"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

viernes, 11 de noviembre de 2022

Roberto Baggio contra el mundo en Estados Unidos 1994

El futbolista que había levantado partidos imposibles encara los últimos metros de carrera hacia el punto de penalti en otro ejercicio de supervivencia. Uno más. El que hace ni se sabe durante un torneo en el que su equipo se ha encomendado siempre a él en los minutos finales para salir airoso de un montón de aprietos. Ahora, si mete el penalti, su portero tendrá la oportunidad de detener el último lanzamiento brasileño para seguir creyendo.

No parece nervioso. Pero tampoco se le ve tan seguro como en los partidos anteriores. La carrera es corta y lenta, trote pachón hacia la pelota con la coleta firmemente pegada a su cráneo, casi sin moverse. Quizá está pensando que van uno abajo y que pase lo pase lo tienen mal para ganar. Que él tiene que hacer el gol, pero que, al contrario que otras veces, las cosas después ya no dependerán de él.

Va muy recto hacia la pelota, como queriendo ocultar hasta el último instante con qué pie golpeará. Cuando llega al punto de cal mete el pie derecho demasiado abajo y mantiene el cuerpo demasiado arriba. Ese balón se va muy desviado por encima de la portería. Taffarel, el portero brasileño, levanta los brazos en señal de triunfo y la euforia se desborda entre la canarinha. 

Baggio se lamenta mientras Taffarel celebra el título mundial.

No es para menos. 
Brasil acaba de proclamarse campeón del Mundo por cuarta vez en su historia. 

La Italia de Roberto Baggio, después de remar y remar y remar y remar durante todo el torneo, ha acabado ahogándose en la orilla. Y el que más ha remado ha tenido la mala fortuna de sostener entre sus manos el último trozo de madera al que aferrarse.

***

Roberto Baggio llegó a Estados Unidos con la vitola de ser el jugador más talentoso de la escuadra azzurra. Pero en la Nazionale mandaba Arrigo Sacchi, más amante de la organización del colectivo que de las rachas de inspiración individual, más amante de estrategias y tácticas de equipo que de versos sueltos, de futbolistas que andan por libre, de jugadores poco comprometidos en tareas defensivas. 

Baggio es de esos de los que Sacchi sospecha, espontáneo y genial para lo bueno y para lo malo. Aún así, el técnico de Fusignano siempre ha apostado por la calidad del Divino y, de hecho, le ha dado las riendas de la selección desde el primer día, considerándolo el “Maradona” italiano, el futbolista intocable. Con Sacchi, jugarán Baggio y diez más. Al menos, sobre el papel, que después las tornas giran. Y cambian...

Arrigo Sacchi y Roberto Baggio se vieron las caras por primera vez en 1985. El futbolista tenía entonces 18 años y ya era la figura del Vicenza en la Serie C del fútbol italiano, mientras que el de Fusignano era un joven entrenador que empezaba a volar en solitario tras despuntar en las categorías inferiores de la Fiorentina y entrenar ahora al modesto Rimini Calcio. 

El joven Baggio era la estrella del Vicenza.

Ambos equipos estaban metidos de lleno en la lucha por el ascenso a la serie B en ese último partido de la liga regular de esa temporada. Pero, cosas del fútbol, ese día Roberto Baggio se lesionó de gravedad. El joven se fracturó el cruzado anterior, el menisco, la cápsula y la rótula de la rodilla derecha. Un desastre total. Sacchi, consciente de la gravedad de la lesión y cautivado por el juego de la incipiente estrella, cuyo futuro quedaba ahora en suspenso, tras ganar el partido dedicó unas palabras en la rueda de prensa a Roberto Baggio. 

El jugador se pasó todo un año en blanco, con la duda de saber si recuperaría alguna vez el nivel que había mostrado hasta el momento. La buena noticia fue que la Fiorentina, que ya le tenía fichado para esa temporada, no rompió su compromiso con el chico pese a la gravedad de la lesión y esperó con paciencia su lenta recuperación. El Rimini de Sacchi no logró el ascenso, pero su meritorio cuarto puesto llevó al técnico al banquillo del Parma, que acababa de descender también a la Serie C, con el único objetivo de ascender de categoría.

Las trayectorias de ambos fueron en ascenso y el futbolista se convirtió con el tiempo en una de las promesas más esperadas de Italia. Pero le costó. Porque en la Fiorentina se volvió a lesionar de gravedad, esta vez en la otra rodilla, y parecía que el que estaba llamado a ser uno de los mejores futbolistas del calcio se iba a quedar en el camino. Pero el Divino superó la segunda lesión grave en apenas un año y se metió en el bolsillo a la hinchada viola a partir de la temporada 86-87, cuando empezó a hacer sombra a las grandes estrellas del calcio como Maradona, Gullit, Van Basten y compañía.

De hecho, el joven Roberto Baggio fue convocado por Vicini con la azzurra para disputar el Mundial de Italia 90 y, aunque no tuvo el protagonismo que hubiera deseado, salió del torneo elogiado por todos junto a su sorprendente compañero Schillaci. Porque justo en el verano de la disputa del Mundial 90, el Divino había fichado por la Juventus, dejando en las arcas de la Fiorentina un montón de millones. Aunque los aficionados fiorentinos no querían saber nada de dinero y así se lo hicieron entender a los directivos del club con manifestaciones, protestas y reyertas. Pero el fichaje era inevitable y Baggio se marchó a la Vecchia Signora para convertirse en apenas tres años en Balón de Oro (1993).

Mientras tanto, Arrigo Sacchi también hizo su propio camino en los banquillos. La temporada 1985-86 ascendió al Parma a la serie B y la dejó séptima al año siguiente, el de su retorno a la segunda máxima categoría del fútbol italiano. La campaña siguiente, la 1987-88, Arrigo Sacchi debutaría en la serie A entrenando nada más y nada menos que al AC Milan de Silvio Berlusconi, con el que haría historia con su presión por todo el campo y su fútbol total y en bloque. 

Silvio Berlusconi apostó por un joven Arrigo Sacchi para el AC Milan.

El joven entrenador ganaría con los rossoneros un Scudetto, una Supercopa de Italia, dos Copas de Europa, dos Supercopas de Europa y dos Intercontinentales antes de dejar el banquillo para hacerse cargo de la azzurra en 1991, tras el fracaso de la selección italiana de Azeglio Vicini en la fase de clasificación para la Eurocopa de 1992.

Sacchi aceptó el reto y se puso manos a la obra de inmediato, con la intención de clasificar a la azzurra para el Mundial de 1994. Fue en ese preciso instante cuando el técnico le dio el mando de la selección a Roberto Baggio. Sin dudarlo ni un instante, faltaría más, que era el Balón de Oro de 1993. Y El Divino respondió siendo el máximo goleador de la fase de clasificación y, por supuesto, metiendo a la azzurra en la Copa del Mundo de los Estados Unidos.

***

Sin embargo, el Mundial no empezó bien para Italia y eso afectó muy especialmente a Arrigo Sacchi, criticado por los medios desde el primer encuentro, y a Roberto Baggio, al que también atizaron con saña y que estaba a punto de vivir el primer desencuentro serio con su entrenador. Y es la azzurra vivió en el alambre durante toda la primera fase.

El primer encuentro del Mundial para la azzurra enfrentaba a los de Sacchi con la Irlanda de Jackie Charlton, un equipo muy trabajado tácticamente, serio, duro y bregador, que se parapetaba detrás con una línea de cinco que complementaba Roy Keane como pivote en el centro del campo, escoltado por los centrocampistas Andy Townsend, John Sherindan o Ray Hougton. Arriba, un solo punta a escoger entre Tommy Coyne, del Motherwell escocés, el veteranísimo John Aldridge, del Transmere Rovers, Tony Cascarino, del Chelsea y Ronnie Whelan, del Liverpool. Pese a que todos estaban por encima de la treintena, lo cierto es que sabían perfectamente cuál era su cometido y siempre jugaban a la espera de cazar algún centro de sus centrocampistas para llevarse el partido.

El Giants Stadium de New Jersey se llenó de irlandeses e italianos para ver el debut de sus selecciones en el torneo. Y llegó la primera sorpresa. Porque a los once minutos Ray Hougton puso por delante a los de Charlton para alegría de la marea verde irlandesa. La jugada del gol ilustra a la perfección el juego irlandés, efectivo donde los haya. El central derecho metió un pase largo desde su área buscando la pelea de su delantero, Tommy Coyne, que la pelea en banda para sacar un balón rebotado que queda botando unos cuantos metros fuera del área italiana. Por allí aparece desde segunda línea Ray Hougton para controlar el balón con el pecho, bajarlo y colocárselo en su zurda para golpear a puerta. El disparo coge a Pagliuca adelantado y el balón hace una parábola por encima de un sorprendido portero que se contenta con levantar las dos manos lánguidamente y cae directamente al fondo de las mallas.

Ray Hougton enganchó un tremendo disparo para derrotar a Italia. 

La Italia de Sacchi, con jugadores de la talla de Roberto Baggio, Signori, Albertini, Donadoni o Paolo Maldini fue incapaz siquiera de crear peligro sobre la portería irlandesa en todo lo que quedaba de partido. De hecho, estuvo bastante más cerca el segundo de los irlandeses, con un remate de Hougton que atajó con problemas Pagliuca, un trallazo de Sheridan que astilló el travesaño y un remate de cabeza de Townsend que el meta italiano sacó de la línea de gol con un paradón. Al final, 1 a 0 para Irlanda y la azzurra metida en un lío de los gordos porque en el otro partido del grupo Noruega, su próximo rival, había vencido a México por la mínima (1-0).

Sacchi preparó una minirevolución ante Noruega, en un partido en el que todo lo que no fuera una victoria sería una catástrofe. Sentó el de Fusignano a Tassoti y metió a Benarrivo en el lateral izquierdo. También dejó fuera a Evani y Donadoni en el centro del campo y puso en el once a Nicola Berti y a Pierluiggi Casiraghi para jugar con un tridente muy ofensivo junto con Roberto Baggio y Signori. Pero todo saltó por los aires muy pronto.

A los 21 minutos de partido, después de una salida en tromba italiana que generó tres ocasiones clarísimas, un error defensivo de la zaga que no achicó espacios a tiempo dejó al centrocampista Leonhardsen solo ante Pagliuca. El meta salió a la desesperada y tapó con las manos el remate del noruego. Pero estaba fuera del área y el colegiado lo expulsó. Sacchi no lo dudó ni un instante y sacó del terreno de juego a su estrella, Roberto Baggio, para que entrara el portero suplente Luca Marchegiani. 

La mirada del Divino era de puro fuego mientras se retiraba del terreno de juego. Un incendio que costaría apagar, pese a que la jugada le salió bien a Sacchi, porque, en el segundo tiempo, Signori sacó una falta lateral y la metió desde la izquierda al corazón del área donde apareció el otro Baggio, Dino, para cabecear a la red el uno a cero y darle una vida extra a la Nazionale.

La sustitución de la estrella italiana fue motivo de muchos debates. Arrigo Sacchi había dicho cuando cogió la selección que Baggio era el Maradona de Italia. Tras el cambio, el Divino preguntó públicamente si Sacchi hubiera sustituido a Maradona con todo el partido por delante. 

Arrigo Sacchi no dudó en sustituir a su estrella ante Noruega.

Cuando los periodistas hicieron al técnico la misma pregunta, respondió que él nunca había entrenado a Maradona, así que no lo sabía, pero que siempre hacía lo que creía mejor para el equipo y que había retirado a Baggio porque jugando con uno menos prefería dejar solo arriba a Casiraghi para meter miedo con su velocidad y achicar mejor los espacios.

Pero el debate duró solo hasta el siguiente encuentro, porque Italia volvía a jugarse la vida ante México en el partido que cerraba la primera fase. Y es que los cuatro equipos que conformaban el grupo estaban empatados a 3 puntos tras la victoria de los mexicanos ante Irlanda (2-1) y cualquier cosa podía pasar.

Para la final ante México, Sacchi volvió a incluir a Roberto Baggio en el once de titular, sin azuzar más el fuego, que Italia se jugaba el pase. Siguió el portero Marchegiani por el sancionado Pagliuca, entró Apolloni en defensa para suplir al lesionado Baresi y el resto fueron los mismos que se enfrentaron a Noruega. Los italianos, conscientes de lo que se jugaban, llevaron el peso del partido y dispusieron de un puñado de ocasiones para adelantarse en el marcador en la primera parte que el guardameta Campos se encargó de desbaratar. Al descanso, cero a cero entre México e Italia y empate también sin goles entre Irlanda y Noruega.

Tras el paso por vestuarios, Sacchi decidió dar entrada a Daniele Massaro y dos minutos más tarde el jugador del Milan puso por delante a la azzurra. Albertini metió un pase al corazón del área y ahí, ganándole la espalda los centrales, apareció el recién incorporado para controlar con el pecho y rematar con la derecha cruzado ante Campos. 

Daniele Massaro hizo el tanto de Italia ante México (1-1).

Pero México empató nueve minutos más tarde con un gran disparo de Bernal desde la frontal del área y todo siguió como estaba. Los minutos iban pasando y ambos equipos tenían más miedo a perder que ganas de intentar ganar, sabiendo que Noruega e Irlanda seguían empatando sin goles. Así que nadie fue capaz de desequilibrar de nuevo el marcador.

El uno a uno final metió a las dos selecciones en octavos de final en un grupo que se resolvió, como casi siempre que Italia hace un gran torneo, por la diferencia de goles. Las cuatro selecciones empataron a 4 puntos, pero México pasó como primera con 3 goles a favor y 3 en contra. Irlanda fue segunda con los mismos puntos y 2 goles a favor y 2 en contra, los mismos registros que Italia, que fue tercera. Noruega tuvo que volver a casa con los mismos puntos por haber marcado un solo tanto y haber recibido también uno. 

Una vez más, Italia se clasificaba casi de milagro para los cruces, donde despertaría su estrella, el Divino, hasta ahora desaparecido en el torneo.

***

Pero en los partidos decisivos, en los momentos en los que se juega sin red y un error te envía a casa y una genialidad te mete en la siguiente ronda es donde deben aparecer los genios para frotar la lámpara maravillosa. Y ese fue precisamente el momento que escogió el Divino para aparecer en el Mundial y dejar el sello de su clase. 

Italia se medía a Nigeria, sorprendente primera del grupo D por delante de Argentina, Bulgaria y Grecia, tras el desplome de la albiceleste tras el positivo de Diego Armando Maradona. Y esa Nigeria valiente y descarada estaba clasificada a falta de dos minutos para el final gracias a una tanto de Amunike en el minuto 25 de la primera parte. 

Entonces apareció Roberto Baggio.

El centrocampista Mussi recibió la pelota desde la banda derecha del ataque italino, se metió en el área y soltó un pase raso atrás, hacia el punto de penalti. Allí pareció Roberto Baggio y, con toda la tranquilidad del mundo, colocó el cuerpo y golpeó la pelota con el interior del pie derecho. El balón salió raso, ajustadísimo al palo derecho de Rufai, el asombrado meta nigeriano, como si hubiera ejecutado un putt sin despeinarse. De hecho, antes de que la pelota entrara en la portería ya estaba el Divino celebrando el tanto. 

Uno a uno y a la prórroga.

Y en la prórroga, a Benarrivo le llegó un balón en el vértice izquierdo del área nigeriana. Baggio se puso a su lado, le quitó el balón, Benarrivo salió a la carrera y el Divino metió una cuchara para ponérsela justo detrás de la defensa nigeriana. El central arrolló a Benarrivo y el colegiado señaló el claro penalti. 

Baggio, quién si no, lo ejecutó tal como había hecho en el primer gol, con un putt de derecha ajustado al palo que metía a Italia en cuartos de final. 

Roberto Baggio celebra el gol del triunfo ante Nigeria.

El genio había despertado cuando más se le necesitaba.

***

El 9 de julio de 1994, en el Foxboro Stadium de Boston, Italia y España se juegan el pase a las semifinales. Los de Clemente están haciendo un muy buen Mundial mientras que los italianos no han convencido aún a nadie pese al tremendo potencial que atesoran en sus filas. Pese a ello, la estrella, el Balón de Oro, viste de azul (en ese instante de blanco), y eso siempre se ha de tener en cuenta.

El partido fue duro, emocionante y bonito, con las dos selecciones exprimiendo sus armas. Golpeó primero la azzurra con un golazo de Dino Baggio. El centrocampista lanzó un obús desde unos cuantos metros lejos de la frontal que sorprendió a Zubizarreta para adelantar a Italia. Pero los de Clemente no se rinden y España empieza a mandar en el partido. A la azzurra no le importa demasiado, vive cómoda defendiendo atrás y encomendándose a la velocidad de Signori, que ha salido en el descanso, y a la calidad de Roberto Baggio.

Pero a los trece minutos de la segunda mitad Caminero empata para España en un remate que golpea ligeramente en Benarrivo y se envenena sin que Pagliuca pueda hacer nada para detenerlo. En ese momento, España juega mejor, con Salinas en punta fijando a los centrales, y los italianos empiezan a pasar apuros. Tantos, que Pagliuca tiene que salir a la desesperada a los pies de Salinas para hacer la parada del partido y evitar que los españoles noqueen a los transalpinos. Y después volver a sacar una mano prodigiosa arriba tras un disparo lejano de Fernando Hierro. Entonces el Divino decide zanjar la cuestión definitivamente.

En una jugada sin aparente peligro, Massaro salta a pelear un balón en tres cuartos de campo. Los dos centrales españoles se lanzan a por él, pero el atacante del AC Milan tiene el tiempo justo para meter la punta de su bota izquierda y cambiar el juego a la derecha. Allí, libre de marca, está Roberto Baggio. 

No necesita el Divino que nadie le diga lo que tiene que hacer. Controla el esférico, encara a Zubizarreta, lo dribla y mete el cuero en la portería española pese al intento desesperado de Abelardo por sacar un balón que es el billete de Italia para las semifinales. 

Baggio sentó a Zubizarreta para meter a Italia en semifinales.

El Maradona italiano lo ha vuelto a hacer.

Minutos después, Tassotti estuvo a punto de echar por tierra la genialidad de su compañero con un codazo que rompió la nariz a Luis Enrique, el actual seleccionador español, pero ni el húngaro Sandor Puhl ni sus asistentes vieron nada. La sangre del asturiano en su rostro sí se veía, pero los colegiados consideraron que se había golpeado solo. El caso es que otra vez Baggio salvaba a Italia sobre la campana.

***

En las semifinales ante la Bulgaria de Hristo Stoichkov, Roberto Baggio no quiso esperar tanto y solventó el encuentro en dos jugadas maravillosas con apenas cinco minutos de diferencia. A los veinte minutos cogió el balón pegado a la banda izquierda del ataque transalpino y fue perfilándose hacia el centro haciendo amagos y desembarazándose de dos defensas hasta que armó su pierna derecha y colocó el cuero en el palo largo, con efecto, con bote en el suelo y ajustadita al palo, como siempre. Mikhailov no pudo hacer nada por detener su disparo.

El gol desató el vendaval italiano y, en apenas dos minutos, la azzurra estrelló un balón en el larguero búlgaro y apretó al bueno de Mikhailov, que tuvo que meter los guantes arriba para enviar a córner un globo de Albertini desde la frontal del área. 

A la tercera fue la vencida porque el balón le llegó al Divino. El mismo Albertini le metió un pase a la espalda de la defensa y el de Vicenza remató en semiescorzo para cruzar la pelota sin remisión al otro palo, lejos del alcance de un Mikhailov impotente. Dos a cero. Los dos de Baggio, tocado definitivamente por la varita mágica, como Maradona en las semifinales ante Bélgica en 1986.

Baggio hizo los dos tantos de Italia en las semifinales del Mundial.

Pero Baggio no es Maradona y las cosas se le empezaron a torcer en la misma semifinal. Primero porque Bulgaria despertó tras la tormenta y, con todo perdido, empezó a atosigar a Pagliuca hasta que Stoichkov recortó diferencias anotando un penalti al borde del descanso. Después porque se hubo de retirar a falta de veinte minutos para el final. En principio, por precaución, para no arriesgar su participación en la final, porque Italia resistió sin él y se clasificó para el último partido ante Brasil (2-1).

***

En la final del Mundial, como en 1970, se enfrentan las dos selecciones más laureadas de la Copa del Mundo. Brasil e Italia no sólo lucharán por levantar la Copa, sino que dirimirán la supremacía mundial porque ambos cuentan con tres Copas del Mundo en sus vitrinas. El que gane, será tetracampeón del Mundo.

La Brasil de Parreira llega con todos sus efectivos intactos. Arriba, la pólvora de Bebeto y Romario. En el centro del campo, Dunga, Mauro Silva y Mazinho echan el cerrojo, mientras que Zinho juega un pelín más suelto. Detrás, Taffarel defiende los tres palos escoltado por Aldair y Marcio Santos en el centro y Jorginho y Branco en los laterales. Un equipo con magia arriba, pero muy blindado atrás. Made in Parreira.

Enfrente, Arrigo Sacchi ya ha dado con la tecla, pero tiene que tomar dos decisiones importantes. Baresi, que se lesionó en el segundo partido ante Noruega, está listo para jugar la final. Es el capitán y el estandarte del equipo, pero se ha pasado tres semanas en el dique seco. El técnico le da el brazalete y lo pone de titular. 

La otra decisión que debe tomar es si juega o no de inicio Roberto Baggio. En realidad, la decisión ya está tomada. El héroe italiano no se va a perder la final de la Copa del Mundo de ninguna manera y Sacchi no puede impedírselo después de haberlo traído con sus goles hasta aquí. Pero Baggio no está bien. Y Baresi tampoco lo está.

Lo cierto es que la final es miedosa, aburrida e insulsa. Se reduce a una ocasión de Massaro a los 17 minutos de la primera parte, a un disparo lejanísimo de Branco pocos minutos después que Pagliuca despeja a córner con apuros y a otro de Romario desde la frontal que va directamente a las manos del cancerbero. En la segunda, un disparo también desde su casa de Mauro Silva que Pagliuca está a punto de convertir en la tragedia del torneo cuando la pelota se le escapa entre los brazos y golpea el palo en vez de meterse dentro. El meta besó el palo. No era para menos.

Una de las pocas acciones de Romario en la final de EEUU 94.

En la prórroga sí tuvo una clarísima Romario. Cafú se internó hasta casi la línea de fondo y metió un pase de la muerte que cruzó toda el área italiana sin que ningún defensor acertara a despejar y en el segundo palo apareció Romario muy forzado para enviar la pelota fuera. Y ya está. Porque el Divino, con una llamativa muslera en su pierna, dispuso de un disparo a falta de siete minutos para el final, uno de esos que venía embocando en los minutos finales de cada partido, pero no tenía fuerzas para nada y la tiró blandita a las manos de Taffarel. Nada más.

En definitiva, una de las peores de la historia de la Copa del Mundo junto a la de cuatro años atrás, la de Italia 90. Es la primera final que termina sin goles en toda la historia (después también acabará sin goles la final de Sudáfrica 2010 y la de Brasil 2014, aunque en ambos casos se resolvió con un gol en la prórroga). La primera que acaba sin goles también en la prórroga. La primera, y hasta ahora la única, que se ha de resolver desde el punto de penalti. Un desastre. Un epílogo triste para una Copa del Mundo en la que se vieron muy buenos partidos. Un colofón que no le hizo justicia al torneo. Ni tampoco a la gran estrella del campeonato…

Porque los penaltis van a ser crueles con el Divino y con Italia. El primer lanzamiento es de Baresi, que echa el cuerpo atrás y lanza el cuero por encima de la portería de Taffarel. Pero Pagliuca se empeña en ser el héroe después de haber rozado la tragedia en el partido y detiene el lanzamiento de Marcio Santos. Todo vuelve a empezar.

Albertini, con una sangre fría espectacular, mete su penalti. Romario va tan sobrado, que apunta al palo y ahí que golpea la pelota antes de besar las mallas italianas. Evani golpea fuerte, al centro y arriba para volver a poner a Italia por delante. Pero Branco, muy seguro (y más sabiendo que Bilardo no anda cerca con su bidón), empata de nuevo con un penalti de libro, pegado a la cepa del palo izquierdo de Pagliuca. Y le llega el turno a Massaro, que lanza mal, al centro, y Taffarel lo detiene. Dunga confirma la ventaja brasileña con un penalti perfecto que engaña a Pagliuca y ya le toca el turno al Divino. Tiene que convertirlo en gol para que Pagliuca disponga de una oportunidad de parar el último penalti brasilero.

Pero Roberto Baggio lo lanza fuera. 

Baggio no pudo poner el colofón a un Mundial extraordinario.

La estrella del Mundial se queda sin Copa. 

El héroe pasará a ser Romario, su sucesor también en el Balón de Oro de ese año 1994.

***

Tras el Mundial, la vida sigue. Y los problemas con Sacchi que taparon sus goles en Estados Unidos afloran de nuevo. El genio no casa bien con los entrenadores que exigen rigor táctico y sale de la Juventus en 1995 por petición expresa de un Marcelo Lippi que prefiere al joven Del Piero. El Divino parte rumbo a Milán, donde le espera Fabio Capello y, pese a los roces evidentes con otro entrenador que no negocia con el esfuerzo colectivo, conquista el Scudetto y hace una gran campaña.

Pero no es suficiente para Arrigo Sacchi, que deja a Baggio fuera de la Eurocopa de Inglaterra de 1996, porque, después de haber sido su Maradona particular, ahora no entra en sus planes. Prefiere a Zola. Pero Italia no hace una buena Eurocopa y Sacchi deja la selección tras el torneo. Y entonces, los astros, que giran y giran, vuelven a hacer de las suyas.

El Maestro Tabárez empieza la temporada en el AC Milan, pero los resultados no acompañan y Berlusconi lo destituye para traer a Arrigo Sacchi de vuelta al equipo. Roberto Baggio pasa directamente al ostracismo hasta que explota, la lía en una rueda de prensa y, al año siguiente, se marcha al modesto Bolonia para reinventarse como futbolista a los 30 años. 

Sacchi no contó con Baggio en su vuelta al AC Milan.

Y lo hace porque sigue siendo un genio y se gana la convocatoria para el Mundial de Francia 98 donde vuelve a marcar dos goles con la azzurra, aunque caen en los penaltis en los cuartos de final ante Francia, la anfitriona y futura campeona del mundo.

El Mundial lo revaloriza y aún tendrá tiempo el Divino de volver a la elite jugando en el Inter de Milán junto a Ronaldo durante dos temporadas. Pero una crisis de resultados trae a Marcelo Lippi al banquillo neroazzurro y su otro ogro particular le vuelve a cerrar las puertas de la titularidad y, otra vez, aunque ahora con 33 años, decide probar en el Brescia. Allí mete 10 goles y da 10 asistencias para clasificar a los lombardos para la Copa de la UEFA.

En la siguiente campaña, la 2001-02, Baggio volvió a ponerse en modo Mundial, ganándose con sus goles y su juego un sitio en la azzurra para Corea y Japón 2002, pero en el peor momento se lesionó de nuevo. Esta vez fue una rotura de ligamento en la rodilla izquierda que le dejó cuatro meses alejado de los terrenos de juego y le cerró las puertas de la selección. Aún volvería a tiempo el Divino para salvar al Brescia del descenso y seguiría jugando dos temporadas más antes de retirarse con honores, como una de las grandes leyendas del fútbol italiano.

Roberto Baggio hizo 200 goles en toda su carrera, 27 con su selección en 56 partidos. Jugó tres Mundiales donde firmó un tercer puesto (Italia 90), un subcampeonato (EEUU 94) y unos cuartos de final (Francia 98), pero, pese a protagonizar uno de los capítulos más bellos del fútbol italiano y no formar parte de sus catástrofes, la espina de la final perdida ante Brasil la tendrá clavada toda la vida. Y la imagen del último penalti lanzado al limbo, también.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Moacir Barbosa, el portero que el Maracanazo condenó a una muerte en vida

“La noche está de luto, la fiesta terminó,
el mundo no comprende qué pasó con el campeón (…).
Cuida los palos Barbosa del arco de Brasil,
la condena de Maracaná se paga hasta morir”.
Tabaré Cardozo, “Barbosa”.

Esta noche Moacir Barbosa tampoco puede dormir. Se ha desvelado en mitad de la noche y ha tenido que levantarse de puntillas, sin hacer ruido para no despertar a su esposa, y acercarse a tientas a la cocina. Ha sacado una mediada botella de ron y se ha escanciado una buena dosis en un vaso. No hay manera de poder superar sus más terribles pesadillas. Cada noche, una tras otra, vienen a visitarlo sus fantasmas. 

Se le aparece en sueños una pelota que avanza inexorable hacia el palo que él defiende. Cuando ve que se ha vencido hacia el lado equivocado y trata de rectificar, ya es tarde. Cae al suelo pensando que la ha tocado y la ha enviado a córner, pero el silencio en el estadio es estremecedor. Cuando reúne las fuerzas suficientes para darse la vuelta en el suelo, la ve. La pelota está dentro de su portería y las 200.000 personas que presencian el partido no hablan. Son 200.000 almas en pena. 

Lo peor de todo es que la pesadilla que le despierta cada noche desde hace años no es una pesadilla, sino un recuerdo. 

Barbosa, en el suelo, ve cómo la pelota está en el fondo de las mallas.

Real, muy real. 
Y doloroso. 
Extremadamente doloroso.

Porque Barbosa es el guardameta de Brasil en el Maracanazo de 1950. El arquero al que el extremo uruguayo Alcides Ghiggia le hizo el uno a dos que privó a Brasil de su primera Copa del Mundo ante su gente. 

Esa gente que ese mismo día ya celebraba con bailes el título en las calles antes del partido ante la Garra Charrúa. 
Esa gente que lleva desde entonces odiándolo sin conmiseración sin siquiera conocerlo. 
Esa gente que ha convertido su vida en un infierno. 
Esa gente que lo ha condenado a ser un muerto en vida. 
A ser un desterrado en su propia tierra.

Y Moacir Barbosa ya no cierra los ojos. Por esta noche ya ha dormido suficiente. El problema vendrá después, como todos los días. Cuando salga a la calle, entre a un bar y las miradas lo fulminen justo antes de que los parroquianos vayan poco a poco abandonando el local para no coincidir con él. Cuando suba en un bus y nadie quiera estar cerca de él, ni mucho menos sentarse a su lado. Cuando se cruce en un supermercado con una madre que lleva a su hijo de la mano. Cuando esa madre lo reconozca y coja a su hijo del brazo, lo mire a los ojos fijamente y le diga: “Míralo, hijo. Éste es el hombre que hizo llorar a toda Brasil”. 

Los tres porteros de Brasil en 1950. Sólo jugó Moacir Barbosa. 

Aunque han pasado 20 largos años, ésa es la vida de Moacir desde aquel fatídico 16 de julio de 1950 donde se produjo la mayor sorpresa de toda la historia de los Mundiales.

***

Porque en el Mundial de Brasil de 1950 todo el mundo, absolutamente todo el mundo, estaba convencido que no podía pasar otra cosa que no fuera la victoria brasileña. Lo creían a pies juntillas todos los aficionados, los miembros de la FIFA, los futbolistas brasileros, incluso sus rivales, los seleccionadores de todas las selecciones y los directivos de todas las federaciones presentes en el evento y también, por supuesto, todos los medios de comunicación.

La portada de los diarios O Mundo o la Gazeta do Poyo del día anterior al partido entre Brasil y Uruguay con la foto de todos los jugadores de Brasil bajo el enorme titular “Estos son los campeones del mundo” lo confirma y, con el tiempo, hasta sonroja. 

La prensa le daba a Brasil la Copa del Mundo antes de jugar. 

De hecho, dicen, a medio camino entre realidad y leyenda, que ahí, en esos titulares, empezó a forjarse la victoria de la Garra Charrúa cuando el “Negro” Varela, capo en el centro del campo uruguayo y capitán del equipo, los leyó y compró un montón de periódicos para empapelar el vestuario y contagiar a todos sus compañeros de la intención de que los brasileños se tragaran esas portadas. 

Y de hecho, se las tragaron, porque al día siguiente las portadas fueron otras bien distintas. “La peor tragedia de la historia de Brasil” fue una. “Nuestro Hiroshima” fue otra. Y “Drama, tragedia y ridículo”, otra más. 

Después del partido, los titulares fueron otros bien distintos.

Pero es que parecía tan grande la superioridad de Brasil sobre el terreno de juego (y más jugando ante su público), que uno de los directivos de la Federación Uruguaya llegó a decirle al delantero Óscar Míguez pocos días antes del choque definitivo en el hotel de la Celeste: “Lo principal es que esta gente no nos haga seis goles. Con cuatro estamos cumplidos”. Cuando se enteró Obdulio Varela sólo le preguntó a Míguez por qué no lo había echado del hotel.

Incluso en el vestuario, justo antes de saltar al terreno de juego de Maracaná, más dirigentes charrúas les dieron a los jugadores el mismo mensaje: “Guante blanco, ya estamos cumplidos por haber llegado y poder disputar esta final”. Cuando los peces gordos salieron por la puerta del vestuario, los jugadores y el seleccionador se conjuraron con un nuevo lema: “Los de afuera (por los 200.000 aficionados presentes en la grada) son de palo. Cumplidos sólo si somos campeones”.

Obdulio Varela saluda al capitán brasilero antes del encuentro.

Y lo fueron. Vaya si lo fueron. En una final que no era final (era el último partido de una liguilla de cuatro equipos en el que a Brasil le bastaba el empate para ser campeón) los Orientales forjaron su leyenda y obligaron a Brasil a refundarse tras remontar el gol de Friaca a los dos minutos de la segunda mitad con dos tantos de Schiaffino y Ghiggia (1-2).

En un día en el que a la Brasil del Jogo Bonito, que había amedrentado a todos sus rivales durante el torneo, se le atragantó la suculenta cena que tenía preparada, Uruguay supo sacar partido. Destacaron sobre todo el portero Máspoli, el defensa Matías González, el carácter del centrocampista Obdulio Varela y, por encima de todos, Alcides Ghiggia, que volvió loco al brasileño Bigode durante todo el partido, generó prácticamente todo el peligro charrúa con la colaboración de Julio Pérez, asistió a Schiaffino en el tanto del empate y marcó el gol que enmudeció a Maracaná y condenó a Barbosa. Todo en uno.

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Las consecuencias de la victoria uruguaya se manifestaron ya en el mismo estadio. Se hablaba de infartos y suicidios dentro de un recinto en el que se congregaban 200.000 personas y la entrega de la Copa del Mundo de Jules Rimet, presidente de la FIFA, a Obdulio Varela se hizo deprisa y corriendo, en una esquina del césped cercana a los vestuarios. 

Sin protocolos. 
Sin ornamentos. 
Sin discursos. 

El que tenía redactado Rimet en portugués se quedó en el bolsillo de su chaqueta. 

Varela recibe la Copa del Mundo de manos de Jules Rimet.

La tragedia en Brasil era palpable y real. La de Barbosa, acababa de empezar. La de Bigode, Augusto, Juvenal y Chico, los otros señalados en las filas brasileñas, también, aunque un poquito menos. Bastante menos. Muchísimo menos.

Nadie se acordaría nunca más que Barbosa defendió los tres palos de Vasco da Gama y de la selección brasileña con su elasticidad innata, sus grandes reflejos y su agilidad y fuerza.

Que le llamaban el portero imbatible. 
Que era el mejor guardameta brasileño del momento. 
Que fue el primer portero negro de la Seleçao. 

Que aún después de la tragedia siguió jugando al fútbol, en la selección sólo hasta 1953, en Vasco da Gama hasta 1955 y, como era un valiente y un apasionado por el fútbol, hasta 1962 en categoría regionales, soportando durante doce años insultos y humillaciones en todos y cada uno de los campos que pisaba.

Barbosa el día que dejó definitivamente el fútbol. 

Pero si Moacir pensaba que tras ser levantar los Campeonatos Cariocas de 1945, 1947, 1950 y 1952, tras ser campeón del Sudamericano de 1949 arrasando con la Seleçao y, por qué no decirlo, tras ser subcampeón del mundo en 1950 podría ganarse un sobresueldo comentando partidos en la radio o en la televisión, se equivocó del todo. Porque los medios brasileños vetaron su participación como comentarista en cualquier retransmisión deportiva desde el mismo día del Maracanazo.

Cuentan que tras una remodelación del estadio de Maracaná cambiaron las porterías. A Barbosa le ofrecieron los palos del arco en el que Schiaffino y Ghiggia le marcaron los dos tantos que hicieron campeón del mundo a Uruguay y él los aceptó. Cuando llegó a casa los partió y los usó para encender un fuego y hacer brasas para una barbacoa. Quería ahuyentar sus fantasmas quemando los palos. No lo consiguió.

Porque ni siquiera sus compañeros de profesión salieron nunca en su defensa y, de hecho, diversos seleccionadores brasileños vetaron su acceso a las instalaciones de la selección durante décadas. La humillación más grande se la propinó el Lobo Zagallo

Para clasificarse para el Mundial de Estados Unidos 1994, donde acabaría levantando su cuarta Copa del Mundo, Brasil hubo de remar muchísimo en la fase de clasificación y se jugó el pase en un partido trascendental ante Uruguay a finales de 1993. 

Barbosa, que estaba rodando un documental con la televisión británica, quiso desear suerte a los futbolistas antes del choque, pero el seleccionador se lo impidió. Zagallo, que era entonces el segundo de Parreira al frente de la selección, le negó la entrada a la concentración aduciendo que atraía la mala suerte, que era un gafe para el equipo y que traería malos recuerdos a sus jugadores. 

Moacir tenía entonces 72 años. 
Y habían pasado 43 desde el Maracanazo. 
Pero aún no le habían perdonado. Nunca lo harían.

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El propio Barbosa, muchos años después a petición de algunos medios de comunicación, intentó explicar la jugada que marcó su vida: “Llegué a tocarla. Creí que la había desviado a córner. Pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro de la portería, un frío paralizante recorrió mi cuerpo y sentí de inmediato todas las miradas sobre mí”.

Y seguía: “Yo sé, en el fondo de mi alma, que la culpa no fue mía. Éramos once sobre el césped”.

Y remató: “En Brasil nadie puede ser condenado a más de 30 años de cárcel, pero a mí me condenaron a cadena perpetua por un delito que no cometí”.

El instante que persiguió a Barbosa durante toda su vida.

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Moacir Barbosa murió el 7 de abril de 2000. Pobre y solo en su casa de Praia Grande, donde se había trasladado años atrás buscando un anonimato y una tranquilidad difícil de conseguir. En su funeral apenas se congregaron unas cuantas decenas de personas. Una bandera del Club Atlético Ypiranga, equipo en el que debutó y que en ese momento ya no existía, cubría su ataúd. Más tarde llegaría un enviado de Vasco da Gama, el equipo de su corazón, para el que jugó siempre y el que le abrió las puertas de la selección brasileña, y puso también su bandera junto a la del Ypiranga. Y eso fue todo.

Bien pensado, tampoco hacía falta más, porque Moacir Barbosa, en realidad, había muerto medio siglo antes, el 16 de julio de 1950 en Maracaná, cuando no pudo atrapar la pelota que Ghiggia colocó junto a su palo para hacer campeón del mundo a Uruguay y escribir una de las páginas más recordadas de la historia de la Copa del Mundo.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Luis Monti, el futbolista que estuvo a punto de morir dos veces

Luis Monti es el único futbolista de la historia que ha disputado dos finales de la Copa del Mundo con dos selecciones diferentes. Jugó y perdió con la albiceleste la final del primer Mundial, la que se disputó en Montevideo entre Uruguay y Argentina en 1930 (4-2). Y jugó y ganó la final del Mundial de Italia 1934, la que enfrentó a Italia y Checoslovaquia en Roma y que ganaron los de Vittorio Pozzo en la prórroga con el tanto decisivo de Angelo Schiavio (2-1).

Cuentan que en las dos finales Luis Monti fue amenazado de muerte. En la primera, si ganaba lo matarían a él y a toda su familia. Y perdió. En la segunda, Mussolini dejó claro a los jugadores de la azzurra al principio del torneo, durante y justo antes de la final, que se trataba de ganar o morir. Ganaron. Con el miedo en el cuerpo y el sudor helado recorriendo todos los poros de su piel. Pero ganaron.

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A Luis Monti le apodaban “Doble ancho” desde que debutara en Huracán allá por 1921. Por su imponente físico, que recordaba claramente a un armario ropero de dos cuerpos. Era un jugador duro, fuerte, expeditivo, aguerrido y sacrificado, pero también era tácticamente soberbio y muy bien dotado técnicamente, por lo que era el medio centro perfecto en la época para controlar los ataques adversarios y salir siempre jugando desde atrás.

Monti se ganó muy pronto un sitio en el once de la albiceleste, con la que debutó en 1924 tras su aterrizaje en San Lorenzo de Almagro, donde se convirtió en uno de los primeros ídolos del Ciclón, con el que ganó tres campeonatos argentinos mediada la década de los veinte.

Monti defendiendo los colores de San Lorenzo. 

Y, claro, con la selección pronto empezó a destacar. Ganó el Sudamericano de 1927 y fue el capitán del equipo que se colgó la plata olímpica un año más tarde tras caer en la final contra la Garra Charrúa. Esa final ante los vecinos orientales acrecentó más si cabe una rivalidad salvaje que tendría continuidad en la primera Copa del Mundo de la historia, celebrada en Uruguay en 1930. 

En ese torneo, Monti ya era una de las estrellas de la albiceleste junto a Carlos Peucelle y Guillermo Stábile.

La albiceleste debutó en el Mundial de Uruguay con un triunfo por la mínima ante Francia. El único gol del encuentro y el primero de Argentina en la Copa del Mundo lo metió Monti de falta directa. Aún anotaría el centrocampista el primer tanto argentino en las semifinales antes los Estados Unidos (6-1), para marcar un hito histórico que se vería empañado más tarde, en la final que disputarían argentinos y uruguayos en el estadio Centenario de Montevideo.

Cuentan las crónicas que los jugadores de la selección argentina habían sido hostigados por los aficionados charrúas durante todo el torneo, plantándose en la puerta de su hotel hasta altas horas de la madrugada para impedirles descansar y abucheándolos si se los encontraban por la calle. Parece ser que con Monti llegaron un poco más lejos y le enviaron anónimos amenazando con matarlos a él y a su madre si Argentina ganaba la final del Mundial.

El día de la gran cita Monti no fue el tipo duro y rocoso de siempre. Algunos compañeros cuentan que al descanso, con 1 a 2 en el marcador a favor de la albiceleste, el centrocampista andaba como un fantasma en el vestuario, descompuesto y con el rostro desencajado. 

Monti con la albiceleste en el Mundial de 1930.

El caso es que Uruguay remontó el partido en la segunda mitad para levantar ante su público la primera Copa del Mundo de la historia (4 a 2) y en Argentina la tomaron con Monti. Al que fuera un auténtico ídolo de ese primer fútbol a caballo entre el amateurismo y el profesionalismo lo tildaron los medios de arrugado, de cobarde y de cagón y se cebaron con él de tal manera que no tuvo muchas dudas a la hora de aceptar una oferta de la Juventus de Turín en 1931 para mudarse a tierras transalpinas.

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Italia había sido escogida como sede para la celebración del Mundial de 1934 y Mussolini estaba obsesionado con ganar ese torneo. El Duce había vislumbrado el poder del fútbol entre las masas y quería aprovecharlo. Así que desde la Federación Italiana, con mandato expreso del Jefe del Estado, se intentó confeccionar el mejor equipo posible desde muy pronto y una de las decisiones que se tomaron fue la de convencer a los mejores jugadores para traerlos a la Liga Italiana y convertirlos en oriundi. Nacionalizarlos, vaya, y que jugaran para la azzurra a las órdenes de Pozzo.

Fue en ese contexto como Luis Monti fue contratado por la Juventus de Turín. Así que Doble Ancho se vistió de bianconero para la campaña 1931-32 y ese mismo año de 1932 ya debutó con la selección italiana. También lo harían sus compatriotas argentinos Raimundo Orsi, Attilio de María y Enrique Guaita y el brasileño Anfilogino Guarisi.

Monti llegó a Turín con 30 años, pasado de peso y con problemas físicos a causa de las lesiones. De hecho, los aficionados de la Vecchia Signora, al verlo en el equipo, se preguntaban en voz alta si ése era el gran Monti del que tanto habían oído hablar o si les habían engañado y les habían enviado a otro. Pronto saldrían de su error. Justo el tiempo que tardó Monti en volver a ponerse como un toro. De hecho, la Juventus enganchó un ciclo triunfal con Monti en el equipo que le llevó a dominar el fútbol italiano con puño de hierro entre 1931 y 1935.

La Juventus de Turín, con Monti, en la temporada 1931-32.

Luis Monti, por los años y por un físico mermado por las lesiones, pasó a jugar en posiciones más retrasadas y en la selección de Pozzo se convirtió en una pieza indispensable para el engranaje defensivo del equipo y para sacar el balón rápido en ataque hacia el gran Giuseppe Meazza, del Inter de Milán, y el indetectable Angelo Schiavio, del Bologna. 

Y es que Vittorio Pozzo había reformulado el concepto de la WM clásica para convertirla en una MM, una WW o un 2-3-2-3. Los italianos le llamaban Il Método, y era una especie de embrión de lo que más tarde sería el catenaccio. Pozzo obligó a los dos marcadores a abrirse y adelantó la posición del tercer central para colocarlo justo por delante de los centrales, escoltado por otros dos interiores para controlar mejor el centro del campo. Ese central adelantado en la Italia de Pozzo era Doble Ancho.

El problema es que Monti, duro de pelar en todos los encuentros y en todas las canchas excepto en la final del Mundial de 1930, en un partido en el que la Vecchia Signora se jugaba el título de 1932 ante el Bologna, no dudó en pisotear la rodilla de Angelo Schiavio cuando el delantero estaba en suelo. Schiavio, el mejor goleador italiano del momento, se tuvo que retirar totalmente roto, insultando a Doble Ancho con todos los adjetivos posibles y prometiendo venganza. La Juventus remontó ese partido ante 10 hombres para ganar el Scudetto y Monti se ganó un enemigo eterno en la figura de Schiavio.

Pero entonces llegó Pozzo, que sólo tenía en mente ganar el Mundial y que no quería prescindir de ninguno de los dos futbolistas, los convocó a ambos y, ante la sorpresa de todos los seleccionados, les obligó a compartir habitación en la concentración de la azzurra. Dicen que la tensión duró unos cuantos días, pero a partir de ahí se hicieron amigos para siempre.

Monti en el Mundial de 1934.

En esas estaban, preparándose para un Mundial en el que no estaría Uruguay, la campeona del Mundo, como represalia por la ausencia de la mayoría de selecciones europeas en el Mundial anterior celebrado en su tierra. Pero sí estaría la Austria de Sindelar y Bican, el Wunderteam, y también Hungría, Checoslovaquia o España, huesos duros de roer para una azzurra que tenía la presión y la responsabilidad de ganar la Copa del Mundo ante su público. 

Y más cuando Mussolini apretó las tuercas a los responsables de la Federación Italiana de Fútbol recordándoles que para él no cabía otra cosa que la victoria. Así le transmitió el mensaje a Giorgio Vaccaro, el presidente de la Federación:

—No sé cómo lo hará, pero Italia debe ganar este torneo—. Mussolini, sin pelos en la lengua.
—Haremos todo lo posible, se lo prometo—. Que responde Vaccaro intentando salir airoso del apuro. Pero Benito lo ató en cortito.
—No me ha entendido bien, general. Italia debe ganar este torneo. ¡Es una orden!—. Ahora, sí. Clarísimo. Al pan, pan, y al vino, vino.

***

El debut de Italia en su Mundial fue plácido, ya que el enfrentamiento ante Estados Unidos resultó ser casi un entrenamiento para los transalpinos. El choque acabó con victoria de los anfitriones por 7 goles a 1 sin prácticamente despeinarse, pero en el horizonte de los cuartos de final se oteaba a la selección española, capitaneada por Zamora en la portería y con Lángara como gran estrella en ataque, bien secundado por Gorostiza, Regueiro y Lafuente.

En Florencia, Monti se vistió de gladiador y se cargó a medio equipo español. Aún así, Luis Regueiro adelantó a los españoles y Ferrari empató para Italia antes del descanso en una jugada en la que el portero español recibió dos puñetazos, el árbitro belga Louis Baert hizo amago de anular el tanto, pero decidió darlo por válido ante el estupor de los españoles y el júbilo de los 35.000 aficionados italianos presentes en el estadio. Ni en la segunda mitad ni en la prórroga se movió el marcador, así que se habría de jugar un segundo partido de desempate en el mismo estadio.

En ese segundo partido que decidiría quien se metía en semifinales, no pudieron jugar con España Zamora, con dos costillas rotas, Ciriaco, Fede, Gorostiza, Iraragorri, Lafuente y Lángara. Doble Ancho, que a partir de ese día fue apodado también el León Azul y el Terror, sí saltó al césped del Giovanni Berta de Florencia. 

Y lo hizo dejando claro quién mandada allí, tras enviar a los vestuarios a Bosch tras dos entradas durísimas y noquear minutos más tarde a Quincoces. Como no se permitían cambios, España jugó con nueve hombres y no pudo contrarrestar el polémico tanto que Meazza había anotado a los once minutos de partido y que clasificaría a Italia para las semifinales ante el Wunderteam austríaco. Un rival menos, un respiro más.

La selección italiana que se midió a España realiza el saludo fascista.

Esto dijo Raimundo Orsi, uno de los oriundi que disputó aquel encuentro: “Menos mal que ganamos ese partido. Mejor dicho, ganó Monti. Les pegó a todos, creo que hasta al seleccionador español. Para colmo, el árbitro no vio nada en el gol de Meazza, que había hecho una falta grande como una casa, y los españoles lo querían matar. Pero eligió bien. Si lo anulaba lo iban a matar los italianos”. Más claro, agua.

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En las semifinales, unos austríacos cansados tras dos partidos complicados ante Francia (3-2) y Hungría (2-1) no pudieron resistir ante la potencia italiana. Doble Ancho se pegó a la estrella austríaca Sindelar y no le dejó respirar en todo el encuentro. Guaita hizo el resto anotando el tanto que metía a la azzurra en la final de su torneo. Enfrente, Checoslovaquia. Y justo al lado, recordando a los futbolistas italianos que habían de ganar sí o sí, Mussolini.

Porque el Duce volvió a entrar en escena y, aparte de cenar con el árbitro sueco Ivan Eklind que pitó la semifinal ante Austria y que, curiosamente, también arbitraría la finalísima ante Checoslovaquia, quiso aumentar la motivación de sus hombres con un discursito previo a la final en el que les recordaba que se trataba de vencer o morir, así, sin más. 

Algo parecido a esto cuentan que les dijo: “Señores, si los checoslovacos son correctos, seremos correctos. Pero si nos quieren ganar de prepotentes, el italiano debe dar el golpe y el adversario, caer. Buena suerte para mañana, y no se olviden de mi promesa”. La promesa era un telegrama anterior de Benito a los jugadores que sólo decía: “Vencer o morir”.

Al descanso, checoslovacos e italianos empatan a cero. El Duce considera necesario recordar su promesa y baja al vestuario a hablar con Vittorio Pozzo. “Que Dios le ayude si llega a fracasar”, le espeta al seleccionador. Y lo cierto es que el fracaso estuvo muy, muy cerca, porque a falta de veinte minutos para el final del encuentro Checoslovaquia se adelanta en el marcador con un gol de Puc que deja helado a todo el estadio y totalmente groguis a los futbolistas italianos. 

Doble Ancho entonces se encomienda al Altísimo, a todos los santos y a todos los dioses paganos. Habla con todos los futbolistas uno por uno, los anima y los levanta. Hay que empatar como sea. Y la tragedia sobrevuela Roma durante 10 larguísimos minutos, los que tarda Orsi en empatar la final cuando casi expiraba. Vida extra para Italia.

Y esa vida extra no la iban a desaprovechar los transalpinos, que derrotaron a Checoslovaquia con un tanto de Schiavio a los cinco minutos del primer tiempo de la prórroga. El gran ariete del Bologna había sacado fuerzas de la nada para regatear al defensa checo Josef Ctyroky y batir al gran Planicka con un remate ajustado al palo.

El gol hizo estallar de júbilo a todo el estadio mientras los futbolistas italianos se encargaron de resistir el resto de la prórroga para levantar por primera vez en su historia una Copa del Mundo y, de paso, evitarse un tremendo mal trago. 

Italia celebra su primera Copa del Mundo en 1934.

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Tras el Mundial, a Monti aún le quedaron unos años de fútbol en la Juventus, con la que ganó la Copa de Italia en 1939, pero a partir de 1936 ya no vestiría más la casaca de la azzurra y no disputó el Mundial de Francia 1938 que, ya sin ningún oriundi, volvió a ganar la Italia de Pozzo

Tras su retirada, Doble Ancho entrenó un puñado de equipos en Italia antes de regresar definitivamente a Argentina para seguir ejerciendo como técnico unos cuantos años más.

Siempre que podía, resumía su experiencia en los Mundiales con una frase que ha pasado a la posteridad: “Si en Uruguay ganaba, me mataban y si en Italia perdía, me fusilaban”. Por suerte para él, hizo en cada uno de los dos casos lo que se le pidió. 

O simplemente pasó así... 

El caso es que Monti vivió hasta 1983, cuando, con 82 años, no pudo sobrevivir a un infarto. Ese día, entre los múltiples mensajes de condolencia, su familia recibió un telegrama desde Bologna. Era de Angelo Schiavio, el enemigo que se convirtió en amigo y que con su gol les salvó la vida a todos.