"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

viernes, 28 de enero de 2022

El nacimiento de O Rei Pelé

Hace ya 65 años, un jugador de apenas 17 debutó en la fase final de la Copa del Mundo. Fue el 15 de junio de 1958 en Gotemburgo (Suecia). Allí cerraban el grupo tercero de la primera fase del Mundial 58 brasileños y rusos. La canarinha había ganado con claridad a Austria (3 a 0), pero había empatado sin goles ante Inglaterra, por lo que se jugaban su clasificación para los cuartos de final contra los rusos.

El seleccionador brasileño era Feola, un tipo curtido en mil batallas que había confiado la suerte de su selección a los veteranos Didí o Nilton Santos, pero precisamente éstos fueron los que más insistentemente demandaron la presencia en el once de dos jugadores jovencísimos que despuntaban casi por encima de ellos. A uno le llamaban Garrincha y al otro, al de los 17 años, Pelé. Ambos debutaron en aquel choque. Y de ambos decía el psicólogo de la selección que quizá no estarían preparados para soportar la presión. De haber sido por este personaje nunca hubiéramos asistido a las proezas de estos dos mitos. O el señor consiguió el título en una timba o no quería arriesgar su puesto en la selección apostando por los jóvenes.

Selección de Brasil, Campeona del Mundo en Suecia 58.

Sea como fuere, Suecia 58 fue el nacimiento mediático de Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, más tarde O Rei.

En ese encuentro final de la primera fase Pelé no anotó ningún gol (de hecho marró unas cuantas ocasiones) y fue Vavá quien certificó los dos goles que noquearon a los rusos para meter a Brasil en cuartos de final. Pero, a partir de ese instante, ni Pelé ni Garrincha volvieron a salir del once en lo que quedaba de competición. Y ninguno de los dos desaprovechó su oportunidad, aunque Pelé estuvo simplemente soberbio.

El siguiente partido, el 19 de junio en cuartos de final del campeonato, Edson Arantes Do Nascimiento desatascó un choque muy trabado ante Gales e hizo su primer tanto en un mundial para meter a la canarinha en semifinales. ¡Casi nada! Jugó en ataque con Altafini, mientras que Vavá permaneció en el banquillo reservándose para las semifinales y aplaudiendo a la nueva estrella en ciernes.

Las semifinales midieron a los dos equipos más atrevidos y espectaculares del torneo: la Brasil del toque y la samba y la Francia de Kopa y el matador Fontaine. No hubo color: Vavá marcó primero, empató Fontaine y Didí volvió a marcar para los brasileños. Después del descanso, Pelé marcó tres goles y finiquitó un partido que acabó maquillando Piantoni para los franceses. Cinco a dos con tres tantos del chaval y a la finalísima con Suecia.

Y Pelé tampoco faltó el día más importante para la hinchada brasileña a su cita con el gol... y con la historia. Que si tenía 17 años, que si Brasil jugaba contra el anfitrión, que si nadie había ganado un mundial fuera de su continente, que si la presión, que si el recuerdo aún latente del Maracanazo… todo eso y más desmontó Pelé el 29 de junio de 1958. Se adelantó Suecia con un gol de Liedhom, pero sólo fue un espejismo, una ilusión desvanecida. Vavá marcó dos tantos para llegar al descanso con ventaja y, a la vuelta, Pelé sentenció. Zagallo se sumó a la fiesta haciendo el 4 a 1, Simonsson recortó para los suecos y Edson Arantes Do Nascimento volvió a marcar para rematar la final y el partido (5 a 2).

Pelé protege la pelota en la final del Mundial de Suecia 58.

Mientras las lágrimas corrían por las mejillas del chaval, todo Brasil salió a la calle a festejar, a bailar, a brindar por sus héroes. Pelé estaba maravillado, asombrado, fascinado con algo que había soñado tantas y tantas veces y que en el instante en que llegaba no se lo podía ni creer. El joven que llegó a Suecia y se quedó boquiabierto al descubrir que allí los únicos negros que había jugaban con Brasil y las suecas se los comían con los ojos y con algo más (tanto él como Garrincha dejaron descendencia a su paso por el mundial) regresaba a su barrio de siempre con la primera Copa del Mundo para su país.

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Pero Pelé, al menos en ese momento, no se creyó más que nadie ni mejor que los demás. De hecho, tras conquistar la Copa del Mundo, regresó a su casa en Bauru, donde había unos niños jugando al fútbol en el mismo descampado que había sido su primer terreno de juego. El astro pidió permiso a los niños, se calzó unos pantalones y unas zapatillas y se puso a jugar con ellos. Así era esa nueva estrella a la que los veteranos del Santos (el equipo en el que debutó con apenas 15 años) tampoco le permitieron endiosarse de buenas a primeras: —Eh, Pelé, tráenos café y cigarrillos, le decían.

Y tampoco el Estado se lo permitió, ya que no le eximió del servicio militar y se pasó dos años jugando en el equipo militar, en el Santos y en la selección brasileña.

Eso sí, siempre hizo lo que le gustaba: driblar, regatear, marcharse de sus rivales casi con electricidad, con fuerza, con calidad, hacer jugar mejor a sus compañeros y, por encima de todo, marcar goles, goles y más goles. Y es que el astro brasileño paró la cifra de goles en 1.279 en el momento de su retirada en el año 1977 en el Cosmos de Nueva York, donde se marchó en 1974 para cerrar su carrera tras disputar 1.363 partidos.

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De todos modos, el gran cierre a su carrera, el broche de oro a una trayectoria impresionante, lo había puesto 7 años antes, en el Mundial de 1970 disputado en México. Allí Pelé jugó y ganó con su selección el tercer mundial de su historia para quedarse la Copa Jules Rimet en propiedad y entrar directamente en el Olimpo de los Dioses del Fútbol. Antes O Rei había ganado el mencionado de Suecia y el de Chile 62, aunque allí el protagonismo fue para un Garrincha descomunal porque a él lo habían lesionado en la primera fase.

En el Mundial de México, Brasil juntó una selección impresionante con Carlos Alberto, Jairzinho, Tostao, Everaldo, Gerson o Rivelino. Y en esa selección parecía que Pelé no iba a tener cabida. Antes del Mundial se especuló con que estaba lento, que estaba mayor, que sus mejores años habían pasado, pero Pelé se puso en forma, corrió, luchó, se esforzó y, sobre todo, pulió sus virtudes para tapar sus posibles defectos generados por su menor velocidad.

La Brasil de los 5 Dieces, Campeona del Mundo en México 70.

Pero la verdad es que no estamos en condiciones de saber si Pelé hubiera sido finalmente convocado si Havelange, entonces presidente de la Federación Brasileña de Fútbol, no hubiera destituido al controvertido seleccionador Joao Saldanha y colocado en su lugar a Mario Zagallo (compañero de Pelé en el Mundial de Suecia). Saldanha fue realmente el que juntó tanto talento en la selección, pero las relaciones con Pelé no era buenas. De hecho, antes del campeonato había llegado a decir que O Rei era miope. Y quizá lo fuera, pero eso no le impidió ver con el rabillo del ojo a Carlos Alberto en el gol que cerró la goleada ante Italia en la final. De todas formas, la historia de Saldanha merece, desde luego, un post para él solo porque es impresionante y es de justicia conocer a un personaje realmente increíble.

El caso es que de Pelé en ese Mundial se recuerda incluso todo lo que no fue capaz de hacer. Nos bastó el intento y la plasticidad de esas jugadas que quedaron sin culminar en la realidad y las acabaron culminando nuestras retinas: el tremendo cabezazo al suelo que el portero inglés Gordon Banks desvió para convertirlo en la jugada típica de los mejores resúmenes de paradas de todos los tiempos; el disparo desde el centro del campo en el partido ante Checoslovaquia que no entró por los pelos y que todo el mundo conoce como el gol de Pelé (que no fue); y el amago con el cuerpo al meta uruguayo Mazurkiewicz, con Pelé dejando pasar el balón por un lado, sin tocarlo, yendo a buscarlo tras rodear al portero, que se había ido a por él, y rematando cruzado, mandando el balón lamiendo el poste y con un defensa uruguayo resbalando por los suelos para despejar un balón imposible que tampoco entró.

Lo que sí hizo, y también se nos quedó grabado, fue guiar a su selección hacia el triunfo, abrir la lata con un soberbio testarazo en la final contra Italia y cerrarla con la asistencia a su capitán Carlos Alberto, el propietario entonces de un brazalete que Pelé no llevó nunca, como tampoco tiraba los penaltis. No le hacía falta: Pelé era Pelé, nada más y nada menos.

***

Después del título del 70, Pelé siguió jugando en el Santos, con el que consiguió su 11ª Campeonato Brasileño para cerrar su palmarés en su país (al que hay que sumarle 6 Copas de Brasil, 2 Libertadores y 2 Intercontinentales). Y al Mundial de Alemania en el 74 ya no fue. De hecho, le hicieron un homenaje en el partido inaugural, aunque no estaba retirado todavía. Cerró su carrera en el Cosmos de Nueva York, donde ganó su única Major League. Allí colgó las botas en 1977, con 37 años y 1279 goles en sus alforjas, 77 de ellos convertidos con la canarinha.

Por cierto, desde que Pelé se retiró de la Seleçao tras el Mundial del 70 hasta que Brasil consiguió su cuarta Copa del Mundo pasaron la friolera de 24 años. Cinco mundiales seguidos sin poder ni siquiera disputar una final se hicieron muy largos para los aficionados de uno de los países más futboleros del mundo.

jueves, 27 de enero de 2022

El mal fario de Holanda (3). Sudáfrica 2010

El 11 de julio de 2010 en Johannesburgo la selección holandesa volvía a plantarse en una final del Mundial 32 años y 8 torneos después. Enfrente estaba la actual campeona de Europa, España, que afrontaba por primera vez en su historia la final de una Copa del Mundo. 

Ciento veinte minutos después los holandeses volvían a llorar de tristeza mientras España entera salía a la calle con lágrimas de alegría. Los tulipanes perdían su tercera final de un mundial en el minuto 116 de partido, después de haber tenido en los pies de Robben una ocasión de oro para marcar y levantar el ansiado trofeo. 

Pero la historia la escribió el pie de Casillas y el de Andrés Iniesta y dejó nuevamente a Holanda con la miel en los labios 32 años después.

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Tras la derrota en la final del Mundial de 1978, a Holanda le costó prácticamente una década contar con una generación de futbolistas cuyo talento se aproximara al de la mítica Naranja Mecánica. De hecho, no se clasificaron para los Mundiales de España 82 ni de México 86, así como tampoco para la Eurocopa de Francia en 1984. 

Pero en 1988 todo cambió. Con Rijkaard, Van Basten, Gullit, los hermanos Koeman o el meta Van Breukelen y bajo la batuta del mismo Rinus Michels que dirigió el Mundial 74, los tulipanes reverdecieron sus laureles y ganaron un título que la Naranja Mecánica Original nunca pudo ganar: la Eurocopa de 1988.

Van Basten celebra su golazo en la final de la Eurocopa 88. 

Sin embargo, en la Copa del Mundo, esa generación no pudo acercarse al hito de los Neeskens, Cruyff y compañía luchando por el trofeo. 

En el Mundial de Italia 90, siendo campeona de Europa, hizo las maletas en octavos de final al cruzarse en su camino Alemania, que acabaría alzando la Copa. 

Para el Mundial del 94 se añadió Bergkamp al elenco de estrellas, pero la selección orange cayó en cuartos de final, de nuevo ante la futura campeona, Brasil.

En Francia 98 una generación nueva, pero igualmente talentosa, había sustituido completamente a los Koeman, Gullit, Van Basten y compañía. Eran el mencionado Bergkamp en plenitud, Seedorf, Davis, Kluivert, Cocu o los De Boer. Y en Francia estuvieron a un paso de meterse en la final del Mundial, pero en semifinales los volvió a apear Brasil en una cruel tanda de penaltis.

Cuatro años más tarde, después del fiasco de la Eurocopa de 2000 disputada en Bélgica y Holanda (volvieron a llegar a semifinales y volvieron a caer en la tanda de penaltis, esta vez ante Italia), Van Gaal fue el escogido para dirigir la selección, pero no pudo clasificarla para el Mundial de Corea

Fue destituido y Dick Advocaat se hizo cargo del equipo hasta la Eurocopa de 2004, donde volvieron a llegar a semifinales y donde volvieron a caer, esta vez ante Portugal.

Entonces fue Marco Van Basten quien tomó el relevo y clasificó a la selección para el Mundial de Alemania en 2006 donde los lusos se cruzaron de nuevo en su camino en octavos de final y los volvieron a eliminar en uno de los partidos más sucios y lamentables de una Copa del Mundo con 4 expulsados y 16 tarjetas amarillas en la denominada Batalla de Núremberg. 

Jugadores del talento de Robben, Van Persie, Cocu, Sneijder, Deco, Cristiano Ronaldo o Figo dándose patadas y olvidándose de jugar al fútbol es una de las peores imágenes que se recuerdan de ambas selecciones.

Una de las muchas trifulcas de la Batalla de Núremberg. 

Pese a la mala imagen del equipo en el Mundial, van Basten siguió al frente de la selección y se clasificó para la Eurocopa de 2008, celebrada en Austria y Suiza. 

Los de los Países Bajos hicieron una primera fase espectacular, con un pleno de victorias en un grupo complicadísimo ante Italia, Francia y Rumanía. Pero en el cruce de cuartos de final, una sorprendente Rusia fue mucho mejor que los holandeses y los mandó para casa con un contundente 3 a 1.

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Tras la Eurocopa de 2008, Bert Van Marwijk se convirtió en el nuevo seleccionador y clasificó al equipo para el Mundial de Sudáfrica. La selección de Van Marwijk no era, ni de lejos, la más talentosa que había tenido Holanda en su historia, pero contaba con jugadores como Van Persie, Robben, Sneijder o Dirk Kuyt con capacidad para hacer daño a las defensas rivales. 

Y detrás montó un bloque serio y compacto con jugadores como Van Bommel, Nigel de Jong, Van Bronkhorst, Mathijsen o Heitinga para ayudar al meta Stekelenburg. Atrás quedaban los tiempos de Van Basten, Gullit, Rijkaard, Koeman, Bergkamp, Van Nistelrooy, Overmars, los hermanos De Boer, Seedorf, Davis o Patrick Kluivert.

En el Mundial, los de Van Marwijk no estaban entre las quinielas de favoritos, pero, sin hacer ruido y con bastante solvencia, fueron avanzando en el campeonato. Ganaron a Dinamarca, Japón y Camerún en la primera fase y se clasificaron como primeros de grupos con 5 goles a favor y sólo 1 en contra.

En octavos de final sufrieron un poco más de lo previsto para eliminar a Eslovaquia, pero los goles de Robben y Sneijder, que estaban haciendo un magnífico campeonato, solventaron un compromiso al que los eslovacos le dieron emoción con un gol en el descuento.

En cuartos de final esperaba Brasil, que había ventilado su cruce de octavos ante la Chile de Marcelo Bielsa en un santiamén (3 a 0). Los brasileños salieron con Robinho y Luis Fabiano en ataque y con Kaká en la sala de máquinas y a los diez minutos se pusieron por delante, pero no contaban con la reacción neerlandesa tras el descanso. 

Los de Van Marwijk salieron convencidos de sus posibilidades de victoria, presionaron un poco más arriba, fueron más agresivos y los brasileños no supieron frenarles. Los dos goles de Sneijder dieron la vuelta al partido y mandaron a los cariocas para casa. De repente, Holanda había puesto sobre la mesa su candidatura al título.

Los goles de Sneijder noquearon a los brasileños.

Uruguay esperaba en semifinales después de haber sufrido muchísimo ante Ghana. La primera parte acabó con empate a uno y las espadas en todo lo alto, pero mediada la segunda parte, en apenas 3 minutos, los holandeses parecían sentenciar la semifinal con dos goles de Sneijder i Robben. Los charrúas lucharon hasta el final y redujeron distancias en el descuento con un gol de Maxi Pereira y casi, casi empatan en un arreón final pleno de orgullo.

***

El 11 de julio de 2010, en Johannesburgo, Holanda y España buscaban su primera estrella.

Y, sorprendentemente, los neerlandeses renunciaron a jugar y se dedicaron a romper la concentración de los españoles a base de juego subterráneo que los colegiados no supieron parar. Los campeones de Europa empezaron mejor y tuvieron varias ocasiones, pero el juego holandés descentró a los estilistas españoles y poco a poco fueron perdiendo el dominio y el peso en el partido.

Así entró De Jong a Xabi Alonso en Johannesburgo.

Holanda se volvió muy peligrosa en la segunda parte y las contras empezaron a ser letales. Robben tuvo el triunfo en sus botas, pero el pie de Casillas le impidió tocar la gloria y el choque se marchó a la prórroga. 

Y ahí, en el tiempo extra, como en 1978 en Argentina, los holandeses perdieron otra final. Su juego al límite produjo la expulsión de Heitinga a falta de 10 minutos y, para entonces, los de Van Marwijk ya esperaban desesperadamente la tanda de penaltis mientras España intentaba apurar sus últimas opciones.

Al final, en el minuto 116, apareció Andrés Iniesta para dar a España su primera Copa del Mundo y dejar a Holanda de nuevo con la miel en los labios. 

Por tercera vez.

El mal fario de Holanda (2). Argentina 1978

Al Mundial de Argentina de 1978 la selección holandesa se presentó después de liderar con solvencia su grupo de clasificación europeo, donde ganó cinco partidos y tan solo empató uno (2 a 2 ante Irlanda del Norte). 

Una clasificación cómoda ante unos rivales asequibles de la mano de Jan Zwartkruis, quien hubo de dar un paso al lado para acomodar a Ernst Happel, que llegó con la firme convicción de llevar a la Oranje a lo más alto.

Así que cuatro años más tarde, el subcampeón del mundo volvía a estar entre la terna de favoritos al título, pero perdió esa vitola en cuanto su capitán, Johan Cruyff, anunció que no iría al Mundial de Argentina con su selección.

A Ernst Happel y Jan Zwartkruis les tocó lidiar con la baja de Cruyff.

Mucho se ha escrito sobre la negativa de Cruyff a disputar el Mundial, pero las razones reales nadie las sabe a ciencia cierta. 

Se dijo que no quiso acudir a la cita en un país dictatorial donde mandaban los militares, con torturas y desapariciones a la orden del día y donde no se respetaban los derechos humanos. 

Se dijo que después del Mundial 74 ya dejó caer que no volvería a disputar otra Copa del Mundo por la cerrazón de las concentraciones. 

Se apuntó que tenía un conflicto con la marca que le vestía y que no coincidía con la de la selección holandesa. 

Se elucubró con la posibilidad de que su decisión de no viajar a Argentina la condicionara su esposa, convenciéndole de no disputar el torneo. 

Se arguyó también que Cruyff había sufrido un intento de secuestro en Barcelona y temía por su seguridad en el mundial. 

Y la última de las especulaciones hablaba de la fatiga de El Flaco, que ya había enganchado muchos años a pleno rendimiento, que tenía 31 años y quería descansar para seguir compitiendo a primer nivel y con el físico intacto.

El caso es que la baja de Cruyff era tan sensible que prácticamente nadie incluyó a los holandeses, pese a ser subcampeones del mundo, entre los candidatos firmes a levantar la Copa del Mundo. 

Ese papel correspondía a Alemania Federal, actual campeona del mundo y subcampeona de Europa, a Argentina, que como anfitriona había armado un gran equipo con la firma de su técnico Menotti, y a Brasil, que era una incógnita después de una fase de clasificación solvente en la que no participó Argentina por ser la anfitriona, pero que contaba en sus filas con un Rivelino de 32 años y con los jóvenes emergentes Zico o Dirceu.

La fase final tenía el mismo sistema que cuatro años antes en Alemania, es decir, cuatro grupos de cuatro equipos de los cuales se clasificaban los dos primeros. Los ocho equipos que seguían vivos en el torneo se distribuían en dos grupos (A y B) y el campeón de cada uno de ellos disputaría la final en el Monumental de River el 25 de junio.

Sorprendentemente, allí estaría Holanda y enfrente, como cuatro años antes, tendría al anfitrión. Y como cuatro años antes, volvería a quedarse con la miel en los labios.

Holanda y Argentina a punto de disputar la final del Mundial 78.

***

Holanda compartió grupo en la primera fase con Perú, Escocia e Irán y los tulipanes empezaron bien con una clara victoria por 3 a 0 ante los asiáticos, pero sólo pudieron empatar sin goles ante la sorprendente Perú y acabaron siendo derrotados por 3 a 2 por los escoceses, lo cual les relegó al segundo puesto por detrás de los incas.

A Argentina tampoco le fue especialmente bien en la primera fase. Debutó en su torneo sufriendo mucho para derrotar a Hungría por dos a uno y volvió a padecer de nuevo ante Francia en la segunda jornada, aunque ganó por idéntico resultado. El partido que cerraba el grupo medía a argentinos e italianos y los transalpinos vencieron por 1 a 0 relegando a la albiceleste al segundo puesto y mandando al equipo de Menotti a disputar la segunda fase en Rosario, lejos de Buenos Aires.

En esa segunda fase los holandeses se entonaron y no tuvieron rival. Derrotaron a Austria con un rotundo 5 a 1, empataron a dos con Alemania en la reedición de la final del Mundial anterior y remontaron un gol en contra ante Italia para acabar ganando 2 a 1 y clasificándose para la gran final.

Holanda se reencontró a sí misma ante Austria en la segunda fase.

Mientras, Argentina se reencontró a sí misma en Rosario y, sobre todo, encontró a Mario Alberto Kempes. A los 16 minutos, el Matador había inaugurado su cuenta goleadora en el Mundial y había puesto por delante a la albiceleste, pero los polacos se vinieron arriba y en una falta lateral Fillol se tragó el centro y Lato remató de cabeza a portería. Kempes se estiró como si fuera el guardameta y sacó el balón con la mano. El penalti lo lanzó Deyna muy flojito y Fillol lo detuvo. Después Kempes anotó el segundo tanto para cerrar el partido. Mientras, Brasil le ganó 3 a 0 a Perú y ambos equipos, brasileños y argentinos, empataron sin goles. 

La última jornada se disputaba el Polonia-Brasil y el Perú-Argentina, pero no se jugaban los partidos a la misma hora, por lo que los argentinos salieron a jugar ante Perú sabiendo que debían ganar por 4 goles, ya que los brasileños habían ganado por 3 a 1 a Polonia. 

El resto, ya es historia. 

Argentina ganó 6 a 0 con doblete de Kempes y Luque, un tanto de Tarantini y otro de Houseman, en un choque bajo sospecha desde el mismo instante en que la pelota empezó a rodar y hasta hoy.

***

El 25 de junio de 1978 una lluvia de papelitos inundó el césped del Monumental de River a la salida de los jugadores argentinos y una ovación atronadora encendió la mecha de la gran final. A unos cien metros de allí, en un centro de detención, se practicaba la tortura.

A los 22 minutos de juego, Kempes batió al meta holandés y puso en ventaja a la albiceleste en la final. El Monumental se vino abajo, pero los argentinos no cerraron el partido, los holandeses no le perdieron nunca la cara a la final y siguieron compitiendo con fe en sus posibilidades. 

El premio a su constancia llegó a falta de pocos minutos para el final con un cabezazo de Nanninga que mandaba el choque a la prórroga. 

¡Y gracias! 

Porque en la última jugada del tiempo reglamentario, Holanda mandó el balón al poste mientras todo el estadio de River contenía la respiración.

Pero en el tiempo extra, el equipo de Menotti, espoleado por su público y mucho más entero físicamente, acabó por doblegar la resistencia de los tulipanes con goles de Kempes y Luque para darle la primera Copa del Mundo a Argentina ante su gente. 

Los goles de Kempes dejaron a Holanda con la miel en los labios.

Holanda, nuevamente, se había quedado rozando la copa con la yema de los dedos. 

Por segunda vez consecutiva y las dos ante el anfitrión

Pero, como todo el mundo sabe, no hay dos sin tres.

El mal fario de Holanda (1). Alemania 1974

Cuando el 7 de julio de 1974 a las cuatro de la tarde el balón empezó a rodar en el Olímpico de Múnich, había un equipo claramente favorito a alzarse con la Copa del Mundo por primera vez en su historia: Holanda, la Naranja Mecánica capitaneada por Johan Cruyff. 

Y lo fue aún más, si cabe, cuando un minuto y medio después los holandeses habían dado 17 pases sin que un solo alemán tocara la pelota y un Hoeness derribara al espigado capitán holandés dentro del área. Neeskens transformó el clarísimo penalti y a los dos minutos los tulipanes ya encarrilaban la final.

***

Veinticinco días antes, el 13 de junio de 1974, Brasil y Yugoslavia daban el pistoletazo de salida al Mundial de Alemania en un partido en el que Pelé hizo el saque de honor y después pasó muy poca cosa más, dejando la sensación de que los brasileños, actuales campeones, no estaban para repetir título. El cero a cero que al final reflejaba el luminoso lo decía todo.

La RFA debutó en el Mundial el 14 de junio ante Chile. 

Al día siguiente, el 14 de junio, debutaron los anfitriones y, en ese momento, claros favoritos al título. La selección de Alemania Federal estaba formada por una base de jugadores del Bayern de Múnich, que acababan de proclamarse campeones de la Bundesliga y de ganar la primera Copa de Europa de su historia (después vendrían dos más de forma consecutiva). Con uno de los mejores porteros del mundo, Stepp Maier, uno de los mejores líberos del mundo, Franz Beckenbauer, y uno de los delanteros más eficaces del mundo, el Torpedo Müller, los alemanes eran el enemigo a batir. Pero su debut no estuvo a la altura de lo esperado. Ganaron su partido ante Chile, pero por la mínima y sufriendo, y no dejaron buenas sensaciones.

Justo al contrario que la Holanda de Johan Cruyff, Rep, Neeskens o Rensenbrick, que debutaron el día 15 y derrotaron con solvencia a Uruguay con dos goles de Rep y jugaron un fútbol eléctrico, vertiginoso y de constante movimiento imparable para sus rivales. De hecho, en esta primera fase, los holandeses empataron a cero ante Suecia y ganaron por 4 a 1 a Bulgaria para cerrar su pase a una segunda fase de grupos de la que saldría uno de los finalistas.

Mientras, los alemanes ganaron claramente a la débil Australia en su segundo encuentro, pero ni siquiera el tres a cero final dejó buenas sensaciones. 

Y lo peor estaba por llegar. 

El grupo se cerraba con un encuentro entre hermanos alemanes: Alemania Federal contra Alemania Democrática. El partido, que parecía un trámite para los occidentales, se complicó para los hombres de Helmut Schön. Alemania del Este resistió y a falta de 13 minutos Sparwasser volteó la clasificación del grupo con su gol y, probablemente, sin saberlo, cambió la suerte del Mundial. Porque Alemania Federal acabó segunda y se encuadró en el grupo B para la segunda fase junto a Polonia, Suecia y Yugoslavia, mientras que Alemania Democrática se clasificó como primera de grupo y cayó en el grupo A junto a Brasil, Holanda y Argentina.

Es decir, que la derrota más humillante de la historia de la República Federal Alemana les permitió evitar a los holandeses en un grupo en el que jugaban todos contra todos y el primero se clasificaba directamente para la final (y el segundo para el tercer y cuarto puesto). Aún hoy hay quien, sin demasiado fundamento, que los alemanes occidentales se dejaron ganar ese partido, pero es difícil creerlo ante las feroces críticas que recibieron por parte de todos los medios del país (e internacionales) y por sus propios aficionados.

***

El caso es que la segunda fase fue muy tensa para los alemanes y extraordinariamente plácida para los holandeses que, a esas alturas del torneo, habían presentado su candidatura al título con creces a la par que se desinflaban las opciones alemanas.

Holanda empezó la segunda fase apabullando a Argentina, a la que derrotó por 4 goles a cero, mientras que Brasil sufría para ganar por 1 a cero a la RDA con gol de Rivelino. 

Argentina no pudo frenar a la Naranja Mecánica en Gelsenkirchen.

En la siguiente jornada, los brasileños afrontaron el clásico sudamericano con la soga al cuello y acabaron derrotando a Argentina por 2 a 1 con un gol de Jairzinho al inicio de la segunda parte. Por su parte, los holandeses cumplieron ante la RDA y ganaron 2 a cero sin demasiados sobresaltos.

Así pues, el 3 de julio Brasil y Holanda decidirían quién jugaría la gran final de Múnich. Parecía un duelo entre los campeones pasados contra los futuros campeones y así lo demostró Holanda, que dio buena cuenta de los brasileros con goles de Neeskens y Cruyff. A los tulipanes sólo les faltaba rubricar su gran mundial en la gran final.

En el otro grupo, Alemania se impuso a Yugoslavia en el primer partido por dos goles a cero y eso tranquilizó un poco al equipo y a los aficionados, mientras que Polonia batía a Suecia con un gol de Lato en el otro partido. De hecho, los polacos volvieron a ganar ante Yugoslavia por dos a uno y trasladaron toda la presión a Alemania.

El partido ante Suecia era importantísimo para los alemanes y se vivió con mucha tensión. Los suecos se adelantaron en el minuto 24 y aguantaron con el marcador a favor toda la primera parte. En la segunda, los locales salieron a por el empate. 

Y le dieron la vuelta al partido en dos minutos con goles de Overath y Bonhof, pero tan solo un minuto más tarde los suecos volvieron a empatar y metieron el miedo en el cuerpo a todo un país. A falta de 14 minutos Grabowski volvió a adelantar a Alemania y todos respiraron tranquilos con el gol de penalti de Hoeness en el último suspiro. Al final, del partido entre Polonia y Alemania saldría el finalista.

El día amaneció lluvioso en Frankfurt y la lluvia se mantuvo durante todo el día y dejó el terreno de juego pesado. El partido iba a ser tenso, duro y recio. Las dos selecciones jugaron de igual a igual durante todo el partido, pero los alemanes se llevaron el gato al agua con un gol de Müller, que a los 76 minutos se dio la vuelta en el punto de penalti, lanzó duro y raso a portería y engañó al meta Tomaszewsky. Alemania había conseguido llegar a la final de su final. Ahí se vería las caras con la Naranja Mecánica.

***

A las cuatro de la tarde y dos minutos, los más de 75.000 aficionados que presenciaban en directo la final del Mundial del 74 en el Olímpico de Múnich no daban crédito a lo que veían y cruzaban los dedos para que la exhibición de la Naranja Mecánica no continuara después del gol de penalti de Neeskens antes de ningún germano tocara el balón.

Y eso es exactamente lo que pasó

Porque, como 20 años antes en Berna, los alemanes empezaron a asentarse en el campo, a mostrar su orgullo y a defender cada metro como si les fuera la vida en ello. Los holandeses del futbol total empezaron a no sentirse tan cómodos en el partido y los alemanes a acercarse por las inmediaciones del área de Jongbloed, hasta que, en el minuto 25, Jansen derribó a Hoelzebien dentro del área y Breitner transformó el empate para igualar la final. Después, al filo del descanso, Müller se revolvería dentro del área holandesa para marcar un gol muy típico de él y adelantar a los germanos antes de irse al vestuario.

Los holandeses no pudieron superar a la defensa alemana.

La segunda parte fue un quiero y no puedo por parte holandesa. Se habían visto campeones y ahora les tocaba remar ante una selección experimentada y bien plantada. Las pocas ocasiones que tuvieron los naranjas las desbarató el gran meta Sepp Maier sin problemas, e incluso los alemanes pidieron otro penalti y les anularon un gol. 

Al final, Alemania fue campeón del mundo por segunda vez y dejó con la miel en los labios a la selección más atractiva del torneo. 

Los holandeses no lo sabían, pero no sería la última vez

Cuatro años más tarde, la historia, caprichosa, volvería a repetirse.

miércoles, 20 de junio de 2018

El milagro de Berna y el primer campeón moral

Sepp Herberger, el seleccionador de Alemania, miraba insistentemente el cielo azul, límpido y cristalino de Berna mientras maldecía su suerte. Pensaba en la lluvia que necesitaba para igualar las fuerzas de sus muchachos con las de los mágicos magiares, sus rivales en la final que tendrían que disputar al día siguiente, el 4 de julio de 1954, a las cinco de la tarde, en el estadio Wankdorf de la capital helvética.

Había vuelto a dejar a los periodistas enfurruñados con su ya habitual táctica de soltar frases hechas y tópicas que no decían nada y que no dejaban traslucir ni su estado de ánimo, ni el de sus jugadores y, ni mucho menos, cualquier pista, por inocua que pudiera parecer, sobre cómo iban a disputar la final. Eso sí, solían encender los ánimos de los que preguntaban.

Sepp Herberger, seleccionador alemán.

Esta vez había soltado tres buenas frases, pensaba él. 

“El balón es redondo”, ante la insistencia de la prensa sobre lo bien que jugaban los húngaros. “El partido dura 90 minutos”, cuando alguien se empeñaba en inquirirle sobre la condición física con la que llegaban sus muchachos al partido definitivo. Pero, sin duda, la frase que más había dolido a los periodistas había sido aquella con la que les recordaba que preguntaran ahora o callaran para siempre porque “después del partido ya es antes del siguiente partido”.

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Herberger volvió a maldecir al cielo mientras reflexionaba sobre cuánto les había costado llegar hasta allí. Pensaba en ese primer encuentro ganado con facilidad ante Turquía (4 a 1), cuando le dio tiempo a reflexionar y a tomar una decisión que había marcado su campeonato y también su relación con la prensa y con todo el país. 

¡Pero qué querían esos chupatintas del demonio! Jugaban su primera competición internacional después de la Segunda Guerra Mundial, con un país en ruinas, desmoralizado y casi famélico, con prisioneros de guerra aún regresando de las prisiones rusas y él tenía que proteger a los suyos. No había otra manera de hacerlo, quisieran los periodistas o no.

Tenían que enfrentarse de buenas a primeras con el mejor equipo del mundo, unos tipos que llevaban casi 30 partidos seguidos sin perder, que habían ganado el oro olímpico en Helsinki hacía sólo dos años, que habían vapuleado a Inglaterra en su santuario de Wembley por 3 a 6 apenas seis meses antes y 7 a 1 en Budapest hacía semanas. Una selección que juntaba en ataque a tipos vertiginosos, creativos y de una calidad suprema que llevaban toda la vida jugando juntos y que, por si fuera poco, habían revolucionado el fútbol con un nuevo dibujo táctico que llevaba a todos sus rivales de cabeza.

Los Mágicos Magiares vencieron 7 a 1 a Inglaterra en Budapest.

Sí, porque el mamón del seleccionador húngaro, el gran Gusztáv Sebes, había retrasado al delantero centro del MTK Budapest, el impresionante Nandor Hidegkuti, lo había juntado con el jugón Jozsef Bozsik, del Budapest Honvéd, y había dejado la delantera con 4 efectivos, 2 en el centro del campo y 4 en defensa, pero que alternaban posiciones y subían al ataque como posesos para volver locos una y otra ves a sus rivales. Además, los 4 de arriba no tenían desperdicio: Puskás, Kocsis, Czibor y el letal Jozsef Toth. 

Fútbol total se llamaba aquello. 
Y ellos, los Mágicos Magiares.

Y esos caníbales del fútbol acababan de hacerles 9 goles a los coreanos, que no sabían dónde esconderse, los pobres. No, él no le iba a poner el título en bandeja a los húngaros. Él, el gran Sepp Herberger, confiaba en que los suyos podían llegar muy lejos en el campeonato, pero para ello había de hacer sacrificios porque aún no estaban preparados. 

Por eso decidió tirar el primer partido ante Hungría para no dar ni una sola pista a los magiares por si se volvían a encontrar. 

Era lo lógico, pensaba Herberger, pero no lo entendió nadie. Y menos las sanguijuelas de los periodistas alemanes que se rasgaron las vestiduras cuando vieron que no jugaba el portero Toni Turek… ni el centrocampista Kart Mai, ni los delanteros Marx Morlock, Ottmar Walter y Hans Schaefer. 

Quizá me pasé un poco, pero más se pasaron ellos al final del partido, cuando después del sonrojante 8 a 3 me tocó aguantar que me llamasen de todo. Que si había manchado el escudo de la Mannschaft, que si el pueblo alemán no merecía tal humillación, que si los germanos no nos rendimos nunca… Bla, bla, bla… Y ahí fue cuando les dije por primera vez aquello de que “después del partido ya es antes del siguiente partido” y yo ya pensaba en la repesca ante los turcos y ellos que querían hacer más sangre.

Y les planté. Les dejé con la palabra en la boca sabiendo que el país entero era un clamor contra mí y que sus crónicas periodísticas iban a colaborar un poco más en mi linchamiento. Si os he de ser sincero, no dormí bien hasta que no ganamos a Turquía de nuevo en la repesca de la primera fase, a quien, por cierto, le dimos un buen repaso ya con los titulares (7 a 2). Pero para los periolistos aquello no tenía perdón de Dios. Había manchado la imagen de la selección alemana y eso era imperdonable.

Max Morlock marcó cuatro goles en la repesca ante Turquía.

Ni siquiera los tranquilizó el dos a cero ante Yugoslavia en los cuartos de final. En la rueda de prensa aún tuve que oír preguntas sobre la derrota humillante ante Hungría. Les dije que ninguno de los que había en esa sala creía posible que estuviéramos en las semifinales de un Mundial y, sin embargo, lo estábamos. Creo que aún se enfadaron un poco más porque volví a enmendarles la plana. Y es que yo no he sido nunca de morderme la lengua, creo.

Pasé de ellos y me fui a ver el Austria-Suiza porque de ahí saldría nuestro rival en semifinales. Y creo que recordaré de por vida de ese partidazo. Los suizos metieron 3 goles en tres minutos y yo no quería ni verlo. Prefería jugar contra los austriacos que ante los suizos. Primero porque los suizos jugaban en casa y después porque la rivalidad contra Austria podía hacer que mis chicos jugaran al mil por mil y, a la vez, la alegría de la gente que nos veía desde casa sería infinitamente superior si ganábamos a los austriacos. 

Pero la verdad es que este pensamiento era un poco masoquista, porque nuestros vecinos eran muy buenos. De hecho, entre el minuto 25 y el 34 de esa primera parte les metieron ¡5 goles! a los suizos, que recortaron distancias antes del descanso al que se fueron ganando los austriacos por 5 a 4. ¡Sencillamente increíble! El partido acabó 7 a 5 y con los dos equipos sin fuelle. Yo tenía el rival que quería y, además, había presenciado el que durante muchos años sería el mejor partido de la historia de los mundiales.

El caso es que el día anterior a la semifinal las caras de mis amigos periodistas ya eran otras. No me lo podía creer. Tenían miedo. Creo que en ningún momento llegaron siquiera a imaginar que haríamos tan buen papel en el torneo y ahora que estábamos a un paso de hacer historia sentían auténtico terror. Querían llegar a la final, pero temían una derrota estrepitosa ante Austria

Yo sabía que no perderíamos. Fritz Walter estaba de dulce, su hermano Ottmar ya se había enchufado, Morlock lo peleaba todo y además estaba ese loco de Rahn que ponía los partidos patas arriba siempre.

Al descanso ganábamos 1 a 0 y habíamos sufrido, pero lo peor ya había pasado. Los austriacos estaban reventados y nosotros lo íbamos a aprovechar en la segunda parte. No sé cómo lo vivió el país, pero me lo imagino. Millones de alemanes pegados a la radio mientras el bueno de Herbert Zimmermann iba narrando un gol tras otro. 

Seis a uno y a la final. 

Fritz Walter hace el 5 a 1 ante Austria de penalti.

Ni el más optimista de los alemanes, ni siquiera mis chicos, lo creían posible. Pero ahí estamos. Ante la posibilidad de hacer historia, de darle un poquito de vida a un país desangrado y de escribir nuestro nombre en el Olimpo de este magnífico deporte. 

A ver. Porque si mañana ganamos (y más con este cielo limpio y claro) será un milagro. 

El Milagro de Berna.

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Y llegó la hora. A las 16:45 del domingo 4 de julio de 1954, 62.500 personas abarrotaban el estadio Wankdorf de Berna mientras alemanes y húngaros saltaban al terreno de juego para disputar la final del cuarto campeonato del mundo de fútbol. 

Los magiares con su equipo de gala, los mismos once jugadores que le habían endosado el 8 a 3 a los germanos en la primera fase. Los alemanes también con su once de gala, incluyendo a los 5 futbolistas que Sepp Herberger sacrificó en ese partido para que los magiares no supieran más de la cuenta de su equipo.

Fritz Walter y Puskás posan con los árbitros.

Los mágicos magiares, que habían dejado en la cuneta a Brasil y a Uruguay, subcampeón y campeón en 1950, se sabían superiores y salieron en tromba mientras el cielo de Berna iba encapotándose poco a poco para júbilo del seleccionador alemán. Pero abajo, en el césped, la tromba que se avecinaba vestía los colores húngaros. A los seis minutos de partido, Puskás ya había marcado el primero de fuerte disparo y dos minutos más tarde Czibor había hecho el segundo para delirio de los seguidores magiares.

Este segundo gol fue un fallo en cadena de la defensa alemana. El meta Toni Turek no pudo atrapar bien una cesión de Kohlmeyer y el extremo magiar le robó la pelota, regateó a Kohlmeyer y clavó el esférico en la red. Pero los alemanes no se inmutaron. Nadie le reprochó nada al defensa ni al portero. 

De hecho, el delantero germano Morlock gritaba que no pasaba nada mientras ponía el balón en el círculo central para reanudar el partido. Y Ottmar Walter, el hermano del capitán Fritz Walter se dirigía también a sus compañeros a grito pelado “vamos, que aún podemos hacerlo”.

Dicho y hecho. A los dos minutos Morlock reducía distancias cambiando la dirección del balón con un remate de puntera ante el guardameta Grosics. 

Morlock marca el primer gol de Alemania en la final.

Ocho minutos más tarde Rahn empataba el partido al aprovechar un centro desde la esquina para rematar cruzado al fondo de la red. Habían pasado 18 minutos desde el comienzo de la final y todo volvía a empezar. Por cierto, ya llovía abundantemente sobre Berna. Dios había escuchado las plegarias de Sepp Herberger.

El resto de la primera mitad fue un asedio húngaro solventado con manos y pies por Toni Turek, los tres palos que se aliaron con él y dos defensores que sacaron dos remates húngaros bajos palos. El descanso le vendría bien a Alemania. De hecho, en ese instante nadie pensaba todavía que el milagro de Berna fuera posible. Iban 2 a 2, sí, pero los húngaros se habían mostrado muy superiores.

El paso por el vestuario trajo consigo el discurso épico de Sepp Herberger, “señores, es grandioso lo que han logrado hacer hasta ahora. En la segunda mitad, no hay que ceder ni un milímetro de terreno” y un cambio de botas de todo el equipo alemán. 

Y es que el empresario germano Adolf Dassler, Adi, para los amigos había regalado unas botas especialmente diseñadas para los terrenos embarrados, con los tacos más altos. Adi había fundado una empresa de calzado y prendas deportivas en 1920 que con el paso del tiempo se convertiría en mítica y que esa tarde en Berna jugó un papel (más o menos modesto) en la victoria alemana. 

Sí, se llamaba Adidas.

Cuando los dos equipos saltaron de nuevo al campo se notaba en el ambiente que algo había cambiado. Aunque los magiares volvieron a salir en tromba sobre un campo pesado y embarrado, a los húngaros se les veía más cansados, con menos chispa (jugaron todo el mundial con los mismos hombres y en la semifinal contra Uruguay habían tenido que disputar una prórroga para acabar doblegando a los actuales campeones del mundo por 4 a 2), mientras los germanos iban creciendo poco a poco en el partido bajo la batuta de Fritz Walker.

La bravura alemana frente a la clase y la magia de los húngaros, una lucha a brazo partido que el 99% de las veces habría caído del lado magiar, pero la historia se iba a aliar con Alemania. 

En el minuto 84 el locutor Zimmermann narraba el partido para toda una nación: “Ahora Alemania avanza por la banda izquierda por mediación de Schäfer. El pase de Schäfer a Morlock es despejado por los húngaros. Y Bozsik, una vez más Bozsik, el carrilero derecho de Hungría, se hace con el balón… Pero esta vez lo pierde, ante Schäfer. Schäfer centra, despejan de cabeza, Rahn debería disparar desde atrás, “¡Tiro de Rahn! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol!...”. 

Helmut Rahn certifica el milagro marcando el 3 a 2.

Y se calló para asimilar lo que había pasado. Tardó ocho eternos segundos en volver a gritar: “¡3-2 para Alemania! ¡Llámenme loco, llámenme chiflado!”.

Pocos segundos después del éxtasis, sin tiempo para celebrarlo, los alemanes hubieron de sacar el cuero de dentro de su propia portería. Sin embargo, el árbitro inglés William Ling anuló el gol de Puskás por fuera de juego.

Unos minutos después Zimmermann berreaba completamente fuera de sí a través del micrófono: “¡Final! ¡Final! ¡Final! ¡Se acabó el partido! Alemania es campeón del mundo, tras vencer a Hungría por 3-2 en la final de Berna”. Un instante eterno.

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Para los alemanes, este primer triunfo en la Copa del Mundo fue el inicio de un largo idilio con esta competición que ha ganado en cuatro ocasiones (1954, 1974, 1990 y 2014), en la que ha disputado cuatro finales más (1966, 1982, 1986, 2002) y en la que siempre ha estado presente desde entonces.

Hungría, en cambio, no ha podido volver a una final mundialista. Los mágicos magiares se habían proclamado campeones olímpicos en 1952, se habían mantenido 32 partidos seguidos imbatidos y volverían a ganar 18 partidos seguidos más hasta que la invasión de Hungría por el Ejército Rojo en noviembre de 1956 dispersó a esa magnífica selección que ya no volvería a reunirse bajo bandera magiar. La mayoría de sus jugadores huyeron a otros países para seguir jugando al fútbol.

El triunfo de esos maravillosos magiares en el Mundial del 54 parecía sólo una formalidad. De hecho, la embajada húngara en Suiza había organizado para el 5 de julio una gran recepción en honor de los jugadores y había invitado a personalidades y periodistas. En Hungría, ya se habían impreso sellos especiales, y en el estadio Nep de Budapest se habían colocado los pedestales para 17 estatuas de tamaño superior al natural. Nadie podía figurarse que el equipo nacional no se coronaría campeón. 

Pero todo sucedió de manera muy distinta… y aquella selección sólo pudo ganar el título de primer campeón moral de la historia de los mundiales. Y el respeto de todo el mundo del fútbol, que no es poco.

Sepp Herberger y Fritz Walter salen a hombros del estadio.

Por su parte, Sepp Herberger, nuestro famoso amigo seleccionador, se desquitó de sus famosas declaraciones y frases hechas en las ruedas de prensa cuando afirmó después del triunfo: “Debo tomar una cierta distancia respecto a este partido. Es una sensación maravillosa cuando un equipo responde de esa manera a la confianza depositada en su rendimiento. Fue magnífico que pudiéramos vivir aquello”. La prensa ya no lo odiaba profundamente. Acababa de convertirse en un héroe.

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Algunos datos curiosos más.

—Sólo ocho selecciones han conseguido ganar un partido del Mundial remontando una desventaja de más de un gol. Las otras selecciones fueron: Suiza contra Alemania y Brasil contra Suecia en 1938; Austria contra Suiza en 1954; Portugal contra Corea del Norte en 1966; Perú contra Bulgaria y Alemania contra Inglaterra en 1970 y Costa de Marfil contra Serbia en 2006. Eso sí, Alemania es la única que lo ha hecho en una final.

—Alemania promedió 4,2 goles por partido torneo, más que ningún otro campeón del mundo, aunque curiosamente no fue el mejor porcentaje goleador de Suiza 1954: sus rivales húngaros marcaron nada menos que 5,4 goles por encuentro.

—Cuatro parejas de hermanos han marcado goles en los mundiales. Los primeros en hacerlo (y además juntos en el mismo torneo) fueron Fritz y Ottmar Walter, a quienes siguieron René y Willy van de Kerkhof (Holanda), Sócrates y Raí (Brasil), y Michael y Brian Laudrup (Dinamarca). Pero los hermanos Walter, además, son una de las dos parejas de hermanos que han ganado la Copa del Mundo. La otra la formaron Jacky y Bobby Charlton (Inglaterra) en 1966.

Fritz Walter y Ottmar Walter, campeones del mundo en 1954.

—Helmut Rahn fue el héroe de la final con sus dos goles. Le llamaban The Boss y marcó otros dos goles más en el torneo. Cuatro años más tarde, en el mundial de Suecia 58, anotaría 6 tantos más. Fue el primer jugador de la historia de los mundiales en marcar 4 goles o más en distintos torneos. Después vinieron otros 10 jugadores que emularon su gesta: Vavá, Pelé, Gerd Mueller, Teófilo Cubillas, Gary Lineker, Gabriel Batistuta, Ronaldo, Christian Vieri, Miroslav Klose y Thomas Mueller.

—El 2003 se estrenó en el cine la película "El milagro de Berna", que superó el millón de espectadores en los cines alemanes. Todos los actores que interpretaron a los internacionales de Alemania y de Hungría en la película eran futbolistas de divisiones inferiores.