"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

viernes, 3 de marzo de 2023

Aldyr García Schlee, el creador de la verdeamarelha de corazón charrúa

Tras el drama futbolístico, social y humano que supuso el Maracanazo de 1950 en Brasil, con el hundimiento personal de futbolistas como el portero Moacir Barbosa o el defensa Bigode, la Confederación Brasileña de Deportes (CBD) decidió romper con todo lo que oliera mínimamente a Maracanazo. 

Con todo lo posible, claro. 

Porque no podían derruir el estadio, pero sí cambiar el uniforme con el que la selección brasileña había disputado (y perdido ante la Uruguay de Schiaffino y Ghiggia) ese Mundial de 1950.

Y también los de 1930, 1934 y 1938

Porque Brasil jugó esas cuatro Copas del Mundo ataviada de blanco. Medias blancas, calzón blanco y camiseta blanca con ribetes azules. Así vestía Brasil desde los tiempos de la Primera Guerra Mundial, allá por 1914. 

Así vestía Brasil, totalmente de blanco, en el Mundial de 1950

Pero la tragedia de Maracaná se llevó por delante esa equipación, considerada maldita por casi todos los aficionados.

Así que en 1953, con el Mundial de Suiza 1954 en el horizonte, el diario de Río de Janeiro “Correio da Manha” convocó un concurso popular para diseñar el nuevo traje de Brasil. Las condiciones, que homenajeara la bandera brasileña con sus colores. El premio, una suculenta cantidad de dinero y trabajo de diseñador gráfico en el periódico, que, en aquella época, era uno de los más importantes de Brasil.

***

Aldyr García Schlee era entonces un joven de 19 años que, pese a su juventud, hacía ya cuatro que trabajaba de ilustrador y caricaturista en diferentes diarios de Jaguarao, la ciudad donde nació, en el estado de Río Grande del Sur, apenas separada unos centenares de metros de Río Branco, cruzando el puente al otro lado del río, ya en tierras uruguayas.

El joven ilustrador tenía 16 años cuando Alcides Ghiggia le dio la vuelta al partido en Maracaná para que Uruguay levantara su segunda Copa del Mundo y el chaval estaba en el cine en Río Branco, al otro lado del río, en tierras uruguayas. Pararon la película para informar de que la Garra Charrúa se acababa de proclamar Campeón del Mundo de fútbol tras derrotar a Brasil en Maracaná y sonó el himno de Uruguay por megafonía. La gente se arrancó a cantarlo y Jayr García Schlee lloró, aunque no sabía a ciencia cierta si de tristeza o de alegría.

Los periódicos de todo el mundo abrieron con el triunfo charrúa.

Y es que el joven ilustrador brasileño era un aficionado más de la Celeste. La cultura, la proximidad, la lectura de los diarios uruguayos que llegaban bastante antes que los brasileños, las vivencias que escuchaba en las emisoras de radio de sus vecinos del otro lado del río, las historias que había oído desde niño sobre esa Garra Charrúa que había ganado dos Olimpiadas y la primera Copa del Mundo... 

Todo le unía a Uruguay.

El caso es que tres años más tarde el joven se presentó al concurso organizado por el “Correio da Manha” sin demasiadas expectativas porque creía que era imposible (y casi ridículo) mezclar los cuatro colores de la bandera de Brasil (verde, amarillo, azul y blanco) en una camiseta. 

Pero lo hizo cuando cayó en la cuenta de que no tenía que diseñar una camiseta sino un uniforme entero y que podía mezclar sin problemas todos los colores de la enseña brasileña si utilizaba todas las prendas que componían la equipación. 

Tras más de cien bocetos, el “uruguayo” García Schlee se decidió por una camiseta amarilla con toques verdes en las mangas y en el cuello, pantalones de color azul cobalto, un tono que nadie usaba en la época, y las medias blancas. 

Los bocetos originales de Aldyr García Schlee.

Y envió su diseño.

***

Un soleado 15 de diciembre de 1953, paseando por su ciudad natal camino del diario en el que trabajaba, Aldyr compró un periódico y, ojeándolo, vio que ya se anunciaba el diseño ganador de la nueva camiseta de la selección de fútbol de Brasil. 

Abrió mucho los ojos, incrédulo, al ver los bocetos que salían publicados, porque aunque no se decía de quién era el diseño, él lo tenía clarísimo. 

Su verdeamarelha había sido la escogida. 

Los diseños que García Schlee acabó presentando.

Acababa de nacer un símbolo para Brasil.

El 14 de marzo de 1954, Brasil estrenaba ante su público su nueva vestimenta que iba a pasar a la posteridad. Sobre el césped se enfrentaban Brasil y Chile en la tercera jornada de las Eliminatorias para el Mundial de Suiza 54 que acabó con victoria de la canarinha por un gol a cero. En la grada, invitado al choque, estaba el joven Aldyr García Schlee, el inventor de la verdeamarelha que en ese instante no era consciente de que acababa de crear un emblema nacional.

En realidad, y aunque ni se le había dado ninguna publicidad y ni siquiera Aldyr García Schlee lo sabía, Brasil había estrenado su nueva indumentaria en el Estadio Nacional de Santiago ante Chile el 28 de febrero. Con victoria por cero a dos, ambos tantos obra de Baltazar, uno de los pocos supervivientes del Maracanazo en la selección. Y había repetido con los nuevos colores que jamás abandonaría en la visita a Asunción derrotando a Paraguay (1-0) con otro gol de Baltazar. 

Así que el día de la inauguración oficial de la verdeamarelha en Maracaná, el ariete del Corinthians no quiso fallar a su cita con la historia y también marcó el primer gol de Brasil vestido de amarillo ante su gente.

Brasil estrenó la verdeamarelha y se convirtió en la Canarinha.

Unos meses más tarde, Brasil estrenaría su nueva equipación en el Mundial de Suiza, donde cayó en cuartos de final ante Hungría, el favorito que, a su vez, sucumbió ante la sorprendente Alemania en el Milagro de Berna

Hubieron de pasar cuatro años más para que Brasil levantara su primera Copa del Mundo vestido con la canarinha diseñada por García Schlee. Fue en el Mundial de Suecia de 1958 con Pelé y Garrincha como estandartes y, desde ese instante, esa camiseta se convirtió en un símbolo del jogo bonito, en auténtica historia del fútbol con sus cinco estrellas pintadas en su pecho, en el símbolo de toda una nación que se ha mantenido inalterable hasta nuestros días.

***

Pero lo cierto es que Aldyr García Schlee nunca le dio demasiada importancia al hecho de crear la verdeamarelha. Siempre dijo que le hizo muchísima ilusión en su día, que le sirvió para ganar un buen dinero, para aprender el oficio de periodista y artista gráfico en un medio de comunicación de muchísimo prestigio y para poder continuar su carrera, pero no le dio muchas más vueltas.

De hecho, se puso a estudiar y se licenció en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad de Río Grande y se doctoró en Ciencias Humanas. 

García Schlee recibió la medalla al Mérito Cultural en 2015.

Empezó entonces una carrera académica y literaria de primer nivel que le llevó a ser profesor primero y después uno de los fundadores de la Facultad de Periodismo de la Universidad Católica de Pelotas, traductor y escritor de renombre que recibió en dos ocasiones el Premio al Mejor Escritor Brasileño y en tres ocasiones más el Premio Acorianos de Literatura. 

Una obra literaria que versa sobre la tierra de frontera en la que creció, que versa sobre el fútbol, y que está escrita casi a partes iguales en castellano y en portugués por un hombre erudito y culto y, a la vez, sencillo y humilde.

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El 15 de noviembre de 2018, a los 84 años de edad, Aldyr murió en su casa de Pelotas a consecuencia de un cáncer de piel. Pero el destino tenía reservada una de esas sorpresas inesperadas que hacen más grande al fútbol. 

Porque apenas unas horas más tarde, el 16 de noviembre, se enfrentaban en Londres las selecciones de Brasil y Uruguay en un partido amistoso. Justo el choque que había propiciado un drama nacional y la creación de una vestimenta que se convertiría en inmortal se repetía 68 años más tarde en una especie de homenaje involuntario al creador de la verdeamarelha.

García Schlee con la camiseta que él mismo creó.

Y en el vídeo-marcador de Wembley apareció el rostro amable y sonriente de Aldyr García Schlee, el brasileño de corazón charrúa que creó el mayor símbolo de Brasil, mientras los jugadores de ambas selecciones lo homenajeaban con un respetuoso minuto de silencio, abrazados todos en el centro del campo. 

Ataviados unos con la canarinha que él creó y los otros con la celeste que tanto amó.

miércoles, 15 de febrero de 2023

Austria y Suiza resuelven a golazo limpio la Batalla del Calor de Lausana en el Mundial de 1954

A las cinco de la tarde del 26 de junio de 1954, en el estadio de la Pontayse de Lausana el termómetro marca 40 grados centígrados. Pese al calor asfixiante, los integrantes de las selecciones de Austria y Suiza saltan al terreno de juego dispuestos a sacar un billete para las semifinales del torneo. 

Esos ventidós futbolistas no saben que están a punto de hacer historia. No pueden siquiera imaginar que noventa minutos más tarde acabarán por firmar el encuentro con más goles de la historia de la Copa del Mundo.

***

Y eso que la táctica de la selección Suiza no invita especialmente al optimismo en cuanto a eso de marcar goles, porque su entrenador, el austríaco Karl Rappan, consciente de que su equipo es inferior técnicamente a muchas de las selecciones presentes en el torneo, ha pretendido desde el primer momento igualar las fuerzas con todos sus competidores con un sistema innovador que se convertirá en el precursor del catenaccio. 

Sí, ese sistema táctico que acabarán por perfeccionar los italianos en la siguiente década para convertirlo en su seña de identidad. Pero antes, los helvéticos harían probar a los italianos un poco de su futura propia medicina. 

Al tiempo…

A la Suiza de Rappan la llamaban el cerrojo y su táctica consistía en meter un centrocampista con buen pie por detrás de la línea de dos centrales para replegarse y parapetarse mejor detrás. Ese hombre protegía la espalda de sus compañeros y, además, sacaba la pelota jugada en largo desde atrás para contragolpear cada vez que tenían ocasión. Y lo cierto es que a los suizos les había ido muy bien esa táctica.

Karl Rappan charla con sus jugadores.

Porque Suiza, que disputaba el Mundial como invitada por su condición de anfitriona, había caído en un grupo tremendamente duro junto a Italia, Inglaterra y Bélgica y, a priori, tenía bastante complicado su pase a los cuartos de final de su torneo. 

El sistema de clasificación era rarísimo, ya que no jugaban todos contra todos, sino que en cada grupo había dos cabezas de serie que no se podían enfrentar entre sí. Por eso, cada selección disputaría sólo dos encuentros. Tras esos dos choques, el primero y el segundo del grupo se clasificaban y en caso de empate a puntos (no contaban los goles) se disputaba un partido de desempate entre los dos equipos involucrados, se hubieran enfrentado previamente o no. 

A Suiza le tocó en suerte jugar contra Italia y contra Inglaterra, los dos cabezas de serie de su grupo. ¡Casi nada!

Pero los de Karl Rappan no se arrugaron ante la azzurra y dieron la primera sorpresa del campeonato al vencer por dos tantos a uno. Los dos delanteros suizos más resolutivos, Robert Ballaman y Steep Hügi, fueron los autores de los goles ante toda una bicampeona del mundo

En el segundo encuentro, Suiza se iba a medir a una Inglaterra que necesitaba la victoria imperiosamente después de haber empatado a cuatro en su debut ante Bélgica. Los ingleses vencieron por dos a cero y la victoria de Italia ante Bélgica (4-1) clasificaba a los pross como primeros de grupo y mandaba a los helvéticos al partido de desempate, de nuevo ante Italia.

***

En el Saint Jakob Stadion de Basilea, Suiza salió con la lección perfectamente aprendida. 

Suiza e Italia se lo juegan todo a un partido.

Muy juntos todos atrás y saliendo a la carrera cada vez que alguno de sus jugadores robaba la pelota. A los catorce minutos de encuentro, el balón le llegó a Hügi en la parte izquierda del ataque tras una pared con un compañero y ante la llegada de uno de los centrales italianos que pretendía cerrarle el paso, se sacó un disparo raso y potente con la pierna derecha que sorprendió al meta transalpino. Uno a cero y el público enfervorecido.

Italia no encontraba los espacios para generar peligro y a poco de iniciada la segunda mitad Suiza le dio la puntilla. A la salida de un córner muy mal defendido por los transalpinos (¡quién lo iba a decir!), Robert Ballaman se encontró solo en boca de gol y le bastó con empujar la pelota para hacer el dos a cero y poner tierra de por medio.

Pero Italia es imprevisible y en una jugada llena de rebotes y rechaces que parecía que iba a acabar en nada, un defensa helvético despejó de forma contundente hacia un lado y por allí apareció el centrocampista Fulvio Nesti para meter la cabeza con fuerza desde el vértice del área pequeña e introducir el balón en la portería de un sorprendido Eugene Parlier. Quedaban casi veinticinco minutos por delante y nada estaba decidido todavía.

La azzurra se lanzó al ataque para intentar empatar, pero se encontró con un contundente cerrojo que no sólo con concedió ocasiones, sino que se permitió el lujo de contragolpear con peligro tras cada robo de balón. 

Así llegó el tanto que sentenció el partido a falta de cinco minutos. Robo, conducción rapidísima de Volanthen y pase de la muerte al punto de penalti que no desaprovecha el letal Hügi llegando desde atrás. Y aún llegaría el cuarto ya sobre la hora, cuando de nuevo Volanthen condujo la contra de su equipo, llegó a la línea de fondo y la dejó atrás para la entrada de Jackie Futton, que puso el 4 a 1 definitivo en el marcador.

Contra todo pronóstico, los anfitriones, con su cerrojo, llegaban a cuartos de final eliminando a Italia. 

Suiza le dio a Italia un poco de su propia medicina.

Allí esperaba Austria, que no había tenido demasiados problemas para clasificarse en un grupo en el que era cabeza de serie junto a la campeona Uruguay. Los futbolistas dirigidos por Walter Nasch derrotaron con sufrimiento a Escocia (1-0) con un solitario tanto de Erich Probst y se deshicieron sin problemas de Checoslovaquia (5-0) con una goleada.

Además, los austríacos tuvieron suerte, porque los charrúas los acompañaron a la siguiente fase tras vencer también sus dos encuentros ante escoceses (2-0) y checoslovacos (7-0), pero los alpinos serían primeros de grupo, ya que entonces no se tenía en cuenta la diferencia de goles y un sorteo decidió las posiciones en las que los dos equipos pasaban a cuartos de final y, por tanto, a qué rivales se enfrentarían.

Austria era una grandísima selección que tenía sus opciones de ganar la Copa del Mundo o, al menos, de pelear dignamente por ella. Claramente por detrás de los Magiares Mágicos de Hungría, estaba prácticamente al nivel de la las dos potencias sudamericanas, Uruguay y Brasil, y también de la desconcertante Inglaterra, capaz de lo mejor y de lo peor en un mismo partido.

Selección de Austria en el Mundial de 1954.

Además, los cuartos de final habían deparado enfrentamientos muy duros entre los aspirantes, ya que los uruguayos habrían de verse las caras con los ingleses, mientras que a Brasil, que también había tenido que sortear su posición tras acabar el grupo empatado a puntos con Yugoslavia, le tocaba lidiar con la gran favorita Hungría. 

Además, los vencedores de estos dos encuentros se verían las caras en las semifinales del torneo. Por el otro lado del cuadro, Alemania Federal y Yugoslavia se jugarían un puesto en semifinales ante el vencedor del Suiza-Austria. 

El verdadero Mundial acababa de empezar.

***

El 26 de junio de 1954 el estadio de la Pontayse de Lausana está lleno hasta la bandera, pese a que la lluvia ha hecho acto de presencia y, además, la temperatura se ha disparado. Pero sobre el césped está la sorprendente Suiza de Karl Rappan a punto de hacer historia en su propio torneo y los aficionados locales no se lo quieren perder.

Los austríacos forman con su equipo de gala y Walter Nasch ha dispuesto en sus jugadores sobre el terreno de juego conformando la WWM, el mismo sistema que practica Hungría con exuberancia y solvencia. 

Dos defensas, tres centrocampistas y cinco delanteros, uno de ellos echándose atrás, de falso nueve, para enganchar con los medios y sorprender desde atrás. Uno de los defensas es el mítico Ernst Happel, que después triunfaría como entrenador ganando la Copa de Europa con el Feyenoord y con el Hamburgo y, entre medias, obteniendo el subcampeonato del Mundo con Holanda en el Mundial de 1978

Ernst Happel tiene que multiplicarse ante los delanteros suizos. 

En la línea de medios, Karlo Koller, uno de los mejores cien futbolistas del siglo XX según la FIFA, y Ernst Orwick, con una llegada extraordinaria. Y arriba, Erich Probst, los hermanos Robert y Alfred Koerner, Theodor Wagner y Ernst Stojaspal. 

Enfrente, los de Rappan siguen con su cerrojo, encomendándose en ataque a Robert Ballaman y Steep Hügi, dos jugadores letales, y a las carreras de Vonlanthen.

Los suizos empiezan mejor, se sienten cómodos en el escenario, se han contagiado de la alegría de las gradas y parecen inmunes al calor sofocante que se siente sobre el césped. A los pocos minutos de iniciado el choque, Ballaman ya le ha dado un susto al meta Kurt Schmied, que tiene que esforzarse para ir al suelo y atajar el remate de cabeza del helvético. El meta austríaco respira aliviado, aunque no sabe la que se le viene encima.

Porque apenas unos minutos después el mismo Ballaman recoge un balón en la frontal del área, conduce y se saca un obús de su pierna derecha que se va directo al ángulo superior izquierdo de la portería austríaca. Schmied ni siquiera ha visto cómo la pelota salía disparada del pie del atacante helvético, que celebra el tanto ante el griterío ensordecedor de los 35.000 espectadores que abarrotan el estadio. Se cumplen 16 minutos de partido.

Nada más sacar de centro, los austríacos intentan elaborar el ataque con pases rápidos y precisos, pero en la frontal del área la defensa suiza intercepta el balón y, como durante todo el torneo, salen disparados hacia el campo contrario. Con la defensa austríaca mal parada, Eggimann lanza un pase largo al corazón del área que busca Hügi en pugna con Enrst Happel. El helvético aguanta la carga de Happel y le gana la partida, controla con la izquierda, deja el balón muerto orientado hacia su pierna derecha y remata desde el punto de penalti al fondo de las mallas. Dos a cero. Minuto 17 de partido. Increíble.

Pero el festival de los anfitriones aún no ha acabado. Tan sólo dos minutos más tarde, un centro al segundo palo lo prolonga un atacante suizo para que Hügi remate con la pierna a media altura al más puro estilo de Torpedo Müller casi dos décadas antes de Torpedo Müller. Del empate a cero al tres a cero en tres minutos. Festival del cerrojo suizo ante una Austria totalmente desconocida, descolocada y destrozada a los 19 minutos de partido.

Los defensas austríacos ven delanteros suizos por todas partes.

Y entonces llegó el milagro. 

Porque lo que apuntaba a una goleada histórica y olía a la sorprendente clasificación para semifinales de Suiza se torció en otros tres minutos totalmente locos e irrepetibles. Los que van del 25 al 27. 

En el 25, Theodor Wagner culminó una pared dentro del área suiza con un remate cruzado e inapelable que se coló en la meta de Eugene Parlier. Al minuto siguiente, sin tiempo para recuperarse, los austríacos atacan por la izquierda, el balón le llega a Alfred Koerner que pone un centro chut envenenadísimo con el exterior de su pie derecho que golpea en el palo ante de colarse inexorablemente en el fondo de la portería helvética. 

Y como no hay dos sin tres, con los austríacos desatados, Wagner empata el encuentro tras recortar en la frontal del área y rematar por alto, duro y con efecto. Tres a tres en otros tres minutos de locura y vuelta a empezar.

Los espectadores no se lo podían creer. Acababan de presenciar seis tantos en 27 minutos de partido, en una especie de noria de emociones que aún se prolongaría un poco más. Porque Austria se había quitado definitivamente las cadenas y no estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión de reventar el cerrojo suizo. 

Así que el centrocampista Ernst Orwick decidió apuntarse a la fiesta y recogió un pase atrás en la frontal del área sorprendiendo con su llegada desde atrás y envió un misil raso y ajustadísimo al palo de Parlier para adelantar a los suyos. Corría el minuto 32.

Parlier se estira, pero es imposible llegar a esa pelota.

Dos minutos más tarde, Robert Koerner alcanzó la línea de fondo de una desfondada defensa helvética y se sacó un pase de la muerte que remató a quemarropa su hermano Alfred. Parlier acertó en su estirada, pero dejó el balón muerto a los pies de Alfred, que culminó la jugada con el quinto tanto austríaco. Minuto 34 de encuentro y 3 a 5 en Lausana.

Pero los hombres de Rappan aguantaron de pie el chaparrón austríaco jugando a la perfección las armas que les habían llevado hasta allí. Robo de balón y pase largo a Ballaman. El ariete helvético le gana la espalda a toda la defensa austríaca y se inventa una vaselina sin dejar caer la pelota que supera la salida de Schmied. Era el 4 a 5 en el minuto 39 de la primera parte que volvía a poner en pie a todo el estadio y metía de nuevo a Suiza en el partido. 

Y más cuando a punto a punto de acabar una primera parte de auténtica locura, Robert Koerner lanzó fuera un penalti que hubiera cerrado el primer acto con ventaja de dos goles para Austria. No fue así y los jugadores se marcharon a los vestuarios tras un vendaval de juego y goles y con todo por decidir para la segunda mitad.

En el segundo acto los futbolistas acusaron el desgaste de una primera mitad desenfrenada en un partido de ida y vuelta jugado a 40 grados de temperatura. Aún así, ninguna de las dos selecciones quiso dar por finiquitado el choque. Austria siguió dominando y Suiza amenazando a la contra hasta que Wagner firmó su tercer tanto, el sexto de Austria, para poner tierra de por medio. Fue a los 8 minutos de la segunda parte y empaló en la frontal un centro medido tras una gran jugada colectiva austríaca.

Pero ni siquiera ese gol tempranero destruyó la moral Suiza y Hügi se apuntó a la fiesta de los tripletes anotando su tercer tanto en el partido para volver a encoger el marcador al cuarto de hora de la segunda mitad con un disparo lejano que no pudo atrapar Schmied. Era el 5 a 6 a falta de media hora de juego.

Los suizos se volcaron entonces sobre la portería austríaca, intentando empatar a la desesperada, pero fue Austria quien cerró definitivamente el partido tras una contra perfecta que resolvió Probst con una picadita brillante ante la salida del guardameta Parlier.

Erich Probst cerró la cuenta para Austria.

***

Al final, el encuentro de cuartos de final del Mundial de 1954 entre Suiza y Austria acabó con un espectacular 5 a 7 que, aún hoy, es el partido con más goles en toda la historia de la Copa del Mundo y que ha pasado a la historia como la batalla del calor de Lausana. 

Un calor que afectó especialmente al meta austríaco Schmied, que sufrió una insolación durante el encuentro y no pudo jugar las semifinales, y al defensa suizo Roger Bocquet, que salió tambaleándose del terreno de juego tras un choque con un jugador austríaco, aunque siguió tambaleándose sobre el césped para no dejar a los suyos con diez. El futbolista no lo sabía entonces, pero había jugado todo el Mundial con un tumor cerebral que le operaron tras el torneo y del que pudo recuperarse.

Un calor, junto al esfuerzo titánico que hubieron de hacer los jugadores, que pagó Austria con creces en su choque de semifinales ante la sorprendente Alemania Federal de Sepp Herberger disputado cuatro días más tarde en el Saint Jakob Stadion de Basilea. Ahí Austria sólo pudo aguantar media hora las embestidas alemanas. Al final, cayó por un demoledor 6 a 1 que metía a los germanos en la final del Mundial y dejaba a los austríacos con la miel en los labios.

En el partido por el tercer y cuarto puesto, los futbolistas de Walter Nasch derrotaron a Uruguay por tres tantos a uno para acabar terceros y obtener la mejor clasificación de Austria en la historia de los Mundiales en un torneo espectacular que acabó llevándose Alemania Federal ante los Mágicos Magiares húngaros en el llamado Milagro de Berna.

Austria derrotó a Uruguay y acabó tercera en el Mundial. 

Un torneo que pasará a la historia no sólo por la sorprendente victoria alemana, o por la batalla del calor de Lausana, o por la “resurrección” de Hohberg en la semifinal ante Hungría, o por la lamentable batalla de Berna entre brasileños y magiares, o por el debut de Brasil con su camiseta verdemarelha que se convertiría en eterna, sino por ser el campeonato más goleador de la historia con 140 goles en 26 partidos, lo que supone una media de más de 5 tantos por partido que no se ha superado nunca en ninguna edición de la Copa del Mundo

Suiza y Austria contribuyeron al espectáculo con 12 goles en un solo encuentro… ¡disputado a 40 grados de temperatura! 

¿Se puede pedir más?

jueves, 26 de enero de 2023

La expulsión de Rattín desencadena la invención de las tarjetas en el fútbol

23 de julio de 1966. Noventa mil espectadores abarrotan el mítico estadio de Wembley para contemplar el cruce de cuartos de final del Mundial 66 que enfrentaba a Inglaterra y Argentina con arbitraje del alemán Rudolf Kreitlein, de 46 años y sastre de profesión.


El encuentro se presenta caliente, caliente. Argentina se ha clasificado para los cuartos de final tras derrotar a España por dos a uno, empatar sin goles ante Alemania Federal y volver a vencer ante Suiza en el tercer encuentro (2-0). Pero en el partido ante Alemania los argentinos se emplearon con bastante dureza, sobre todo Perfumo y Albrecht, que acabó expulsado por propinar un patadón tremendo al alemán Wolfgang Weber. El público inglés se posicionó entonces en contra de Argentina en cada estadio.

Argentina y Alemania se las tuvieron tiesas en la primera fase.

Pero para acabarlo de arreglar, el señor Ramsey, entrenador de Inglaterra, echó más leña al fuego cuando supo que el rival en los cuartos de final sería la albiceleste. “Los argentinos son todos unos animales”, soltó sin más en una rueda de prensa. 

Y los medios ingleses se encargaron de darle la razón a su técnico repitiendo hasta la saciedad en la televisión la patada de Albrecht contra Weber. 

Así que a nadie le extrañó que todo el estadio cantara “¡Animales, animales, animales!” a voz en grito desde el mismo pitido inicial.

A los 35 minutos de encuentro, el público se percata de que algo raro está pasando sobre el césped. El colegiado alemán le hacía claramente con la mano el gesto de salir del terreno de juego al capitán de la albicelete, el mediocentro de Boca Júniors Antonio Rattín, el Rata. Pero el futbolista no sólo no le hacía caso, sino que se mantenía ante él, gesticulando, sin moverse del sitio. 

Al parecer, el futbolista se había dirigido al árbitro en tono despectivo y éste no dudó en mostrarle el camino hacia los vestuarios haciendo gestos con las manos. Pero Rattín, espabilado y furioso, decidió no moverse del campo mientras sus compañeros intentaban intervenir en la trifulca y los ingleses quedaban en un segundo plano, casi apartándose.

Rattín se planta ante el árbitro sin intención de marcharse.

Al trencilla alemán se lo llevaban los demonios y hacía por entenderse. Gritaba “¡Fuera!” a pleno pulmón en alemán y en inglés, a la vez que seguía señalando como un poseso el camino a los vestuarios con el brazo izquierdo extendido. 

Pero Rattín no se movía. Insistía en pedir la presencia de un intérprete para saber el por qué de la decisión del árbitro. Con un par... 

Estuvo el capitán argentino diez minutos largos en el terreno de juego haciéndose el sordo, el sueco, el despistado y el bravo hasta que no tuvo más remedio que salir del campo. Y no tuvo más remedio porque entraron cuatro Bobbies a por él para sacarlo y no traían ningún intérprete. 

Jack Charlton espera sentado a que Rattín se decida a salir del campo.
Foto: Central Press / Getty Images. 

Eso sí, el espigado y larguirucho capitán argentino salió con la cabeza arriba y la mirada desafiante, con parsimonia y abarcando con la vista toda la tribuna de donde le llegaban todo tipo de gritos, insultos e improperios.

Cuenta la leyenda que Rattín se sentó en la alfombra roja que había puesta para que la Reina accediera al palco de autoridades mientras los espectadores le gritaban “¡Animal, animal, animal!”, pero esa imagen del capitán argentino nadie la ha visto por televisión ni en fotografías ni nada. 

La que sí se puede ver es la del 10 de la albiceleste rodeando el campo por fuera de los límites del terreno de juego y cómo se para a la altura del banderín del córner y estruja la banderola, una réplica de la bandera inglesa, entre las protestas, gritos y alaridos de los aficionados presentes en el estadio.

El colegiado Rudolf Kreitlein manifestó después del partido que, pese a que no lo entendía, el futbolista le había mirado mal y que esa mirada era un insulto y por eso lo expulsó. Y es que, a veces, hay miradas que matan.

Al colegiado no le gustó la mirada de Rattín.

El Rata, en cambio, cuenta que el colegiado alemán estaba pitando mal, cobrando faltas continuamente en contra de Argentina y que él tenía la consigna de pedirle al colegiado un intérprete para que le explicara qué había pitado. Se ve que el árbitro se cansó de tanta protesta y lo expulsó. 

Aunque a Pelé le habían dado mil patadas en los dos partidos que disputó con Brasil en el torneo ante Bulgaria y Portugal y ningún árbitro expulsó a sus defensores. O el mismísimo medio defensivo inglés Stiles, que se dedicó a magullar a la estrella rival en cada partido y ni siquiera le advirtieron. 

Pero así es el fútbol.

Tras la eterna salida de Rattín del terreno de juego se disputaron los diez minutos que restaban para el final de la primera parte y el marcador no se movió. Pero en el minuto 32 de la segunda mitad, con Argentina jugando con uno menos ya cuarenta minutos largos, Geoff Hurst, el delantero del West Ham que pasaría a la historia por su triplete en la final ante Alemania, inauguró su cuenta goleadora en el torneo con un tanto que clasificaba a Inglaterra.

Los de Alf Ramsey vencerían a la Portugal de Eusébio en semifinales (2-1) (los lusos habían eliminado en cuartos, con muchísimos problemas, a la sorprendente Corea del Norte) y derrotarían también a Alemania Federal en una de las finales más polémicas de la historia de los Mundiales (4-2) para levantar su primera (y de momento única) Copa del Mundo.

Mientras, los argentinos ya se habían marchado a casa donde fueron recibidos casi como héroes. Los periódicos hablaban de robo y la gente se sentía orgullosa de su equipo. Un equipo, por cierto, en el que no confiaban nada cuando partieron camino de Inglaterra.

Cosas del fútbol.

***

Pero el partido entre Inglaterra y Argentina iba a traer cola. Al presidente de la FIFA en 1966, el inglés sir Stanley Rous, que había sido árbitro en su juventud, no le gustó nada la polémica salida del campo del capitán de la albiceleste y puso deberes al colectivo arbitral. 

Había que inventar un nuevo sistema disciplinario que todo el mundo entendiera sin necesidad de las palabras, sin tener que recurrir ni a gestos ni a intérpretes de diferentes idiomas. Era necesario que los futbolistas supieran cuándo eran advertidos y cuándo tenían que abandonar el terreno de juego sin rechistar.

Entonces entró en juego Ken Aston, excolegiado internacional, miembro de la comisión de arbitraje de la FIFA durante el Mundial y amigo de sir Rous. Aston fue el trencilla que arbitró la Batalla de Santiago entre Chile e Italia en el Mundial de 1962, una auténtica vergüenza de partido que el señor Aston no sólo no supo controlar, sino que fue uno de los factores necesarios y añadidos para que se multiplicaran las trifulcas.

Ken Aston en su actuación más memorable: la Batalla de Santiago.

El caso es que Ken Aston, que ya sabía cómo podía resultar de complicado expulsar a un jugador del terreno de juego sin ayuda de la policía, tuvo un momento de inspiración al volante de su coche. Conducía tranquilamente cuando se acercó a un semáforo que pasó del verde al ámbar y del ámbar al rojo ante el que se detuvo. Faltaría más. Allí parado llegó a la conclusión que unas tarjetas de colores, amarillas y rojas, podrían servir para impartir justicia entre los jugadores. La amarilla era un aviso de calma. La roja, la expulsión.

A su amigo sir Stanley Rous la idea le pareció extraordinaria y decidió tomar dos medidas: nombrar a Ken Aston Presidente del Comité de Árbitros de la FIFA y empezar a utilizar las tarjetas en el próximo Mundial, el de México 70.

De hecho, en el mismísimo partido inaugural del Mundial de México, el árbitro alemán Kurt Tschenscher tuvo el honor de mostrar la primera tarjeta amarilla de la historia. Corría el minuto 30 del encuentro que disputaban México y la Unión Soviética en el estadio Azteca cuando el colegiado se dirigió a Kakha Asatiani, centrocampista georgiano de la URSS, y le amonestó tras una falta. 

Un minuto más tarde, su compañero Nodiya vio la segunda. En total, en ese primer encuentro, el árbitro germano mostró cinco amarillas (cuatro a los soviéticos y una a los mexicanos). 

No está mal para empezar, aunque en todo el torneo ningún colegiado hubo de recurrir a la cartulina roja.

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Para ver la primera roja de la historia en una Copa del Mundo habría que esperar cuatro años más, al Mundial de Alemania 74. Fue en el partido de la primera fase entre Alemania Federal y Chile. 

El atacante chileno Carlos Caszely, que ya había visto la tarjeta amarilla con anterioridad, vio a los 22 minutos de la segunda mitad cómo su marcador, Berti Vogts, se tiraba al suelo a por él y le rebañaba la pelota en una entrada que parecía falta y que el árbitro no pitó. Inmediatamente se lanzó a por él con los dos pies por delante y le golpeó por detrás sin llegar al balón. El colegiado turco Dogan Babacan no lo dudó y le mostró al futbolista chileno la primera tarjeta roja de la historia de los Mundiales.

Curioso. Esa primera roja se la llevó un delantero elegante con fama de jugador limpio y poco agresivo por una reacción violenta ante la entrada de un marcador durísimo al que apodaban “el Terrier” por la contundencia, la persistencia y la intensidad de sus marcajes.

El mundo al revés. 

Aunque nunca dijo Ken Aston que su invento fuera justo, sólo era un método para que los futbolistas supieran claramente cuándo estaban advertidos y cuando tenían que abandonar el terreno de juego expulsados. 

Para que no se repitiera lo vivido con Antonio Rattín, vamos.

Rattín y Kreitlein cara a cara. 

¡Y dio resultado! Porque hoy, 53 años después de la gran ocurrencia de Kenneth George Aston, las tarjetas mantienen toda su vigencia en el fútbol y siguen siendo el elemento clave con el que cuentan los árbitros para impartir su particular justicia, conviviendo en armonía con las nuevas tecnologías como el VAR, la línea de gol o el fuera de juego semiautomático.

Y es que hay cosas que nunca pasan de moda. 
Porque lo simple, casi siempre, suele ser lo más efectivo. 
Que se lo pregunten a Rattín, que sigue sin entender su expulsión.

jueves, 19 de enero de 2023

La década dorada de Polonia (1972-1982): Las Águilas de Gorski sorprenden al mundo

En los primeros años de la década de los 70 una selección de la Europa del Este sin apenas vuelo en el contexto internacional empezó a convertirse en un auténtico dolor de cabeza para las grandes del fútbol mundial. 

En un momento en el que empezaba a despuntar el fútbol total de los holandeses, las clásicas selecciones de Alemania Federal, Inglaterra, Francia, Argentina e incluso la tricampeona Brasil se encontraron de buenas a primeras con el pie cambiado, intentando acoplarse a una nueva época donde la velocidad, los continuos cambios de ritmo y de posiciones y la movilidad de los jugadores por todo el campo eran las señas de identidad de los equipos ganadores.

En ese contexto emergió la figura de Kazimierz Gorski. Nacido en Lviv (hoy Ucrania y entonces Polonia) en 1921, al joven Gorski le pilló el inicio de la Segunda Guerra Mundial en plena carrera hacia el estrellato futbolístico, porque, pese a su juventud estaba considerado uno de los mejores delanteros de su tierra, una especie de proyecto de estrella en ciernes. 

En 1945, al finalizar la guerra y con 24 años recién cumplidos, Gorski decidió quedarse en Varsovia y fichar por el Legia, donde dejaría una huella imborrable hasta retirarse de los terrenos de juego en 1953. Desde ese instante, cambió las botas por los banquillos y dirigió al Marymont Varsovia (1954-59), a su Legia (1959-62), al Lublinianka Lublin (1963-64) y al Gwardia Varsovia (1964-66). Tras doce años de experiencia en los banquillos, la federación polaca lo contrató para las categorías inferiores y, finalmente, en 1970 se convirtió en el seleccionador absoluto de Polonia. 

Estaban a punto de alzar el vuelo “Las Águilas de Gorski”.

Las Águilas de Gorski emprenden el vuelo en pleno invierno. 

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El 28 de agosto de 1972, la selección polaca de fútbol, con Kazimierz Gorski al frente, debutaba en los Juegos Olímpicos de Múnich. El entrenador había conformado un equipo muy ofensivo, endiabladamente rápido y muy técnico de medio campo hacia arriba, que tenía en Lubanski su referencia arriba y lo escoltaban Deyna y Gadocha, dos auténticos jugadorazos que, no obstante, eran prácticamente unos desconocidos en el concierto internacional. 

Por si acaso, en el banquillo esperaba su oportunidad un jovencísimo delantero llamado Grzegorz Lato, que tenía entonces 21 años recién cumplidos.

Los de Gorski eran una auténtica incógnita, ya que todos sus jugadores militaban en la liga polaca y prácticamente nadie les conocía. De hecho, ningún jugador podía salir a jugar fuera del país hasta que no cumplieran 30 años. Así que las favoritas en el inicio de la competición eran Hungría, vigente campeona olímpica; Alemania Federal, organizadora de los Juegos; la Unión Soviética, la gran potencia del Este; y, como siempre, Brasil, que había llevado una selección capitaneada por Dirceu en ataque.

Sin embargo, las Águilas de Gorski debutaron tan a lo grande, haciéndole un 5 a 1 a Colombia con un doblete de Deyna y tres tantos de Gadocha, que empezaron a despertar recelos entre sus competidores. De hecho, en el siguiente encuentro volvieron a derrotar con contundencia a Ghana (4-0) y cerraron el grupo noqueando también a la República Democrática Alemana (2-1), con lo que las cartas quedaron boca arriba muy pronto.

En la segunda fase, Polonia habría de verse las caras con Dinamarca, Marruecos y la Unión Soviética y el campeón de grupo disputaría la final ante el triunfador del otro grupo, formado por Hungría, las dos Alemanias y México. Brasil había quedado fuera del torneo a las primeras de cambio.

Los de Gorski empezaron empatando a uno ante Dinamarca, pero en el partido decisivo ante la Unión Soviética dieron la campanada y vencieron por 2 a 1. Después finiquitaron su pase a la final apabullando a Marruecos por un contundente 5 a 0. En la final esperaba la vigente campeona olímpica, Hungría, que había dado buena cuenta de las dos Alemanias y de México.

Los húngaros, favoritos sobre el papel, se pusieron por delante al filo del descanso con un tanto de Várady, pero los polacos no le perdieron la cara al encuentro y remontaron en una segunda parte memorable. Deyna hizo los dos goles que le dieron el triunfo a Polonia y la primera medalla de oro en fútbol de su historia. 

Polonia se colgó la medalla de oro en las Olimpiadas de Múnich 72. 

Comenzaba la edad de oro de Polonia que duraría una década.

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En la fase de clasificación para el Mundial de Alemania de 1974 ya nadie podía decir que Polonia era una desconocida, aunque si quedaban dudas de su potencial, las Águilas estaban dispuestas a disiparlas. Gorski utilizó la base de la selección que se había proclamado campeona olímpica en Múnich y la ajustó dándole protagonismo a Lato en ataque junto al mítico Lubanski, la auténtica estrella de esa selección.

A Polonia le había correspondido en suerte un grupo de tres selecciones junto a Inglaterra y Gales y empezó con muy mal pie, ya que perdió claramente en Cardiff por dos goles a cero el 28 de marzo de 1973. Antes, Inglaterra había vencido a Gales también en Cardiff (0-1) y había empatado en Londres con sus vecinos (1-1). Así las cosas, Polonia lo tenía muy complicado para clasificarse para el Mundial, pero el fútbol siempre tiene la última palabra.

Los de Gorski derrotaron a la Inglaterra de sir Alf Ramsey en Chorzov (2-0) en un partido increíble en el que el protagonista de todo lo que pasó esa noche fue la estrella polaca Lubanski. El capitán le dio una asistencia de gol a Gadocha para hacer el uno a cero y anotó el segundo encarando a Shilton a poco de iniciada la segunda mitad. 

Sin embargo, siete minutos más tarde todo cambió para él. Lubanski intentó sortear una entrada del defensa inglés Roy McFarland y cayó fatal, apoyando todo su peso en la rodilla derecha. Mientras los ingleses se quejaban por la tardanza en la reincorporación, todo el estadio contenía la respiración. La estrella de Polonia se acababa de romper el cruzado y se perdió lo que quedaba de fase de clasificación y también el Mundial.

Pero la vida seguía y Polonia necesitaba otra victoria ante Gales para visitar Wembley en la última jornada dependiendo, al menos, de sí misma. Y las Águilas de Gorski no fallaron. Gadocha, el “Garrincha polaco”, volvió a abrir el marcador, como ante Inglaterra, y después Lato y Domarski, el sustituto del capitán Lubanski, redondearon una victoria clara ante Gales para seguir con opciones de clasificación en el último partido que se disputaría en Wembley tres semanas más tarde.

Los ingleses, en su línea de “somos los inventores del fútbol y no tenemos rival”, decidieron no suspender la jornada de liga que se disputaba tan sólo un día antes del encuentro. Además, el excéntrico y polémico Brian Clough, técnico del Derby Country, se permitió el lujo de descalificar a algunos de los jugadores polacos por televisión en la previa del choque decisivo. Al guardameta Tomaszewski le llamó payaso de circo con guantes. Al defensa Jerzy Gorgon lo describió como un boxeador con botas de fútbol, mientras que de Grzegorz Lato dijo que le parecía un corredor calvo de maratones. 

Claro, a veces pasa que uno se ha de comer sus palabras. 
Evidentemente.

Porque el 17 de octubre de 1973, ante más de 90.000 espectadores que abarrotaban el viejo Wembley, los de Gorski empataron a uno ante Inglaterra encomendándose a las paradas de todos los colores del “payaso” Tomaszewski al que sólo pudieron batir los locales de penalti (regalado) pese a disparar más de veinticinco veces a puerta durante el partido. 

Tomaszewski se vistió de héroe en Wembley.

Antes, “el corredor calvo de maratones” se había marcado una cabalgada impresionante por la banda izquierda, dejando atrás a dos rivales, para servir una pelota de gol que Domarski no desaprovechó.

Y así fue cómo los polacos dejaron a los inventores del fútbol fuera del Mundial por primera vez en su historia (los ingleses no habían participado en los Mundiales de 1934 y 1938 por voluntad propia, pero desde que decidieron afiliarse de nuevo a la FIFA y participar en el torneo en 1950 nunca se habían quedado fuera de una fase final de la Copa de Mundo).

Y ese fue el principio del fin de sir Alf Ramsey, que fue finalmente destituido el 1 de mayo de 1974 tras 113 partidos al frente de Inglaterra, con un bagaje de 69 victorias, 27 empates y 17 derrotas y, sobre todo, con la única Copa del Mundo que hasta ahora han ganado los ingleses bajo el brazo.

Todo eso consiguió Polonia en una noche de gran fútbol en Wembley. 

Polonia celebra su clasificación sobre el césped del viejo Wembley.

La revolución callada de las Águilas estaba en marcha.

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Kazimierz Gorski se dedicó entonces a planificar el Mundial de Alemania de 1974 para el que había sumado para la causa a un delantero más, Andrzej Szarmach, “el Diablo”, compañero del lesionado Lubanski en la delantera del Górnik Zabrze y al que se le caían los goles a puñados.

Polonia había quedado encuadrada en el grupo 3 junto a Italia, Argentina y Haití y disputaría sus encuentros entre Stuttgart y Múnich. El 15 de junio de 1974 se alzó el telón para todos en el grupo. Italia venció bastante menos plácidamente de lo que esperaba a la debutante Haití, a la que tuvo que remontar en la segunda mitad para acabar venciendo por tres goles a uno.

El debut de Polonia, en cambio, fue ante la selección albiceleste entrenada por Valdislav Cap, que se había hecho cargo del equipo tras la destitución de Enrique Omar Sívori, que fue quien metió al equipo en al torneo. 

Argentina venía con gente de mucha calidad, jugadores contrastados como Héctor Yazalde, que se había proclamado Bota de Oro en Europa tras marcar 46 goles con el Sporting de Lisboa. Le acompañaban futbolistas como Carlos Babington, “el Cacho” Heredia, Rubén Ayala, Mario Alberto Kempes, Daniel Carnevali o René Hosueman. Una selección con muchas ganas de competir y de hacer un buen papel y, a la vez, calibrar fuerzas de cara al siguiente Mundial, el que se disputaría en Argentina en 1978.

En Sttutgart, Gorski dispuso un triángulo atacante con Gadocha, Szarmach y Lato, bien surtidos de balones por un medio campo formado por Deyna, Kasperczak y Mazczyk y escoltados atrás por los centrales Gorgn y Zmuda y el baluarte Tomaszewski bajo los palos.

A los siete minutos de partido Lato ya había adelantado a las Águilas de Gorski y tan solo un minuto más tarde Szarmach hacía el segundo para sembrar de desconcierto a la zaga argentina. La albiceleste no supo cómo meterle mano a esa selección rápida y técnica que, además, era capaz de contener con bastante solvencia los ataques argentinos. 

Lato fue una pesadilla para Argentina.

Al cuarto de hora de la segunda mitad, el Cacho Heredia recortó distancias, pero dos minutos más tarde Lato hacía el segundo de su cuenta para poner el 3 a 1 en el marcador. El tanto de Carlos Babington cuatro minutos más tarde maquilló el resultado, pero no evitó la victoria polaca. Los chicos de Gorski que habían dejado fuera a Inglaterra empezaban sorprendiendo en el también en el Mundial.

En la segunda jornada se medían italianos y argentinos en un duelo vital para las esperanzas de ambos en el Mundial, mientras que Polonia debía confirmar su candidatura a pasar a la siguiente fase ante Haití. Italia y Argentina acabaron empatando a un gol. Polonia, en cambio, no tuvo piedad de los debutantes caribeños y los goleó por 7 a 0 con dos tantos de Lato y tres de Szarmach en una auténtica exhibición de pegada, efectividad y solvencia.

A la última jornada llegaban los polacos líderes de su grupo y con la tremenda tranquilidad que da tener los deberes hechos, ya que con cuatro puntos en dos partidos estaban matemáticamente clasificados para la segunda fase del torneo. Italia, en cambio, necesitaba al menos un empate para meterse como segunda de grupo, ya que con una derrota quedaría a expensas de los goles que Argentina le metiera a Haití. Evidentemente, con una victoria Italia sería primera de grupo.

Las especulaciones estaban en todo lo alto en la previa del partido, cuando un periodista argentino, consciente de que la suerte de la albiceleste estaba en las manos de Polonia, le pregunto a Gorski en rueda de prensa ante un montón de periodistas italianos: “Pero Polonia, ¿cómo va a jugar?”. Y Gorski, serio, desafiante y contundente, contestó: “De la única manera que sabemos jugar: a ganar”.

Efectivamente, Polonia salió con el equipo de gala y dispuesta a hacer pleno de victorias para acabar primera de grupo y evitar a Holanda y Alemania Federal en la segunda fase. En la recta final de la primera parte Smarzach y Deyna corroboraron con sus goles la superioridad de Polonia sobre el césped del Neckardstadion de Stuttgart. 

Zoff no puede evitar con su estirada el golazo de Smarzach.

Una Italia plagada de figuras como Facchetti, Mazzola, Capello, Causio o Chinaglia lo intentó hasta el final, pero sólo pudo recortar distancias a falta de dos minutos para el final con un tanto de Fabio Capello que no sirvió de nada. Porque Argentina había vencido en Múnich a Haití por 4 a 1 y a los italianos les tocaba hacer las maletas.

Polonia, primera de grupo, se vería las caras finalmente con Suecia, Yugoslavia y Alemania Federal, la anfitriona. Argentina se marchaba al otro grupo para medirse a la Naranja Mecánica de Johan Cruyff, Brasil y Alemania Democrática. Sólo el primero de cada grupo tendría plaza en la final de Múnich. El segundo disputaría el partido por el tercer y cuarto puesto

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Alemania Federal abrió la veda venciendo a Yugoslavia (2-0) con cierta comodidad y trasladó la presión a Polonia. Pero los de Gorski no se arredraron y un gol de Lato, que estaba haciendo un torneo superlativo, en las postrimerías del primer tiempo les dieron la victoria y los dos primeros puntos de la segunda fase.

En la segunda jornada Polonia siguió adelante con su sueño al vencer con cierto sufrimiento a Yugoslavia. Deyna adelantó a los polacos de penalti a los 24 minutos, pero los balcánicos empataron al filo del descanso. Y en la segunda parte, cómo no, volvió a resolver Lato con su sexto gol en el torneo.

Polonia había conseguido poner contra las cuerdas a una Alemania Federal que sufrió de lo lindo para derrotar a Suecia por 4 a 2 unas horas más tarde. Por lo tanto, Alemania y Polonia se jugarían el pase a la final en el partido que cerraba el grupo. Quien venciera, se enfrentaría a la imparable Holanda en la final de Múnich. Si empataban, lo haría Alemania por la diferencia de goles.

El 3 de julio de 1974 no había dejado de llover en Frankfort, donde a las cinco de la tarde se iban a enfrentar los anfitriones de Alemania Federal y los sorprendentes futbolistas de Gorski. Cuando el balón echó a rodar ya no llovía demasiado, pero el campo estaba impracticable, con charcos que frenaban la pelota en muchas zonas del campo, resbaladizo en todas y rapidísimo en otras muchas. Ese barrizal no le iba bien a ninguno de los dos equipos, pero quizá le iba bastante peor a los de Gorski, acostumbrados a jugar muy rápido y al pie.

De todos modos, Polonia intentó llevar el pese del partido desde el primer minuto, ya que estaba obligada a ganar, y metió el miedo en el cuerpo de los seguidores alemanes en cada ataque. El guardameta Maier tuvo que estirarse y meter la mano muy arriba para sacar un disparo de falta escorado de Lato. Tuvo que volver a intervenir el meta germano una vez más lanzándose a los pies de Lato primero y de Smarzach después para evitar que Polonia se adelantara en el marcador en la primera mitad. Y aún rechazó a córner un centro envenenado antes de que el colegiado mandara a los dos equipos a los vestuarios.

En la segunda parte, Polonia fue perdiendo fuelle poco a poco tras el desgaste de la primera mitad y Alemania se fue estirando poco a poco. Incluso dispusieron los locales de un penalti a su favor a los ocho minutos de la reanudación, pero Tomaszewski volvió a vestirse de héroe para detener el disparo de Uli Hoeness y mantener con vida a su equipo. 

Tomaszewski evita el gol de Hoeness con un paradón.

Al final, el Torpedo Müller recogió un rebote dentro del área, a la altura del punto de penalti, y no desaprovechó la oportunidad para batir a Tomaszewski y meter definitivamente a Alemania en la final. Faltaba un cuarto de hora de partido y las Águilas de Gorski siguieron intentándolo. Volvieron a exigir a Maier bajo palos una vez más, pero, al final, tuvieron que conformarse con disputar el tercer y cuarto puesto ante Brasil.

En ese partido, Polonia confirmó al mundo que era una grandísima selección venciendo a una canarinha a las órdenes de Zagallo en el banquillo y con Rivellino, Dirceu y Jairzinho sobre el césped. 

Lato, quién si no, anotó el gol del triunfo mediada la segunda parte para conseguir la mejor clasificación de Polonia en la historia de los Mundiales. También para convertirse en el primer (y hasta ahora único) polaco en conseguir la Bota de Oro en una Copa del Mundo gracias a los siete tantos que anotó en el torneo. 

Además, Wladyslaw Zmuda fue considerado el mejor jugador joven de la Copa del Mundo, “el Diablo” Smarzach fue Bota de Plata por sus cinco goles y Polonia fue la selección más goleadora del torneo con 16 tantos, uno más que la Naranja Mecánica y tres más que la Alemania Federal de Beckenbauer, Müller, Maier y Breitner, la campeona del mundo. 

La selección de Polonia antes de enfrentarse y vencer a Brasil.

Un auténtico hito que nadie esperaba.

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Humilde y siempre destacando el papel de sus jugadores, el técnico Gorski resumía así el estilo de su selección en ese Mundial de Alemania 74: “Gracias al fútbol sudamericano aprendí una nueva concepción del fútbol. Tocamos con pases en corto hasta que el rival se abre y entonces aceleramos buscando la portería rival a toda velocidad”. Y remataba con otra frase muy suya: “Ningún general puede ganar batallas sin un buen ejército. Yo tuve el mejor: unos jugadores excepcionales”.

Y ese ejército volvió a cumplir bajo su mando en las Olimpiadas de Montreal en 1976, donde Polonia defendía el oro olímpico de 1972. Las Águilas de Gorski acabaron primeros de grupo, apabullaron a Corea del Norte en cuartos de final (5-0), derrotaron a Brasil en las semifinales (2-0) y se plantaron, como cuatro años antes, en la final olímpica. Allí, en cambio, sucumbieron ante Alemania Democrática y cayeron por 3 goles a 1 para acabar colgándose del pecho la medalla de plata y volver a coronar al máximo artillero, esta vez Smarzach, con seis tantos.

Esas dos medallas olímpicas y el tercer puesto en el Mundial de Alemania 74 le bastaron a Gorski, que decidió dar un paso al lado y dejar la selección en otras manos. Los mimbres estaban puestos, ahora le tocaba a otro recoger los frutos. 

Y llegó Jacek Gmoch.

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Polonia se clasificó con mucha solvencia para el Mundial de Argentina 78 en un grupo compartido con Portugal, Dinamarca y Chipre. Ganaron los de Gmoch todos sus encuentros salvo el último, con la clasificación ya resuelta, cuando empataron a uno en Chorzow ante Portugal.

Y se presentaron en el torneo con el respeto ganado cuatro años antes, pero con sus mejores jugadores cuatro años más mayores, un juego bastante más previsible y menos veloz. Aún así, Polonia superó la primera fase empatando sin goles ante Alemania Federal, venciendo por la mínima a Túnez (1-0) y derrotando claramente a México (3-1) para ser primera de grupo.

Sin embargo, en la segunda fase en Rosario no pudieron con los anfitriones en la primera jornada y contemplaron en primera persona el despertar goleador de Mario Alberto Kempes, que anotó sus dos primeros goles en el torneo (2-0). 

Kempes recuperó su olfato goleador ante Polonia.

En la segunda jornada volvieron a caer ante Brasil (3-1) y cerraron su participación con la única victoria en esta segunda fase ante Perú (1-0).

Al final, pese a que la Federación Polaca consideró que la selección había fracasado en el Mundial, objetivamente el sexto puesto no era un mal resultado para Polonia, una selección que había asombrado al mundo cuatro años antes, pero que históricamente no era comparable a las grandes potencias como Argentina, Brasil, Holanda, Alemania, Italia o Francia. 

Parecía que ese sexto puesto cerraba la época gloriosa de Polonia, pero a la Águilas de Gorski, ahora con Antoni Piechniczek al mando, aún le quedaba un último gran torneo para cerrar una época maravillosa. Sin duda, la mejor de su historia.

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Polonia afrontó la fase clasificación para el Mundial 82 con una selección en la que aún coleaban algunos de los viejos mitos y a la que se habían añadido un buen puñado de jóvenes con buen pie. Seguía Lato, que cumpliría 32 años en el Mundial. Seguía “el Diablo” Smarzach, de la misma edad. Seguía Zmuda, el central que ahora era el capitán de equipo. Se había incorporado un atacante nuevo llamado Smolareck. 

Y, sobre todo, contaba con Boniek, el joven que había disputado el Mundial de Argentina con 22 años y que se había convertido a los 26 en la gran estrella del fútbol polaco. De hecho, se lo rifaba media Europa, pese a que aún seguía vigente en Polonia la ley que no permitía a los futbolistas salir a jugar fuera del país hasta que no cumplieran 30 años.

Las Águilas cayeron en un grupo de tres equipos junto a la República Democrática Alemana y Malta, lo que en la práctica significaba que la clasificación se jugaría en los dos partidos ante los alemanes orientales. Polonia venció uno a cero en Chorzow y volvió a vencer en Leipzig por dos a tres para certificar su presencia en España (a Malta la derrotó 0-2 en la Valeta y 6-0 en casa, como era de suponer).

Ya en el Mundial, los polacos abrieron fuego contra Italia en un partido descafeinado y timorato que acabó sin goles. En la segunda jornada, mientras los italianos empataban a uno ante Perú, Polonia tampoco fue capaz de batir a Camerún y volvió a empatar. La última jornada sería definitiva. Italia y Camerún empataron a uno en Vigo, mientras que los de Piechniczek se dieron un atracón en A Coruña cuando más lo necesitaban, con una goleada ante la Perú de Cubillas en una segunda parte sublime en la que fueron cayendo uno a uno todos los goles del encuentro (5-1).

Camerún puso contras las cuerdas a Polonia.

Polonia pasó a la segunda fase del torneo como primera de grupo e Italia, empatada a puntos con Camerún pero con un gol más a favor, pasó como segunda. A los italianos les tocó bailar con la más fea en el grupo de la muerte, donde esperaban la campeona Argentina y la máxima favorita para alzarse con el trofeo, la Brasil de Tele Santana... y de Sócrates, Zico, Falcao y Eder. A Polonia le cayó en suerte Bélgica y la potentísima Unión Soviética de Oleg Blokhin y el guardameta Rinat Dassaev.

Los de Piechniczek empezaron midiéndose a los Diablos Rojos belgas y siguieron con su racha goleadora. A los cuatro minutos de encuentro Boniek ya había hecho el primer tanto y a partir de ese instante Polonia fue imparable. A los 26 minutos, la estrella polaca volvió a marcar y dejó el partido casi visto para sentencia. Por si acaso, en la noche perfecta de Boniek, rubricó el triunfo con el tercer gol a los diez minutos del segundo tiempo.

Los soviéticos no fueron tan contundentes y vencieron a Bélgica en la segunda jornada con un solitario tanto de Oganesian, por lo que del choque entre Polonia y la URSS saldría el semifinalista del torneo. Por goles, el empate clasificaba a Polonia. 

Lato no marcó ante la URSS, pero no hizo falta.

Y los futbolistas de Piechniczek cerraron a los soviéticos todos los caminos del gol para acabar celebrando el empate a cero que les metía en semifinales ocho años después.

Por segunda vez en su historia, Polonia tenía opciones de meterse en la gran final de una Copa del Mundo.

El 8 de julio de 1982, en el Camp Nou de Barcelona, Italia y Polonia volvieron a enfrentarse tras el cero a cero de la primera fase. Los italianos de Bearzot había sido capaces de ganar a la Argentina de Kempes y Maradona (2-1) y a la Brasil de Tele Santana (3-2) a partir de la contundencia defensiva y los goles de Paolo Rossi, que había despertado a tiempo para meter a la azzurra en las semifinales. 

Polonia se iba a enfrentar a un equipo en racha y con la confianza por las nubes. Además, Boniek había visto una tarjeta amarilla contra la Unión Soviética que le impedía disputar las semifinales. Y pasó lo que tenía que pasar. Rossi marcó a los 22 minutos de partido y volvió a hacerlo a falta de un cuarto de hora para sentenciar el pase de Italia a la final. 

De nuevo Polonia se quedaba con la miel en los labios.

Rossi, tocado por la varita, marcó los dos goles ante Polonia.

Pero como en Alemania en 1974, los polacos coronaron el Mundial con una victoria de prestigio que volvió a darles otro histórico tercer puesto. El rival era Francia, que venía de perder en la tanda de penaltis ante Alemania tras una de las prórrogas más brillantes y emocionantes de la historia de la Copa del Mundo. 

Platini, abatido, no jugó el encuentro, pero eso no impidió que los galos se adelantaran en el marcador a los trece minutos con gol de Girard. Sin embargo, los de Piechniczek, con Lato, Smarzach y Boniek en ataque, no sólo no le perdieron la cara al partido, sino que se fueron descaradamente a por él. 

“El Diablo” empató el encuentro a falta de cinco minutos para el descanso y Majewski y Kupcewij dieron la puntilla a los franceses en un final de segunda parte espectacular. El gol de Couriol no fue suficiente y Polonia acabó venciendo por 3 a 2 para cerrar con una nueva victoria de prestigio la época más gloriosa de su historia.

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Boniek marcó cuatro goles en España 82 y entró en el mejor once del torneo, lo que le valió su fichaje por la Juventus de Turín tras unas arduas negociaciones con las autoridades polacas. En la Juve jugó tres temporadas y ganó una Liga, una Copa de Italia, una Recopa, una Supercopa de Europa y una Copa de Europa para convertirse en uno de los mejores jugadores polacos de la historia. 

Boniek en el encuentro ante Francia del Mundial 82.

Aún disputaría con Polonia el Mundial de México 86, donde caería ante Brasil en octavos de final. Tras esa derrota, Polonia no volvería a jugar una Copa del Mundo hasta 2002 en Corea y Japón.

Grzegorz Lato, Bota de Oro de Alemania 74 con siete goles, se retiró en 1984 tras un encuentro ante Bélgica. Disputó tres Mundiales y anotó 45 goles en 104 partidos, convirtiéndose en ese momento en el segundo máximo goleador de la historia de la selección polaca sólo por detrás de su amigo y compañero Lubanski, que había marcado 48 tantos en 75 partidos. 

Lato en el Mundial de Alemania 74.

Luego llegó un tal Robert Lewandowski y los superó a los dos en goles, que no en títulos, ya que el ariete del FC Barcelona sumaba 77 goles en 128 partidos a la conclusión del Mundial de Catar de 2022.

El grandísimo seleccionador Kazimierz Gorski murió en 2006 a los 85 años.

Todo el mundo lo consideraba el Papa del fútbol polaco. 

Kazimierz Gorski en el Mundial de Alemania de 1974. 

El autor de un equipo inolvidable que sorprendió y puso contra las cuerdas a las mejores selecciones durante toda una década y que escribió unas páginas memorables y brillantísimas en la historia de la Copa del Mundo.