"El fútbol es la única religión que no tiene ateos", Eduardo Galeano

martes, 19 de febrero de 2008

El papel de los anfitriones en la historia de la Copa del Mundo

Durante muchos años, la condición de organizador de una Copa del Mundo era sinónimo de hacer un grandísimo torneo, de ser uno de los rivales a batir, de convertirse en la selección a la que nadie se quiere enfrentar; aunque también ha sido siempre motivo de presión añadida, sobre todo para las grandes potencias futbolísticas (que se lo digan a Brasil, que en 1950 sufrió el Maracanazo y en 2014 el Mineirazo). 

Pese a todo, los anfitriones siempre han más favoritos que el resto. Por muchas cosas. Por el apoyo de su gente, por la presión de la grada, por el conocimiento de los estadios, por el respeto que genera todo junto en los rivales y, sí, también por los árbitros, que suelen ser caseros o muy caseros.

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Este favoritismo del anfitrión se concretó en título en las dos primeras ediciones de la Copa del Mundo. En 1930, Uruguay fue el anfitrión y el ganador del torneo, aunque a la condición de local había que añadir un potencial enorme certificado dos años atrás, en 1928, en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam ante el mismo futuro rival. 

Y es que fueron sus vecinos argentinos los que los desafiaron en la final, pero no pudieron con una selección que era consciente de que debía ratificar su condición de número uno del mundo ante su público y ante su vecino grande. Los uruguayos fueron los primeros campeones de la Copa del Mundo y los primeros, como no podía ser de otra manera, que ganaron en su propia casa.

La Garra Charrúa celebra con su público el triunfo en 1930.

En 1934, en Italia, el campeón no se presentó (como reacción a la negativa de la mayoría de países europeos a participar en la primera Copa del Mundo). Uruguay se convirtió en el primer y único campeón de la historia que no ha defendido su título.

Esto merece una explicación. Desde los inicios de la Copa del Mundo, los campeones y los anfitriones eran invitados directamente, sin pasar por la fase de clasificación. Eso conllevaba una serie de beneficios que, a su vez, podían ser un arma de doble filo: por un lado, no tenían que pelear la clasificación y la preparación era a base de amistosos y sin presión, pero, por otro, esa falta de tensión podía jugar malas pasadas si el equipo no era lo suficientemente competitivo. 

Con estas premisas se compitió hasta el Mundial de Corea de 2002, donde la FIFA decidió que el campeón también se debería jugar la clasificación. De hecho, Brasil fue la primera selección que, siendo campeona del Mundo, se hubo de jugar su pase al Mundial como todas las demás. La siguiente fue Italia.

Pero volvamos a 1934. Entonces, los anfitriones italianos eran uno de los grandes cocos del torneo, quizá sólo amenazados por la Austria del seleccionador Meisl, del genial Sindelar y del artillero Josef Bican

Las circunstancias también ayudaron a considerar que Italia era el enemigo a batir: faltaba Uruguay y Argentina había enviado una selección amateur; Mussolini mandaba en Italia y quería una victoria que ratificara la superioridad italiana sobre el resto del mundo, con lo que los árbitros iban a estar bastante más que presionados. Pero, además, el seleccionador Pozzo había creado una magnífica selección que reunía el mejor talento del país con un nutrido grupo de argentinos nacionalizados (Guaita, Orsi o Monti). E Italia ganó, como se sospechaba, ante su público.

Fue en 1938 cuando se rompió el monopolio de los anfitriones. Francia organizó el torneo, pero cayó en cuartos de final ante la Azzurra (1-3) y la Copa se volvió a ir hacia Italia, esta vez con más fútbol, más goles y menos sospechas que cuatro años atrás y beneficiados por las confianzas de Brasil, que creía que podía vencer a los campeones sin que jugara Leónidas

Francia no pudo hacer nada para frenar a Italia en "su" Mundial. 

Así que Francia fue la primera anfitriona de la historia que no ganó el torneo que organizaba, aunque los galos se plantaron en cuartos de final y cayeron ante la azzurra, campeón pasado y futuro campeón, por lo que no se puede decir que hicieran un mal torneo, ni mucho menos. Fue el primer anfitrión mundano de la historia. Nada más.

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En 1950, tras el parón de la guerra mundial, el Mundial se fue a Brasil. Y los cariocas cayeron en Maracaná ante Uruguay cuando les bastaba el empate en la primera y única “no final” de una Copa del Mundo. El anfitrión llegó a ese partido que lo decidía todo, pero no ganó, que era lo único que el público estaba dispuesto a admitir de una selección que se suponía que era la mejor del mundo en ese momento. El Maracanazo se le llamó a esa victoria uruguaya en el templo brasileño que sumió a Brasil en una depresión de la que sólo saldría ocho años más tarde ganando su primera Copa del Mundo.

Eso sucedió en Suecia en 1958, con Brasil esta vez como feliz protagonista y los suecos ejerciendo esta vez el papel de los anfitriones que se quedan con la miel en los labios. Pero para los escandinavos esa derrota en la final no fue una tragedia, sino un auténtico éxito, la mejor clasificación de su historia en el torneo.

Curiosamente, desde entonces, desde la final que ganaron Pelé, Garrincha, Didí, Altafini y compañía en Oslo en 1958 nunca se ha vuelto a ver la derrota de una selección anfitriona en la final de la Copa del Mundo. 

Cada vez que un organizador ha llegado a la final del Mundial, la ha ganado. Lo hizo Inglaterra en 1966, lo repitió Alemania Federal en 1974, lo ratificó Argentina en 1978 y lo volvió hacer Francia en 1998 para ganar su primera Copa del Mundo.

Beckenbauer ofrece la Copa del Mundo a su público.

¡Que le digan a los holandeses qué significa enfrentarse al anfitrión en la final de un Mundial! Ellos lo hicieron dos veces consecutivas. Con lo difícil que es llegar al último partido y resulta que ante ti están los anfitriones con todo el estadio lleno dos veces seguidas. 

A la Holanda que entrenaba Rinus Michel y capitaneaba Cruyff le pasó en 1974 ante Alemania, cuando cayó ante la Alemania de Maier, Beckenbauer, Breitner y Müller por dos goles a uno. Y le volvió a pasar a la Holanda que, ya sin Cruyff, entrenaba el mítico Ernst Happel en 1978 ante Argentina, cuando empató el partido y estuvo a punto de levantar la Copa del Mundo con un remate al palo en el último suspiro, pero, en cambio, sufrió la voracidad de Kempes en la prórroga (3-1). 

El fútbol. 
La vida.

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En el camino quedaron anfitriones menos glamourosos, selecciones que no contaban con el potencial suficiente como para alcanzar la final de una Copa del Mundo aunque fueran ellos quienes la organizaran. Pero no nos engañemos: casi todos tuvieron una actuación muy superior a su hipotético nivel futbolístico jugando ante su público.

Suiza en 1954 alcanzó los cuartos de final en un grupo complicadísimo en el que estaban Inglaterra (que también pasó de ronda), Italia y Bélgica. Los helvéticos eliminaron a Italia en el partido de desempate para caer en cuartos de final ante Austria en uno de los partidos más espectaculares de la historia de los Mundiales que acabó con un increíble 7 a 5 para los austríacos.

Chile en 1962 también disputó un gran torneo ante su público, aunque manchado por la violencia descomunal que se vivió en un montón de partidos de esa Copa del Mundo. Sin ir más lejos, el partido que enfrentó a Chile con Italia en el que se jugaron el pase a los cuartos de final. Ganó Chile por 2 a 0 en un encuentro que ha pasado a la historia como la Batalla de Santiago

Pero la Roja no se conformó con clasificarse para los cuartos de final y derrotó a la Unión Soviética (2-1) para meterse en las semifinales de una Copa del Mundo por primera y única vez en su historia. La Brasil de Garrincha le cerró el paso de la final, pero Chile acabó tercera tras vencer a la potente Yugoslavia por un gol a cero en el tercer y cuarto puesto para cerrar su mejor clasificación en la historia de los Mundiales. 

Chile se llevó el tercer puesto en el Mundial de 1962.

Ni siquiera Salas y Zamorano pudieron llegar a cotas tan altas en los años 90. Ni tampoco la magnífica selección que montó Marcelo Bielsa para el Mundial de Sudáfrica en 2010 ni la de Sampaoli en el de Brasil en 2014. Los Bravo, Arturo Vidal, Vargas, Medel, Alexis Sánchez y compañía no pudieron superar ese mítico tercer puesto obtenido por la Roja en 1962, cuando fue la anfitriona del torneo.

Por cierto, casualidades de la vida, Brasil fue quien venció a Chile en semifinales (4-2) en Chile 62. Y desde ese instante se ha convertido en el verdugo de Chile en la Copa del Mundo cada vez que la Roja ha superado la primera fase del torneo. Lo fue en octavos de final de Francia 98, cuando la canarinha eliminó a Chile con un rotundo 4 a 1. 

Volvió a serlo en Sudáfrica en 2010, cuando la verdeamarelha venció a la Roja en octavos por 3 a 0. Y lo refrendó en Brasil en 2014, en el Mundial en el que más cerca estuvo Chile de romper su maleficio ante la Scratch, porque ese encuentro de octavos de final acabó en empate a uno y fueron los penaltis los que metieron a los brasileños en cuartos a costa de los chilenos (3-2). 

Cosas del fútbol.

En 1970, México, que nunca había superado la primera fase de una Copa del Mundo en sus seis participaciones anteriores, se metió en cuartos de final en el primer Mundial que organizó. Lo hizo tras empatar sin goles ante la Unión Soviética y ganar a El Salvador (4-1) y Bélgica (1-0) para ser segunda de grupo. En cuartos caería por un contundente 4 a 1 ante Italia, que alcanzaría la final y la perdería ante Brasil por idéntico resultado, pero ya había cumplido de sobras con las expectativas.

En el Mundial de 1986, el segundo que organizó México, el Tri de Bora Milutinovic volvió a meterse en cuartos de final por segunda vez en su historia y, hasta hoy, la última, aquejado como está por la maldición del quinto partido. El Tri venció a Bélgica en su debut (2-1), empató con Paraguay (1-1) y venció a Irak en la última jornada (1-0) para pasar como primera de grupo y enfrentarse a Bulgaria en octavos de final. México venció bien a los búlgaros (2-0) y se citó con Alemania Federal, que alcanzaría la final, en cuartos de final. 

México se enfrentó a Alemania en cuartos de final del Mundial 86.

Ahí se acabó la aventura mexicana, aunque lo cierto es que estuvieron a punto de seguir adelante porque no hubo goles ni en el partido ni en la prórroga y los penaltis fueron la tumba de los mexicanos, que sólo lograron batir una vez a Schumacher. Los alemanes metieron los cuatro que tiraron para seguir adelante. 

Y México, que completó ante su gente la mejor actuación en la historia de los Mundiales, nunca más volvería a alcanzar la ronda de cuartos de final.

Poco se puede decir de Japón y Corea del Sur en el Mundial que ambos organizaron. Los nipones alcanzaron los octavos de final y los surcoreanos, entrenados por Hiddink, llegaron a las semifinales y obtuvieron el cuarto puesto, aunque quizá en el caso de Corea del Sur a la condición de anfitrión se le sumaron unos arbitrajes lamentables que vivieron en sus carnes Portugal en la fase de grupos, Italia en octavos de final y la España de Camacho en cuartos. Sea como sea, para la historia quedará el cuarto puesto de Corea del Sur en 2002.

También hizo un gran papel Rusia en su condición de anfitrión en el Mundial de 2018, cuando logró clasificarse para los octavos de final con goleadas ante Arabia Saudí (5-0) y Egipto (3-1) espoleada por su público, aunque la derrota ante Uruguay en la última jornada (3-0) la envió a cruzarse con España. Pero los rusos empataron a uno y se ganaron su pase a los cuartos de final en los penaltis, protagonizando una de las sorpresas del torneo. 

Y a punto estuvieron de seguir haciendo historia, porque los cuartos de final ante Croacia se resolvieron de nuevo desde los once metros después de un partido trepidante que acabó en empate a uno. En la prórroga, los croatas parecían tener la clasificación en la mano con el gol del defensa Vida, pero Fernandes llevó la locura a la grada cuando marcó el empate a dos a cinco minutos del final. En los penaltis, esta vez, la fortuna no estuvo con Rusia y Croacia siguió adelante para eliminar a Inglaterra y plantarse en la final de su propio Mundial. Pero Rusia, el anfitrión, hizo un papel extraordinario.

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En fin, que ser anfitrión parece ser un lujo, al menos para casi todos. No lo fue, desde luego, para Catar en 2022, que tiene el dudoso honor de ser el peor anfitrión de la historia de los Mundiales tras caer en la primera fase del torneo ante Ecuador (0-2), Senegal (1-3) y Países Bajos (0-2) y completar una participación desastrosa con pleno de derrotas en la que sólo fue capaz de anotar un tanto. 

Tampoco fue un lujo para España en 1982, cuando los ibéricos tenían depositadas muchas esperanzas en su selección. Una selección que se dedicó a grabar anuncios de trajes durante su preparación y a entrenarse poco y mal en el sur del país a 40 grados a la sombra. 

Después, durante el torneo, los jugadores estaban fundidos, no fueron ni cara al aire y fueron incapaces de vencer a Honduras (1-1) y a Irlanda del Norte (0-1) y sólo superaron la primera fase porque su condición de anfitrión condicionó a un colegiado bochornoso ante Yugoslavia en el único partido que lograron ganar en todo el torneo (2-1). 

Evidentemente, en una segunda fase en la que España se medía a Alemania (2-1) e Inglaterra (0-0), quedó eliminada, rompiendo abruptamente el supuesto idilio de los anfitriones con la Copa del Mundo.

Un idilio que también rompieron, aunque a otro nivel, Italia en 1990 y Alemania en 2006. Ambas selecciones quedaron terceras en “sus” Mundiales, un resultado aceptable para muchas otras, pero no para estas escuadras tan potentes a las que sus propios aficionados les exigían, al menos, disputar la final. No pudo ser, aunque lo había sido antes, porque tanto italianos como alemanes ganaron ante su público el otro Mundial que organizaron: Italia el de 1934 y Alemania el de 1974.

No puede decir lo mismo Brasil, humillada en 2014 tras caer en las semifinales ante Alemania por 7 goles a 1, la paliza más grande que ha recibido la canarinha en una Copa del Mundo y, además, ante su público. El Mineirazo lo llaman. Como llamaron antes el Maracanazo a la derrota ante Uruguay en 1950. Dos catástrofes en dos Mundiales en casa, un auténtico borrón en el expediente de la pentacampeona del mundo.

Portada de O Globo tras el Mineirazo.

Podemos concluir que, en general, organizar un Mundial suele ser sinónimo de hacer un gran torneo, excepto si el organizador es Brasil, donde la canarinha se ha especializado en provocar auténticas catástrofes nacionales. 

Porque en Brasil, como en casi todo el mundo, pero quizá un poco más que en el resto del mundo, el fútbol es, como decía Arrigo Sacchi, lo más importante de las cosas menos importantes. 

Y, a veces, mucho más que eso.

viernes, 15 de febrero de 2008

Los artilleros de la Copa del Mundo

"Un partido sin goles es como un domingo sin sol".
Alfredo Di Stéfano


El primer máximo artillero de la Copa del Mundo fue Guillermo Stábile, de Argentina, en el Mundial de Uruguay en 1930. Anotó 8 dianas en los 5 encuentros que disputó: no jugó ante Francia, le endosó 3 goles a México (ganó Argentina 6-3), le hizo otros 2 a Chile (3-1 para los pibes), participó con 2 más de la goleada (6-1) que la albiceleste le propinó a los EEUU en semifinales, para acabar anotando su último tanto en la final ante Uruguay, donde sirvió de poco porque los argentinos cayeron por 4 a 2. El delantero argentino marcó en todos los partidos que disputó en el primer Mundial de la historia.

Stabile fue el primer "pichichi" del Mundial y su cifra goleadora no la superó nadie hasta el Mundial de Brasil, en 1950. Y es que en la edición de Italia en 1934, la bota de oro fue para el checoslovaco Oldrich Nejedly, pero con 5 tantos. En Francia, en 1938, Leónidas se llevó tan honorífico trofeo con 7 dianas, que podían haber sido más si su técnico lo hubiera alineado en la semifinal ante Italia, pero no lo hizo.

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Ademir, el grandísimo jugador brasileño que encabezó a la Canarinha en Brasil 50, fue el primero en superar el registro de Stabile. Anotó 9 goles en el Campeonato que pasará a la historia por el Maracanazo. Seguro que el gran Ademir hubiera cambiado su Bota de Oro por el título mundial perdido, pero no pudo ser.

El astro brasileño le hizo 2 a México (ganó Brasil 4 a 0), se quedó sin mojar ante Suiza (el partido acabó empatado a 2), recuperó la puntería ante Yugoslavia haciendo 1 de los 2 goles de su equipo (2 a 0) para pasar a la segunda fase. Ahí se destapó machacando a Suecia con 4 goles (el partido acabó 7 a 1) y sumando 2 más ante España (6 a 1).

Ademir de Menezes marca un gol ante Suecia. Hizo 4 ese día.

En la final, como todos sus compañeros, no anduvo fino y se quedó sin marcar. El gol que no les sirvió a los brasileños para ganar "su" Mundial lo anotó Friaca.

Pese a todo, poco le duró el honorífico "título" de máximo goleador mundial a Ademir, ya que en el Mundial de 1954, en Suiza, el húngaro Kocsis le birló el récord al llevarse la bota de oro con 11 tantos. Kocsis formaba parte de una de las mejores delanteras de la historia junto a Puskas, Czibor o Hidegkuti, los Mágicos Magiares, pero, de nuevo, el máximo artillero de la competición no se llevaría el Mundial y caería en la final. 

Kocsis le hizo 2 a Corea (ganó Hungría 9 a 0) y 4 a Alemania (ganó Hungría 8 a 3). En cuartos de final anotó 2 más ante Brasil (ganó Hungría 4 a 2) y en semifinales marcó los dos goles que eliminaron a Uruguay (actuales campeones) en la prórroga (2 a 2 acabaron los 90 minutos y, al final, los dos tantos de Kocsis le dieron el triunfo a Hungría por 4 a 2). En la final, Kocsis no marcó y los alemanes se llevaron el título (3 a 2).

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Tras la proeza de Kocsis, el siguiente en llegar sería Fontaine, quien marcaría un registro ya inalcanzable para nadie. El jugador francés se presentó en el Mundial de Suecia (1958) como fiel escudero del gran Kopa, rematando todo lo que el genio galo creaba. Y se puso las botas porque marcó ¡¡13 goles!!.

Francia hizo un campeonato espectacular, sorprendió a todos con un fútbol vistoso, atractivo y espectacular y sólo se vieron frenados en semifinales por una Brasil demoledora que se hizo con el primer Mundial de su historia de la mano de un chaval de 17 años apodado Pelé. Los franceses acabaron terceros y firmaron una actuación memorable que sólo igualaría la Francia de Platini en los 80 (Campeona de Europa en 1984, cuarta del mundo en España 82 y tercera en México'86) y superaría la Francia de Zidane con el título Mundial del 98 y la Eurocopa de 2000.

Fontaine le hizo 3 a Paraguay (7 a 3 para Francia), los 2 de su selección ante Yugoslavia (cayeron por 3 a 2) y el último ante Escocia (2 a 1). En cuartos, Fontaine colaboró con 2 goles en el 4 a 0 ante Irlanda. En las semifinales, Brasil apeó a Francia con un contundente 5 a 2, pero Fontaine hizo uno de los goles. Para cerrar la cuenta más longeva de la historia, el galo le endosó 4 chicharros a Alemania (los franceses ganaron 6 a 3 el tercer y cuarto puesto). 

Fontaine se va de un defensor germano.

Nadie hasta nuestros días ha superado los 13 goles de Fontaine en una sola edición de la Copa del Mundo y sólo dos jugadores han superado ese registro en varios campeonatos: Ronaldo y el "Torpedo" Müller.

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El panzer alemán, Gerd Müller, fue el máximo goleador del Mundial en México 70, donde dio vida a su equipo hasta las semifinales, donde cayeron ante Italia en una de las prórrogas más épicas de la historia de los Mundiales. 

Müller anotó 10 goles en esa fase final y superó a la Bota de Oro del anterior Mundial, el portugués Eusébio, que anoto 9 en Inglaterra 66. A partir de ese momento, nadie ha marcado más de 7 goles en una sola fase final, pese al aumento de equipos participantes y, consecuentemente, de partidos.

Müller celebra uno de sus goles en el Mundial de México 70.

En la Copa del Mundo del 74, en Alemania, Gerd Müller se proclamó campeón del Mundo con su selección y contribuyó con 4 tantos. El pichichi fue el polaco Lato, con 7 tantos, pero Müller se quedó con el registro: 14 goles en dos Copas del Mundo, superando los 13 de Fontaine, aunque en dos participaciones.

Kempes en el 78, Rossi en el 82, Lineker en el 86, Schillaci en el 90, Salenko y Stoichkov en EEUU 94 y Suker en Francia 98 se llevaron la bota de oro con 6 tantos, mientras que Ronaldo se la llevó en Corea y Japón con 8 goles y el alemán Klose se la llevó muy barata en su país en 2006, con tan solo 5 goles.

El caso es que Ronaldo, aparte de levantar la Copa del Mundo del 94 (sin jugar un minuto), llegar y perder la final de 1998 ante Francia (3 a 0), ganar la Bota de Oro y la Copa del Mundo de 2002, fue capaz de batir el registro de Müller y convertirse en el máximo goleador de la historia de los Mundiales con 15 tantos, aunque haya necesitado 3 torneos para superarlo (4 goles en Francia 98, 8 en Corea y Japón 2002 y 3 más en Alemania 2006).

Después llegaría Klose, delantero germano, para sobrepasarlo con 16 goles en 4 fases finales que no tienen desperdicio porque fue campeón del mundo en 2014, subcampeón en 2002 y tercero en 2006 y 2010. ¡Casi nada!

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Por cierto, sólo Kempes en Argentina 78, Rossi en España 82 y Ronaldo en Corea y Japón 2002 fueron a la vez los máximos artilleros y ganaron el Mundial, porque en Sudáfrica 2010 no hubo un máximo goleador, sino cuatro (David Villa -España-, Diego Forlán -Uruguay-, Sneijder -Holanda- y Müller -Alemania-) con 5 tantos cada uno; en Brasil 2014 el galardón se lo llevó el centrocampista colombiano James Rodríguez con 6 golazos y en Rusia 2018 la Bota de Oro fue para el inglés Harry Kane también con 6 tantos. 

Kempes ganó la Bota de Oro y el Mundial en 1978.

En Catar 2022, el francés Kylian Mbappé anotó 8 goles para llevarse la Bota de Oro, la cifra más alta desde Ronaldo en Corea y Japón, pero no pudo levantar la Copa del Mundo pese a marcar tres tantos en la final ante Argentina.

Y, como en casi todo, los que más veces se han llevado a su casa esa preciada Bota de Oro han sido los brasileños (en tres ocasiones), aunque desde Ademir (1950) a Ronaldo (2002) ni un solo delantero de la Canarinha se lo llevara... ni siquiera O Rei Pelé.

jueves, 7 de febrero de 2008

Brasil en Francia 38: Las confianzas matan

Copa del Mundo de Francia, año 1938. Brasil es el único representante sudamericano en un torneo que uruguayos y argentinos quisieron boicotear, aún molestos por la incomparecencia de la mayoría de equipos europeos a la primera Copa del Mundo celebrada en Uruguay y, además, considerando que la organización del torneo correspondía a Argentina y no a Francia. 

El campeonato está marcado, además, por la situación política, en intenso clima de pre-guerra. Austria se había clasificado, pero no acudió al Mundial y algunos de sus jugadores fueron "anexionados" a la selección de Alemania, mientras que España se desangraba en la Guerra Civil y, evidentemente, tampoco participará.

Los brasileños, que entonces aún jugaban de blanco, se presentaron en territorio francés con un equipo de lujo que comandaba en ataque el gran Leonidas

Brasil se mide a Polonia. Leonidas está junto al seleccionador.

En la primera eliminatoria se enfrentaron a Polonia y empataron a cuatro. Sí, sí. ¡Cuatro a cuatro! De hecho, la prórroga se saldó con un 6 a 5 para Brasil con Leonidas jugando parte de la misma descalzo. Al final, la rutilante estrella brasileña anotó tres tantos. Y el delantero polaco Willimowski... ¡cuatro!

Los cuartos de final midieron las fuerzas de Brasil y Checoslovaquia, y nunca mejor dicho: el partido degeneró en una tángana monumental con el saldo de tres expulsados (dos brasileiros y un checo) y cinco heridos (dos de ellos fueron hospitalizados por rotura de brazo). El partido acabó en empate a un gol y la prórroga, en esta ocasión, no resolvió nada. Ese encuentro se recuerda como "la batalla de Burdeos", casi nada.

Hubo un partido de repetición con los ánimos un poco más calmados y ahí Brasil remontó el gol inicial de los checoslovacos para vencer por 2 a 1 y meterse en semifinales.

Leonidas marca un gol en el desempate ante Checoslovaquia.

A esas alturas de competición, Leonidas llevaba seis goles en tres partidos.

En las semifinales, el actual campeón del mundo, Italia, esperaba a los brasileños. En parte por cuestionar la legitimidad de su título (Italia ganó el Mundial de 1934 jugando en su país y con Mussolini presionando), en parte para intimidarlos, el seleccionador brasileño, Adhemar Pimenta, cometió una de las osadías más grandes que se recuerdan: dejó fuera del partido a Leonidas y a Tim, sus dos mejores futbolistas, en una época en la que no estaban permitidos los cambios.

La versión aparentemente más realista explica esta decisión en el hecho de que los jugadores brasileños más técnicos estaban tocados y renqueantes tras la prórroga ante Polonia y los dos encuentros ante Checoslovaquia y Pimenta prefirió apostar por algo más de frescura y físico.

Otra versión apunta directamente a la prepotencia de Adhemar Pimenta, de quien dicen que, además, afirmó alto y claro: "los reservo para la final". Lo que sí parece real es que la federación brasileña había reservado los billetes de avión para volar a París a disputar la final del torneo. 

Y que los brasileños estaban, en general, bastante convencidos de su victoria. 
Al menos, eso decía la prensa.

A Noite consideraba favorita a Brasil.

Lástima. 

Los italianos sí alinearon su equipo de gala y ganaron cómodamente por 2 a 1 con goles de Colaussi y Meazza, de penalti, ya que Romeu sólo le dio emoción a la recta final del partido al marcar en el minuto 87. Los transalpinos no necesitaron siquiera los goles de Silvio Piola, que anotó en todos los partidos del Mundial menos en éste.

Italia dejó en la cuenta a Brasil sin muchas dificultades.

Brasil acabó tercera, tras derrotar por 4 a 2 a unos suecos que se habían adelantado por dos a cero con 2 tantos ¿de quién?... Sí, de Leonidas, que, al menos, se coronó como máximo goleador del torneo al acabar con 8 dianas. 

Y el campeón fue Italia, que venció a Hungría en la final por 4 a 2 y se convirtió en la primera selección en conseguir dos títulos y, además, hacerlo de modo consecutivo.

Eso sí, los brasileños aprendieron de su error: nunca volvieron a caer en unas semifinales de una Copa del Mundo: siempre que alcanzaron esa ronda accedieron a la final. Hasta que llegó el Mundial de Brasil 2014 y los alemanes les propinaron la mayor paliza de su historia y les ganaron por 1 a 7 en Belo Horizonte en un partido que pasaría a la posteridad como el Mineirazo

Por cierto, lo de la confianza y el menosprecio al rival sí se había repetido antes, pero no en las semifinales, sino en la final: fue en su propio Mundial, el de 1950. 

Sí, sí, el del Maracanazo ante Uruguay.

viernes, 18 de enero de 2008

La maldición de las finales de Alemania

Jugar la final de una gran competición es sinónimo de alegría, de satisfacción por el trabajo bien hecho, de fiesta, de alborozo, de incertidumbre y de nerviosismo, pero, evidentemente, las finales se ganan y se pierden y, en la mayoría de los casos, sólo se recuerda al que levanta el trofeo. Son muchos los equipos especialistas en llegar a las finales de los torneos más importantes y quedarse a las puertas de la gloria, tocar la Copa con la punta de los dedos. 

Ejemplos los hay de todos los colores, pero creo que muchos aficionados aún conservan en la retina la imagen de ese Valencia CF que jugó dos años consecutivos la final de la Liga de Campeones y, en ambas ocasiones, se quedó con la miel en los labios. Los valencianistas son, sin ningún género de dudas, uno de los equipos más duchos en el arte de perder finales. De hecho, son el único equipo de España capaz de perder tres finales seguidas de la Copa del Rey. Nadie ha perdido tres finales consecutivas (con lo difícil que es llegar), pero los valencianistas lo han hecho dos veces. O la Juventus de Turín, grande de Europa, que ha ganado la Liga de Campeones en dos ocasiones, pero ha perdido ¡¡5 finales más!!. Nadie ha perdido tantas. 

Podríamos seguir, pero bastan estos datos para presentarnos a la selección que más finales ha perdido en la Copa del Mundo. No es una selección cualquiera. Ha ganado cuatro Copas del Mundo, lo que la coloca solo por detrás de Brasil (cinco) e igualada con Italia en el palmarés. Sin embargo (¡lo que son las cosas!), la selección de la que hablamos ha jugado tantas finales como los brasileros y una más que los azzurri, es decir, siete!!! 

Desvelaremos el misterio: Alemania ha ganado cuatro mundiales y ha perdido cuatro finales. Brasil ha ganado cinco mundiales y ha perdido dos finales (Brasil 50 y Francia 98), mientras que Italia ha levantado cuatro trofeos y ha perdido dos finales más (curiosamente, ambas ante Brasil y siempre dilucidando quien se pondría al frente de la clasificación provisional de ganadores de más Copas del Mundo: en México 70, donde la canarinha se quedó la Copa Jules Rimet en propiedad al ganarla por tercera vez; y en EEUU 94, donde Brasil consiguió su cuarto entorchado en la tanda de penaltis). 

En definitiva, nadie ha perdido tantas finales como Alemania. 

Ronaldo consuela a Oliver Kahn tras la final del Mundial de 2002.

Aunque los Países Bajos se le acercan muchísimo. Porque han perdido tres (dos de ellas de forma consecutiva y ante los anfitriones del torneo, que ya es mala suerte) y, además, han tenido la desgracia de no poder levantar nunca la Copa del Mundo. 

Pero eso es otra historia.  

***

Los germanos llegaron a su primera final de una Copa del Mundo en 1954, en el Mundial que se celebró en Suiza. La favorita de todos era una Hungría descomunal, que practicaba un fútbol de vértigo y que contaba en sus filas con jugadores como Puskas, Kocsis, Nándor Hidegkuti o Zcibor y que los clásicos califican como uno de los tres mejores equipos de la historia. 

De hecho, los Magiares Mágicos habían sido el primer equipo en vencer a Inglaterra en Wembley, apenas un año antes y con una contundencia brutal (3 a 6) y se presentaban en la final del Mundial con una serie de 32 partidos seguidos ganando, récord que aún no ha sido superado por ninguna otra selección. Además, los húngaros habían marcado más de cuatro goles en cada partido del Mundial y ya le habían ganado a Alemania por 8 a 3 en la primera fase. Pero aquel partido era otra historia, ya que el seleccionador alemán Herberger había reservado a sus mejores jugadores. 

Los magiares se presentaron en la final tras eliminar a la gran Brasil (heredera de la debacle del 50 en Maracaná) y a los campeones vigentes (Uruguay). Se sentían favoritos ante una Alemania comandada por Fritz Walter y con Rahn y Morlock en ataque. De hecho, a los 8 minutos de partido, los húngaros ya ganaban 2 a 0 con goles de Puskas y Zcibor: el fantasma del 8 a 3 de la primera fase planeó por la cabeza de todos los aficionados alemanes (y quién sabe si también sobre los propios jugadores). 

Sin embargo, los alemanes no se arredraron y recortaron distancias con un tanto de Morlock. De ahí, hasta el final de la primera parte, los alemanes capearon como pudieron el potencial húngaro, gracias a defensas que sacaron en la línea un par de goles cantadas, paradas del meta Turek y, además, la colaboración de unos palos que parecían magnetizados (hasta tres disparos húngaros se estrellaron en ellos). 

El segundo tiempo ya es otra cosa: había estado cayendo una fina lluvia durante toda la primera mitad y el campo estaba en malas condiciones (malo para los finos magiares y mejor para los físicos alemanes) y, además, Puskas cojeaba ostensiblemente y en esta época no había cambios (no había jugado los cuartos ni las semifinales por su lesión, pero la final la jugó infiltrado). 

Cuando sólo faltaban ocho minutos para el final, Fritz Walter cedió el balón a Rhan, quien batió de potente disparo al meta húngaro. Aún quedó tiempo para que le anularan un gol a Puskas por fuera de juego (dicen las crónicas que estuvo bien anulado), pero nada más.
 
Los alemanes celebran sobre el césped la victoria ante Hungría en la final del Mundial de 1954.

La Copa del Mundo se fue para Alemania.

Y a la selección magiar se la cargó la emigración de sus figuras por culpa de una guerra.

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Alemania hubo de esperar 12 años (tres torneos) para disputar otra gran final. Esta vez tocó la de cal: derrota en Wembley ante Inglaterra en la prórroga, con gol fantasma incluido. El 4 a 2 final fue un duro golpe para una selección alemana que había empatado a dos a falta de un minuto para el final del tiempo reglamentario. 

Uwe Seeler y Bobby Moore se saludan antes de la final del 1966.

Para la historia quedará el primer (y hasta ahora único) título mundial para los británicos y el gol de Hurst. Y Beckenbauer con la miel en los labios, prometiéndose a sí mismo que devolvería la Copa del Mundo a Alemania. 

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La siguiente presencia germana en la final de una Copa del Mundo fue más traumática, pero con final feliz. Fue en el Mundial de 1974, celebrado en su propio país. Los germanos estaban obligados por la presión mediática a ganar "su Mundial". 

El Mundial era importantísimo: el primer mundial post Pelé y el primer Mundial donde se ponía en juego una Copa Nueva, después de que Brasil se quedará la Jules Rimet en propiedad tras su tercera Copa en México 70. 

Pero, pese a jugar en casa, Alemania no era favorita por el juego desplegado, ni Brasil, ni Italia... la favorita era Holanda y su fútbol total, con un Cruyff pletórico. Los tulipanes se cargaron a los anteriores campeones y barrieron en todos sus partidos.

Los alemanes sufrieron en la primera fase una humillante derrota ante sus vecinos orientales (RDA) en la llamada Batalla de Hamburgo, donde no sólo se enfrentaban 22 futbolistas, sino dos concepciones distintas de ver el mundo, dos pueblos separados por el telón de acero. 

En la segunda fase mejoraron (la forma de competición era distinta a la actual: la segunda fase constaba de dos grupos de 4 equipos que se enfrentaban entre sí y los campeones de cada grupo jugarían la final) su rendimiento, pero sin enamorar. Ganaron a Yugoslavia y a Suecia y, en el último partido, se enfrentaban a una Polonia sorprendente que también había ganado sus encuentros. Müller anotó el gol del triunfo local y Maier lo rubricó con sus paradas en los minutos finales. 

La finalísima empezó con Holanda sacando de centro y, sin que los alemanes tocaran el balón en más de un minuto, Cruyff entró en el área y fue derribado: ¡¡Penalti y gol de Cruyff sin que los alemanes hubieran tocado el balón!! 

Pero la final se fue equilibrando, gracias sobre todo a los marcajes de los perros de presa alemanes: Berti Vogts sobre Cruyff y Bonhoff sobre Neeskens. Beckhenbauer empieza a carburar y Alemania a acercarse a la meta de Jongbloed, hasta el punto de que una internada de Holzenbein acaba en el penalti que transforma Breitner en el empate. Los germanos siguen atacando y Müller, en uno de sus clásicos remates, pone por delante a Alemania antes del descanso. 

La segunda mitad fue un querer y no poder de los tulipanes, que perdieron la primera de sus dos finales consecutivas (y peor: ambas ante los anfitriones, como pasaría cuatro años más tarde en Argentina). Los alemanes, en cambio, se coronaban por segunda vez. 

Beckenbauer levanta la Copa del Mundo de 1974.

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La amargura holandesa la sufrirían también en sus carnes los alemanes dos veces seguidas. 

La primera fue en España 82

El sorteo los había emparejado en la primera fase con Austria, Argelia y Chile. Los germanos cayeron ante una sorprendente Argelia y vapulearon a Chile, por lo que llegaron a la última jornada jugándose su clasificación ante una Austria con 4 puntos a la que le bastaba con perder 1 a 0 para seguir adelante. 

Y eso es exactamente lo que pasó: marcó Alemania y el rondo duró 75 minutos. A los aficionados alemanes les ha costado más de 25 años perdonar a su seleccionador, Jupp Derwall, pese a que con él ganaron la Eurocopa del 80 y llegaron a la final del Mundial 82. 

La segunda fase fue tranquila, con victoria ante España y empate ante Inglaterra, pero las semifinales serán recordadas para siempre. 

Los alemanes se enfrentaban a la Francia de Platini en el Sánchez Pizjuán de Sevilla y el choque acabó con un empate a uno (Platini de penalti igualó el tanto de Littbarski) que les llevaba a la prórroga. Allí, el talento francés se impuso y los galos anotaron dos goles en apenas 6 minutos para ponerse 3 a 1, pero nunca hay que darle vida a los teutones, nunca. La remontada fue espectacular, con Rumennigge y Fischer como autores de los tantos. La tanda de penaltis la ganó Alemania (5 a 4) que pasó a la final para medirse a Italia. 

Italia y Alemania disputaron la final del Mundial 82.

Sin embargo, la final iba a ser casi un paseo militar para los transalpinos, que ganaron 3 a 1 con una superioridad casi insultante. Los alemanes aguantaron sólo la primera parte. En la segunda no tuvieron opción. Rossi, Tardelli y Altobelli anotaron para los azzurri y Paul Breitner maquilló el resultado a falta de 7 minutos. 

La historia se repetiría 4 años más tarde, en México

Los alemanes repitieron final, después de volver a dejar a Francia en la cuneta, esta vez sin sobresaltos, con un dos a cero clarificador, pero se encontraron a la Argentina de Maradona, una selección intratable con un genio al frente. Pese a ello, los alemanes fueron fieles a su garra característica y, pese a ir perdiendo 2 a 0, Rumenigge y Alloff empataron el partido en tres minutos. 

Rummenigge en México 86.

Pero no hubiera sido justo que Argentina y Maradona se quedaran sin Mundial, y el astro argentino vio un pase donde pocos lo imaginaban para dejar solo a Gurruchaga ante Schumacher y hacer el 3 a 2 definitivo. Los germanos volvieron a morir con las botas puestas, pero acabaron segundos de nuevo, por segunda vez consecutiva.

De todos modos, dicen que a la tercera va la vencida y, aunque no siempre se cumple, esta vez sí se cumplió. Seguramente uno de los peores mundiales de la historia en cuanto a juego se lo llevó Alemania, la selección que mejor jugó dentro de la mediocridad general del Mundial de Italia 90. Una fase de grupos animada, pero unas eliminatorias finales decididas casi siempre por penaltis marcaron la competición. 

Los alemanes empataron en su debut con Colombia, pero golearon a Emiratos y Yugoslavia. Después se deshicieron de Holanda en octavos, de Checoslovaquia en cuartos y hubieron de recurrir a los penaltis para eliminar a Inglaterra y llegar a la final ante Argentina. La final fue fea, horrible, pero ganó quien más lo buscó con un penalti realmente dudoso que transformó Bremhe a falta de 5 minutos para el final. 

Matthäus y Littbarski levantan la Copa del Mundo en Italia 90.

El fútbol le devolvió a Alemania lo que había perdido en las dos finales anteriores. Y fue justo con Mathäus, grandísimo jugador que había participado en los mundiales del 82, del 86 y del 90 y aún repetiría en el 94 y en el 98. Y fue justo con Beckenbauer, el segundo en la historia en ganar un Mundial como jugador y otro como técnico.

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La penúltima final alemana llegó en Corea y Japón, en el primer Campeonato del Mundo celebrado en un continente distinto a América y Europa. Y llegó a la final a trancas y barrancas, sostenido en un Michel Ballack fantástico, en un Oliver Kahn sensacional y en grandes dosis de suerte. 

Sin embargo, en la final fallaron sus dos pilares: Ballack vio una amarilla en las semifinales ante Corea y se perdió el partido decisivo; mientras que Kahn se comió el gol de Ronaldo que abría la lata. 

Dos a cero para Brasil, que se convertía en pentacampeón del mundo en su séptima final de un mundial, las mismas que había jugado Alemania hasta ese momento, pero con resultados bien distintos.

Cafú besa la Copa del Mundo de 2002.

Pero no sé si los brasileños hubieran cambiado ese trofeo por no sufrir la humillación de Belo Horizonte, el 7 a 1 en las semifinales de Brasil 2014. A la postre, Alemania se plantó en la final con la Argentina de Sabella (la tercera final entre estas dos selecciones) y ganó a punto de finalizar la prórroga con el gol de Mario Götze. 

Ha sido su último título. 

Y, de momento, también su última final.