"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

martes, 19 de julio de 2022

La Irlanda del Norte de McParland vive su sueño en Suecia 58

La Copa del Mundo de 1958 se asocia, inevitablemente, a los 13 goles de Just Fontaine, a la increíble irrupción en el escaparate del fútbol mundial de un joven de 17 años apodado Pelé y, por supuesto, a la primera Copa del Mundo que levantó Brasil en toda su historia.

Pero Suecia 58 esconde la historia de una nación que sorprendió al mundo clasificándose para la cita batiendo a selecciones de postín, como Italia y Portugal, en la fase de clasificación, y se plantó en tierras escandinavas siendo, en ese instante, el país más pequeño en disputar una Copa del Mundo.

Nos referimos a Irlanda del Norte, que una vez en Suecia quiso aprovechar el viaje y dio más de un susto a selecciones que se presumían más fuertes.

La expedición norirlandesa pone rumbo a Suecia.

***

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las selecciones británicas decidieron unirse a la FIFA y dar el sí a disputar la Copa del Mundo, se decidió que las selecciones de las islas se jugarían la clasificación entre ellas en el Campeonato Británico. 

Así que Inglaterra se clasificó por delante de Escocia, Gales y la entonces denominada Isla de Irlanda para el primer Mundial de su historia, el de Brasil 50, aunque después sufriera el desastre de Belo Horizonte ante Estados Unidos. 

Escocia también se había clasificado al ser segunda de grupo, pero los escoceses avisaron antes que sólo irían si quedaban primeros en su grupo. No lo hicieron y, cabezones ellos, se negaron a participar en el torneo.

Camino a Suiza 54, el sistema volvió a ser el mismo. El Campeonato Británico decidiría qué dos equipos se clasificarían para el Mundial que se había de disputar en tierras helvéticas. Y las cosas volvieron a salir exactamente igual: Inglaterra primera y Escocia segunda. Esta vez las dos selecciones se presentaron en el torneo, mientras que Irlanda del Norte y Gales volvían a quedarse fuera. 

Sería la última vez que se usaría ese sistema y tanto galeses como norirlandeses estaban encantados, ya que consideraban que tendrían más posibilidades de estar en la Copa del Mundo si se enfrentaban a otras selecciones del continente.

Pero el sorteo no fue benévolo para Irlanda del Norte, que cayó en un grupo complicadísimo junto a Italia y Portugal. Solo el primero se clasificaría para Suecia 58. 

Los del Úlster se presentaron en sociedad con un empate a uno en Lisboa, aunque después cayeron en Roma ante Italia por la mínima (1-0). La visita de Portugal a Belfast se saldó con un rotundo 3 a 0 para los norirlandeses que dejaba a los lusos prácticamente sin opciones y, a la vez, convertía en trascendental el último partido del grupo, que se disputaría en el Windsord Park de Belfast el 15 de enero de 1958. 

Antes, portugueses e italianos tenían que verse las caras entre sí mientras Irlanda del Norte calentaba motores. Portugal derrotó por tres a cero a Italia en Lisboa, para alegría de los isleños, pero después Italia le devolvió la goleada a la Seleçao das Quinas venciendo en Roma por idéntico resultado.

Así las cosas, Irlanda del Norte e Italia afrontaban una auténtica final en un Windsord Park a reventar. Los locales llegaban al encuentro con tres puntos por cuatro de los visitantes, así que el ejército verdiblanco estaba obligado a ganar para clasificarse.

Y lo hizo. ¡Vaya si lo hizo!

Irlanda del Norte derrotó a Italia en Belfast para estar en Suecia.

Empezó empujando Italia, que hizo intervenir en dos ocasiones al meta Uprichard, pero poco a poco se fue estirando Irlanda del Norte ayudada por el empuje de su gente. El centrocampista McIlroy enganchó a los trece minutos un disparo desde la frontal y batió por alto a un sorprendido Ottavio Bugatti. El gol espoleó a los locales y el delantero Billy Cush, nombrado mejor futbolista norirlandés de 1957, resolvió un barullo en el área para poner el dos a cero en el marcador. 

Los transalpinos recortaron distancias en la segunda parte tras un error clamoroso del meta norirlandés que aprovechó Dino Da Costa a falta de poco más de media hora para el final del choque, pero no hubo reacción italiana.

Al final, el marcador ya no se movería y el ejército verdiblanco acabó imponiéndose por dos a uno para dejar por primera vez en su historia a la azzurra, doble campeona del Mundo en 1934 y 1938, sin Mundial (no había participado en la primera edición de 1930 ni en la de 1950 por voluntad propia). 

La Nazionale aprendió la lección y se pasó 60 años seguidos sin fallar a ni una sola cita mundialista, hasta que cayó camino de Rusia 2018 en la repesca ante Suecia. Cuatro años más tarde, en la fase de clasificación de Catar 2022, volvería a tropezar de nuevo, esta vez ante Macedonia del Norte, para quedarse, por segunda vez consecutiva, fuera de un Mundial.

El caso es que el cambio de sistema benefició, al menos en esta primera edición, a las selecciones británicas, ya que Inglaterra también se clasificó por delante de la República de Irlanda y de Dinamarca; también lo hizo Escocia, que dejó fuera a España y a Suiza; y la sorprendente Gales, que necesitó una repesca ante Israel para meterse en el Mundial de Suecia. 

Entre las dieciséis selecciones que se jugarían el título en Suecia había cuatro de las Islas por primera vez en la historia... 

Y por última vez hasta el momento.

Irlanda del Norte se plantó en Suecia con ganas de dar la sorpresa.

***

Esa selección norirlandesa estaba entrenada por Peter Doherty, también entrenador del Bristol y un interior muy goleador que había colgado las botas en el año 1953 después de haber dejado huella en la liga inglesa y de haber tenido la mala suerte de padecer la Segunda Guerra Mundial en su época de plenitud como futbolista. 

Pero, pese la campanada de la fase de clasificación, nadie daba un duro por el equipo de Doherty. Mucho menos cuando el sorteo la metió en el grupo de Checoslovaquia, Argentina (campeona de América sólo dos años antes con los Carasucias) y la campeona del mundo, la República Federal de Alemania. 

Pero el fútbol es tan grande y tan impredecible que Irlanda del Norte dio la sorpresa y se metió en los cuartos de final en su primera participación en un Mundial, enviando a su casa a Argentina y a Checoslovaquia. Además, el atacante norirlandés del Aston Villa Peter McParland anotó 5 tantos el torneo para cerrar una participación histórica de los del Ulster.

Irlanda del Norte debutó ante Checoslovaquia en Halmstad el 8 de junio de 1958 y sólo tardó dieciséis minutos en ponerse por delante con un tanto del ariete Wilbur Cush, flamante fichaje del Leeds United. Los checoslovacos no pudieron contrarrestar ese gol y el partido acabó uno a cero, con el grupo patas arriba tras la derrota Argentina ante la campeona Alemania (1-3).

Wilbur Cush fue al autor del gol de la victoria ante Checoslovaquia.

En la segunda jornada, Peter McParland inauguró su casillero goleador en el Mundial a los tres minutos y puso a la albiceleste contra las cuerdas. Pero un penalti transformado por el Loco Corbatta poco antes del descanso dio aire a los campeones sudamericanos. En la segunda parte, dos tantos del Beto Menéndez y Avio en apenas cuatro minutos desnivelaron el choque hacia el lado argentino. 

Mientras, Checoslovaquia y Alemania Federal empataban a dos, así que la última jornada del grupo sería de órdago.

El 15 de junio, en Helsingborg, Checoslovaquia asestó a Argentina uno de los golpes más duros de su historia. Vencieron los centroeuropeos por seis goles a uno y sumieron a la albiceleste en una profunda depresión tras un torneo en el que se presentaban como favoritos y les tocó volver a casa prácticamente humillados.

Mientras, en Malmö, Irlanda del Norte volvió a dar la campanada. A los diecisiete minutos de partido McParland adelantó a los suyos, aunque la alegría no duró mucho, ya que Helmut Rahn, el héroe de Berna, empató apenas tres minutos después. 

McParland, delantero del Aston Vila, completó un Mundial extraordinario.

Pero los debutantes no le perdieron la cara al partido, resistieron las embestidas alemanas y volvieron a sorprender a los teutones con otro tanto de McParland a los trece minutos del segundo tiempo. 

Los campeones del mundo se vieron contra las cuerdas, pero a falta de once minutos para el final un jovencísimo Uwe Seeler empató el partido (2-2) y clasificó a Alemania Federal para los cuartos de final.

La otra plaza del grupo se la tendrían que jugar Checoslovaquia e Irlanda del Norte en un partido de repesca entre ellos. 

La campeona Alemania no pudo con Irlanda del Norte en Suecia.

Dos días más tarde, norirlandeses y checoslovacos se volvían a enfrentar con el primer choque del torneo en el pensamiento. Esta vez, fueron los centroeuropeos los que no se dejaron sorprender y comenzaron con más ímpetu para hacerse con el dominio del partido. 

A los diecisiete minutos, Zikán obtuvo el premio del gol en una falta de entendimiento entre el defensa y el portero británicos y parecía que la aventura de Irlanda del Norte llegaba a su fin. 

Pero entonces volvió a aparecer el de siempre, McParland, para empatar el partido al borde del descanso. Billy Cush remató hasta tres veces ante el portero checo, que sacó todos los remates con el pie, hasta que apareció McParland para enviarla definitivamente a la red.

En la segunda parte el marcador no se movió y el desempate se iba a la prórroga, donde McParland aún tenía guardada una bala en la recámara que aprovechó a los nueve minutos del tiempo extra. El atacante cogió la espalda a toda la defensa checoslovaca y remató con la derecha desde dentro del área un balón que metió a su selección en los cuartos de final de un Mundial en su primera participación. 

¡Ver para creer! 

McParland marcó los dos tantos que clasificaban a Irlanda del Norte.

Argentina y Checoslovaquia estaban en casa mientras Irlanda del Norte se mediría a Francia en Norrköping por una plaza en semifinales.

***

En los cuartos de final se iban a ver las caras dos selecciones que habían sorprendido a todos, Francia y, sobre todo, Irlanda del Norte, y, además, sobre el césped iban a enfrentarse los dos máximos goleadores del torneo a esas alturas: Fontaine y McParland, los dos con cinco tantos en tres partidos.

En la charla previa, el seleccionador Peter Doherty les dijo a sus chicos: “Quitémonos de en medio a esta selección francesa... ¡y jugaremos contra el equipo del circo en semifinales!”. Así llamaba Doherty a los brasileños, sin cortarse en absoluto, por las virguerías que solían hacer en los partidos, esa habilidad técnica marca de la casa que Pelé y Garrincha exhibieron en tierras suecas. Y es que los brasileros habían ganado a Gales con un golazo de Edson Arantes Do Nascimento y ya esperaban rival.

Pero al choque de cuartos de final los norirlandeses llegaron ya vacíos. Cansados de largos viajes en bus y del partido de desempate jugado dos días antes. Los franceses, con los deberes hechos en el grupo, llevaban cinco días descansando. 

Franceses y norirlandeses saltan al terreno de juego en Norrköping.

Winieski abrió la lata para Francia a los veintidós minutos de partido con un remate cruzado desde el interior del área y los norirlandeses aguantaron bien hasta el descanso. Pero en la segunda parte, Fontaine destapó su olfato goleador y rompió definitivamente el partido a los diez minutos de la reanudación con un cabezazo que ponía el dos a cero para Francia. Ocho minutos después pondría la puntilla con un tercer gol extraordinario en el que se metió entre los centrales con la pelota controlada, recortó a otro defensa y cruzó ante el portero del ejército verdiblanco. Roger Piantoni cerraría la cuenta con el cuarto tanto a poco más de veinte minutos para el final. 

Demasiado castigo para los valientes norirlandeses, que volvieron a casa orgullosos de su carta de presentación en una Copa del Mundo. 

Francia, en cambio, siguió adelante, aunque caería con el “equipo del circo” en semifinales por cinco tantos a dos y acabaría tercera en el torneo al derrotar a Alemania Federal en el tercer y cuarto puesto (6-3).

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A la vuelta a Irlanda del Norte, McParland y compañía fueron recibidos como héroes y, a medida que pasaban los años, aún se enorgullecían más los aficionados de la heroicidad de esa selección, ya que su selección habría de esperar veinticuatro años para disputar otra vez la fase final de un Mundial, concretamente hasta España 82, donde volverían a dar la sorpresa clasificándose para la liguilla de cuartos de final cuando nadie lo esperaba. 

En España, el inesperado héroe norirlandés fue Gerry Amstrong, que marcó el gol ante los anfitriones que le daba la clasificación a los norirlandeses cuando ya estaban casi de vacaciones. 

En el banquillo de esa gran selección norirlandesa del 82 se sentaba Billy Bingham, uno de los integrantes de la que había triunfado en Suecia en 1958. 

Billy Bingham ha participado en todos los Mundiales de Irlanda del Norte.

Con él de seleccionador, Irlanda del Norte volvería a clasificarse también para el Mundial de México 86, el tercero y último del que ha podido disfrutar hasta la fecha el ejército verdiblanco. 

El gran Billy Bingham es el único que, hasta la fecha, puede presumir de haber estado en todos.

jueves, 14 de julio de 2022

La generación de oro de Portugal y su profunda huella

Arabia Saudita. Verano de 1989. El Mundial Juvenil se disputa en tierras asiáticas. Allí acude la flor y nata del fútbol del futuro inminente. Los mejores proyectos de futbolistas del mundo que, más pronto que tarde, se convertirán en referentes, cuando no directamente en estrellas. 

Ahí están, representando al continente americano, la Colombia del portero Córdoba; la poderosísima Brasil de Marcelo Henrique, Sonny Andersson, Bismarck, Marcelinho Carioca y Cassio o la Argentina del Cholo Simeone y el meta Bonano. 

Ahí están, estandarte de la África del futuro, los nigerianos Elijah, Adepoju y Ugbade. 

Ahí están, pisando fuerte, los soviéticos Popovich, Timoshenko, Salenko y Kiriakov, Nikiforov y Onopko. 

Ahí están, aunque su papel fue poco relevante, los españoles Cañizares, Albert Ferrer, Lasa, Larrainzar, Solozábal, Moisés, Urzaiz y Pinilla.

Y, por encima de todos, los que volvieron a casa con la Copa, a los que casi no los esperaba nadie: Portugal. Los entrenaba Carlos Queiroz y la selección absoluta estaba prácticamente en proceso de desintegración después del desastre de Saltillo en México 86, pese a contar con un jugador como Paolo Futre en sus lustrosas filas. 

Pero Portugal tenía por delante un futuro que se tiñó de oro en el verano de 1989, un futuro encarnado en unos chavales cuyos nombres no olvidarían jamás los lusos: Fernando Couto, Joao Pinto, Paulo Sousa y Xavier.

La Seleçao das Quinas venció a Checoslovaquia (1-0) y a Nigeria (1-0) y perdió por 3 a 0 frente a la anfitriona, Arabia Saudí, en un auténtico batacazo para cerrar el grupo. Aún así, quedó primera y se enfrentó a Colombia en los cuartos de final. Cayeron los cafeteros por un gol a cero, tanto que anotó Couto al borde del descanso. En las semifinales esperaban los favoritos, los brasileños, que acababan de enviar a casa a Argentina en el clásico sudamericano. Pero Portugal volvió a imponerse, esta vez con un tanto de Amaral mediada la segunda parte. 

En la final volvieron a encontrarse con Nigeria. 
Y volvieron a ganar. 

Dos a cero y la primera Copa del Mundo Juvenil pasaba a engrosar las vitrinas de la Federación Portuguesa.

Portugal se proclamó campeona del mundo juvenil en 1989. 

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Pero la cosa no quedó ahí. 

Dos años más tarde, Portugal acogía la fase final del Mundial Juvenil de 1991 y, además, ponía en juego el título obtenido en Arabia Saudí dos años antes. En medio, la decepción de no clasificarse para la disputa del Mundial de Italia 90 con la selección absoluta. Así que todos los ojos estaban fijos en la selección juvenil de Portugal. 

De nuevo con Queiroz a la cabeza y con una nueva hornada de jugadores que prometía incluso más que la anterior campeona, porque a Joao Pinto, que aún se mantenía en el equipo, se añadieron un tal Rui Costa y un tal Figo, además de Capucho, Jorge Costa o Rui Bento, para conformar la columna vertebral de un equipo maravilloso que tenía el listón altísimo: debía igualar lo conseguido dos años antes y hacerlo, además, ante su público. Tenía prácticamente la obligación de sofocar las penas que provocaban los mayores.

Empezaron los chavales portugueses sin titubeos, merendándose a los compañeros de grupo casi sin despeinarse en una primera fase plácida. Cayó Irlanda en el debut por dos goles a cero. Besó la lona también Argentina en el segundo envite por tres a cero y cedió también Corea del Sur en el partido que cerraba el grupo (1-0). Los argentinos, por ejemplo, contaban en sus filas con Pochettino, Pellegrino o Esnáider, que no es moco de pavo.

En las eliminatorias, los chicos de Queiroz empezaron a sentir la presión de ser favoritos y de jugar ante su público, un nivel de exigencia superlativa que fueron gestionando a duras penas. 

Rui Costa y Figo eran los estandartes de un equipazo.

En cuartos de final, México esperaba a los lusos con ganas. Y se lo puso difícil. Portugal se había adelantado de penalti en el minuto tres y Delgado había empatado para el Tri a falta de diez minutos para el final de la primera parte. El marcador no se movería más y la prórroga iba a decidir el destino de los de Queiroz en el torneo. 

El delantero Toni salió al rescate y anotó el gol del triunfo en el tiempo extra.

En semifinales, la sorprendente Australia esperaba a los anfitriones. Los socceroos se habían impuesto en un grupo muy duro a la temible Unión Soviética y, después, eliminaron a Siria en los penaltis en cuartos de final. Rui Costa decidió el pase de Portugal a la final con un gol en la recta final de la primera parte. 

Allí se verían las caras con la Brasil de Roberto Carlos, Marquinhos y Élber. La final fue tensa, dura y con pocas ocasiones para ambos equipos. Acabó sin goles y se hubo de decidir el campeón desde el punto de penalti. 

Y ahí la suerte sonrió a Portugal, que no falló ni un solo lanzamiento, mientras que Élber y Marquinhos fallaban los suyos. 

Cuatro a dos en la tanda de penaltis y la segunda Copa del Mundo Juvenil consecutiva para los lusos.

Los jóvenes portugueses celebran su segundo título mundial.

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El segundo triunfo de Portugal en el Mundial Juvenil disparó la euforia de toda la nación y las ganas de ver a esos chicos vistiendo la camiseta de la absoluta, para revertir una historia donde el hito de Eusébio en Inglaterra 66 quedaba cada día más y más lejos. Y, poco a poco, esos jóvenes campeones fueron entrando en la absoluta y fueron, poco a poco, derribando barreras. 

Aunque les costó lo suyo.

No pudo Portugal, entrenada por Carlos Queiroz y con la base de una Generación de Oro muy joven, clasificarse para el Mundial de Estados Unidos en 1994, aunque estuvo a punto. Cayó en un grupo complicadísimo con Italia, Suiza y Escocia, además de las más débiles Estonia y Malta. Sólo se clasificaban dos y los hicieron suizos e italianos, aunque la Seleçao das Quinas se jugó la clasificación en el último partido ante Italia en Milán. 

Cayeron los lusos por uno a cero con tanto de Dino Baggio a falta de 7 minutos para el final y hubieron de retirarse a lamerse las heridas. 

La selección aún estaba demasiado verde para bregar en esas lides.

Sí se clasificaron los portugueses para la Eurocopa de Inglaterra en 1996, ya totalmente asentados en el equipo Figo (que acababa de completar su primera temporada en el FC Barcelona), Rui Costa (estrella en ese momento de la Fiorentina), Fernando Couto y el portero Vítor Baía (los dos recalarían en el FC Barcelona después del torneo, el central procedente del Parma y el portero del Oporto) o el joven delantero del Boavista Nuno Gomes. 

Allí, en Inglaterra, donde Eusebio y compañía habían hecho historia 30 años antes, la Generación de Oro se hizo mayor alcanzando los cuartos de final con solvencia en un grupo complicadísimo que compartieron con la Croacia de Suker y Boban y la Dinamarca de Laudrup. 

Pero en cuartos se cruzó en su camino una República Checa sorprendente, desbordante e ilusionante, con Nedved y Poborsky erigiéndose en líderes de un equipo que alcanzaría la gran final. 

Portugal se tenía que despedir del torneo con una sensación agridulce.

La República Checa de Poborsky apeó a Portugal de la Eurocopa 96.

El próximo reto para la Generación de Oro era la disputa de un Mundial al que Portugal no acudía desde 1986, pero la fase de clasificación para Francia 98 resultó un duro golpe para la selección das Quinas, ya que falló en visitas asequibles a Armenia o a Irlanda de Norte y ahí empezó a escapársele el billete. 

Porque Alemania hizo los deberes y Ucrania aguantó el paso para ser segunda y meterse en una repesca en la que cayó ante Croacia. 

Parecía que la historia de Portugal con el Mundial estaba realmente maldita.

El fiasco de la Generación de Oro camino hacia Francia 98 enardeció los ánimos de la afición, pero resultó ser un revulsivo para los jugadores, que aprendieron de sus errores y siguieron adelante. 

Se incorporaron futbolistas como Costinha, Pauleta y Conceiçao y se clasificaron sin problemas para la Eurocopa de 2000 en Bélgica y Países Bajos, donde destaparon el frasco de las esencias y dejaron claro que había que empezar a contar con ellos para todo. 

La Seleçao das Quinas se deshizo de Inglaterra, Alemania y Rumanía en un grupo complicadísimo y eliminó sin problemas a Turquía en los cuartos de final. En las semifinales se las vieron con la campeona del Mundo, la Francia de Zidane, y se adelantaron en el marcador con un golazo de Nuno Gomes para soñar con disputar la final de la Eurocopa por primera vez en su historia. 

Pero el mal fario se cebó con los portugueses. 

En la segunda mitad, Henry empató de disparo cruzado y mandó la semifinal a la prórroga. Y ahí, en una época en la que valía el gol de oro, a Abel Xavier le pitaron un penalti por manos dentro del área que Zidane transformó para acabar con el sueño portugués. 

De nada sirvieron las protestas lusas: penalti y gol de Zidane.

La Generación Dorada se quedó a las puertas del éxito mientras Francia se proclamaba campeona de Europa tras superar a Italia en la final con otro gol de oro, esta vez en jugada y obra de Trezeguet.

***

Parecía que Portugal ya estaba preparada para todo y lo refrendó clasificándose para el Mundial de Corea y Japón en 2002, la tercera Copa del Mundo de su historia dieciseis años después de su última presencia.

Pero en Corea y Japón llegó un descalabro doloroso e inesperado. Los portugueses cayeron en un grupo aparentemente sencillo, con Corea del Sur, Estados Unidos y Polonia. Debutaban los lusos ante Estados Unidos y entraron tan dormidos en el partido que a los 36 minutos ya llevaban tres goles en contra. 

Los aplicados norteamericanos casi no se lo podían creer. 
Los aficionados portugueses tampoco. 

Beto marcó el primer gol portugués al borde del descanso y dejó abierta una puerta a la esperanza, pero en la segunda mitad los yanquis blindaron su portería y los de Antonio Oliveira no encontraron el camino de la remontada. Pese a que Jeff Agoos marcó en su propia portería a falta de 20 minutos para la conclusión, los lusos no pudieron remontar. 

El ansiado torneo empezaba con mal pie para los ibéricos.

A pesar del tropiezo, el partido ante Polonia resultó un bálsamo. Pauleta anotó tres goles y Rui Costa otro más para certificar un cuatro a cero que parecía que metía de lleno a Portugal en la lucha por alcanzar los octavos de final del torneo. 

Sin embargo, el último partido ante Corea del Sur iba a suponer un trauma para los lusos. El equipo asiático, entrenado por Guus Hiddink, se impuso con un gol del joven Park Ji Sung para seguir adelante junto a Estados Unidos y enviar a Portugal a casa. 

En ese partido se empezó a intuir que Corea del Sur llegaría lejos en el Mundial. Porque el arbitraje fue casero, casero, como seguiría siéndolo en los octavos ante Italia y los cuartos ante España. 

Joao Pinto fue expulsado en el partido decisivo ante Corea del Sur.

Portugal presenció el devenir de los surcoreanos en el Mundial desde su casa.

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Pero si las desgracias curten, la que vivieron los portugueses en la Eurocopa de 2004 curtió muchísimo. Porque la Generación de Oro ya en su máximo esplendor, con la incorporación de un jovencísimo Cristiano Ronaldo, vivió en sus carnes la derrota más dura de toda su carrera deportiva: caer en Lisboa en la primera final de la Eurocopa de su historia ante la sorprendente Grecia de Otto Rehhagel en una de las mayores sorpresas de la historia del torneo.

Portugal ya probó la medicina griega en el primer encuentro. Una selección formada por una gran mayoría de los jugadores del Oporto, campeón de Europa con Jose Mourinho a los mandos. Jorge Costa, Ricardo Carvalho, Nuno Valente, Costinha, Maniche y Deco eran la columna vertebral del Oporto y también lo serían de la selección, junto a Andrade, Rui Costa, Figo, Pauleta y un jovencísimo Cristiano Ronaldo, la incipiente estrella del Manchester United. 

La selección portuguesa que disputó la final de la Eurocopa 2004.

Todos bajo el mando de Luiz Felipe Scolari, campeón del mundo con Brasil en 2002.

Pero los esforzados griegos no se dejaron impresionar. Karagounis silenció Do Dragao a los siete minutos y Basinas, que transformó un penalti al inicio de la segunda parte, lo convirtió definitivamente en un funeral. La irrupción del joven Cristiano Ronaldo reavivó el choque, pero su gol de penalti en el tiempo añadido no bastó para remontar y dejó a Portugal al borde del abismo.

Una victoria ante la Rusia del zar Mostovoi, que había caído por uno a cero ante España, unida al empate a uno entre griegos y españoles, daba a la selección das Quinas una última bola extra. La aprovecharon los lusos con un tanto de Nuno Gomes que dejó fuera a sus vecinos y supuso una bocanada de aire después del gran susto heleno. Al final, los de Scolari fueron primeros de grupo y se medirían a Inglaterra en cuartos de final.

El partido ante los ingleses fue frenético. Owen adelantó a los Tres Leones a los tres minutos y Portugal se pasó todo el partido luchando contra su sino. Al final, la fe dio sus frutos y Postiga empató a falta de siete minutos para el final. 

En la prórroga, Rui Costa adelantó a los suyos a falta de cinco minutos para los penaltis, pero Lampard volvió a empatar sobre la hora. 

Los penaltis decidirían el semifinalista. 

Y ahí apareció Ricardo, el portero luso, que en la muerte súbita detuvo el lanzamiento de Vassell y lanzó él mismo el que le dio la victoria a su equipo. 

Portugal estaba en semifinales con muchísimo sufrimiento.

Allí esperaba Holanda, una selección potentísima que no fue capaz de plantarle cara a unos lusos enrabietados. Cristiano en la primera parte y Maniche a los trece minutos de la segunda encarrilaron un partido al que Andrade, con un gol en propia puerta, le dio un poco de emoción. 

Finalmente, y por primera vez en su historia, Portugal disputaría la final de la Eurocopa.

Y enfrente tendría de nuevo a Grecia, también presente en la final por primera vez. Así que el torneo acabó tal como empezó. Con el mismo partido, aunque en distinto escenario, ya que la final se disputaría en el estadio da Luz de Lisboa. 

Los lusos venían con la lección aprendida, ya que su única derrota se la habían infringido los helenos, pero volvieron a caer en la precipitación del primer partido ante una selección cerrada que se encomendaba al contragolpe. 

Charisteas, a los doce minutos de la segunda parte, cabeceó un centro desde la esquina de Basinas para volver a sorprender a Portugal. 

Charisteas batió a Ricardo para sembrar de incertidumbre la final. 

El resto del choque fue un quiero y no puedo de los lusos, incapaces de desmontar el entramado defensivo heleno. Ni Rui Costa, en el partido en el que se despedía de la selección, ni Luis Figo, ni Deco, ni Nuno Gomes, ni Maniche, ni un jovencísimo Cristiano Ronaldo fueron capaces de generar peligro en el área griega. 

Y así fue como Grecia ganó la Eurocopa derrotando al anfitrión ante su público.

Theodoros Zagorakis alza al cielo de Lisboa la Copa de Europa.

***

Un país entero lloró la derrota. Pero Portugal, una vez más, se levantaría de sus cenizas para volver a dejar muy alto el pabellón del fútbol luso en el Mundial de Alemania 2006, el cierre a definitivo a los rescoldos de la Generación de Oro, cuyo último integrante, el capitán Luis Figo, iba a coronar su brillante carrera con un cuarto puesto en el torneo.

Portugal mantuvo la base de la Eurocopa 2004, con su entrenador Scolari incluido, y ganó los tres partidos de la primera fase ante la debutante Angola (1-0), la República de Irán (2-0) y México (2-1). Pero el primer puesto del grupo no le garantizó un buen cruce y le tocó medirse con Holanda en un, a priori, espectacular duelo de octavos de final.

Pero el partido entre Portugal y Holanda no hizo honor al talento que se acumulaba en el terreno de juego y se convirtió en una batalla campal que será recordada siempre como la batalla de Núremberg. Patadas, broncas, balonazos, cuatro expulsiones (dos por bando) y un solitario gol de Maniche a los veintitrés minutos metieron a Portugal en los cuartos de final del Mundial. Allí esperaba Inglaterra, último escollo para, como mínimo, repetir las semifinales disputadas en el Mundial de 1966, el de Eusébio.

Ante los Tres Leones no estarían Deco ni Costinha, ambos expulsados en la batalla ante los holandeses. El encuentro fue muy igualado y muy disputado, aunque con escasas ocasiones para ambos equipos. Pero las cosas se le iban a complicar a Inglaterra en la segunda parte. 

Primero porque a los siete minutos de la reanudación Beckham se marchó del campo lesionado y, segundo, porque diez minutos más tarde Wayne Rooney hizo una de las suyas: pisó a Carvalho en los testículos y se enzarzó con Cristiano Ronaldo cuando el portugués pedía al árbitro su expulsión. 

Concedida. 

Rooney a la calle e Inglaterra a aguantar con uno menos casi media hora de juego. 

A la que habría que sumar la prórroga, porque nadie fue capaz de marcar un gol en los noventa minutos. Tampoco en el tiempo extra. Y Ricardo volvió a vestirse de Superman para detener tres lanzamientos ingleses y dejar en anécdota los que fallaron sus compañeros Hugo Viana y Petit. 

Tres a uno en la tanda y Portugal pasaba a las semifinales de un Mundial por segunda vez en su historia.

Habían pasado 40 años. 

Cristiano Ronaldo marcó el penalti decisivo que le daba el pase a Portugal.

Pero en las semifinales, la selección das Quinas no pudo con el rejuvenecido Zidane, que volvió a echarse a los hombros a toda la selección francesa. Cuatro partidos oficiales había disputado Portugal ante Francia hasta ese instante y los había perdido los cuatro. 

El quinto no iba a ser una excepción.

Entró Portugal bien en el partido, con ocasiones de Deco y Maniche, pero pronto se hizo Francia con el control del partido a través del dominio de Zidane y Ribery en el centro del campo. El momento clave fue el penalti señalado a Carvalho por una falta sobre Tierry Henry. 

Dudoso. 
Pero Zidane lo metió para dentro. 

En la segunda mitad Portugal lo intentó con todas sus fuerzas, pero no encontró por dónde meterle mano a una zaga francesa bien colocada, dura y expeditiva y el partido fue muriendo poco a poco. 

Francia estaría en la final y Portugal tendría que conformarse con disputar el tercer y cuarto puesto ante la anfitriona, Alemania, que había caído en la prórroga ante una sorprendente y magnífica Italia.

El 8 de julio de 2006, en Stuttgart, Luis Figo no fue de la partida. 

El capitán, a sus 33 años, había jugado de inicio todos los partidos del torneo y Scolari le dio descanso con la intención de sacarlo en la segunda mitad. El partido no tuvo demasiada historia y los alemanes, que se lo tomaron más en serio ante su público, vencían por dos a cero cuando el 7 luso saltó al césped en el minuto 77 para sustituir a Pauleta y disputar sus últimos instantes con la camiseta portuguesa. 

El estadio se puso en pie para ovacionarlo. 

Alemania marcó el tercer gol casi al instante, pero a Figo aún le quedó tiempo de asistir a Nuno Gomes para que hiciera el gol del honor en el descuento (3-1).

Figo se despide del meta alemán Oliver Khan.

Con el pitido final de ese partido por el tercer y cuarto puesto del Mundial de Alemania se extinguió la Generación de Oro, pero la regeneración portuguesa, que empezó con los triunfos en los Mundiales Juveniles de 1989 y 1991 de esa misma generación, ya era total e imparable.

***

En resumen, a partir de la caída en la fase de clasificación para el Mundial de Francia 98, los lusos se han clasificado para todas las Eurocopas y Mundiales disputados hasta la fecha. Un equipo que sólo había asistido al Mundial de 1966 de la mano de Eusébio, y al de 1986 en toda su historia, a partir de Corea y Japón 2002 ya no faltaría a ninguno. 

Y ése es, básicamente, el mérito de una Generación de Oro que quizá no fue capaz de traducir en títulos un potencial extraordinario, pero sí consiguió transformar hasta la médula la esencia de la selección portuguesa para convertirla en candidata a todo en cada torneo. 

Porque la Generación de Oro cambió la historia y la mentalidad de la Seleçao das Quinas para siempre.

Tanto es así, que sus sucesores consiguieron levantar el primer gran título de la historia de Portugal en 2016, en la Eurocopa de Francia, cuando un gol en la prórroga de Éder llevó la alegría a todo un país que suspiraba por ese título desde la final perdida en el Estadio da Luz en 2004. 

Portugal se sacó la espina y se proclamó campeón de la Eurocopa de 2016.

Y ahora que la generación de Cristiano Ronaldo empieza poco a poco a desvanecerse, se vislumbra una nueva, encabezada por jóvenes con experiencia como Renato Sanches, Gonçalo Guedes, Joao Felix o Rafael Leao que rezuma la esencia de todas las anteriores: gusto por el buen fútbol, calidad técnica individual y colectiva, velocidad, orgullo y competitividad. 

Una Portugal temible que aprendió a serlo desde el retorno a los Mundiales en Corea y Japón, hace ya más de veinte largos años, con la ayuda inestimable de una Generación de Oro.

martes, 12 de julio de 2022

Paolo Rossi, de "tramposo" villano a héroe eterno del Mundial 82

Sábado, 12 de diciembre de 2020. Una multitud se congrega a las puertas de la Catedral de Vicenza, mientras un féretro coronado con una camiseta de la azzurra con el número 20 es transportado por cuatro personas en silencio y con solemnidad. 

Por la incidencia del coronavirus la entrada a la catedral está restringida a 250 personas, pero fuera esperan muchas más. Como muchas más han pasado por la capilla ardiente ubicada en el estadio Romeo Menti de Vicenza. Y muchísimas más son testigos mudos de una ceremonia que es retransmitida por televisión a todo el país.

Los porteadores, enfundados en abrigos azul oscuro y cubriendo nariz y boca con la inevitable mascarilla, son Marco Tardelli, Antonio Cabrini, Giampiero Marini y Alessandro Altobelli, campeones del mundo en España 82. El féretro es el del héroe italiano de ese Mundial. Paolo Rossi, Pablito, il Bambino, que con sus goles puso en pie a todo un país. 

Paolo Rossi besa la Copa del Mundo en 1982.

Un cáncer de pulmón se lo llevó a los 64 años, después de haber escrito una página de oro de la historia del fútbol italiano, aunque antes también garabatearía unos torcidos renglones de otra historia sobre el calcio, una historia bastante menos digerible que estuvo a punto de impedir que se escribiera la buena, la de oro.

***

Paolo Rossi había empezado a jugar a fútbol en Santa Lucía, el barrio de Prato donde nació, pero empezó a vislumbrar la posibilidad de dedicarse al mundo del fútbol cuando con apenas 12 años lo fichó la Cattolica Virtus, de Florencia, uno de los equipos juveniles más prestigiosos de Italia. Tan bien jugaba el joven atacante que en 1972 la Juventus lo fichó pagando 14 millones y medio de liras al equipo florentino. 

Su familia no tenía muy claro su traslado a Turín con 16 años, y más cuando su hermano mayor ya había pasado por la misma experiencia y le había tocado volver a casa tan solo un año después. Pero Paolo sí quería ir a Turín y se dispuso a hacer las maletas para cumplir su sueño.

Pero la suerte no acompañó a Pablito en esa primera experiencia juventina, ya que se lesionó con mucha asiduidad y tuvo graves problemas en el menisco en su primer año en el juvenil bianconero. Pese a todo, en 1975 debutó con el primer equipo en un partido de Copa de Italia ante el Cesena. 

Finalmente, la Juventus, que confiaba en el joven extremo, lo cedió al Como, equipo que acababa de ascender a la serie A ese misma temporada 1974-75 y allá que se fue Il Bambino a intentar demostrar su capacidad goleadora. 

Tampoco tuvo suerte. 
Jugó poco y el equipo acabó descendiendo a la Serie B.

Entonces la Juventus se esforzó en convencer al presidente del Vicenza, equipo también de la Serie B, de compartir la propiedad del atacante que jugaría y se foguearía en el equipo “biancorossi”. Allí, Pablito despegaría finalmente como futbolista y empezaría a demostrar su idilio con el gol. Fue el máximo anotador de la Serie B y consiguió el ascenso con el Vicenza a la máxima categoría del fútbol italiano. 

Gran parte de culpa de su éxito la tuvo Giovan Battista Fabri, el técnico del equipo, que no solo confió plenamente en el joven delantero, sino que le cambió la posición: de extremo a delantero centro nato, para encontrarle la posición adecuada en el campo que ya no abandonaría durante toda su carrera.

Paolo Rossi se hinchó a meter goles en Vicenza.

Los veintiún goles que anotó en Vicenza no sirvieron para que la Juventus lo recuperara, así que la siguiente campaña, la 1977-78, Rossi debutaría en la Serie A vistiendo de “biancorossi”. Su campaña fue sencillamente maravillosa. El delantero anotó veinticuatro tantos para convertirse en el máximo goleador de la Serie A y su equipo concluyó la temporada del ascenso en segunda posición de la tabla, justo por detrás de la Vecchia Signora, que ganó el campeonato. 

Pero los “bianconeri” sudaron tinta para hacerlo y tuvieron que vencer al Vicenza por tres goles a dos para alzarse con el título. 

En ese encuentro, Rossi hizo dos goles.

Es en este instante cuando entra en escena otro personaje vital para Il Bambino Rossi, Enzo Bearzot, el seleccionador italiano, quien no duda ni un solo instante en darle la oportunidad de vestir la camiseta de la Nazionale. 

Lo hace internacional y se lo lleva a Argentina a disputar el Mundial de 1978. Paolo Rossi tiene 22 años y solo ha jugado una temporada completa en la máxima categoría del fútbol italiano. Eso sí, ha metido veinticuatro goles. 

Casi nada.

Y Rossi le da las gracias a Bearzot completando un torneo espectacular en el que se convierte en el máximo goleador de la azzurra en el Mundial con tres tantos y acaba incluido en el once ideal del torneo. 

Además, la joven escuadra italiana acaba cuarta tras perder el partido por el tercer y cuarto puesto ante Brasil y completa un gran torneo que acabaría siendo la antesala de uno de los mayores éxitos del fútbol italiano. 

En el Mundial del 78 Paolo Rossi se destapó como goleador de Italia. 

Porque cuatro años más tarde la azzurra iba levantar la Copa del Mundo por tercera vez... 44 años después. 

Pero no adelantemos acontecimientos.

***

A la vuelta del Mundial de Argentina, Vicenza y Juventus, que compartían la propiedad del delantero italiano, se enzarzan en una lucha por su fichaje definitivo. Se lo juegan haciendo dos ofertas a ciegas, metidas en un sobre. Gana el Vicenza porque su presidente pone una cantidad astronómica que hipoteca el futuro del club. 

Y esa temporada, después de mucho tiempo sin darle problemas, la rodilla de Pablito dice basta. Aún así, marca 15 goles que no bastan para evitar que el Vicenza baje a la Serie B tan sólo una temporada después de haber conseguido el subcampeonato en la máxima categoría. 

Lo nunca visto.

Paolo Rossi tiene que hacer las maletas, ahora sí, y su próximo destino es el Perugia. El presidente del Vicenza y el del Perugia habían llegado a un acuerdo de cesión de dos temporadas por 500 millones de liras y los dirigentes del club de la Umbría, para poder hacer frente al pago, hacen algo inaudito para la época: poner publicidad en la camiseta. 

Es la primera vez que un equipo italiano luce una marca en su zamarra.

Esa campaña, la de 1979-80, empezó bien para Rossi y para el Perugia, ya que el astro italiano llevaba 13 goles en 28 partidos de Liga y 4 más en la Copa de la UEFA, pero todo iba a acabar como el rosario de la aurora con el estallido del caso Totonero.

Paolo Rossi se enrola en el Peruggia la temporada 1979-80.

***

El caso Totonero, que significa literalmente “quiniela negra” estalla mediada la temporada 1979-80 en la Liga Italiana. La policía descubre una trama de apuestas ilegales en la que, al parecer, están envueltos algunos directivos, entrenadores y jugadores de los clubes más importantes del país. 

Todo se destapa por la denuncia ante la policía de un frutero romano llamado Massimo Cruciani, quien relata a las autoridades que había contactado, junto con el propietario de un restaurante en Roma llamado Álvaro Trinca, con varios jugadores de la Lazio para amañar partidos y manipular las quinielas. Dice que los jugadores habían aceptado a cambio de una parte de los beneficios, pero el frutero, tras un tiempo sin ver su parte, decide tirar de la manta. La policía investiga los hechos y el frutero, quizá consciente de que no va a salir de rositas, intenta huir, pero dos días más tarde, es detenido.

No fue el único. El escándalo fue mayúsculo, porque la policía llamó a declarar a 48 jugadores de la liga y, además, procedió a detener a algunos en pleno partido. Fue el 23 de marzo de 1980 y los detenidos más importantes fueron Felice Colombo, presidente del Milan, y futbolistas como Bruno Giordano, Manfredonia y Giuseppe Wilson, de la Lazio; Enrico Albertosi y Gioirgio Morino, del Milan; Casarsa, Della Martina y Zecchini, del Peruggia; o Stefano Pellegrini, del Avellino, entre otros. 

Paolo Rossi fue llamado a declarar por un partido entre el Perugia y el Avellino que acabó en empate a dos (los dos tantos del Perugia los hizo él, precisamente).

La Justicia notificó las condenas el 20 de mayo de 1980, con la liga ya acabada y la Eurocopa, que se celebraba en Italia, a la vuelta de la esquina. Avellino, Perugia y Bolonia comenzarían la temporada 1980-81 en la serie A con cinco puntos menos. La Lazio fue condenada al pago de 10 millones de liras. 

Pero la bomba estaba al caer: el Milan fue descendido a la serie B y el presidente Colombo y el meta Albertosi fueron inhabilitados de por vida. De propina, Paolo Rossi fue inhabilitado también durante tres años, por lo que no podría disputar ni la Eurocopa de 1980 ni, evidentemente, el Mundial 82.

Llegaron las alegaciones a la Federación Italiana de Fútbol y las condenas definitivas sufrieron algún pequeño cambio. A la Lazio la descendieron también a la Serie B, junto al Milan, mientras que a Albertosi le rebajaron la sanción a 4 años (era de por vida). 

A Rossi también: su inhabilitación sería de 2 años. 

El delantero siempre negó los hechos e intentó defender su inocencia, pero a los ojos de todo el mundo (y de la Justicia, obviamente) fue culpable y tuvo que cumplir una sanción que hizo que todo su mundo se viniera abajo. 

De repente, el héroe se había convertido en un villano y para los aficionados no era más que un tramposo que había traicionado al fútbol. 

Paolo pensó seriamente en dejar el fútbol para siempre.

***

Pero no lo hizo, porque el presidente de la Juventus, Giampiero Boniperti, lo reclutó para la causa. Con el contrato con el Perugia rescindido, lo rescató para el fútbol, le aplicó un régimen de entrenamiento estricto que debía cumplir a rajatabla, aún a sabiendas de que se pasaría dos años sin jugar, y le recomendó que se casara, cosa que Pablito hizo porque ya tenía pensado hacerlo. 

Giovanni Trapattoni, entonces entrenador “bianconero”, también lo apoyó y lo integró en la disciplina del equipo a la espera del cumplimiento definitivo de la sanción. Y la tercera pata del triunvirato que le cambió la vida a Rossi después de la tragedia fue el seleccionador nacional, Enzo Bearzot, que siempre confió en él y que le aseguró que si trabajaba bien estaría en la lista para el Mundial de España.

Rossi se entrenó con disciplina y cuando la sanción concluyó, el mes de abril de 1982, le dio tiempo a disputar tres encuentros con la Vecchia Signora antes de la conclusión del campeonato y a marcarle un gol al Udinese para volver a sentirse futbolista. 

El 2 de mayo de 1982 Rossi marca con la Juve en casa del Udinese.

Y, pese a las críticas feroces de más de medio país, Bearzot cumplió su palabra y se lo llevó a España para disputar el Mundial con la azzurra. 

Contra viento y marea. 

Contra todo y contra todos.

***

En España, las cosas no empezaron bien para Italia, ni para Bearzot, ni para Rossi. El seleccionador, que siempre había confiado en Pablito, lo incluyó de inicio en el primer once que presentó en el torneo, cuando la azzurra debutó ante Polonia en Balaídos el 14 de junio. 

Los transalpinos no pudieron pasar del empate a cero ante la que se suponía que era su gran rival en el grupo. Un inicio lánguido e insulso, pero reparable, porque en el otro partido del grupo, Perú y Camerún, las presumibles cenicientas, también habían empatado sin goles. 

Todo volvía a empezar de nuevo.

En el segundo encuentro, Italia se enfrentaba ante Perú de nuevo en el estadio de Balaídos y Rossi volvió a ser de la partida. Las cosas se pusieron bien para la azzurra con un tanto de Conti a los dieciocho minutos, un disparo tremendo desde la frontal del área que rebotó en el larguero antes de besar las mallas peruanas. 

Pero los italianos no remataron la faena. 

Bearzot sustituyó a Rossi al descanso para dar entrada a Causio, pero el equipo no mejoró y tampoco dio ninguna sensación de peligro. Al final, cuando quedaban siete minutos para la conclusión del choque, Rubén Díaz empató el partido en un disparo de falta que rebotó en la barrera y despistó totalmente a Zoff. 

El partido acabó uno a uno. 

Por suerte, polacos y cameruneses empataron sin goles al día siguiente, así que todo seguía igual: los cuatro equipos empatados a 2 puntos a falta de la jornada definitiva.

Y en esa última jornada sólo Polonia hizo los deberes, venciendo a Perú por un contundente cinco a uno en el que los seis tantos llegaron en la segunda mitad. Ahora le tocaba a Italia cumplir con su parte para clasificarse para el grupo de cuartos de final. 

Y, sorprendentemente, la azzurra no fue capaz de vencer a la debutante Camerún. 

Rossi y Graziani volvieron a formar la dupla de ataque italiana y fue Graziani quien abrió la lata al cuarto de hora de la segunda parte. Pero nada más sacar de centro, los Leones Indomables se plantaron ante Zoff tras una increíble jugada colectiva y M’Bida lo batió para conseguir el primer gol camerunés en un Mundial, empatar el encuentro y casi, casi, casi hacer historia.

Camerún se le atragantó a una Italia que aún no carburaba.

Porque Camerún se quedó fuera del torneo por un solo gol. 
Empataba a puntos con la azzurra, pero sólo tenía un gol a favor y uno en contra. 
Italia había hecho dos, los mismos que había recibido.

Así que, sin pena ni gloria y entre furibundas críticas de los tifossi, la Italia de Bearzot y Rossi se clasificaba para disputar la liguilla de cuartos de final, pero se vería las caras, nada más y nada menos, que contra la actual campeona, la Argentina de Menotti, Kempes y Maradona, y contra la máxima favorita a levantar la Copa del Mundo, la Brasil de Telé Santana, Sócrates, Zico, Falcao y compañía. 

Sólo una de las tres selecciones podría estar en las semifinales.

***

Argentina e Italia abrieron fuego en Sarriá, con los brasileños expectantes. Tal era la confianza de Bearzot en sus hombres, que repitió el once que jugó ante Camerún, con Graziani y Rossi en la punta del ataque, pese a las críticas. 

El seleccionador le encargó a Gentile un marcaje al hombre a Maradona y a partir de ahí empezó a ganar el partido. El resto lo hizo la contra mortífera de un equipo velocísimo que marcó en un solo partido los mismos goles que en los tres anteriores. 

Anotó Marco Tardelli a los doce minutos de la segunda parte en un contragolpe de libro conducido por Rossi y remató Cabrini a los campeones del mundo diez minutos más tarde en otra contra que dejó solo a Paolo ante Fillol. El meta ganó en el uno contra uno, pero el rebote le cayó de nuevo a Rossi, quien cedió a Cabrini para que la pusiera en la misma escuadra. 

Passarella recortó distancias a falta de siete para el final, pero no sirvió de nada. Italia se llevaba el triunfo y parecía que comparecía definitivamente en el torneo y la apuesta inquebrantable de Bearzot por Rossi empezaba a parecer buena, aunque aún no había dado sus frutos en forma de goles. No tardarían en caer maduros del árbol.

La Brasil de Telé Santana confirmó todos los pronósticos derrotando también a Argentina con claridad por tres goles a uno en un encuentro que acabó con la expulsión de Maradona por pura impotencia, cuando golpeó sin balón al brasileño Batista. La albiceleste tenía que hacer las maletas, mientras que del partido entre Italia y Brasil saldría un semifinalista. 

A Brasil, por goles, le bastaba el empate. 
Italia tenía que ganar. 
Y lo cierto es que nadie creía posible que lo hiciera. 

Pero el 5 de julio de 1982 iba a ser recordado en todo el mundo como el día de la Tragedia de Sarrià

El día que Rossi despertó definitivamente para encumbrar a Italia. Cinco minutos le bastaron al ariete para inaugurar su casillero en el Mundial. Cabrini puso un centro preciso desde la izquierda al segundo palo y allí apareció Rossi para meterla dentro. 

Rossi remata de cabeza para adelantar a Italia ante Brasil.

Pero los brasileños no se inmutaron y siguieron dominando el partido. Así, solo siete minutos más tarde, Sócrates se internó en el área por la derecha y batió de tiro raso a un sorprendido Dino Zoff, que no se esperaba el disparo seco al palo corto. 

Empate a uno y la canarinha volvía a estar clasificada. 

Pero eso no hizo cambiar el escenario ni la decoración. Brasil atacaba e Italia se defendía, agazapada, esperando. Y ambos se sentían cómodos en sus papeles. Brasil porque no sabía jugar de otra manera. Italia porque sabía que tendría una oportunidad.

Y la tuvo a los veinticinco minutos de partido. Y un desatado Rossi no la dejó escapar. Cerezo intentó salir jugando y perdió la pelota a los pies de Pablito, que montó una contra fulgurante que acabó con un remate inapelable. 

Dos a uno para Italia. 

La sorpresa se mascaba en Sarrià, aunque quedaba un mundo de partido por delante.

Rossi se prepara para fusilar al meta brasileño y hacer el 2 a 1.

Los artistas de Santana empezaron la segunda parte como acabaron la primera, atacando, casi acosando a los italianos, que padecían. Pero los centrocampistas brasileños tenían la pólvora mojada y las ocasiones no se convirtieron en gol hasta que Falcao cogió un tremendo disparo que sorprendió a Zoff y empató el encuentro. 

Dos a dos y Brasil a las semifinales a falta de veintidós minutos para el final del partido. 

No necesitó tantos Rossi, tan solo seis, para volver a desnivelar el encuentro y convertirse, con sus tres goles, en el verdugo de una de las mejores selecciones brasileñas que se recuerdan. 

Fue a la salida de un córner horrorosamente defendido por los brasileños que acabaron dejando la pelota suelta dentro del área para que apareciera el más listo, el más pillo y el del olfato goleador más fino para empujarla a la red otra vez.

Rossi celebra su tercer tanto en una tarde memorable en Sarrià.

Brasil, evidentemente, no se rindió. 

Se lanzó con todo hacia la portería de Italia y tuvo el empate en un par de ocasiones. La más clara fue un cabezazo de Óscar al que respondió Zoff con una parada extraordinaria que valía un billete a semifinales. 

A su manera, Italia sorprendía al mundo de nuevo: capaz de no vencer a nadie en toda la primera fase y de derrotar en la segunda a dos de los mejores equipos del torneo anotando la friolera de cinco goles. 

Pura Italia, que ya se había desbocado del todo. 

Y, con ella, su ariete, Paolo Rossi, que pasó en 90 minutos de ser criticado, silbado y abucheado por los suyos a convertirse en el héroe de todos los tifossi... 

Y, de paso, la persona más odiada en Brasil.

Para las semifinales, italianos y polacos volvían a verse las caras pero esta vez en el Camp Nou y con la final de un Mundial en juego. Polonia no podía contar con Boniek, sancionado, pero sí jugaban Lato y Smolareck, sus dos jugadores más peligrosos. 

Daba igual. 
Italia tenía a Paolo Rossi tocado por la varita mágica. 
A los veintidós minutos ya había encarrilado la semifinal. 

Fue una amenaza constante para toda la zaga polaca y remató un partido extraordinario con el segundo tanto que cerraba el partido a falta de diecisiete minutos para el final. El defenestrado Pablito había hecho cinco goles en dos partidos. 

En los dos partidos más importantes del torneo.

Y la Italia de Bearzot se metía en la final del Mundial doce años después de la derrota ante Brasil en el Mundial de México 70. 

Polonia recibió dos goles más de un Rossi desatado.

Y allí, en el Santiago Bernabéu, ante 90.000 espectadores entre los que se encontraba el presidente Sandro Pertini, Paolo Rossi se convertiría en leyenda junto a sus compañeros de selección al levantar por tercera vez la Copa del Mundo tras 44 años de espera.

La primera mitad fue tensa, férrea, dura, con dos contendientes que no querían perder. Pero siempre se vio a Italia un puntito por encima de una Alemania Federal que parecía pagar el esfuerzo de la agónica semifinal ante la Francia de Platini que se resolvió desde el punto de penalti. De hecho, los italianos dispusieron de un penalti que Cabrini lanzó fuera.

Pero en la segunda mitad, Italia se desató, le imprimió mucha más velocidad a su juego y, sobre todo, aprovechó la capacidad de Rossi para aparecer de la nada, indetectable, para adelantarse en el marcador. 

Il Bambino anotaba su sexto tanto en el torneo que le convertía en el máximo goleador y ponía la Copa rumbo a Italia. 

Paolo Rossi cerró contra Alemania un Mundial perfecto.

Tardelli certificó el triunfo con un tremendo disparo desde la frontal que se ha convertido en mítico por su celebración, con el centrocampista corriendo con los brazos extendidos y moviendo la cabeza de un lado a otro, en éxtasis, con Sandro Pertini saltando de alegría en el palco pasándose todos los protocolos por el Arco del Triunfo. 

Altobelli hizo el tercero en plena fiesta italiana y Breitner se encargó de poner el 3 a 1 definitivo al convertir un penalti.

Paolo Rossi fue el máximo goleador del torneo, también fue nombrado mejor jugador y, a final de año, recibió el Balón de Oro. Se había pasado dos años sin jugar y volvió, pese a las críticas de todo el mundo, para convertirse en una auténtica leyenda. Y no es habitual bajar a los infiernos para volver a tocar la gloria del Olimpo con los dedos en tan poco tiempo.

***

A su vuelta a la Juve alargó ese estado de forma maravilloso durante unos años y ganó dos Scudettos, una Copa de Italia, una Recopa, una Supercopa de Europa y, por encima de todo, una Copa de Europa, la primera de la historia para la Vecchia Signora, aunque de infausto recuerdo, porque fue la de Heysel en 1985, cuando en los prolegómenos fallecieron 39 aficionados por culpa de una avalancha provocada por un incidente entre los aficionados más radicales del Liverpool. 

Platini y Rossi, dos estrellas bianconeras.

Esa final fue el último hito de Il Bambino, que aún jugaría un par de años más en el Milan y en el Hellas Verona antes de retirarse en 1987, a los 30 años, muy castigado por las lesiones.

Pablito se puso la camiseta de la Nazionale en 48 ocasiones, anotando 20 goles. Nueve de ellos los marcó en la Copa del Mundo (tres en Argentina y seis en España). De hecho, fue convocado de nuevo por Bearzot para defender en México 86 el título conseguido en España cuatro años antes, pero en tierras aztecas Rossi no jugó ni un minuto y la azzurra se volvió para casa en octavos de final tras caer claramente ante Francia (2-0).

La azzurra volvería a pisar la final de un Mundial en 1994, en Estados Unidos, doce años después del triunfo en España, pero se quedaría a las puertas de la gloria tras una fatídica tanda de penaltis ante Brasil. 

Y tuvo que esperar otros doce años, hasta el 2006 en Alemania, para volver a levantar la Copa del Mundo tras vencer en los penaltis, esta vez salió cara, a Francia

Cannavaro besa la Copa del Mundo conseguida en Alemania 2006.

Curiosamente, los transalpinos también llegaron a ese torneo de 2006 bajo sospecha, después de que la Juventus fuera descendida a la Serie B (y despojada de los Scudettos de 2005 y 2006), junto a la Lazio y la Fiorentina por el Moggigate.

Ya se sabe… Cuando las aguas bajan revueltas suelen pescar los italianos. Como en el Mundial 82, cuando Paolo Rossi se convirtió en la estrella del torneo tras dos años sin jugar, cuando Pablito se transformó en héroe después de ser considerado un villano, cuando Il Bambino ascendió al Olimpo del fútbol directamente desde el infierno para convertirse en una leyenda eterna.