"El triunfo final en el campeonato es un nuevo amanecer donde las palabras enamoran a la pelota"

lunes, 16 de junio de 2008

El nacimiento de O Rei

Hace 50 años y un día, un jugador de apenas 17 años debutó en la fase final de la Copa del Mundo. Fue el 15 de junio de 1958 en Gotemburgo (Suecia).

Allí cerraban el grupo tercero de la primera fase del Mundial '58 brasileños y rusos. Los canarinhos habían ganado con claridad a Austria (3 a 0), pero habían empatado sin goles ante Inglaterra, por lo que se jugaban su clasificación para los cuartos de final contra los rusos.


El seleccionador canarinho era Feola, un tipo curtido en mil batallas que había confiado la suerte de su selección a los veteranos Vavá, Didí o Nilton Santos, pero precisamente éstos fueron los que más insistentemente demandaron la presencia en el once de dos jugadores jovencísimos que despuntaban casi por encima de ellos. A uno le llamaban Garrincha y al otro, al de los 17 años, Pelé. Ambos debutaron en aquel choque. Y de ambos decía el psicólogo de la selección que no estaban preparados para soportar la presión. De haber sido por semejante personaje nunca hubiéramos asistido a las proezas de estos dos mitos… Este señor consiguió el título en una timba y no quería arriesgar su puesto en la selección...

Sea como fuere, Suecia ’58 fue el nacimiento mediático de Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, más tarde O Rei.


En ese encuentro final de la primera fase Pelé no anotó ningún gol (de hecho marró unas cuantas ocasiones), pero Vavá anotó los dos goles que noquearon a los rusos y Brasil se metió en cuartos. A partir de ese instante, ni Pelé ni Garrincha volvieron a salir del once en lo que quedaba de competición. Ninguno de los dos chavales desaprovechó su oportunidad, pero Pelé estuvo simplemente soberbio.
El siguiente partido, el 19 de junio en cuartos de final, Edson Arantes Do Nascimiento desatascó un choque muy trabado ante Gales e hizo su primer tanto en un mundial para meter a la canarinha en semifinales. ¡Casi nada! Y con Vavá en el banquillo reservándose para las semifinales y aplaudiendo a la nueva estrella en ciernes.
Las semifinales midieron a los dos equipos más atrevidos y espectaculares del torneo: la Brasil del toque y la samba y la Francia de Kopa y el matador Fontaine. No hubo color: Vavá marcó primero, empató Fontaine y Didí volvió a marcar para los brasileños. Después del descanso, Pelé marcó tres goles y finiquitó un partido que acabó maquillando Piantoni para los franceses. Cinco a dos con hat trick del chaval y a la finalísima con Suecia.

Y Pelé tampoco faltó el día más importante para la hinchada brasileña a su cita con el gol... y con la historia. Que si tenía 17 años, que si Brasil jugaba contra el anfitrión, que si nadie había ganado un mundial fuera de su continente, que si la presión, que si el recuerdo del Maracanazo… todo eso y más desmontó un chaval de 17 años el 29 de junio de 1958. Se adelantó Suecia con un gol de Liedhom, pero sólo fue un espejismo, una ilusión desvanecida. Vavá marcó dos tantos para llegar al descanso con ventaja y, a la vuelta, Pelé sentenció. Zagallo se sumó a la fiesta haciendo el 4 a 1, Simonsson recortó para los suecos y Edson Arantes Do Nascimento volvió a marcar para rematar la final y el partido (5 a 2).


Mientras las lágrimas del chaval corrían por sus mejillas, toda Brasil salió a la calle a festejar, a bailar, a brindar por sus héroes. Pelé estaba maravillado, asombrado, fascinado con algo que había soñado tantas y tantas veces y que en el instante en que llegaba no se lo podía ni creer. El chiquillo de 17 años que llegó a Suecia y se quedó boquiabierto al descubrir que allí los únicos negros que había jugaban con Brasil y las suecas se los comían con los ojos y con algo más (tanto él como Garrincha dejaron descendencia a su paso por Suecia) regresaba a su barrio de siempre con la primera Copa del Mundo para su país.
Pero Pelé nunca se creyó más que nadie ni mejor que los demás, aunque supiera perfectamente que lo era. De hecho, tras conquistar la Copa del Mundo, Pelé regresó a su casa en Bauru, donde había unos niños jugando al fútbol en el mismo descampado que había sido su primer terreno de juego. El astro pidió permiso a los niños, se calzó unos pantalones y unas zapatillas y se puso a jugar con ellos. Así era esa nueva estrella a la que los veteranos del Santos (el equipo en el que debutó con apenas 15 años) tampoco le permitieron endiosarase: —Eh, Pelé, tráenos café y cigarrillos, le gritaban. Y tampoco el Estado se lo permitió, ya que no le eximió del servicio militar y se pasó dos años jugando en el equipo militar, en el Santos y en la selección brasileña.


Y siempre haciendo lo que le gustaba: driblando, regateando, marchándose de sus rivales casi con electricidad, con fuerza, con calidad, haciendo jugar mejor a sus compañeros y, por encima de todo, marcando goles, goles y más goles. Y es que el astro brasileño paró la cifra de goles en 1.279 en el momento de su retirada en el año 1977 en el Cosmos de Nueva York, donde se marchó en 1974 para cerrar su carrera tras disputar 1.363 partidos .

De todos modos, el gran cierre a su carrera, el broche de oro a una trayectoria impresionante, lo había puesto 7 años antes, en el Mundial de 1970 disputado en México. Allí Pelé jugó y ganó con su selección el tercer mundial de su historia para quedarse la Copa Jules Rimet en propiedad y entrar directamente en el Olimpo de los Dioses del Fútbol. Antes O' Rei había ganado el mencionado de Suecia y el de Chile ’62, aunque allí el protagonismo fue para un Garrincha descomunal porque a él se lo habían cargado en la primera fase.
En el Mundial de México, Brasil juntó una selección impresionante con Carlos Alberto, Jairzinho, Tostao, Everaldo, Gerson o Rivelino. Y en esa selección parecía que Pelé no iba a tener cabida. Antes del Mundial se especuló con que estaba lento, que estaba mayor, que sus mejores años habían pasado, pero Pelé se puso en forma, corrió, luchó, se esforzó y, sobre todo, pulió sus virtudes para tapar sus posibles defectos (¿?) generados por su menor velocidad. Pero la verdad es que no estamos en condiciones de saber si Pelé hubiera sido finalmente convocado si Havelange, entonces presidente de la Federación Brasileña de Fútbol, no hubiera destituido al controvertido seleccionador Joao Saldanha y colocado en su lugar a Mario Zagallo (compañero de Pelé en el Mundial de Suecia). Saldanha, antes del campeonato, había llegado a decir que O Rei era miope. Y quizá lo fuera, pero eso no le impidió ver con el rabillo del ojo a Carlos Alberto en el gol que cerró la goleada ante Italia en la final.
Aunque quizá los miopes fuéramos otros por recordar de este mundial todo lo que Pelé no consiguió hacer... Nos bastó el intento y la plasticidad de esas jugadas que quedaron sin culminar en la realidad y las acabaron culminando nuestras retinas: el tremendo cabezazo al suelo que el portero inglés Gordon Banks desvió para convertirlo en la jugada típica de los mejores resúmenes de paradas de todos los tiempos; el disparo desde el centro del campo en el partido ante Checoslovaquia que no entró por los pelos y que todo el mundo conoce como el gol de Pelé; y el amago con el cuerpo al meta urguayo Mazurkiewicz, con Pelé dejando pasar el balón por un lado, sin tocarlo, yendo a buscarlo tras rodear al portero, que se había ido a por él, y rematando cruzado, mandando el balón lamiendo el poste y con un defensa urguayo por los suelos.
Lo que sí hizo y también se nos quedó grabado fue guiar a su selección hacia el triunfo, abrir la lata con un soberbio testarazo en la final contra Italia y cerrarla con la asistencia a su capitán Carlos Alberto, el propietario entonces de un brazalete que Pelé no llevó nunca, como tampoco tiraba los penaltis. No le hacía falta: Pelé era Pelé, nada más y nada menos.

Después del título del 70, Pelé siguió jugando en el Santos, con el que consiguió su 11ª Campeonato Brasileño para cerrar su palmarés en su país (al que hay que sumarle 6 Copas de Brasil, 2 Libertadores y 2 Intercontinentales). Y al Mundial de Alemania en el 74 ya no quiso ir. De hecho, le hicieron un homenaje en el partido inaugural, aunque él no estaba retirado, todavía. Cerró su carrera en el Cosmos de Nueva York, donde ganó su única Major League, la que ahora busca un tal Beckham. Allí colgó las botas en 1977, con 37 años y sus 1279 goles en sus alforjas, 77 de ellos convertidos con la canarinha.

Por cierto, desde que Pelé se retiró de la seleçao tras el Mundial del 70 hasta que Brasil consiguió su cuarta Copa del Mundo pasaron la friolera de 24 años… los que tardó en aparecer un tal Romario... ¿casualidad?

lunes, 9 de junio de 2008

La vergüenza de Gijón

Aprovechando que Austria y Alemania han quedado encuadradros en el mismo grupo en la Eurocopa, es un buen momento para recordar el peor momento ofrecido por ambas selecciones en un Campeonato del Mundo.

Fue en el Mundial de España, en 1982, cuando ambas selecciones compartían el grupo B en la primera fase de la competición junto a Argelia y Chile. Los argelinos sorprendieron a todo el mundo derrotando a los alemanes en el debut (2-1), mientras que los austriacos hicieron los propio con los chilenos (1-0). Los germanos se presentaron al segundo encuentro ante los sudamericanos con la necesidad imperiosa de ganar, y lo hicieron con facilidad (4-1), mientras sus vecinos austriacos les echaban una mano ganándole a los argelinos por 2 a 0.
El problema vino en el tercer encuentro, el que decidía las dos selecciones que pasarían a la segunda fase. En el 82, no jugaban los equipos implicados a la misma hora, ni siquiera el mismo día, y alemanes y austriacos saltaron al césped del estadio de El Molinón sabiendo que Argelia había vencido por 3 a 2 a Chile. Las cuentas estaban muy claras: Austria sumaba 4 puntos, los mismos que Argelia, mientras que Alemania contaba con 2. Una victoria alemana igualaría a todos con 4 puntos y entrarían en juego los goles. El uno a cero para los germanos clasificaba a los dos equipos europeos.
El partido se acabó a los once minutos, justo el tiempo que tardó el gigantón Hrubesch en poner por delante a Alemania. A partir de ese instante, el meta Schumacher se plantó una gorra blanca en su cabeza atestada de rizos y nadie hizo nada por aproximarse a la portería rival. Los 79 minutos restantes fueron un sonrojante rondo en el centro del campo del que participaron los dos equipos.
Impropio de unos y de otros, antideportivo, vergonzoso, pero sobre todo por parte de los alemanes, quienes siempre habían mostrado un respeto absoluto por este deporte. Y su propia afición también lo entendió así, ya que les abuchearon hasta la saciedad, les pidieron explicaciones en su propio hotel después del partido y, además, no dudaron en tildar el episodio como “la vergüenza de Gijón”.




En el estadio, el público imparcial (los asturianos que se dieron cita en el Molinón) se dejaron las gargantas cantando el “¡Que se besen, que se besen!, los argelinos mostraban billetes al aire y buscaron a los alemanes a la salida del estadio para tirarles huevos, pero eso no cambió la historia: austriacos y alemanes pasaron a la segunda fase. Los germanos avanzaron hasta la final, después de ser primeros en su grupo ante españoles e ingleses y de superar a Francia en los penaltis en una de las semifinales más apasionantes que se recuerdan en la historia de la Copa del Mundo. La final la perdieron ante Italia por 3 a 1.

En cambio, a los austriacos la farsa les duró bastante menos. El equipo que entrenaba Georg Schmidt y que capitaneaba Krankl cayó ante Francia y empató ante Irlanda del Norte en la segunda fase y hubo de hacer las maletas.

“La vergüenza de Gijón” fue investigada por la FIFA, quien concluyó de modo grotesco que en ese partido se cumplieron estrictamente las reglas del juego y que este organismo no podía entrar en tácticas ni sistemas ni nada de nada. Lo que sí hicieron fue decidir que, a partir de ese instante, todas las últimas jornadas de la fase de grupos se disputarían a la misma hora (además, el ejemplo del 6 a 0 de Argentina a Perú en el mundial del 78 ya les había puesto en sobreaviso, pero ése es otro post).
El caso es que la prensa alemana cargó contra sus propios jugadores y se mostró implacable contra el fraude, contra lo que ellos consideraron un ataque al orgullo de toda la nación alemana: “Traición al juego limpio”, “Fraude legal” o “Pornografía futbolística” fueron algunos de los titulares de los medios germanos.
Pero, sin duda, el mejor titular fue el de un diario gijonés, El Comercio, que, en un alarde de ingenio y originalidad, dio la noticia en las páginas de Sucesos con este titular: “Unas 40.000 personas presuntamente estafadas en el Molinón por 26 súbditos alemanes y austríacos”.

Uno de los principales instigadores del amaño fue Jupp Derwall, el seleccionador alemán en aquel momento, quien había tomado las riendas de la selección después del Mundial de Argentina ’78 y se había coronado campeón de Europa en Italia en 1980. Derwall, fallecido el 28 de junio de 2007, justo tres días después de que en Alemania se recordara con sonrojo el vigésimo-quinto aniversario de “la vergüenza de Gijón”, nunca entendió qué había de malo en lo que sucedió en el Molinón el 25 de junio del 82: “Nosotros queríamos clasificarnos, no jugar al fútbol”. Ni los aficionados desplazados hasta España ni los que se quedaron en Alemania viéndolo por televisión eran de esa opinión. Tanto es así, que Derwall emigró a Turquía para entrenar al Galatasaray después de que fuera cesado tras la eliminación de Alemania en la Eurocopa del 84, disputada en Francia.
Ni ser campeón de Europa y subcampeón del Mundo, ni permanecer 23 partidos seguidos ganando le sirvieron para ser considerado como un héroe nacional: “la vergüenza de Gijón” pesó demasiado.

PD. Estos fueron los protagonistas de aquel fraude perpetrado un ya lejano 25 de junio de 1982 en el estadio de El Molinón (Gijón)
República Federal de Alemania: SCHUMACHER, BRIEGEL, BREITNER, FOERSTER, DREMMLER, LITTBARSKI, HRUBESCH (FISCHER ‘68), RUMMENIGGE (MATTHAEUS ‘66), MAGATH, STIELIKE y KALTZ. Entrenador: Jupp Derwall

Austria: KONCILIA, KRAUSS, OBERMAYER, DEGEORGI, PEZZEY, HATTENBERGER, SCHACHNER, PROHASKA, KRANKL, HINTERMAIER y WEBER. Entrenador: Georg Schmidt.

miércoles, 30 de abril de 2008

Garrincha, la alegría del pueblo

El Mundial de Suecia, en 1958, vio cómo Brasil alzaba al cielo su primera Copa del Mundo, contempló la eclosión de un joven de 17 años, un tal Pelé, que marcó un antes y un después en la historia del fútbol, en la historia de los mundiales, pero también asistió atónito a las andanzas del mejor extremo derecho de la historia, Garrincha, la “alegría del pueblo”, nunca bien ponderada su figura y siempre denostado por no ser un jugador al uso, una estrella mediática que diríamos ahora.

Manuel Francisco Dos Santos nació en Pau Grande en 1933. Pronto sus hermanos comenzaron a llamarle Garrincha, un pájaro feo y torpe, pero increíblemente rápido que vive en la Selva de Mato Grosso, en Brasil. Y es que Garrincha era zambo (tenía los pies unos 80 grados orientados hacia dentro) y, además, tenía una pierna 6 centímetros más larga que la otra y la columna vertebral torcida a causa de una poliomielitis que sufrió siendo aún un niño.
Evidentemente, los médicos le consideraron “no apto” para cualquier tipo de práctica deportiva, pero eso no afectó a Garrincha, fumador empedernido desde los 10 años, para el que el fútbol era una mera "práctica deportiva", sino su auténtica pasión.


Para Garrincha el fútbol era un juego, ese juego maravilloso que le entusiasmaba cuando lo practicaba con sus amigos en la calle. Y siempre fue así, defendiera la camiseta de su Botafogo del alma o la de su país, la de la gran Brasil. De hecho, cuentan que Garrincha siempre llamaba Joao a sus marcadores, porque no le importaba quien le marcara, sino cuánto se iba a divertir él con la pelota cosida y descosida a su veloz pierna derecha. Siempre le decía a sus compañeros: “Hoy me marca Joao, a ver qué pasa”. Y siempre pasaba lo mismo, que los mareaba una y otra vez hasta que se cansaba y centraba o chutaba a portería para hacer uno de los 252 goles que anotó con el Botafogo o los 17 que marcó en 60 partidos con la canarinha. Garrincha partía del extremo derecho, amagaba hacia un lado, después hacia el otro, salía disparado como una flecha y se frenaba en seco, pero sólo para volver a salir huyendo hacia otro lugar. Así enseñó a reír a los aficionados.

Tan poco en serio se tomaba Garrincha el fútbol, que cuando Brasil jugó (y perdió) la final del Mundial del 50 ante Uruguay en Maracaná prefirió irse de pesca antes de oír el partido por la radio. Probó en varios clubes de Río de Janeiro antes de fichar por el Botafogo: el Vasco de Gama lo rechazó por no traerse las botas; del Fluminense fue él quien se marchó antes de terminar la prueba para coger el último tren de vuelta a casa. Y, ya con 19 años, probó en el Botafogo, donde se quedó.

Cuentan también que Garrincha, después de ganar con Brasil la final del Mundial del 58 ante Suecia, y mientras todo el mundo lloraba en el campo, Garrincha le preguntó a Nilton Santos, su capitán: “¿Qué pasa?”. Y éste le respondió: “Acabamos de ganar la Copa del Mundo”. Entonces Garrincha, medio en broma, medio en serio, pregunta: “¿Y el partido de vuelta cuándo lo jugamos?”.

Pues ese tal Garrincha estuvo a punto de no viajar a Suecia con la selección. Brasil aún estaba sumida en una profunda depresión futbolística a causa del Maracanazo de 1950 y a Suecia llevó un equipo completo de médicos y psicólogos que hicieron una serie de pruebas a los jugadores. El coeficiente mínimo que habían de obtener los seleccionados era de 123, pero Garrincha sólo sumó 38. Pero entonces apareció el capitán y uno de los mejores defensas brasileños de todos los tiempos, Nilton Santos, quien convenció al seleccionador para que lo llevara al Mundial. Así lo hizo, aunque no se atrevió a poner ni a Garrincha ni a Pelé en los dos primeros partidos de la Copa del Mundo. Hasta que se enfrentaron a la Unión Soviética...

Vicente Feola, que así se llamaba el seleccionador, le tenía un miedo atroz a los soviéticos, pero los compañeros le convencieron para que pusiera en el once inicial a los dos jóvenes: a Pelé y a Garrincha. Entre los dos destrozaron a los soviéticos, aunque los dos goles los hizo Vavá. Nuestro ya buen amigo por reiteración, Nilton Santos, lo recuerdaba así: “Los soviéticos nos marcaban al hombre, pero, de repente, comenzaron a amontonar gente en la parte izquierda de su defensa. Por allí andaba Garrincha”. Y desde ese momento, "la alegría del pueblo” ya no salió del once brasileño que se proclamó por primera vez campeón del mundo.

Cuatro años después, Aymore Moreira formó prácticamente el mismo equipo para defender su corona en Chile '62. Pero a Pelé lo lesionaron en el segundo partido ante Checoslovaquia y Garrincha fue el auténtico y casi único protagonista de ese Mundial. Pero, como siempre, puso nervioso a su técnico cuando, minutos antes de jugar la final ante Checoslovaquia (a la que ganó Brasil por 3 a 1), le preguntó: “Maestro, ¿hoy es la final?”, y ante un atónito Aymore Moreira, continuó, "ah, con razón hay tanta gente".

Basten unas palabras de Tostao, compañero de Garrincha en la selección en el Mundial de Inglaterra‘66:

“Garrincha era el Charles Chaplin de los lanzamientos a puerta. Bailaba y se divertía en el campo y repetía en los grandes estadios del mundo, frente a rivales fuertes, las jugadas que hacía en la infancia, descalzo, brincando, sin reglas y sin profesores (...)".

"Pero Garrincha no sólo era un espectáculo en el campo. También era eficiente. Tenía mucha habilidad y velocidad. Colocaba la pelota, con gracia y con cariño, para que el compañero metiese gol. Así creó muchos artilleros. El defensa sabía que Garrincha iba a regatear hacia la derecha y ni así conseguía anularlo. Tenía una increíble arrancada y mucha agilidad corporal. Con el tiempo, pasó a regatear también hacia el medio y a marcar goles. En el Mundial de 1958 fue importantísimo para el título. En 1962 fue increíble. Hizo pases decisivos y marcó goles de todas las maneras. Pelé ha sido el mejor jugador del mundo de todos los tiempos, pero Garrincha ha sido el más espectacular. Maradona y él son los dos mejores jugadores que he visto después de Pelé. Garrincha y Pelé juntos nunca perdieron un partido de la selección brasileña (...)".

"No sabía lo importante que era él para el fútbol. Se volvió alcohólico y sufrió todos los efectos secundarios de la bebida. Falleció como un pajarito, un garrincha (nombre de un pajarito). Parafraseando a João Guimarães Rosa, Garrincha no ha muerto. Sigue encantado, eterno”.


Y es que Garrincha era tan buen jugador de fútbol como disoluto en su vida privada. Bebedor, fumador empedernido y de vida disoluta, también son innumerables las anécdotas que se cuentan de él. Como que añadía ron a las botellas grandes de coca cola para beber tranquilamente delante de su entrenador en las concentraciones. Todos estos excesos los pagaría muy caros (o no, que eso nadie lo sabe), ya que murió en 1983 a causa de una cirrosis.

Además, “el pájaro cantor” se casó 3 veces y tuvo 14 hijos reconocidos. Fueron 8 hijas de su primer matrimonio con Nair, a la que abandonó para marcharse con Elsa Soares, una cantante de samba, con quien tuvo un hijo que murió en un accidente de tráfico. Volvió a se padre de dos hijos más con Iraci, de otro más con Vanderleia y de un 13º que fue fruto de una relación durante el Mundial de Suecia en 1958. Además, una prueba de ADN probó que el hijo de una tal Rosangela cerraba el listado de su paternidad conocida.

Quizá por esa diferencia en la concepción del fútbol y de la vida, Garrincha y Pelé nunca fueron amigos, sólo compañeros, aunque Brasil nunca perdió un partido con los dos juntos en el campo. Y es que Pelé y Garrincha eran dos personalidades opuestas. Lo decía Cayetano Ros en un artículo en el País: “No hubo un futbolista más amateur en su espíritu que Garrincha. Ni nadie más profesional que Pelé. Garrincha fue incorregible y se peleó con el establishment. Pelé llegó a ser el establishment”.

De hecho, cuentan los cariocas que si hablas de Pelé a un viejo brasileño, éste se quita el sombrero por un sentido de inmensa gratitud. Pero si le hablas de Garrincha, el viejo se pone a llorar. Mientras Pelé representa lo que cada brasileño querría ser, Garrincha es el espejo de lo que son.

Manuel Francisco Dos Santos jugó al fútbol desde 1953 hasta 1972. Participó en tres Copas del Mundo (Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66) y ganó las dos primeras. Disputó 60 partidos con Brasil, de los que ganó 52, empató siete y perdió uno: contra Hungría (3-1) en Inglaterra 66. Y marcó 17 goles vestido de amarillo y verde.



Hasta los 29 años no le afectaron nada las patadas ni su propia vida disoluta, pero después de que pasara por el quirófano para operarse los dos meniscos, todo se acabó. Dos agentes bancarios fueron a su casa en Pau Grande y encontraron dinero pudriéndose en los armarios. El Botafogo también se aprovechó de él pagándole menos de lo que merecía. Y la gente no lo olvida, su gente, pero no habla demasiado de él, del “pájaro cantor”, de “la alegría del pueblo”, del “Charles Chaplin del fútbol”, ése que según el escritor Eduardo Galeano, “murió de su propia muerte: pobre, borracho y solo”.

De hecho, mejor homenaje a Garrincha son las palabras de Galeano que las mías:

Garrincha, un ángel de piernas torcidas, por Eduardo Galeano

"Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al fútbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegará a ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado. Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las canchas, Garrincha fue mas: él fue el hombre que dio más alegrías en toda la historia del fútbol.

Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría. Garrincha ejercía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada.

¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura. Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo.Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo".

martes, 22 de abril de 2008

La "Victoria" de Jules Rimet

La Copa del Mundo de Fútbol nació en 1930, casi fruto único de un obsesionado que se había encargado de llevar el deporte rey a las Olimpiadas, pero que pronto acertó a vislumbrar que el balompié necesitaba de un espacio propio, de un torneo propio, de un reino propio que coronora a la mejor selección del mundo cada cuatro años, permitiendo a los espectadores que contemplaran a los mejores con la casaca de sus propios países, juntando en cada selección a jugadores de equipos irreconcialiables, dándonos a todos la posibilidad de presenciar cada 4 años un espectáculo vibrante. Ese genio loco se llamaba Jules Rimet, era el presidente de la FIFA en 1930 y era francés.

Pero al invento de Jules Rimet le faltaba una Copa, una Copa que premiara a la mejor selección del mundo y que lo hiciera cada cuatro años, hasta que una de las selecciones se la quedara en propiedad si conseguía levantarla en tres ocasiones.

Esa Copa se llamó inicialmente "Victoria", aunque cambió de nombre para tomar el de su creador (el de la competición, se entiende, no el de la Copa) en 1946, en el congreso que la FIFA celebró en Luxemburgo. Desde entonces todo el mundo la conoce como Copa Jules Rimet.


La Copa Jules Rimet permaneció en activo desde 1930 hasta 1970. El Mundial de México deparó una final entre Italia y Brasil. Ambas selecciones habían ganado ya dos mundiales previamente y quien venciera en aquella memorable final en el estadio Azteca se la quedaría para siempre. Se la quedó Brasil al vencer con rotundidad a los italinos (4 a 1), pero como casi todo en esta vida, no fue para siempre, ya que fue robada en diciembre de 1983 en Río de Janeiro. Cuatro presuntos ladrones fueron juzgados y condenados, pero de la Copa nunca más se supo. La Confederación Brasileña mandó hacer una réplica el año 1984, a partir de la Copa que guardaba la FIFA y que también era un réplica perfecta de la original. De hecho, hay quien dice que ésta es la original, y no la que se robó en Brasil, pero eso no se puede comprobar de ninguna manera.

La Copa Jules Rimet había sido diseñada por Abel Lafleur. Era un trofeo de plata esterlina chapada en oro, con una base azul de lapislázuli. Medía 35 centímetros de altura y pesaba 3,8 kgs. Era una copa octogonal sostenida por una figura alada que representaba a la diosa griega de la victoria, llamada Niké.

Ya antes de su trágico fin (probablemente fundida), había superado multtud de vicisitudes. La primera de ellas fue sobrevivir a la II Guerra Mundial. La Copa la había ganado Italia en 1938 y se quedó allí durante la guerra. El vicepresidente de la FIFA, el italiano Ottorino Barassi, sacó el trofeo en secreto de su tumba en el interior de un banco de Roma y lo escondió en una caja de zapatos debajo de su cama para impedir que los nazis se apoderaran de él. Y lo consiguió.

En 1950 se reemprendió la Copa del Mundo y allí estaba el trofeo, testigo mudo del Maracanazo que sumió a toda Brasil en lágrimas. Y pasó el tiempo sin contratiempos, hasta 1966 año de Mundial, año de Inglaterra..


El 20 de marzo de 1966, cuatro meses antes de que diera comienzo el Mundial, la Copa Jules Rimet fue exhibida en el Salón Central de Westminster. De allí fue robada. Y nadie daba un duro por encontrarla, pero el perro más famoso de Inglaterra a partir de ese día, Pickles, la encontró envuelta en un periódico en un seto de un jardín suburbano de una zona de Londres llamada Upper Norwood.

Fue en ese instante cuando la FIFA decidió hacer una réplica en secreto para poder utilizarla en exhibiciones posteriores. De hecho, esta Copa, que algunos dicen que es la auténtica, se exhibe en el Museo Nacional de Fútbol en Preston (Inglaterra), ya que en 1974, en el Mundial de Alemania, las selecciones se jugaban ya el nuevo trofeo, la Copa del Mundo, sin más, que nadie se puede quedar nunca en propiedad. Este trofeo se lo quedan las selecciones ganadoras durante los 4 años posteriores a su triunfo y, después, reciben una réplica.


Los últimos campeones y poseedores de la Copa del Mundo, los italianos, no lo han cuidado bien precisamente, ya que Fabio Cannavaro, el capitán de Italia, fue fotografiado sosteniendo un pedazo de malaquita que se había roto de la base del trofeo. Pero tranquilos, la Copa del Mundo ya ha sido reparada y los italianos habrán de presentarla en Sudáfrica el año 2010 para que los 32 participantes en el evento puedan luchar por ella.

viernes, 4 de abril de 2008

Italia, la bestia negra de Alemania


Gary Lineker, delantero centro inglés, pronunció una frase que lo hizo casi tan famoso como sus goles (que fueron mucho a lo largo de su carrera, dicho sea de paso). Dijo el ariete británico: "El fútbol es un juego muy simple: juegan once contra once y siempre gana Alemania".

Como dardo propio de una época (que aún pervive hoy, salvo decorosas excepciones en partidos amistosos) en la que los ingleses siempre perdían contra los germanos está muy bien, pero debería haber completado la frase para que adquiera categoría de verdad futbolística absoluta de la siguiente manera: "El fútbol es un juego muy simple: juegan once contra once y siempre gana Alemania, salvo cuando los once de enfrente visten la zamarra italiana".

Y es que la bestia negra, negrísima, de Alemania siempre ha sido Italia. Cada uno carga con su cruz.

Alemanes e italianos se han enfrentado en las fases finales de una Copa del Mundo en 5 ocasiones. Alemania no ha ganado ni una sola vez. El balance es demoledor: dos empates a cero y tres victorias italianas con un montón de cosas en juego.

El primer enfrentamiento italo-germano tuvo lugar en el Mundial de Chile, allá por 1962. Ambos habían quedado encuadrados en el mismo grupo de clasificación en la primera fase y su partido cerraba el grupo. Los alemanes ya estaban clasificados y los italianos habían patinado ante el anfitrión, Chile. Necesitaban los azurri una victoria y rezar. Empataron a cero y los italianos hicieron las maletas. Los alemanes, de todos modos, también volvieron a casa pronto, en cuartos de final.

La historia, sin embargo, cambiaría mucho y pronto. Italianos y alemanes se enfrentaron de nuevo en México 1970. Esta vez en las semfinales, nada más y nada menos, de un campeonato del mundo. Los alemanes eran los actuales subcampeones del mundo y habían dejado en la cuneta en cuartos a los campeones, Inglaterra, vengándose de la afrenta de la final perdida en Wembley cuatro años antes. Los italianos, en cambio, habían superado la primera ronda sin pena ni gloria, aunque en cuartos ante México dieron un golpe sobre la mesa venciendo por 4 a 1. Sin embargo, quedaba por resolver un debate interno importante: la no titularidad de Rivera, que pedía a gritos todo el país.

El partido fue uno de los mejores de la historia de los mundiales y merece un post para él solo. Los italianos se adelantaron en la primera parte con gol de Boninsegna, pero los alemanes empataron cuando el partido agonizaba por medio de Schnellinger. El partido se resolvería en la prórroga. ¡Y qué prórroga! Müller adelantó a unos alemanes enchufadísimos, pero Burgnich empató a los 4 minutos y Riva le dio la vuelta al partido. No había tregua, y Müller se encargó de volver a empatar, pero fue sacar de centro y los italianos montaron un ataque fugaz entre el gran Facchetti y Boninsegna que remató Rivera al fondo de las mallas. Era el 4 a 3. Aún quedaban 9 minutos para el final, pero el marcador ya no se movería y Italia jugaría la final del Mundial ante Brasil. Ahí no hubo opción.

Alemanes e italianos volvieron a encontrarse en 1978. Era la segunda fase de grupos y el vencedor del grupo jugaría la final. Ninguno de los dos podía serlo, ya que Holanda había resultado un escollo insuperable para ambos. Empate a cero e Italia jugó el tercer y cuarto puesto, que perdería ante Brasil.

En el 82 el partido sí tenía importancia, y mucha. Italia y Alemania se vieron las caras en la final. Y volvió a ganar Italia. 3 a 1 con goles de Rossi, Tardelli y Altobelli. Breitner salvó el honor germano, pero la tercera Copa del Mundo de los transalpinos ya era un hecho.

Su última gran batalla data del mundial de 2006. En Dortmund. En la mismísima Alemania. En semifinales. Y, de nuevo, el partido se resolvió en la prórroga. Grosso y Del Piero marcaron casi en el descuento de la segunda parte de la prórroga. Italia volvió a superar a los alemanes para llegar a la finalísima y proclamarse por 4ª vez campeones del mundo.

Vamos, que sí, que el fútbol es un juego en el que se enfrentan 11 contra 11 y siempre gana Alemania, salvo cuando enfrente están los italianos.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Más curiosidades

En la final de la primera Copa del Mundo, disputada en Uruguay en 1930, argentinos y uruguayos pretendían jugar con su propio balón. Al final, la decisión fue salomónica: la primera parte se jugó con el balón de los argentinos y la segunda con el de los uruguayos. Y algo de razón debían tener, porque la primera mitad acabó con triunfo argentino por 1 a 2, mientras que en la segunda los uruguayos metieron tres tantos con su balón para acabar ganando su primer torneo por 4 a 2.

Por cierto, en ese mundial había un árbitro belga que se ganó unos "durillos" extra al ejercer también como corresponsal para un diario alemán. Se llamaba John Langenus y nadie osó decirle nada por su condición de agente doble.

En el Mundial de Italia, allá por el año 34, un jugador jugó su segunda final de la Copa del Mundo consecutiva y, además, se resarció al ganar la que perdiera 4 años antes en Uruguay. Se llamaba Luis Monti y era argentino de nacimiento. Se nacionalizó italiano y defendió la azzurra en el 34. Es el único futbolista que ha jugado dos finales de una Copa del Mundo con dos equipos distintos. Por cierto, la selección italiana que se hizo con su primer mundial contaba con 3 argentinos más.

En 1950, Brasil no sólo perdió un Mundial ante su público. Además, perdió un uniforme. Jugaban de blanco, pero ante tamaña desolación decidieron darle la espalda a su equipaje y cambiar sus colores por los actuales verdeamarillos.

Además, tras la victoria de EEUU ante Inglaterra (en la primera participación de los británicos en un Mundial), los telegrafistas solicitaron a los corresponsales que repitieran el comunicado con la noticia porque no se la creían.

El Mundial de Suiza (1954) fue el primero que se emitió por televisión. Los espectadores pudieron ver desde sus casas el primer y sorprendente triunfo de los alemanes en un Mundial.

Suecia '58 contempló por primera y única vez a los cuatro representantes del Reino Unido en la fase final de un Mundial. Escocia, Inglaterra, gales e Irlanda del Norte acudieron a tierras escandinavas, donde nacería un mito: Pelé, el jugador más joven en anotar un gol en un Mundial (con 17 años y 238 días) y el primer Mundial para Brasil.

Chile'62 fue la demostración de que es muy difícil parar el fútbol. Había elecciones en Alemania, pero el parlamento alemán decidió retrasarlas hasta la conclusión del Mundial porque en el país nadie estaba pendiente de otra cosa. Por cierto, Garrincha le preguntó a su entrenador antes de la final contra quién jugaban: ¡¡No lo sabía!!, lo que no fue óbice para que Brasil, liderado por el propio Garrincha, ganara su segundo mundial.

Pero Chile'62 pasará a la historia como uno de los mundiales más duros. Hubo 50 lesionados (entre ellos Pelé) y se contabilizaron tres fracturas de piernas, una de cadera y una nariz rota. Un auténtico peligro.

En Inglaterra'66, el portero mexicano Carvajal jugó su 5º mundial consecutivo, récord que igualó el alemán Mathaus en Francia'98. Para su desgracia, Carvajal sólo ganó un partido en esos 5 mundiales.

En el Mundial de Alemania'74 el chileno Cazsely se adjudicó el dudoso honor de recibir la primera tarjeta roja de la historia de los mundiales.

En España'82 los húngaros anotaron la mayor goleada de la historia de los mundiales al endosarle un humillante 10 a 1 a El Salvador. Incomprensiblemente, dos jugadores húngaros vieron la amarilla por perder tiempo.

Además, en el partido entre Francia y Kuwait los galos anotaron un gol que el árbitro dio por válido, pero un jeque kuwaití irrumpió en el terreno de juego, amenazó al árbitro y éste no dudó un solo instante y anuló el gol.

En Francia'98, los brasileños fueron obligados a dar clases de canto para entonar y cantar mejor su himno nacional. Clases de fútbol no les hacían falta, pero aún así cayeron en la final ante la Francia de Zidane.

En el Mundial de Corea y Japón, en 2002, un jugador pasó a formar parte de la historia de los mundiales. Curiosamente, no fue un delantero, no fue centrocampista virtuoso, no fue un portero de reflejos inhumanos ni un portento de la clase y de la técnica. Fue un lateral derecho. Es brasileño y se llama Cafú. Se trata del primer y único jugador del mundo que ha disputado tres finales de la Copa del Mundo. Ganó dos (la mencionada de 2002 y la de Estados Unidos en el 94 y perdió ante Francia en Saint Dennis en 1998).

En fin, que 18 mundiales dan para muchas curiosidades, pero ya iremos desgranando estas y otras muchas que nos quedan por contar.

lunes, 17 de marzo de 2008

Algunas curiosidades...

La historia de los mundiales comienza en 1930 y hasta el pasado torneo de Alemania (en 2006) se llevan disputadas 18 fases finales. Ha pasado mucho tiempo y, precisamente por ello, las curiosidades se suceden y se superponen. Relataremos brevemente algunas de ellas:

Brasil y Alemania, las dos selecciones con más participaciones mundialistas y más encuentros disputados en fases finales, nunca se habían encontrado en su camino hasta la final del Mundial de Corea y Japón, en 2002. Los alemanes habían jugado 85 partidos en los Mundiales y los brasileños 87, sin encontrarse. Sea como sea, los canarinhos se llevaron el partido y obtuvieron su 5ª Copa del Mundo.

Hasta el Mundial de Estados Unidos, en 1994, la participación de Bulgaria en los Mundiales había sido una fracaso total y absoluto. Los búlgaros habían jugado 16 partidos y no habían ganado ninguno de ellos. En América se truncó la mala suerte: Stoitchkov, Balakov, Letchkov y compañía llegaron a las semifinales del torneo (donde cayeron ante la Italia de Baggio) y obtuvieron el mejor resultado de su historia acabando cuartos.

Italia y Brasil se han encontrado dos veces en la gran final del torneo. En ambas ocasiones estaba en juego algo más que la Copa del Mundo. En 1970, en México, italianos y brasileños sumaabn dos Copas del Mundo, por lo que el ganador se quedaría la Copa Jules Rimet en propiedad. Ganaron los canarinhos de Pelé.

En 1994, en EEUU, volvieron a verse en la final. Esta vez nadie se quedaría el trofeo en propiedad, pero ambos ponían sobre el tapete sus tres Copas del Mundo y dirimían la supremacía del fútbol mundial. Los brasileños llevaban 24 años sin ganar el Mundial, precisamente desde que vencieron a los azzurri en el 70. Pero eso no importó: volvió a ganar Brasil, en la primera final de la historia que acabó sin goles y que se hubo de resolver desde el punto de penalti. Italia no quiere ver a Brasil en la final ni en pintura.

El Mundial de México'70 fue importantísimo por muchas cosas. Fue un Mundial fantástico en cuanto a juego, fue la despedida de Pelé, Brasil se quedó en propiedad la Copa Jules Rimet. Sin embargo, también pasará a la historia por ser el primer Mundial en el que se utilizaron tarjetas y en el que se permitieron cambios. Curiosamente, nadie fue expulsado en el Mundial de México '70. Impensable hoy en día, ¿verdad?

Para acabar, de momento, con las anécdotas, empezaremos por el principio. Los uruguayos celebraron de tal forma su triunfo en la primera Copa del Mundo celebrada en su país en 1930, que, desde entonces, el 31 de julio (fecha en la que se disputó la final ante Argentina) es fiesta en el país.

martes, 19 de febrero de 2008

El plus del anfitrión

Durante muchos años, la condición de organizador de una Copa del Mundo era sinónimo de hacer un grandísimo torneo, de ser uno de los rivales a batir, de convertirse en la selección a la que nadie se quiere enfrentar; aunque también ha sido siempre motivo de presión añadida, sobre todo para las grandes potencias futbolísticas (dígase Brasil en 1950 con Maracanazo incluido, o los más recientes fracasos de Alemania en 2006 o Italia en 1990). Sea como sea, los anfitriones siempre son más favoritos que el resto.

Y esta máxima se cumplió a rajatabla en las dos primeras ediciones de la competición. En 1930, Uruguay fue el anfitrión y el ganador de la Copa, aunque a la condición de local había que añadir un potencial enorme certificado dos años atrás, en 1928, en los Juegos Olímpicos de Amsterdam ante el mismo futuro rival. Y es que fueron sus vecinos argentinos los que los desafiaron en la final, pero no pudieron con una selección que era consciente de que debía ratificar su condición de número uno del mundo ante su público y ante su vecino grande. Los uruguayos fueron los primeros campeones de la Copa del Mundo y los primeros, como no podía ser de otra manera, que ganaron en casa.

En 1934, en Italia, el campeón no se presentó (como reacción a la negativa de la mayoría de países europeos a participar en la primera Copa del Mundo). Uruguay se convirtió en el primer y único campeón de la historia que no ha defendido su título.
Esto merece una explicación. Desde los inicios de la Copa del Mundo, los campeones y los anfitriones eran invitados directamente, sin pasar por la fase de clasificación. Eso conllevaba una serie de beneficios que, a su vez, podían ser un arma de doble filo: por un lado, no tenían que pelear la clasificación y la preparación era a base de amistosos y sin presión, pero, por otro, esa falta de tensión podía jugar malas pasadas si el equipo no era lo suficientemente competitivo. Con estas premisas se compitió hasta el Mundial de Corea de 2002, donde la FIFA decidió que el campeón también se debería jugar la clasificación. De hecho, Brasil ha sido la única selección que, siendo campeona del Mundo, se ha jugado su pase al Mundial como todas las demás. La siguiente será Italia.
Pero volvamos a 1934. Entonces, los anfitriones italianos eran el gran coco. Italia era el enemigo a batir: no había campeón; Mussolini mandaba en Italia y quería una victoria que ratificara la superioridad italiana sobre el resto del mundo; además, los italianos reunieron un grupo repleto de argentinos nacionalizados (Orsi, Monti...) basándose en sus ancestros. E Italia ganó, como se sospechaba.
Fue en 1938 cuando se rompió el monopolio de los anfitriones. Francia organizó el torneo, pero cayó en cuartos de final y la Copa se volvió a ir hacia Italia, esta vez con menos sospechas que cuatro años atrás.
En 1950, tras el parón de la guerra mundial, el Mundial se fue a Brasil. Y los cariocas cayeron en Maracaná ante Uruguay cuando les bastaba el empate en la primera y única no final de una Copa del Mundo. El anfitrión llegó a la final, pero no ganó. Tal cosa volvió a suceder ocho años más tarde, en Suecia, con Brasil como feliz protagonista, pero desde entonces no ha vuelto a suceder nunca en la Copa del Mundo: cada vez que un organizador ha llegado a la final del Mundial, la ha ganado.

Además de Uruguay en 1930 e Italia en el 34, ganaron "sus mundiales" Inglaterra (66), Alemania (74), Argentina (78) y Francia (98).


Qué se lo cuenten a los holandeses, capaces de llegar a la final de un Mundial en dos torneos consecutivos y con el mal fario de medirse en ambas finales a los anfitriones, que acabaron dándole una gran alegría a los suyos para decepción de los tulipanes. Fue en 1974 de la mano de Cruyff y ante Alemania y en 1978 ante Argentina, ésta vez sin Cruyff.
En el camino se quedaron anfitriones menos glamourosos, pero no nos engañemos: casi todos ellos tuvieron una actuación muy superior a su potencial ante su hinchada. Sólo cabe una excepción: España en el Mundial'82.
A los hechos nos remitimos:

Francia, que no era un potencia en 1938, llegó a cuartos de final, donde cayó ante Italia, a la postre campeona.
Suiza, en el 54, logró la mejor clasificación de su historia platándose en cuartos de final y cayendo en un partido épico ante Austria (7 a 5). En la fase de grupos fue primera por delante de Inglaterra.
Suecia, en el 58, fue subcampeona del Mundo y sólo cedió ante un Brasil inmenso.
Chile, en el 62, fue tercera. Dejó en el camino a Italia en la primera fase y a la URSS de Yashine en cuartos, para ceder en semifinales ante Brasil, futuro campeón.
México, en el 70 y en el 86, se plantó en cuartos de final.
Corea, en el 2002, fue cuarta y Japón se metió en cuartos de final.

En fin, que ser anfitrión es un lujo, ¿o no? Lo sabremos en Sudáfrica.

PD. Una curiosidad más: Italia, Francia y Alemania han organizado dos mundiales. Ganaron uno y perdieron otro. Brasil ya perdió el suyo en 1950, ¿le toca ganar el de 2016?

viernes, 15 de febrero de 2008

Los artilleros que han sido...

El primer máximo artillero de la Copa del Mundo fue Guillermo Stabile, de Argentina, en el Mundial de Uruguay en 1930. Anotó 8 dianas en los 5 encuentros que disputó: no jugó ante Francia, le endosó 3 goles a México (ganó Argentina 6-3), le hizo otros 2 a Chile (3-1 para los pibes), participó con 2 más de la goleada (6-1) que la albiceleste le propinó a los EEUU en semifinales, para acabar anotando su último tanto en la final ante Uruguay, donde sirvió de poco porque los argentinos cayeron por 4 a 2. El delantero argentino marcó en todos los partidos que disputó.

Stabile fue el primer "pichichi" del Mundial y su cifra goleadora no la superó nadie hasta el Mundial de Brasil, en 1950. Y es que en la edición de Italia en 1934, la bota de oro fue para el checoslovaco Oldrich Nejedly, pero con 5 tantos. En Francia, en 1938, Leónidas se llevó tan honorífico trofeo e igualó la marca de Stabile con 8 dianas, que podían haber sido más si su técnico lo hubiera alineado en la semifinal ante Italia, pero no pasó.


Ademir, el grandísimo jugador brasileño que encabezó la canarinha en Brasil'50, fue el primero en superar el registro de Stabile. Anotó 9 goles en el Campeonato que pasará a la historia por el Maracanazo. Seguro que el gran Ademir hubiera cambiado su bota de oro por el título mundial perdido, pero no pudo ser.

El astro brasileño le hizo 2 a México (ganó Brasil 4 a 0), se quedó sin mojar ante Suiza (el partido acabó empatado a 2), recuperó la puntería ante Yugoslavia haciendo 1 de los 2 goles de su equipo (2 a 0) para pasar a la segunda fase. Ahí se destapó machacando a Suecia con 4 goles (el partido acabó 7 a 1) y sumando 2 más ante España (6 a 1). En la final, como todos, no anduvo fino y se quedó sin marcar. El gol que no les sirvió a los brasileños para ganar "su" Mundial lo anotó Friaca.

Pese a todo, poco le duró el honorífico "título" de máximo goleador mundial a Ademir, ya que en el Mundial de 1954, en Suiza, el húngaro Kocsis le birló el récord al llevarse la bota de oro con 11 tantos. Kocsis formaba parte de una de las mejores delanteras de la historia junto a Puskas, Czibor o Hidegkuti, pero, de nuevo, el máximo artillero de la competición no se llevaría el Mundial y caería en la final.
Kocsis le hizo 2 a Corea (ganó Hungría 9 a 0) y 4 a Alemania (ganó Hungría 8 a 3). En cuartos de final anotó 2 más ante Brasil (ganó Hungría 4 a 2) y en semifinales marcó los dos goles que eliminaron a Uruguay (actuales campeones) en la prórroga (2 a 2 acabaron los 90 minutos y, al final, los dos tantos de Kocsis le dieron el triunfo a Hungría por 4 a 2). En la final, Kocsis no marcó y los alemanes se llevaron el título (3 a 2).


Tras la proeza de Kocsis, el siguiente en llegar sería Fontaine, quien marcaría un registro ya inalcanzable para nadie. El jugador francés se presentó en el Mundial de Suecia (1958) como fiel escudero del gran Kopa, rematando todo lo que el genio galo creaba. Y se puso las botas porque marcó ¡¡13 goles!!.

Francia hizo un campeonato espectacular, sorprendió a todos con un fútbol vistoso, atractivo y espectacular y sólo se vieron frenados en semifinales por una Brasil demoledora que se hizo con el primer Mundial de su historia de la mano de un chaval de 17 años apodado "Pelé". Los franceses acabaron terceros y firmaron una actuación memorable que sólo igualaría la Francia de Platini en los 80 (Campeona de Europa en 1984, cuarta del mundo en España'82 y tercera en México'86) y superaría la Francia de Zidane con el título Mundial del 98 y la Eurocopa de 2002.

Fontaine le hizo 3 a Paraguay (7 a 3 para Francia), los 2 de su selección ante Yugoslavia (cayeron por 3 a 2) y el último ante Escocia (2 a 1). En cuartos, Fontaine colaboró con 2 goles en el 4 a 0 ante Irlanda. En las semifinales, Brasil apeó a Francia con un contundente 5 a 2, pero Fontaine hizo uno de los goles. Para cerrar la cuenta más longeva de la historia, el galo le endosó 4 chicharros a Alemania (los franceses ganaron 6 a 3 el tercer y cuarto puesto). Nadie hasta nuestros días ha superado los 13 goles de Fontaine en una sola edición de la Copa del Mundo y sólo dos jugadores han superado ese registro en varios campeonatos: Ronaldo y el "Torpedo" Müller.

El pancer alemán, Gerd Müller, fue el máximo goleador del Mundial en México'70, donde dio vida a su equipo hasta las semifinales, donde cayeron ante Italia en una de las prórrogas más épicas de la historia de los Mundiales. Müller anotó 10 goles en esa fase final y superó al bota de oro del anterior Mundial, el portugués Eusebio, que anoto 9 en Inglaterra'66. A partir de ese momento, nadie ha marcado más de 7 goles en una sola fase final, pese al aumento de equipos participantes y, consecuentemente, de partidos.

En la Copa del Mundo del 74, en Alemania, Gerd Müller se proclamó campeón del Mundo con su selección y contribuyó con 4 tantos. El pichichi fue el polaco Lato, con 7 tantos, pero Müller se quedó con el registro: 14 goles en dos Copas del Mundo, superando los 13 Fonteine, aunque en dos participaciones.

Kempes en el 78, Rossi en el 82, Lineker en el 86, Schillaci en el 90, Salenko en EEUU'94 y Suker en Francia'98 se llevaron la bota de oro con 6 tantos, mientras que Ronaldo se la llevó en Corea y Japón con 8 goles y el alemán Klose se la llevó muy barata en su país en 2006 (5 goles).

El caso es que Ronaldo, aparte de levantar la Copa del Mundo del 94 (sin jugar un minuto), llegar y perder la final de 1998 ante Francia (3 a 0), ganar la bota de oro y la Copa del Mundo de 2002, ha sido capaz de batir el registro de Müller y convertirse en el máximo goleador de la historia de los Mundiales con 15 tantos, aunque haya necesitado 3 torneos para superarlo (4 goles en Francia'98, 8 en Corea y Japón'02 y 3 más en Alemania'06).

Por cierto, sólo Kempes en el 78, Rossi en el 82 y Ronaldo en 2002 fueron a la vez los máximos artilleros del torneo y ganaron el Mundial... y , como en todo, los que más veces se han llevado a su casa la bota de oro han sido los brasileños (en tres ocasiones), aunque desde Ademir (1950) a Ronaldo (2002) ni un solo brasileño se lo llevara... ni siquiera Pelé.

jueves, 7 de febrero de 2008

¿Sabías que...?

LAS CONFIANZAS MATAN
Copa del Mundo de Francia, año 1938. Brasil es el único representante sudamericano en un torneo que uruguayos y argentinos quisieron boicotear, aún molestos por la no asistencia de la mayoría de equipos europeos a la primera Copa del Mundo celebrada en Uruguay y, además, considerando que la organización del torneo correspondía a Argentina y no a Francia. El campeonato estuvo marcado, además, por la situación política, en intenso clima de pre-guerra. Austria se clasificó, pero no acudió al Mundial, mientras que España se desangraba en la Guerra Civil.

Los cariocas (entonces aún jugaban de blanco) se presentaron en territorio francés con un equipo de lujo que comandaba en ataque el gran Leónidas. En la primera eliminatoria se enfrentaron a Polonia y empataron a 4. La prórroga se saldó con un 6 a 5 para Brasil con Leónidas jugando parte de la misma descalzo y anotando 4 tantos.

Los cuartos de final midieron las fuerzas de Brasil y Checoslovaquia, y nunca mejor dicho: el partido degeneró en una tángana monumental con el saldo de tres expulsados (dos brasileiros y un checo) y cinco heridos (dos de ellos fueron hospitalizados por rotura de brazo). El partido acabó en empate a un gol y la prórroga, en esta ocasión, no resolvió nada. Ese encuentro se recuerda como "la batalla de Burdeos", casi nada.

Hubo un partido de repetición con los ánimos más calmados y ahí los cariocas remontaron el gol inicial de los checos para clasificarse por 2 a 1.

A esas alturas de competición, Leónidas llevaba seis goles.

En las semifinales, el actual campeón del mundo (Italia) esperaba a los brasileños. En parte por cuestionar la legitimidad de su título (Italia ganó el Mundial de 1934 jugando en su país y con Mussolini presionando), en parte para intimidar el seleccionador brasileño, Adheniar Pimenta, cometió una de las estupideces más grandes que se recuerdan: dejó fuera del partido a Leónidas y a Tim, sus dos mejores jugadores (entonces no se permitían cambios). Y lo dijo así de clarito: "los reservo para la final".

Lástima. Los italianos ganaron cómodamente por 2 a 1 con goles de Colaussi y Meazza (de penalti), ya que Romeu sólo le dio emoción a la recta final del partido al marcar en el 87.

Brasil acabó tercera, tras derrotar por 4 a 2 a unos suecos que se habían adelantado por dos a cero con 2 tantos ¿de quién?... Sí, de Leónidas, que, al menos, se coronó como máximo goleador del torneo al acabar con 8 dianas. Y el campeón fue Italia, que venció a Hungría en la final por 4 a 2 y se convirtió en la primera selección en conseguir dos títulos y, además, hacerlo de modo consecutivo.

Eso sí, los brasileños aprendieron de su error: nunca más han caído en unas semifinales de una Copa del Mundo, siempre que han llegado, han accedido a la final.

Por cierto, lo de la confianza y el menosprecio al rival sí se volvió a repetir: fue en su propio Mundial, el de 1950, el del Maracanazo.

viernes, 18 de enero de 2008

La maldición de las finales

Jugar la final de una gran competición es sinónimo de alegría, de satisfacción por el trabajo bien hecho, de fiesta, de alborozo, de incertidumbre y de nerviosismo, pero, evidentemente, las finales se pierden y se ganan y, en la mayoría de los casos, sólo se recuerda al que levanta el trofeo.
Son muchos los equipos especialistas en llegar a las finales de los torneos más importantes y quedarse a las puertas de la gloria, tocar la Copa con la punta de los dedos.

Ejemplos los hay de todos los colores, pero creo que muchos aficionados aún conservan en la retina la imagen de ese Valencia CF que jugó dos años consecutivos la final de la Liga de Campeones y, en ambas ocasiones, se quedó con la miel en los labios. Los valencianistas son, sin ningún género de dudas, uno de los equipos más duchos en el arte de perder finales. De hecho, son el único equipo de España capaz de perder tres finales seguidas de la Copa del Rey. Nadie ha perdido tres finales consecutivas (con lo difícil que es llegar), pero los valencianistas lo han hecho dos veces.
O la Juventus de Turín, grande de Europa, que ha ganado la Liga de Campeones en dos ocasiones, pero ha perdido ¡¡5 finales más!!. Nadie ha perdido tantas.


Podríamos seguir, pero toda esta introducción sirve para presentarnos a la selección que más finales ha perdido en la Copa del Mundo. No es una selección cualquiera. Ha ganado 3 Copas del Mundo, lo que la coloca por detrás de Brasil (5 Mundiales) y de Italia (4 Copas del Mundo) en el palmarés. Sin embargo (¡lo que son las cosas!), la selección de la que hablamos ha jugado tantas finales como los brasileros y una más que los azzurri, es decir, siete!!!

Desvelaremos el misterio: Alemania ha ganado tres mundiales y ha perdido 4 finales. Brasil ha ganado 5 mundiales y ha perdido 2 finales (Brasil '50 y Francia '98), mientras que Italia ha ganado 4 trofeos y ha perdido 2 finales más (curiosamente, ambas ante Brasil y siempre dilucidando quien se pondría al frente de la clasificación hipotética de ganadores de más Copas del Mundo: en México '70, donde la canarinha se quedó la Copa Jules Rimet en propiedad al ganarla por 3ª vez; y en EEUU '94, donde Brasil consiguió su cuarto entorchado desde el punto de penalti). En definitiva, NADIE HA PERDIDO TANTAS FINALES COMO ALEMANIA.


Los germanos llegaron a su primera final de una Copa del Mundo en 1954, en el Mundial que se celebró en Suiza. La favorita de todos era una Hungría descomunal, que practicaba un fútbol de vértigo y que contaba en sus filas con jugadores como Puskas, Kocsis, Nándor Hidegkuti o Zcibor y que los clásicos califican como uno de los tres mejores equipos de la historia. De hecho, los "magiares mágicos" habían sido el primer equipo en vencer a Inglaterra en Wembley, apenas un año antes y con una contundencia brutal (3 a 6) y se presentaban en la final del Mundial con una serie de 32 partidos seguidos ganando, récord que aún no ha sido superado por ninguna otra selección. Además, los húngaros habían marcado más de cuatro goles en cada partido del Mundial y ya le habían ganado a Alemania por 8 a 3 en la primera fase. Pero aquel partido era otra historia, ya que el seleccionador alemán Herberger había reservado a sus mejores jugadores.
Los magiares se presentaron en la final tras eliminar a la gran Brasil (heredera de la debacle del 50 en Maracaná) y a los campeones vigentes (Uruguay). Se sentían favoritos ante una Alemania comandada por Fritz Walter y con Rahn y Morlock en ataque. De hecho, a los 8 minutos de partido, los húngaros ya ganaban 2 a 0 con goles de Puskas y Zcibor: el fantasma del 8 a 3 de la primera fase planeó por la cabeza de todos los aficionados alemanes (y quién sabe si también sobre los propios jugadores). Sin embargo, los alemanes no se arredraron y recortaron distancias con un tanto de Morlock. De ahí, hasta el final de la primera parte, los alemanes capearon como pudieron el potencial húngaro, gracias a defensas que sacaron en la línea un par de goles cantadas, paradas del meta Turek y, además, la colaboración de unos palos que parecían magnetizados (hasta tres disparos húngaros se estrellaron en ellos).
El segundo tiempo ya es otra cosa: había estado cayendo una fina lluvia durante toda la primera mitad y el campo estaba en malas condiciones (malo para los finos magiares y mejor para los físicos alemanes) y, además, Puskas cojeaba ostensiblemente y en esta época no había cambios (no había jugado los cuartos ni las semifinales por su lesión, pero la final la jugó infiltrado).
Cuando sólo faltaban 8 minutos para el final, Fritz Walter cedió el balón a Rhan, quien batió de potente disparo al meta húngaro. Aún quedó tiempo para que le anularan un gol a Puskas por fuera de juego (dicen las crónicas que estuvo bien anulado), pero nada más. La Copa del Mundo se fue para Alemania. Y a la selección magiar se la cargó la emigración de sus figuras por culpa de una guerra.


Alemania hubo de esperar 12 años (3 campeonatos) para disputar otra gran final. Esta vez tocó la de cal: derrota en Wembley ante Inglaterra en la prórroga, con gol fantasma incluido. El 4 a 2 final fue un duro golpe para una selección alemana que había empatado a dos a falta de un minuto para el final del tiempo reglamentario. Para la historia quedará el primer (y hasta ahora único) título mundial para los británicos y el gol de Hurst. Y Beckhembauer con la miel en los labios, prometiéndose a sí mismo que devolvería la Copa del Mundo a Alemania.


La siguiente presencia germana en la final de una Copa del Mundo fue más traumática, pero con final feliz. Fue en el Mundial de 1974, celebrado en su propio país. Los germanos estaban obligados por la presión mediática a ganar su mundial. El Mundial era importantísimo: el primer mundial post Pelé y el primer Mundial donde se ponía en juego una Copa Nueva, después de que Brasil se quedará la Jules Rimet en propiedad tras su tercera Copa en México '70. Pero, pese a jugar en casa, Alemania no era favorita por el juego desplegado, ni Brasil, ni Italia... la favorita era Holanda y su fútbol total, con un Cruyff pletórico. Los tulipanes se cargaron a los anteriores campeones y barrieron en todos sus partidos. Los alemanes sufrieron en la primera fase una humillante derrota ante sus vecinos orientales (RDA) en la llamada "Batalla de Hamburgo", donde no sólo se enfrentaban 22 futbolistas, sino dos concepciones distintas de ver el mundo, dos pueblos separados por el telón de acero. En la segunda fase mejoraron (la forma de competición era distinta a la actual: la segunda fase constaba de dos grupos de 4 equipos que se enfrentaban entre sí y los campeones de cada grupo jugarían la final) su rendimiento, pero sin enamorar. Ganaron a Yugoslavia y a Suecia y, en el último partido, se enfrentaban a una Polonia sorprendente que también había ganado sus encuentros. Müller anotó el gol del triunfo local y Maier lo rubricó con sus paradas en los minutos finales.

La finalísima empezó con Holanda sacando de centro y, sin que los alemanes tocaran el balón en más de un minuto, Cruyff entró en el área y fue derribado: !!Penalti y gol de Cruyff sin que los alemanes hubieran tocado el balón!!

Pero la final se fue equilibrando, gracias sobre todo a los marcajes de los perros de presa alemanes: Berti Vogs sobre Cruyff y Bonhoff sobre Neeskens. Beckhenbauer empieza a carburar y Alemania a acercarse a la meta de Jongbloed, hasta el punto de que una internada de Holzenbein acaba en el penalti que transforma Breitner en el empate. Los germanos siguen atacando y Müller, en uno de sus clásicos remates, pone por delante a Alemania antes del descanso. La segunda mitad fue un querer y no poder de los tulipanes, que perdieron la primera de sus dos finales consecutivas (y peor: ambas ante los anfitriones, como pasaría 4 años más tarde en Argentina). Los alemanes, en cambio, se coronaban por 2ª vez.


La amargura holandesa la sufrirían en sus carnes los alemanes dos veces seguidas. La primera fue en España '82. El sorteol los había emparejado en la primera fase con Austria, Argelia y Chile. Los germanos cayeron ante una sorprendente Argelia y vapulearon a Chile, por lo que llegaron a la última jornada jugándose su clasificación ante una Austria con 4 puntos a la que le bastaba con perder 1 a 0 para seguir adelante. Y eso pasó: marcó Alemania y el rondo duró 75 minutos. A los aficionados alemanes les ha costado más de 25 años perdonar a su seleccionador, Jupp Derwall, pese a que con él ganaron la Eurocopa del 80 y llegaron a la final del Mundial '82.

La segunda fase fue tranquila, con victoria ante España y empate ante Inglaterra, pero las semifinales serán recordadas para siempre. Los alemanes se enfrentaban a la Francia de Platini en el Sánchez Pizjuán de Sevilla y el choque acabó con un empate a uno (Platini de penalti igualó el tanto de Littbarski) que les llevaba a la prórroga. Allí, el talento francés se impuso y los galos anotaron dos goles en apenas 6 minutos para ponerse 3 a 1, pero nunca hay que darle vida a los teutones, nunca. La remontada fue espectacular, con Rumennigge y Fischer como autores de los tantos. La tanda de penaltis la ganó Alemania (5 a 4) que pasó a la final para medirse a Italia.
Sin embargo, la final iba a ser casi un paseo militar para los trasalpinos, que ganaron 3 a 1 con una superioridad casi insultante. Los alemanes aguantaron sólo la primera parte. En la segunda no tuvieron opción. Rossi, Tardelli y Altobelli anotaron para los azzurri y Breitner maquilló el resultado a falta de 7 minutos.

La historia se repetiría 4 años más tarde, en México. Los alemanes repitieron final, después de volver a dejar a Francia en la cuneta, esta vez sin sobresaltos, con un dos a cero clarificador, pero se encontraron a la Argentina de Maradona, una selección intratable con un genio al frente. Pese a ello, los alemanes fueron fieles a su garra característica y, pese a ir perdiendo 2 a 0, Rumenigge y Alloff empataron el partido en tre minutos. Pero no hubiera sido justo que Argentina y Maradona se quedaran sin Mundial, y el astro argentino vio un pase donde pocos lo imaginaban para dejar solo a Gurruchaga ante Schumacher y hacer el 3 a 2 definitivo. Los germanos volvieron a morir con las botas puestas, pero acabaron segundos de nuevo, por segunda vez consecutiva.

De todos modos, dicen que a la tercera va la vencida y, aunque no siempre se cumple, esta vez sí se cumplió. Seguramente el peor mundial de la historia en cuanto a juego se lo llevó Alemania, la selección que mejor jugó dentro de la mediocridad general. Una fase de grupos animada, pero unas eliminatorias finales decididas casi siempre por penaltis marcaron la competición. Los alemanes empataron en su debut con Colombia, pero golearon a Emiratos y Yugoslavia. Después se deshicieron de Holanda en octavos, de Checoslovaquia en cuartos y hubieron de recurrir a los penaltis para eliminar a Inglaterra y llegar a la final ante Argentina. La final fue fea, horrible, pero ganó quien más lo buscó con un penalti realmente dudoso que transformó Bremhe a falta de 5 minutos para el final. El fútbol le devolvió a Alemania lo que había perdido en las dos finales anteriores. Y fue justo con Mathäus, grandísimo jugador que había participado en los mundiales del 82, del 86 y del 90 y aún repetiría en el 94 y en el 98. Y fue justo con Beckenbauer, el primero en la historia en ganar un Mundial como jugador y otro como técnico.

La última final alemana llegó en Corea y Japón, en el primer Campeonato del Mundo celebrado en un continente distinto a América y Europa. Y llegó a la final a trancas y barrancas, sostenido en un Ballack fantástico, en un Kahn sensacional y en grandes dosis de suerte. Sin embargo, en la final fallaron sus dos pilares: Ballack vio una amarilla en las semifinales ante Corea y se perdió la final; mientras que Kahn se comió el gol de Ronaldo que abría la lata Dos a cero para Brasil, que se convertía en pentacampeón del mundo en su séptima final de un mundial, las mismas que ha jugado Alemania, pero con resultados bien distintos: 5 títulos a 3; aunque con la certeza de que ambas selecciones serán firmes candidatas a disputar muchas más.