"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

miércoles, 20 de junio de 2018

El milagro de Berna y el primer campeón moral

Sepp Herberger, el seleccionador de Alemania, miraba insistentemente el cielo azul, límpido y cristalino de Berna mientras maldecía su suerte. Pensaba en la lluvia que necesitaba para igualar las fuerzas de sus muchachos con las de los mágicos magiares, sus rivales en la final que tendrían que disputar al día siguiente, el 4 de julio de 1954, a las cinco de la tarde, en el estadio Wankdorf de la capital helvética.

Había vuelto a dejar a los periodistas enfurruñados con su ya habitual táctica de soltar frases hechas y tópicas que no decían nada y que no dejaban traslucir ni su estado de ánimo, ni el de sus jugadores y, ni mucho menos, cualquier pista, por inocua que pudiera parecer, sobre cómo iban a disputar la final. Eso sí, solían encender los ánimos de los que preguntaban.

Sepp Herberger, seleccionador alemán.

Esta vez había soltado tres buenas frases, pensaba él. 

“El balón es redondo”, ante la insistencia de la prensa sobre lo bien que jugaban los húngaros. “El partido dura 90 minutos”, cuando alguien se empeñaba en inquirirle sobre la condición física con la que llegaban sus muchachos al partido definitivo. Pero, sin duda, la frase que más había dolido a los periodistas había sido aquella con la que les recordaba que preguntaran ahora o callaran para siempre porque “después del partido ya es antes del siguiente partido”.

***

Herberger volvió a maldecir al cielo mientras reflexionaba sobre cuánto les había costado llegar hasta allí. Pensaba en ese primer encuentro ganado con facilidad ante Turquía (4 a 1), cuando le dio tiempo a reflexionar y a tomar una decisión que había marcado su campeonato y también su relación con la prensa y con todo el país. 

¡Pero qué querían esos chupatintas del demonio! Jugaban su primera competición internacional después de la Segunda Guerra Mundial, con un país en ruinas, desmoralizado y casi famélico, con prisioneros de guerra aún regresando de las prisiones rusas y él tenía que proteger a los suyos. No había otra manera de hacerlo, quisieran los periodistas o no.

Tenían que enfrentarse de buenas a primeras con el mejor equipo del mundo, unos tipos que llevaban casi 30 partidos seguidos sin perder, que habían ganado el oro olímpico en Helsinki hacía sólo dos años, que habían vapuleado a Inglaterra en su santuario de Wembley por 3 a 6 apenas seis meses antes y 7 a 1 en Budapest hacía semanas. Una selección que juntaba en ataque a tipos vertiginosos, creativos y de una calidad suprema que llevaban toda la vida jugando juntos y que, por si fuera poco, habían revolucionado el fútbol con un nuevo dibujo táctico que llevaba a todos sus rivales de cabeza.

Los Mágicos Magiares vencieron 7 a 1 a Inglaterra en Budapest.

Sí, porque el mamón del seleccionador húngaro, el gran Gusztáv Sebes, había retrasado al delantero centro del MTK Budapest, el impresionante Nandor Hidegkuti, lo había juntado con el jugón Jozsef Bozsik, del Budapest Honvéd, y había dejado la delantera con 4 efectivos, 2 en el centro del campo y 4 en defensa, pero que alternaban posiciones y subían al ataque como posesos para volver locos una y otra ves a sus rivales. Además, los 4 de arriba no tenían desperdicio: Puskás, Kocsis, Czibor y el letal Jozsef Toth. 

Fútbol total se llamaba aquello. 
Y ellos, los Mágicos Magiares.

Y esos caníbales del fútbol acababan de hacerles 9 goles a los coreanos, que no sabían dónde esconderse, los pobres. No, él no le iba a poner el título en bandeja a los húngaros. Él, el gran Sepp Herberger, confiaba en que los suyos podían llegar muy lejos en el campeonato, pero para ello había de hacer sacrificios porque aún no estaban preparados. 

Por eso decidió tirar el primer partido ante Hungría para no dar ni una sola pista a los magiares por si se volvían a encontrar. 

Era lo lógico, pensaba Herberger, pero no lo entendió nadie. Y menos las sanguijuelas de los periodistas alemanes que se rasgaron las vestiduras cuando vieron que no jugaba el portero Toni Turek… ni el centrocampista Kart Mai, ni los delanteros Marx Morlock, Ottmar Walter y Hans Schaefer. 

Quizá me pasé un poco, pero más se pasaron ellos al final del partido, cuando después del sonrojante 8 a 3 me tocó aguantar que me llamasen de todo. Que si había manchado el escudo de la Mannschaft, que si el pueblo alemán no merecía tal humillación, que si los germanos no nos rendimos nunca… Bla, bla, bla… Y ahí fue cuando les dije por primera vez aquello de que “después del partido ya es antes del siguiente partido” y yo ya pensaba en la repesca ante los turcos y ellos que querían hacer más sangre.

Y les planté. Les dejé con la palabra en la boca sabiendo que el país entero era un clamor contra mí y que sus crónicas periodísticas iban a colaborar un poco más en mi linchamiento. Si os he de ser sincero, no dormí bien hasta que no ganamos a Turquía de nuevo en la repesca de la primera fase, a quien, por cierto, le dimos un buen repaso ya con los titulares (7 a 2). Pero para los periolistos aquello no tenía perdón de Dios. Había manchado la imagen de la selección alemana y eso era imperdonable.

Max Morlock marcó cuatro goles en la repesca ante Turquía.

Ni siquiera los tranquilizó el dos a cero ante Yugoslavia en los cuartos de final. En la rueda de prensa aún tuve que oír preguntas sobre la derrota humillante ante Hungría. Les dije que ninguno de los que había en esa sala creía posible que estuviéramos en las semifinales de un Mundial y, sin embargo, lo estábamos. Creo que aún se enfadaron un poco más porque volví a enmendarles la plana. Y es que yo no he sido nunca de morderme la lengua, creo.

Pasé de ellos y me fui a ver el Austria-Suiza porque de ahí saldría nuestro rival en semifinales. Y creo que recordaré de por vida de ese partidazo. Los suizos metieron 3 goles en tres minutos y yo no quería ni verlo. Prefería jugar contra los austriacos que ante los suizos. Primero porque los suizos jugaban en casa y después porque la rivalidad contra Austria podía hacer que mis chicos jugaran al mil por mil y, a la vez, la alegría de la gente que nos veía desde casa sería infinitamente superior si ganábamos a los austriacos. 

Pero la verdad es que este pensamiento era un poco masoquista, porque nuestros vecinos eran muy buenos. De hecho, entre el minuto 25 y el 34 de esa primera parte les metieron ¡5 goles! a los suizos, que recortaron distancias antes del descanso al que se fueron ganando los austriacos por 5 a 4. ¡Sencillamente increíble! El partido acabó 7 a 5 y con los dos equipos sin fuelle. Yo tenía el rival que quería y, además, había presenciado el que durante muchos años sería el mejor partido de la historia de los mundiales.

El caso es que el día anterior a la semifinal las caras de mis amigos periodistas ya eran otras. No me lo podía creer. Tenían miedo. Creo que en ningún momento llegaron siquiera a imaginar que haríamos tan buen papel en el torneo y ahora que estábamos a un paso de hacer historia sentían auténtico terror. Querían llegar a la final, pero temían una derrota estrepitosa ante Austria

Yo sabía que no perderíamos. Fritz Walter estaba de dulce, su hermano Ottmar ya se había enchufado, Morlock lo peleaba todo y además estaba ese loco de Rahn que ponía los partidos patas arriba siempre.

Al descanso ganábamos 1 a 0 y habíamos sufrido, pero lo peor ya había pasado. Los austriacos estaban reventados y nosotros lo íbamos a aprovechar en la segunda parte. No sé cómo lo vivió el país, pero me lo imagino. Millones de alemanes pegados a la radio mientras el bueno de Herbert Zimmermann iba narrando un gol tras otro. 

Seis a uno y a la final. 

Fritz Walter hace el 5 a 1 ante Austria de penalti.

Ni el más optimista de los alemanes, ni siquiera mis chicos, lo creían posible. Pero ahí estamos. Ante la posibilidad de hacer historia, de darle un poquito de vida a un país desangrado y de escribir nuestro nombre en el Olimpo de este magnífico deporte. 

A ver. Porque si mañana ganamos (y más con este cielo limpio y claro) será un milagro. 

El Milagro de Berna.

***

Y llegó la hora. A las 16:45 del domingo 4 de julio de 1954, 62.500 personas abarrotaban el estadio Wankdorf de Berna mientras alemanes y húngaros saltaban al terreno de juego para disputar la final del cuarto campeonato del mundo de fútbol. 

Los magiares con su equipo de gala, los mismos once jugadores que le habían endosado el 8 a 3 a los germanos en la primera fase. Los alemanes también con su once de gala, incluyendo a los 5 futbolistas que Sepp Herberger sacrificó en ese partido para que los magiares no supieran más de la cuenta de su equipo.

Fritz Walter y Puskás posan con los árbitros.

Los mágicos magiares, que habían dejado en la cuneta a Brasil y a Uruguay, subcampeón y campeón en 1950, se sabían superiores y salieron en tromba mientras el cielo de Berna iba encapotándose poco a poco para júbilo del seleccionador alemán. Pero abajo, en el césped, la tromba que se avecinaba vestía los colores húngaros. A los seis minutos de partido, Puskás ya había marcado el primero de fuerte disparo y dos minutos más tarde Czibor había hecho el segundo para delirio de los seguidores magiares.

Este segundo gol fue un fallo en cadena de la defensa alemana. El meta Toni Turek no pudo atrapar bien una cesión de Kohlmeyer y el extremo magiar le robó la pelota, regateó a Kohlmeyer y clavó el esférico en la red. Pero los alemanes no se inmutaron. Nadie le reprochó nada al defensa ni al portero. 

De hecho, el delantero germano Morlock gritaba que no pasaba nada mientras ponía el balón en el círculo central para reanudar el partido. Y Ottmar Walter, el hermano del capitán Fritz Walter se dirigía también a sus compañeros a grito pelado “vamos, que aún podemos hacerlo”.

Dicho y hecho. A los dos minutos Morlock reducía distancias cambiando la dirección del balón con un remate de puntera ante el guardameta Grosics. 

Morlock marca el primer gol de Alemania en la final.

Ocho minutos más tarde Rahn empataba el partido al aprovechar un centro desde la esquina para rematar cruzado al fondo de la red. Habían pasado 18 minutos desde el comienzo de la final y todo volvía a empezar. Por cierto, ya llovía abundantemente sobre Berna. Dios había escuchado las plegarias de Sepp Herberger.

El resto de la primera mitad fue un asedio húngaro solventado con manos y pies por Toni Turek, los tres palos que se aliaron con él y dos defensores que sacaron dos remates húngaros bajos palos. El descanso le vendría bien a Alemania. De hecho, en ese instante nadie pensaba todavía que el milagro de Berna fuera posible. Iban 2 a 2, sí, pero los húngaros se habían mostrado muy superiores.

El paso por el vestuario trajo consigo el discurso épico de Sepp Herberger, “señores, es grandioso lo que han logrado hacer hasta ahora. En la segunda mitad, no hay que ceder ni un milímetro de terreno” y un cambio de botas de todo el equipo alemán. 

Y es que el empresario germano Adolf Dassler, Adi, para los amigos había regalado unas botas especialmente diseñadas para los terrenos embarrados, con los tacos más altos. Adi había fundado una empresa de calzado y prendas deportivas en 1920 que con el paso del tiempo se convertiría en mítica y que esa tarde en Berna jugó un papel (más o menos modesto) en la victoria alemana. 

Sí, se llamaba Adidas.

Cuando los dos equipos saltaron de nuevo al campo se notaba en el ambiente que algo había cambiado. Aunque los magiares volvieron a salir en tromba sobre un campo pesado y embarrado, a los húngaros se les veía más cansados, con menos chispa (jugaron todo el mundial con los mismos hombres y en la semifinal contra Uruguay habían tenido que disputar una prórroga para acabar doblegando a los actuales campeones del mundo por 4 a 2), mientras los germanos iban creciendo poco a poco en el partido bajo la batuta de Fritz Walker.

La bravura alemana frente a la clase y la magia de los húngaros, una lucha a brazo partido que el 99% de las veces habría caído del lado magiar, pero la historia se iba a aliar con Alemania. 

En el minuto 84 el locutor Zimmermann narraba el partido para toda una nación: “Ahora Alemania avanza por la banda izquierda por mediación de Schäfer. El pase de Schäfer a Morlock es despejado por los húngaros. Y Bozsik, una vez más Bozsik, el carrilero derecho de Hungría, se hace con el balón… Pero esta vez lo pierde, ante Schäfer. Schäfer centra, despejan de cabeza, Rahn debería disparar desde atrás, “¡Tiro de Rahn! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!...”. 

Helmut Rahn certifica el milagro marcando el 3 a 2.

Y se calló para asimilar lo que había pasado. Tardó ocho eternos segundos en volver a gritar: “¡3-2 para Alemania! ¡Llámenme loco, llámenme chiflado!”.

Pocos segundos después del éxtasis, sin tiempo para celebrarlo, los alemanes hubieron de sacar el cuero de dentro de su propia portería. Sin embargo, el árbitro inglés William Ling anuló el gol de Puskás por fuera de juego.

Unos minutos después Zimmermann berreaba completamente fuera de sí a través del micrófono: “¡Final! ¡Final! ¡Final! ¡Se acabó el partido! Alemania es campeón del mundo, tras vencer a Hungría por 3-2 en la final de Berna”. Un instante eterno.

***

Para los alemanes, este primer triunfo en la Copa del Mundo fue el inicio de un largo idilio con esta competición que ha ganado en cuatro ocasiones (1954, 1974, 1990 y 2014), en la que ha disputado cuatro finales más (1966, 1982, 1986, 2002) y en la que siempre ha estado presente desde entonces.

Hungría, en cambio, no ha podido volver a una final mundialista. Los mágicos magiares se habían proclamado campeones olímpicos en 1952, se habían mantenido 32 partidos seguidos imbatidos y volverían a ganar 18 partidos seguidos más hasta que la invasión de Hungría por el Ejército Rojo en noviembre de 1956 dispersó a esa magnífica selección que ya no volvería a reunirse bajo bandera magiar. La mayoría de sus jugadores huyeron a otros países para seguir jugando al fútbol.

El triunfo de esos maravillosos magiares en el Mundial del 54 parecía sólo una formalidad. De hecho, la embajada húngara en Suiza había organizado para el 5 de julio una gran recepción en honor de los jugadores y había invitado a personalidades y periodistas. En Hungría, ya se habían impreso sellos especiales, y en el estadio Nep de Budapest se habían colocado los pedestales para 17 estatuas de tamaño superior al natural. Nadie podía figurarse que el equipo nacional no se coronaría campeón. 

Pero todo sucedió de manera muy distinta… y aquella selección sólo pudo ganar el título de primer campeón moral de la historia de los mundiales. Y el respeto de todo el mundo del fútbol, que no es poco.

Sepp Herberger y Fritz Walter salen a hombros del estadio.

Por su parte, Sepp Herberger, nuestro famoso amigo seleccionador, se desquitó de sus famosas declaraciones y frases hechas en las ruedas de prensa cuando afirmó después del triunfo: “Debo tomar una cierta distancia respecto a este partido. Es una sensación maravillosa cuando un equipo responde de esa manera a la confianza depositada en su rendimiento. Fue magnífico que pudiéramos vivir aquello”. La prensa ya no lo odiaba profundamente. Acababa de convertirse en un héroe.

***

Algunos datos curiosos más.

—Sólo ocho selecciones han conseguido ganar un partido del Mundial remontando una desventaja de más de un gol. Las otras selecciones fueron: Suiza contra Alemania y Brasil contra Suecia en 1938; Austria contra Suiza en 1954; Portugal contra Corea del Norte en 1966; Perú contra Bulgaria y Alemania contra Inglaterra en 1970 y Costa de Marfil contra Serbia en 2006. Eso sí, Alemania es la única que lo ha hecho en una final.

—Alemania promedió 4,2 goles por partido torneo, más que ningún otro campeón del mundo, aunque curiosamente no fue el mejor porcentaje goleador de Suiza 1954: sus rivales húngaros marcaron nada menos que 5,4 goles por encuentro.

—Cuatro parejas de hermanos han marcado goles en los mundiales. Los primeros en hacerlo (y además juntos en el mismo torneo) fueron Fritz y Ottmar Walter, a quienes siguieron René y Willy van de Kerkhof (Holanda), Sócrates y Raí (Brasil), y Michael y Brian Laudrup (Dinamarca). Pero los hermanos Walter, además, son una de las dos parejas de hermanos que han ganado la Copa del Mundo. La otra la formaron Jacky y Bobby Charlton (Inglaterra) en 1966.

Fritz Walter y Ottmar Walter, campeones del mundo en 1954.

—Helmut Rahn fue el héroe de la final con sus dos goles. Le llamaban The Boss y marcó otros dos goles más en el torneo. Cuatro años más tarde, en el mundial de Suecia 58, anotaría 6 tantos más. Fue el primer jugador de la historia de los mundiales en marcar 4 goles o más en distintos torneos. Después vinieron otros 10 jugadores que emularon su gesta: Vavá, Pelé, Gerd Mueller, Teófilo Cubillas, Gary Lineker, Gabriel Batistuta, Ronaldo, Christian Vieri, Miroslav Klose y Thomas Mueller.

—El 2003 se estrenó en el cine la película "El milagro de Berna", que superó el millón de espectadores en los cines alemanes. Todos los actores que interpretaron a los internacionales de Alemania y de Hungría en la película eran futbolistas de divisiones inferiores.

sábado, 21 de enero de 2017

Leonidas, el diamante negro que enamoró en Francia

El 5 de junio de 1938 la ciudad de Estraburgo amaneció encapotada. El día anterior había caído una monumental tormenta y los aficionados al fútbol miraban el cielo con preocupación pensando en el partido del Mundial que se iba a disputar esa misma tarde en el estadio Meinau. 

Se enfrentaban Brasil y Polonia. Una selección brasileña con ansias de triunfo después de haber hecho un mal papel en el primer mundial celebrado en Uruguay en 1930 y de caer eliminada en Italia en 1934 en el partido de su debut ante la España capitaneada por el legendario portero Zamora.

Zamora despeja el peligro brasileño en el Mundial de 1934.

De hecho, los brasileños eran los únicos representantes sudamericanos en el Mundial de Francia, ya que los uruguayos se habían vuelto a negar a jugar en Europa como respuesta a la ausencia de la mayoría de las selecciones europeas (sólo acudió Francia) en su Mundial de hacía 8 años y a la decisión de Jules Rimet de jugar este tercer Mundial en Francia cuando le tocaba a Argentina organizarlo. El caso es que el presidente de la FIFA pensó, ante la inminencia de una nueva guerra en Europa, que este sería la última Copa del Mundo que se disputaría y quiso que fuera su país el que lo acogiera. 

La respuesta: una deserción masiva de los países sudamericanos.

El caso es que Brasil había reunido una gran selección, con una gran mezcla de jugadores jóvenes y veteranos donde la punta de lanza era un artista de 25 años llamado Leonidas da Silva al que acompañaban, entre otros, el delantero Tim, el centrocampista Brandao o el defensa Procopio. Tal era la necesidad de los brasileros, que su entrenador, Ademir Pimenta, había llevado jugadores distintos para confeccionar dos equipos: uno para jugar al ataque (el blanco) y otro más defensivo y rocoso (el azul).

En los dos tenía cabida Leonidas, un delantero centro preciosista, amante del fútbol espectáculo que en Francia acabaría por convertirse en el primer gran referente del fútbol samba que a partir de este instante sería la seña identidad de la canarinha. De hecho, fue uno de los primeros jugadores de fútbol que quedó en la retina de los aficionados y que adquirió el estatus de estrella.

Leonidas da Silva.

De él decían algunos técnicos, jugadores y aficionados que era rápido como un galgo, ágil como un gato y parecía estar hecho de goma en vez de carne y hueso. Además, era infatigable, siempre buscaba el balón, no tenía miedo, se movía continuamente y nunca se rendía. También destacaba porque disparaba desde cualquier posición y compensaba su poca estatura con una agilidad excepcional, contorsiones increíbles y acrobacias imposibles. De hecho, al diamante negro algunos también le llamaban el hombre de goma.

Además, fue de los primeros en utilizar un recurso que no inventó, pero perfeccionó y popularizó: la chilena. De hecho, cuentan que anotó un tanto de chilena en el Mundial y el árbitro estuvo a punto de anularlo porque no estaba muy seguro de si esa técnica de golpeo de la pelota era legal o no. Pero no adelantemos acontecimientos…

***

A las 5 de la tarde del 5 de junio de 1938 no llovía en Estrasburgo, pero el campo era un auténtico barrizal. Los polacos miraban el terreno de juego y veían en él un aliado y una oportunidad única para apear a los brasileños (los europeos se habían clasificado para el Mundial ganando una eliminatoria previa a Yugoslavia: con un clarísimo 4 a 0 en casa y una derrota por la mínima fuera).

Brasil y Polonia se preparan para un partido épico.

Pero Leonidas no compartía esa opinión y a los 18 minutos adelantó a su equipo con un disparo cercano. Los polacos reaccionaron y empataron de penalti sólo 3 minutos más tarde, pero los brasileños empezaron a jugar el balón y a crear ocasiones claras y anotaron 2 goles más antes del descanso para dejar el partido más que encarrilado. Sin embargo, nadie esperaba encontrarse ante uno de los partidos más bellos de la historia de la Copa del Mundo.

Un tal Ernest Wilimowski pretendió discutirle la supremacía y el protagonismo a Leonidas y anotó 2 tantos preciosos para empatar el partido en apenas un cuarto de hora. Cuando Brasil se recuperó de la sorpresa y del mazazo reaccionó con un gol de Peracio y se echó a dormir. Entonces volvió a aparecer Wilimowski para empatar a 4 en el último minuto del encuentro y mandar el partido a la prórroga.

Leonidas pugna con Szczepaniak para intentar batir a Madejski.

Los 13.500 espectadores que habían desafiado el mal tiempo para presenciar el partido no se podían creer lo que veían y deseaban fervientemente que tamaño espectáculo no terminara nunca. Pero Leonidas no debió pensar lo mismo y nada más comenzar la prórroga decidió solventar la difícil papeleta. 

Ante lo pesado de un campo totalmente embarrado decidió quitarse las botas y jugar descalzo (eso cuentan unos, mientras que otros aseguran que la bota se le escurrió cuando remataba)y el primer balón que cazó dentro del área lo metió para dentro e hizo el 5 a 4 para Brasil. Cuando el árbitro se dio cuenta de que iba descalzo ya era tarde para anular el gol y sólo pudo obligarle a calzarse de nuevo. 

Ya no importaba, porque Leonidas anotaría con botas la sexta diana de su equipo, la que los hacía respirar y casi clasificarse para la siguiente ronda. Aún aparecería una vez más Ernest Wilimowski para meter el miedo en el cuerpo de los cariocas a falta de dos minutos para el final anotando su cuarto gol particular y el quinto de su equipo. ¡Y aún envió el polaco Erwin Nyc un balón al larguero con el tiempo cumplido! Pero la suerte estaba echada: Brasil seguía adelante y Polonia se quedaba en el camino.

***

Leonidas tenía ante sí la oportunidad de consagrarse como el mejor jugador del torneo, el máximo goleador de la competición y, por qué no, ayudar con su clase y sus goles a que Brasil se proclamase por primera vez campeona del mundo. Pero antes los brasileños debían medirse a la peligrosísima Checoslovaquia, una selección rocosa y competitiva que tenía por estrella a su delantero Nejedly, uno de los máximos goleadores del torneo anterior, Italia 1934.

Pimenta formó a su equipo azul y el partido pronto se convirtió en una batalla campal que pasaría a la historia como la Batalla de Burdeos. El brasileño Zeze Procopio se tomó al pie de la letra las consignas de su seleccionador (le había dicho que Nejedly no debía tocar ni un solo balón) y le partió un tobillo a la estrella checoslovaca a los 12 minutos de partido. El checo se mantuvo en el campo (no habían cambios entonces) e incluso marcó el penalti que permitía a su equipo empatar el choque después del tanto del maestro Leonidas. 

Gol de Leonidas ante Checoslovaquia en la Batalla de Burdeos. 

También Planicka acabaría en el hospital con la clavícula rota, aunque acabó el partido. En medio, el colegiado expulsó a dos brasileños y a un checo antes de dar por finiquitado el encuentro y la prórroga con 1 a 1, lo que obligaba a repetir el partido dos días más tarde con numerosas bajas en ambos equipos (entre lesionados y expulsados).

El seleccionador carioca sólo alineó dos jugadores supervivientes de la Batalla de Burdeos en el desempate: el portero Walter y Leonidas, que había maravillado a todos con un regate de su invención que ahora está muy de moda, la bicicleta. Brasil apostó por el equipo blanco, jugó al ataque y ganó. Cómo no, Leonidas hizo el primero de los dos goles que darían el pase a su selección a las semifinales del torneo (2-1). Ahí esperaba la campeona del mundo: la Italia comandada por Pozzo desde el banquillo y por Meazza en el terreno de juego.

Tras el choque ante los checos, el periodista de la prestigiosa revista Paris Match, Raymond Thourmagen, escribió: “Ese hombre de goma, en el suelo o en el aire, posee el don diabólico de controlar el balón y lanza chutes violentos cuando menos se espera. Cuando Leônidas marca un gol, uno cree estar soñando.

***

A esas alturas de campeonato, las cosas estaban muy claras: Italia era la actual campeona del mundo, defendía título y lo hacía en Europa, tras eliminar a los anfitriones, los franceses, mientras que Brasil era la gran favorita del torneo, una selección llamada a hacer historia y conquistar su primer Mundial en continente enemigo. 

Así lo debió pensar el seleccionador brasilero, Ademar Pimenta, quien, ni corto ni perezoso, decidió reservar a Leónidas, Tim y Brandao, sus tres mejores jugadores, para una hipotética final. Una de las versiones dice que Leónidas estaba lesionado y sus compañeros andaban cansados y un poco tocados tras la prórroga ante Polonia y el partido de desempate ante los checoslovacos, pero otra versión habla de la prepotencia de Pimenta, que quiso reservar a sus mejores jugadores para una hipotética final, a la vez que lanzaba el mensaje a los italianos de que no necesitaba a sus figuras para apearlos del torneo. Para completar esta otra versión, un dato real: los brasileños habían reservado sus billetes de avión para volar a París a disputar la final.

Sea como fuere, Italia estaba más que dispuesta a aprovechar los regalos. El astuto Pozzo alineó su once de gala, con Meazza como motor del equipo, Silvio Piola como estilete y la férrea disciplina táctica que ya en aquellos años los caracterizaba. Los transalpinos se hicieron con el mando del partido desde el principio. Controlaron el juego en la primera mitad y, al poco de iniciarse la segunda, un gol de Colaussi abrió el marcador. 

Los campeones italianos fueron un escollo insalvable para Brasil.

Los brasileños no reaccionaron y, diez minutos más tarde, Meazza puso el dos a cero en Marsella. A falta de tres minutos para el final, Brasil anotó de penalti un gol que sólo sirvió para poner un poco de emoción a los minutos finales.

A la postre, el cuadro brasileño tuvo que viajar, pero no a París, sino a Burdeos, donde se mediría a Suecia por el tercer puesto, mientras los italianos marchaban triunfantes a París donde conseguirían ante Hungría su segundo mundial consecutivo.

Allí en Burdeos, y una vez sobrepuesto de la decepción de caer en semifinales, Leónidas decidió que aún no había acabado el Mundial para él y, tras los dos tantos suecos, su compañero Romeu recortó distancias y él mismo se encargó de empatar y poner a Brasil por delante con dos golazos marca de la casa. 

Romeu abrió con su gol el camino de la remontada ante Suecia.

El partido acabó cuatro a dos para Brasil, que acabó tercera, Leónidas se llevó la Bota de Oro por sus siete tantos y el recibimiento de los brasileños a sus jugadores cuando regresaron a casa fue memorable.

Eso sí, la osadía (o la precaución) de Pimenta le costó muy cara a Brasil, que habría de esperar 12 años para jugar su primera final de un Mundial (el que perdería en Maracaná ante Uruguay en 1950) y 20 años más para ganarla. 

Fue en Suecia en 1958, con los jóvenes Pelé y Garrincha de protagonistas... 

Pero eso ya es otra historia.

lunes, 9 de junio de 2008

La vergüenza de Gijón

Austria y Alemania nos ofrecieron uno de los peores momentos, una de las peores imágenes, uno de los espectáculos más bochornosos que se recuerdan en una Copa del Mundo.

Fue en el Mundial de España, en 1982, cuando ambas selecciones compartían el grupo B en la primera fase de la competición junto a Argelia y Chile. Los argelinos sorprendieron a todo el mundo derrotando a los alemanes en el debut (2-1), mientras que los austriacos hicieron los propio con los chilenos (1-0). 

Madjer hizo el primer gol de Argelia ante la todopoderosa Alemania.

Los germanos se presentaron al segundo encuentro ante los sudamericanos con la necesidad imperiosa de ganar, y lo hicieron con facilidad (4-1), mientras sus vecinos austriacos les echaban una mano ganándole a los argelinos por 2 a 0.

El problema vino en el tercer encuentro, el que decidía las dos selecciones que pasarían a la segunda fase. En el 82, no jugaban los equipos implicados a la misma hora, ni siquiera el mismo día, y alemanes y austriacos saltaron al césped del estadio de El Molinón sabiendo que Argelia había vencido por 3 a 2 a Chile. 

Las cuentas estaban muy claras: Austria sumaba 4 puntos, los mismos que Argelia, mientras que Alemania contaba con 2. Una victoria alemana igualaría a todos con 4 puntos y entrarían en juego los goles. El uno a cero para los germanos clasificaba a los dos equipos europeos.

El saludo entre capitanes casi sella el pacto de no agresión.

El partido se acabó a los once minutos, justo el tiempo que tardó el gigantón Hrubesch en poner por delante a Alemania. A partir de ese instante, el meta Schumacher se plantó una gorra blanca en su cabeza atestada de rizos y nadie hizo nada por aproximarse a la portería rival. Los 79 minutos restantes fueron un sonrojante rondo en el centro del campo del que participaron los dos equipos.

Impropio de unos y de otros, antideportivo, vergonzoso, pero sobre todo por parte de los alemanes, quienes siempre habían mostrado un respeto absoluto por este deporte. Y su propia afición también lo entendió así, ya que les abuchearon hasta la saciedad, les pidieron explicaciones en su propio hotel después del partido y, además, no dudaron en tildar el episodio como “la vergüenza de Gijón”.

En el estadio, el público imparcial (los asturianos que se dieron cita en el Molinón) se dejaron las gargantas cantando el “¡Que se besen, que se besen!, los argelinos mostraban billetes al aire y buscaron a los alemanes a la salida del estadio para tirarles huevos, pero eso no cambió la historia: austriacos y alemanes pasaron a la segunda fase. 

La camiseta se la podían haber intercambiado antes de jugar.

Los germanos avanzaron hasta la final, después de ser primeros en su grupo ante españoles e ingleses y de superar a Francia en los penaltis en una de las semifinales más apasionantes que se recuerdan en la historia de la Copa del Mundo. 

La final la perdieron ante Italia por 3 a 1.

En cambio, a los austriacos la farsa les duró bastante menos. El equipo que entrenaba Georg Schmidt y que capitaneaba Krankl cayó ante Francia y empató ante Irlanda del Norte en la segunda fase y hubo de hacer las maletas.

“La vergüenza de Gijón” fue investigada por la FIFA, quien concluyó de modo grotesco que en ese partido se cumplieron estrictamente las reglas del juego y que este organismo no podía entrar en tácticas ni sistemas ni nada de nada. Lo que sí hicieron fue decidir que, a partir de ese instante, todas las últimas jornadas de la fase de grupos se disputarían a la misma hora (además, el ejemplo del 6 a 0 de Argentina a Perú en el mundial del 78 ya les había puesto en sobreaviso, pero ése es otro post).

El caso es que la prensa alemana cargó contra sus propios jugadores y se mostró implacable contra el fraude, contra lo que ellos consideraron un ataque al orgullo de toda la nación alemana: “Traición al juego limpio”, “Fraude legal” o “Pornografía futbolística” fueron algunos de los titulares de los medios germanos.

Pero, sin duda, el mejor titular fue el de un diario gijonés, El Comercio, que, en un alarde de ingenio y originalidad, dio la noticia en las páginas de Sucesos con este titular: “Unas 40.000 personas presuntamente estafadas en el Molinón por 26 súbditos alemanes y austríacos”.

El Comercio de Gijón dio la noticia en las páginas de Sucesos.

Uno de los principales instigadores del amaño fue Jupp Derwall, el seleccionador alemán en aquel momento, quien había tomado las riendas de la selección después del Mundial de Argentina de 1978 y se había coronado campeón de Europa en Italia en 1980. Derwall, fallecido el 28 de junio de 2007, justo tres días después de que en Alemania se recordara con sonrojo el vigésimo-quinto aniversario de “la vergüenza de Gijón”, nunca entendió qué había de malo en lo que sucedió en el Molinón el 25 de junio del 82: “Nosotros queríamos clasificarnos, no jugar al fútbol”. 

Ni los aficionados desplazados hasta España ni los que se quedaron en Alemania viéndolo por televisión eran de esa opinión. Tanto es así, que Derwall emigró a Turquía para entrenar al Galatasaray después de que fuera cesado tras la eliminación de Alemania en la Eurocopa del 84, disputada en Francia.

Ni ser campeón de Europa y subcampeón del Mundo, ni permanecer 23 partidos seguidos ganando le sirvieron para ser considerado como un héroe nacional: “la vergüenza de Gijón” pesó demasiado.

El Correo también calificó el encuentro como un timo.

PD. Estos fueron los protagonistas de aquel fraude perpetrado un ya lejano 25 de junio de 1982 en el estadio de El Molinón (Gijón)

República Federal de Alemania: SCHUMACHER, BRIEGEL, BREITNER, FOERSTER, DREMMLER, LITTBARSKI, HRUBESCH (FISCHER ‘68), RUMMENIGGE (MATTHAEUS ‘66), MAGATH, STIELIKE y KALTZ.
Entrenador: Jupp Derwall

Austria: KONCILIA, KRAUSS, OBERMAYER, DEGEORGI, PEZZEY, HATTENBERGER, SCHACHNER, PROHASKA, KRANKL, HINTERMAIER y WEBER.
Entrenador: Georg Schmidt.

miércoles, 30 de abril de 2008

Garrincha, la alegría del pueblo

El Mundial de Suecia, en 1958, vio cómo Brasil alzaba al cielo su primera Copa del Mundo, contempló la eclosión de un joven de 17 años, un tal Pelé, que marcó un antes y un después en la historia del fútbol, en la historia de los mundiales, pero también asistió atónito a las andanzas del mejor extremo derecho de la historia, Garrincha, la “alegría del pueblo”, nunca bien ponderada su figura y siempre denostado por no ser un jugador al uso, una estrella mediática que diríamos ahora.

Manuel Francisco Dos Santos nació en Pau Grande en 1933. Pronto sus hermanos comenzaron a llamarle Garrincha, un pájaro feo y torpe, pero increíblemente rápido que vive en la Selva de Mato Grosso, en Brasil. 

Y es que Garrincha era zambo (tenía los pies unos 80 grados orientados hacia dentro) y, además, tenía una pierna 6 centímetros más larga que la otra y la columna vertebral torcida a causa de una poliomielitis que sufrió siendo aún un niño. Evidentemente, los médicos le consideraron “no apto” para cualquier tipo de práctica deportiva, pero eso no afectó a Garrincha, fumador empedernido desde los 10 años, para el que el fútbol era una mera "práctica deportiva", sino su auténtica pasión.

Para Garrincha el fútbol era un juego, ese juego maravilloso que le entusiasmaba cuando lo practicaba con sus amigos en la calle. Y siempre fue así, defendiera la camiseta de su Botafogo del alma o la de su país, la de la gran Brasil. 

Cuando Garrincha driblaba, el defensor no podía frenarle. 

De hecho, cuentan que Garrincha siempre llamaba Joao a sus marcadores, porque no le importaba quien le marcara, sino cuánto se iba a divertir él con la pelota cosida y descosida a su veloz pierna derecha. Siempre le decía a sus compañeros: “Hoy me marca Joao, a ver qué pasa”. 

Y siempre pasaba lo mismo, que los mareaba una y otra vez hasta que se cansaba y centraba o chutaba a portería para hacer uno de los 252 goles que anotó con el Botafogo o los 17 que marcó en sesenta partidos con la canarinha. 

Garrincha partía del extremo derecho, amagaba hacia un lado, después hacia el otro, salía disparado como una flecha y se frenaba en seco, pero sólo para volver a salir huyendo hacia otro lugar. 

Así enseñó a reír a los aficionados.

Tan poco en serio se tomaba Garrincha el fútbol, que cuando Brasil jugó (y perdió) la final del Mundial del 50 ante Uruguay en Maracaná prefirió irse de pesca antes de oír el partido por la radio. 

Probó en varios clubes de Río de Janeiro antes de fichar por el Botafogo: el Vasco de Gama lo rechazó por no traerse las botas; del Fluminense fue él quien se marchó antes de terminar la prueba para coger el último tren de vuelta a casa. Y, ya con 19 años, probó en el Botafogo, donde se quedó.

Garrincha luciendo la camiseta del Botafogo.

Cuentan también que Garrincha, después de ganar con Brasil la final del Mundial del 58 ante Suecia, y mientras todo el mundo lloraba en el campo, Garrincha le preguntó a Nilton Santos, su capitán: “¿Qué pasa?”. Y éste le respondió: “Acabamos de ganar la Copa del Mundo”. Entonces Garrincha, medio en broma, medio en serio, pregunta: “¿Y el partido de vuelta cuándo lo jugamos?”.

Pues ese tal Garrincha estuvo a punto de no viajar a Suecia con la selección. Brasil aún estaba sumida en una profunda depresión futbolística a causa del Maracanazo de 1950 y la caída en cuartos de final ante Hungría en 1954 y a Suecia llevó un equipo completo de médicos y psicólogos que hicieron una serie de pruebas a los jugadores. 

El coeficiente mínimo que habían de obtener los seleccionados era de 123, pero Garrincha sólo sumó 38. Entonces apareció el capitán y uno de los mejores defensas brasileños de todos los tiempos, Nilton Santos, quien convenció al seleccionador para que lo llevara al Mundial. Así lo hizo, aunque no se atrevió a poner ni a Garrincha ni a Pelé en los dos primeros partidos de la Copa del Mundo. Hasta que se enfrentaron a la Unión Soviética...

Vicente Feola, que así se llamaba el seleccionador, le tenía un miedo atroz a los soviéticos, pero los compañeros le convencieron para que pusiera en el once inicial a los dos jóvenes: a Pelé y a Garrincha. Entre los dos destrozaron a la Unión Soviética, aunque los dos goles los hizo Vavá. 

Nuestro ya buen amigo por reiteración, Nilton Santos, lo recuerdaba así: “Los soviéticos nos marcaban al hombre, pero, de repente, comenzaron a amontonar gente en la parte izquierda de su defensa. Por allí andaba Garrincha”. Y desde ese momento, "la alegría del pueblo” ya no salió del once brasileño que se proclamó por primera vez campeón del mundo.

Nilton Santos, valedor de Garrincha y Pelé.

Cuatro años después, Aymore Moreira formó prácticamente el mismo equipo para defender su corona en Chile 62. Pero a Pelé lo lesionaron en el segundo partido ante Checoslovaquia y Garrincha fue el auténtico y casi único protagonista de ese Mundial. Aunque, como siempre, puso nervioso a su técnico cuando, minutos antes de jugar la final ante Checoslovaquia (a la que ganó Brasil por 3 a 1), le preguntó: “Maestro, ¿hoy es la final?”, y ante un atónito Aymore Moreira, continuó, "ah, con razón hay tanta gente".

Basten unas palabras de Tostao, compañero de Garrincha en la selección en el Mundial de Inglaterra 66

“Garrincha era el Charles Chaplin de los lanzamientos a puerta. Bailaba y se divertía en el campo y repetía en los grandes estadios del mundo, frente a rivales fuertes, las jugadas que hacía en la infancia, descalzo, brincando, sin reglas y sin profesores (...)".

"Pero Garrincha no sólo era un espectáculo en el campo. También era eficiente. Tenía mucha habilidad y velocidad. Colocaba la pelota, con gracia y con cariño, para que el compañero metiese gol. Así creó muchos artilleros. El defensa sabía que Garrincha iba a regatear hacia la derecha y ni así conseguía anularlo. Tenía una increíble arrancada y mucha agilidad corporal. Con el tiempo, pasó a regatear también hacia el medio y a marcar goles".

"En el Mundial de 1958 fue importantísimo para el título. En 1962 fue increíble. Hizo pases decisivos y marcó goles de todas las maneras. Pelé ha sido el mejor jugador del mundo de todos los tiempos, pero Garrincha ha sido el más espectacular. Maradona y él son los dos mejores jugadores que he visto después de Pelé. Garrincha y Pelé juntos nunca perdieron un partido de la selección brasileña (...)".

"No sabía lo importante que era él para el fútbol. Se volvió alcohólico y sufrió todos los efectos secundarios de la bebida. Falleció como un pajarito, un garrincha (nombre de un pajarito). Parafraseando a João Guimarães Rosa, Garrincha no ha muerto. Sigue encantado, eterno”.

Garrincha en el Mundial de Chile 62.

Y es que Garrincha era tan buen jugador de fútbol como disoluto en su vida privada. Bebedor, fumador empedernido y de vida disoluta, también son innumerables las anécdotas que se cuentan de él. Como que añadía ron a las botellas grandes de coca cola para beber tranquilamente delante de su entrenador en las concentraciones. 

Todos estos excesos los pagaría muy caros (o no, que eso nadie lo sabe), ya que murió en 1983 a causa de una cirrosis.

Además, “el pájaro cantor” se casó tres veces y tuvo catorce hijos reconocidos. Fueron ocho hijas de su primer matrimonio con Nair, a la que abandonó para marcharse con Elsa Soares, una cantante de samba, con quien tuvo un hijo que murió en un accidente de tráfico. Volvió a ser padre de dos hijos más con Iraci, de otro más con Vanderleia y de un decimotercero que fue fruto de una relación durante el Mundial de Suecia en 1958. 

Además, una prueba de ADN probó que el hijo de una tal Rosangela cerraba el listado de su paternidad conocida.

Quizá por esa diferencia en la concepción del fútbol y de la vida, Garrincha y Pelé nunca fueron amigos, sólo compañeros, aunque Brasil nunca perdió un partido con los dos juntos en el campo. 

Y es que Pelé y Garrincha eran dos personalidades opuestas. 

Lo decía Cayetano Ros en un artículo en el País: “No hubo un futbolista más amateur en su espíritu que Garrincha. Ni nadie más profesional que Pelé. Garrincha fue incorregible y se peleó con el establishment. Pelé llegó a ser el establishment”.

De hecho, cuentan que si hablas de Pelé a un viejo brasileño, éste se quita el sombrero por un sentido de inmensa gratitud. Pero si le hablas de Garrincha, el viejo se pone a llorar. Mientras Pelé representa lo que cada brasileño querría ser, Garrincha es el espejo de lo que son.

Garrincha y Pelé. Con los dos en el campo, Brasil jamás perdió.

Manuel Francisco Dos Santos jugó al fútbol desde 1953 hasta 1972. Participó en tres Copas del Mundo (Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66) y ganó las dos primeras. Disputó 60 partidos con Brasil, de los que ganó 52, empató siete y perdió uno: contra Hungría (3-1) en Inglaterra 66. Y marcó 17 goles vestido de amarillo y verde.

Hasta los 29 años no le afectaron nada las patadas ni su propia vida disoluta, pero después de que pasara por el quirófano para operarse los dos meniscos, todo se acabó. Dos agentes bancarios fueron a su casa en Pau Grande y encontraron dinero pudriéndose en los armarios. 

El Botafogo también se aprovechó de él pagándole menos de lo que merecía. 

Y la gente no lo olvida, su gente, pero no habla demasiado de él, del “pájaro cantor”, de “la alegría del pueblo”, del “Charles Chaplin del fútbol”, ése que según el escritor Eduardo Galeano, “murió de su propia muerte: pobre, borracho y solo”.

De hecho, mejor homenaje a Garrincha son las palabras de Galeano que las mías:

Garrincha, un ángel de piernas torcidas, por Eduardo Galeano.

"Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al fútbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegará a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado. Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue mas: él fue el hombre que dio más alegrías en toda la historia del fútbol.

Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada.

¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo. Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo".