"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

jueves, 7 de abril de 2022

Maradona se convirtió en leyenda en México 86

En la segunda mitad de los años 80, en cualquier pueblo o ciudad española, que es la realidad que yo viví, grupos de niños jugaban a la pelota con la puerta de un garaje como portería, pese a las quejas de sus propietarios y de los vecinos. Estaba de moda un juego llamado “Mundialito”, en el que uno de los chavales se ponía de portero y el resto (fueran los que fueran: 14, 18, 9 o 23) jugaban todos contra todos, individualmente, a intentar hacer un gol. 

El que marcaba, descansaba, se sentaba en el bordillo sin interferir en el juego y los demás seguían intentando marcar para ir clasificándose para la siguiente ronda. Cuando sólo quedaban dos en liza, el que marcaba seguía en el juego y el que no había anotado quedaba eliminado. 

Y se incorporaban todos de nuevo a la siguiente ronda. Así, ronda tras ronda, hasta que sólo quedaban dos y se jugaban el eterno “Mundialito” en un uno contra uno mágico, inescrutable y grandioso que emulaba la final de la mismísima Copa del Mundo.

Invariablemente, había que parar la pelota con las manos cuando pasaba un coche e, invariablemente también, valía hacer paredes contra las paredes, contra las ruedas de los coches, contra los bordillos o contra los transeúntes. Había que estar vivo para ir sobreviviendo ronda a ronda, viviendo en el alambre, como en la Copa del Mundo de verdad.

Pues bien, ese “Mundialito” siempre empezaba con una especie de ritual que consistía en escoger equipo y jugador. De hecho, solía haber algún niño que apuntaba con una tiza en el suelo los nombres de las selecciones y los iba tachando a medida que quedaban eliminadas. Y, claro, el primero siempre elegía a Argentina y a Maradona. Siempre, siempre, siempre. 

Maradona en el Mundial de México 86.

Bueno, o casi siempre, porque en todas partes cuecen habas y podía haber entre los niños alguno con el fervor patrio más desatado que se desmarcaba eligiendo a España y a Butragueño, pero vamos, lo normal era que el primero escogiera a Argentina y a Maradona y el resto se quedara con un palmo de narices y optara por Alemania y Rumennigge, Francia y Platini, Brasil y Zico o Sócrates o Italia y Rossi. Pero siempre era por descarte, una especie de segundo plato obligado, nunca por pasión. Los niños españoles de la segunda mitad de los 80 querían jugar como Maradona en el Mundial 86.

Porque la imagen de ese jugador pequeño, gordito, con el pelo rizado y muy negro que se iba quitando ingleses de en medio de un plumazo era icónica y magnética. Incluso la antítesis del remate con la mano ante un portero que le sacaba 20 centímetros generaba entre recelo y admiración entre la muchachada. 

Porque al margen de todas y cada una de las aristas complejas y peliagudas de la figura de Diego Armando Maradona, al margen del personaje que se comió a la persona y de la droga que acabó con los dos, subyace un hecho incuestionable: el Pelusa fue el jugador más admirado del mundo en ese momento, el más estético, el genio de la lámpara maravillosa, el improvisador genial, el jugador portentoso capaz de ganar partidos y campeonatos casi con su sola presencia y, sobre todo, capaz de sorprendernos prácticamente en cada partido con regates, toques, remates, pases o controles sublimes que no imaginábamos que fueran posibles.

Y a Maradona lo catapulta a ese firmamento futbolero que es el imaginario colectivo y la imaginación de los niños cumpliendo su sueño con un balón en los pies su actuación exuberante en el Mundial de México 86. 

Maradona controla y corre en la final del Mundial.

Porque antes Maradona había demostrado que era un jugador especial, un jugador mágico, un jugador capaz de dominar la pelota como nadie, de acelerar con el cuero pegado al pie y ponerlo donde quería y cuando quería. Un futbolista capaz de cambiar la historia de un club humilde como Argentinos Junior y de convertirlo en el segundo equipo de todos los argentinos. Un jugador capaz de convertir a un club “chico” como el Nápoles en campeón de Italia luchando contra los transatlánticos del Norte: la Juventus de Platini, el Milan de los holandeses o el Inter de los alemanes. Todo con una pelota cosida a su pie izquierdo que obedecía sus órdenes sin rechistar. Ni más ni menos.

Pero a ese Maradona tan extraordinariamente bueno jugando al fútbol como disoluto y nocivo fuera de los terrenos de juego le faltaba alcanzar un sueño que había tenido desde niño, cuando jugaba en los potreros de Fiorito, y que no era otro que el Mundial. 

Lo decía ya cuando jugaba con los Cebollitas (las categorías inferiores de Argentinos Junior) y lo entrevistaron en la televisión después de batir el récord de goles y puntos para ganar la Copa Evita, un campeonato pensado para que lo disfrutaran los críos de todo el país: “Mi primer sueño es jugar en el Mundial”. 

Maradona en 1970: 10 años tenía.

No soñaba con ganarlo. 
De momento, sólo con jugarlo.

***

Y estuvo a punto de hacerlo muy pronto, sin cumplir siquiera los 18 años, en el Mundial de 1978 que se celebró en Argentina. Maradona había debutado en Primera División con Argentinos Juniors el 20 de octubre de 1976, a punto de cumplir 16 años, en el segundo tiempo del partido que los enfrentaba a Talleres de Córdoba. Salió al campo y le tiró un caño al capitán de Talleres, Juan Domingo Cabrera. Así, de primeras. 

Un mes más tarde, el de Fiorito anotaba sus dos primeros goles en Primera División ante San Lorenzo. Y apenas tres meses después, debutó con la selección absoluta en un partido amistoso ante Hungría en la Bombonera sustituyendo a Leopoldo Luque.

Tan meteórica y brillante había sido la irrupción de Maradona en el fútbol argentino, que Menotti lo incluyó en la lista preliminar para el Mundial de Argentina de 1978 y estuvo entrenándose con el grupo durante los meses previos a la disputa de la Copa del Mundo.

Pero el 19 de mayo de 1978, doce días antes del partido inaugural, Menotti dio la lista definitiva de los 22 jugadores que disputarían el torneo defendiendo la albiceleste y de ella se caía Maradona, que no podía contener el llanto. 

Dijo el Flaco entonces que Maradona tenía todo el futuro por delante, que iba a ser el líder de la selección en la próxima década y que, visto en perspectiva, no podía poner sobre un joven de 17 años la responsabilidad que suponía jugar ese Mundial en su propio país con las expectativas que se habían generado. Maradona, evidentemente, ni lo entendía ni lo compartía. Ni en ese momento, ni después. Nunca.

Maradona conversa con Menotti en un entrenamiento.

Carlos Ares publicó en El Gráfico la crónica de lo sucedido ese 19 de mayo de 1978:
“Cuando salía del comedor, a eso de las nueve de la noche del viernes, sentí como un ¡snif!, un sonido extraño que alguna vez todos conocimos. Parecido al que suelta un hombre, entre dientes, cuando no quiere llorar y llora. Tres metros a la izquierda de la puerta, desdibujado por las sombras, lo reconocí. Me acerqué sin saber por qué ni para qué, aceptando que no debía. Su carita de pibe quedaba enmarcada entre el cerrado cuello del buzo azul y los sueltos rulos negros…

Le dije ‘che’, le dije, ‘pero vamos’, le dije, ‘no te pongas así…’.

Diego Maradona lloraba con más bronca, sin soltar una sola lágrima. Soportaba con violencia el río crecido de sus ojos y poco a poco fue levantando la vista. Recién entonces, cuando miró, comprendió que estaba hablando pavadas. Que yo era uno de los tantos que desde esa tarde y por unos días le iban a repetir siempre lo mismo. ‘Vamos, no te pongás así, sos un pibe, ¿sabés los Mundiales que vas a jugar vos?, uf, y además vas a ser figura, no es para tanto, el fútbol es así, ahora hay que meterle más que nunca, siempre hay revancha, tenés que superar el momento, a todos les pasó alguna vez’. Consuelos que no sirven, palmadas inútiles. Fue un minuto, no más, hasta que me di cuenta y me fui.

Todo había sucedido antes…

(…) A las once y media, como todas las mañanas, cuando el plantel intentaba la carrera final hasta el chalet y las duchas, Menotti, Poncini, Saporiti y Pizzarotti recorrían los árboles cercanos buscando pelotas perdidas. Fue entonces cuando Menotti dijo:

— Hoy a la noche voy a dar la lista. Primero se van a enterar los jugadores. Antes de empezar el entrenamiento de la tarde me voy a reunir con ellos.

(…) Menotti los llama, se juntan a su alrededor, se sientan, les habla, no hay gestos, tres o cuatro bajan la cabeza.

— Este momento era inevitable, los plazos se acortan y yo tengo que dar la lista de 22. Los que salen son Bravo, Maradona y Bottaniz. Me duele mucho tener que tomar esta decisión y no quiero entrar en detalles. Espero que sepan comprender, pero también acepto que digan lo que quieran. Que Menotti los usó o que no les dio oportunidades. Por eso no voy a cambiar de concepto que tengo de ustedes como hombres y como profesionales.

(…)Volvieron en silencio. Maradona lloró en su pieza, Oviedo se quedó con Bravo hasta que lo convenció para ir a cenar, Bottaniz se sentó en la cama, puso las manos entre la cara y no dijo nada. Una hora después cada uno seguía en su pieza, Maradona quería hablar a su casa para que lo vayan a buscar.

Antes de irme pasé por el comedor porque habíamos quedado con Passarella en que me iba a dar una carta que el equipo le dirigía al país. Rozamos el tema. Me aclaró: — Mirá, es una carta un poco triste porque la escribí hace un rato. Hoy fue el peor día que pasé en los cuatro años que llevo de Selección. Sé que la culpa no es de Menotti ni de nadie, pero estas cosas te matan… (Se emociona, da vuelta la cara)… te juro que ahora quiero ganar más que nunca, por ellos. Te juro…”.

Crónica de Carlos Ares en El Gráfico

Esta crónica describe, probablemente, el peor día en la vida de Diego Armando Maradona hasta ese instante. 

Porque él había soñado con jugar un mundial. 
Y sus compañeros lo jugaron. 

Pero él se quedó fuera de la lista.

***

A año siguiente, Menotti citó a Maradona para que fuera el capitán de Argentina en el Mundial juvenil de 1979 que se disputaría en Japón y comandó él mismo esa selección desde el banquillo. Diego se quitaría parte del dolor del año anterior levantando por primera vez en la historia de Argentina la copa del Mundial Juvenil. 

Maradona levanta la Copa del Mundo juvenil en Japón en 1979.

Maradona volvió de Japón con el trofeo, con el balón de oro al mejor jugador y siendo el segundo máximo goleador con 6 tantos, sólo superado por su compañero Ramón Díaz, al que Bilardo no llevaría después al Mundial de México en 1986 precisamente por no hacer buenas migas con el 10. 

En esa selección juvenil también estaba Juan Barbas, otro de los sacrificados por el Narigón en tierras aztecas. 

Cosas de las listas. 
Que se lo digan al propio Maradona.

***

El caso es que la obsesión por el Mundial la tenía Maradona grabada a fuego y en el de España de 1982 tendría la oportunidad de cumplir, por primera vez, su sueño de disputarlo. A España llegaba Argentina como defensora del título, con Menotti de seleccionador de nuevo, con la base de la selección campeona del 78 aún en su apogeo, con Kempes, Fillol, Ardiles, Bertoni, Luque y Passarella en plena madurez futbolística y la bocanada de aire fresco que representaba gente como Maradona, convertido ya en una estrella mundial a los 21 años y recientemente fichado por el FC Barcelona, o Jorge Valdano, que había acabado de romper como goleador a sus 27 años en el Zaragoza.

Maradona fichó por el FC Barcelona antes del Mundial 82.

Pero las cosas no fueron bien para esa selección que en el avión que les traía a España se enteró de que Argentina estaba empezando a perder una guerra en las islas Malvinas que el gobierno militar les había hecho creer que tenían ganada. El 13 de junio empezó el Mundial y el 14 de junio Argentina se rendía oficialmente en las Malvinas. Cuenta Valdano que Menotti les recomendó que no hicieran manifestaciones públicas al respecto, pero que respetaba que cualquier jugador hiciese lo que creyese más conveniente de acuerdo a su conciencia.

Cuestiones extrafutbolísticas al margen, en el terreno de juego los campeones no lo parecieron en ningún momento. El 13 de junio de 1982, Maradona debutaba en un Mundial en el que a partir de ese instante sería su estadio. El Camp Nou reunió a 90.000 espectadores para ver al campeón y a su nueva estrella ante Bélgica. Y los belgas dieron la campanada con un gol de Erwin Vanderbergh que puso a los argentinos contra las cuerdas desde el principio del torneo.

Los argentinos se clasificaron como segundos tras vencer a Hungría por 4 a 1 y a El Salvador de Mágico González por 2 a 0, pero el traspiés inicial ante los belgas había mandado a los campeones al grupo de cuartos más temible junto a Italia y Brasil. Sólo el mejor de los tres pasaría a semifinales. Y ahí los argentinos no tuvieron nada que hacer.

El primer partido ante Italia fue un suplicio para Diego Armando Maradona, perseguido por Gentile a sol y sombra por cada rincón del césped del estadio de Sarrià

Gentile acabó desesperando a Maradona en Sarrià.

El marcaje del italiano fue de los que se recuerdan y de los que hoy en día sería imposible de realizar porque el defensor no hubiera acabado el partido (¡hasta 23 faltas le hizo!), pero en aquella época ese marcaje era absolutamente normal y la estrella de la albiceleste no supo ni pudo desembarazarse de él. 

El 2 a 1 final dejaba a Argentina a la espera de un milagro que no se produciría, porque el siguiente partido ante Brasil de Tele Santana fue aún peor. Los brasileños marcaron el ritmo del choque en todo momento, vencieron por 3 a 1 y Maradona cerró su participación en el Mundial de España con una autoexpulsión de libro, por dar una patada sin balón a un rival producto de la impotencia. 

Al final, Argentina y Maradona hicieron las maletas mientras que italianos y brasileños se jugaron la clasificación a semifinales en un memorable partido que cayó del lado de una Italia que, a la postre, se proclamaría Campeona del Mundo en el Santiago Bernabéu.

***

El paso de Maradona por el FC Barcelona acabó en desastre y alternó algunas buenas tardes de fútbol con lesiones graves y un estilo de vida desenfrenado y disoluto que acabó con la estrella argentina rumbo a Nápoles, a un equipo pequeño de una pequeña ciudad del sur de Italia con ganas de plantar cara a los gigantes del norte. 

Y en Nápoles Maradona renació como futbolista y se convirtió en un ídolo de masas. Le fue como anillo al dedo al crack argentino recalar en un club modesto, en una ciudad orgullosa, histórica y complicada, que amaba el buen fútbol y que era casi un reflejo del mismo Maradona, criado en Fiorito en un ambiente duro del que salió por la pelota. 

Maradona fichó por el Nápoles en el verano de 1984.
Foto: Archivo Imago Sport.

Allí, a la vez que convertía al Nápoles en una alternativa a los grandes clubes italianos, se preparaba a conciencia para conseguir su sueño: ser campeón del mundo. Bilardo, el nuevo seleccionador argentino, iba a poner la selección en sus manos para conseguirlo y el Pelusa le iba a agradecer la confianza con un Mundial superlativo, al alcance sólo de los elegidos, seguramente el torneo en el que un solo jugador fue más determinante en toda la historia de la Copa del Mundo.

***

Pero Argentina se plantó en México cargada de negatividad y la polémica rodeándola por todas partes. Nadie les daba por favoritos. Ni siquiera sus compatriotas creían posible que la albiceleste de Bilardo pudiera llegar lejos en el torneo después de haberse clasificado por los pelos en las eliminatorias y de haber jugado muy mal casi todos los partidos de la preparación.

Al técnico le afeaban prácticamente todo los periodistas y los aficionados. Primero la forma de jugar. Bilardo jugaba con tres detrás, dos marcando al hombre y un líbero, sin laterales. Y sus jugadores no acababan de entenderle. Ellos querían jugar con cuatro atrás y dos laterales clásicos, con el marcaje en zona. Pero el Narigón ahí no dio su brazo a torcer nunca y siempre dijo que él había ganado siempre jugando así en todos sus equipos y que con Argentina lo volvería a hacer.

Después llegó la lista. Porque el Narigón hizo un equipo a la medida de Maradona y lo rodeó de gente con la que se sintiera cómoda, además de hacer una purga con los jugadores de la selección que eran claramente partidarios del anterior seleccionador, César Luis Menotti. 

A México no fue el Pato Fillol, el portero campeón en el 78 y titulas fijo en todas las Eliminatorias. Tampoco fue Ramón Díaz, delantero del Avellino italiano, ex de River y compañero de ataque de Maradona en el Mundial Juvenil. Tampoco fue Bertoni, ídolo del Mundial 78 y del 82, amigo de Passarella y de Menotti y compañero, que no amigo, de Diego en el Nápoles. Quizá fuera por eso por lo que Bilardo no lo llevó a México.

Al final, los acompañantes de Maradona en el ataque de la albiceleste en el país azteca serían Jorge Valdano, que entonces jugaba en el Real Madrid, y Pedro Pasculli, del Lecce italiano, ex compañero de Maradona en Argentinos Juniors. Y también un tímido y callado atacante de Independiente que respondía al nombre de Burruchaga. 

Burruchaga fue importantísimo para Argentina en el Mundial 86.

El caso es que en esa selección parecían tener más lustre los que se quedaban que los que fueron, pero Diego Armando Maradona los amalgamaría a todos bajo el paraguas de un fútbol excelso para ser campeones del mundo y convertirla en eterna.

Después de una concentración extremadamente convulsa con reuniones constantes e incluido el episodio Passarella, llegó el momento del inicio del torneo. 

Los favoritos eran: 

Brasil, de nuevo con Telé Santana en el banquillo, con algunos de los supervivientes del 82 como Zico y Sócrates y dos jóvenes y buenos delanteros como Casagrande y Careca.

Francia, tercera en España 82 y campeona de Europa en el 84, con Platini en su máximo esplendor y un juego que enamoraba a los espectadores imparciales.

Alemania, finalista en el 82, con Matthaus en plena forma en el centro del campo y la irrupción de Rudy Vöeller arriba para competir minutos de calidad a Klaus Allof y al mítico Rumennigge. 

Inglaterra, dirigida por Bobby Robson y con auténtica dinamita arriba en las botas de Gary Lineker, bien secundando por el genial Chris Woodle en la zona de creación y apuntalados por una buena defensa y el mítico portero Peter Shilton. 

Y, si acaso, Italia, la actual campeona, que era una auténtica incógnita después de no haberse clasificado para la fase final de la Eurocopa, pero que siempre era peligrosa. 

En esa terna no se encontraba Argentina, pese a contar con un jugador determinante y diferente como Diego Armando Maradona.

***

El Mundial de México iba a estrenar cambios respecto a España 82. Aunque lo disputaran 24 selecciones, como el anterior, el sistema sería distinto. Ya no se clasificaban los dos primeros de cada grupo para una liguilla de cuartos de final, sino que después de la fase de grupos las selecciones clasificadas se medirían en eliminatorias directas desde octavos de final hasta la gran final. Justo como se hace ahora.

Los equipos se distribuyeron en 6 grupos de 4 equipos y se clasificarían para octavos de final los 2 primeros de cada grupo y los 4 mejores terceros. Argentina cayó en el grupo A, junto a la campeona Italia, Bulgaria y Corea del Sur. Y el 31 de mayo de 1986 el balón echó a rodar en el estadio Azteca en un partido que Italia y Bulgaria acabaron empatando a 1.

La Argentina de Bilardo y Maradona debutó el lunes 2 de junio ante Corea del Sur, a las doce del mediodía, bajo un sol de justicia, para que los espectadores de todo el mundo pudieran disfrutar del espectáculo en un horario decente mientras los jugadores se achicharraban. Media parte bastó para que Argentina resolviera el choque con un tanto de Ruggeri a los seis minutos y dos más de Valdano. Los pases de los tres goles salieron de las botas de Maradona. Los surcoreanos recortaron distancias a falta de 12 minutos, pero el marcador ya no se movería.

Los surcoreanos intentaron frenar a Maradona a base de patadas.

La prueba de fuego para la albiceleste llegaría en el segundo partido, el que les enfrentaba a los campeones italianos. Y ahí empezó a desbordarse la clase y el talento del 10 argentino. Altobelli había adelantado a los italianos a los seis minutos, pero en el 34 Maradona cazó un centro pasado de Valdano a la espalda de Scirea y lo empalmó con la zurda, al primer bote, con un toque sutil al poste contrario. La pelota parecía que iba fuera, pero Maradona había golpeado con tal efecto la pelota que el meta Giovanni Galli no se podía creer que fuera a entrar. Pero el tanto se convirtió en el empate argentino y el marcador ya no se movería más.

El tercer choque lo solventó la selección de Bilardo por la vía rápida, con dos tantos de Valdano y Burruchaga en cada tiempo para noquear a una combativa Bulgaria. Con ese resultado Argentina acababa primera de grupo y habría de medirse a sus vecinos uruguayos en octavos de final, un auténtico dolor de muelas para la albiceleste. Italia se vería las caras con la Francia de Platini y Bulgaria se mediría a México, la anfitriona.

En la habitación que compartían en la concentración Pasculli y Maradona, ambos hacían como los chiquillos con las tizas que jugaban en la calle al “Mundialito” y tachaban los nombres de las selecciones que iban cayendo en el torneo. 

Fuera Corea del Sur. 
Fuera Irak. 
Fuera Hungría. 
Fuera Canadá. 
Fuera Argelia. 
Fuera Irlanda del Norte. 
Fuera Escocia

Y en un círculo muy grande estaba rodeado el nombre de Uruguay.

***

El 16 de junio, Uruguay y Argentina volvían a disputar el clásico del Río de la Plata en un Mundial 56 años después, ya que no se habían enfrentado en esta competición desde la final de Montevideo en 1930

Argentina dominó en la primera parte con chispazos del Pelusa en un partido áspero, tenso, feo y de pierna dura. Las ocasiones de Valdano y de Ruggeri a balón parado no acabaron en gol, pero Pasculli desequilibró el choque con un tanto al filo del descanso que levantó el partido. 

Pasculli hizo el gol de la victoria argentina ante la Garra Charrúa.

En la segunda parte Uruguay buscó el empate con empuje y coraje, pero los argentinos empezaron a encontrarse cómodos a la contra y la sociedad Maradona-Valdano por un lado y Burruchaga-Pasculli por el otro llevaron de cabeza a los celestes durante toda la segunda parte. Pero entonces entró Rubén Paz desde el banquillo y cambió la decoración.

Uruguay se acercó por primera vez con peligro a la meta de Pumpido y Argentina tuvo que apretar los dientes para resistir. Al final, el marcador no se movería y la albiceleste se metería en cuartos de final. Allí esperaba la Pérfida Albión, la Inglaterra de Lineker. Pero, aunque aún no lo sabían, los argentinos acababan de superar el escollo más difícil para levantar la Copa del Mundo.

Y por el camino ya empezaban a caerse selecciones importantes. 

La Unión Soviética, que había hecho una primera fase excelente con un gran Belanov, se despedía de la competición en un partido trepidante ante la sorprendente Bélgica que acabó dos a dos en el tiempo reglamentario y que los belgas resolvieron por 4 a 3 en la prórroga. 

También se fue a casa Italia tras perder ante Francia por 2 a 0. 

Y Dinamarca, que había liderado su grupo por delante de la mismísma Alemania y que le había metido 6 tantos a Uruguay, pero que recibió 5 de España y tuvo que hacer las maletas. 

Alemania sufrió de lo lindo para eliminar a Marruecos, Brasil se deshizo con facilidad de Paraguay y México se cargó a Bulgaria. 

Los cuartos de final estaban servidos: España-Bélgica; Brasil-Francia; México-Alemania y Argentina-Inglaterra.

***

Y ese partido de cuartos ante Inglaterra condensa toda la esencia de Diego Armando Maradona. Primero con la exageración previa al choque y durante los himnos, culpando a los jugadores ingleses de la Guerra de las Malvinas y convirtiendo el partido en una especie de revancha para motivar más a los suyos y a su hinchada. 

Después, ese gol con la mano, “La Mano de Dios”, saltando ante Shilton con un brazo extendido que nace de la cabeza, palmea la pelota y luego se recoge. La exultación, la mirada entre atónita e incrédula a todos los lados y la celebración, como constatando que así nadie le podría quitar un gol que era a todas luces ilegal. La picardía del fútbol del potrero ante millones de espectadores de todo el mundo.

La Mano de Dios

Si el partido se hubiera acabado ahí, Maradona no habría sido Maradona, sino un impostor, que también lo fue, un jugador que había eliminado a su eterno enemigo con mañas, pero sin gloria, adorado entre los suyos y odiado por el resto del mundo. 

Pero entonces el genio agitó la lámpara, como para que olvidáramos todos lo que había hecho justo antes, y recibió un balón en el centro del campo para ir sorteando ingleses en una carrera frenética de sesenta metros con la pelota cosida al pie, para definir ante Shilton con la naturalidad con la que un chiquillo marca un gol en el “Mundialito” ante la oposición de seis o siete rivales que van a por él. Y el mundo se paró y se restregó los ojos para comprobar que era cierto, que ese gol que acababan de ver realmente había existido.

Poned la voz de Hugo Morales y escuchad la narración más famosa de la Copa del Mundo:

“Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos. Pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Y deja el tendal y va a tocar para Burruchaga... (ahí Maradona no se la da a Burruchaga y se regatea hasta al locutor) ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ¡¡Ta-ta-ta-ta-ta!! ¡¡Goool!! ¡¡ Goool!! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! (Ya llorando) Es para llorar, perdónenme... Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 - Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol! ¡Diego Armando Maradona! Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2-Inglaterra 0”.

Eso es el fútbol. 
La esencia del fútbol. 
La pureza del fútbol. 

El Gol del Siglo.

Con los compañeros acompañando y escoltando al genio por si en algún momento necesita apoyarse en alguien. Testigos mudos de una acción increíble que puede pasar muchas veces en cualquier descampado, en una cancha cualquiera, e incluso en algún partido amistoso u oficial, pero rara vez en un mundial, nunca en los cuartos de final de un mundial. Ése es el Maradona que todo el mundo recordará.

Pero, increíblemente, Bilardo no celebró ese tanto de Maradona como toda Argentina o como todos los amantes del buen fútbol. El Doctor estaba mirando hacia atrás para comprobar cómo estaban parados sus jugadores por si sacaban rápido de centro los ingleses y se comían un contraataque. 

Así es Bilardo.

***

El caso es que después de ese partido, la semifinal se convirtió en un mero trámite. Porque los belgas asistieron al espectáculo de un Maradona desatado que se exhibió. Aunque en la primera parte los europeos dieron algún pequeño susto, pero a Argentina ya se le había puesto cara de campeón. 

Al poco de comenzar la segunda mitad, Burruchaga empezó un ataque por la derecha con el balón pegado al pie, vio cómo Maradona aparecía haciendo una diagonal perseguido por dos belgas. Aún así, metió la pelota con el exterior al centro del área, siguiendo la trayectoria del Pelusa, que llegó antes que sus marcadores y metió la punta de la bota para levantar el balón ante Pfaff, el mejor portero del campeonato que sólo podía ver cómo el esférico se abría paso en el aire hasta el fondo de las mallas. Uno a cero.

Bélgica sucumbió ante un Diego Armando Maradona imparable.

Pero, no contento con eso, 11 minutos después, Diego, convertido ya en un héroe con botas, se inventó un golazo que si no existiera el segundo ante Inglaterra sería el mejor gol de Maradona en los mundiales. 

Enrique tenía la pelota controlada en el centro del campo, se la dejó a Maradona y aceleró, tirándole un desmarque y esperando la pared, pero el astro levantó la cabeza y encaró con el balón pegado al pie a toda la defensa belga, esquivó a cuatro contrarios mientras Enrique y Valdano se iban apartando de su trayectoria y batió de nuevo a Paff con un disparo certero, lleno de clase, que el cancerbero no pudo detener. 

Dos a cero y a la final ante Alemania.


Once de Argentina en la final del Mundial 86 contra Alemania.

***

Y esa final también tuvo su parte épica, aunque esa parte le correspondió a Alemania, y la anuló Maradona con un toque que destrozó todo el entramado defensivo germano para dejar a Burruchaga solo ante el portero. 

Pero antes de eso, el Tata Brown, el gladiador de Bilardo que sustituyó a Passarella en la selección, había adelantado a la albiceleste con un testarazo certero y preciso tras el saque de una falta a la que Schumacher respondió con una media salida que lo dejó a los pies de los caballos. 

El Tata Brown celebra el primer gol de Argentina en la final.

Justicia poética también para la clase trabajadora, para un peón incansable que hizo un Mundial fantástico secando a todo aquel que se le puso por delante y que lo redondeó con el gol de su vida. Un gol que pasó a la historia del fútbol argentino.

Como el siguiente. Porque al poco de iniciarse la segunda mitad, Jorge Valdano anotó el segundo tanto en un mano a mano ante Schumacher que dejaba la final sentenciada. O eso parecía, porque con Alemania enfrente no hay nada dicho hasta que el partido no se acaba y en el Azteca se volvió a demostrar. 

Jorge Valdano celebra el segundo tanto de Argentina en la final.

Rumennigge recortó distancias en el minuto 74 en un córner en el que los alemanes remataron dos veces y Völler anotó un empate que parecía imposible a falta de nueve minutos para el final, en otro córner mal defendido en el que los germanos volvieron a rematar dos veces. 

El fútbol tiene esas cosas. La Argentina de Bilardo, que se presentó en México queriendo y buscando ser precavida y cauta, se había desatado durante el campeonato practicando un fútbol ofensivo y alegre y podía perder la final por no ser ese equipo férreo y atento atrás que tanto había luchado el Narigón por construir.

Pero, claro, la albiceleste tenía a Maradona, quien, dos minutos después de la remontada alemana, se inventó un pase genial con la izquierda, a un toque, a un genial Burruchaga que había iniciado la carrera y al que dejó solo con metros por delante y perseguido por dos defensas. 

Burruchaga definió a la perfección ante Schumacher.

El atacante argentino condujo la pelota con la izquierda, señorial la zancada, vertical y elegante, y definió con la pierna derecha ante Schumacher para hacer justicia y dar la Copa del Mundo a Argentina. La Copa del Mundo que encumbró a Maradona a la categoría de leyenda del fútbol. Una categoría que sólo se obtiene cuando los niños en la calle se piden ser tú jugando a la pelota con la certeza que han escogido al único capaz de hacer milagros.

Maradona levanta la Copa del Mundo de 1986.

***

Por cierto, cuentan que Bilardo no celebró el título y que recogió su medalla de campeón enfadado, enfurruñado y traspuesto, sin prestar atención al momento glorioso que estaban viviendo sus futbolistas y una nación entera. 

Y es que andaba el Narigón que se lo comían los demonios por dentro porque no podía entender cómo le habían hecho dos goles en dos saques de esquina rematándoles dos veces en cada uno y en el área chica. 

¡¡Pero si lo habían ensayado y practicado y mil veces!!! Si le hubieran dejado, hubiera anulado la entrega de la Copa del Mundo y de las medallas y los hubiera puesto a todos a defender saques de esquina una semana entera. 

Lo expresa el Doctor mejor que yo, faltaría más. 

Carlos Salvador Bilardo en el Mundial 86.

Ahí van sus palabras exactas: "No, no festejé el Mundial 86. Era una cosa de locos. Dos goles de córner nos hicieron. ¿Cómo voy a festejar? No tengo medallas. No tengo fotos con la Copa del Mundo.  Como jugador, desde 1968 practicaba la pelota parada. Y me dolió que te hagan un gol así después de tantos años entrenando y mirando vídeos. Por eso no tengo medalla. Me la saqué. Estaba mal".

Así es Bilardo.

martes, 5 de abril de 2022

Uruguay 1930 (4). La final: La Batalla del Río de la Plata

Dicen las crónicas que más de 20.000 aficionados ar­gentinos intentaron cruzar en todo tipo de embarcaciones el Río de la Plata el 30 de julio de 1930 para presenciar la final del primer Campeonato del Mundo. Querían apoyar a su equipo después de todo lo que habían padecido durante la competición (en los diarios argentinos se podía leer que los seguidores uruguayos no dejaban dormir a los albicelestes por las noches o que iban a silbarles e insultarles en todos los entrenamientos). 

Todos esos aficionados argentinos que intentaron desplazarse fueron registrados escrupulosamente en la frontera para que no entraran armas al país. Se trataba también de una medida disuasoria que dilataría su llegada y, con suerte, no llegarían a tiempo a la final y se volverían para casa. Parece ser que, aún así, unos 15.000 argentinos estuvieron presentes en el estadio Centenario. Y así, en medio de este ambiente, se presentaba al mundo la primera final de la historia de un Mundial de fútbol.

El público llenó el recién inaugurado Centenario para presenciar la final del Mundial de 1930.

El estadio Centenario estaba lleno hasta la bandera (la FIFA habla de 90.000 espectadores) y Uru­guay salió al campo dispuesta a demostrar por qué era doble campeona olímpica. Cuando Dorado anotó el uno a cero de tiro cruzado, el estadio estalló, después de un inicio arrollador de los charrúas. Pero los argentinos no se acogotaron en ningún momento pese al ambiente en el estadio. El sensacional Peucelle empató el choque a los 20 minutos y eso dio mucha tranquilidad a los visitantes y llenó de nervios a los locales y a su propia hinchada.

Poco a poco, Argentina empezó a dominar el partido, a desactivar a los charrúas y a llegar con peligro a la portería defendida por Ballestreros. Aunque sería en una gran contra cuando dejarían helado a un país entero. El Manco Castro había estrellado el balón en la cruceta argentina casi con violencia, pero el rebote le llegó a Monti, que le metió un pase preciso a Stábile que el capitán uruguayo Nasezzi no logró interceptar (aunque levantó la mano reclamando un fuera de juego que el árbitro no concedió). El ariete argentino, máximo goleador del torneo, fusiló al meta local para marcar el 1 a 2. Corría el minuto 37 y a Uruguay entera se le cortó la respiración.

Guillermo Stábile, máximo goleador del Mundial de 1930.

La primera parte acabó con una trifulca monumental camino de los vestuarios. Las reclamaciones uruguayas en el gol argentino seguían y entre los contendientes saltaban chispas. La batalla del Río de la Plata era una auténtica realidad.

Pero cuando los dos equipos volvieron al terreno de juego en la segunda parte algo había cambiado. El paso por los vestuarios le vino bien a los charrúas y, especialmente, a dos de los jugadores con más personalidad que se hicieron cargo de la situación: el capitán Nassazi y el Negro Andrade, que habían ido uno por uno mirando a los ojos de sus compañeros y recordándoles qué significaba aquel partido para todos ellos.

La intensidad uruguaya y la fuerza desplegada (unidas a los ánimos desde la grada) hizo que los argentinos retrocedieran poco a poco y ya sólo metían miedo con los escasos balones que tocaban Peucelle o Stábile.
 
Pronto, en el minuto doce de la segunda parte, Pedro Cea, el empatador olímpico, volvió a hacerlo (empatar, se entiende) y equilibró las fuerzas anotando el dos a dos. El veterano extremo charrúa, que ya había sido esencial en los oros olímpicos de Amberes y Ámsterdam, culminó una trayectoria espectacular con su quinto tanto en el torneo que sirvió para empezar a ganar la final, porque, a esas alturas del partido, los argentinos casi habían claudicado ante el empuje charrúa.

El Centenario gritaba y animaba a los suyos, mientras los argentinos ya iban claramente perdiendo gas. Y el estadio entero volvió a estallar en el minuto 23 de la segunda mitad, cuando el extremo Santos Iriarte enganchaba un disparo muy potente desde unos treinta metros para batir de nuevo a un sorprendido Botasso y llevar al delirio a todo un país.

Ahora tocaba defender el 3 a 2 con uñas y dientes, pero lo cierto es que los uruguayos no sufrieron en exceso con las embestidas argentinas, replegaron y contragolpearon con peligro y, al final, el Manco Crespo acabó firmando el 4 a 2 definitivo de cabeza tras un centro perfecto de Dorado.

Así fue como la primera Copa del Mundo se quedó en Uruguay, que volvió a demostrar que era la mejor selección del mundo. En seis años podía presumir de haber ganado dos oros olímpicos y el primer mundial de la historia. ¡Casi nada!

La selección de Uruguay que se proclamó Campeona del Mundo en 1930.

Los charrúas cerraron con este partido una época gloriosa y les tocó esperar 20 años para conseguir otra gesta más grande aún en Maracaná, ante la mismísima Brasil. Argentina, en cambio, habría de esperar un poco más, concretamente 48 años, ya que no volvería a jugar otra final de la Copa del Mundo hasta el Mundial de 1978. Allí el resultado sería muy diferente, pero eso ya es otra historia.

Uruguay 1930 (3). Semifinales con aroma criollo

Argentina acaba con el sueño americano en Uruguay 1930
La semifinal que iba a enfrentar a Estados Unidos y Argentina en el mundial de Uruguay de 1930 se calentó muy pronto. Todo empezó con las declaraciones del capitán de Chile, Guillermo Subiabre, que, después de perder por 3 a 1 ante la albiceleste, declaró que los norteamericanos ganarían a los porteños por su condición física y por la falta de defensa de los argentinos. Sus palabras pronto las secundaron algunos medios de comunicación y la guerra entre dos escuelas y dos estilos futbolísticos distintos estaba servida.

De hecho, La Prensa, un diario liberal conservador de Argentina, después de la clara victoria de Estados Unidos ante Paraguay (3 a 0) definía a los norteamericanos como un equipo de atletas que se dedicaban a jugar al futbol y se preguntaba su serían así los jugadores de fútbol del futuro (¿A qué este debate suena mucho? Pues ya se debatía en julio de 1930).

Parece ser que tantas muestras de admiración acabaron calando en un combinado estadounidense que llegó a creerse que podía vencer con facilidad a los subcampeones olímpicos y el propio W. Cummings, asistente del seleccionador, que cuando llegó a Uruguay había manifestado que venían al torneo a aprender de sus hermanos sudamericanos, proclamó después del sorteo de semifinales que ganarían a los argentinos.

Argentina y EEUU se enfrentan en las semifinales del torneo.

El caso es que, entre unos y otros, consiguieron picar a las dos selecciones del Río de la Plata. Los diarios uruguayos, pese a la demostrada animadversión hacia los argentinos, hablaban de lucha de estilos, el preciosista contra el físico, el de las genialidades y la versatilidad contra la rigidez táctica y apostaban por la albiceleste que, a fin de cuentas, jugaban como ellos. Mientras, los diarios argentinos titularon la previa de la semifinal con un categórico: “¡Vamos a ver quién gana!”. Al final, el partido generó tanta expectación que el ejército uruguayo se desplegó por el estadio Centenario en previsión de problemas de seguridad.

Al final hubo más publicidad que partido, ya que sobre el terreno de juego los argentinos se comieron a los norteamericanos, aunque no fue tan sumamente fácil como indica el 6 a 1 final.

Los 72.000 espectadores que se congregaron en el Centenario tardaron 20 minutos en ver el primer gol argentino, convertido por el medio defensivo Luis Monti, que fue el que se encargó de desactivar los intentos de ofensiva norteamericana durante todo el encuentro. En la segunda parte, los yanquis pagaron el esfuerzo de correr y correr detrás de la pelota y los argentinos fueron marcando un gol tras otro hasta completar la media docena (dos de Stábile, otro dos de Peucelle y otro de Scopelli). Jim Brown anotaría el del honor en el minuto 89.

Argentina, tal como pasó dos años antes en la Olimpíadas de Ámsterdam, se enfrentaría con Uruguay en la gran final, con ganas de revancha y con ansia por convertirse en la primera selección campeona del mundo de fútbol. Los norteamericanos, en cambio, se marcharon orgullosos para casa y ya podían estarlo porque, aunque ellos no lo sabían entonces, acababan de conseguir la mejor clasificación de una selección de Estados Unidos en toda la historia de los Mundiales.

Uruguay se cita con Argentina para dirimir el primer campeón del Mundo
80.000 espectadores poblaron las gradas del estadio Centenario el 27 de julio de 1930. Estaba en juego la clasificación de Uruguay para la final del primer Mundial de fútbol. Una final donde ya esperaba el eterno enemigo, Argentina, que había apalizado a los Estados Unidos en ese mismo escenario el día anterior. Ante los uruguayos se plantó la competitiva selección de Yugoslavia, que representaba a la perfección el estilo de juego de la Europa central, un equipo sin nada que perder y con ganas de dar la sorpresa.

La selección yugoslava que se enfrentó a Uruguay en las semifinales del Mundial de 1930.

De hecho, el partido empezó muy mal para los anfitriones, ya que a los 4 minutos, el yugoslavo Vujadonovic aprovechó un rebote para adelantar a su equipo. Y en plena crisis de juego charrúa, los yugoslavos volvieron a marcar cinco minutos más tarde, pero el árbitro brasileño Almeida Rego anuló el tanto y los balcánicos se descentraron. Empezaron a protestar enérgicamente y se fueron poco a poco del partido mientras Uruguay respiraba e iba encerrando poco a poco a los yugoslavos en su área con su juego vertiginoso, rápido y combinativo.

A los 18 minutos, el mítico Pedro Cea, el Vasco, empataba la semifinal (le llamaban el “empatador olímpico” porque suyos fueron los tantos que empataron partidos complicados en los dos juegos olímpicos que después Uruguay acabó remontando para ganar) y un suspiro de alivio recorría las gradas del Centenario que se transformaría en un estallido de alegría dos minutos más tarde cuando Anselmo marcaba el 2 a 1 y ponía por delante a los anfitriones. El mismo Anselmo volvería a marcar 11 minutos más tarde para allanar del todo el camino de los charrúas hacia la gran final.

La segunda parte fue un mero trámite. Los yugoslavos se quejaban amargamente en cada jugada y los uruguayos cada vez creaban más peligro. Iriarte hizo el cuarto y el Vasco Cea anotó dos goles más para cerrar la cuenta con el 6 a 1 final.

Demasiado castigo para una Yugoslavia valiente que no superó nunca el que siempre ha considerado un arbitraje indecente. De hecho, los yugoslavos se negaron a jugar el partido por el tercer y cuarto puesto ante Estados Unidos y cerraron con la semifinal su participación en el primer mundial de la historia. A los uruguayos, en cambio, aún les quedaba por disputar La Batalla del Río de la Plata.

Uruguay 1930 (2). La apasionante fase de grupos del primer Mundial de la Historia

El camino hacia la primera Copa del Mundo que abrió la FIFA en su reunión en Barcelona en 1929 no fue nada fácil. De hecho, las buenas intenciones de las federaciones que habían firmado la creación del campeonato se quedaron en agua de borrajas a medida que se acercaba la fecha prevista para el Mundial de Uruguay.

La Federación Inglesa (y el resto de federaciones británicas) había sido taxativa en su negativa desde el principio. No formaba parte de la FIFA y, por supuesto, ni siquiera había acudido a la reunión de Barcelona. Pero tampoco Italia, ni Alemania, ni España, ni Austria, ni Hungría, ni Checoslovaquia, ni los Países Bajos ni Suecia tuvieron en ningún momento la intención de participar en un evento que se celebraría en la otra punta del mundo y que nadie sabía a ciencia cierta cómo acabaría. Pese a haberse manifestado a favor en 1929.

De hecho, Italia y los países de Europa Central siempre habían apostado, más que por una Copa del Mundo propiamente dicha, por una serie de torneos de Confederaciones donde, al final, pudieran enfrentarse los campeones para dilucidar quién sería el Campeón del Mundo. Y eso como mucho, ya que realmente querían potenciar una Copa de Europa de selecciones. Aunque habían votado sí al Mundial en la reunión de Barcelona, no estaban dispuestos a participar en un torneo de esas características, y menos en Uruguay.

Ni siquiera Francia, la Francia del presidente de la FIFA Jules Rimet, parecía dispuesta a formar un equipo para competir Montevideo y afrontar ni los gastos de un viaje largo de ida y vuelta ni las dificultades que iban a poner los clubes para dejar viajar a sus futbolistas. Fue realmente la Federación Uruguaya y la Confederación Sudamericana quienes pusieron toda la carne en el asador y quienes presionaron decididamente a la Federación Francesa (y también directamente al Estado Francés), que acabó por formar una selección a toda prisa y la embarcó hacia la capital uruguaya. Bélgica, Rumanía y Yugoslavia también se embarcaron. Ni una selección europea más respondió afirmativamente a la invitación uruguaya y de la FIFA.

Al final tan sólo 13 equipos participaron en esta primera edición de la Copa del Mundo. No hubo fase de clasificación, ya que todas las selecciones fueron invitadas. Y el sistema de competición era claro como el agua: las 13 participantes se dividieron en 4 grupos (uno de cuatro equipos y tres de tres) y las primeras de cada grupo pasarían a disputar las semifinales. Las selecciones vencedoras jugarían la final el 30 de julio de 1930 en el flamante y recién construido estadio Centenario.

Argentina presenta su candidatura en el grupo 1
Argentina era una de las favoritas. Sub­campeona olímpica en 1928 en Ámster­dam, mantenía la base de jugadores del equipo olímpico y buscaba la revancha de la final perdida contra sus vecinos uruguayos. Pero primero tendría que superar a sus rivales del grupo 1, donde había quedado encuadrada junto a Francia, México y Chile, el grupo de 4 equipos.

El 13 de julio de 1930, Francia y México abrieron el grupo y el Mundial en Pocitos, compartiendo protagonismo con Estados Unidos y Bélgica, que, a la misma hora, inauguraron el grupo 4 en el Gran Parque Central. Pero fue el jugador del Sochaux Lucien Laurent quien tuvo el honor de ser el primer goleador en una Copa del Mundo. Marcó el 1 a 0 para Francia a los 13 minutos de partido. Laurent aún no lo sabía, pero su nombre acababa de pasar a formar parte de la gran historia del fútbol. Los franceses ganaron el partido por 4 a 1, pero no tuvieron prácticamente tiempo para celebrarlo, porque tres días después habrían de jugar contra la selección Argentina.

Y la albiceleste sufrió de lo lindo para superar a los franceses. Ganaron 1 a 0 con un solitario tanto del centrocampista Luis Monti, que desniveló el marcador a nueve minutos del final.

Francia resiste como puede las embestidas argentinas en Pocitos.

Chile, por su parte, también venció a México con comodidad (3 a 0) e hizo lo propio ante unos franceses extenuados después del largo viaje a tierras sudamericanas y el esfuerzo de los dos partidos anteriores.

Argentina le ganó a México por 6 a 3 y se jugaría el liderato del grupo y el pase a las semifinales del torneo en el encuentro ante Chile que cerraba el grupo. El peligro chileno tenía un nombre, el del Chato Suliabre, estrella del Colo-Colo y de la selección, que había marcado 3 de los 4 goles que habían anotado los andinos en los dos partidos anteriores. Y el peligro argentino se llamaba Stábile, el delantero de Huracán que se convertiría en el primer máximo goleador de la historia de los mundiales con 8 dianas en solo 4 partidos.

Los dos cumplieron con nota. Stàbile abrió la veda con dos golazos en apenas dos minutos y Suliabre recortaría distancias poco después. Pero no serviría de nada. Mario Evaristo anotaría el 3 a 1 al poco de comenzar la segunda parte para certificar así el pase de la albiceleste a las semifinales. Allí esperaba la sorprendente selección de los Estados Unidos, dispuesta a dar guerra.

Yugoslavia gana el grupo 2 y se planta en semifinales
Yugoslavia fue una de las 4 selecciones que aceptaron la invitación de la FIFA para disputar el Mundial de Uruguay. Al contrario que la mayoría de las selecciones europeas, los yugoslavos no tuvieron ningún problema en asistir al Mundial. Se subieron a un barco de correos de nombre Florida y tras dos semanas de travesía llegaron a la capital uruguaya el 5 de julio, justo a tiempo para empezar el campeonato.

El primer partido del grupo 2 decidiría, casi con total seguridad, qué selección pasaría a las semifinales, ya que se enfrentaban yugoslavos y brasileños, mientras que Bolivia permanecía a la espera. 

Brasil y Yugoslavia se enfrentan en Montevideo en 1930.

A Brasil la entrenaba Píndaro de Carvalho Rodrigues y su estrella era Joao Coelho Neto, Preginho, un fantástico jugador que marcó una época en el Fluminense. Pero cuando dio comienzo el choque, los que dominaron fueron los europeos: Tirnanic y Bek anotaron los goles balcánicos en el primer tiempo, aunque el gran Preginho dio esperanzas a los suyos marcando el primer gol brasileño en la historia de los mundiales a falta de media hora para finalizar el encuentro. Pero el marcador ya no se movería gracias a la solvencia defensiva yugoslava.

Bolivia se presentó en el mundial y se hizo una foto para la historia. Cada jugador llevaba una letra pegada en su camiseta para conformar el mensaje de “Viva Uruguay”, con la clara y simpática intención de ganarse el favor del público local. Perdió sus dos partidos por 4 a 0, pero la impresión general que causaron fue bastante buena.

Selección de Bolivia en el Mundial de Uruguay de 1930.

De todas formas, lo mejor de la selección boliviana fue su seleccionador, Ulises Saucedo, que no contento con su función de entrenador, també arbitró algunos partidos durante el torneo. Concretamente, fue el árbitro principal del partido del grupo 1 entre Argentina y México y juez de línea en 5 partidos más: Argentina-Francia, Uruguay-Rumanía, Argentina-Chile, la semifinal entre Uruguay y Yugoslavia y la final entre Argentina y Uruguay. ¡Menudo crack!

Uruguay, primera del grupo 3 con sufrimiento
Venía Rumanía con su rey Carol II a la cabeza dispuesta a hacer historia en la primera Copa del Mundo. Pero cuando el sorteo los emparejó con los campeones olímpicos en el grupo 3, el monarca y seleccionador empezó a pensar que quizá el viaje iba a durar poco. 

El caso es que los rumanos cumplieron en su debut con una victoria por la mínima ante Perú (2-1) y alegraron la cara cuando vieron el discreto debut de los anfitriones, también ante Perú. De todas formas, a la hora de la verdad, los uruguayos sacaron todo su potencial y enviaron a los rumanos para casa.

Rumanía se estrenó en el Mundial con una victoria ante Perú.

Los anfitriones las pasaron canutas en su debut. Empezaron el campeonato con 3 días de retraso por culpa de la demora en las obras de construcción del estadio del Centenario, donde los charrúas habían de disputar todos sus partidos. Y lo hicieron contra una selección peruana que venía de perder claramente ante los rumanos. Pero los nervios del debut les jugaron una mala pasada y el partido se les complicó muchísimo. Hasta el minuto 69 hubieron de esperar los doble campeones olímpicos para marcar el gol del triunfo. Lo hizo el Manco Castro, héroe al final de un partido que podía haber acabado en drama.

Después de esta primera victoria, los charrúas, ya mucho más sueltos, se deshicieron sin problemas de los rumanos, a quienes batieron por 4 a cero en el último y decisivo encuentro del grupo. Además, marcaron todos los goles en la primera parte, por lo que se permitieron el lujo de sestear un poco en la segunda mitas, sin arriesgar demasiado para afrontar mejor el duelo de semifinales ante Yugoslavia.

Los Estados Unidos sorprenden en el grupo 4
Aunque parezca extraño, los organizadores de la Copa del Mundo decidieron que Estados Unidos sería cabeza de serie en el sorteo de la fase de grupos de la Copa del Mundo. La decisión podría parecernos hoy controvertida, pero no lo era en absoluto, ya que faltaban casi todas las principales potencias europeas (las selecciones británicas, Italia, Alemania, España, Austria, Hungría o Checoslovaquia) y, además, la American Soccer League, de donde provenían los jugadores del equipo norteamericano, se había convertido en una competición muy atractiva porque estaba muy profesionalizada en la época y se pagaba bien a los jugadores.

Así que los norteamericanos se presentaron en Uruguay con una selección muy correcta repleta de jugadores procedentes de la Europa anglosajona. En definitiva, aquel equipo no dejaba de ser una representación encubierta de Gran Bretaña. El seleccionador, Bob Miller, era escocés de nacimiento y entre sus titulares habituales había seis jugadores nacidos en las Islas Británicas. De todas formas, si algo caracterizaba a aquel equipo era su potencia física, que era tan grande que los franceses no habían dudado en apodarlos “los lanzadores de peso”.

La selección de EEUU en el Mundial de Uruguay de 1930.

El caso es que los yanquis sorprendieron a todos con dos victorias muy claras por 3 a 0 ante Paraguay y Bélgica y había quien decía que estaban más que capacitados para plantarle cara a Argentina en las semifinales. Pero eso será otra historia.

El delantero de referencia de la selección norteamericana era el joven de 20 años Bert Patenaude, un jugador que se había ganado un puesto en el once después de que el mejor delantero yanqui del momento, Archie Stark, renunciara a disputar el mundial. A sus 32 años ya tenía decidido dejar el fútbol y montarse un negocio para sobrevivir. Así que el joven Patenaude, que jugaba en el Fall River Marksmen de Massachussets, sorprendió a propios y extraños con una capacidad goleadora extraordinaria que empezó con el tercer gol ante los belgas y los tres que su selección le endosó a Paraguay, por lo que se convirtió en el primer futbolista en conseguir marcar un hat-trick en una Copa del Mundo.

En 1971, tres años antes de su muerte, Patenaude entró a formar parte del National Soccer Hall of Fame de Estados Unidos.

Uruguay 1930 (1): Camino al primer Mundial de la Historia

Jules Rimet nació en el pequeño pueblo de Theuley (Francia) en 1873. Estudió Derecho y se sacó el título de abogado, pero no pasaría a la fama por su actividad laboral precisamente. Gran apasionado al fútbol desde muy joven, no jugó nunca, pero sí que ejerció de árbitro y, sobre todo, se dedicó desde muy joven a ayudar a los deportistas en una época de escasa profesionalización.

En 1897 fue uno de los fundadores del club Red Star de París y lo presidió desde 1901 a 1910. Fue entonces cuando se creó la Federación Francesa de Fútbol, de la que fue uno de sus impulsores y la cual también presidió entre 1919 y 1921.

Como representante de la Federación Francesa de Fútbol, Jules Rimet entró en la FIFA y en 1921 se convirtió en su presidente, el tercero de la institución que regiría el destino del fútbol mundial y, hasta la actualidad, el más longevo, ya que dejó el cargo a finales de 1954.

Cuando Rimet accedió a la presidencia de la FIFA tenía una cosa muy clara: el fútbol era un espectáculo de masas que estaba llamado a convertirse en el rey de todos los deportes y él haría todo lo posible por expandirlo por todo el mundo.

Pero la idea de organizar un Campeonato del Mundo de Fútbol la había adoptado de otro francés, Robert Guerin, el primer presidente de la FIFA que ya intentó poner en marcha la competición en 1906. No lo consiguió, entre otras muchas cosas, porque los británicos tenían trataron de convencer al resto de federaciones de que no se embarcaran en esa aventura aparentemente descerebrada.

De hecho, el primer campeonato internacional de fútbol fue el de las Olimpíadas de Londres de 1908, una competición organizada por la Federación Británica bajo el paraguas del Comité Olímpico Internacional, en la que sólo se inscribieron selecciones europeas y los futbolistas tenían que ser obligatoriamente amateurs.

Pese a todo, Robert Guerin, el predecesor de Jules Rimet, no claudicó. Se comprometió, como presidente de la FIFA, a apadrinar el futbol olímpico y en 1914 se decidió que sería la FIFA quien organizaría los torneos de 1920, 1924 y 1928, considerándolos como una especie de campeonato del mundo en ciernes. En les Olimpiadas de Amberes de 1920 participaron 13 equipos europeos y la selección de Egipto, pero la gran dimensión que podía adquirir el fútbol ya estaba sobre la mesa y la FIFA, ya con Jules Rimet como presidente, ya la había visto.

Ginebra, mayo de 1923. Jules Rimet es elegido presidente en el XII Congreso de la FIFA .

Y es que en esos Juegos Olímpicos de Amberes, en 1920, el fútbol fue uno de los deportes más seguidos. Participaron 14 selecciones y se impuso la de Bélgica, que ganó la medalla de oro ante su gente, aunque era todavía un torneo marcadamente europeo y con carácter amateur. Pero la FIFA ya tenía las miras puestas en organizar una competición únicamente de fútbol, al margen de los Juegos Olímpicos y de las reglas establecidas por el COI y por la Carta Olímpica.

Cuatro años más tarde, en 1924, en París, y con la competición bajo el paraguas de la FIFA, fueron 22 las selecciones nacionales que compitieron por el oro olímpico en fútbol. Y, entre ellas, por primera vez, tres no europeas: Egipto, Estados Unidos y Uruguay. Los uruguayos sorprendieron al mundo plantándose en la final pasando por encima de todos sus rivales: 7 a 0 a Yugoslavia, 3 a 0 a Estados Unidos, 5 a 1 a Francia y, con un poco más de sufrimiento, eliminaron a Holanda en las semifinales (2 a 1). En la final esperaba Suiza y Uruguay se dio otro paseo triunfal y se proclamó campeona olímpica al ganar por 3 a 0.

Uruguay gana la medalla de oro en las Olimpiadas de París de 1924.

Esos Juegos Olímpicos de París marcaron un antes y un después en la historia del fútbol de selecciones. Y cuando el 9 de junio de 1924 se congregaron cerca 50.000 personas en el estadio de Colmbes para ver la final de fútbol de los Juegos entre Uruguay y Suiza ni Rimet ni nadie de la FIFA tenía ninguna duda: había que organizar una Copa del Mundo de fútbol independiente, al margen de las Olimpíadas, con una periodicidad fija, un sistema de competición claramente definido, donde participaran selecciones de todos los continentes posibles y sin excluir a los jugadores profesionales.

Cuatro años más tarde, en 1928, en Ámsterdam, la internacionalización de la competición olímpica en futbol ya era un hecho incuestionable. Hasta los Países Bajos volvió a viajar la campeona, Uruguay, para defender su título, repitieron Egipto y Estados Unidos y se sumaron a la fiesta Argentina, México y Chile.

Y la “garra charrúa” volvió a hacerse con la medalla de oro, eso sí, con bastante sufrimiento. Primero se tuvo que deshacer de Holanda, la anfitriona, a quien ganó por 2 a 0. Después cayó la República de Weimar (Alemania) por 4 a 1, en semifinales se deshizo de Italia por un ajustado 3 a 2 y en la final esperaba Argentina. El 10 de junio de 1928, el partido y la prórroga acabaron en empate a uno y el día 13 se disputó un partido de desempate que acabó con un 2 a 1 favorable a los uruguayos.

Foto protocolaria antes de la final olímpica entre Uruguay y Argentina en Ámsterdam en 1928. 

Aún no lo sabían, pero dos años más tarde, en 1930, la final del primer Mundial de Fútbol sería exactamente la misma… y la historia volvería a repetirse. Argentinos y uruguayos iban a volver a dirimir sobre el césped del recién construido en el estadio Centenario de Montevideo quién sería el primer Campeón del Mundo de fútbol.

Y es que, ese mismo año olímpico de 1928, la FIFA tuvo una reunión muy importante. Existían desavenencias entre la FIFA y el Comité Olímpico Internacional y quedó claro que en los Juegos Olímpicos de 1932 no habría fútbol, lo que reafirmó a Jules Rimet en su idea de crear un campeonato independiente. Así, el presidente planteó la celebración de un primer Campeonato del Mundo de fútbol e intentó arrancar un compromiso a las principales potencias futbolísticas europeas y a los únicos a los que no pudo convencer fue a los británicos. Italia, Alemania, Francia, España, Bélgica, Holanda... todas estaban dispuestas a jugar ese campeonato. Y muchos países querían organizarlo. La FIFA decidió aplazar la decisión final hasta el año siguiente, 1929, en un congreso que se celebraría en Barcelona aprovechando la celebración en la ciudad de la Exposición Universal.

Finalmente, el 27 de mayo de 1929, en la Ciudad Condal, la FIFA aprobó con 23 votos a favor, 5 en contra y la abstención de Alemania, la celebración de la primera Copa del Mundo en el verano del año siguiente, 1930, en Uruguay, después de que Italia y algún que otro país europeo más decidieran retirar sus candidaturas no se sabe bien por qué (la opción más comentada es que no creían que un torneo de esas características pudiera celebrarse, así que renunciando a él podrían luchar por otro tipo de campeonato que se ajustara más a lo que ellos creían más factible, como potenciar una Copa de Europa de selecciones).

Los argumentos a favor de Uruguay, objetivamente hablando, eran rotundos: fueron los primeros en venir a Europa a jugar potenciando los dos últimos torneos olímpicos; eran, de hecho, dobles campeones olímpicos y, por tanto, el mejor equipo del mundo y, además, en 1930 se celebraban los 100 años de su constitución como nación. Tenían además los uruguayos el apoyo de la Confederación Sudamericana de Fútbol y se habían comprometido a construir un estadio monumental en Montevideo para el torneo.

Así que, por fin, la FIFA de Jules Rimet parecía haberlo conseguido. El camino hacia la primera Copa del Mundo de fútbol se acababa de poner en marcha.