"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

jueves, 12 de septiembre de 2024

Alejandro Sabella, el seleccionador comprometido que formaba personas y futbolistas

“Me gusta que mis jugadores miren fútbol, 
que tengan tiempo libre para distenderse, 
pero también que sepan quien fue Sandino, Perón o Mao, 
eso los va a hacer mejores personas, 
los va a hacer más íntegros”.
Alejandro Sabella

Alejandro Sabella, “Pachorra”, el Maestro de Tolosa, dirigió a la albiceleste en el Mundial de Brasil de 2014, donde sus muchachos alcanzaron la final y se quedaron a tres minutos de jugarse la Copa del Mundo en la tanda de penaltis ante Alemania. Fue el primer asalto serio de un tal Leo Messi al Mundial. El primer asalto serio también de Argentina, tras la final perdida en Italia 90 veinticuatro años antes. Y no lo consiguieron por muy poco, por apenas cuatro minutos, en casa de su eterno enemigo brasileño.

Sin embargo, Alejandro Sabella pasará a la historia por mucho más que por ese sufrido subcampeonato que los futboleros acérrimos siempre suelen decir que no vale para nada. Lo decía el entrenador español Luis Aragonés. Y lo decía también el argentino Carlos Bilardo, otro ilustre “pincharrata” enamorado primero del fútbol del Sabella futbolista y después de su manera de entenderlo desde el banco.

Sabella y Bilardo en los años 80 en Estudiantes. Archivo El Gráfico.

Así que puede que no. Puede que “Pachorra” no pase a la historia por ser subcampeón del Mundo en Brasil 2014. Puede incluso que no lo haga tampoco por ser uno de los ayudantes de Daniel Passarella en el Mundial de Francia 98

E incluso que la gente se olvide de su pasado como jugador, un centrocampista elegante que empezó a despuntar en River, que se marchó a Inglaterra para pasarse cuatro años jugando en el Sheffield y el Leeds y donde comprendió que ese fútbol no era el suyo y que regresó a Argentina para ser un estandarte del gran Estudiantes de la Plata que conquistó dos campeonatos en los 80 y redondearlo llevando al Pincha a levantar la Copa Libertadores en 2009 ya como entrenador. 

Y quedarse también a un puñado de minutos de jugarse el título de Campeón del Mundo de Clubes con el grandioso Barcelona de Guardiola en los penaltis. Como también le pasaría en la final del Mundial de Brasil ante Alemania.


Sabella entrenando a Estudiantes en 2009.

Puede que Sabella no pase a la historia por nada de eso. 

Pero sí podría hacerlo por haber enseñado, educado y humanizado a todos y cada uno de los futbolistas a los que dirigió. Por enseñarles (y demostrarles) que hay cosas importantes que deberíamos saber, conocer y respetar más allá de la pelota, de la victoria y de la derrota. Al menos a los que se dejaron, vaya.

***

Era “Pachorra” un tipo que decía siempre que no existe docencia sin decencia. Y también que nunca había que olvidarse de dos conceptos básicos: “Por favor y muchas gracias”. Era un apasionado de la pedagogía, de la cultura y del conocimiento. Pero siempre desde el ejemplo. Y en el Mundial de Brasil de 2014 lo demostró sobradamente.

Como cuando un jugador suyo, en un entrenamiento, y entre risas con sus compañeros, quiso saber si alguien conocía la forma de jugar de sus próximos rivales, la selección de Irán. Aunque no lo preguntó de una manera especialmente elegante.

—“¿Alguien sabe cómo juegan estos terroristas?”—, espetó el jugador refiriéndose a la selección de Irán, que estaba encuadrada en el grupo de Argentina y a la que se enfrentarían en el segundo partido del Mundial.

Sabella, que lo oyó, paró el entrenamiento y reunió a todos sus futbolistas en el centro de la cancha. Ni corto ni perezoso, el técnico se sentó sobre la pelota, los hizo sentarse a todos en círculo sobre el césped y comenzó la interminable charla. Si alguien se esperaba que el míster hablara de las tácticas, las virtudes y los defectos futbolísticos de la selección iraní, se equivocaba de largo.

El Maestro Sabella habló y habló y habló sobre la historia del pueblo de Irán, desde la Antigua Persia hasta la situación política, social y cultural de aquel momento. Los jugadores lo escucharon atentos, como casi siempre, y se empaparon de sus palabras.

Unos cuantos días más tarde, Leo Messi y Javad Neukoman, capitanes de Argentina y de Irán, intercambiaban los banderines en el acto protocolario previo al trascendental partido de la fase de grupos del Mundial de Brasil. 

Entonces Messi se dirigió a Neukoman y le preguntó cómo iban las cosas por su país. El iraní no daba crédito a lo que oía y suponemos que salió como puedo del atolladero respondiéndole que bien. Como solemos hacer todos, vaya. Después, en el campo, Messi ya no tuvo amigos e hizo el tanto de la victoria albiceleste.

Saludo entre los capitanes de Argentina e Irán en el Mundial de Brasil 2014.

El caso es que Sabella ya había hecho algo parecido un poco antes. Sin ir más lejos, justo antes de que Argentina debutara en ese mismo Mundial. Se enfrentaban a Bosnia, un país que debutaba en la Copa del Mundo. Y el Maestro quiso que sus pupilos conocieran la realidad del país de sus contrincantes, que había vivido una guerra demoledora en la década de los noventa que se había cobrado un montón de vidas y que habría resquebrajado los cimientos de unos cuantos pueblos. Sus jugadores, como casi siempre, lo escucharon embelesados.

Los argentinos vencieron a los bosnios en el debut (2-1), pero lo interesante vendría después, en la rueda de prensa posterior, cuando Ángel Di María intentaba responder las preguntas de unos periodistas que no estaban muy contentos con el juego de la Albiceleste pese a la victoria. El Fideo, sin embargo, encontró un hueco entre tanta crítica para lanzar un mensaje que sorprendió a todos los periodistas presentes: “Hoy hemos jugado contra Bosnia. Y no olvidemos que muchos de estos futbolistas fueron los bebés de la guerra; sus cunas fueron las ruinas de un territorio que estallaba”. Se hizo el silencio en la sala de prensa.

Y la pelota, botando…

Pero, claro, no todos estaban de acuerdo con las arengas de “Pachorra”. El representante que la Asociación de Fútbol Argentina (AFA) envió al Mundial de Brasil se subía por las paredes cada vez que veía al técnico reunía a sus futbolistas en un círculo. Decía que Sabella les fundía el cerebro a los futbolistas con sus charlas político-sociales y que luego no rendían en la cancha.

Así lo expresaba el alto dirigente de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) que había enviado Julio Grondona a Brasil:

“Alejandro se equivoca fiero. Sobrecargó de información a los futbolistas. No sólo les dijo que los iraníes nos iban a esperar atrás e iban a dejar pocos espacios, les metió cartuchos sobre lo que significó el Imperio Persa, después colgó con la revolución islámica del 79 y terminó hablando de la importancia geopolítica actual de Irán... Para mí que les quemó el coco y los terminó paralizando. Se las bajó. Imagínate que Messi antes del partido se reía y preguntaba quién conoce a estos terroristas y, minutos antes de salir a la cancha, humanizó tanto a los rivales que entró angustiado… hasta le preguntó al capitán de ellos en el sorteo cómo era vivir en una zona tan conflictiva e inestable. Antes ni los podía ubicar en el mapa”.

Pues eso. Que Messi no sabía nada de Irán antes del partido y después estaba mucho más informado sobre la realidad de un pueblo histórico. ¿Bueno o malo? Juzguen ustedes.

Alejandro Sabella en una rueda de prensa en 2012.

Porque Sabella siguió a lo suyo. Preparando las jugadas de estrategia y aclarando otras dudas alejadas de la pelota. Achicando espacios en el césped y aclarando algún que otro concepto filosófico o histórico fuera de él.

Como cuando justo antes de disputar el encuentro de cuartos de final ante Bélgica, unos cuartos de final que la albiceleste no superaba desde 1990, les espetó a los futbolistas a modo de soflama: “Ha llegado el momento de cruzar el Rubicón”. Ahí se quedaron todos mudos. Hasta que a Ezequiel Lavezzi le pudo la curiosidad y se desmarcó diciendo que no había entendido nada, aunque seguro que podía haberlo dicho alguno más. 

Y Sabella, concienzudo como pocos, explicó a todos sus futbolistas cómo Julio César decidió cruzar el Rubicón para conquistar Roma desde la Galia. Y cómo, al cruzar, pronunció aquella célebre frase, “Alea Jacta Est”.

Vamos, que la suerte está echada.

Porque el saber no ocupa lugar.

Y hablar bien no cuesta una p*** mierda.

***

El caso es que la culminación del discurso de Sabella y de su manera de entender el fútbol y la vida llegó cuando esa selección argentina se negó a jugar un partido amistoso contra Israel en Jerusalén a las puertas del Mundial de Rusia 2018. El encuentro se enmarcaba dentro de los actos del celebración de los 70 años de la fundación del estado de Israel. Además, EEUU acababa de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y Donald Trump, entonces presidente, había anunciado que abriría una embajada estadounidense en unas semanas.

En este contexto, los jugadores de la albiceleste se ejercitaban en Barcelona a la espera de viajar a Israel cuando se presentaron una treintena de manifestantes propalestinos para protestar por el partido. Los futbolistas escucharon las quejas de los que allí se congregaron y entre todos decidieron que no iban a jugar en Jerusalén.

Casi seguro que los futbolistas tendrían muchas razones para decidir no jugar el encuentro como la seguridad o el mero hecho de no cascarse otro largo viaje en plena preparación mundialista, pero casi seguro también que Sabella, que ya había sido sustituido por Jorge Sampaoli al frente de la selección, sonreía por dentro al ver que sus muchachos puede que fueran algo más que futbolistas. Al comprobar que sus esfuerzos por formar, educar y hacer mejores personas a chavales que sólo sabían y querían jugar a la pelota había dado algún fruto.

***

Alejandro Sabella falleció el 8 de diciembre de 2020 a los 66 años, apenas dos semanas después que lo hiciera Diego Armando Maradona, a causa de una cardiopatía. Se había pasado el Maestro luchando por su salud prácticamente desde la conclusión del Mundial de Brasil y, al final, su corazón dijo basta.

El velatorio se realizó en Ezeiza, el predio de la selección argentina, por donde pasaron muchísimos de sus jugadores, compañeros, amigos y familiares con los ojos arrasados de lágrimas y el corazón lleno de recuerdos para darle el último adiós.

En una de las paredes de la sala colgaba una fotografía de “Pachorra” acompañada de uno de sus mensajes a todos los jóvenes futbolistas (o no): “Rebélense, luchen, busquen sus sueños... más nosotros y menos yo, más grupo y menos individuos, más dar y menos recibir”.

Pues eso.

jueves, 25 de julio de 2024

La batalla de Núremberg en el Mundial de Alemania 2006

En la historia de la Copa del Mundo siempre ha habido partidos que se han convertido en auténticas batallas campales en las que los protagonistas han actuado más como gladiadores, luchadores profesionales, mamporreros a sueldo o auténticos cuatreros que como futbolistas.

Sobre todo en las primeras épocas, cuando no había tantas cámaras de televisión (o directamente ninguna) cubriendo al detalle todo lo que sucede en el rectángulo de juego, cuando no había tarjetas para controlar el ímpetu de los jugadores, cuando no había cambios y salía a cuenta lesionar a algún buen jugador del equipo rival o cuando el ambiente amedrentaba (también al árbitro) tanto o más que la propia calidad de los jugadores rivales.

Algunas de estas batallas han quedado registradas en la memoria colectiva y han pasado a la historia con nombre y apellidos. Siempre "Batalla" y detrás el nombre del sitio donde se produjo. 

Fácil, limpio, sencillo y netamente comprensible.

Como la Batalla de Florencia en los cuartos de final del Mundial del 34 entre Italia y España.
O la Batalla de Berna en los cuartos de final del Mundial de 1954 entre Hungría y Brasil.
O la Batalla de Santiago en la primera fase del Mundial de 1962 entre Chile e Italia.
O la Batalla de Belgrado en el partido decisivo de la fase de clasificación para el Mundial de 1978 entre Yugoslavia y España.

Chile e Italia protagonizaron la Batalla de Santiago en el Mundial de 1962.

Ya en el siglo XXI y con el fútbol convertido en un espectáculo de masas controlado al detalle por infinidad de cámaras de televisión y analizado gesto a gesto en cada rincón del planeta parecía que el tiempo de estas batallas callejeras barriobajeras y pendencieras había pasado. Pero nada más lejos de la realidad. La esencia, testaruda, siempre permanece.

Que se lo digan a los que presenciaron (en directo o en sus casas) la Batalla de Núremberg. En el Mundial de Alemania. Antes de ayer, como quien dice.

***

25 de junio de 2006. Frankstadion de Núremberg. El árbitro ruso Valentín Ivanov coge la pelota y sale el primero por el túnel de vestuarios, escoltado por sus leales asistentes Nikolay Golublev y Evgeni Volnin y precediendo a los futbolistas de Países Bajos y Portugal, que, a priori, protagonizan uno de los choques estrella de los octavos de final del Mundial de Alemania 2006.

Ambas selecciones se encuentran quizá demasiado pronto, pero así es la Copa del Mundo. Portugal se impuso con cierta solvencia en un grupo trampa en el que competían también Angola, Irán y México. Los de Luis Felipe Scolari vencen con sufrimiento en su debut ante Angola (1-0) y resuelven en la segunda mitad el partido ante Irán (2-0) para jugarse la primera plaza del grupo ante México en la última jornada. Y los portugueses, que ven en el horizonte a Argentina o a Países Bajos, vencen por 2 a 1 para pedirse a los neerlandeses en octavos.

El once portugués que debutó ante Angola en el Mundial 2006.

Los neerlandeses también han cumplido, aunque sin estridencias. Ni para bien ni para mal. Aunque el grupo de Países Bajos era, a priori, bastante más complicado. La Oranje venció a Serbia en el debut con gol de Robben y eliminó definitivamente a la Costa de Marfil de Didier Drogba derrotándola en el segundo encuentro (2-1). 

En el partido que decidía el campeón del grupo los holandeses empataron sin goles ante una Argentina que también venía de vencer a los africanos (2-1) y machacar sin piedad a los serbios (6-0). El cero a cero final dio el primer puesto a Argentina, que se enfrentaría a México en octavos de final. La Naranja Mecánica, a Núremberg a verse las caras con la Seleçao das Quinas.

El once neerlandés que se midió a Argentina.

Portugal tiene una selección temible. Es la actual subcampeona de Europa (batacazo mediante ante Grecia en la final de Lisboa de 2004) y destacan por encima de todos Luis Figo y un jovencísimo Cristiano Ronaldo. Pero también están Deco, Maniche, Pauleta o Costinha. Un equipazo de mediocampo en adelante que Scolari, campeón del Mundo con Brasil en 2002, pretende equilibrar para no descompensarlo demasiado detrás.

En Holanda se sienta en el banquillo como seleccionador el gran Marco Van Basten. A sus órdenes Robben, Sneijder, Van Persie y Dirk Kuyt ponen la calidad en ataque, con el veterano Phillip Cocu en la sala de máquinas. Y junto a él en el banquillo aún se guarda un poquito más pólvora con la presencia de Van Nistelrooy o Rafael Van de Vaart.

Los espectadores se relamen. Creen estar a punto de presenciar un auténtico espectáculo. No van nada desencaminados. Aunque quizá no será exactamente la clase de espectáculo que esperaban.

Porque a veces nada es lo que parece.

***

Y eso que el partido empezó con un ritmo trepidante. Cuando apenas se llevaba un minuto de juego, a Van Bommel le dejó Kuyt una pelota franca en el borde del área que acabó rematando fuera por muy poco. El gran partido acababa de empezar. El otro, también….

Porque el mismo Van Bommel, nada más sacar Ricardo de portería tras su lanzamiento ligeramente desviado, se fue a buscar por detrás a un Cristiano Ronaldo que acababa de tocar su primer balón en el encuentro. El mediocentro neerlandés lo cazó abajo en su tobillo izquierdo, sin ninguna posibilidad de tocar la pelota, y Boulahrouz, por si acaso, le dio un balonazo en la espalda cuando el joven portugués retozaba por los suelos. El árbitro ruso le mostró la primera cartulina amarilla a Van Bommel, que en apenas dos minutos ya había sido capaz de ofrecernos lo mejor y lo peor de su repertorio.

Pero el partido no había hecho más que comenzar…

Cinco minutos más tarde, el balón quedó botando en el centro del campo y hacia allá que se fue Cristiano para controlarlo con la rodilla y bajarlo al césped. No esperaba la contundencia de un desatado Boulahrouz, que salió de su zona defensiva sólo para clavarle los tacos a la altura de la ingle. Por supuesto, el balón no estaba ahí ni por asomo. Boulahrouz vio la tarjeta amarilla y Cristiano recibió asistencia médica. Siguió en el terreno de juego, pero renqueante, hasta que se tuvo que marchar cojeando y cariacontecido pasada la media hora de juego.

Boulahrouz, justo en el momento de cazar a Cristiano Ronaldo.

Pero todo llegará, no adelantemos acontecimientos…

Porque, claro, los neerlandeses fijaron el objetivo en Cristiano Ronaldo desde el principio (hay quien dice que era una orden directa del mismísimo Van Basten), pero quizá se olvidaron de que en Portugal también jugaba un tal Carvalho. O un tal Costinha. O un tal Nuno Valente. O el mismo Maniche. Es verdad que Fernando Couto ya se había retirado y que Pepe aún era un proyecto de jugador y no estaba presente, pero a esos otros no les hizo falta mucho más para apuntarse al juego sucio propuesto por los tulipanes.

En el minuto 18, Maniche levantó a Robben trabándolo por detrás al llegar un poco tarde. Cuando el árbitro ruso asomó con la tarjeta amarilla en la mano, Maniche levantó los brazos en alto como un loco protestando no se sabe muy bien qué. Porque matarlo no lo había matado, pero rascarle un poco abajo sí.

Pese a ello, el mismo Maniche fue capaz de hacer aquello para lo que se supone que se habían vestido de corto todos los futbolistas: jugar al fútbol, buscar la portería contraria e intentar hacer un gol más que el rival. Y en la efervescencia de la batalla, el centrocampista luso lo hizo para poner por delante a su equipo.

Corría el minuto 22 cuando Deco, tirado al costado derecho del ataque luso, recibió de Cristiano Ronaldo y le metió un pase raso y preciso a Pauleta en el punto de penalti. El delantero protegió la pelota de espaldas a portería y la dejó rasita para la llegada de Maniche desde atrás, que hizo dos amagos seguidos para sentar a dos defensores neerlandeses y sacar un disparo potente y colocado que Van der Sar ni siquiera pudo ver. 

Van der Sar no pudo hacer nada ante el remate de Maniche.
Foto Nicolas Asfouri / AFP Photo.

Uno a cero para Portugal en medio del fragor de la batalla.

***

Porque a partir de ese instante, con Cristiano aún renqueante pero sin decidirse a abandonar el terreno de juego, Portugal decidió que con el uno a cero ya podía repartir leña sin miramientos y con tranquilidad. Ojo por ojo y diente por diente. Sobre todo, si vas ganando.

Y apareció Costinha para deslizarse cuatro o cinco metros sobre el césped y lanzarse a por Cocu con los dos pies por delante. El neerlandés quitó la pelota de en medio con un regate, pero no pudo evitar la tremenda tarascada. Así que Costinha cortó una contra de libro de muy mala manera y se ganó otra justísima amarilla. Corría el minuto 31 y ya iban cuatro. Dos para cada equipo. Todas de un ocre oscuro, anaranjado, tirando a rojizo.

Ése fue el momento que aprovechó Cristiano Ronaldo para salir del campo. Después de pasarse veinticinco minutos cojeando y visitando la banda para echarse mejunjes en el muslo, se echó al suelo definitivamente, se puso las manos en la cara, llegó el masajista, constató lo inevitable y lo acompañó de la mano hasta la línea de banda para que dejara su sitio a su compañero Simao. Países Bajos había conseguido su primer objetivo: eliminar a Cristiano.

Cristiano Ronaldo abandona el campo lesionado.
Foto Odd Andersen / AFP Photo.

El otro, el de ganar el partido, no estaba aún encauzado con el uno a cero abajo en el marcador y con los portugueses enrabietados al ver salir del terreno de juego a uno de sus mejores jugadores cosido a patadas. Unos portugueses encorajinados y con ganas de seguir con una bronca que, hay que decirlo todo, comenzaron los neerlandeses.

Pero todo les hubiera salido redondo a los tulipanes si el árbitro ruso Valentín Ivanov (o su asistente) hubiera señalado penalti sobre Arjen Robben en la penúltima jugada antes de pasar por los vestuarios. Gio Van Bronckhorst metió un centro desde la izquierda al primer palo y por ahí aparecieron Kuyt y Carvalho para ir los dos abajo a por el balón. Cayeron ambos rodando por el suelo en la disputa, pero Kuyt tocó el balón con la punta de la bota y lo metió hacia atrás, al punto de penalti, donde apareció Robben para intentar controlarlo y quedarse solo ante Ricardo. 

No le dio tiempo. 

Porque por detrás llegó un tren de mercancías llamado Nuno Valente que levantó la pierna por encima de la cabeza del atacante Oranje y la dejó caer cruelmente para golpearle el pecho con su bota de tacos de aluminio. El delantero giró como una peonza con la mano cosida al pecho hasta caer desplomado en el suelo.

Patadón de Nuno Valente a Robben.

¡Falta clara!, dijo el colegiado con la mano levantada. Pero a favor de Portugal. 

Y aquí paz y después gloria…

Eso sí, como los neerlandeses son muy aplicados tomaron buena cuenta de cómo se da una buena patada voladora en el pecho de un contrario y pusieron en práctica esa magnífica jugada cuatro años más tarde. Fue en la final del Mundial de Sudáfrica, cuando De Jong le clavó los tacos en el pecho a Xabi Alonso ante la mirada ojiplática de otro árbitro de prestigio llamado Howard Webb.

Si es que las cosas hay que entrenarlas, carajo. Si no, no salen bien.

Pero entonces, cuando todos esperaban que el colegiado decretara el descanso, a Costinha se le fue la cabeza un poquito más. Pensando que si no habían pitado penalti en la jugada anterior podrían hacer ya cualquier cosa, no se le ocurrió mejor idea que cortar con la mano totalmente extendida un pase en el centro del campo. 

Y por ahí sí que no pasó el bueno de Valentín Ivanov, que no vio la patada voladora de Valente, pero sí la clarísima mano de Costinha, y le enseñó la segunda amarilla para mandarlo a la caseta definitivamente antes de enviar también al resto a descansar.

Costinha vio dos amarillas en apenas quince minutos.

El fútbol, que a veces es inquietante y misterioso.

Y los futbolistas, que a veces es difícil saber qué tienen en la cabeza…

***

Tras el paso por los vestuarios, parecía que las aguas se habían calmado un poco. Países Bajos, ahora sí, salió con todo a por el empate. Por un momento se olvidó de pegar e intentó jugar. El público lo agradeció. Y el fútbol también. De hecho, el fútbol estuvo a punto de premiar ese cambio de actitud con el tanto del empate. Primero con un cabezazo de Kuyt que atrapó abajo Ricardo sin muchos problemas. Y después cuando Cocu se encontró con un mal despeje de Nuno Valente dentro del área portuguesa y se marcó una tremenda volea que se estrelló con violencia contra el larguero,

Pero el fuego de artificio neerlandés se acabó pronto. Y a los cinco minutos volvió el fuego real. El centrocampista Petit, que había sustituido a Pauleta tras la expulsión de Costinha, agarró por la espalda a Van Bommel y lo tiró al suelo para ganarse otra amarilla tan clara como innecesaria. Pero la acción sirvió para descentrar un poco a la Naranja Mecánica y volver a caldear un ambiente que tornó en infierno unos cuantos minutos más tarde.

Fue en una jugada de Deco, que condujo por la frontal del área buscando el disparo hasta que se encontró con un patadón a destiempo de Van Bronckhorst. Amarilla y falta peligrosísima en la frontal del área para los portugueses. 

Pero, claro, antes de tirarla, había que liarla un poco. Así que llegó Van Bommel para coger el balón y Figo, que ya tenía su matrícula apuntada, acudió presto y veloz para darle un cabezazo. Fue ligero, pero, al parecer, lo suficientemente fuerte como para que el metro ochenta y siete de Van Bommel se desparramara por el suelo casi a cámara lenta. Amarilla para Figo y tángana de las de toda la vida.

Van Bommel y Figo cabeza con cabeza, retándose. Getty Images.

Los neerlandeses no quedaron nada contentos con la actitud de Figo ni con la decisión del colegiado de dejar el cabezazo sólo en amarilla, así que Boulahrouz decidió que era el momento de ajustar cuentas y en una carrera con el extremo luso sacó el codo a pasear para golpearle en la cara al ir y al volver..

Quizá pensaba que el árbitro, después de pasar tantas cosas por alto, no se atrevería a expulsarlo… Y, efectivamente, no lo hizo. Pero sí le mostró una amarilla que era la segunda. Así que dejó a su selección con diez para igualar las fuerzas. Y volvió a liarse sobre el césped, con golpes, empujones y conatos de pelea en los banquillos de ambas selecciones. Al final salió bastante enfadado del campo Boulahrouz, aunque no le consta a nadie que fuera consigo mismo por su tremenda estupidez.

Expulsión de Boulahrouz en medio de una batalla campal. Getty Images.

De todas formas, a esas alturas del partido al colegiado Ivanov ya le fallaban las piernas, le temblaban las manos, le dolía el estómago, la cabeza le daba vueltas y sólo se preguntaba qué había hecho él para merecer esto. 

Pero así es la vida… ¡Que se hubiera metido a notario!

Además, por mucho que mirara su reloj, el tiempo no pasaba más rápido y aún quedaban veinte minutos de partido. Un mundo, vaya.

***

Y en esos últimos veinte minutos no cambió en absoluto la decoración. De hecho, el partido se hizo más áspero y más rocambolesco si cabe. Como muestra, un botón.

Sneijder se acercó al balcón del área portuguesa y enganchó un balón que venía despedido desde el área portuguesa. Soltó un tremendo latigazo marca de la casa buscando la portería de Ricardo, pero Carvalho fue al suelo con todo y taponó el disparo, con la mala suerte de que Sneijder se le cayó encima. El balón salió disparado treinta metros hacia la portería neerlandesa y lo controló Deco para plantarse en el área de la Naranja Mecánica en un contragolpe velocísimo que tenía pinta de letal. Pero Ivanov, del todo aturdido, había parado el juego para que atendieran… ¡a Carvalho! Y Deco, claro, no se lo podía creer.

Y aún se sorprendió más por lo que vino después. Que fue que el colegiado decretó un bote neutral. Figo, esperando que los neerlandeses le devolviesen amablemente la pelota, no la disputó y se encontró con que la Naranja Mecánica empezó a construir el ataque sin ninguna intención de devolver el esférico a nadie. Al enemigo, ni agua…

Entonces Deco, temperamental como pocos, decidió que por ahí no pasaba y le metió un tremendo patadón por detrás a Heitinga que se saldó con otra amarilla muy anaranjada y la enésima tángana. Esta vez con Sneijder erigiéndose en protagonista al empujar al portugués Petit, a quien le decía Heitinga que se levantara, que tampoco era para tanto. 

Sneijder se encara con Petit mientras lo frenan los portugueses.

Amarilla pues para Sneijder y también para Rafael Van der Vaart, que se dedicó a empujar a diestro y siniestro y, de paso, a protestarle al pobre Ivanov, que bastante tenía con lo que tenía y a quien ya no le cabía el nombre de los amonestados por detrás de la cartulina.

Aún tendría que hacer la letra más pequeñita para apuntar unas cuantas más. A Ricardo, el meta portugués, por perder tiempo. A Valente, por una caricia a un neerlandés despistado. Y la más absurda de todas. La segunda a Deco, que había decidido, por alguna misteriosa razón, irse definitivamente del partido en apenas cinco minutos. 

Con una amarilla que había sido casi roja en el zurrón, no se le ocurrió otra cosa que retener el balón con la mano para perder tiempo cuando le pitaron una falta. Cocu llegó corriendo a por la pelota y el portugués se la escondió primero y la lanzó al suelo después. Cocu, enfadadísimo, forcejeó con Deco y lo tiró al suelo. Entonces apareció Ivanov y le enseñó la segunda amarilla al portugués.

Deco se autoexpulsa inexplicablemente.

Faltaban trece minutos y un futbolista experimentado como Deco dejaba con nueve a su selección en los octavos de final de un Mundial y ganando uno a cero. Ver para creer. De hecho, aún se estaba Deco aposentando en la grada cuando Kuyt le ganó la posición a los dos centrales portugueses, encaró totalmente solo a Ricardo y lanzó al muñeco en la mejor ocasión de Países Bajos en todo el partido.


Entre otras cosas porque la Naranja Mecánica decidió no serlo en el momento decisivo y se inclinó por jugar a algo que, históricamente, nunca le ha dado buenos réditos. Así que no hubo manera de meterle mano al entramado defensivo portugués, pero aún le dio tiempo a Van Bronkhorst a caer en la desesperación y propinarle un patadón a Maniche que le costó la segunda amarilla y la expulsión ya con el tiempo cumplido. 

Van Bronkhorst se sumó a la fiesta de las expulsiones.

Para facilitar un poco más la resistencia lusa, supongo que sería. 

O para equilibrar las cosas… vete tú a saber.

Porque a veces nada es lo que parece.

***

Al final, el choque acabó uno a cero para Portugal, que se vería las caras en cuartos de final contra Inglaterra. Sin Costinha y sin Deco, pero con Cristiano Ronaldo recuperado para enfrascarse en cuentas pendientes con su excompañero Wayne Rooney y con el meta Ricardo en estado de gracia para darle la clasificación a Portugal para las semifinales tras un empate sin goles en otro partido gris y defensivo de dos selecciones de renombre.

Los portugueses celebran su triunfo en los penaltis ante Inglaterra.

En las semifinales se las verían con la Francia del renacido Zinedine Zidane y ese escollo ya fue insuperable para un equipo con grandes estrellas en ataque que jugaba siempre a atacar lo menos posible y que, pese a todo, logró su mejor clasificación histórica en una Copa del Mundo al acabar en la cuarta posición tras caer derrotado en la final de consolación por Alemania (3-1).

Los jugadores de Países Bajos todo esto lo vieron por televisión. Pero debieron quedar contentos con su actuación porque cuatro años más tarde decidieron jugar la final de un Mundial de forma parecida a como lo hicieron en Núremberg. Es decir, preocupándose más por cazar sombras a patadas que por jugar a fútbol. Y remaron mucho, pero acabaron muriendo en la orilla… otra vez… aunque esta vez jugando contra sus propios principios, que seguramente sea la forma más triste de caer.

De todas formas, el 25 de junio de 2006 neerlandeses y portugueses pasaron a la historia por protagonizar la llamada Batalla de Núremberg, que acabó convirtiéndose en el choque con más tarjetas de la historia de los mundiales. Nueve amarillas para Portugal, siete para Países Bajos y dos rojas por acumulación de amonestaciones para cada uno de los contendientes.

En definitiva, uno de los choques más violentos de la historia del fútbol moderno. Perpetrado en un escaparate inigualable como es un Mundial y protagonizado por futbolistas a los que se les supone una calidad superlativa y que entre todos se marcaron la friolera de 114 faltas en 90 minutos, unas cuantas de ellas directamente brutales.

Aún deberíamos darle las gracias al colegiado Ivanov, que mostró amarillas en vez de rojas porque no quiso quedarse solo sobre el césped. O porque no quiso pasar a la historia como el primer árbitro que suspendía un partido de una Copa del Mundo por no disponer de jugadores suficientes. 

O simplemente porque era daltónico. Que nunca se sabe…
Porque a veces nada es lo que parece.

Valentín Ivanov mostró 16 amarillas en el encuentro.

Si no que se lo digan a Scolari y a Van Basten, que se despacharon a gusto en rueda de prensa, sin siquiera mostrarse un poquito avergonzados por el espectáculo que habían ofrecido sus futbolistas en el encuentro. 

Al brasileño le faltó pedir para los suyos una estatua en cada plaza de cada pueblo portugués por haber defendido la patria con pundonor y coraje, mientras que el holandés le echó la culpa al árbitro de que no se jugara prácticamente nada durante un segundo tiempo que fue un caos. De su planteamiento en el primero, mejor nos olvidamos. 

Para mear y no echar gota.

El caso es que el mismo Joseph Blatter, presidente de la FIFA en ese momento, declaró que el árbitro Ivanov no estuvo a la altura de los jugadores y que debería haberse sacado una amarilla a sí mismo por su mala actuación. 

Aunque después se arrepintió, se retractó de sus palabras y prometió disculparse con el colegiado de manera oficial… Pero nunca lo hizo. Además, ya era tarde. El mal ya estaba hecho. Porque para Ivanov, que cumplía 45 años ese mismo verano y, por tanto, debía jubilarse como árbitro, ése fue su último partido internacional.

Lo que tampoco llegó a hacer nunca Blatter es declarar qué merecía él por su nefasta y oscura gestión al frente de la FIFA. Quizá si lo hubiera juzgado el bueno de Ivanov la cosa se hubiera quedado en una simple tarjeta amarilla.

miércoles, 8 de mayo de 2024

Los vaivenes de Míchel en el Mundial de Italia 90 (y en algunos momentos más de su carrera)

El centrocampista español José Miguel González, “Míchel”, llegaba al Mundial de Italia 90 con la vitola de ser uno de los mejores jugadores del mundo en su posición. Con la experiencia del Mundial de México 86 y la Eurocopa de 1988 a cuestas y su trayectoria en un Real Madrid que dominaba con puño de hierro la liga española, el seleccionador Luis Suárez lo convirtió en el referente de España para la Copa del Mundo que se iba a disputar en tierras trasalpinas.

El futbolista, para bien o para mal, y quizá a su pesar, no iba a dejar a nadie indiferente.

Pero empecemos por el principio…

***

José Miguel González, “Míchel”, debutó en el Real Madrid en 1982, con apenas 19 años. Fue algo casual y muy puntual, ya que su estreno se produjo en una jornada en la que los futbolistas profesionales estaban en huelga y los equipos hubieron de tirar de los filiales para disputar la jornada liguera. El caso es que debutó contra el RCD Castellón y anotó el único gol del partido que le dio la victoria al Real Madrid.

Tras ese encuentro volvió al Castilla, el filial blanco, pero no tardaría en regresar a la élite para instalarse definitivamente en el primer equipo junto a Emilio Butragueño, Manolo Sanchís, Rafael Martín Vázquez y Miguel Pardeza, los otros integrantes de la que empezó a conocerse como la Quinta del Buitre. 

Alineación del Castilla en la temporada 1983-84.

Curiosamente, Míchel fue el que más tardó en llegar a la cúspide, ya que sus compañeros debutaron en la temporada 1983-84 con Alfredo Di Stéfano en el banquillo, mientras que él lo hizo en la 1984-85 de la mano de Amancio Amaro.

El Madrid acabó esa campaña quinto en la Liga, muy lejos del campeón, el FC Barcelona, pero ganó la Copa de la UEFA con remontadas increíbles en el Santiago Bernabéu y aprovechó para remodelar el equipo y darle la batuta definitivamente a la Quinta del Buitre, reforzada con los fichajes de Hugo Sánchez, el ariete mexicano del Atlético de Madrid; el carrilero zurdo Rafael Gordillo, precedente del Real Betis; el defensa del Sporting de Gijón Antonio Maceda y el portero sevillista Paco Buyo. 

Con esos mimbres el Real Madrid consiguió ganar cinco ligas seguidas y algunos de los integrantes de la Quinta empezaron a hacerse un hueco en la selección española a partir del Mundial de México 86.

Once de España en el debut en el Mundial 86 ante Brasil. 

En tierras aztecas Butragueño se trajo a casa la Bota de Plata por sus cinco goles, mientras que Míchel, pese a su juventud, fue uno de los pilares del equipo de Miguel Muñoz. 

De hecho, suyo fue el famoso disparo que rebotó en el travesaño y traspasó la línea de gol en la primera fase ante Brasil, aunque el colegiado de la contienda no lo considerara así y los ibéricos acabaran cayendo ante la Canarinha por un gol a cero.

El trallazo de Míchel golpeó en larguero y entró... pero no fue gol.

España acabó segunda de grupo y le tocó en suerte enfrentarse a la temible y sorprendente Dinamarca, a la que dejó en la cuneta en un partido épico que sirvió para que el mundo entero descubriera la capacidad goleadora del Buitre, que marcó cuatro tantos (5-1). Pero fiel a su tradición de caerse en el momento menos esperado, el conjunto de Miguel Muñoz sucumbió en los penaltis ante Bélgica (1-1) cuando ya veía en lontananza a la Argentina de Maradona, que ya velaba armas en las semifinales tras haber superado a Inglaterra con la Mano de Dios y el Gol del Siglo.

Tras ese torneo, el siguiente reto era la fase final de la Eurocopa de 1988, celebrada en Alemania. Miguel Muñoz organizó totalmente la selección en torno a los jóvenes jugadores del Real Madrid y confeccionó un equipo con aire defensivo y muy contragolpeador para afrontar una primera fase durísima ante Dinamarca, Italia y la anfitriona, la RFA. Butragueño y Míchel tenían libertad arriba, escoltados en el centro del campo por los eternos Gallego y Víctor Muñoz y el debutante José Mari Bakero. Detrás, tres defensas y dos carrileros.

Ese sistema convirtió a Míchel en el mejor jugador español en la Eurocopa, pero sólo sirvió para eso, ya que el experimento no funcionó y España, que defendía el subcampeonato de 1984 en Francia, cayó a las primeras de cambio.

Y eso que los ibéricos derrotaron en el estreno a Dinamarca una vez más (3-2), pero perdieron ante una Italia mucho más trabajada (1-0) y se jugarían las semifinales ante Alemania Federal, una suerte de lotería funesta que acabó por no tocar. Porque dos goles de Völler sellaron el pase de los germanos (2-0), la eliminación de España y la salida de Miguel Muñoz de la selección. 

Los goles de Völler mandaron a España para casa.

El testigo lo recogería Luis Suárez, que era el seleccionador de la Sub-21, campeona de Europa por primera vez en su historia bajo sus órdenes apenas dos años antes, en 1986.

En el horizonte aparecía ya el Mundial de Italia, la segunda casa del mítico Luis Suárez.

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Al nuevo técnico nadie le discutía los méritos, pero muchos lo acusaban de plegarse en exceso a los designios de unos jugadores que empezaban a ser conscientes de su estatus de estrellas y, en algunos casos, intentaban aprovecharse de ello para influir en algunas de sus decisiones. A Míchel, un jugador joven, pero con mucho carácter y temperamento, ya se le acusaba de eso en aquella época. Y dicen que cuando el río suena, agua lleva…

Porque Míchel ya había dado muestras sobradas de su fuerte personalidad. Era un tipo al que le gustaban las bromas (hacerlas él, se entiende), un futbolista consciente de su talento, de su ascendencia sobre el resto de jugadores, de su fama, de la imagen que proyectaban todos los integrantes de la Quinta sobre los aficionados del Real Madrid y sobre gran parte de los de la selección española, pero que no estaba demasiado acostumbrado a las críticas.

Y, claro, pocas hubieron cuando unos chicos madrileños formados en la escuela del club revolucionaron la manera de jugar del equipo y, además, dominaron con puño de hierro las competiciones domésticas. Pero las voces discrepantes empezaron a surgir tras la inexplicable eliminación en semifinales de la Copa de Europa ante el PSV Eindhoven en 1988.

El Real Madrid venía de tumbar al Nápoles de Maradona, al Porto de Rabah Madjer, defensor del título, y a su particular ogro, el Bayern de Múnich, y creyeron que lo más difícil ya estaba hecho. Se relajaron los blancos en la ida y el PSV sacó un empate a uno en el Bernabéu que valía su peso en oro.

Pese a ello, para el partido de vuelta los de Leo Beenhaker creían que el pase estaba en su mano. Bastaba con ganar en Eindhoven. Y se confiaron de nuevo. Y empataron a cero. Y se quedaron a las puertas de una final de la Copa de Europa que se llevó el PSV en los penaltis ante el Benfica (0-0). Fue la oportunidad de la Quinta del Buitre de haber pasado definitivamente a la historia. Pero se esfumó…

De hecho, al año siguiente, tras la retirada de los futbolistas que aportaban más carácter al juego del Real Madrid (Camacho, Santillana, Maceda…), la inconsistencia de la Quinta del Buitre volvió a quedar de manifiesto. Y sus buenos partidos ante buenos equipos no bastaron para tapar sus noches de desconexión en encuentros trascendentales. Como el 5 a 0 ante el Milan de Arrigo Sacchi en la vuelta de las semifinales de la Copa de Europa de 1989 tras un empate a uno en el Bernabéu.

El Milan humilló al Madrid e hirió de muerte a la Quinta del Buitre.

La debacle tuvo lugar el 19 de abril y el Real Madrid acabó ganando la Liga, sí, pero cargó con esa cruz (y la de Eindhoven del año anterior) el tiempo que quedaba de Quinta del Buitre. Que parecía mucho, porque Míchel, Butragueño, Sanchís y Martín Vázquez tenían entonces entre 25 y 26 años y estaban entre la florinata de los futbolistas europeos. Pero el público del Bernabéu empezó a considerarlos flojos de carácter. Sin autocrítica. Sin capacidad de mando. Sin suficiente orgullo. Sin la garra necesaria. Sin espíritu ganador.

Míchel, muy descontento con las críticas, respondió a su manera. Era el 18 de junio de 1989 y en el Santiago Bernabéu se disputaba el último encuentro de una Liga que el Real Madrid tenía prácticamente ganada, pero que debía asegurar venciendo al Espanyol de Barcelona. Aunque el público, dos meses después, seguía viendo enfrente la presencia imponente de los Van Basten, Gullit, Rijkaard y compañía. Por eso silbaban cualquier fallo de equipo.

Entonces, con el Madrid a lo suyo, venciendo ya por tres a cero al filo del descanso, Míchel falló un pase fácil. Como durante casi todo el primer tiempo, parte del público le silbó. Entonces, el futbolista levantó la mano asqueado, como quien envía a paseo sin contemplaciones a su interlocutor, se giró visiblemente enfadado, se fue hacia el banquillo blasfemando y salió del campo.

Sin más…

Como cuando en un partidito entre amigos en el parque no te sale nada, se te burlan, te enfadas hasta con el apuntador y te largas. Y suerte que la pelota no es tuya, que si no te la llevas y dejas a los demás con un palmo de narices.

Así lo hizo Míchel… Porque se lo consintieron, claro… 

De hecho, el futbolista dijo dos días después que quería irse del Madrid. Entonces, el equipo y la directiva hicieron piña con él mientras la afición blanca no sabía qué pensar. Se le criticaba, sí, pero… ¿y si se iba de verdad? ¿Quién le metería los centros a Hugo Sánchez que casi siempre acababan en gol?

Portada del diario Marca tras el desplante de Míchel.

Al final, no se fue. Se le pasó la rabieta y siguió adelante vistiendo la camiseta blanca. Y la roja de la selección. Y ganó la última liga de la Quinta del Buitre, la quinta consecutiva, la 1989-90, justo antes de partir hacia Italia para disputar el Mundial a las órdenes de Luis Suárez como uno de los referentes de la selección española.

Esa cita iba a grabarse a fuego en el corazón de Míchel y en el de sus incondicionales.

Y también en el de sus detractores. Sobre todo en el de sus detractores...

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Todo empezó en el estadio Friule de Udine el 13 de junio de 1990. Allí debutaban en el Mundial España y Uruguay, integrantes del grupo E junto a Bélgica y Corea del Sur, que abrieron fuego un día antes con victoria de los Diablos Rojos por dos tantos a cero. Con la presión de ese marcador, españoles y charrúas saltaron al terreno de juego presa de los nervios y con bastante más miedo a perder que ganas de ganar.

Con todo, una Garra Charrúa que contaba con Enzo Francéscoli a los mandos y con Rubén Sosa como referente ofensivo quiso un poco más. Y, de hecho, la Celeste tuvo el triunfo en las botas del delantero de la Lazio, quien dispuso de un penalti a tres minutos para el final que lanzó muy por encima del larguero de la portería defendida por Zubizarreta.

Rubén Sosa saca la pelota del estadio desde los once metros.

Poco más dio de sí un partido soporífero donde nadie hizo nada especial por ganar y donde los supuestos artistas españoles (Míchel, Martín Vázquez y Butragueño, sobre todo) estuvieron desaparecidos en combate. Evidentemente, el choque acabó cero a cero.

Ese debut mundialista triste, gris, sin goles y sin juego pone a España y a Míchel en el disparadero. De entrada, 16 jugadores de la selección española comparecen ante los medios tras el partido. Sólo hay preguntas para tres de ellos. Evidentemente, uno de los escogidos fue Míchel, al que acusaron de pasearse durante el encuentro. Los medios de comunicación no se anduvieron con chiquitas y se cebaron con él y con el equipo. Ahí van algunos de los titulares:

“España buscó un empate miserable”.
“Una presentación en el Mundial catastrófica, rozando el ridículo”.
“Míchel, un jubilado de oro a los 26 años” (aunque en realidad ya había cumplido los 27).
“Míchel, una basura de jugador”. Así, tal cual.

Hasta los futbolistas retirados, en su labor de comentaristas, dejaron una perla tras otra.

Jorge Valdano, a quien Bilardo dejó fuera de la cita mundialista a última hora pese a haber superado una hepatitis, dijo: “Lo peor no es jugar bien o jugar mal; lo peor es no querer jugar”.

Y Alfredo Di Stéfano, amigo personal de Suárez y el primer técnico que le dio la oportunidad al grueso de los integrantes de la Quinta del Buitre, remató: “Lo peor de todo es la cara que se nos ha quedado a todos”.

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Pero Luis Suárez, gato viejo, aunque le acusan de ser un muñeco en manos de los jugadores de más peso de la selección, pasa de las críticas y le vuelve a dar la batuta a Míchel en el duelo ante Corea del Sur. Además, quita al delantero del Atlético de Madrid Manolo, máximo goleador español en la liga, y alinea a Julio Salinas junto a Butragueño. Como en el 86. Y tal como aseguran que le pedían los pesos pesados de la selección. Algo indemostrable, aunque dicen que cuando el río suena…

Once de España ante Corea que Suárez repetiría ante Bélgica y Yugoslavia.

El caso es que el partido que se ha convertido en toda una final para España. Y Míchel, esta vez sí, responde en el terreno de juego en el momento más crítico. Mete tres goles, cada cual más espectacular, y los va celebrando con gestos cada vez más furiosos. Sobre todo el último.

El primero lo hizo a los 23 minutos, cuando los surcoreanos ya habían dado algún susto a Zubizarreta. Villarroya recibió un balón en el carril izquierdo y metió un centro al área. Por el vértice derecho apareció Míchel para empalarla y cruzarla al palo contrario. Uno a cero y gran suspiro para España y para Míchel, que salió en estampida agitando los brazos y mascullando unas palabras que nadie pudo descifrar, pero que no parecían demasiado agradables.

Pero, claro, no es oro todo lo que reluce. Y los surcoreanos volvieron a meter el miedo en el cuerpo de los españoles en cuanto tuvieron ocasión. Lo hizo Hwangbo Kwan, que en un libre indirecto desde el borde del área metió el balón en la escuadra de Zubizarreta. Faltaban dos minutos para el descanso y la final volvía a empezar para los muchachos de Suárez.

En la segunda mitad España salió a resolver el encuentro y tuvo un buen puñado de ocasiones, pero no había manera de perforar la portería de Choi Ing-Young. Hasta que Míchel volvió a hacer diana en un lanzamiento de falta magistral desde la parte izquierda que supera la barrera y entra por la mismísima escuadra. 

El centrocampista saltaba de alegría, pero lo mejor aún estaba por llegar…

A nueve minutos para el final, Míchel recoge un rechace de cabeza de Salinas en la parte derecha del interior del área surcoreana. Controla con la izquierda entre dos contrarios, a los que esquiva con un elegante movimiento, cambiándose el balón a la pierna derecha. Le sale al paso un tercer defensor y Míchel vuelve a amagar con disparar con la derecha para cambiarse la pelota a la izquierda. Con dos movimientos se queda solo ante el portero y le cruza el balón raso para hacer un auténtico golazo (3-1). Clase pura.

Y ahí sí que estalló toda su furia a duras penas contenida… Porque su celebración fue una respuesta contundente a las todas críticas del primer partido que oyó todo el estadio. “¡Me lo merezco!”, grita mientras se golpea en el pecho señalándose y corriendo como un poseso con los brazos extendidos. “¡Toma ya!”, grita otra vez totalmente fuera de sí.

"¡Me lo merezco!" Fue el grito de Míchel en Italia 90.

Y esa España de Suárez (¿o de Míchel?), ya resarcida tras el tropiezo ante Uruguay, acaba de redimirse ante Bélgica, su verdugo en el Mundial de México 86. El míster repite alineación. Y otra vez el protagonismo de Míchel es incuestionable, ya que el centrocampista del Real Madrid transforma primero un penalti cometido sobre Julio Salinas y pone después un balón parado perfecto a la cabeza de Górriz para sellar con victoria el último encuentro de la fase de grupos y alcanzar la primera plaza.

El futbolista parece haber cambiado por fin las lanzas por flores. Las críticas por halagos. Las pullas por elogios. Pero en lontananza se atisba ya una Yugoslavia capaz de lo mejor y de lo peor en los octavos de final. Y a Míchel aún le queda por afrontar un último trance.

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Yugoslavia, entrenada por Ivica Osim, es una mezcla de veteranía y juventud, un cóctel imprevisible entre algunos de los campeones del Mundial juvenil de 1987, entre los que se encontraban los croatas Prosinecky, Suker, Robert Jarni y Alen Bocksic, otros jóvenes de entre 23 y 25 años que ya habían demostrado su calidad como Savicevic, Katanec, Pancev o Stojkovic y veteranos curtidos en mil batallas como el meta Ivkovic, los defensas Vulic y Jozik o los veteranos del PSG Safet Susovic y Zlatko Vujevic.

El caso es que los yugoslavos alcanzaron los octavos sin pena ni gloria. De hecho, cayeron estrepitosamente en su estreno ante una RFA arrolladora (4-1) y los medios de comunicación comenzaron a olvidarse de ellos y a no tenerlos en cuenta para el torneo. 

Sin embargo, en la final en la que se convirtió el segundo partido ante Colombia, los balcánicos vencieron con un solitario gol del defensa Jozik que les dio la tranquilidad suficiente para cerrar la primera fase sin sobresaltos ante Emiratos. En ese último encuentro Yugoslavia se impuso con rotundidad por cuatro goles a uno y, además, se estrenaron Pancev (que hizo dos goles) y la emergente estrella Prosinecky, que cerró el marcador ya con el tiempo cumplido.

El encuentro entre ibéricos y balcánicos parecía un duelo bastante igualado a priori, quizá con un punto de favoritismo para los de Luis Suárez, que contaban con futbolistas más mediáticos que los jóvenes talentos yugoslavos, casi todos jugando en el Estrella Roja o el Partizán y menos conocidos por los aficionados europeos. 

26 de junio de 1990. El estadio Marcantonio Bentegodi de Verona presenta un aspecto sensacional pese a que el encuentro entre España y Yugoslavia se disputa a las cinco de la tarde bajo un sol de justicia.

Once de Yugoslavia que se midió a España en Italia 90.

La puesta en escena de España es casi perfecta. Es el mejor partido de los de Suárez en lo que va de Mundial. Los de rojo mueven mejor la pelota y llegan con más frecuencia a la portería defendida por Ivkovic, sobre todo por la insistencia de un Martín Vázquez que parece desatado. Pero el Buitre no anda fino en el remate y cada llegada de los yugoslavos, aunque muy puntual, genera mucho peligro.

En la segunda mitad la decoración no cambia. Martín Vázquez dispara fuera por poco desde la frontal. Otra vez Martín Vázquez se marca un jugadón partiendo desde la izquierda y driblando a todos los balcánicos que se le ponen por delante, pero decide jugársela él solo y manda su remate fuera. Górriz mete la cabeza en un balón parado que se encuentra Ivkovic en la misma línea de gol. El Buitre remata solo en el área un centro desde la derecha. Mete la cabeza con elegancia y el balón describe una parábola preciosa que acaba en el palo de la portería balcánica. Se masca el gol de España… y llega el de Yugoslavia.

Un centro de Vujokic desde la izquierda del ataque yugoslavo lo prolonga Katanec de cabeza dentro del área. El balón que vuela lo ve el mago Stojkovic, que amaga con disparar en las narices de un defensor que se arrastra por el césped intentando repeler el remate la pelota. Pero el mago no chuta. Controla la pelota con la diestra, la aparta de la trayectoria del defensa y después, con toda la tranquilidad del mundo, bate a Zubizarreta. Cero a uno. Golazo antológico. Y faltan sólo doce minutos para el final.

Stojkovic celebra el primer gol del partido.

Por suerte para Míchel y compañía, cinco minutos después el oportunismo de Julio Salinas arregla el entuerto. 

En una jugada medio embarullada, Martín Vázquez suelta un mal disparo cruzado desde el interior del área. El balón se pasea por el área pequeña de los balcánicos y en el segundo palo aparece Salinas yendo al suelo para meter la pierna en posición poco ortodoxa. 

Salinas mete el pie para empatar el partido.

El gol es feo, como casi todos los suyos, pero vale igual. 
Uno a uno y a la prórroga.

Empieza la prórroga. 
España parece fundida. 
Los penaltis planean en el horizonte. 
Pero todo cambia a los dos minutos.

Falta en la frontal a favor de Yugoslavia. 
Zubizarreta coloca una barrera de cinco hombres.

Stojkovic planta la pelota y toma carrera antes de golpear a la pelota con la pierna derecha. Le ha metido una buena rosca de fuera a dentro, buscando superar la barrera por el exterior, justo por la posición que ocupa Míchel.

Los integrantes de la barrera se mantienen quietos. De puntillas. Expectantes.

¿Todos? No, todos menos uno.

Porque Míchel se gira y se agacha levemente. Inconscientemente. Sólo es una fracción de segundo. Pero es justo el peor momento.

Por encima de la cabeza de Míchel pasó el balón de Stojkovic.

Y por ahí, por el hueco que deja la cabeza de Míchel, pasa el obús de Stojkovic, que mete un golazo y clasifica a Yugoslavia para los cuartos de final del Mundial.

Míchel, que seguro que no quería, vuelve a ilustrar las portadas de los diarios deportivos.

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Y el seleccionador, cuestionadísimo, de momento se queda. Aunque por poco tiempo. Porque Suárez, que tenía firmado un contrato de dos años que le permitiría sentarse en el banquillo en las Olimpíadas de Barcelona 92, cae en abril de 1991, cuando el presidente de la Federación Española, Ángel María Villar, ve complicadísima la clasificación para la Eurocopa de Suecia de 1992 tras varios traspiés.

Llega Vicente Miera, entrenador de la sub 21, en una apuesta continuista, ya que sigue confiando en una Quinta del Buitre a la que no le alcanza para darle la vuelta a la situación y clasificarse para la Eurocopa. Miera, no obstante, se sienta en el banquillo de la selección olímpica y conquista el oro con una gran generación de futbolistas dispuesta a suceder a la Quinta en la selección absoluta.

Y lo hacen, aunque tendrían que esperar a la llegada de Javier Clemente al banquillo de España. Que ese sí que llegó para hacer una buena limpia. Y, claro, una de sus primeras decisiones fue prescindir primero del Buitre y después de Míchel y de lo quedaba de Quinta camino del Mundial de Estados Unidos 1994. Pero eso será más adelante.

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De momento, tras el Mundial de Italia, y pese a las críticas, Míchel seguía siendo mucho Míchel. Pese a que su equipo cedió el cetro liguero al FC Barcelona de Johan Cruyff tras cinco temporadas consecutivas de dominio. Cedió el cetro y también el fútbol, que se lo quedaron los blaugranas para empezar a escribir unas cuantas páginas de una época dorada. Aún así, la Quinta del Buitre seguía siendo un rival de cuidado y, ya sin Martín Vázquez en el equipo, Míchel era su embajador más fiable.

De hecho, en el inicio de la temporada 1991-92, la imagen de Míchel daría la vuelta al mundo. En un lance aparentemente intrascendente del encuentro de la segunda jornada de liga entre el Real Madrid y el Valladolid, el futbolista blanco se emparejó con el Pibe Valderrama en un saque de esquina. Ni corto ni perezoso, y sin mediar palabra, Míchel se plantó delante del colombiano y le toqueteó los genitales un par de veces ante la incredulidad del debutante en la Liga, que no sabía qué estaba pasando.

Entonces no había ni la mitad de la mitad de la mitad de cámaras de televisión que hay ahora en un partido de fútbol, pero algunas había. Y por la noche, en el programa deportivo Estudio Estadio, de Televisión Española, alguien cayó en la cuenta de lo que había pasado en el terreno de juego y reprodujeron las imágenes. Y claro, la tocadita de Míchel a Valderrama dio la vuelta al mundo rápidamente.

Míchel y Valderrama: una imagen que dio la vuelta al mundo. 

Si Míchel no había pasado inadvertido casi nunca, a partir del tocamiento ya no hubo piedad. En todos los campos de España entonaban al unísono un cántico que hoy sería motivo de cierre de estadio, pero que entonces se cantaba sin remilgos: “Maricón, maricó-ó-ón. Míchel, Míchel, Míchel maricón”. Así, todo seguido. En cada estadio. En todas y cada una de las jornadas que el Madrid jugaba fuera. Hasta su retirada del fútbol y más allá, la dichosa tonadilla persiguió a Míchel allá por donde fuera.

En Tenerife, por ejemplo, donde el Real Madrid se dejó dos ligas seguidas cayendo en el último partido ante el mismo rival para entregárselas a su eterno rival, el FC Barcelona, que ganó cuatro torneos seguidos en pleno declive de una Quinta sin recambio cuyos integrantes, aunque no lo pareciera, cedieron esos cuatro títulos en toda su plenitud futbolística, entre los 27 y los 31 años.

Pero fue todo el cóctel íntegro el que destruyó definitivamente a los futbolistas de la Quinta. Butragueño salió del club rimbo al Atlético Celaya mexicano en el verano de 1995, cuando el Real Madrid había vuelto a ganar la Liga tras cuatro años de sequía, pero sin apenas protagonismo de la Quinta. Había llegado Zamorano. Había llegado Laudrup. Había aterrizado Quique Sánchez Flores. Había irrumpido con todo Emilio Amavisca. Y había debutado un joven delantero llamado Raúl González. Así que Míchel decidió irse a México con Butragueño un año más tarde para acabar retirándose a la conclusión de la temporada 1996-97. Tenía 34 años.

***

Allí en Celaya nadie le había cantado la cancioncita de marras, pero en España no se acaba de olvidar el episodio. Por eso, ya en el año 2001, el recordado Loco de la Colina le hizo una entrevista a Míchel en su programa “Vagamundo” de Canal Sur y no dudó en preguntarle sobre el tocamiento y sus consecuencias. Concretamente, le preguntó si su mujer había visto la escena. El exfutbolista le respondió que sí y el periodista quiso saber un poco más.

—¿Y qué te dijo?— que le pregunta el Loco de la Colina con toda la intención.
—Se sintió celosa— con ojitos de bueno y mirando a cámara que contestó Míchel.

Y se rieron los dos a carcajada limpia. Pero Míchel tenía ganas de marcha, y siguió.

—Se sintió celosa porque adivinó en mi cara y en mi gesto algo más que una simple broma— con la sonrisa intacta que lo dijo.

Y a seguir. ¡Balón fuera que salimos!

El periodista Jesús Quintero, "el Loco de la Colina".

Pero el que también se lo tomó con mucho humor fue Carlos Valderrama, que no dudó en protagonizar un anuncio de la revista Líbero para prevenir el cáncer testicular en el año 2017. ¡En el 2017! Veintiséis años después de los hechos.

En el vídeo aparecía el Pibe y, sobre la imagen de Míchel tocándole los genitales, hablaba: “No sentí dolor, pero un poco me emputé… Si hubiera sentido dolor tendría que haber consultado al médico. Así se detecta un cáncer testicular. Por eso amigo quería darte las gracias por haberme tocado los huevos en tres simples pasos para detectar el cáncer testicular”.

Y a seguir también.

***

Pese a todo, con Míchel ya ejerciendo primero de comentarista y luego de entrenador, en algunos campos aún le seguían recordando el momento con la “alegre” tonadilla. Como muestra, un botón. Corría el año 2017 cuando Míchel visitó el Camp Nou dirigiendo el Málaga y le pidió al árbitro González Fuertes, medio en broma, que parara el partido porque le estaban llamando maricón. ¡Aún le cantaban la cancioncita en 2017!

Aunque en ese momento, como los tiempos siempre cambian, para bien o para mal, y avanzan y fluyen, Míchel ya había pasado de ser carne de canto de mal gusto a carne de meme.

Porque al exfutbolista, que le fue bastante bien de entrenador en algunos clubes, sobre todo en el Getafe y en el Olympiakos griego, se le giró la tortilla en algunos otros (Sevilla u Olympique de Marsella) y, como cualquier técnico, acabó saliendo de algunos de ellos por la puerta de atrás.

Míchel, en su etapa al frente del Sevilla FC.

Y en algún momento puntual de su larga trayectoria en los banquillos surgió el meme… Aunque datarlo es complicado. De hecho, nadie sabe exactamente cómo, quién, ni en qué momento se inventó una frasecita simple y efectiva, “¡Suena Míchel!”, y se colocó bajo la imagen del jugador para crear uno de los memes más famosos del mundo.

Al principio la dejaban caer (la frasecita, se entiende) en foros de prensa deportiva especializada algunos aficionados cada vez que un equipo grande echaba a un técnico. No se sabe si en broma o en serio. Quizá empezó en serio, con algún periodista con ganas de medrar recomendando a Míchel para el banquillo de un equipo grande. Pero pronto quedó claro que era más bien en plan de broma. Sobre todo cuando pasó a leerse en todo tipo de foros que nada tenían que ver con el fútbol y, a veces, ni siquiera con el deporte.

Que dimite el presidente de un país remoto… “¡Suena Míchel!”.
Que destituyen a un alto cargo a acusado de corrupción… “¡Suena Míchel!”.
Que REM anuncia su separación definitiva… “¡Suena Míchel!”.
Que Benedicto XVI renuncia al Papado… “¡Suena Míchel!”.
Qua a Juan Carlos I le da por abdicar… “¡Suena Míchel!”.
Que se suspende un concierto de cualquier artista importante… “¡Suena Míchel!”.
Que se jubila el director de la Filarmónica de Berlín… “¡Suena Míchel!”.
Que se separan Brad Pitt y Angelina Jolie… “¡Suena Míchel!”.
Que se incendia Notre Dame y alguien tiene que restaurarla… “¡Suena Míchel!”.

Y claro, al parecer, Míchel acabó un poco hartito de que le tocaran tanto los... Aunque dicen que quien a hierro mata, a hierro muere. Y, si los hechos no engañan, fue él el primero en tocárselos a otro delante de todo el mundo, pese no medir del todo bien las consecuencias. O, al menos, eso dicen… que cuando el río suena, agua lleva.

De hecho, cuenta la leyenda que si te paras a escuchar atentamente el sonido del agua resbalando por el lecho pedregoso de un río con la decidida actitud taoísta de convertirte en agua (¡Be Water, my Friend!) quizá aciertes a discernir (aunque sea a modo de psicofonía o de murmullo balbuceante) cómo se oye claramente un demoledor “¡Suena Míchel!” que puede echar por tierra todas tus expectativas (de convertirte en agua, se entiende).

¿O no?