unas cuantas veces más. Intentó suicidarse. Intentó rehabilitarse de nuevo. Tuvo un accidente de coche totalmente borracho en los que se asegura que llegó a estar unos segundos clínicamente muerto y, de hecho, en algunos medios de comunicación anunciaron su muerte. Perdió todas sus casas y todo su dinero y tuvo que vivir en la calle. 

Y en 2010 fue obligado por las autoridades a ingresar en un psiquiátrico a instancias de su familia, algo que nunca perdonaría a su propio padre. Si no lo había sido siempre, ahora Gascoigne se había convertido en juguete roto olvidado por todos en un rincón.

Ray Hudson, uno de sus exentrenadores, decía de él: “Los cínicos de sus detractores y los críticos lo machacarán porque es un blanco fácil, pero creo que nunca hubo una personalidad que personifique la tragedia del fútbol inglés como él”. 

Exacto.

Gascoigne en los buenos tiempos jugaba al fútbol y grababa canciones.

Porque resulta difícil discernir si Gascoigne es como es y fue como fue porque es un personaje excéntrico en sí mismo o quizá fue la época que le tocó vivir y sus circunstancias la que lo convirtió en lo que fue. 

Una época en la que se buscaban personajes sorprendentes, que vivieran siempre en al borde de la línea. 

Una época en la que se fomentaban los gestos que se salieran de lo normal en los personajes más conocidos, en la que se premiaban las broncas, en la que se ensalzaban las personalidades excéntricas, aunque fueran tóxicas, y se fomentaban los ídolos propensos a caer, propiciando si fuera posible su caída. 

Una época en la que los juguetes se creaban para después romperlos y abandonarlos a su suerte. 

Y Gascoigne, que no se limitó nunca a jugar extraordinariamente bien al fútbol, potenció todo lo demás espoleado por oportunistas que vieron un filón en su persona y en su personaje; espoleados estos también por unos medios de comunicación en modo carroñero; a su vez espoleados por el apetito voraz de los hinchas ávidos de noticias; a su vez espoleados por los medios de comunicación. 

Y así hasta el infinito.

Las lágrimas de Gascoigne en el Mundial de Italia.

Porque no siempre resulta fácil ni evidente explicar cómo el futbolista que ganó una FA Cup inglesa, dos FA Cups escocesas y dos Premiers escocesas, que disputó las semifinales de una Copa del Mundo y las semifinales de una Eurocopa, que obtuvo el premio PFA al futbolista joven del año 88, que fue la personalidad el año de la BBC Sports en 1990, que formó parte del equipo ideal de la Copa del Mundo de 1990 y que ingresó en el salón de la Fama del fútbol inglés en 2002, se convirtió (o lo convirtieron) en una caricatura de sí mismo, en un auténtico juguete roto que se destrozó definitivamente cuando ya no tuvo la vía de escape que le ofrecía la pelota en los campos de fútbol.

Como muchos otros antes que él y como muchos otros tantos que, con total seguridad, vendrán después...