"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

jueves, 20 de octubre de 2022

El Mineirazo, la mayor humillación de Brasil en la historia de los Mundiales

"Ésa fue la peor derrota de mi carrera 
y, si lo pienso, el peor día de mi vida. 
Pero la vida continúa 
y no acaba con esta derrota". 
Luiz Felipe Scolari

8 de julio de 2014. Estadio Mineirao, Belo Horizonte. Las semifinales de la Copa del Mundo enfrentan a Brasil y Alemania. Sobre el césped se acumulan las estrellas en las camisetas. Cinco lucen los brasileños por tres los germanos. El ambiente está enrarecido. Es festivo, como siempre en Brasil ante un acontecimiento futbolístico de tamaña magnitud. Es alegre y optimista. Es emocionante. 

La Seleçao canta abrazada el himno de Brasil.

Pero también se detectan los nervios de una torcida que sabe que enfrente tiene un gran equipo de fútbol, pese a que ningún europeo ha ganado nunca un Mundial en tierras americanas. Aunque en los últimos 39 años, desde que la magnífica Perú de Sotil y Cubillas derrotara a la canarinha en la ida de la final de la Copa América de 1975, ninguna selección ha vencido en Brasil. 

Y ha llovido mucho desde entonces, que treinta nueve largos años dan para mucho. 
Pero hay cosas que no se olvidan. 
Porque aunque hace mucho tiempo, Perú ya ganó en este mismo estadio. 

Cosas de meigas, que haberlas, haylas.

Los teutones saltan al terreno de juego con una equipación extraña que hace que a los puristas les duelan los ojos. No es que sea fea, que no lo es, sino que las franjas horizontales rojas y negras que lucen en su camiseta no las ha vestido nunca la Mannschaft en su larguísima historia. Con lo fácil que parece jugar una semifinal de la Copa del Mundo de blanco y negro ante una selección verdeamarelha, que no hay confusión posible y sí un respeto por la tradición y los rituales de un competición histórica. 

Alemania saltó al césped con una equipación especial.

Al parecer, Alemania quería hacer con su segundo traje un homenaje al Flamengo, el club más popular de Brasil, aunque demasiado homenaje parece disputar con esos colores la semifinal de un Mundial ante la anfitriona. 

Pero, bueno, en lo único que se van a equivocar los alemanes es en la elección de su vestimenta. En lo puramente futbolístico están a punto de dar una auténtica exhibición que será recordada para siempre.

***

Brasil y Alemania, dos auténticos colosos del fútbol de selecciones, sólo se han enfrentado una vez en la Copa del Mundo. Fue en la final del Mundial de 2002, el de Corea y Japón, el que se llevaron los brasileños con dos tantos de Ronaldo. Hay alguien en el banquillo de la canarinha que tiene ese partido en su mente con total claridad. De hecho, por eso lo han contratado, para que repita en Brasil lo que obtuvo en Yokohama. 

Porque él estuvo allí. 
Es el seleccionador de Brasil, Luiz Felipe Scolari. 

Scolari no podía imaginar la pesadilla que estaba a punto de vivir..

Enfrente, Joaquim Löw piensa más en su única experiencia agridulce en una Copa del Mundo, en la semifinal perdida cuatro años atrás ante España en Sudáfrica con el cabezazo de Carles Puyol. Ha aprendido de ello y ahora no quiere que a los suyos se les vuelva a escapar la final entre los dedos.

Los once de Scolari saltan al campo entre el fervor de los casi 60.000 espectadores que llenan el estadio Mineirao. Entre los elegidos no está la estrella del equipo, Neymar, al que un choque con el colombiano Camilo Zúñiga en los cuartos de final le fracturó una vértebra.

Y tampoco está Thiago Silva. 

El central del Paris Saint Germain vio una amarilla ante los colombianos que acarreaba suspensión y por ahí empezó a perder Brasil el partido. Porque la defensa que montó Scolari con Julio César en portería, Marcelo por la izquierda, Maicon por la derecha y David Luiz y Dante de centrales con Fernandinho de pivote defensivo en el centro del campo fue un auténtico coladero, impropio de una selección del nivel que se le supone a la pentacampeona del mundo. Incluso del que se le supone a una selección que disputa el Mundial, sin más. Pero no adelantemos acontecimientos. 

Los compañeros se acordaron de Neymar.
Foto: Getty Images.

Joaquim Löw fue fiel a su estilo y alineó un centro del campo tocador y alegre, ágil y dinámico, juntando a Khedira, Schweinsteiger, Özil, Kroos y el indetectabe Müller, y dejando arriba como referencia al veteranísimo Miroslav Klose. La portería la defendía Neuer, escoltado por Lahm, Boateng, Hummels y Howedes. Los alemanes jugaban de memoria, pero enfrente tenían a la anfitriona, una selección moldeada a imagen y semejanza de su técnico, con la ansiedad y la responsabilidad de darle una alegría a su público, pero espoleada precisamente por él.

Un equipo, el brasileño, que había empezado el Mundial como un tiro (dos victorias holgadas ante Croacia (3-1) y Camerún (4-1) y un empate sin goles ante México en la primera fase) y que se llevó un susto tremendo en octavos de final ante Chile, cuando los penaltis decidieron que los anfitriones seguirían adelante en el torneo tras el empate a uno con el que acabó el partido y la prórroga. Ante Colombia estuvieron más finos, pero también ganaron apretados (2-1). 

Los alemanes clavaron los números de Brasil en la primera fase con una victoria ante Portugal (4-0), un empate ante Ghana (2-2) y un triunfo ante Estados Unidos (0-1) para ser primeros de grupo. Como Brasil, en octavos sudaron sangre para derrotar a Argelia en la prórroga (2-1) y convencieron un poco más en cuartos con una victoria trabajada ante Francia (1-0). Con trayectorias casi calcadas, las espadas estaban en todo lo alto en Belo Horinzonte.

***

Tras los himnos y el sorteo de campo protocolario, el colegiado mexicano Marco Antonio Rodríguez, Chiquimarco para los amigos, levantó el telón con el pitido inicial. La canarinha salió fuerte, presionando arriba a su rival, intentando forzar pérdidas en la salida de la pelota del cuadro germano, un equipo que siempre intentaba salir con el balón controlado desde posiciones defensivas. 

Y por momentos parecía que, empujada por su público, la selección brasileña podía conseguirlo. Marcelo vivía permanentemente en terreno alemán y el primer tiro fue suyo, muy desviado desde la frontal del área. Después fue Hulk el que cabalgó por banda derecha y soltó un centro botando por el suelo que atrapó Neuer con seguridad. 

Pero el espejismo duraría apenas siete minutos, que fueron los que tardó Alemania en sacudirse la presión y generar miedo en la zaga brasileña. 

Tres minutos después, en el diez, los germanos ya ganaban por cero a uno.

Alemania sacó un córner desde la parte derecha tras un ataque rápido que culminó Khedira con un disparo que se estrelló en el cuerpo de un defensa brasileño. Kroos puso un centro templadito, al corazón del área, justo pasado el punto de penalti. Y por allí apareció Müller completamente solo, libre de marca, para rematar con el interior de su pierna derecha con suma tranquilidad y poner el balón lejos del alcance de un Julio César atónito. 

Müller remata a placer para poner por delante a Alemania.
Foto: Getty Images.

El estadio enmudeció por momentos, aunque pronto volvió a animar a los suyos. Al fin y al cabo, esto acababa de empezar. Y era cierto. Pero nadie sospechaba la que se les iba a venir encima.

Porque en apenas seis minutos, los que van del 23 al 29 de partido, Alemania masacró a Brasil con cuatro tantos que convirtieron el estadio Mineirao en un mar de lágrimas. Entre el 0-1 de Müller y el 0-2 de Toni Kroos pasaron 13 minutos, un tiempo que puede ser muy corto para algunos y muy largo para otros. 

En esos 13 minutos inclasificables podía Brasil haberse metido en el partido. Pero la historia se escribe con hechos, no con quimeras. Y Marcelo se metió en el área para dejarse caer de mala manera y crear una tángana de la nada. Y es que a esas alturas de partido, apenas un puñado de minutos jugados, la Canarinha ya era un manojo de nervios en todas sus líneas y cada aproximación alemana hacía temblar los cimientos del estadio.

Todo saltó por los aires en seis minutos, los que van del 23 al 29. Si en el primer tanto de Müller quedó retratado David Luiz, en los siguientes cuatro goles todos los zagueros y medio centro del campo se agolparon para salir en la histórica foto. Y no eran unos cualquiera, aunque en ese instante lo parecieran. 

David Luiz, el capitán circunstancial, jugaba en el Chelsea. 
Dante era compañero de la mitad de la selección alemana en el Bayern de Múnich. 
Maicon vivía sus últimos coletazos en la Roma y Marcelo (tenía 26 años entonces) estaba en el mejor momento de su larga carrera y venía de ser Campeón de Europa con el Real Madrid. 
Fernandinho era el pulmón del Manchester City. 

Pero parecían juveniles que debutaban todos a la vez en el primer equipo.

Corría el minuto 23 y Kroos tenía la pelota cosida al pie en la frontal del área, con un sinfín de brasileños mirándole sin atreverse a entrarle de verdad. Metió el centrocampista un pase entre líneas dentro del área, por donde apareció Müller como una exhalación haciendo una diagonal. El del Bayern no chutó, sino que le cedió la pelota a Klose en el punto de penalti y siguió corriendo, seguido por su par. 

Klose se encontró solo de repente, con el balón parado, como si se dispusiera a chutar un penalti. Y chutó. La despejó Julio César, pero el balón cayó de nuevo a sus pies y Klose aprovechó para hacer el 2 a 0 mientras los defensas miraban y, de paso, superar a Ronaldo como el máximo goleador de la historia de los Mundiales.

Klose celebra el segundo tanto alemán.

Apenas un minuto más tarde, Lahm entró por su banda con el balón controlado y puso un centro raso y fuerte al borde del área, por donde entraba Müller. El 13 alemán intentó el remate, pero no llegó a golpear la pelota, que le quedó franca a Kroos en la frontal del área. El fino centrocampista la empalmó con la izquierda y Julio César no fue capaz de sacarla pegada a su palo. 

Tres a cero y las caras del público eran un auténtico poema. 
Las de los jugadores brasileños, otro.

Pero la pesadilla no había hecho más que comenzar. 

La defensa brasileña intenta salir jugando ante la aparente falta de presión de los alemanes y juega una pelota con Fernandinho, que recibe de espaldas. Antes de controlar, Kroos ya se la ha quitado y encara a los centrales. Le deja la pelota a Khedira, que le acompaña, y éste, ante la reacción de los dos defensores que van a buscarlo, se la devuelve a Kroos dentro del área para que anote con suma tranquilidad el cuarto de Alemania y su segundo en el partido. 

Pim, pam, pim, pam. 
“Para ti”. 
“No, toma, márcala tú”. 
“Pero no le pegues fuerte, que no vale”. 

Como si jugaran en el patio del colegio contra niños mucho más pequeños. 
Cero a cuatro a los 26 minutos de juego. 

Toni Kroos hizo el tercero y el cuarto para Alemania.

Aunque a los aficionados no les dio tiempo a enjugarse las lágrimas antes de que llegase el quinto. 

Minuto 29. Khedira roba otra vez en tres cuartos de campo en la salida desastrosa de balón de una Brasil totalmente descompuesta. Encara a su par en la frontal, que no se atreve ni a acercársele. Cuando le encima por fin, Khedira ya se la ha dado a Kroos, quien le devuelve la jugada a su amigo del patio. 

Pim, pam, pim, pam. 
“Ahora te toca a ti, que yo ya he hecho dos”. 
“Venga, vale, va”. 
“Pero trallón no, eh”. 
“No, tranquilo, suavecita y colocada”. 

Y Khedira le pega raso, desde el punto de penalti, colocadita al palo largo, donde ni el portero ni los dos defensas que se habían ido bajo palos pueden impedir que la pelota entre por quinta vez en la portería brasileña.

Seis minutos, cuatro goles, unos diez pases entre los jugadores alemanes dentro del área brasilera, cuatro remates francos, colocados, con tiempo para pensar y poner la pelota donde quisieran, con los defensores lejos de sus marcas en todas las jugadas y corriendo bajo palos para evitar lo inevitable. 

Khedira marcó sin despeinarse el quinto de Alemania.

Con el público sumergido en un llanto eterno mientras todo se venía abajo. 
Con las bocas de salida del estadio colapsadas por los que abandonaban el espectáculo entre lágrimas. 

Pero esas lágrimas no tapaban el increíble marcador del estadio Mineirao en la semifinal del Mundial. 

Minuto 30. Brasil 0 - Alemania 5. 

Los futbolistas de la verdeamarelha no sabían dónde meterse. 
Los teutones, en cambio, siguieron a lo suyo, ajenos al drama futbolístico y social que estaban provocando.

***

En la segunda parte nadie creía en una hipotética remontada brasileña, faltaría más, pero, por si acaso, los de Joaquim Löw no bajaron el pie del acelerador, en especial Neuer, que se mantuvo igual de concentrado que si fueran empatando a cero y sacó tres buenas manos en los primeros minutos a Oscar y, sobre todo, a dos remates a quemarropa de Paulinho. 

En definitiva, Alemania estaba intentando que una victoria de esas características no acabara mal para ellos en forma de lesiones o amarillas que les privaran de jugar una final que ya tenían atada y bien atada. 

Y enfrente, pese al empuje inicial, seguía estando la misma Brasil de la primera parte, una selección timorata y nerviosa que no sabía dónde meterse. Quizá con un poco más de orgullo tras la que que había caído en la primera parte. Con los atacantes más incisivos, sobre todo Oscar. Pero poco más.

Schürrle puso la puntilla a una Canarinha totalmente desbordada.

Y entonces Alemania volvió a hacer sangre casi sin querer. Schürrle, recién ingresado en el terreno de juego, no entendía de dramas y de sinsabores y culminó primero dentro del área una jugada preciosa entre Khedira y Lahm y cerró después la goleada con un remate espectacular que rebotó en el travesaño antes de entrar en la portería de Julio César para poner un marcador absolutamente delirante en las semifinales del Mundial. 

Brasil 0 – Alemania 7.

Al final, Oscar hizo el tanto del honor cuando el colegiado estaba a punto de mandarlos a todos a la ducha. Mientras David Luiz, entre lágrimas, intentaba articular palabras de disculpa hacia todos los aficionados brasileños, el resto de mundo intentaba digerir el 1 a 7 que se acababa de comer la pentacampeona del mundo ante su propia gente.

Mientras el estadio acababa de vaciarse (muchos aficionados se habían ido antes del minuto treinta), los disturbios se fueron sucediendo en mayor o menor grado por diferentes zonas de Brasil. 

En Río, en Sao Paulo, en Recife, en Bahía... prácticamente en todas las grandes ciudades había algunos autobuses quemados o apedreados (vete tú a saber qué culpa tenían los autobuses), había reyertas que, en algunos puntos, precisaron de la intervención policial y, sobre todo, había llanto, desesperación y rabia esparcida por todo el país. 

La selección que estaba llamada a darle una alegría al pueblo levantando la Copa del Mundo ante su gente, esa que no pudieron levantar en 1950, había acabado protagonizando la humillación más grande de la historia de la verdeamarelha.

Brasil lloró la eliminación de la Canarinha. 

Los alemanes, ajenos al drama, se plantaron en Maracaná para enfrentarse a la Argentina de SabellaMessi y ahí las cosas no resultaron tan fáciles como se presumía tras la exhibición de Belo Horizonte. 

La final estuvo tan igualada que se llegó al tiempo extra tras un empate sin goles en los noventa minutos. Y cuando el tiempo se agotaba y la tanda de penaltis oteaba en el horizonte, Götze hizo un golazo que hizo felices a los teutones y dejó a Argentina sumida en la tristeza de la ocasión perdida. 

Y mientras Lahm alzaba al cielo de Río la cuarta Copa del Mundo de Alemania, los argentinos se lamentaban y los brasileños se lamían sus propias heridas sin saber si alegrarse o no porque su verdugo hubiera ganado el Mundial. 

En su fuero interno casi todos preferían el triunfo alemán, porque si además de la debacle es Argentina la que levanta la Copa del Mundo en Maracaná el drama hubiera sido aún mayor. 

Pero la historia es la que es y no la que podría haber sido. 
Y el Mundial lo ganó Alemania.

***

Cien días antes del partido inaugural del Mundial de 2014, Luis Fernandes, entonces viceministro de Deportes brasileño declaró: “Brasil necesita el Mundial para exorcizar el fantasma del Maracanazo, un fantasma de 50 años”. No hacía más que expresar el sentimiento de todo un pueblo. 

Pero, a veces, intentar exorcizar los fantasmas invocándolos no acaba de funcionar. 

Porque se esfumaron los fantasmas del Maracanazo, pero los sustituyeron los del Mineirazo. Fantasmas más modernos, pero fantasmas al fin y al cabo que son una losa para un pueblo como el brasileño donde el fútbol desata tantas y tantas pasiones. 

Al menos, los protagonistas del Maracanazo, marcados durante años por todo un país, quedaron liberados de sus penas porque ahora tocaba llorar las de otros, aunque para muchos, para todos, la absolución llegó demasiado tarde.

Los futbolistas brasileños quedaron destrozados tras la derrota.

Pero tampoco deberíamos olvidar algo muy importante: ocho años después del Maracanazo, la canarinha alzó su primera Copa del Mundo en Suecia 1958, en continente enemigo (algo sólo repetido por Alemania en Brasil en 2014, 56 años después), para escribir una historia formidable en los Mundiales que la ha convertido en la mejor selección de la historia, la única que ha ganado cinco Copas del Mundo. Entonces, en 1950, tras el Maracanazo, nadie creía que fuera posible recuperarse de tal tragedia futbolística y llegaron Pelé, Garrincha, el eterno Jogo Bonito y los títulos en cascada

Hoy, tras el Mineiraizo, las dudas son las mismas. ¿Será la reacción también idéntica? Veremos. Está en la mano de jóvenes como Vinicius o Rodrygo con la ayuda de Neymar, un superviviente exonerado del Mineirazo porque ese día no pudo jugar.

Lo único claro es que, aunque todo es posible y el ser humano es el único capaz de tropezar tres veces con la misma piedra, a Brasil deberían habérsele quitado las ganas de volver a organizar otra Copa del Mundo. Porque a los viejos fantasmas es mejor dejarlos tranquilos y no invocarlos de nuevo.

lunes, 17 de octubre de 2022

Las sorpresas (y los atracos) del Mundial de Corea y Japón en 2002

El Mundial de Corea del Sur y Japón en 2002 fue el primer torneo del siglo XXI, el primero que se disputó en tierras asiáticas y, por tanto, también el primero que no se jugó ni en Europa ni en América. Además, fue la primera Copa del Mundo que organizaron dos países de forma conjunta. Pero, ante todo, el Mundial de 2002 fue el de las sorpresas (...y el de los atracos).

Senegal, que jugaba por primera vez en su historia la fase final de una Copa del Mundo, se metió en los cuartos de final. Turquía, cuya única participación en un Mundial se remontaba a Suiza 54, llegó a las semifinales, como una de las dos anfitrionas, Corea del Sur, aunque de distinta manera. La otra anfitriona, Japón, se quedó en octavos de final.

Por el camino, naturalmente, se fueron cayendo muchas de las selecciones favoritas. Unas antes y otras después. Unas más sorprendentemente que otras. Pero las grandes potencias futbolísticas lo pasaron francamente mal en tierras asiáticas. 

Excepto Brasil y Alemania, claro, que pescaron en río revuelto y, en medio de tanta sorpresa, cumplieron con los pronósticos y disputaron la final en Yokohama, aunque, curiosamente, nunca antes se habían enfrentado en una Copa del Mundo.

Ver para creer. 

Ronaldo consuela a Oliver Kahn tras la final disputada en Yokohama.

***

Las sorpresas empezaron pronto. Justo en el partido inaugural, el 31 de mayo de 2002, cuando Francia, defensora del título obtenido en 1998 y actual campeona de Europa, caía increíblemente ante la debutante Senegal. A los de Roger Lemerre les sorprendió el tanto de Papa Bouba Diop a los 30 minutos y, pese a su dominio territorial, no fueron capaces de crear el peligro suficiente como para remontar el choque. Al final, 1 a 0 para los africanos debutantes y la Copa del Mundo cuesta arriba para los galos, que habrían de enfrentarse a daneses y uruguayos, sobre el papel, rivales de más enjundia que los senegaleses. 

De hecho, al día siguiente, Dinamarca vencía a Uruguay por dos goles a uno y convertía el partido entre la Garra Charrúa y los galos en una auténtica final anticipada. La maldición del campeón en su máxima expresión.

La segunda gran sorpresa de esta primera jornada llegó seis días más tarde. El 5 de junio de 2002, la Portugal de la Generación de Oro debutaba en el Mundial ante Estados Unidos, en un encuentro que se presumía plácido para los lusos, pero que acabó convirtiéndose pronto en un auténtico drama. 

Y es que a los 36 minutos de partido la selección de las barras y estrellas ya ganaba por 3 a 0 con Portugal absolutamente dormida. Al borde del descanso, Beto acortó distancias para dejar abierta la puerta a la esperanza en la segunda parte, pero no hubo remontada. Jeff Agoos marcó en propia puerta y el choque acabó 3 a 2 para Estados Unidos. 

A los portugueses se les complicaba el Mundial con el que tanto habían soñado después de 16 años de ausencias.

En la segunda jornada Francia confirmó que no éste no iba a ser su Mundial con un empate a cero ante Uruguay que dejaba a las dos selecciones al borde la eliminación tras el empate entre daneses y senegaleses (1-1). 

Se confirmaría en el último encuentro de la fase de grupos, cuando los de Lemerre cayeron por dos goles a cero ante Dinamarca y se despidieron del Mundial sin ganar un solo partido y sin anotar un solo gol, siendo el peor defensor del título de la historia de la Copa del Mundo. 

Dinamarca celebra un gol ante Francia.

Uruguay también volvió a casa, pero lo hizo como suele, con la garra por delante, tras remontar un 3 a 0 al descanso para acabar empatando ante la sorprendente Senegal, que acompañaría a Dinamarca en los octavos de final.

La que se asomó al precipicio en esta segunda jornada de la fase de grupos fue la Argentina de Marcelo Bielsa. La albiceleste había debutado con un sufrido triunfo ante Nigeria (1-0) que podía valer su peso en oro en un grupo muy complicado con Inglaterra y Suecia. De hecho, suecos e ingleses habían empatado en el debut. Pero Argentina cayó ante Inglaterra con un gol de penalti que marcó Beckham y llegó a la última jornada con la obligación de ganar ante Suecia para seguir adelante. 

Sólo fue capaz de empatar con un gol de Hernán Crespo casi sobre la hora (1-1) por lo que Suecia e Inglaterra (que cerró el grupo empatando sin goles ante Nigeria) seguirían adelante y Argentina, con un auténtico equipazo, se iba a casa en la primera fase para consumar uno de los fracasos más sonados de su historia en la Copa del Mundo, al nivel del desastre de Suecia 1958.

Argentina llora su eliminación en el Mundial 2002.

Y como no hay dos sin tres, a las eliminaciones de Francia y Argentina en la primera fase se sumó definitivamente la de Portugal. Los lusos cogieron aire venciendo con rotundidad a Polonia por 4 a cero en la segunda jornada, por lo que afrontaban el último partido del grupo con las posibilidades intactas de pasar de ronda. 

Pero, ojo, que el rival era la Corea del Sur de Guus Hiddink, que se presentaba como líder del grupo tras haber vencido a Polonia (2-0) en la primera jornada y haber empatado ante Estados Unidos en la segunda (1-1).

Pero en el encuentro pasaron cosas rarísimas. Primero, que Polonia le hizo dos goles en los primeros cinco minutos a Estados Unidos en el otro partido y eso clasificaba a Corea del Sur y a Portugal empatando su encuentro. Pero, además, Corea del Sur sería primera de grupo y se las vería con Italia en octavos, mientras que Portugal sería segunda y se enfrentaría a México. Así que, aquí paz y después gloria. Virgencita que me quede como estoy. Y no se jugó a nada durante un buen rato.

Aún así, portugueses y surcoreanos parecían revolucionados y en menos de seis minutos los anfitriones ya habían marcado el terreno con alguna que otra patada que calentó a los portugueses. Beto fue el primero en encenderse. Primero soltó una patada a destiempo en la que el colegiado le perdonó la amarilla, pero enseguida soltó otra vez la pierna y se llevó la amonestación. Habían pasado sólo 22 minutos de encuentro. 

Dos minutos más tarde, a Joao Pinto se le cruzaron los cables y realizó una entrada terrorífica con tijera incluida a la rodilla de un futbolista surcoreano que no venía a cuento. El colegiado argentino Ángel Sánchez lo envió a la caseta y el luso le golpeó en los riñones en una acción que después le costaría seis meses de sanción. Pero ahora, en este instante, lo que acarreaba era que los lusos se quedaban con diez con todo el partido por jugarse.

En la segunda parte, y con los polacos venciendo ya por 3 a 0 a los yanquis, en el Incheon Stadium seguía sin jugarse a nada, aunque los acercamientos surcoreanos eran cada vez más frecuentes. Hasta que Beto culminó su particular locura con otra patada al extremo surcoreano en una acción sin peligro para los suyos que le costó la segunda amarilla. Quedaba media segunda parte y Portugal jugaría con nueve jugadores. 

Joao Pinto dejó a Portugal con nueve jugadores.

Y, claro, ahí a los surcoreanos ya no les quedó más remedio que acabar con la pantomima y atacar. Y el joven Park Ji Sung aprovechó para batir a Baia en una acción preciosa. Controló con el pecho un centro desde la izquierda, la bajó, se la cambió de pie para eludir la entrada de un precipitado Conciençao y remató entre las piernas del portero portugués. Quedaban veinte minutos de encuentro y ahora las cuentas eran otras. Portugal necesitaba empatar para clasificarse. Pero no lo consiguió, pese a que Conciençao estrelló un remate en el palo a falta de dos minutos para el fial, y le tocó hacer las maletas de la peor manera posible.

Corea del Sur fue primera de grupo y jugaría los octavos ante Italia y a Estados Unidos, que había tirado sus opciones por la borda tras el tropezón ante una Polonia eliminada (3-1), se le apareció la Virgen y jugaría los octavos de final. Su rival: los vecinos mexicanos. Desde su victoria en Belo Horizonte ante Inglaterra en 1950 los norteamericanos no habían tenido una alegría semejante en el Mundial.

***

En los octavos de final llegaron más sorpresas. La primera volvió a protagonizarla Senegal el 16 de junio ante Suecia. Los suecos se habían adelantado en el marcador con un tanto de Larsson a los 11 minutos de encuentro, pero Henri Camara empató a falta de menos de diez minutos para el descanso. En la segunda parte nadie fue capaz de marcar y el choque se marchó a la prórroga. Y en el tiempo extra volvió a aparecer Camara para hacer el segundo tanto, el gol de oro que enviaba a los suecos a casa. Senegal, en su primera participación en una Copa del Mundo, se metía en los cuartos de final del torneo. Increíble, pero cierto.

Al día siguiente, la otra sorpresa la dio Estados Unidos, que se cargó a sus vecinos mexicanos para seguir acentuando la maldición del quinto partido para el Tri. Los de las barras y estrellas vencieron con los tantos de McBride, a los ocho minutos de encuentro, y de Donovan mediada la segunda mitad y alcanzaron la mejor clasificación de su historia en una Copa del Mundo al acceder por primera vez a los cuartos de final del torneo. 

Donovan dio la puntilla al Tri en los octavos de final.

Allí les cerraría el paso la Alemania más efectiva con un gol de Ballack. Los germanos iban pasando rondas con la ley del mínimo esfuerzo tras vencer a Paraguay en octavos con un gol de Neuville a falta de dos minutos para el final del choque. Fiabilidad alemana en estado puro.

Y un día más tarde, el 18 de junio de 2002, el sorpresón. Corea del Sur eliminó a Italia en un partido que pasará a los anales de la historia de la Copa del Mundo por la lamentable actuación del colegiado ecuatoriano Byron Moreno y sus dos linieres, el argentino Jorge Rattalino y el húngaro Ferenc Szekely. 

Ya a los 4 minutos de encuentro, pitó un penalti a favor de los surcoreanos que protestó toda la azzurra, que no se lo podía creer, aunque lo cierto es que Coco agarró de la camiseta al atacante y lo empujó. Seguramente no tanto como para que el atacante rodara por el suelo, pero ese penalti lo podía pitar sin problemas el ecuatoriano. Lo lanzó Ji-Sung Park, pero respondió Buffon con una gran parada abajo, al palo derecho de su portería. 

El caso es que Italia se repuso, buscó la portería asiática y marcó relativamente pronto, en el minuto 18, merced a un tanto de Vieri de cabeza a la salida de un córner que parecía poner la clasificación en bandeja al cuadro de Giovanni Trapattoni. 

Pero el partido dio muchísimo más de sí.

De entrada, casi todas las faltas pitadas eran en contra de Italia. Las tarjetas, también se las llevaban los italianos. Los surcoreanos iban con todo, pero el colegiado dejaba seguir ante la indignación creciente de los jugadores transalpinos. A los cuatro minutos de la segunda mitad, Kim Tae-Young le propinó un codazo a Del Piero que parecía una roja clara. El surcoreano, de todas formas, ya tenía una tarjeta amarilla. La cosa se quedó en falta. 

En el minuto 27, Zambrotta salió por su banda con el balón controlado cuando recibió una entrada descomunal con los tacos por delante que le golpeó en la cadera. El italiano se marchó lesionado mientras el infractor no vio ni siquiera la amarilla. 

Como cuando en el minuto noventa Maldini recibió una patada en la cabeza que el colegiado ni pitó. 

En esas, con los italianos desquiciados, había empatado Corea del Sur a falta de dos minutos con un gol de Seol Hi Hyeon que mandaba el partido a la prórroga. El error descomunal de Panucci en el despeje, dejando el balón muerto dentro del área, lo aprovechó el delantero asiático sin rechistar.

En el tiempo extra, con la amenaza del gol de oro pendiendo sobre las cabezas de las dos selecciones, el festival arbitral subió de nivel. 


Byron Moreno muestra la segunda amarilla a Totti por simular.

A puntito de acabar la primera parte de la prórroga Totti se interna en el área con el balón controlado y es trabado y derribado clarísimamente por un defensor surcoreano. El penalti es clarísimo. De poner en las escuelas para enseñar lo que es un penalti. 

Byron Moreno echa mano del silbato y pita falta a favor de Corea del Sur por simulación del delantero y le muestra la segunda amarilla al transalpino. 

Los italianos no dan crédito. 
Trapattoni echa fuego por la boca en el banquillo. 
Pero el partido sigue.

Y a falta de pocos minutos para el final, Tomassi recibe al borde del área totalmente solo, dispuesto a encarar al portero anfitrión. De hecho, el italiano acaba la jugada anotando un gol, pero el colegiado ya había pitado fuera de juego. La desesperación en el banquillo italiano estaba desbordada, pero aún quedaba el cierre de fiesta. 

Un centro al corazón del área italiana lo remató arriba, adelantándose a Maldini, Ahn Jung Hwan, que puso el balón lejos del alcance de Buffon para anotar el gol de oro que daba el pase a Corea del Sur a los cuartos de final del torneo.

El cabezazo de Ahn Jung Hwan que eliminó a Italia.

La frustración italiana no tenía límites, pero la azzurra tenía que hacer las maletas.

***

Cuatro días más tarde, el 22 de junio de 2002, en Gwanju y con el arbitraje del egipcio Gamal Elghandour asistido por Ali Tomusange y Michael Ragoonath, sería España la que se sentiría estafada y atracada. Los de Camacho habían superado a Irlanda en octavos de final con muchísimo sufrimiento, tras empatar a uno y clasificándose en la tanda de penaltis. Pero en cuartos se estaban merendando a los surcoreanos, quizá conscientes de la oportunidad histórica que se les había presentado de meterse en las semifinales de una Copa del Mundo.

Al igual que ante Italia, la fogosidad de Corea del Sur en defensa y su fuerza física metieron en problemas a España en los primeros veinte minutos de juego, pero a medida que las pulsaciones fueron bajando, los españoles empezaron a controlar el juego y a generar ocasiones, hasta el punto de atosigar a los anfitriones en la recta final de la primera mitad. Con todo, la agresividad de los de Hiddink iba en aumento a medida que se incrementaba la permisividad del colegiado, entre las protestas constates de los jugadores españoles, que no entendían cómo era posible un doble resero tan claro a la hora de pitar las faltas de unos y otros.

Al poco de iniciarse la segunda parte llegó una de las primeras jugadas clave. A la salida de una falta, Rubén Baraja metió la cabeza adelantándose a su par para hacer el primer gol del partido, pero el colegiado lo anuló por falta en ataque de otro jugador, Iván Helguera, que ni siquiera pudo saltar porque estaba agarrado por un defensor surcoreano. Los jugadores de La Furia empezaban a entender las manifestaciones de Totti o Buffon, quienes habían gritado a los cuatro vientos que los ibéricos debían temer más al árbitro que a los surcoreanos.

El marcador no se movió y el partido se fue a la prórroga donde, como en todo el torneo, regía el gol de oro. Fue entonces cuando las decisiones de Elghandour se precipitaron.

Primero anuló un gol de Morientes que daba el pase a España a las semifinales por considerar que Joaquín había sacado el centro demasiado tarde, cuando el esférico había traspasado la línea de fondo. Esa pelota no salió jamás. 

Después, el propio Morientes estrelló otro cabezazo en el palo antes de que el trencilla parara tres ataques de España por fueras de juego inexistentes. En dos de ellos los jugadores de Camacho se plantaban solos ante el guardameta asiático. 

Para rematar la faena, ya en tiempo de descuento, el auténtico protagonista del partido no dejó sacar un córner a los españoles y dio por acabado el encuentro. 

Los penaltis decidirían el semifinalista. 

Los penaltis decidieron que Corea del Sur pasara a las semifinales.

Y decidieron que pasaba Corea del Sur, que anotó todos sus lanzamientos entre la euforia del público local, mientras Joaquín maldecía su error tras ser uno de los mejores futbolistas del partido.

Y así fue como Corea del Sur eliminó a Italia y España para conseguir la mejor clasificación de su historia mundialista. Porque en la semifinal no pudo con una Alemania que no dejó resquicio alguno a otro hipotético arbitraje lamentable y ganó con un solitario gol de Michael Ballack, tal como habían hecho los alemanes desde que empezaron los cruces: 1 a 0 y a otra cosa.

***

Mientras Corea del Sur iba avanzando rondas en la Copa del Mundo, la otra anfitriona, Japón, no pudo vencer a la sorprendente Turquía en octavos de final. Los otomanos se impusieron con un gol de Umit Dabala a la salida de un córner que los citó con la otra gran sorpresa del Mundial, Senegal, en unos cuartos de final históricos por los contendientes: se enfrentaba una selección debutante en una Copa del Mundo, Senegal, contra otra, Turquía, que sólo había participado una vez, en Suiza 54, nada más y nada menos que 48 años antes.

Los nervios se notaron en exceso en dos equipos que estaban ante una oportunidad histórica. Senegal, más física, se defendía e intentaba salir a la contra, pero los turcos, más experimentados, mejor colocados, más verticales y con las ideas más claras, no lograron abrir el marcador en los noventa minutos pese a gozar de las mejores ocasiones. 

Así que el partido se fue a la prórroga tras un empate sin goles. 

Turquía y Senegal protagonizaron unos cuartos sorprendentes.

Pero a los cuatro minutos del tiempo extra, un centro de Dabala desde la derecha lo buscó Ilhan Mansiz dentro del área con el central pegado a su espalda y, sin dejar botar la pelota, la empalmó al palo contrario del meta senegalés. 

Era el gol de oro turco, que dejó a los senegaleses tendidos en el suelo, desmoronados, inconsolables. Turquía, en el último suspiro, se metía en las semifinales del Mundial. Senegal volvía a casa con la cabeza muy alta, pero la pena muy adentro.

La mejor frase, la de Senol Gunes, seleccionador turco, cuando le preguntaron por qué había tardado tanto Turquía en finiquitar el compromiso cuando había gozado de innumerables ocasiones durante el partido: “Mis jugadores podían haber ganado el partido en el primer tiempo, pero han visto muchas prórrogas en la televisión últimamente y querían probar a ver cómo eran”. 

Un fenómeno, Senol Gunes.

***

Los otomanos se citaron de nuevo con Brasil en las semifinales del torneo tras haber coincidido en la primera fase. En ese primer choque habían vencido los brasileños por dos goles a uno con mucho sufrimiento y buena dosis de polémica. 

Porque Hassan Sas había adelantado a los turcos en el descuento del primer tiempo y, pese a que Ronaldo empató al poco de iniciarse la segunda mitad, los sudamericanos no encontraron la forma de llegar con claridad a la meta de Rustu. 

Al final, cuando apenas quedaban dos minutos, el central Alpay Ozalan agarró a Luizao de la camiseta en el borde del área, el 21 brasileño cayó dentro y el árbitro picó. Rivaldo transformó el penalti que le dio el triunfo a la canarinha.

Ahora, en las semifinales, la historia volvería a repetirse merced a un golazo de Ronaldo a los cuatro minutos de la segunda mitad (1-0). El astro brasileño, que ya se había dejado ese extraño flequillo que pasaría a ser la imagen del torneo, se fue por la izquierda y soltó un remate seco con la puntera para batir a Rustu y despertar a los otomanos de su sueño.

Y es que los brasileños habían sido la selección más fiable de las históricas, derrotando con claridad a todos sus rivales con un ataque de ensueño formado por Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho, aunque sin hacer alardes tampoco. Bastaron la pegada de O Fenómeno, que se convirtió en el máximo goleador del Mundial, la solvencia y la magia de Rivaldo y la inspiración de un joven Ronaldinho para levantar su quinta Copa del Mundo en tierras asiáticas venciendo en la final a Alemania (2-0).

Pero el idilio de Turquía con la Copa del Mundo también acabó con una última victoria ante Corea del Sur en el partido por el tercer y cuarto puesto (3-2). Hakan Sukur marcó a los once segundos el gol más rápido en la historia de los Mundiales, empató Lee para los anfitriones, pero Mansiz, el héroe de los cuartos de final, anotó un doblete en la primera parte para conseguir un tercer puesto que los turcos celebraron como si hubieran ganado un Mundial. 

Turquía celebra un tercer puesto histórico en el Mundial 2002.

Y no era para menos, porque Turquía sólo había participado en el Mundial de Suiza 1954, donde cayó en la primera ronda, y desde este momento mágico vivido en 2002 nunca ha vuelto a estar presente en la fase final de la Copa del Mundo. Así que los Hakan Sukur, Basturk, Mansiz, Hasan Sas, Rustü y compañía pueden estar orgullosos de formar parte de la mejor selección turca de la historia.

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Los surcoreanos también están orgullosos de su cuarto puesto, aunque en Europa no sienten que deban estarlo, sobre todo en Italia y en España (y puede que tampoco en Portugal), donde hay una inmensa mayoría de aficionados, periodistas y técnicos que cree que los fallos de los colegiados no fueron casuales, sino que había una orden expresa (no sabemos de dónde venía, aunque tampoco es muy difícil imaginárselo) de hacer todo lo posible para que los surcoreanos llegaran muy lejos en su torneo. 

Incluso algunos diarios italianos intentaron demostrar en el año 2015 que había consignas de la FIFA a los colegiados en los partidos de la selección anfitrionas. Evidentemente, sospechas... haberlas, haylas. ¿Fundadas? Probablemente. Pero todas las acusaciones hay que demostrarlas y eso ya es más difícil.

Los jugadores españoles se quejan amargamente de la eliminación.

Aunque puestos a apuntarnos a las teorías conspirativas, ahí va un dato curioso. Todas las selecciones que se enfrentaron en los cruces a Corea del Sur en ese campeonato fueron levantando la Copa del Mundo, una tras otra y en el mismo orden en el que se enfrentaron a los asiáticos. 

Primero fue Italia, que cayó en octavos de final y levantó su cuarta Copa del Mundo en 2006. Después fue España, que se fue a casa en cuartos en 2002 y ganó su primera Copa del Mundo en Sudáfrica 2010. Y cerró el ciclo Alemania, que eliminó a Corea del Sur en las semifinales y alzó en 2014 su cuarta Copa del Mundo en Brasil. 

Al menos, la fortuna, el destino, el hado, la estrella o como queráis llamarlo, les devolvió a las selecciones involucradas en esta supuesta estafa buena parte de lo que les quitó en 2002. Suponiendo que fuera la fortuna la que se lo hubiera quitado… Pero donde las dan, las toman y los tres sufrieron en sus carnes la maldición del campeón tras su triunfo en la Copa del Mundo.

En fin, lo que está claro es que el primer Mundial del siglo XXI, el primer Mundial asiático, el primer Mundial en el que se enfrentaron Brasil y Alemania, el Mundial del pentacampenato brasileño y el de la reconciliación de Ronaldo con la Copa del Mundo, fue también el Mundial de las sorpresas. Con atracos y sin ellos.

martes, 11 de octubre de 2022

Marcelo Bielsa y su amarga experiencia en la Copa del Mundo

La grieta de Bielsa. Sus detractores a muerte y sus admiradores sin ambages. Los amantes de su propuesta futbolística, de su manera de ver el fútbol y la vida y los que no le perdonan su fracaso con Argentina en el Mundial de Corea y Japón. En realidad, en un personaje como Marcelo Bielsa, los mismos actos los interpretan unos y otros de manera totalmente distinta. Pero, curiosamente, todos lo hacen sin matices. O blanco o negro.

Marcelo Bielsa gana con Newell’s dos campeonatos y llega a una final de la Copa Libertadores. Pero la pierde. Para unos es un Dios hacer eso con un equipo de interior. Para otros es un síntoma de perdedor que llevará siempre a cuestas.

Bielsa celebra con sus jugadores el título de campeón ante Boca en 1991.

Gana con Vélez otro campeonato tras suceder al exitoso Bianchi. Pero cambiando a una línea de tres y enemistándose con Chilavert, el alma del proyecto de Bianchi, y caer después en su segunda temporada al infierno.

Revolucionar la selección argentina y conducirla en la fase de clasificación más impresionante de su historia sin perder un solo partido. Pero no poner juntos nunca a Batistuta y Crespo y caer en la primera ronda del Mundial 2002 en un grupo con Nigeria, Inglaterra y Suecia.

Seguir al frente de la selección, pese a todo, refrendado por los propios futbolistas y ganar la medalla de oro en la Olimpíadas de Atenas 2004. Pero caer poco antes en la final de la Copa América ante Brasil en los penaltis cuando tenía el partido ganado a falta de un minuto para el final.

Clasificar a Chile para un Mundial doce años después, ganar un partido en la fase final después de 48 años y pasar la primera fase. Pero caer sin paliativos ante Brasil en octavos de final, prácticamente sin competir.

Sentar las bases de un cambio de juego, de personalidad, de estilo y de caras en la Roja. Pero no obtener unos frutos que sí recogen otros, ganando Sampaoli la Copa América 2015 y Juan Antonio Pizzi la de 2016 con prácticamente los mismos jugadores.

Llevar al Athletic de Bilbao a una final de Copa del Rey y a otra de Europa League en la misma temporada, con un fútbol espectacular que ponía en pie a los aficionados. Pero perder las dos finales sin competirlas ante el Barcelona de Pep Guardiola (0-3) y el Atlético de Madrid del Cholo Simeone (3-0).

Hacer sentir importantes a prácticamente todos los jugadores a los que entrenas y conseguir que prácticamente todos consideren que han aprendido muchísimo del fútbol y de la vida. Pero exprimir tanto a todos los niveles a esos mismos jugadores que quisieran respirar de su presencia durante un tiempo prolongado.

Obligar a sus futbolistas a limpiar el estadio durante tres horas porque es el tiempo de trabajo que necesitan sus aficionados para pagar la entrada por verlos jugar. Para unos, genial. Para otros, postureo del bueno.

Autodenunciarse por agredir a un empleado del club. Para unos, reconocimiento ante los errores y asunción de responsabilidades. Para otros, locura y ganas de figurar.

Bielsa antes de un entrenamiento con el Athletic Club de Bilbao.


Todo eso es Bielsa. Para bien o para mal. Pero aquí vamos a detallar la relación del Loco con la Copa del Mundo de fútbol, que ha podido “disfrutar” con dos selecciones. Con Argentina y con Chile. Con la albiceleste claramente fracasó en el Mundial de 2002 y con La Roja… Bueno, lo de La Roja es más cuestionable. ¿O no? Juzguen ustedes.

Pero empecemos por el principio…

***

Tras la caída de Passarella tras el Mundial de Francia 98, con la prensa y los directivos de la AFA en su contra tras las polémicas vividas en el seno de la selección antes y durante el torneo, Grondona aceptó la renuncia del Káiser y ofreció el cargo de seleccionador a Marcelo Bielsa, que venía de hacer historia en Newell’s y en Vélez. El rosarino dio un paso al frente y cogió las riendas de la albiceleste con la intención de convertirla en un equipo de referencia que jugara al ataque, que diera espectáculo y que volviera a enamorar a los aficionados.

Marcelo Bielsa se crió en una familia de abogados de Rosario, pero el chaval tiró por el camino del medio y se negó a seguir con la tradición familiar para abrazar la del pueblo, la del barrio, el fútbol del potrero, apasionado y ganador. Así jugó con sus amigos y así jugó en Newell’s el poco tiempo que fue futbolista profesional, un central pegajoso, metódico, calculador y pasional. Llegó al primer equipo, pero jugó poco, lo que le llevaría a tomar la decisión de alejarse de los terrenos de juego demasiado pronto.

Colgaría las botas a los 26 años, pero nunca abandonaría el fútbol, que ya le había injertado el veneno de su picadura mortal. Estudió entonces Educación Física en la Facultad y se puso a entrenar a la Universidad de Buenos Aires, desde donde volvió a Newell’s para recorrerse el país buscando jóvenes talentos para la lepra de la mano de una auténtica institución en el fútbol formativo argentino, Jorge Griffa. El Loco dividió el mapa de Argentina en 70 sectores, se metió en el coche y recorrió 25.000 kilómetros buscando los mejores jugadores jóvenes de cada sector hasta dar con ellos.

Cuando poco a poco fue ascendiendo en el organigrama del club hasta llegar a entrenar al primer equipo, conocía a todos los chavales, lo cual le permitió crear un equipo impresionante que ganó el Campeonato Argentino y llegó a la final de la Libertadores donde caería ante el Sao Paolo de Telé Santana en los penaltis. 

Al grito de "¡Newell's, carajo!" celebraba Bielsa su primer título leproso.

De ahí a México, vuelta a Argentina para entrenar a Vélez y volver a ganar un torneo. Y el salto a Europa fichando por el Espanyol de Barcelona que duró tan sólo 6 partidos, porque en ese justo instante recibió una llamada de la selección argentina que lo cambió todo.

Con todas esas experiencias futbolísticas y vitales, creó Bielsa un estilo propio que mezclaba esas ganas de jugar siempre hacia arriba, de buscar siempre la portería contraria, de vivir y hacer vivir en noventa minutos las sensaciones y emociones que sentían los chavales cuando jugaban en los potreros del barrio junto al estudio del rival, la ciencia de los datos del fútbol y el trabajo táctico sin fin.

El Loco fue una montaña de emociones en y para la selección argentina en un periplo que duró seis años. Una montaña de picos y valles, de crestas y cuevas, que alterna la mejor fase de clasificación de la historia de la albiceleste con uno de los peores Mundiales (Corea y Japón 2002), una final de la Copa América que se escapa entre las yemas de los dedos (Perú 2004) y una medalla de oro Olímpica en Atenas 2004. Dientes de sierra con los que te acabas cortando. Dientes de sierra que le dejaron al rosarino un tajo profundo que le llevó a dejarlo.

En octubre de 1998, Marcelo Bielsa se hacía cargo oficialmente de la selección argentina. Tuvo tiempo para preparar todo lo que quería cambiar hasta el 3 de febrero de 1999, día en que se vistió de corto por primera vez con su seleccionado que se iba a una gira de partidos amistosos para los que el Loco sólo citó a jugadores de la Liga Argentina.

Su primera cita oficial fue la Copa América de 1999, disputada en Paraguay. Los de Bielsa debutaron con una victoria sencilla ante Ecuador (3-1), pero cayeron en el segundo partido ante Colombia (0-3) en un partido raro en el que Martín Palermo falló tres penaltis. La victoria ante Uruguay (2-0) la clasificó como segunda de grupo y la emparejó con Brasil

Argentina se adelantó con un tanto de Sorín, pero Rivaldo y Ronaldo le dieron la vuelta al partido y enviaron a casa a la albiceleste. Bielsa, en rueda de prensa, demostró al mundo su carácter cuando aseguró que no pensaba renunciar y que tampoco iba a admitir que las cosas iban mal por haber perdido un partido. No estaba contento con el resultado, pero sí con la ambición, con las ganas y con el posicionamiento del equipo. Ahí es nada.

De hecho, los resultados y el juego se dieron de la mano en toda la fase de clasificación para el Mundial de Corea y Japón. Los de Bielsa sólo perdieron un encuentro. Fue en Sao Paulo ante la canarinha en la sexta jornada (3-1) después de haber vencido en los cinco partidos precedentes. Se clasificaron los de Bielsa cuatro jornadas antes del final y acabaron con trece victorias, cuatro empates y la mencionada derrota. A Corea y Japón llegaba la selección de Bielsa con la vitola de favorita junto a Brasil y Francia, la actual campeona, que caería en la primera fase envuelta en el escándalo.

Una selección con Roberto Ayala, Pochettino, Samuel, Chamot, Zanetti o Sorín en la línea defensiva, con Matías Almeida, Ariel Ortega, Pablo Aimar, el Killy González o la Brujita Verón en la sala de máquinas y con Claudio López, Batistuta, Hernán Crespo y Caniggia en punta tenía, por fuerza, que ser una de las candidatas al título. Pero el grupo no era fácil y algunos hablaban sin tapujos del grupo de la muerte, con Nigeria, Inglaterra y Suecia.

La albiceleste debutó ante los africanos con la ausencia de Ayala, que se lesionó en un entrenamiento y ya no pudo disputar ningún encuentro en el torneo. Placente le sustituyó y formó en una defensa de tres junto a Samuel y Pochettino. Los carriles los ocuparon Sorín y Zanetti, con Simeone en la contención y el Burrito Ortega y la Brujita Verón en la creación. Arriba, el Piojo López y Batistuta, porque Bielsa no creía que Crespo y Batigol pudieran jugar juntos por ser ambos el mismo tipo de nueve. El juego de Argentina no fue bueno, pero Batistuta se encargó de anotar el gol de la victoria al inicio de la segunda parte y los de Bielsa sumaron sus tres primeros puntos.

Batistuta hizo el gol de la victoria en el debut ante Nigeria.

El desastre llegó en la segunda jornada, cuando el equipo de Bielsa cayó ante Inglaterra merced al gol de Beckham de penalti al filo del descanso. La pena máxima era dudosa, pero pitable, aunque lo cierto es que Inglaterra había sido mejor en el primer tiempo y había tenido ocasiones más claras, como el disparo al palo de Owen. 

En la segunda mitad Bielsa dio entrada a Pablo Aimar por Verón, pero era Inglaterra la que tenía las mejores ocasiones a la contra, hasta que, más por orgullo que por juego, Argentina encerró a los británicos y buscó un empate que no encontró hasta el último minuto.

En la última jornada, Argentina debía vencer a una Suecia que había empatado ante Inglaterra y le había ganado a una Nigeria que, sin puntos, afrontaba la última jornada ante los británicos ya eliminada. Previendo la victoria inglesa, la albiceleste necesitaba ganar a los suecos.

El partido fue denso y tenso, con Argentina nerviosa e incapaz de ser protagonista. Aún así, los de Bielsa jugaban mejor y llevaban el peso del partido, pero las ocasiones no se materializaban. Suecia esperaba su oportunidad y resistía las embestidas argentinas con cierta solvencia. 

Anders Svensson, diez minutos después de la vuelta de los vestuarios, metió una falta directa en la portería de Cavallero y sembró con su gol el pánico entre toda la hinchada argentina. Había que remontar en 32 minutos para seguir en el Mundial. Un penalti a falta de dos minutos abría la puerta a la esperanza. Lo tiró Ortega, lo paró el portero, pero Crespo metió el rechace para adentro para empatar el encuentro. 

Los de Bielsa vivieron en campo sueco hasta el final del partido, pero el marcador ya no se iba a mover más. La decepción fue tremenda. La selección que había hecho la mejor fase clasificación de la historia y había ilusionado a todos, hizo también el peor Mundial de la historia de Argentina.

La desolación se apoderó de toda la expedición argentina.

***

Pese al fracaso mundialista, Julio Grondona, el presidente de la AFA, siguió confiando en Bielsa para seguir al frente de un proyecto ilusionante en la selección, aunque gran parte de los aficionados nunca perdonarían al rosarino el fracaso del Mundial de 2002.

El caso es que Bielsa siguió trabajando y obtuvo un éxito enorme al lograr la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 con una selección extraordinaria en la que jugaban Carlos Tévez, Saviola, D’Alessandro, el Chelito Delgado, Mascherano, Coloccini, Germán Lux o Willy Caballero, reforzados por Heinze, Ayala y el Killy. Los de Bielsa ganaron todos los partidos, apabullaron a Costa Rica en cuartos de final (6-0), se deshicieron de Italia con claridad en las semifinales (3-0) y se impusieron con un gol de Tévez a Paraguay en la final (1-0), disputada el 28 de agosto de 2004 en Atenas.

Apenas un mes antes, el 25 de julio de 2004, la selección absoluta disputaba la final de la Copa América ante Brasil, la actual campeona del mundo. En Lima, el Killy González había adelantado de penalti a los de Bielsa a los 20 minutos, pero Luisao empató el encuentro justo antes de que los dos equipos se marchasen a los vestuarios. 

Aquello parecía una premonición. Porque en la segunda mitad, la albiceleste estuvo a punto de tocar la gloria con la yema de los dedos. El Chelo Delgado anotó el 2 a 1 a falta de tres minutos para el final del partido, pero cuando parecía que los de Bielsa levantarían la Copa, apareció Adriano para empatar en el minuto 93. 

La final se marchó a la prórroga y, después, a los penaltis, donde Argentina no tuvo su día. D’Alessandro y Heinze fallaron los dos primeros disparos argentinos mientras los brasileños iban anotando todos sus tiros uno tras otro. 

Al final, 4 a 2 para Brasil que levantaría su séptima Copa América ante una albiceleste hundida que recuperaría la sonrisa un mes más tarde en los Juegos Olímpicos, porque la gran mayoría de esa selección que cayó ante Brasil ganó la medalla de oro en Atenas.

Los brasileños celebran el triunfo en la final de la Copa América 2004.

La cara y la cruz. La grieta de Bielsa. 

Aún así, el técnico siguió y nada hacía presagiar que estábamos a tan solo un mes de su renuncia. El 4 de septiembre de ese mismo 2004, Argentina visitó nuevamente Lima para vencer por 1 a 3 a Perú en la fase de clasificación para el Mundial de Alemania. Era el octavo partido y la albiceleste tenía bien encarrilado el paso con cuatro victorias, tres empates y una sola derrota. 

Diez días más tarde, Marcelo Bielsa anunció que renunciaba a la selección. Aseguró que no tenía la energía que se le requería al entrenador de la selección y después de haber madurado su decisión, se marchaba. Sin más.

***

Prácticamente tres años más tarde, el 10 de agosto de 2007, Bielsa aterrizó en Chile. Se instaló en el complejo deportivo de La Roja, en Juan Pinto Durán, y exigió una reforma integral de las instalaciones como condición previa a ser contratado. Quería que los seleccionados se encontraran a gusto y en las mejores condiciones para desarrollar su trabajo. Campos de entrenamiento con el césped siempre en perfecto estado, habitación para el diálogo con los jugadores y entre los jugadores, reforma de las habitaciones para compartirlas y, a la vez, hacerlas más cómodas, con baño propio y ducha y plasma en vez de televisión. Que los que vinieran con Chile, disfrutaran de jugar con Chile.

Cuando el Loco se marchó, otros tres años y medio más tarde, para algunos se trataba del seleccionador que más había influido, no sólo en el fútbol de La Roja, sino en la sociedad chilena en general.

Y en el fútbol influyó mucho. Porque de repente Chile se puso a jugar a fútbol como casi nunca lo había hecho. Buscando siempre la portería contraria. Presionando en campo ajeno, siendo vertical y priorizando el ataque ante todo. Con jugadores jóvenes y comprometidos con el equipo.

La fase de clasificación para el Mundial de Sudáfrica 2010 fue la mejor de la historia de la Roja, quedando segunda a tan solo un punto de Brasil, venciendo por primera vez a Argentina en partido oficial y clasificándose para un Mundial tras doce años de ausencia (el último fue el de Francia 98, con Salas y Zamorano como referentes en el ataque chileno). Las palabras de Claudio Bravo, el guardameta de esa selección, tras jugar en Eslovaquia en un amistoso en 2009 lo explican a la perfección: “Yo, que estoy atrás, disfruto de ver jugar al equipo”.

Ya en Sudáfrica, Chile volvió a ganar un partido 48 años después. Porque tras la victoria ante Yugoslavia en el partido por el tercer y cuarto puesto del Mundial de Chile 62, la Roja no había vuelto a ganar un solo partido en la Copa del Mundo. No ganó ninguno en Inglaterra 66. Tampoco pudo hacerlo en Alemania 74. Perdió los tres que jugó en España 82. Y 16 años después, en Francia 98, logró pasar la primera fase tras empatar sus tres encuentros para caer ante Brasil en octavos de final (4-1).

Así que sí, el gol de Beasejour ente Honduras (1-0) en Sudáfrica derribó una losa de casi medio siglo que Mark González enterró definitivamente con su tanto en la segunda jornada ante Suiza (1-0) que metía a los chilenos en la segunda fase del torneo.

Los futbolistas chilenos celebran el gol de la victoria ante Honduras.

Pero las hojas de sierra es lo que tienen, altos y bajos, y la derrota por la mínima ante España (1-2) iba a hacer más daño de lo que parecía. Porque envió a los de Bielsa a cruzarse de nuevo con Brasil, su auténtica bestia negra. Y, claro, contra el destino es imposible luchar. Y Chile cayó por 3 goles a 0 y le tocó volver a casa. Eso sí, con una maleta llena de experiencia que un poco más tarde valdría su peso en oro para afrontar lo que estaba por llegar.

El caso es que la Copa del Mundo había vuelto a jugarle a Bielsa una mala pasada. No tan dura como la de Corea y Japón en 2002, pero una mala pasada al fin y al cabo. Tanto, que el técnico rosarino decidió poner un año después punto y final a su aventura chilena tras haber devuelto la esperanza a La Roja que, ya con él fuera del equipo y a los mandos de otro argentino, Jorge Sampaoli, estaba a punto de vivir una de las etapas más doradas de su historia.

***

Como con todo lo que envuelve a Bielsa, un técnico controvertido que tiene el mismo número de admiradores que de detractores, que vive en la grieta, sin término medio, al que quieren muchísimo o lo odian con denuedo, tampoco en Chile se ponen de acuerdo sobre su legado. 

Marcelo Bielsa cambió la mentalidad y el fútbol de Chile.

Hay quien dice que, como mínimo, dejó una forma de jugar y una camada de magníficos jugadores. Evidentemente, para otros, ni la forma de jugar ni los jugadores dieron para ganar, cosa que sí hicieron otros que vinieron detrás, como Jorge Sampaoli o Juan Antonio Pizzi que acabaron levantando la Copa América de 2015 en Santiago y la de 2016 en Estados Unidos.

Es la eterna cantinela de ver la botella medio llena o medio vacía. Está claro que el Loco no ganó ningún título con la Roja, pero también parece claro que fue el Loco uno de los forjadores de la nueva mentalidad competitiva de los jugadores chilenos. 

Al final, que cada uno vea la botella como quiera, que la pelota se ha quedado botando y cada uno es libre de pegarle directamente a portería o bajarla y jugarla. Faltaría más.